17.1.11

El gordo contaba las historias como nadie


Una de las pocas certezas que manejo es la de no dar casi nada por sentado. Cree uno estar en posesión de la verdad y luego, vista la realidad, usados ciertos instrumentos para descerrajarla, se descubre que no la había. O incluso llegamos a la idea de que la verdad no es nada en lo que podamos confiar. Es mejor involucrarnos en la ficción. Pensar lo real como guonizado. Tener fe en lo fabulado. A veces he pensado en lo aburrida que sería la vida sin historias. Precisamos que nos narren. En la antigüedad, había un fervor por la palabra. Al principio, la palabra la tuteló la Iglesia. Ese rapto la hizo perdurar en una época en que gobernaba la barbarie. La literatura se arrogó la posibilidad de instruir. De instruir deleitando. En ese deleite, en el arrobo puro de la historia, el pueblo edifició sus mitos. Algunos rivalizaban con los forjados en los evangelios. Otros los secundaban. Ahora es la imagen la que conduce las historias. Nos hemos convertido en espectadores, hemos dejado de ser (en parte, afortunadamente) lectores. Contra la imagen no hay batalla posible. O la hay trabajosamente. El novelista lo es en la medida en que ha recibido una educación visual. Hay más referencias a John Ford que a Marcel Proust. Nada que objetar a ese viraje en las preferencias estéticas. Este es el tiempo del relativismo. Moral, estético, intelectual. Gana el ojo. Por ahí se abre paso, sin esfuerzo aparente, la fascinación por el arte. Seduce lo que vemos. Luego vestimos ese vértigo con palabra. Como muchas noches, una vez que se apoltrona uno en el sillón, pensé en qué hacer. Leer, ver cine. Ganó el séptimo arte. Me dejé llevar por la imagen. Al acostarme, mecido por los vapores del sueño, imbuído en una especie de placentera quimera, en ese instante en el que la conciencia se abisma en el sueño, me prometí leer esta noche. Como una expiación. Como si lavase alguna culpa. Es muy probable que a eso de las diez me deje caer en ese sillón y enchufe un DVD o tire de disco duro (ay qué maravilla de cacharro) y vea algo de Hitchcock. Sí, creo que esta noche toca Hitchcock. El gordo contaba las historias como nadie.


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8 comentarios:

Vicente dijo...

Me pasa eso chispa más o menos, Emilio. Quiero leer y me dan ganas de ver cine o viceversa. O dar paseos o jugar ajedrez con mi hija, que me encanta. No estamos nunca contentos. Nunca. Buen post.

Vicente dijo...

Ah, se me olvidaba lo principal. El gordo como dices, era muy bueno. No veo ahora Hitchcocks en este cine de ahora. Por mi edad igual es que soy un nostálgico, ve tú a saber. Gracias de nuevo.

Rafael López González dijo...

El Gordo era mucho gordo y las historias se han contado de muchas maneras, pero la suya era fantástica. Intriga y seducción, amenidad. Sobre todo amenidad. No he visto yo otro director que haya engolosinado tanto al especador, llevándolo al terreno que quería, que el Gordo Hitchcock. Y lo otro, lo de no saber qué hacer, pues no tengo yo respuestas. Hay tiempo para todo y no hay que marearse mucho la cocotera. Si lo haces, no vas a disfrutar de nada. Es mi humilde opinión. Yo procuro no darle muchas vueltas, y de momento me va máso menos bien. Leo mucho, veo mucho cine, veo algunas veces teatro si voy a la "capital" y hasta me permito mis pinitos de escribir. Un blog, que me falta, me ocuparía mucho tiempo. Eso sí. Este es grande y entiendo que tengas poco tiempo para otras muchas cosas. Un saludo.

Andrés Velasco dijo...

Paisano Emilio, vamos parejos. Tenemos los mismos puñeteros vicios pero a mi se me escapa el tiempo y ni leo ni escribo ni veo cine, que es lo que más me gusta hacer cuando llego a casa despues de un día de hacer cosas para los demás. Se remediará. Tú no pares y sigue en tus trece.

Atticus Beach dijo...

La religión es una impostura generosa que gana adeptos a su causa formulando paraísos que no se pueden comprobar, pero que llenan por completo el alma. La literatura hace lo mismo, pero en la tierra. Da lo mismo, pero en vida. La literatura y la religión son enemigos naturales. Buena visión la suya. Encontrar el momento para hacer lo que nos gusta es fácil. Sólo hay que no teorizarlo, como dice Rafael, con el que estoy totalmetne de acuerdo. Sencillez y buenos alimentos espirituales. Eso es todo. Así funciona la felicidad. A mí, no obstante, no me está sirviendo, pero eso es otra historia.

Francisco Machuca dijo...

Extraña relación entre Proust y ese gordo maravilloso.Soy fan de ambos.Hoy,creo,que ya nadie lee a Proust y yo siempre vuelvo a él.Y si me lo permite,le cuento.
He querido ver, cada vez que vuelvo a su monumental obra, que para Proust no hay más que una filosofía: la de los momentos únicos. Consumir las posibilidades del momento, aprovechar los instantes, el minuto que se va. Habría que señalar su otra dimensión magna, mucho más aprovechada por la literatura posterior: la facultad de parar el tiempo novelesco. Proust mirando el mar a través de un rosal, descubre el tiempo infinito que tarda un barco en lontananza en pasar de una rosa a otra. Esta imagen me parece tan representativa como la del té, o muchas otras. La imagen del té nos da la dimensión de Proust hacia el pasado. La imagen del barco y la rosa nos da la dimensión de Proust viviendo el presente, su capacidad de identificar el tiempo que está fluyendo. Se ha insistido mucho en el descubrimiento y la memoria por parte de Proust, pero era un poco de tiempo en estado puro lo que buscaba el autor a través de sus páginas. Eso es lo que yo busco.
Proust nos enseñó para siempre que el tiempo no existe. Que tenemos todas las edades de nuestra vida hasta nuestra muerte, y, en la mayoría de los casos, en nuestros recuerdos no aparece nuestro pasado, sino otro presente nuestro que ignoramos. Nuestros recuerdos son inciertos y el pasado que fue difiere muy poco del pasado que no fue. Sólo depende de nosotros elegir el minuto que preferimos y, al zambullirnos en él nos parece una oleada con destino desconocido.
Y ahora,algo del gordo.

Después de Psicosis, sus películas fueron adquiriendo un tono cada vez más oscuro y torturado. Hitchcock era un hombre complicado, lleno de frustraciones e inseguridades. Su cine es el cine de la paranoia. Sus películas hablan siempre de la obsesión de un personaje que fija su mirada en una imagen evanescente, como el caso extremo de Vertigo (1958), un filme apasionado sobre la imposibilidad de conseguir la mujer soñada.
Una vez Hitch recibió una carta: "Después de ver Las diabólicas mi hija no se ha vuelto a bañar nunca más. Y después de Psicosis ya no se querrá duchar. ¿Qué puedo hacer?."
El mago del suspense le respondió: "LLévela a la tintorería."
Algo tienen que ver entre estos dos artistas.¿No cree?
Mi querido amigo,sus maravillosos post hacen que me explaye de esta manera.
Un cordial saludo.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Lee, Vicente, ve cine. Mi ejemplo no es el más recomendable. Me pierdo en demasía en mis cosas y dejo de lado las cosas, la vida. Jugar al ajedrez con tu hija debe ser fantástico. No estar nunca contentos es síntoma de ser inteligentes. Buen comentario.
El gordo era muy bueno. La edad no es una garantía de la nostalgia. Gracias a ti.

Lánzate al blog, Rafael. A mí me sirve para muchas cosas. Engolosinar es un verbo estupendo,. A mí me encanta usarlo. Usarlo bien. Escribe, haz un blog. Pásate por aquí y da su dirección. Un saludo.

Sigo en mis mil, paisano. Sigue tú también. Saludos.

La FELICIDAD funciona amuchos niveles. El mío es un misterio todavía. Hay días de una felicidad precaria y perfecta y otros en los que deseo ser feliz por encima de todas las cosas y entro en un túnel de tristeza, en una especie de pçáramo que no tiene nada de feliz ni de jubiloso. Escribir me da algo parecido a la felicidad. Saber que me leen me produce un placer también muy estimable.

Me gusta escribir, insisto, Francisco, por muchas cosas. Una de ellas es tener lectores como tú. Qué alegría ver un comentario tuyo en mi blog. M enriquecen, me dan ganas de escribir, de insistir. Lo del gordo y Proust era casi circunstancial. Podría haber puesto Huston y Auster. Pero vale y por supuesto que ha destapado el tarro del ingenio y de la cultura que llevas dentro. Abrazos, amigo.

Alfie dijo...

Totalmente de acuerdo que este hombre era un genio, y le echo de menos, porque me entretenía, me mantenía en vilo, me hacía reir a veces. Hasta sus historias menores son maravillosas, bueno menos la pedorrez esa de "El hombre que sabía demasiado" que la Day y su "qué será, será" me tenía de los pelos.