15.1.11

Sex and drugs and rock and roll, oh yeah

I
Paradójicamente, todo lo que etiquetamos como obsceno en los demás puede, a conveniencia, resultar virtuoso en nosotros mismos. O bien al contrario. Depende de manejar la historia de un lado o de otro. En esto de someter el comportamiento ajeno al ojo propio hay siempre un hedor indiscreto a hipocresía. Última visión de la anomalía moral: nos causa estupor que una mujer dirija los mandos militares, pero vemos con absoluta normalidad que sean las mujeres (desde antaño) las que eduquen a nuestros hijos en las escuelas. Ya se sabe: en la antigüedad franquista (es decir, hace mil años) una mujer no podía ocupar puestos de responsabilidad en la banca o en las altas esferas de la empresa, pero sí que podía conducir la educación de los banqueros y los empresarios del futuro. Las letras españolas, en sus cargos académicos, tienen poca inclinación a aceptar mujeres. Lo hacen, lo pregonan, pero la chicha interna es que hay pocas y no parece que ese asunto vaya a cambiar en breve. La literatura, en España, como el brandy, como los toros o como el fútbol, parece que sigue siendo cosa de hombres. No hablo de los libros en los que las editoriales confían ni tampoco del gusto libresco del español que se gasta su dinero en el placer de leer: es ese búnker de endiosados que administran el español y es la forma en que controlan la cuota femenina. Más: el mundo religioso (salvo la monjita en su clausura y la catequista en sus comuniones) es de hombres. Es el espíritu macho el que gestiona la salvación del alma, la que intercede ante Dios para que no se descarríe. Será que si la mujer preside el culto y lo guía, el hombre, tentado por Satanás, caerá en pensamientos nefandos, tendrá deseos impuros y tendrá el corazón desbocado, en pecado, loco de lujuria.

II
Volví a ver anoche 20.000 leguas de viaje submarino, versión Richard Fleischer, 1.952, con Kirk Douglas, James Mason y un extrañamente normal Peter Lorre, alejado del turbio mequetrefe que el cine negro nos ha regalado esplendorosamente. Ha sido ver la película sobre la mítica novela de Jules Verne y tener claras algunas de las cosas que antes tenía por ingobernables por mi enclenque cerebro. El Capitán Nemo me ha parecido una especie de Obama inverso, un héroe deconstruído, una especie de mártir del pesimismo antropológico que ha decidido vivir en su Nautilus, bajo el mar, a salvo de la miseria y de la cochambre moral de sus convecinos terrestres, a pesar de que el tal Nemo podría salvarlos del quebranto que sufren. En un momento de la película, el capitán confiesa a uno de sus prisioneros (en este caso, el intelectual, el más ilustrado y humanista, el prestigioso biólogo marino Pierre Aronnax) que la raza humana dejará de ser mezquina, ruín y cainita cuando no exista el lucro y nada se reduzca al severo código del comercio, en el que todo se articula en torno a la ganancia o a la pérdida del dinero. Así que la cruzada, en el fondo, que desarrolla el abnegado emperador del submundo marino es contra el capitalismo, al que ahora sesudos hombres trajeados están reflotando, reformulando o reseteando en todas partes del mundo. Ninguna de las espontáneas combustiones de lucidez de las historiadas neuronas de los hombres de Estado planteará la defunción del sistema, la demolicióm completa del modo en que vivimos y de cómo hemos convertido la democracia en un juego de divisas consensuadas. Seguimos a bordo del desastre, pero vamos a coserle los rotos y a darle inyecciones de optimismo para que no termine muriendo por agotamiento, incapaz de cauterizar las heridas abiertas, parecen decir. El capitalismo será obsceno, o no será, parafraseando a Breton y su proclama a favor de la belleza.
El capitalismo será, en el fondo, una bestia políglota y un veneno detestable, pero en cuanto se hunde unos centímetros en el fango de nuestros despropósitos o se va desagüe abajo por nuestra incompetencia en su gestión acudimos al rescate y lo elevamos de nuevo a su posición de dominio. Y en estos casos sí que ahombramos ingenio y le dedicamos tiempo y fondos reservados y líderes. Sé que al final, en 20.000 leguas de viaje submarino, el personal del Nautilus se inmola y los prisioneros huyen en una barcaza...

Coda lúdica
:
La macroeconomía es un calamar asesino, amables lectores: uno del tipo que se encarama a la cubierta del Nautilus doméstico y que pone en apuros la mística de Nemo, sus veladas de placer abisal mientras cachalotes retozones fatigan las aguas frente a sus ojos insensibles. Menos mal (ay) que el arponero Ned Land (veamos: un vividor, un superviviente, un mercenario del instinto puro) abrió las tripas de la bestia y le extirpó (permítanme: con saña) el corazón pendenciero.

6 comentarios:

RonJeremy! dijo...

Dinero, pasta. Mi post favorito. Falta un whiskisito y un disco de John Lee Hooker de fondo. Viva la razón. Viva el siglo XXI. Qué mierda todo.

Ramón Besonías dijo...

Lo obsceno, amigo Emilio, queda mejor cuando está aderezado por la ficción. En vivo y en directo se torna en exhibicionismo de mal gusto. Recuerdo que cuando era pequeño, mi padre se disfrazaba y alegraba las fiestas familiares. Me reí con sus carantoñas y atrezzos hasta que mi adolescencia convirtió a mi padre en un buzón ridículo. Hoy, sin embargo, cuando recuerdo aquellos tiempos bajo la ficción de fotos y vídeos vuelvo a sonreir.

La realidad cruda es un insulto para el arte y la esperanza. Cocida con el aderezo de la ficción puede convertirla en un manjar.

Eloi BLQ dijo...

El capitalismo ya no existe, el capitalismo fue abandonado por las cuatro mentes pensantes y dictatoriales que dirigen este mundo cuando se dieron cuenta que este conllevaría su ruina. El capitalismo comenzó con la Revolución francesa, duró todo el siglo XIX con las luchas obreras y se acabó con el crack del 29. Allí surgió el liberalismo y ahora damos paso al neoliberalismo que era el paso último del sistema. La última mutación. Aquella que, una vez obtenido una seudo Sociedad del Bienestar, se encargaría de mostrar que esta es mentira y que da igual la sangre que se haya vertido, lo importante es continuar y continuar.

Pedrodel dijo...

A ver ¿dónde está ese arponero capaz de no dejarse embaucar por los tentáculos del poder y del dinero?
Proclamas, intenciones, propuestas que cuando llegan a la cúspide se encuentran con los aterradores brazos de la economía.

jorge dijo...

ni por asomo, viendo 20.000 leguas, la relacionaría con capitalismo y economía. si las mujeres gobernaran, al igual que nos mandan fuera a fumar, serian capaces de cerrar los baruchos donde nos emborrachamos (sin animo de machismo), y por eso si que no paso

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Nombre de sonancia lúbrica, sr. Jeremy, pero vamos a lo que vamos:
Dinero, sexo, drogas, rock and roll. De eso van muchas películas. La vida misma, a veces. Viva el siglo. No tanta mierda, en fin....
La ficción lo adereza todo más líricamente, lo desaturde de la lógica, lo saca del reino del tedio. En el asombro está también lo obsceno, Ramón. Buena anécdota. Viene al caso. Uns aludo, amigo.

Neoliberalismo, liberalismo, capitalismo: monedas, al cabo. Métodos de conducir los intercambios, formas de gobernar los saldos y los excedentes, las ansias y el vértigo. Da lo mismo. Gobiernos, mercados. Es igual.

No hay arponero tal. O si lo hay, está a resguardo, héroe de sí mismo. No se deja ver. No está a la vista para que no dé ejemplo. Lo tapan, lo tienen bien escondido. No sé. Gracias por el apunte de hoy a las 4 y un minuto. Aquí estoy, amiguete, al pie del post, Pedro.

Vivan los bares. Ya está, Jorge. Ahora sin fumar, viven menos, pero uno se sale a la puerta y se machaca a conciencia. Impuestos incluídos.