31.12.10

Soy feliz, eres feliz, somos felices

(Miguel Brieva)

Tengan ustedes una noche antológica, una noche sublime, una a salvo de la pesadumbre, una con colmo de júbilo, una festiva hasta el desmayo, una que no deseen que acabe, pero no caigan en el error de olvidar el mañana gris, el día con todas sus luces, el año que entra con su vértigo y con su fiebre. Hoy, no obstante, desfóndense. Sean felices sin otro dios que les guíe.

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Ha sido, tristemente, el año de Iniesta...


I
Tal vez los favorables dioses nos cubran de júbilos y banda ancha en el ya casi recién alumbrado nuevo año. Será un año combativo, pero no recuerdo ninguno que no lo haya sido. El que estamos a punto de enterrar no ha sido especialmente glorioso en dicha ni en parabienes, y no hablo en primera persona. Hay que huir de la autobiografía, aunque no tengamos nada más a mano y nada que conozcamos mejor. Hay que convenir que lo más prudente es buscarle una digna canción de despedida, un post a medio camino entre la decepción y la rutina o, como quería un amigo mío, algo que vaya de la gloria a la miseria y no sepamos cuándo acude una y cuándo se va la otra. La felicidad se maneja mejor sin la obligación de razonarla. Como la fe. Será un año combativo (sigo el hilo del desencanto) en el que se izarán las esperanzas que en éste a punto de morírsenos no han querido o no han podido venir como solían. Todo se maneja en esos términos: luz y tiniebla. El 2.010 ha sido el año de Iniesta, que es una forma de decir el año del derrumbe de la inteligencia social y el alzamiento glorioso (no voy por donde algunos creen) de la sentimentalidad global. Nos hemos abrazado más que nunca, nos hemos afiliado a la desgracia más que nunca, nos hemos convertido en huérfanos porque la madre Bienestar se nos fue muriendo poco a poco y, al final, murió del todo, presa de convulsiones, comida por muchas fiebres, digamos que asesinada por las circunstancias, a saber: la jodía perra gorda, el centavo, el céntimo, el tristísimo euro, todas esas piezas de canje que nos permiten ir a tomarnos un café sin remordimiento o hacer la lista de la compra sin un súbito ataque de prudencia financiera.

II
El tiempo es una cosa difícil de definir. Quizá la literatura completa, todos los libros y todas las letras que el hombre ha edificado para entenderse y para justificarse, no sea otra cosa que la ardua empresa de entender qué es el tiempo, de qué oscura materia está hecho y cómo podemos gobernarlo. En media hora se abre el festín bárbaro de la alegría patrocinada por El Corte Inglés y Telefónica. Es el momento del año, el que nos iguala a todos y nos convierte en tozudos obreros de una realidad que no abarcamos y a la que entregamos los mejores años de nuestra vida o incluso la vida entera. Más tiempo, más carne para la máquina. Al final, regresamos a la euforia, de la que nunca debimos salir o en la que jamás hemos estado. El júbilo pequeñito de aturdirnos un poco, este dejarnos llevarnos por los dones de la cosecha y sentir cómo nos crucifica la uva garnacha y el agua de Kentucky para despertar mañana con un prontuario felicísimo de propósitos. Debiéramos tachar los que consigamos: ver año a año cómo el listado, breve y conciso, va adquiriendo trazas de novela. Decimonónica, por favor. Una untada de héroes espirituales y de causas y azares que malogran una biografía destinada al éxito. Pero nada de todo esto está en el libreto de la nochevieja. Está la farándula, la máscara, el baile perfecto de la locura prestada. Las de uno ya sabemos que pueden acabar con hacernos perder el sueño. Da igual la hora. Siempre es buena hora para leer. Sí, nada de autobiografía: no lo es, amable lector. Es una canción de éxito de los años ochenta. Una de pop dulzón sin ningún propósito metafísico. Una cualquiera. Me sirvo un long drink. Brindo por lo que venga. Lo que ha se ha ido es un acúmulo infame de tristezas con guarnición de caviar. Ricos y pobres arracimados bajo la misma carpa, vestidos con las mismas ilusiones y abandonados por los mismos invisibles dioses.

III
En la carta final del año no se puede escribir con mayor alborozo. Es más fácil, no obstante, ser tocado por el numen de la derrota que contagiar al personal con sonrisas y sentimientos maravillosos. No soy Frank Capra, que no se olvida su nombre estos días, no, aunque el maestro tenía debajo una más que ácida lámina de mala leche y lo que contaba, a pesar de la bondad y del empalago emocional, de los amores limpios y de las personas buenas como las quería Machado, era una crónica envenenada de lo que los tiempos le entregaron. No pienso que éstos sean excesivamente diferentes. Ha cambiado el formato. Ha cambiado el estilo. Debajo laten idénticos argumentos. La misma historia de siempre. George Bailey soy yo salvo que no voy a buscar ningún puente esta noche. Me quedo en casa, me sirvo una generosa ración de familia. Pido a los generosos dioses que el año venidero no sea gris. Eso me basta: que el gris no se incluya o se incluya poco. Hemos tenido hartazgo de gris al año que le faltan justo ahora cinco horas para despeñarse en el pasado. Todos los días se precipitan al pasado cuando tornan a uno nuevo. El tiempo es así. No da tregua. En Australia ya están en el 2.011. Será cosa de preguntar a algún residente en esa monstruosa isla qué han sentido. Si el año en el que acaban de entrar les ha hecho sentirse distintos, nuevos, alborozados, jubilosos, capaces, limpios, nobles y buenos. No creo que todas esas al tiempo. Ni siquiera alguna separadamente. Yo esta noche, conforme me vaya metiendo las uvas de la tradición, no pensaré en nada que no sea en no atragantarme. Ese logro será ya suficiente para entrar el 2.011 como Dios manda.
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30.12.10

Algunos tópicos del cine americano...




  • En toda investigación policial que se precie, es necesario visitar como mínimo un club de striptease.
  • La mayoría de los perros son inmortales.
  • Si alguien te persigue por el centro de la ciudad, siempre puedes quitártelos de encima ocultándote entre los participantes del desfile del Día de San Patricio, que se celebra indistintamente en cualquier época del año.
  • Todas las camas tienen una sabana que llega hasta las axilas en el caso de las mujeres, y hasta la cadera, en el caso de los hombres.
  • Todas las bolsas de la compra del supermercado deben contener, como mínimo, una barra de pan que sobresalga un poco, y siempre son de papel.
  • Todos los números de teléfonos de los Estados Unidos comienzan por 555.
  • Es fácil pilotar un avión y aterrizar si hay alguien en la torre de control que pueda dirigir la operación por radio. Fructuosamente.
  • Una vez aplicado el lápiz labial, es imposible hacer que se corra el color… aunque hagas submarinismo.
  • Los sistemas de ventilación de los edificios son el escondite ideal: a nadie se le ocurrirá mirar en ellos y sirven, además, para desplazarse hasta cualquier parte del edificio sin dificultad.
  • Si tienes que recargar la pistola, siempre dispondrás de suficiente municiones, aunque vayas desnudo.
  • Si hay una persecución por un mercado y vemos un puesto de melones o un carrito de helados, no hay duda de que serán atropellados por alguno de los vehículos participantes en la persecución.
  • Es muy probable que sobrevivas a cualquier batalla, a menos que cometas el error de enseñarle a alguien una foto de tu novia/o.
  • Si tienes que hacerte pasar por un militar alemán, no es necesario hablar el idioma; basta con tener acento alemán.
  • La torre Eiffel se puede ver desde cualquier ventana de París, el Big Ben desde cualquiera de Londres y en ese plan...
  • Un hombre no se inmuta mientras recibe una paliza de campeonato, pero se queja cuando una mujer intenta limpiarle las heridas.
  • Los comisarios de policía casi siempre son negros y de muy mal genio.
  • Se puede conseguir un taxi incluso en medio del desierto y en un segundo con tan sólo llamarlo o silbando.
  • Si tienes que pagar un taxi, no busques un billete en la cartera: saca lo que tengas en el bolsillo al azar. Siempre será el importe exacto.
  • Las cocinas no tienen interruptores de luz. Si entras en una cocina de noche, deberás abrir la nevera e iluminarte con la luz interior.
  • En el caso de las casas encantadas o con fantasmas, las mujeres deben investigar cualquier ruido raro vestidas únicamente con algo de ropa interior.
  • Todas las mañanas, las madres siempre cocinan huevos y tocino para la familia, aunque el marido y los hijos no tengan tiempo para comérselos.
  • Los automóviles que chocan casi siempre acaban explotando, ardiendo o ambas cosas, aunque no tengan ni una gota de combustible.
  • Un solo fósforo sirve para iluminar una habitación del tamaño de un estadio de fútbol.
  • Aunque conduzcamos por una cuesta abajo totalmente recta, es necesario girar el volante a izquierda y derecha cada cierto tiempo.
  • Las mujeres de ciudades y pueblos medievales se depilaban con frecuencia y siempre tenían una dentadura perfecta.
  • No es necesario decir hola ni adiós cuando se empieza o termina cualquier conversación telefónica.
  • Un detective solo resuelve un caso cuando le retiran la placa.
  • Las bombas van equipadas con relojes que tienen pantallas con grandes números rojos para que todo el mundo sepa cuando van a estallar.
  • El comisario de policía siempre destituirá a su detective preferido, le dará 48 horas para terminar el trabajo.
  • Siempre es posible estacionar delante del edificio al que se va de visita. La grúa nunca se lleva el coche.
  • No importa si tus enemigos te superan en número durante una pelea de artes marciales: te atacaran de uno en uno, mientras esperan, con gesto agresivo, a que vayas acabando con sus compañeros.
  • Si una persona se queda inconsciente tras recibir un golpe fuerte en la cabeza, nunca sufrirá conmoción ni daños cerebrales.
  • Las comisarías de policía someten a sus agentes a exámenes de personalidad para que tengan como compañero de patrulla a otro que es, justamente, lo opuesto a él.
  • Cuando están a solas, los extranjeros prefieren hablar inglés entre ellos.
  • En cuestión de segundos, no hay cerradura que se resista si uno tiene a mano una tarjeta de crédito o un clip, a menos que sea la única puerta de acceso a una casa en llamas con un niño atrapado dentro.
  • Todas las ciudades latinoamericanas tienen un nombre que comienza por San…
  • Si circulas con tu vehículo en dirección prohibida, nunca chocas contra el coche o camión que viene de frente: Si tú le esquivas girando hacia la izquierda, el otro conductor girará hacia la derecha y viceversa.
  • Cualquier policía o detective será expulsado de un caso importante por el FBI. Pero al final siempre será este policía el que solucione el caso, ante la total negligencia de los agentes del FBI.
  • Siempre hay un motorista de control de tráfico detrás de una valla publicitaria.
  • Si tenemos un artefacto explosivo que debemos desconectar, siempre será imposible hacerlo hasta que resten menos de 5 segundos para la explosión.
  • Los americanos nunca cierran la puerta de su coche, aunque lo estacionen en el barrio más cutre del Bronx.
  • Cualquier tipo de ser extraterrestre tiene la sangre de color verde.
  • Cuando alguien vuelve a casa después del trabajo, lo primero que hace, es servirse un whiskey del mueble bar. La cubitera siempre conserva el hielo en perfecto estado de congelación durante toda la jornada laboral.
  • Si alguna puerta tiene un cartel que dice: “zona restringida. sólo personal autorizado”. tarde o temprano alguien “no autorizado” la cruzará.
  • Los coches circulan siempre en dos carriles con la distancia entre uno y otro para poder ser esquivados en zig-zag fácilmente.
  • Cualquier objeto que se precipite sobre la tierra (ovni, meteorito…) siempre acabará aterrizando en Estados Unidos, o por lo menos lo intentará.
  • La supervivencia en las películas esta garantizada para muchos personajes menos para el amigo del bueno, que siempre será asesinado, secuestrado… antes de la mitad de la película, para que el héroe de turno tenga mas razones para cazar al malo…
  • Los informadores de la policía son enanos en su mayor parte y su única vivienda son siempre unos bares donde nunca hay nadie.
  • Si eres divorciado o separado, no te preocupes, pues tu pequeño hijo hará que te reconcilies con tu antigua pareja antes de que finalice la película.
  • Si una mujer sale de un bar, lo hará por la puerta más alejada y tomará el peor camino —preferentemente un callejón— para provocar a los malhechores.
  • En todos los matrimonios hay dos hijos: el bueno y el malo.
  • Cuando se interrumpe a alguien a mitad de afeitado y se limpia media cara con una toalla. No hay ninguna diferencia entre lo afeitado y lo que no lo está.
  • Los mandos a distancia de los americanos tienen interruptores de muelles con enganche, en lugar de teclas de goma con membrana del mismo material. Eso a juzgar por el ruido que hacen al pulsar las teclas.
  • Aunque hays hecho el amor toda la noche. Al levantarse de la cama se hará con tal pudor que hará que te lleves toda la sábana al baño.
  • Antes de (intentar) matar al héroe de turno, el villano le explicará con todo lujo de detalles cual es su plan y cuales van a ser sus próximos movimientos.
  • En vez de eliminarlo pegándole un tiro, el villano siempre dejará al héroe atrapado en la más compleja de las situaciones para que luego se pueda escapar y encima se ría al matar al malo.
  • Los policías siempre hacen guardia comiéndose una rosquilla o donuts.
  • Si una persona está en su casa con alguien, y se pelea con éste, se irá dando un portazo y dejará al extraño dentro de su propia casa, sin importarle eso en absoluto.
  • La longitud mínima del cable de un teléfono americano es de 4 metros.
  • La mayoría de amantes norteamericanos suelen suelen demostrar su amor delante de una potente lámpara para que el marido cornudo les pueda observar a contraluz desde la calle, mientras éste sujeta una pistola o una botella de bourbon.
  • Cuando a la mañana siguiente aparecen en el lugar del crimen el inspector de homicidios y el ayudante del fiscal, siempre están tomando café en un vaso de plástico. Además siempre comentarán el mucho trabajo que tienen y que su mujer les ha dejado por ello.
  • Los ayudantes del fiscal del condado o del distrito, son en la mayoría de los casos personas jóvenes ambiciosas que han terminado la carrera de derecho hace poco tiempo, han accedido al puesto de trabajo sin haber tenido que opositar para ello y al final, si pierden el caso, el fiscal jefe los echará de su oficina o dimitirán por cuestión de orgullo (esto último algo impensable en el cuerpo del funcionariado español).
  • Toda mujer que sea de California pesa menos de 45 kilos.
  • En las universidades americanas el capitán del equipo de rugby es rubio, musculoso, bruto e inculto. Su novia es animadora del equipo, muy atractiva, rubia, tonta, tetona y malvada, con modelitos provocativos. El protagonista de la peli es morenito, canijo y tímido y se enamora de la rubia, a lo que el bruto y sus amigos le agreden. Al final él descubre que la rubia es tonta y acaba enamorándose con la morena inteligente que nadie conoce y que siempre viste camiseta y vaqueros. (En ocasiones cuando la morena se viste para el baile de fin de curso nos damos cuenta que también está buena).
  • La primera pista de cualquier buen detective norteamericano son las cerillas con la dirección de algún bar de mala muerte al dorso.
  • No hay ninguna mujer embarazada implicada en la acción que no dé a luz antes de que termine la película.
  • Independientemente de las veces que se le diga a una mujer que espere en el coche a que salga el bueno, al primer tiro que oiga, saldrá disparada a buscarle.
  • Todos los mafiosos son extranjeros o descendientes directos de extranjeros.
  • Cuando el heroe es herido y esta internado en un hospital, jamas sus padres y hermanos van a visitarlo.
  • En los noticiarios de televisión siempre dan una noticia que tiene relación directa con uno mismo en ese preciso momento.
  • En un bar americano sólo tienes que pronunciar la frase “ponme una copa”, para que el camarero te sirva exactamente lo que tu deseabas tomar.
  • Invariablemete cuando el protagonista encuentra su esposa, hija o amigo asesinados, estúpidamente toma el arma homicida y se mancha con la sangre del muerto y así es inculpado.
  • Todos los alumnos problematicos en cualquier instituto son hispanos o afroamericanos.
  • La ley de los bares es que de cualquier cosa que te pidas solo des un sorbito… el resto lo dejes.
  • En EE.UU. existe un tipo de cinta aislante diseñada especialmente para amordazar a los secuestrados. La reconocerás fácilmente en el supermercado por su inconfundible color plateado.
  • Si hay una calle, sobre todo en San Francisco, y dos hombres portan un cristal enorme, un Buick o un Cadillac o un Plymouth, del 57, por supuesto, aparecerá y lo harán añicos. Además los obreros que lo transportan no sufrirán daño alguno. Ni siquiera caerán al suelo por la fuerza del impacto.
  • Niños que compartieron juegos de infancia terminan solucionando un gran problema ya talluditos.
  • En los noticiarios televisados se habla del asunto que preocupa al protagonista justo cuando se enciende el aparato y casi siempre se apaga antes de que el locutor termine de narrar dicho asunto.
  • Cuando alguien paga un taxi, saca siempre el dinero exacto. Ni un centavo más.
  • En mitad de una escena de violencia, la pareja en peligro siempre tiene tiempo de darse un beso. Incluso uno largo. Da igual que atruenen los disparos.
  • El tonto de turno pregunta qué ha pasado cuando todo ha terminado y el público entonces se relaja y sonríe.
  • Las llaves de la casa del protagonista están bajo el felpudo de la entrada o encima de la puerta o en una maceta aledaña, bien oculta, pero jamás bajo ninguna circunstancia esta información es conocida por gente maleante ni con intenciones de hurto.
  • Aquél a quien se llama por teléfono siempre está al otro lado de la línea. En el momento.
  • Los expertos informáticos son dioses en lo suyo. Pulsan cinco teclas y acceden al historial delictivo de quien quieren o entran en la CIA o en el FBI.
  • Los mafiosos deciden a quién matarán metiéndose entre pecho y espalda un plato gigantesco de pasta en un restaurante italiano lleno de cuadros que ocupan todas las paredes.
  • Los mafiosos italianos, éstos precisamente, no poseen cultura alguna, pero cuando escuchan un aria de Verdi ponen cara de espasmo intelectual.
  • Cuando una mujer tiene un niño, casi siempre nace lavado y no hace falta cortarle el cordón umbilical.
  • Suele haber un niño que sufre porque su padre, por las obligaciones del trabajo, jamás va a verle jugar al béisbol o al teatro escolar.
  • Cuando acaba la película de acción llegan las ambulancias, los bomberos, la prensa. Todos alrededor de los protagonistas, felizmente a salvo, pero nunca vemos familiares. Jamás hay una madre, una esposa, un hermano.
  • A la protagonista, jamás se le correrá el rimmel, incluso en el caso de que haya sobrevivido a una explosión y después haya caído al agua.
  • Los camareros siempre tienen un rifle debajo de la barra.
  • Todas las catástrofes naturales suceden en los Estados Unidos de América. Y dentro de ese gran país, suceden en Nueva York o en Los Ángeles. Y si cae un meteorito elegirá un estado interior, tipo Ohio. Nunca Suiza o Las Hurdes.
  • Si una pareja está en pleno fornicio en una casa de campo abandonada, llegará un pirado con una motosierra y les partirá la columna vertebral. Morirá el chico (entiéndalo: postura del misionero) y ella irá corriendo hacia el exterior, desnuda, cubriéndose las tetas con las manos.
  • En los moteles cutres de la América profunda (al decir América no me refiero a la Argentina o a Cuba: son los Estados Unidos, es decir, América) hay siempre un recepcionista tarado, berraco, con barba de tres días, que mira con bizquear obsceno a la rubia de turno. En las habitaciones hay una biblia en el cajón, la televisión emite una peli del Oeste y el hombre abre las cortinas porque ha oído un sonido extraño afuera.
  • El piloto o soldado que enseñe a los demás una foto de su novia, suele morir el primero.


Fue Rafa Roldán, hace tiempo, quien me dijo que la Red estaba llena de tópicos sobre el cine americano. Estos son algunos. La mayoría están copiados y pegados, sin modificar una línea. Provienen de páginas variadas. En casi todas se repiten los tópicos. No atiné a encontrar al autor. Me he atrevido a cambiar, en tramos, el texto original. Los textos originales, mejor dicho. Algunos trozos son de cosecha o de refacturación propia.
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Lo que gano y lo que pierdo

Se me desaliñan las ideas y se afinan los sentimientos. Vengo notando que conforme crezco, en la medida en que la pedagogía de la vida me muestra su perfil salvaje, el lado oscuro, todo eso que nos mengüa y con lo que vivimos día a día, gano en emociones y pierdo en ideas. El mundo de las ideas me llena menos que el otro, el de las caricias y el de los abrazos, el de las palabras acunadas con mimo y ofrecidas con ternura y con afecto a quien las oye. Crezco y desaparezco. Entro en el vértigo y en la fiebre de irme viviendo y reconozco lo que gano y lo que pierdo. Advierto que disfruto con lo ajeno más que nunca y que me da pereza lo propio en la misma medida. Necesito otra vida para terminar las empresas que he formulado en ésta. Necesitaría otra más y así, en ese plan, me veo comulgando con la inmortalidad del alma y con las tentaciones de la fe. En ese hilo de la historia, en la fe como brújula, tengo certezas y tengo dudas. Como cualquiera. Lo que me sucede es que las certezas crecen con más armonía que las dudas. Me pasa que me siento cada día, cómo decirlo, más cerca de lo pagano que de lo ortodoxo. Viviendo mi paganismo con ahínco, aspirando sus olores, bebiendo sus elixires, tocando su piel suave y cómplice, he descubierto placeres indescriptibles. Soy feliz en mi descreimiento, pero en ocasiones, cuando uno menos lo espera, se divisa en el yo profundo un desgarro teológico, una especie de cataclismo a nivel metafísico que me pide invitar a Dios y tenerlo frente a frente y decirnos cara a cara cómo nos ha ido en los últimos cuarenta y pico años. Como no va a ser posible, desgraciadamente no es posible ni siquiera para los creídos, para quienes viven en el ardor de las creencias y sostienen que hay otra vida, la conversación se aplaza infinitamente, se queda en un exabrupto de activista mental. Termina el año, este 2.010 un poco cambalache, como dice mi amigo Pedro, un poco cabrón de lunes a domingo, tocado por la toxina de la desgracia en lo económico y asfixiando a mucha gente; termina y hasta está bien que así sea. No tengo ni idea si el 2.011 será mejor. Insisto en que últimamente me mueven las emociones, las palabras con los amigos, la cercanía perfecta de lo doméstico, los poemas de Gil de Biedma y la música de Bill Evans. Sé, no obstante, que no está mal dejar que nos invada la esperanza. En la esperanza, en su líquido amniótico espiritual, está la vida. En el asombro, en su lujuria, está la vida. Vivimos entre distintos, pero somos todos afortunadamente iguales. Sentimos los mismos quebrantos, dormimos con las mismas ilusiones y morimos en la misma incertidumbre. La eternidad es hoy. Este jueves extraño de mañana hogareña sin propósito. Una mañana de esas en las que uno hace practicamente nada. Y la cabeza, la de las palabras, la que no se siente ya tan cómoda en el quejumbroso mundo de las ideas, rumia su desencanto, escala como lagartija promiscua las horas del día y llega a la feliz conclusión de que vivir es una festividad siempre. Estemos en Navidad o a mitad de agosto. Puestos a pensar, después de la gente que echa uno en falta en estos días y en lo triste que es el dolor cuando lo ves cara a cara, prefiero agosto. Me gusta agosto. Afuera hace frío. En la televisión, de fondo, en la otra habitación, alguien da unas recetas de solomillo marinado con no sé qué. Tengo hambre. Abro una lata de cerveza holandesa. Brindo yo solo a la salud de quien me entienda. Cierro este blog hasta el año venidero. Agradezco de corazón, sí, el corazón de las palabras, el que está huerfanito de ideas, el que no tiene certezas, el que descree de la derecha del padre y de la misa de doce, el que ama a su gente y pide a gritos que lo amen también, ése, no otro, pues agradezco de corazón a todo la gente que ha entrado en este rinconcito humilde de escritorcillo digital. Les agradezco ese esfuerzo. Hay mucho que hacer y mucho que nos hagan para perder el tiempo (no creo que sea tanto pero tampoco esto es un jardín ni suenan violínes al abrir la página) metido en este microcosmos personal. El mío. Sorbo de birra. Buenos días. Buen año. No ha sido, en el fondo, malo del todo.

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29.12.10

El alma es inmortal

Diálogo sobre un diálogo

A.- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja… Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.
Z (burlón).- Pero sospecho que al final no se resolvieron.
A (ya en plena mística).- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

-Jorge Luis Borges

28.12.10

Fondo de cultura doméstica


Hay matrimonios convencionales que guardan las facturas y los recibos en un archivador beige o azul o rojo que depositan en una estantería no excesivamente alta, junto a las obras completas de Tolstoi o de Benito Pérez Galdós y los álbumes de fotos. Cuando el archivador está reventón y amenaza con derramarse en números, ella escribe en una hojita "archivador" y prepara una salida al centro a comprar otro. La operación se repite, invariablemente, cada cierto número de años. Hay visitas de sensibilidad tan fina que advierten que la historia de la familia no reside en los álbumes de fotos. Ni siquiera en los gestos o en la forma en que los reciben. Tampoco en cómo se cogen las manos o con qué amorosa ternura se hablan. La historia familiar está en los archivadores. Salvo excepciones, familias con un sótano espacioso o familias con escaso sentido de la disciplina en materia financiera, los archivadores fagocitan la obra entera de Tolstoi o de Benito Pérez Galdós que es, como intuye el amable lector, ingente. La literatura es la que siempre pierde en estos casos.

27.12.10

Te lo juro por Walt Disney y por la madre que parió a los hermanos Grimm

I

Hay gente que parece desgraciada en grado extraordinario. El rostro cuenta lo que enferma al alma. Incluso la forma de andar, vista en detalle, observada con empeño científico, delata una tristeza infinita. El modo en que uno anda describe el modo en que uno vive. Meditaba yo estas cosas observando a uno de mis vecinos, afectado por la muerte de su mujer, introvertido y estricto, convertido en un guiñapo, en uno de esos hombres que ha muerto pero a los que el corazón todavía les late, la barba les sigue creciendo y el pelo se les encanece o se les cae. Tiene Bernardo, pues así se llama, fama de hosco, pero yo le entiendo. Comprendo que sea terco y que rehuya el trato. Es desgraciado porque no hay nada en el mundo que le llene más que su propia desgracia. Yo de eso sé también bastante, pero no toca en esta parte del relato hablar de mí. No me imagino a Bernardo dando los buenos días con esa sonrisa falsa que inventamos los que, en apariencia, vivimos más felices. El alma enferma o camino de enfermar la tenemos todos. El andar triste, a poco que alguien se fije en nosotros, también. Dejo al cuidado de otros la conveniencia de estas reflexiones. A mí me entretienen. Que sean otros los que consideren si gasto mi tiempo baldíamente. Siempre podré yo razonar lo estéril de las empresas ajenas. Toda esa gente comida de fiebre y vértigo que se encierra en el metro y mira el infinito mientras les suena el móvil y sudan como bestias a las que quedara un día de vida. La mía está generosamente llena de placeres. La cubro de menudencias formidables. Hago de dios rudimentario y caprichoso de mi piso de viudo sensible.

De mi vecino el inconsolable me fascina la terquedad de su desgracia. No hay en su bien ceñudo gesto un indicio de auxilio, una pequeña evidencia de que el mal está comiéndose su corazón anciano. El mío tampoco es un jardín al que la lluvia protegiera del abandono y de los rigores del crudo invierno. Se desboca con nada. A veces lo noto encabritarse. Se agita como si amenazara reventarme el pecho. Parece que estalla en su endeble caja de carne. Brinca ahí adentro. Confío ciegamente en el latido de mi corazón. Y cuando más disfruta, cuando más se encabrita, cuando más me oprime el pecho y puja por salirse, es cuando más cómodamente me aposto frente a la ventana y observo a Bernardo. Me fascina la terquedad de su desgracia. Cómo la cuida, con qué fervor la mantiene viva, qué ardor pone en que no se extinga. Del otro Bernardo, del hombre que ronda los setenta, que no presenta rasgos físicos reseñables y pasa en casi todo por un ser absolutamente normal, no me interesa nada. Sólo aprecio esa singularidad. Su tozuda querencia al desastre. Eso admiro de mi vecino Bernardo: esa luz ilumina mi soledad de viudo rudimentario y caprichoso. Ese vicio gobierna mi sangre y todo mi ser, este ser enfermo en grado extraordinario, respira convicto de esa sangre.

Mi oficio, enseñar francés en casa a un grupo de niños de familias distinguidas, de las que consideran que mis honorarios serán más satisfactorios cuanto más altos, me permite ejercer casi con entera dedicación la vigilancia de las actividades de Bernardo. Cuando tengo a mis polluelos revoloteando alrededor de los manuales y de los diccionarios, cuando un verso de Baudelaire se pone difícil y no hay forma de dar con la traducción más limpia, retiro discretamente las cortinas o abro la ventana y observo la suya. Hablo de ventanas grandes de casas antiguas. Ventanas que entregan un mundo. El patio de luz del bloque (ya he dicho que uno de construcción sólida pero afeada por los años, uno de esos bloques sin encanto, incómodos entre una vecindad de izado moderno) agranda la sensación de privacidad perdida. No tenemos vida que los demás no conozcan salvo que corramos las cortinas, bajemos las persianas y convirtamos el salón en el refugio de uno de esos vampiros del cine.

En cuanto los polluelos vuelven a su nido pijo y tierno, una vez que me he ganado el jornal con la bendita lengua del retorcido Baudelaire, el diablo lo tenga en su bendito azufre, me sirvo un whisky. Paseo la casa con el vaso en la mano. Un whisky barato del supermercado de abajo. No tengo paladar para más. En lo único en lo que sí me considero exigente, una especie de jodido sibarita, es en tener controlado a mi vecino. ¿Insistiré en que no obro por morbo? Me mueven razones altas y nobles. Me inclino a pensar que la edad, ésta que discurre sin estrépito hacia su finiquito, me ha entregado un placer sencillo, que no requiere una preparación intelectual elevada y que tampoco reclama alardes que puedan llamar la atención de los demás. Ejerzo mi vicio en casa, me procuro estos placeres míos sin nadie que me los recrimine. De hecho, pensando en esto, en lo secreto de mi trabajo, creo que no he despertado sospecha entre ninguno de los otros (pocos) vecinos del bloque. Ni siquiera Bernardo, que vive ahí enfrente y se obceca en su vida de hombre sin sangre, se ha percatado nunca de que lo observo a diario. Que registro las ligeras variaciones en un cuaderno de anillas comprado abajo, en la tienda de veinte duros que pusieron cuando murió el portero y los hijos alquilaron la vivienda para ese sucio negocio. No soporto a los chinos, permítanme este apunte de poca trascendencia narrativa. Me incomoda que no me entiendan. Pero no puedo defender esta antipatía cuando ni entiendo a quienes hablan mi propio idioma y nacieron aquí y vivieron lo que yo he vivido y en las mismas circunstancias. De ellos, de los chinos como ejército intruso, admiro la tenacidad. Bernardo, a su modo, es un chino de aquí. Actúa sin empeño, se mueve como un conjurado que tuviera una misión que cumplir. La suya, a lo que veo, en lo que me ofrece, es dejarse morir sin exhibir dolor, sin manifestar alegría, vivo sin estar vivo, muerto sin que su corazón haya dejado de latir o la sangre haya interrumpido su viaje salvaje. Si en lugar de tener enfrente a Bernardo tuviese a una colonia de chinos, igual mi disfrute se aceleraba. Seré un enfermo, un voyeur.

Donde dije antes que me movía un interés meramente psicológico, como si yo también hubiese recibido instrucciones precisas y cumpliese una misión, digo ahora que soy un cotilla, un cotilla viejo y enfermo, viudo que bebe whisky barato y da clases de francés de por las tardes. Me he preguntado varias veces cuándo comenzó esta vigilia mía. No reservo para el final de la historia el hecho de que yo también sufro mil dolores pequeños. El lector instruido en misterios sencillos como éstos habrá concluido que hay viejos a los que les da por pasear parques y azuzar palomas y a mí, más retorcido, un Baudelaire amateur, me ha dado por espiar a un viejo como yo, que sufre la ausencia de su mujer y se muestra limpio y exacto, frente a mi ventana, a diario, como si tuviera consciencia de estar contribuyendo a mi felicidad. Mi mujer, como la suya, se fue demasiado pronto. Nos quedamos solos. En mitad del mundo. Al final del tiempo. Es tan duro morirse, Bernardo. ¿Estaremos los dos ya bien muertos y esto es el cielo o es el infierno y Dios o el diablo nos han dado este papel en la obra que escriben?

Esta mañana me he dedicado una inspección larga. A veces compruebo que no me estoy pudriendo demasiado aprisa. Que una parte de mí resiste. Bernardo jamás se concede esa licencia, pura coquetería, no crean. Se afeita poco y mal. Se viste sin fijarse en qué se pone. Una señora mayor, que he visto a veces en el supermercado, le sube la compra. Subsiste con poco. Come frugalmente. No se permite excesos. Sólo le he visto esmerarse un poco cuando se acerca Navidad. En esos días lo veo menos. El año pasado estuvo un par de días sin dejarse ver cerca de las ventanas del salón. Tampoco lo vi en la cocina. Ahí, al no haber cortinas, lo noto más cercano. A veces parece que pudiera alargar la mano y tocarle, confesarle hasta qué punto le conozco. Bernardo, en Navidad, se comporta con afectación. ¿No parece que acabe de sonreír? Acaba de sentarse en el sillón de orejas que preside el salón. Sí, uno de esos sillones de orejas que pide a voces un perro inglés y una chimenea encendida. Si he de ser totalmente sincero, odio la Navidad. Desfallezco más, me pudro más, me siento más herido, presiento que estoy más vulnerable. En el supermercado, la cajera me sonríe estúpidamente cuando no activa todos esos músculos en el resto del angustioso año. Los niños del francés, empujados por sus pudientes padres, me obsequian con una buena botella de whisky, variadas cajas de bombones y una colonia cara que me da arcadas terribles durante días.

Bernardo, en Navidad, revive. Creerán lo que digo: le dedico el tiempo suficiente como para percibir estos ligerísimos cambios de carácter. En Navidad come con más entusiasmo. No saca del congelador los platos que la señora que lo atiende (esto de atenderlo es un decir: Bernardo no se deja atender por nadie: Bernardo está muerto, ya lo he dicho muchas veces, pero quizá no basten) sino que saca una asombrosa vena culinaria y se prepara unas cositas sencillas que cocina mientras bebe una copita de vino rojo. Bernardo, en Navidad, bebe su copita de vino rojo. Bernardo, en Navidad, deja que la sangre corra más rápido por dentro. Ahora está rezando. La sangre se le ha puesto beata de pronto. No creyendo yo en Dios ni en la salvación de mi afectada alma, aprecio y admiro el hecho de que otros crean y busquen, en este caos de días y de noches, en esta fiebre y en este vértigo, salvar su alma para la eternidad. Admiro muy francamente que el ser humano (Bernardo lo es en un estado muy primario, pero en esa categoría lo alojo) aspire a ver la luz y todo eso que aturde el cerebro y predispone a la fe como la sombra induce al sueño. Morir es un asunto muy curioso que no ha puesto nunca a nadie de acuerdo.

Soy un hombre de cierta edad y las variaciones de la rutina me sacan de quicio. He aprendido a manejarme en distancias cortas y no sé mirar lejos. Sé que no saldré de este piso, sé que recogerán un muerto de este salón en donde escribo. Lo que ignoro es si esa fecha predecible sucederá antes de que mi buen vecino también se fugue de este pabellón de lisiados.
Si Bernardo se me muere hoy, en el rezo, en la ingesta improvisada de salchichas, un par de huevos fritos con ajo y ese escandaloso vaso de vino rojo, ¿qué haré? ¿Moriré en ese instante? No se me espanten. La historia discurre por donde debe. Todo conduce a que yo les muestre la verdad tal como ahora la estoy viendo. Sin ser excesivamente llano. Sin abrir de golpe la puerta y enseñar a Bernardo completamente.

II

Felizmente hay gente desgraciada que no sabe que lo es. Lo que se advierte con absoluta claridad es la rendición del cuerpo. La tristeza puede acomodarse adentro, colonizar el ánimo, vencer las resistencias habituales y adueñarse de una persona hasta que desde afuera sólo vemos tristeza. Una tristeza infinita que se incrusta en quien la observa y hasta pugna por invadirla y hacer allí una segunda residencia. Llevo años luchando contra lo que soy y carezco de recursos para vencerlo. Simplemente me dejo vivir hasta que un tintineo en el corazón reclama la parte de mí que duermo durante gran parte del año. Cuando ese tintineo vocifera que existe, el hombre triste y sin encanto, el viejo al que la vida vapuleó y postró en un piso antiguo de un bloque pequeño, aquejado de achaques, que se viene abajo igual que la gente vieja que lo habita, ese hombre invisible se agita en su caparazón, busca en el aire el brío que precisa su trabajo y se convierte en el héroe que nunca quiso ser.

Déjenme que les confiese mi absoluta apatía por este cansino oficio: me extenúa convencer todos los años al viejo Rudolf de que tenemos cosas que hacer. Se me pone gruñón, me recuerda que ya no estamos para aventuras nocturnas y le pongo sobre aviso: reno gilipollas, estúpido astado de los cojones, vas a ponerte las pilas, cabronazo del polo, vas a salir ahí afuera y vas a volar conmigo los cielos del mundo para hacer felices a todos los niños. Se lo digo con genio. Me sale bien porque tengo convicción. La verdad es que no sé de dónde la saco. Soy un hombre de cierta edad y me atraen cada vez menos las novedades. Me gusta levantarme por la mañana, preparar una cafetera bien cargada y servirme un par de tazas antes de empezar el día, que suele consistir en poner mi culo gordo en un sillón de orejas estilo victoriano que me encanta. Me lo regaló un colega de Finlandia hace años. Me dijo: Te falta un perro inglés y una chimenea con su fuego encendido para que no quieras moverte de ahí en un año entero. Mira que el trabajo en Navidad no lo soporta cualquiera. Crees que puedes tirar de todo eso, pero al final el cuerpo se rinde. Se rinde tanto que estás de enero a mediados de diciembre postrado, hecho un trapo, sin querer saber nada del mundo ni de sus cosas. Tiene uno amigos para esto. Para que le asesoren. Desde que le hice caso mi vida ha cambiado a mejor. Pedí hora en un psicoanalista argentino que me recomendó un compañero danés, pero terminé escribiendo su nombre en mi libreta para evitar en el futuro que sus hijos y los hijos de sus hijos y los hijos de los hijos de sus hijos recibieran un regalo por mi parte. Juro por Walt Disney y por la madre que parió a los hermanos Grimm que no vuelvo a sentarme en un diván para contarle a un perfecto desconocido (y debo consignar en este documento que promiscuo como un adolescente en un burdel) mi infancia terrible en la tundra lapona, mis balbuceantes comienzos como aprendiz sin sueldo y, sobre todo, la sonrojante experiencia de montarme en un trineo a dos mil metros de altura, confiar en la pericia de unos cuantos renos comandados por uno convertido en leyenda, famoso por su nariz roja y gorda e incluso motivo de chanza en musiquillas populares por parecer, quién puede sostener esto, Dios mío, maricón.

Llevo algunos años de incógnito en Madrid. Me he inclinado por el nombre de Bernardo. Madrid tiene el clima perfecto (un frío que añoro en invierno y el calor del que no dispongo allá en mi amado norte en verano) y no tengo un público que me adore. Por aquí se dividen entre rendir culto a los Tres Reyes Magos, que son una adoración exótica que no me entra en la cabeza, y rendirme culto a mí. Detesto la fama, me irrita que me reconozcan por la calle, me pone de los nervios esos imitadores que aparecen en anuncios de maíz tostado o esos tipos sebosos, con barba blanca sin cuidar, que se ríen jo jo jo y se bambolean al andar como si estuviesen hasta el culo de vodka. En todo en esta vida hay que exhibir un estilo. El mío consiste en cuidarme lo que puedo. La única amenaza al retiro perfecto que he encontrado en Leganés es el carcamal que vive en el otro lado del patio de luz. Creo que enseña francés a unos mocosos que también he registrado en mi libreta para que no reciban ni un solo regalo. Espero que sus padres sean cristianos de base y se encomienden a la bondad de Melchor, Gaspar y Baltasar, esos tres reyes de Oriente que rivalizan conmigo desde tiempos inmemoriales. No soy de los que se ponen gallitos y eso de que sólo puede quedar uno me parece una frase de peli de Michael Bay, por cierto, otro que como siga haciendo el tonto va a comprobar cómo sus hijos no pillan un puñetero regalo al pie del árbol, allá en su lejano Beverly Hills. Tengo contactos. Bueno, por donde iba, espero que sus padres tengan en esos panzudos de la Antioquía una confianza ciega porque si dependen de mí van listos. El carcamal de enfrente, el que enseña francés, el que se mete entre pecho y espalda media botella de whisky al día, el que me vigila a todas horas, va a hacer que cometa una tontería uno de estos días. Me calmo en lo que puedo. Lo miro desde mi sillón de orejas y me conmino a no hacer locuras. Respira profundamente, Santa. Te lo enseñó el gilipollas argentino. Algo bueno sacaste en claro. Cuenta hasta diez, recita el nombre de todos los directores que han rodado algún Tarzán en su carrera, cierra los ojos y piensa en algo hermoso, piensa en que llega el día después de Navidad y los niños de todos los confines del mundo abren sus cajas y brincan y lloran de alegría. Y tú eres el culpable, gordo adorable. Tú eres el que haces que sean felices veinte minutos al menos. Luego la vida les dará lo que merecen. Los niños de hoy en día son unos malcriados. Se rebelan contra sus padres, se enfrentan con sus maestros, no saben valorar lo que tienen, nunca aprecian las historias que cuentan los libros y prefieren perder miserablemente el tiempo frente a una de esas pantallas monstruosas, dándole frenéticamente a unos botones diabólicos de un aparato dantesco que sólo hace que unos tipos maten a otros en una calle que arde por todos lados. No entiendo este mundo. Me gusta cada vez más recluirme en mi piso de Leganés. Tengo quien me trae las vituallas mínimas. Incluso me he inventado la existencia de una mujer. Da un grado sublime de respeto en el vecindario el hecho de ser viudo. Pero cualquier día de estos cruzo el patio con renos o de un salto y le pongo al carcamal de enfrente la boca del revés. Antes le aplasto un ojo. Soy un tipo educado, pero no soporto que me vigilen. Llevo muchos años en el negocio como para dejarme intimidar por un maestro jubilado. Juro que me contengo, pero quedan advertidos.

III

Hace días que no veo movimiento en casa de Bernardo. Las cortinas están echadas. La asistenta no le trae la compra del súper de abajo. La casa se me cae encima. No sé a qué acudir. No dispongo de recursos. Han sido muchos años de vigilancia metódica. Me he sacrificado en balde. Hoy, sin embargo, ha sucedido algo sumamente extraño. No suelo poner árbol de Navidad, pero en el salón, junto a la ventana en donde paso la mayor parte del tiempo, ha aparecido uno. Un árbol majestuoso lleno de adornos, un árbol en verdad magnífico que me ha hecho recordar mi infancia como creía que nunca volvería a recordarla. A sus pies, qué quieren que les cuente, un montón de cajas. Las he abierto todas. Ninguno de esos regalos me satisface. Estoy contrariado. Me siento vulnerable. Parece que me han robado algo mío que tutelaba bien adentro como un tesoro. Ni siquiera estos regalos increíbles que no alcanzo a comprender cómo han llegado logran distraerme. He decidido tapiar las ventanas.


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25.12.10

Lo mejor del 2.010


Leo con rabia esos listados de discos del año o de libros del año que los periódicos van sacando en estas fechas. Los leo sabiendo que el mío ha sido un año flaco en cultura. He leído menos que nunca, he visto menos cine que nunca: no he estado al día en las novedades de la industria de la cultura, ésa que ahora está a mandobles con los piratas y de uñas con los políticos. La rabia se convierte pronto en una mansa aceptación de mi pequeña orfandad cultural. Perdido, vuelto al cine antiguo de la RKO o lector infatigable de los mismos autores de siempre, sin caer en la cuenta de que se publican novelas nuevas o de que el cine factura ocho o diez buenas películas al año. Ocho o diez de las que te deslumbran y te dejan noqueado en la butaca, incapaz de moverte con soltura, de salir a la calle sin que sientas una quemazón en el cerebro. Ninguna de esas listas antológicas reclama una autoridad científica en su criba. Yo mismo he hecho las mías en esta página cuando podía manejar unas pocas decenas y de ellas entresacar las sublimes, las delirantes, las que te provocan la quemazón. Las listas que leí ayer me dejaron aturdido, consciente del terrible año que he pasado. He leído a Coetzee, pero no Verano, el libro del año 2010 según El País. He leído a Vila-Matas (con irregular satisfacción), pero no Dublineses, otro elegido. Ignorante: no sé absolutamente nada de Michon o de Lahiri o de Piglia, aunque sé que son escritores y no aleros de la liga argentina de baloncesto.
En todas esas listas hay una perversión, una evidencia de que los críticos (los que se ganan un sueldo en base a las horas dedicadas a la literatura, que no es mal oficio en absoluto) tienen sus filias y sus fobias, exhiben su escasa apetencia por ciertos autores irrenunciables para muchos y dan bendiciones infinitas hacia otros que, a la luz de otros muchos, son mediocres, aburridos o cosas peores que no viene aquí al caso nombrar. Recuerdo cómo descreí de esto de las listas cuando en una de hace unos años no vi el libro con el que había disfrutado tanto. Le habrá pasado a más de un lector. Uno ama la novela negra, pongo por caso, y no hay ninguna mayúscula entre las veinte mejores obras narrativas de ficción del año. Eso te irrita, te hace pensar que no hay criterios fiables en la elección, pero tampoco debe haberlos, me digo. Son simplemente listas. Las subscriben gente de la cultura de ciertos periódicos y no de otros. No será la misma lista la que dé Público que la confeccionada por los contertulios de Intereconomía. Yo a veces me veo incapaz de sostener un argumento durante mucho tiempo. Lo que hoy he leído y me ha dejado ko, lo vuelvo a leer en unos años y me resulta un bodrio. Borges lo tenía claro. Borges y Heráclito, los dos en comandita: nadie baja dos veces a las aguas del mismo río. Ustedes ya saben.
En todo caso ha sido un año horribilis en materia cultural. Dejé de lado el cine. Sólo hay que ver el endeble peso de las reseñas cinematográficas en este blog que nació precisamente para eso, para ir metiendo lo que uno siente por el cine, que sigue siendo (a pesar de estas circunstancias) mucho. Año de series de televisión (Soprano, Dexter, Daños y prejuicios, Perdidos, 24, Arriba y abajo, Fringe, Los pilares de la tierra...) y de cine clásico por obra de un buen amigo que me ha ido surtiendo de las joyas de la antigüedad que con tanto sufrimiento recopila. Hacer listas, desmenuzarlas, abrir en canal su contenido, la exquisitez de su factura, no deja de ser un acto de una petulancia absoluta. Implica un conocimiento, un estar en el mundo y en el salto sináptico de su industria cultural que en ocasiones suena a impostado. Hay listas de gente renombrada que te parecen sencillamente falsas. Hay blogs humildísimos en donde gente anónima cuelga listas que te hacen admirar el trabajo, la entrega, la rendición de un individuo al vicio que tan deliciosamente lo asfixia. En breves días, antes de que finiquite el año, me comprometo yo a dar aquí alguna lista propia. Nada relevante; en todo caso, algo revelador de mi orfandad, el muestrario íntimo de un año pobre. Mío, sin embargo, disfrutado, por supuesto.

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24.12.10

El día del señor Scrooge




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Tres cuentos y una canción de Navidad



Que los astros miren en el corazón y hagan cumplir los deseos de la gente buena de este mundo. Los otros, los que no son buenos, los que ignoran la buena voluntad y van por este mundo haciendo daño y ensuciando las calles, que miren arriba esta noche y se dejan crucificar por la belleza de la oscuridad, por el alto cielo y por el infinito sin alardes que tutela nuestra travesía por la vida. En lo demás, en esta noche simbólica del año, a buscar en lo sencillo lo hermoso, a hurgar pecho adentro y encontrar en el alma la felicidad a la que todos nos dirigimos. Sean felices. Miren arriba. Quiéranse mucho. Dejo como todos los años, en este blog caótico, el posteo de mi amigo Álex. Ahí están los tres cuentos y la canción de Navidad. Este año, aparte de Mycroft, de Álex y de mí mismo, está Dean Martin. Entren, lean. Es un bucle, pero a mí me parece formidable cada vez.
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23.12.10

La escritura del azar


Al desafecto que nos tiene la fortuna le echamos siempre en cara lo bien que se porta con nosotros la salud o lo mucho que nos quieren los que tenemos cerca. Claro, siempre que la salud y el amor nos miren bien y no nos desatiendan como en ocasiones suelen. Al que no le tocó ayer la Lotería, a quien no tuvo suerte, no se le ve hoy cabizbajo: no exhibe pesadumbre, no revela rabia, ni siquiera manifesta un indicio (aunque pequeñito) de enfado. Tenemos soberbios mecanismos de defensa. Acuden a socorrernos en cuanto la realidad nos cerca y nos hiere. Lo de ayer, eso de que ninguno de nuestros décimos tuviera los números exactos, informa de una manera de vivir y conforme a ella lo hacemos. No duele perder porque no entra en lo razonable ganar. He visto hoy de lo más variopinto acudiendo al recetario de refranes, al romancero y hasta a la conjunción arcana de las estrellas para justificar lo esquiva que fue la suerte con ellos. He entrado una sola vez en esa conversación y he sido todo lo tradicional que he podido (hoy estoy francamente cansado y no tengo gana de cháchara metafísica) para asentir y convenir que en realidad no nos tocó ayer la lotería porque no estaba escrito que así fuese. Luego he pensado en la escritura del azar, en la forma en que se combinan los sintagmas de la fortuna y en la semántica de los astros bailando en el cielo por nosotros. Al final de todo no sobra el concurso de Dios, que entra sus oficios atribuibles está el de gobernar los euros que guardamos en el banco. Ese es el verdadero dios. El banco es el que observa estas frivolidades del alma apetente. No se vengan abajo si tampoco les sonrió la suerte. Queda la Lotería del Niño. Y una salud de hierro o un amor familiar a prueba de números esquivos.

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22.12.10

Mi dios doméstico no me ha abandonado hoy


La realidad se cuida mucho de no perder los estribos. Jamás la he visto desbocarse ni defraudar a quienes altos y nobles sentimientos depositan en ella. Incluso cuando una tromba de agua araña los cimientos de un edificio antiguo o nuevo y de materiales enclenques y muere una familia no es culpa de la realidad sino del azar o de la suma de muchos azares que, mancomunados, joden el futuro (dicho expeditivamente) de esas pobres criaturas. Solemos argüir que es el destino, una especie de bicho cabrón (hoy estoy lanzado) al margen de la bondad o de la lógica, el que fragua esos cataclismos emocionales. Al existir el destino, nos quitamos un enorme peso de encima. El destino, esa invención de la teología, se arroba todas las culpas y libera al ser humano de cogitaciones demasiado pesadas. No sabemos qué pasaría si no hubiese destino, pero lo que no hay es un destino: hay muchos. Cada uno concibe el suyo a medida de sus desgracias o a renglón seguido de su gloria. El destino posee una especie de confort, tipo místico, en el que propendemos a refugiarnos cuando el mal araña los cimientos del alma. Cada cual modela ese dios doméstico, le reza y le rinde tributos para que no le abandone y lo tutele mientras espera la venida de algún prodigioso mesías, uno lo suficientemente convincente como para hacernos creer que la vida es una travesía intermedia entre la nada precoital y lo eterno y que no hay derecha del Padre y nubes mullidas de algodón dulce en el cielo protector del paraíso.
Mientras tanto, aquí abajo, a ras del miedo, padecemos lo indecible, sufrimos hasta el desmayo, y y no razona, aunque no lo comparta en absoluto, que ese padecimiento lo cura creer que detrás de esto hay algo más o que alguien escucha lo que decimos, se duele cuando nos hieren y sonríe cuando la vida, tal vez en un descuido, nos procura algún júbilo, alguna prebenda invisible, algún placer imprevisto. Hoy he tenido un día formidable. He sentido bien cerca mía a gente con la que estoy a gusto, he oído la rapsodia bohemia contento de ron y de abrazos, consciente de estar viviendo uno de esos momentos raramente perfectos. Hoy ha sido. Me quedo con eso. Feliz Navidad.
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Tres

I
Rapidshare tumbó a Sinde. No sé si una manita o un gol de carambola en el último minuto de la prórroga, pero ése (al cabo) fue anoche el resultado. A la celebración acudieron megaupload, depositfiles, mediafire y otros bajeles de la armada filibustera. El saqueo, a decir de los que se sienten expoliados, podrá seguir ejecutándose sin que los que incurren en el delito, a decir de esos mismos, sientan en el cogote el aliento implacable de la justicia. El mar es muy grande y no es posible, a esta altura de la contienda, ponerle coto. Y fin.

II
Tampoco hoy abriré una botella de cava ni las cámaras de televisión registrarán la cogorza predecible. Lo veré todo en casa, me resignaré, pensaré en que la salud asiste a los que amo y diré que tampoco invertí tanto en la posibilidad de ser asquerosamente rico. Soy un sentimental.

III
Hoy o mañana a lo sumo mi amigo Álex colgará en su nueva Antártida tres cuentos navideños. Uno es mío. Lo acabé anoche. Me ha costado muchísimo. Estoy perdiendo facultades. No encuentro inspiración. Las musas me evitan. Son rachas, dice K. En breve te abrazarán de nuevo. Lo que sí les pide es que entren y lean esos posteos ya clásicos. Se hace todo con mucho cariño y los que ponemos ahí el alma, caso de que tengamos alguna, nos tenemos afecto, nos sentimos amigos y disfrutamos a nuestra manera con estos voluntos de escritorcillos entusiastas.

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19.12.10

Bryan Ferry: Olympia


Crecí con algunas portadas de discos. Me han acompañado después sin que hayan perdido ese deslumbramiento primario y único. Sigo disfrutando con lo que muestran y con lo que ocultan. Me transladan al pasado, me conducen al paraíso íntimo de la nostalgia, me acunan, me siguen aturdiendo, me hacen evadirme de la realidad. Esa fuga interior es voluntaria, asequible y gozosa. El placer, si cabe, se acrecienta cuando uno interrumpe el viaje interior y regresa a la realidad de la que se evadió y disfruta con lo que esa realidad ofrece. Crecí (insisto) con portadas de discos en la época en que la música se vendía en vinilo y la presencia física de la música que uno compraba intimidaba, creaba un vínculo entre el dueño del objeto y el objeto mismo y construía un lazo sólido con ese objeto, un lazo perdurable, inagotable de algún modo. Por eso recuerdo la lujuria visual de las portadas de Roxy Music en los setenta, toda esa elegancia aristocrática del pop que la banda de Ferry esculpía en las notas con la artesanía que se exige a otros géneros mayores, pero no a la ligereza de la música popular, la que se destina al consumo y luego se sentencia al olvido.
Bryan Ferry dejó a su banda y produjo discos también impecables, exquisitamente grabados y producidos, concebidos con el apasionamiento y el mismo buen gusto que caracterizó a Roxy Music. No ha dejado desde el glorioso Avalon (la última perla de la banda) de hacer discos tangenciales, inofensivos en apariencia, que jamás venden millones de copias pero que perduran al modo en que perduraba la obra mayor de la banda que dejó. Olympia es Roxy Music. De hecho está dentro del disco, en sus manejos, parte de la banda. Está Phil Manzanera y está Brian Eno, con el que no contaba desde For your pleasure, en el lejano 1.973. Hoy Ferry se acerca a los setenta años y no parece que hayan pasado casi cuarenta años. Canta igual, exhibe la misma pose impoluta y se mueve en el escenario como un showman perfecto, como el actor que sabe su papel de memoria y procura pequeñas variaciones en cada interpretación, pero sin abandonar el control absoluto del texto, el dominio sin alardes de las posturas y de los gestos. Ferry, en este caso, no sobreactúa: hace canciones de las de siempre, limpias historias de amor con una base instrumental sofisticada, elegante y, sobre todo, arriesgada.
En Olympia hay riesgo, a pesar de discurrir por terrenos retro, por incluir versiones de Traffic (No face, no name, no number) o de Tim Buckley (Song to the siren). El elemento que saca a Ferry de su atalaya contemplativa de la música que se hace ahora es la electrónica de consumo (Groove Armada) o el pop desenfadado y puro que ejecutan Scissor Sisters. Luego metemos en los créditos a David Gilmour o a Flea de los Red Hot Chili Peppers.
Olympia requiere una escucha adulta, un saber buscar hacia adentro, un no dejarse manipular por la efervescencia de algunas piezas y maniobrar hacia el interior que es donde Ferry ha dejado el poso de la sabiduría y ha volcado toda su experiencia en la manufactura de un determinado tipo de sonido. Ése es el asunto primordial: Bryan Ferry es identificable. Posee una singularidad, una marca única que trasciende, un sello que ya está manifestándose en la propia portada. Ésta es otra más de la épica de Roxy Music. Desde For your pleasure a Country life pasando por el genial toque medievalista de Avalon.
Extravagancia, exhibicionismo, vanguardia, glamour, art pop: Bryan Ferry es el gurú de una banda irrepetible, que promete siempre un regreso (al modo en que regresan las grandes bandas, hacen caja, mueven la añoranza y después desaparecen) y lanza, en su lugar, un disco fabuloso si estás acostumbrado a escuchar muchas veces Flesh + Blood o Stranded o Avalon. En ese aspecto, Olympia es un regalo para los fieles. Los nuevos y los descreídos, pueden abstenerse. Hay veces que Ferry aturde. De tan perfecto, aturde.
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16.12.10

España es un país que tiene más pobres que perros

Para Paco Galán, que me lee por la mañana temprano.

Hay noches en las que oigo ladrar a los perros. Entonces pienso en el desamparo y en la soledad, pero razono que son perros. Luego los oigo gemir y entonces me revuelvo en la cama y dejo de pensar en los perros como bestias y se me pone el corazón encogido y no soy capaz de conciliar el sueño. No le tengo un particular afecto a los perros. Incluso me molestan en ocasiones. Los evito, les doy poca conversación y casi nunca se me verá ensayar un gesto amable, una caricia que induzca a pensar que de noche, cuando intento dormirme, me desvelo porque oigo a los perros ladrar en las calles.
Un perro que gime es una cosa que da una pena casi infinita. Ayer vi un perro malherido. Debían haberlo atropellado y se movía a duras penas hacia un rincón en donde dejarse morir. Me alejé de esa escena fortuita de sufrimiento animal con un estremecimiento que me duró hasta que la realidad me devolvió a otro tipo de heridas. Bastó la crudeza de un mendigo. Uno que probablemente no me robaría el sueño de noche, pero al que de pronto, por obra de la maquinaria impredecible de los sentimientos, hice mío por simple comparación al perro malherido. Ni auxilié a uno ni socorrí al otro. No sé cuántos perros hay en España. Sé que hay nueve millones de pobres. No hablo del pobre al que el franquismo sentaba a su mesa: éste es un pobre accidental, un pobre estrictamente monetario, uno que no exhibe trazas de pobre y al que no podríamos a simple vista, por más que lo miráramos con atención o incluso si pudiéramos entablar una breve charla con él, meter en el gremio de los pobres. Un pobre, ya digo, de lo más normal. Nos fijamos más en los perros, en su desaliño animal, en esa especie de ternura que provocan cuando gimen o cuando un coche les ha partido una pierna y buscan un sitio en donde dejarse morir sin alardes.
Un pobre de los de ahora no conmueve como los de antes. Será que estamos insensibles o será que se nos encalleció el ojo y sólo deja circular las imágenes limpias. Las otras, las terribles, las que incomodan, las filtra, nos llegan al cerebro convertidas en fragmentos, en trozos que luego uno tiene que unir en mitad de la noche y sacar la conclusión de que un pobre tira más que un perro. Pero los pobres no nos roban el sueño: quizá porque todos somos pobres en el fondo. De un tipo de pobreza que ahora no sabría definir, pero que está alojada en el alma y no sufre los vaivenes de la bolsa ni se ve dolida por las rebajas del sueldo o por la subida escandalosa de los precios.
España es un país con nueve millones de pobres. Los cadáveres de Dámaso Alonso se han convertido en desahuciados, en marginados, en gente vulgar, de la plebe sencilla, de la que va al bar y se toma un café y lee cómo quedó ayer el fútbol europeo o de ésa que a la que uno jamás colocaría la etiqueta de pobres porque no lo parecen. De verdad que no. Visten como uno, eso contando con que uno no sea pobre también; hacen cola en la panadería a nuestra vera y hasta entramos en la rutina de comentar si ha llovido mucho o si mañana va a volver el sol a calentarnos un poquito. Cosas normales. De las que hablan los pobres y los que abruman por lo mucho que tienen. España, ya digo, es un país con más pobres que perros. Quién sabe. Un país que está más pendiente del tobillo de Cristiano Ronaldo que de las colas en las oficinas del paro. Un país con perros que gimen en mitad de la noche y hacen que el sueño peligre. La Banca, sin embargo, medra: la Banca, en estos tiempos de zozobra, es cuando sienta las bases de su negocio y amplia horizontes. A costa del pobre. Sin un gemido que informe de lo precario de su clientela.
Y paso largas horas preguntándole a Dios por qué se pudre lentamente mi alma, por qué España, según las últimas estadísticas, es un país con nueve millones de pobres. Pero Dios no entra en esto: está a lo suyo, en su lejanía, en esa certidumbre que nunca roza o en esa incertidumbre que pesa. Dios no entiende de pobres: tampoco de perros. Dámaso Alonso, llamándolo en su poema, no pedía que intercediera: no le conminaba a que rebajase la pobreza del mundo. No le pedía cuentas: Dámaso Alonso le preguntaba sobre el destino de todos esos muertos, sobre la finalidad de ese desvarío que es la muerte. Yo, casi a la edad del poeta, me pregunto casi las mismas cosas. Pierdo el sueño de noche, lo encuentro después y me despierto sin turbulencias mentales, consciente de lo privilegiado que soy. Porque los que dormimos y oímos ladrar a los perros y no pensamos en otra cosa somos, en el fondo, gente privilegiada. Hay tantos asuntos con los que malograr el sueño.


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13.12.10

La metafísica del hidrógeno



Lo he sabido hoy: hace trece mil millones de años, tras el Big Bang, es decir, después del estornudo del Dios primigenio o, si el amable lector así lo desea, tras el caos primitivo que todavía no ha sido razonado, una manta casi infinita de hidrógeno ocupó el vasto espacio. Dicen los astrofísicos, que son como poetas de ese estornudo de Dios, que entonces, en ese asombroso inicio balbuceante del tiempo o del espacio o de ambos a la vez, hace trece mil millones de años, antes del surgimiento de las primeras estrellas, el universo era un sitio oscuro. Yo hubiese dado cualquier cosa por ser astrofísico. Lo digo en serio: eso de trabajar sobre la oscuridad tiene que ser fantástico. Yo, en caso de haber sido astrofísico, habría mezclado el espacio intangible de los primeros segundos del universo con la barba blanca del Dios primordial. Batido este cocktail con la suficiente pericia, agitado pero no mezclado, convertido en una bebida larga a once euros la copa los sábados por la noche, habría incluso ligado. Un astrofísico como Dios manda (o como dios manda, no crean: tengo mis principios teológicos) puede ligar a capricho si sabe manejar con talento la materia oscura de las metáforas (dónde está Dios, quién es Dios, qué es el tiempo, a dónde vamos, de dónde venimos) y la mecánica cuántica al estilo Fringe a las tres de la madrugada. Un astrofísico con labia es como una especie de trovador del siglo XXI de esos que van por las plazas embaucando incautas (o incautos, que son éstos otros tiempos y hoy estoy políticamente muy correcto después de llevar cinco días sin escribir ni una palabra en mi página) y destrozando corazones.
Esta noche, al leer en la prensa lo del hidrógeno y lo de la materia oscura del principio pequeñito de los tiempos, me he puesto saltimbanqui cuántico, me he puesto un poco metafísico, pero al final, pensando en qué iba a escribir, por dónde iba yo a atacar en plan serio los avances de la ciencia, me ha salido un post frívolo como pocos. Es que no me puedo ir a la mano: empiezan los científicos a buscar hidrógeno en los confines del cosmos y yo encuentro a Dios en el margen izquierda de mi teclado hp. Dice Rafa, con el que comparto poca prosa en materia trascendente y al que me une una amistad a prueba de big bangs, que terminaré creyendo en la derecha del Padre y asistiendo a misa de doce. No sé. Entra en lo posible. De momento, al menos en esta noche de lunes en mi sacrosanto pueblo, he salido a la terraza, he mirado al negro precioso del cielo lucentino y no he encontrado hidrógeno puro e infinito, hidrógeno metafísico, ese hidrógeno del principio fabuloso de los tiempos, cuando todo era oscuro y no teníamos en la cabeza las preocupaciones que nos aturden ahora. Me voy muy feliz a la cama. Voy a contar agujeros negros hasta que me duerma. No será pronto. Hoy me he metido algunos cafés que no debía y me he estresado más de lo que esos cafés convenían.

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9.12.10

Que el camino sea largo



No sé qué envoltorio moral tiene la cultura cibernética: hay un acceso tan sencillo a los contenidos que la travesía hasta encontrarlos, justo lo que antes provocaba el placer de su hallazgo, se ha rebajado hasta una expresión mínima. No sé si los jóvenes de ahora son indolentes o simplemente apáticos. La apatía, frente a la indolencia, arranca un punto de haraganería nihilista. El indolente es un ser aséptico, ajustado a lo que llega, sin interés alguno en ver más atrás o más allá. No le interesa la mística, pero tampoco la ciencia. No es católico y desconoce enteramente el cuerpo central de toda teoría agnóstica. Es, por decirlo de alguna manera, un ser casual, un individuo al margen de lo que le rodea, que se abastece de lo que encuentra y busca afanosamente lo que le produce un placer más certero e inmediato. En este sentido, la Red es una fastuosa caja de Pandora. En ella el sujeto paciente de esta indolencia cautiva hocica todo su esplendor y encuentra lo que otros simplemente no alcanzan ni a vislumbrar. Hay jóvenes muy capaces de destripar un ordenador, formatearlo y volverlo a montar y, sin embargo, no saber quién es Cervantes, dónde desemboca el Volga y cómo sucumbió Roma. En realidad es posible que ese triada de información cultural no tenga el mismo alcance social que sanar un pc infectado o descargarse en un minuto el último disco de Lady Gaga.
El problema no es el sujeto paciente sino la sociedad circundante. No hay nada recriminable: la excelencia académica está dando paso a la marrullería digital. O dicho de otro modo: el expediente pulcro y admirable no puede competir con el nirvana moral que supone hacer el zángano, racanear ,obtener una titulación mediocre y salir al mercado laboral con faltas de ortografía, escaso manejo numérico y ausencia casi total de inquietud por la cultura, habiendo paseado libros durante años, quebrado la paciencia de decenas de profesores y esquilmado al contribuyente una notable cantidad de dinero. Baldío todo, claro. Porque un estudiante obstinado en el fracaso, hábilmente instalado en el fracaso, es un fracaso de la sociedad y, sobre todo, una agujero en la cuenta de ahorros del Estado, que es la cuenta propia, la de cada uno de los pequeños trabajadores que tercamente cumple a diario con su cometido. La escuela debe reformular su cometido. Los que la vivimos debemos reformular nuestra función y pensar que el verdadero progreso no consiste únicamente en la dotación intelectual, en cierto enciclopedismo, en el manejo de un cuadro de competencias activas, pensadas y diseñadas en un contexto social.
Quizá haya que enseñar al alumno (no crean que me olvido de las féminas, es que hoy estoy políticamente menos correcto de lo que se me ha advertido) el valor del esfuerzo, la importancia de la constancia, el mérito del trabajo bien hecho. No puede ser que lean y no entiendan lo que leen. Que sepan y no sepan el sentido de lo aprendido. Porque leer es una actividad de un goce infinito y es en la escuela, y probablemente nunca más tarde, cuando se fomenta la vocación lectora y cuando nuestros hijos (y las hijas que toque en el reparto) se sienten iluminados más enfáticamente por el embrujo de la ficción. Porque la ficción embruja, hechiza: lo hace más que ese submundo dinámico en donde son también héroes y recorren distancias fantásticas, pero sin que nada de lo que hacen produzca asombro. Todo está pasmosamente previsto: en todo ese caos fértil de la realidad virtual en donde se abisman sólo hay emulación, simulacro, la falsedad a la que aspiran refugiarse de este mundo que no comprenden. Y es que no hemos sabido a lo mejor vendérselo. Hemos estado ocupados (en demasía) cambiando planes de estudios, rehaciendo los habidos, creando paradigmas nuevos, fantasías rocambolescas del intelecto burocrático que lastran (al cabo) al espectador de esta función ya un punto grotesca.
Quizá pasa todo esto porque no sabemos vender la cultura desde la escuela. Sabemos cumplir unos protocolos administrativos, sabemos trabajar con entusiasmo, sabemos caer exhaustos con tal de que en todo haya apasionamiento y en todo se advierta un grado enérgico de entrega, de inasequible ardor pedagógico. Los maestros sabemos enseñar Matemáticas y enseñar Lengua, pero habría que pensar si no sería más conveniente, en el fragor de las letras y de los números, en el vértigo y en la fiebre de los contenidos dinamitados en boletínes, en programaciones grotescas a veces, inculcar eso tan sutil y tan hermoso como es la Cultura.
Una vez el alumno (y las alumnas correspondientes, no crean) haya sentido la quemazón de la cultura, no hay vuelta atrás. Se involucrarán en su proyecto de vida, pedirán que se les surta de buenos profesores y se creerán dueños de su propio destino. Luego la vida puede fondearlas, vararles, tenderles mil trampas, convertir aquel idilio con el porvenir en una novelita rosa con final tristísimo, pero disfrutaron del trayecto, hicieron de la travesía un fin en sí mismo. Pide que el camino sea largo, escribió Kavafis. Y eso no está registrado en ningún informe PISA. Pedir que el camino sea largo. Y disfrutar de las vistas. Los que tenemos una responsabilidad en este bochorno mediático (del que hablan y hablan y no paran todos los que están autorizados y los que no lo están porque no tienen argumentos que sostengan lo que jalean) debemos reconsiderar algunos asuntos. Pensar en privado, ver en qué parte de lo que hacemos radica el fallo, buscar también en privado el clic que acciona el interés. Luego vendrá todo rodado. Una vez tengamos al alumno (sí, con las alumnas en el mismo pack) en el bote, cautivo y entusiasta, Cervantes, el Volga y la poderosa Roma serán la parte más endeble del menú. Entonces aprenderán y buscarán, en los pupitres, frente a las pizarras, todavía sin acabar de madurar, pero heroicos en el descubrimiento de su yo, su destino en el mundo. Ahí es en donde está la escuela de la que yo sería un sincero fanático.

Una de Arcadi Espada

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8.12.10

Los tiempos muertos

I


Suele argumentarse que los lectores de libros de aventuras o los espectadores de películas de acción son malos lectores o son malos espectadores porque, llevados por el interés de la recompensa inmediata, ignoran el ritmo del argumento, su trabazón interno, se saltan capítulos, líneas, escenas, todo bajo la máxima de una especie de satisfacción express que en nada beneficia al verdadero entendimiento de lo que se lee o lo que se ve. Nada de esto es ajeno al porno, género que suele consentir espectadores que omiten el relleno accidental (digamos) para acceder al acto fundamental (valgan la rima involuntaria y el chiste involuntario) .En realidad, el cineasta del porno trabaja consciente de estos vicios y acepta otra máxima: no debe habe relleno o debe haberlo en cantidades insignificantes: el usuario es el que manda en el montaje, en la escritura de las escenas y, al final, tan sólo podemos observar lo esencial, la quintaesencia del género: la coreografía mecánica de los cuerpos, que cumplen a la perfección los patrones aprendidos. No aburrir, decía Howard Hawks: sobre todo no aburrir.
A Laura, la obra maestra de Otto Preminger, no le sobra ni un minuto. Tal vez a Garganta profunda, la joya del balbuceante porno de los setenta que Gerard Damiano hizo como sin querer y sentó bases imperecederas en el género, tampoco. Las digresiones morales de Waldo Lydecker (Cliffton Webb) parecen no concurrir en la voracidad fálica de Linda (Linda Lovelace).



La crítica seria no mete, sin embargo, a las dos películas en la misma estantería. Una es un clásico; la otra, siéndolo, no alcanza su dimensión mitológica. El cine de aventuras se entrega al público infantil o adolescente. El porno a salidetes y pajilleros. El cine clásico (melodrama, negro, comedia, romántico, western, bélico, terror...) se reserva para los altos paladares y es el que mueve más prosa cinéfila y más tertulia de sibaritas. En el fondo, tal vez el espectador sea el mismo y asista a todas esas funciones (aventuras, porno, thriller, musical) con la misma ardorosa entrega y lo que de verdad prefiera sea que el profesional del cine no le cuele excesivos rellenos, lugares en blanco, zonas en las que el interés muere y el sano apetito visual carraspea, se escora al tedio y busca entretenimiento fuera de la ficción de la pantalla.
El video, el DVD o cualquier reproductor moderno de contenidos audiovisuales (discos duros multimedia incluidos) vinieron a paliar la incómoda esclavitud del tempo pactado. Si Bergman se enrrolla en exceso y los personajes se convierten en rostros eternos que se comen las aristas de la pantalla, pues a pulsar un botón e ir al punto convenido. En donde Errol Flynn se molesta en explicar a la dama en apuros las razones del abordaje en alta mar, pues a buscar la escena de espadas en el mástil. O cuando María Schneider juguetea con Marlon Brando con inocentes historias de niña pija, pues a buscar la gloriosa escena del cuarto de baño, cuando el galán decadente y suicida, el nihilista con sex-appeal, la enjabona con golosa morosidad de amante distraído.




De pequeño, recuerdo que solía preguntar siempre lo mismo: en qué acaba. Solían responderme con evasivas porque mis mayores cuidaban de que la magia del descubrimiento personal no fuese rota por alguna revelación imprudente. Lo hicieron muy bien, supongo. La experiencia cinematográfica o lectora me enseñó más tarde que el mejor libro o la mejor película es la que está llena de rellenos que no lo parecen, aquélla que bascula entre la escena meritoria y la aparentemente vacía. Por eso odié a Bergman y luego lo amé. Por eso los libros de Stephen King me fascinaban: mala escritura (o escritura mediocre) y argumentos fantásticos. Por eso amo el jazz casi por encima de todas las cosas: porque todo es útil.
El jazz prescinde de tiempos muertos: todo es relevante. Mientras escribo esto escucho el piano prodigioso de Oscar Peterson (en directo, en Viena) y pienso que el jazz es como la vida. Creemos que hay trozos secundarios, pero no lo son. Creemos que hay días prescindibles, pero ninguno lo es, todos contribuyen al conjunto, a la sensación de la obra terminada. Quizá nuestra vida sea un gran libro, un tocho enorme, en el mejor de los casos. O una película de metraje escandaloso. De momento no albergamos interés alguno en acceder (rebobinando) hasta que el arrastre de la cinta magnética o del contenido (ahora digital y fantasmagórico) nos provea del alimento que esperamos: a Errol Flynn cortando cabezas de piratas, a Linda Lovelace devorando príapos coléricos, a la muerte conversando con sus súbditos alrededor de una partida de ajedrez. ¿Será eso relleno y yo vivo en mi mundo, engañado, viciado por malos hábitos?


II
Vargas Llosa leyó ayer su discurso de aceptación del Nobel de Literatura. Dijo entre otras cosas que escribir era una vocación y también una disciplina. Creo que en el fondo no habló de ficción y de literatura: de lo que se hablaba allí era de la felicidad absoluta de ser uno dueño de su propio destino. Los jóvenes de hoy lo son a medias: se creen emperadores de un mundo digital al que acceden con pasmosa facilidad y en donde se mueven con asombroso ingenio, pero donde no son dueños casi de nada. Cree tener Vargas Llosa una vida paralela en donde refugiarse cuando la realidad se pone terca y le impide ser él mismo. Yo no sé cuál es el refugio de la gente joven de hoy. Igual poseen varias realidades paralelas y saltan de una a otra de modo que ésta de aquí, la pedestre, la mundana, les viene siempre corta y no les satisface casi nunca. Salió ayer (creo) el ya famoso informe PISA y volvimos a ser los naúfragos de Europa. Hemos mejorado en comprensión lectora, pero flaqueamos en Matemáticas. En lo que seguro que hemos ganado ha sido en competencias digitales. No es un reproche. El mundo de ahí afuera será digital o no será, parafraseando a Bretón. Pero el tiempo va pasando y ya nadie lee a Flaubert. O sólo leen algunos y se sienten héroes en un mundo que les pertenece cada vez menos. El mundo de hoy pertenece a los que ignoran la letra menuda y redonda. Sigo en este hilo: el mundo de hoy pertenece a los que conocen la maquinaria de la redes sociales, el ruido del twitter, el guigary del facebook, ese vacío arquetípico sobre el que edifican otros vacíos similares hasta construír un modelo eficaz y hermoso, concebido para que nadie esté solo, pero destinado a que nadie lea a Flaubert ni escuche cualquier disco anterior a 1.990 (Nirvana y aledaños) o una película en blanco y negro de RKO. Se trata de ignorar el pasado, que es rancio por definición: se trata de mirar hacia adelante siempre. De negar el infinito pasado y las enseñanzas vertidas dentro. De no saber quién es Ulises ni sentir el peso en el pecho de una sinfónica a tope atacando a Dvorak en su nuevo mundo. De no conocer a George Kaplan. De no atinar a contar sílabas en un soneto. De no ubicar Israel en el mapa. De no soñar en alejandrinos ni escribir poemas de amor. De no saber qué es el rhythm and blues ni haber buscado a Dios a posta y con esfuerzo. Igual nosotros, los que sí hicimos esas cosas antaño, no hicimos otras. Igual está bien que las cosas sean como son y que cada uno busque su refugio allá donde considere oportuno. Yo mismo no he leído la obra completa de todos los novelistas clásicos rusos. Sólo algunos. Y en plan tímido. Como temiendo no ser capaz de encontrar el placer que se adivinaba dentro. En realidad todos buscamos el mismo eldorado. La misma esencia de la felicidad. Todos cobijados bajo el mismo cielo. Todos tercamente insistiendo en la misma puerta.

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La conferencia aquí.

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