5.1.11

Abriendo un pecho que no es mío

Escribo en vez de leer. Leo en lugar de salir a pasear. Veo cine cuando podía tomar café en un bar. Leo en vez de escribir. Salgo a pasear en lugar e leer. Tomo café en un bar cuando podía ver cine. Los días son cortos. El tiempo no nos sacia. Uno persevera en sus vicios y la realidad ejerce el virtuoso plan que un dios rudimentario y caprichoso le encomendó en algún oscuro principio de los tiempos: incomodarnos, no servirnos, agazaparse en la sombra y darnos palos cuando menos lo esperamos. Soy trascendente, uno novicio, recién adiestrado en el abismo: tengo el ánimo metafísico, tengo planes nobles para mi alma, tengo la sensación de que soy único y de que estoy malgastando miserablemente el tiempo escribiendo cuando podía leer en lugar de estar paseando o viendo cine cuando podía estar tomando café en un bar, pero soy más feliz cuando dejo la metafísica y sencillamente me dejo vivir y no disimulo la felicidad absoluta de esa certeza. No estoy casi nunca absolutamente feliz con nada de lo que hago si me paro a pensar en qué estoy haciendo. Lo ideal, lo que he concluído que puede liberar mi poco satisfecha mente, es no pensar en que hacemos sino hacerlo. No escribir sabiendo que estamos escribiendo y razonando los motivos de la escritura. No leer sabiendo que leemos. Vivir un poco sin metafísica, aunque en el fondo todo se deje gobernar por la metafísica. Vivir como si fuesemos incapaces de hacer otra cosa. Como si vivir sin tramas subsidiarias, escasamente interesados en llegar adentro, en conocer quién mueve los hilos de esta trama, eso del dios que detrás de dios la trama empieza que hace tiempo me sabía de memoria y ahora, quién puede decirme las causas, ya no recuerdo. La sensibilidad es una especie de tormento. La inteligencia es una especie de tormento. En el caso de que yo sea sensible e inteligente, en ese modus operandi fácilmente desmontable, admito que alguna vez he disfrutado muchísimo la metafísica. He sentido un quebranto dulcísimo en el pecho. He hablado con algún dios sin que intermediara Rouco ni los evangelios de los libros de misa. He sido deliciosamente blasfemo al mirar al infinito y haberme sentido elegido para entender alguna brizna del argumento metafísico absoluto. Lo natural no es la metafísica: lo sencillo hubiese sido no escribir, no dejar constancia de nada para que luego pueda echárselo a uno en cara o para que los demás sepan cómo soy sin que yo tenga idea de cómo son ellos. Me gusta ese desorden moral: el ofrecerme, el darme, aunque como el tahúr enamorado de su manga sonría hacia adentro al pensar que escribir es siempre una impostura: que estoy abriendo un pecho que no es mío.
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3 comentarios:

jorge dijo...

yo creo que a todos nos sucede algo parecido, lo que nos hace diferente son los planteamientos, la forma de hacer las cosas y la importancia que se le dé. yo tengo que andar y cuando ando pienso en que pierdo el tiempo que es una imbecilidad, que yo no soy como esas señoraras con la cual me cruzo, entonces me invento cualquier enfermedad o vicisitud para no hacerlo.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

El tiempo es una mentira. No existe. Es un invento. Yo lo que creo es que lo hermoso de este mundo, y lo razonable y lo ético, es cuestionarlo siempre. No aceptar el hecho de que nos tiene bien cogidos. Metafísica, Jorge. Humo. Palabras.

Ramón Besonías dijo...

Escribir es siempre una forma de exponerse. Pese a que uno intente desdecirse, ocultarse en la ficción, la biografía se intuye en las letras que dejamos, o más bien en sus intersticios, en la huella dactilar del tono, el énfasis, lo no dicho, el adjetivo subrayado, la negación, la ironía. En el fondo, amigo Emilio todo es realidad, presencia. Las letras borradas, el hueco entre vocablos lo constata. Nos delata. Detrás del humo de la literatura hay seres y sus circunstancias, perplejidades la mayoría de las ocasiones, el resto rúbricas y requiebros de la necesidad de ser oidos, amados, valorados. Sentir en definitiva que para los otros realmente estamos ahí, vivos, y que el intento de decirlo mereció la pena y la tinta.

Buen año.