25.1.11

La cuerda invisible


I
Eleva Muñoz Molina, en una entrevista que leí recientemente, a la poesía como el único instrumento del escritor para depurar su escritura. En eso de la depuración, en limar, en desprender el texto de las asperezas que lo engordan y lo perjudican, no tengo yo prontuario al que acogerme. Escribo a brochazos. Tengo una especie de vértigo creativo que me empuja a escribir y me busco un rincón en donde verter (en realidad es un depósito la escritura) lo que me ha llegado en prenda, el material sensible que el azar o la suma de muchos azares ha confiado a mi voluntad. Se admira al poeta por liquidar esa propensión al exceso, al relleno sin propósito. No sé si hay novelas escritas con intención poética. Imagino de qué pecan, sospecho de las razones por las que el lector de novela rehuye del lenguaje demasiado lírico. Pero también veo como iguales a los que echan en falta licencias por lo común atribuídas a la poesía, lectores involucrados en descerrajar la rutina de la trama con instrumentos metafóricos, con voluntad poética, echando mano de la pura esencia de la lengua. Se trata de contar una historia, pero no estaría de más que la historia emanase poesía. Otro asunto que tampoco domino es cómo novelar la poesía. Cómo hacerla trama. Lo difícil, quizá lo imposible, sea hacer que la poesía sea esa ficción pura confiada a la novela para explicar lo real. El genuino fin de la creación poética no es el narrativo: prefiere la concisión, el indagar en los símbolos, la búsqueda de un territorio semánticamente limpio.

II
Ahora pienso en Bill Evans como poeta: me refiero al pianista de jazz, pero escuchado y sentido como un poeta. Pienso en Evans con sus gafas de pasta, vestido funcionarialmente. Traje pulcro. Corbata. Pienso en su aspecto de corredor de bolsa o de agente inmobiliario. Evans poeta en Waltz for Debby, cayendo en la cuenta de otra narrativa que discurre a la vera de la narrativa ortodoxa, esto es, las notas de la melodía, el desplazamiento matemático de las notas. Evans dios de las ochenta y ocho teclas creando universos alternativos. Evans en el umbral exacto en el que se produce el asombro. Ahí: cercándolo, investigando la periferia, pulsando la cuerda invisible. Y el jazz, a diferencia de la novela, puede mantener durante un tramo largo la parte mecánica, de discurso, y la otra, la que no se deja conducir sin que un poco del alma del autor se enseñe, se ofrezca y, en la entrega, se pierda.
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4 Indicios de vida exterior:

Mr. Arkadin 1987 dijo...

Si quiero una historia leo a Auster. Si quiero un poeta busco a Valente. No me agrada ver mezclada la ñpoesia en la novela. Más al contrario sí. Hay poesía que narra. Es más habitual. Prosa poética... Uf. Qué difícil. Buen post.

Pedro Bueno dijo...

La poesía nos eleva; la novela nos vicia. Leemos novela para evadirnos y leemos poesía para mirarnos dentro y ver cómo somos. El poeta es el sacerdote. ·El novelista es un obrero. Soy lector de poesía, no poeta. Escribo cuentos, nunca poesía. Es todo muy complicado.

Pedro Bueno dijo...

No conozco a Evans. No sé casi nada de jazz. Lo siento no entrar ahí.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Auster, para historias, es bueno. Tengo ganas de volver a leerlo. Hace que no lo hago. Valente es el mejor poeta que he leído. Uno de los mejores, corrijo. La prosa poética, lo he discutido con amigos más de una vez, es un asunto delicado, difícil. Se escribe a veces poéticamente, pero impostadamente.

La poesía también vicia, Pedro. Leemos poesía para evadirnos. Estoy por llevarte la contraria, no te enfandes. El poeta es un obrero. Es todo muy complicado. El sacerdocio, ah el sacerdocio.