6.1.11

Nicotiana tabacum / Prontuario con humo



I
Los indígenas americanos no pensaban en términos sanitarios: fumaban para procurarse placer y para conectarse con la divinidad. El tabaco se inhalaba, se masticaba, se inspiraba por la nariz y sus hojas servían en ancestrales ritos mágicos y religiosos. La magia es una especie de religión sin decodificar del todo. La costumbre reprobable de meterse humo en el cuerpo la introdujo Walter Raleigh en Inglaterra: fue decapitado con una pipa que se fabricó en Virginia y que manoseó febrilmente hasta que la cabeza dijo adiós al tronco. Rodrigo de Jerez, marino de la Santa María, puede ser el primer europeo que cayó en el vicio de fumar. No perdió la cabeza al modo en que lo hizo Raleigh, pero la iglesia lo encarceló por practicar algo pecaminoso e infernal. Molière, en su Don Juan, escrito en 1.665 hace decir a uno de sus personajes que nada es igual que el tabaco, es la pasión de la gente honesta; y quien vive sin tabaco, no es digno de vivir: no sólo alegra y purga los cerebros humanos, sino que instruye las almas en la virtud y se aprende con él a ser un hombre honesto. Urbano VIII, un antecesor de Zapatero, prohíbe el tabaco en el interior de los templos, excomulga a quienes lo hacen incluso afuera y hace que su guardia persiga a los que lo aspiran en las cercanías de las iglesias. La primera construcción industrial del mundo fue La Real Fábrica de Tabacos de Sevilla. Al finalizar el siglo XV el Estado funda la Institución del Estanco del Tabaco cuyo fin es la recaudación de impuestos por liar y fumar las hierbas americanas.
II
Oscar Wilde escribió: Un cigarrillo es el tipo perfecto de placer perfecto. Es exquisito, y nos deja insatisfecho. ¿Qué más se quiere?. Una de las mejores frases sobre el efecto del tabaco la regaló un predicador jesuita llamado Jakob Balde: una ebriedad seca. El humo es la peste moderna. Balde, de vivir ahora, constataría que el peso del humo puede más que todo el peso del paro porque el Estado, al menos este Estado, se obceca con más denodado ardor en las políticas prohibicionistas que en las creacionistas. Destruyen más que crean. Le dan a Wilde argumentos para escribir una obra maestra sobre el poder absolutista del Estado, aunque se vista de progresismo y de bienhechor de una (ilusoria) felicidad social.
III
El apestado moderno es el fumador, un individuo razonablemente pacífico, que no desea el cáncer a nadie salvo a sí mismo, que paga sus impuestos y compra en los estancos o en las máquinas el objeto nefando con todos los beneplácitos del sacrosanto dios del mercado y que, una vez abierta la cajetilla y encendido el perverso cigarrillo, pasa a ser pecador, delincuente, pervertido, todo lo malo elevado a una potencia escandalosa. Leí una vez, no sé dónde, que la vida es corta, fumes o no fumes. Lo malo, lo que no entra en la razón, es que lo lucrativo convive con lo prohibido y gane la caja del que amonesta a quien le compra. Hay una vehemencia casi enferma en satanizar al fumador y hay cruzados en plena calle que se arrogan el derecho a limpiar el aire. Valdría más que se abrieran otros frentes y tuvieran la misma cohesión social: imagino más rentable, en plan comunitario, en el orden normal de las cosas, vigilar que la televisión siga desatendida por parte de quienes mandan. Estaría bien que no se pusieran en marcha ciertas leyes de rango secundario hasta que otras de más perentorio cumplimiento no diesen visos de funcionar fiablemente. Se dispensa a la cadena de televisión de hacer estricta observancia de ciertos códigos éticos y no emitir en horario principal - digamos- programas en donde guayabos de planta apolínea se tiran los tejos y comercian con la carne, ofreciendo al infante limpio e inocente (sí, ése que no es conveniente que vea a los adultos fumar) un modo de comportarse, una manera de vivir, que roza la pornografía. Al menos un tipo de pornografía semántica, que es también un negocio y sobre él funcionan gran parte de los grandes medios de comunicación de masas. La masa, la que fuma y la que no, está siempre a expensas de los administradores de turno. Éstos de ahora se conjurametaron para construir una sociedad perfecta, pero marraron: no es posible el bienestar absoluto, no es ni siquiera necesario vivir en un mundo ideal en donde nada se extralimite y en donde ninguna circunstancia esté fuera del control de quienes las estabulan y las vigilan. André Gide murió cerca de los noventa sin dejar de fumar ni de escribir. Consignó: Escribir para mí es un acto complementario al placer de fumar. El que está envalentonado con esta nueva forma de vivir el tabaco (o de no vivirlo) podrá argumentar que fume cada cual en su ámbito privado. Y podemos extender ese razonamiento a otros territorios de lo social. Hay muchas cosas que hacen los demás que nos molestan. Algunas pasan de la molestia a la irritación. Una vez se está irritado hay un paso muy pequeño a la violencia. No una física, una gráficamente muscular, sino una violencia sintática, dialéctica. Que no es mala, al cabo, siempre que de ese conflicto de intereses surja una vereda por donde discurrir hasta que uno de los bandos admite el error de sus razones y abdique. En esto del tabaco se abdica con cierta dificultad. Uno cree que los bares son una especie de templo. En ellos nos desembarazamos de muchas de las máscaras que llevamos y nos sentimos confortablemente refugiados en un país prestado, en un limbo perfecto en el que todo está a nuestro servicio. Por eso duele especialmente que el fumador no pueda ejercer en ese reducto íntimo el placer que lo devora y por el que paga religiosamente lo que el Padre Estado desee marcar.
IV
La vida es placentera y es hermosa cuando nos hace aceptarla sin pensar en el reverso tenebroso, en la niebla que la corteja y que nos conduce (irremisiblemente) al abismo, al negro fin en donde ningún reloj marca las horas. Así que uno se inmola a capricho, se entrega con fruición al veneno con el que desea partir. Le asiste el mercado. Ya sabemos a esta altura del metraje de la película que el mercado es la religión moderna. Le rezamos, le ponemos velas, le pedimos que no nos asfixie en demasía y esperamos, en su gracia infinita, que el más allá sea siempre una vejez agradable, libre de cargas éticas excesivas, razonablemente bendecida en el saldo de la cuenta de ahorros. Lo demás es literatura. La de Thomas Mann, que sostiene en La montaña mágica que fumar es un placer sublime. La de Ramón María de Valle-Inclán, que cabalgaba sobre su pipa de kif y extraía del humo rosado el encendido verbo y la gracia socrática del ritmo de su corazón avinagrado. La de Jean Cocteau, obsesionado por el opio, comido de opio, convertido en un fumador convulso que prefería curarse de la inteligencia en vez de sanar en su vicio. La de Antonio Machado, que solía llenar hasta el colmo los ceniceros de los bares en donde tomaba su café pequeño y escribía sus versos.
V
Yo fumo pasiva, activa y accidentalmente. La culpa de esa adicción no la tuvo el humo en el cine. No fue gracia de ver a Rita Hayworth en Gilda sujetando el cigarrillo con esa rara perfección griega. Tampoco haber visto a Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses, una diosa decrépita que fumaba tabaco turco marca Abdullah. Ninguna ilusión fílmica liberó mi yo fumador escondido y lo alumbró al mundo. Fumé con ambición hasta que dejé de hacerlo con el mismo empeño. Volví a fumar esporádicamente y no he dejado de hacerlo en los últimos quince años. He fumado oyendo a Billie Holiday en un nirvana alucinatorio a las tres de la madrugada en bar provinciano y sencillo, cegado de humo, yo mismo convertido en un templo cerrado y perfecto. He fumado viendo portadas de jazz en el que los músicos a los que adoraba fumaban: Mingus, Monk, Reinhardt, Ellington, Baker, Gordon, Coltrane, Davis, Evans, Baker. Yo no podía tocar jazz pero podía emparentarme a ellos compartiendo un placer secreto. Quien desee relegar a Mingus a un plano secundario, diga Bogart, diga todo el bendito cine negro que no podría existir sin el humo que Raleigh trajo allende los mares, hace quinientos años, ya saben.
VI
El único cuento que Juan Carlos Onetti escribió sin fumar se llama El pozo. Lo escribió en una tarde, sin apenas retoques: lo hizo a modo de desahogo. En los años 30 se trasladó a Buenos Aires y estaba prohibida la venta de cigarrillos durante el fin de semana. El acopio de tabaco del viernes fue escaso y el hambre de humo alumbró el cuento. Durante años no concebí leer la prensa sin un buen paquete de tabaco cerca. Lo ideal, la conjunción perfecta, consistía en una barra de bar, un día de lluvia y un café humeante. A ser posible sin compañía. El cine siempre contribuyó a endiosar el tabaco. Pienso ahora en que sé para qué sirve el emboquillado contra la pitillera o, en su defecto, la mesa más a mano o incluso la esfera del reloj, que es lo que yo solía hacer en mis tiempos de fumador semiempedernido. Las volutas imperiales del tabaco han llenado escenas fantásticas de cine del alma, aunque después las autoridades adviertan que el cine puede matar y que la literatura de Juan Carlos Onetti debiera eliminarse de las estanterías porque contiene nicotina y el mismo Onetti, con su aspecto enclenque y enfermizo, parece también estar hecho de esa sustancia volátil, quebradiza, tóxica y lírica, según desee el amable lector hacer inclinar la balanza de los vicios.
VII
El humo es cinematográfico y la política de la corrección nunca se dejó engatusar por la estética. A los que administran los gustos y las fobias, la exacta cópula entre la prudencia y la estulticia, les va de maravilla en eso de manipular a la siempre cordera masa. Algunos fumaron porque Humphrey Bogart fumaba.
VIII
Y fumaban (o todavía fuman) Henry Miller, Rudyard Kipling, Joseph Conrad, Albert Camus, Gabriel García Márquez, James Joyce, Bertold Brecht, Orson Welles, Johnny Winter, John Wayne, Pancho Villa, Robert Louis Stevenson, Frank Sinatra, Ringo Starr, Man Ray, Keith Richards, Herman Melville, Dean Martin, Bob Marley, Charles Mingus, Pablo Neruda, Groucho Marx, Paul McCartney, Bob Dylan, Thomas Mann, Pablo Picasso, John Wayne, Sterling Hayden, Dirk Bogarde, Frank Zappa, Louis Armstrong, Peter Bogdanovich, Debra Winger, George Simenon, John Huston, Joaquín Sabina, John Ford, Django Reinhardt, Marx Ernst, Marlene Dietricht, Mae West, Josephine Baker, Honoré de Balzac, Rita Hayworth, Audrey Hepburn, Carl Gustav Jung, Joni Mitchell, Herbert Mancuse, Antonio Gala, Gloria Swanson, Carole Lombard, Guillermo Cabrera Infante, Pio Baroja, Camilo José Cela, Josep Pla, Alejo Carpentier, Max Aub, Russ Freeman, Greta Garbo, Dexter Gordon, Ava Gardner, Andre Gidé, Ramón Gómez de la Serna, Albert Einstein, Michael Caine, Freddie Mercury, Chet Baker, Peter Lorre, Jack London, John Fitzgerald Kennedy, Eugéne Ionescu, George Harrison, John Lennon, Miles Davis, Bette Davis, Sean Penn, Fernando Pessoa, Edgar Allan Poe, Cole Porter, Luis Cernuda, Mark Twain, Raymond Chandler, Bertrand Russell, Sigmund Freud, Sergio Pitol, Juan Marsé, Ángel González, Enrique Vila-Matas, José Manuel Caballero Bonald, John Coltrane, Bill Evans, Claudio Rodríguez, William Faulkner, Winston Churchill, Jorge Guillén, José Ortega y Gasset, María Zambrano, Dámaso Alonso, Antonio Machado, Pedro Salinas, Juan Benet, Terenci Moix, Jaime Gil de Biedma, Charlie Parker, Fidel Castro, Octavio Paz, William Somerset Maugham, Lord Byron, Oscar Wilde, Javier Cercas, Charles Baudelaire, Guillaume Apollinaire, Charles Bukowski, Luis Buñuel, Sean Connery, Julio Cortázar, Gary Cooper, Coco Chanel, Che Guevara, Marcelo Mastroianni...A todos los he visto fumar en alguna fotografía, en algún recorte de prensa, en televisión, en la pantalla. Quizá el atinado y amable lector tenga otros insigne comedores de humo. Holy smoke, lo dijo Cabrera Infante. Ah, y Charles Laughton, en Testigo de cargo, casi cometía asesinato por echarse un buen puro entre pecho y espalda a riesgo de irse a la tumba en la ventada. ..Pero ahora fumarían en casa, lejos de quien pueda verlos, apestados, delincuentes. Sólo queda que lo prohíban del todo: sería la única medida razonable. A la espera de ese suicidio financiero, el fumador es el afectado. La cartografía de su felicidad ha cambiado radicalmente. He visto hoy un bar de mi sacrosanto pueblo, uno por lo común atestado de vejetes alegremente despeñados en el fumeque, vacío de clientelea. Digo vacío. Estaba el dueño, a quien conozco, sentado frente a un inmenso televisor de plasma. Desde afuera se veía la imagen: uno de esos programas de televisión que azuzan al personal y crean conflictos más allá del espacio normal en donde los conflictos suceden. El pobre hombre, aburrido, limpio de humo, lloraba por dentro. No se veía, pero eran lágrimas. Pensaba, quizá, en las razones argüídas para izar este velamen prohibicionista ahora que arrecian tormentas y convendría más no botar barco alguno. Pero en esto, oh lector ya aturdido por tanta letra, hay tantas opiniones como dueños de pulmones. Los míos, que son de un fumador ocasional, están reclamando su porción de tertulia. Ya. Hoy estoy de un poco cívico subido. Qué le vamos a hacer.
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5 comentarios:

Eduardo Rosales Bergillos dijo...

No fumo, no voy a fumar y detesto que se fume a mi lado. Estoy muy contento con la ley y entiendo que se va a aceptar poco a poco, como todo en esta vida, necesita tiempo, pero admiro su forma de exponer sus argumentos, admiro que le mueva la educación y que argumente de una forma tan contundente. No voy a cambiar en lo que pienso pero me parece fantástico que discrepe de forma tan hermosa. Un post para enmarcar. Por otro lado, no solo es este gobierno el que opera de esta forma. Europa entera o casi toda Europa, mejor dicho, lo hace así y no ha habido ninguna guerra. Además no fuma hab itualmente, parece, no ? Genial, sinceramente.

Anónimo dijo...

Se desatiende al indefenso porque se puede fumar en la calle donde no se molesta a nadie y se atiende al que atenta contra la libertad de los otros. Bien escrito, pero mirando cada uno a lo suyo. Ni fumo ni pienso fumar, y además por una vez, la ley está de mi parte. Qué alegria esta noche en mi pueblo, sr. Emilio, entrar en un bar que olía bien. Me alegra mucho que progresemos porque esto es PROGRESO.
Alguien tiene que salir perdiendo, evidentemente. ¿Fumadores insignes, historias enternecedoras? Las que quiera, pero es literatura, y vivimos en la calle, enlos bares, en lkos hospitales, en todo esos sitios en donde ya se puede respirar bien y no toser por el vicio de los otros.
Gracias por dejarme expresarme y enhorabuena, sinceras, sinceras, por este estupendo cuaderno de bitácora.
Meg usta llamarlo así.
Pedro Arenas Espinosa

Joselu dijo...

Gracias, padre Estado, por proteger mi salud pulmonar. No fumo ni pienso fumar, pero estimo que esta política prohibicionista no sólo respecto a esto sino a tantas y tantas cosas para protegernos de nosotros mismos, está haciendo la vida considerablemente más aburrida. Prefiero vivir veinte años menos, pero hacerlo a gusto. Y sí es cierto no hay mayor placer que fumarse todo un paquete en un pub charlando por los codos, oyendo jazz, y echando los tejos a las chicas. Todos estos prohibicionistas me parecen viejecitas estultas bienintencionadas que quieren morir -porque el cáncer de todos los tipos no perdona: a ver qué nos prohíben luego- sanas y guapas. La sociedad se hace progresivamente más aburrida. ¿Qué vendrá luego? ¿Qué nos quitarán por nuestro bien? Un artículo muy bien logrado. Saludos.

jorge dijo...

aquí no queda ni dios, con o sin humo. en un local privado donde el dueño y los clientes están de acuerdo en fumar, es que aún no lo asimilo, incluso lo comprendo en un lugar de comidas, pero en un local de copas donde estamos los cuatro de siempre esperando hastiados el paso del tiempo.

Ramón Besonías dijo...

Ley necesaria, aunque una "jodida putada" para los fumadores. Pero es cierto, Emilio, que fumar no solo es una acto físico insalubre; también es una ficción, la joya de la corona de una estética y muchas genmeraciones de espectadores y lectores. Se va un mundo, pero quizá ahora cuando veamos una película se enriquezca la presencia de un tiempo que ya no está pero fue (y tan hermoso en celuloide).

Sin embargo, el arte y la realidad siempre fueron antagonistas, pese a que se necesiten. Mucho de lo que mata alimenta el placer estético. Esto, pese a las leyes, seguirá siendo insobornable.