30.11.10

Anoche


No soy de ningún equipo de fútbol. Puedo ser de Poe o de Jimi Hendrix, puedo sentirme repentinamente español o romántico, adepto hasta el desmayo al blues del delta o amante de los vinos de la Ribera del Duero, pero me cuesta ser de un equipo de fútbol. Quizá me desquicia el hecho de que los jugadores van y vienen, se aferran a un escudo y luego lo sueltan con el mismo entusiasmo con que lo besaron. Se es de Poe porque la literatura del maestro del cuento no varía ni sufre los vaivenes de la moda. Se mantiene intacta, sin rebaja; se exhibe siempre como un triunfo de la inteligencia y de la belleza. En el fútbol hay inteligencia y hay belleza: lo advierto en muchos partidos y disfruto con esa revelación mundana, pedestre, casi animal, del arte. Me molesta (hasta cierto punto) que el fútbol se esté convirtiendo en un arma arrojadiza entre iguales. O es que no somos en realidad tan iguales y el fútbol extrae de cada uno su esencia y la proyecta a los demás.
Mi esencia de anoche fue la del disfrute y eso no cuenta con que yo sea más merengue que culé o que me incline por Messi o por Ronaldo. Probablemente haya que inclinarse ante el fútbol y agradecer que el bueno exista y podamos darnos el gustazo enorme de verlo. Todo lo demás es una distracción bastarda de los sentidos, un querer entrar en la morralla mediática, en el ejercicio funambulesco de los que buscan siempre la periferia de la noticia, sus extremos menos gratos, los que han visto en Mourinho al salvador del siglo, al que va a hacerles caja a falta de argumentos de más sólido fuste. El festín balompédico de anoche fue como esas sesiones dobles de cineforum universitario en las que empezabas con Wilder (El crepúsculo de los dioses) y terminabas con Sirk (Escrito sobre el viento). O como una comida pantagruélica, adornada de cháchara, representada en un restaurante discreto mientras afuera llueve y ningún camarero te agobie para que termines pronto, pagues y dejes el local para que otros ocupen tu mesa.
Anoche perdió el eco, perdió el vacío, perdió el fútbol entendido como un negocio infinito. Y el Madrid dio muestras de flaqueza cuando se le vaticinaba una pujanza y un brío que ayer, en el Camp Nou, no se vio en ningún momento. Las dio porque enfrente se topó con un equipo proverbial, inspirado como casi nunca yo haya visto (salvo un también excepcional partido contra el Arsenal en el curso anterior en Liga de Campeones) y centrado en demostrar en el césped que todavía el fútbol está impregnado de pedagogía y que el talento de un puñado de asombrosos jugadores precisa del concurso casi mágico de un entrenador iluminado, respetuoso con el contrario, sabedor de que las circunstancias son favorables en un momento y absolutamente desfavorables en otro.
Guardiola es, frente a Mourinho, un hombre sencillo: no se arredra ante la adversidad, la entiende como un ingrediente imprescindible del duelo futbolístico y acomete su oficio como el artesano renacentista que manejaba a capricho las muchas artes que contribuyen a forjar un solo arte, el visible, el que queda para la eternidad. Mucho de lo que este Barcelona está fraguando con Guardiola quedará para las vitrinas de la memoria de los aficionados al fútbol. Cuando Mou necesita un foco y un micrófono, Guardiola se escapa pasillo abajo. Busca perderse, encuentra en la soledad un refugio en donde apreciar el tamaño del triunfo. Recuerdo su paseo por el campo en donde ganó la Champions League en su edición de hace dos años: se le veía ensimismado, lírico, enfrentado al escenario después de haberse vaciado completamente en él. Parecía casi rehuír el abrazo de su jugadores, parecía molesto con tener que rendir cuentas de su felicidad al intruso pagado del periodista, que es el otro ingrediente de este circo asombroso y al que en mayor o meno medida se ofrecen todos sus actores.
Anoche hubo un partido de fútbol colosal. Ganó la mesura a la urgencia. Se vio a la lucidez comerse a dentelladas a la especulación. El espectador (el sufrido, el que paga por ver fútbol por capricho de ese mercado sanguinario) fue el que ganó anoche en un par de horas de gozo insultante. Daba lo mismo que uno fuera de un bando o del otro: importaba el fútbol. Como cuando a Ronaldinho le premió con aplausos hace unos años la exigente grada del Bernabéu. Como cuando el buen Madrid de este mismo año fulmina a sus contrincantes y da una lección de contundencia física y de eficacia goleadora. Los números cantan: el Madrid es un equipo en ciernes, uno muy prometedor, uno al que se le podrá empezar a considerar en breve, pero sin cuajar. Necesiariamente precisa reposo. El Barcelona, incluso cuando empata o pierde o hace un partido mediocre en uno que gane, es un equipo a salvo de las dudas. No se puede pedir que siempre salga todo a pedir de boca. Messi, a pesar de todo, no es Dios. Ni Dios es Dios, qué quieren que les diga.


Así que anoche fui de Xavi y de Pep: fui razonablemente consciente de que los colores son un obstáculo para que el fútbol te llene por completo y seas capaz de apreciar la fina orquestación de una banda antes de acometer una sinfonía. La que se pudo ver en el Camp Nou fue sublime. Importa escasamente que enfrente estuviera el gran rival, el Madrid de Florentino, el de los fichajes de relumbrón, el que devora titulares y pierde (con más frecuencia de la deseable) fuelle en el tablero, en donde está la acción. Lo demás es literatura. Mala, por cierto.
Al duelo. al clásico, le sobró polémica. Le vino grande el traje de batalla con el que siempre lo visten. Dolió ver cómo esos portentosos jugadores (los del Barcelona preferentemente: los otros huyeron de la responsabilidad, se achicaron, se concedieron una noche libre) caían en la gratuidad de la trampa, en hacerse la víctima, en forzar al máximo la leña física para desahogarse y aliviar la humillación (relativa, no crean) sufrida en el césped. Y Sergio Ramos, que vive de su buen fútbol y es un sólido defensa en su club y en la selección, se encrespó en demasía, se convirtió en un energúmeno, perdió la dignidad y agredió (en el lance del juego y en el guiragay posterior) a Puyol. Pero nadie es un santo. Sólo Iker Casillas, el pobre, ayer tan pobre, tan desvalido, puso paz entre los animales. Y ganó el fútbol, claro. Aunque yo sea de Poe y de Hendrix y de Cukor. En ellos encuentro siempre el mismo placer. No me defraudan: me conquistaron una vez y me tienen a su merced.
Ah, es la primera vez que me extiendo sobre fútbol en este Espejo. Quizá sea la última. Nada es lo mío, pero esto lo es menor medida. Lean a Santiago Segurola en Marca o a John Carlin. en El País. Ellos sí que saben.


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28.11.10

Cuerpo


I
De igual modo que al cerrar los ojos negamos la realidad visible, clausuramos el aturdimiento de las formas y de los colores, podríamos también cerrar a voluntad el oído y negar los sonidos, no escuchar a quien habla y no dice lo que queremos escuchar, a quien grita cuando a nada contribuye el ruido., a quien violenta el silencio con palabras vacías, con frases huecas, con argumentos estériles.
El cuerpo es una máquina que funciona casi siempre a su aire: no se deja gobernar, no acepta que se la administre y se la conduzca a capricho de quien la posee. Pero vivimos fascinados por su lenguaje y guia nuestra vida, lo endiosamos, lo convertimos en el norte absoluto y fatigamos los días vigilando para que no se despeñe en el abandono, esmerándonos en su cuido, mimando su aspecto, engolosinados por el aspecto de los demás, oficiando la ceremonia de la distracción, creando modelos de conducta basados en lo físico, en lo gestual, en lo epidérmico, sin caer en la cuenta de que es adentro es donde reside la belleza. Pero no podemos cerrar a voluntad el oído y no sabemos decirle al cuerpo que somos nosotros quienes mandamos. No nos interesa: seguimos pagando a gusto el peaje de los sentidos y miramos los cuerpos con absoluto fervor, buscando la belleza, claudicando ante esa belleza eventual, notando cómo el corazón vibra, loco.

II
Ayer contemplé otra vez la belleza inconsolable de Ingrid Bergman. Pensé en cómo se matrimoniaba esa belleza con el talento. No pienso así cuando veo a Peter Lorre o a Charles Laughton, dos de mis actores favoritos. Pienso en el atractivo casi infantil de Norah Jones y no me fijo en lo poco agraciado que es Tom Waits. Ah claro, es que a Tom Waits le va ese aspecto retorcido, ese gesto al que le han extirpado el control y campa intoxicado de vértigo: le va el temblor, le va la fiebre. Michael Buble, ese crooner de diseño al que le acompaña una voz perfecta pero sin drama, es un hombre al que jamás encomendaríamos que cantase el repertorio de Kurt Weill. Somos crueles, pero exigimos una devastación del cuerpo, un sacrificio. Los registros más hondos del alma humana no se entregan a quienes puedan distraernos. Tal vez debamos cerrar los sentidos y abrir únicamente el alma. Sin la traba de lo físico.
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27.11.10

Estúpido





En parte, cómo no, cinco minutos al día, al menos. Uno es estúpido por solidaridad. Por no caer en un gremio de elegidos que está de vuelta de todo y le sobra carisma e inteligencia para hacer frente al mundo. Estúpido se es casi por imperativo orgánico. Estúpido como síntoma de un mundo absurdo que no da tregua y se empecina a diario en contradecirnos, en cuidar de que la felicidad sea un objeto precioso y distante, exhibido como una utopía. Uno es estúpido sin que un asomo de rubor delate nuestro fracaso. Estúpido sin coartadas. Estúpido analógico. Estúpido digital. Da lo mismo ser un exégeta de la obra de Canetti que un tarugo de taberna. La estupidez es un rango inherente a lo humano. Como si uno de esos bucles del ADN la tuviera impregnada. Como si cada pequeño gesto que hacemos la llamara a voces y pidiera que hiciese nido en nuestra alma. La mía es estúpida por variadísimas razones. Tengo un alma retorcida que disfruta con asuntos retorcidos. Tengo un alma expuesta a continuos quebrantos que no termina de levantar cabeza nunca. La azota el dolor de no tener certezar y la azota el dolor de tenerlas. Mi alma no va a ir ni siquiera al infierno. Se va a perder en el limbo, en el olvido, en el éter cósmico, en la memoria a veces poco fiable de quienes están conmigo y me guardan afecto y o me demuestran amor de vez en cuando. Cuando yo muera, morirá mi estulticia conmigo. Morirá mi temperamento quebradizo y se irán todos los vicios que me ayudan a sobrellevar el peso inmenso de estar vivo. A lo que no voy a renunciar mientras lo esté es a presumir de estupidez. Quizá porque todos somos estúpidos un rato al día. Yo, anoche, mientras intentaba volcar a un disco duro recién comprado, cometí la estupidez de pulsar la tecla equivocada y mandé a la mierda un trabajo de casi un día completo. Por estúpido. Porque soy un gilipollas digital cuando se me pone la cabeza embotada y me vibra el pecho por los nervios propios de mi adicción. Y ahora de pronto me siento reconfortado por la lluvia en Córdoba y reconozco que soy un poco menos estúpido que ayer y que he superado con nota muy alta el fracaso de anoche. Soy un privilegiado.

posdata: agradezco a mi amigo Ramón el préstamo involuntario de la imagen que preside este quebranto sabatino. Sabré recompensarle.

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26.11.10

Download







Lo qué no sé es a qué oscuro virus moral acuden los de la SGAE para emular a sus amigos americanos. Mis humildes principios bucaneros contaban con el soporte magnético de marcas de confianza como Tdk o Basf o Sony. Luego llegó el cromo: qué placer registrar un vinilo en una cinta de cromo. Una de noventa minutos, claro. Cabían dos discos por cara, salvo que el disco durara más de 45, y entonces te obligaba a hacer unas matemáticas sencillas o a gastar un dinero extra. Este arranque sentimental no incluye la presencia de la Sociedad General de Autores. Teddy Bautista hacía discos que escuchaban diez amigos y la palabra mp3 no se había incorporado a la RAE. Ahora hasta los muertos de los cementerios, en las psicofonías que les practican los de siempre, devengan derechos de autor. Y en los USA buscan fantasmas del Este y los ejecutivios planean métodos legales para exterminar a los delincuentes del ADSL.
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25.11.10

El juramentado


by El Roto


Qué despojado está el juramentado. Qué limpio y qué firme. Se ha protegido el corazón con un fajo de billetes. Mira al frente sin abrir los ojos. Se ha atrincherado detrás del capital. No hay temor en su gesto. Se sabe a resguardo. No existe arma de destrucción masiva más devastadora que un buen fajo de billetes exhibido a tiempo, izado junto al corazón como advertencia. Los dueños del capital son hackers: entran en un sistema y lo revientan, lo configuran a su antojo, lo adoctrinan sibilinamente. Una vez que el sistema está colonizado, el agente invasor avisa al resto de su acólitos. Conviene que se vea quién manda, pero sin dar la impresión de que el Jefe está solo. El poder es un instrumento de manejo muy delicado y puede volverse en contra de quien lo ejerce. El capitalismo cainita se cuida de no asfixiar del todo al pueblo. Si lo extermina, si lo arruina y lo deja insensible, el capital se vacía de significado. El juramento, el que se pega el fajo al pecho y mira al infinito en puro arrobo, es en el fondo un pastor. Su oficio invisible es la conducción del pueblo hacia la tierra prometida, que suele ser un gran centro comercial en un sábado por la tarde. Preferentemente a principios de mes, cuando la nómina ha hecho ruido en la cartilla de ahorros y el dinero pide a gritos aire y el alma exige a dentelladas bienes de consumo, golosinas desechables, algo en lo que sentirnos plenos y notar un escalofrío de placer bestial y primario. Esta misma noche salgo a la calle y comulgo.

La cabeza cortada de Yukio Mishima se presenta en sociedad...

24.11.10

Lynch, Dios, K. y yo


Sé con más o menos certeza qué hay dentro de la cabeza de David Lynch. Una parte de la mía entiende a David Lynch. La otra se empecina en contradecirme y a poco que me descuido me desbarata lo que su mitad realiza. De hecho ahora está escribiendo la parte no-Lynch de mi cabeza. He pensado en esperar y escribir cuando el lado Lynch aflore, pero no obedece. Cuanto más me obstino en acceder a él, más se cierra. Si me dejo, si no muestro empeño en acercarme, acude y entonces veo la cabeza de David Lynch por dentro. Entiendo qué la mueve. Comprendo las razones que siempre se me resisten. Mi amigo K. dice que le pasa lo mismo con Dios. Dice que en ocasiones entra en la cabeza de Dios, pero en cuanto regresa a la realidad una turbiedad le ciega el entendimiento y no verbaliza el prodigio recién vislumbrado.
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David Mamet no va a salvar a la industria del cine


»Me gusta el entretenimiento de masas. Yo mismo he escrito entretenimiento de masas. Pero es lo contrario del arte, porque la función del entretenimiento de masas es seducir y adular a los consumidores, para transmitirles la idea de que aquello que consideran cierto es realmente cierto, y que sus gustos y su gratificación inmediata son la máxima prioridad para el proveedor. La función del artista, por el contrario, es decir: ¡Un momento! Al contrario, todo lo que habíamos pensado es incorrecto. Debemos revisarlo.» (David Mamet)


A David Mamet le incomoda la presencia de espectadores pasivos: le violenta que el público no esté a la altura de las circunstancias. A Michael Bay le sucede justo lo contrario: le molestan los espectadores curtidos, los que pagan la entrada y luego informan de la presencia de bazofia en la pantalla. Pero Mamet sabe que es Bay el que hace que el negocio funcione. Los cines continúan abiertos porque el señor Bay alumbra cada año su pastelazo digital. Los piratas que machacan horas de rapidshare bajándose cine en avi no buscan cine de Lubitsch o de Haneke, salvo hermosísimas excepciones. Lo que buscan (ay) es Skyline, Transformers, Crepúsculo, todas esas horteradas que hacen que el cine siga siendo una industria. La revisión que se plantea Mamet es filológica: una especie de investigación interna, un informe endógeno que no reviste mayor trascendencia. Para que Mamet haga cine tiene que haber un Bay. Detrás de cada buen director hay siempre un obrero abnegado. Les debemos tanto...



23.11.10

No aburrir



Escribió una de las frases más trascendentes que yo haya leído a propósito del cine, pero podemos aplicarla a la literatura o a la música, podemos incluso extender su influencia a la vida doméstica o al trabajo, al amor conyugal, al cuidado de los hijos o a la atención que le profesamos a los amigos. "Tengo diez mandamientos. Los nueve primeros dicen: no aburrir jamás".
Con esa bendita idea del amigo Hawks me voy a la cama. Buenas noches tengan ustedes. No se me aburran, please.

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"España es un país de contrastes dramáticos..."


Santo Padre, la vida es dramática, en fin... Usted ya me entiende.


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22.11.10

Hendrix, Bickle y un hombre que arde


Uno exhibe sus vicios a la espera de que alguien los comparta. Estamos muy solos y la vida es muy corta. Recuerdo haber colgado en un piso en donde viví solo algunos meses esta fotografía de Taxi Driver. La recorté de una revista de cine y la apuntalé a la pared con cuatro chinchetas. Estaba junto a una cara enorme de Jimi Hendrix y la portada de Wish you were here de Pink Floyd. Ahora que no tengo paredes en donde colgar fotografías (entiéndase: no tengo veinte años y vivo en familia por lo que uno se frena en lo que puede) cuelgo las fotos que me fascinan en este blog. De hecho me encanta ir quitando y poniendo. Las busco con mimo y tardo en eliminarles del editor. En donde escribo hay un par de paredes casi libres en donde he ido colocando iconos, fotografías irrenunciables, cuadros de todas esas cosas sin las que no sabría vivir. Es una forma de hablar, ya me entienden: uno es capaz de vivir sin ver una sola película de Woody Allen (por cierto, La Sexta 2 emite cinco películas del maestro de lunes a viernes a las diez de la noche) o sin escuchar Kind of blue de Miles Davis, pero malviviría, me sentiría un poco perdido, sin nada a lo que agarrarme cuando la realidad te aturde. Lo real, ya se sabe, se obstina en contradecirnos, se empecina en poner obstáculos al logro de nuestra alegría. Por eso necesitamos refugios. Los míos son los de casi todo el mundo. No soy particularmente exigente: digamos que me conformo con mi película de Alfred Hitchcock de vez en cuando, mi libro de Joseph Conrad o mi disco de la primera etapa de Yes. En eso, en esas aspirinas para el desencanto emocional, soy normal hasta el desmayo. No veo cine iraní y jamás he leído a Flaubert en francés. He renunciado a entender el mundo y me doy por satisfecho con irme entendiendo yo mismo y sacar en claro algo para no molestar en exceso a los demás y, si puede ser, procurarles alguna alegría si estoy cerca. Y he visto la fotografía de Travis Bickle y he pensado en todo eso, en los años en los que tenía una pared en donde exhibía mi manera de ver el mundo. Ya saben, Hendrix, Bickle y un hombre que arde.

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21.11.10

Humo

Quieren que no me intoxique y han construído un fortín de leyes que me preserva de una muerte dolorosa. Se están esmerando en que no sufra y van camino de que me muera mañana o dentro de cincuenta años con un aspecto formidable, exhibiendo una tez limpia, respirando a pleno pulmón y con unos índices de colesterol razonables. El Estado se ha arrogado la facultad de cuidar a su pueblo, no vaya a ser que se descarríe y le de por fumar en los bares o por atiborrar a sus hijos con panecillos químicos con chocolate a la hora del recreo. El Estado actúa con pasmosa eficiencia en asuntos en los que el principal beneficiario se desentiende soberanamente. Vigilante, atento, tutela la educación moral de sus hijos al modo en que otrora se inculcaban valores cristianos y de fidelidad al régimen. Lo hace con encomiable entusiasmo: se ha descubierto de pronto policía del alma, se ha gustado y se ha encomendado la salvaguarda de la salud por encima casi de la voluntad de quien padece. Da la impresión de que se preocupa más de los muertos que de la buena vida de los que todavía respiran, que no fomentan un suicidio asistido ni una eutanasia militante, pero que abren puertas para que en el futuro esas medidas sean habituales y no entren en lo delictivo. Plantean la prohibición de fumar en las marquesinas, en los parques infantiles o en la cola del Vicente Calderón y no se aplican con ahínco a evitar que una niña rumana me asalte en la barra del bar, me tire de la chaqueta y me pida una limosna. Y lo primero que pensé no fue en que la niña estaba pasando hambre, pongo por caso: pensé en el humo del cigarrillo que me estaba fumando y casi inconscientemente lo oculté a su vista, comprobando que no había humo de la última calada que le di. Cuidaba de lo accesorio, cerrando los ojos a lo primordial: el desamparo, el desencanto, la pérdida de la felicidad a una edad en que la felicidad es inherente a lo humano, en la infancia maravillosa que no puede nunca verse involucrada en los desmanes de los adultos, en el descuido de sus obligaciones. El humo cegaba mis ojos, como decía la canción. El humo está cegando a los que administran la cosa pública. Se están esmerando en lo secundario: están descuidando lo fundamental. No hablo sólo de este gobierno nuestro: es una reflexión cosmológica, estoy hablando de todos los que gobiernan y de todos los que son gobernados.

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20.11.10

Estoy escribiendo un diario

"Alguien que no lleva diario no es capaz de valorar un diario correctamente.”
Kafka

«No palabras. Un gesto. No escribiré más».
Pavese antes de darse sepelio, en su diario.






Jamás he escrito un diario, pero llevo más de mil quinientos días escribiendo uno. Este blog es un diario al modo en que, más modestamente, lo fueron los de Kafka o Pavese. Al modo en que lo son los que manuscriben mis alumnos de Primaria cuando están a solas y sienten adentro la pulsión de la escritura. Los que la sientan. Estamos en un mundo extraño en el que el oficio de escribir está todavía mal mirado. Leer es un acto noble: el que lee se inviste de cultura y está libre de toda sospecha. El escritor, por el solo hecho de contar cosas que no existen, es un sujeto del que se puede esperar casi cualquier cosa. Uno digno de sospecha. Escribir es un ejercicio impúdico. Un diario es el más impúdico de todos esos ejercicios. Pavese dejó de escribir y se quitó de enmedio. Dijo: Me voy. No escribo más. Vale más un gesto que tanta palabra. En los grandes almacenes venden diarios. Los hacen con colores llamativos para encender las ganas de los adolescentes; les ponen lomos untosos al tacto, portadas con un diseño irreprochable y venden al que los adquiere un oficio, una obligación personal de transcribir el vértigo del mundo a un papel pautado.
Flaubert se tiraba una tarde para poner una coma y precisaba otra para quitarla. Los diarios no exigen ese puntillismo de autor. Se declaran huérfanos de crítica: están ahí, agazapados en la sombra, convertidos en sombra misma, como un espejo al que sólo accede el que lo encara. Por eso el blog es un diario mentido: está abierto. Mil quinientos días desde que abrí y mucha gente ya sabiendo de qué va esto. Si el autor de la bitácora (me gusta más esa palabra, no sé la razón por la que no la uso con más frecuencia) merece la travesía, el ingreso en su rincón viciado de la red. Es cierto: aquí mascullo vicios, exudo vicios, escupo vicios: hago un exhibicionismo tolerado de lo que adentro me quema y requiere aire. Y por eso suelo ser contundente con quien me pregunta sobre el blog y lo prolífico que soy: es que llevo toda la vida escribiendo. Y es cierto. Respirando. Haciendo un diario sin que lo parezca. Como un adolescente al que de pronto se le ha aparecido en la habitación, en comandita, Borges, Kafka, Fellini, Hendrix, Dylan, Cervantes, Fuller o el mismísimo Pavese antes de fugarse de este mundo. No estoy por la labor de secundarlo. Al menos no voluntariamente. Vamos a darle cuartelillo al blog y entregar a beneficio de bitácora un par de miles de posts más. Aunque lo lean los diez habituales de siempre. Ahora, ya que los cito, les doy las gracias y los siento amigos. Ellos saben quiénes son. Y acabo con Kafka, el gris, como empecé: Nadie que no lleve un diario sabrá entender uno ajeno. Escriban, ábranse el pecho, den lo que guardan, exhiban el pudor antiguo que han guardado, cuenten qué padecen y acostúmbrense a ser observados. Una vez lo has experimentado, no puedes vivir sin ello.

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"La ermita de mí mismo..."


Mientras otros se esmeran en la elección de un aire bueno y se preocupan singularmente por hallar una morada saludable, tú estudia el trato humano y sé juicioso en elegir tus compañías. Los aspectos, conjunciones y configuraciones de los astros, que mutuamente varían, intensifican o reducen sus influencias, no son sino las variedades de la conversación más cercana o más lejana de unos con otros, y son como la compañía de los hombres, por la cual éstos se hacen mejores o peores e incluso intercambian sus naturalezas. Dado que los hombres viven por ejemplos y de continuo están imitando alguna cosa, ordena tu imitación con arreglo a tu mejora, no a tu perdición. No busques rosas en el jardín de Atalo o flores sanas en una plantación ponzoñosa. Y como apenas hay nadie malo, sino que otros son peores para él, no tientes al contagio por proximidad ni te arriesgues a la sombra de la corrupción. Aquel que no haya sufrido tempranamente este naufragio, y en sus días juveniles escapara a esta Caribdis, puede tener un feliz viaje y no entrar en el puerto con velas negras. La conversación con uno mismo, o estar solo, es mejor que esa compañía. Algunos escolásticos nos dicen que está solo en estricto sentido aquel con quien no hay ningún otro de la misma especie en el mismo sitio. Nabucodonosor estuvo solo, aunque estaba entre las bestias del campo, y se puede decir aceptablemente que un hombre sabio está solo aunque esté rodeado de una turba de gente poco mejor que las bestias. Aquellos que no piensan, que no han aprendido a estar solos, se encuentran en una prisión para sí mismos si no están con otros, mientras que, por el contrario, aquellos cuyos pensamientos están en una feria prefieren en ocasiones retirarse en compañía, estar fuera de la multitud de sí mismos. El que necesita tener compañía tendrá necesariamente a veces mala compañía. Sé capaz de estar solo. No pierdas el beneficio de la soledad y la sociedad de ti mismo, ni te limites a conformarte, antes bien deléitate en ser solo y único con la Omnipresencia. Para el que está así dispuesto, el día no es inquieto ni la noche negra. La oscuridad podrá atar sus ojos, no su imaginación. Yacerá en su lecho como Pompeyo y sus hijos, en todos los puntos cardinales, especulará sobre el Universo y gozará del mundo entero en la ermita de sí mismo. Así, la antigua ascética cristiana encontró un paraíso en un desierto, y con poca conversación en la Tierra tenía una en el cielo; así, aquellos hombres hacían astronomía en cuevas y, aunque no contemplaban las estrellas, tuvieron la gloria del cielo delante de ellos.


Thomas Browne
(1605-1682)

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El azar, ah el azar


El azar tiene una serie de leyes internas, un patrón que opera subliminalmente, acoplando mecanismos, creando una arquitectura estable sobre la que la vida serpentea con las estridencias habituales. Creamos el concepto de azar para no enloquecer en demasía. El azar es un refugio. En el azar está el asombro, esa inercia a aceptar la perplejidad del mundo y no presentarle batalla. Al azar le debemos algunos de los momentos más felices que hemos vivido. Le debemos encuentros formidables, paisajes fantásticos, conversaciones perfectas, besos eternos y abrazos limpios. En el azar uno se siente como en casa quizá porque esas leyes, esos patrones invisibles, nos gobiernan a todos y nos igualan. Pocas cosas hay en este mundo que igualen más que el azar. El arte mismo nace del azar y de las infinitas posibilidades que plantea. El escritor vive del azar. El fotógrafo no sabría hacer fotografías sin el mágico concurso del azar. He escrito azar en este texto ya las veces suficientes. Estoy escribiendo esto y no otra cosa por puro azar. Estás leyendo esto y no otra cosa por puro azar. Estás en mi página y no tomando cañas con los amigos en un bar o haciendo cola en un ventanilla de la Seguridad Social por puro azar. Eres lo que eres por el puñetero azar. E incluso la palabra azar, así vista sin hacerla entrar en el vértigo de la experiencia, es hermosa como pocas. Díganla en voz alta unas cuantas veces. Azar. Azar. Azar. No pongan una "n" fortuita en mitad de la dicción. Podrían estropear el hechizo. Ustedes ya me entienden. Me ha dado de pronto por avisarles de esa incorrección fonética.
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19.11.10

Iconos: Jules and Vincent


Me falta muy poco para ser un friki de Pulp Fiction. La he disfrutado solo y la he disfrutado en compañía. Me he sentido feliz al recomendarla y que se me agradezca y me he sentido incomprendido cuando me han mirado con cara de tú no sabes lo que es el cine, hombre. Y probablemente no sepa. Uno disfruta siempre hacia adentro y a veces es muy difícil explicar las cosas invisibles. Ni las que se ven se dejan manejar por las palabras así que en esto de contar uno sus vicios hay que esperar cualquier cosa. Pulp Fiction está entre las primeras. Ah, lo de iconos se lo he copiado vilmente a mi amigo Álex. Sé de antemano que le habrá encantado mi absoluta falta de imaginación.

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Muertos de otros


Hemos tenido suerte. Entre los muertos del cólera en Haití no hay ningún español. Nos hemos librado de una desgracia. Los muertos que salen en primera plana en los periódicos son siempre muertos antológicos, muertos clásicos, muertos enciclopédicos. La muerte es un píxel quemado. Uno de los problemas de la alta definición es que restituye una imagen perfecta y la muerte se exhibe con una calidad irreprochable. Muertos de un cromatismo lírico. Muertos sin aristocracia. Muertos sin épica. Porque la épica es materia noble que sucede en países muy historiados o en novelas de género. En Haití no ha habido bajas españolas. Menos mal. Lo han dicho así en el telediario: no ha habido ningún español en el listado de bajas. Y entonces me he tomado el postre francamente aliviado. Siempre hay incontinencias que te incomodan la digestión, me ha dicho K. mientras pelaba una naranja. Siempre hay un desaprensivo que te cuenta cómo va el mundo. Uno de esos que se esmera en el recreo de las palabras, con empeño en no escatimar ninguna de las dimensiones de la tragedia. Estamos abastecidos de tragedia. Nos la abastece la vida sin pedírselo. Pero por esta vez no ha habido muertos españoles. Qué alegría me da. Son, al cabo, muertos de otros. Lo mío sigue a refugio del desastre. Mi país no lo diezma el cólera. Vayan pensando qué lo está devastando...

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16.11.10

La ballena blanca


I
Es posible que todo sea, al final, una forma de escepticismo, de descreimiento: se vive mejor en la duda. Las certezas desarman muy rápido nuestra capacidad de asombro, que es lo que mueve el corazón y nos hace más sensibles y quizá también más inteligentes. Sin dudas, sin asombro, sin la incertidumbre de lo por venir, no hay ciencia, no hay vida. El hecho mismo de aceptar la realidad entraña el peligro de no cuestionarla, de no fundar interrogantes razonables acerca de su naturaleza o de su propósito, que será arcano y lo entenderán los gurús de la mente y los filósofos de los libros. Quizá Jorge Bucay o Paulo Coelho lo entiedan, qué quieren que les diga. Es que hoy me he levantado con la sonrisa puesta, como decía Tequila: me he levantado utópico, lírico, dispuesto a celebrar los prodigios domésticos del mundo, que me trae noches librescas: ahora ando con Moby Dick, otra vez. Y cuando leo a Melville, por el hechizo de los libros, por lo que me regalan, me vuelvo lírico y me da un estallido de alegría el pecho. A otros les pasa con el Marca cuando gana el Madrid, pero yo soy un tío raro y me siento cómodo entre historias que urdieron otros y que me guían y me confortan.

II
Un libro puede leerse infinitas veces porque en cada lectura es un libro distinto igual que nosotros nunca somos iguales de un día a otro, aunque apenas se aprecie la mudanza y no se manifieste la fractura emocional que supone vivir y soportar la (en ocasiones) tralla de la vida. El futuro es un arma cargada de poesía. El amor es un arma civil contra el miedo, como escribió Joan Margarit, al que no puedo ir a ver hoy en Cabra, en unas jornada sobre haikus y metáforas y bien que lo lamento. Los libros son artefactos incendiarios, túneles hacia el corazón de la luz, puentes que unen territorios lejanos, salvoconductos que nos salvan del miedo. En eso, como Margarit escribe, los libros son puro amor. Son un acto gozoso de amor. El otro día me dijeron cómo era posible que escribiese tanto en este blog. El tiempo en el que escribo se lo robo a la lectura. El tiempo en que leo se lo robo a mi familia. El tiempo en que me dedico a mi familia se lo robo a los libros. La imagen victoriana que Álex me dio el otro día al ver la biblioteca de Luis Alberto de Cuenca ilustra mi desazón. La pared interminable. La mansión entre bosques. La chimenea. El perro manso. Un buen vaso de whisky. Sir John Gielgud en su laberinto de maderas nobles y lomos antiguos. Borges en su ceguera tipográfica. El vacío ilustrado. La ballena blanca, ah la ballena blanca.

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El oficio de mentir (Corregido)


La verdad la dice cualquiera, pero la mentira precisa imaginación. El escritor es un embustero profesional, uno que prescinde de los protocolos sociales, que indaga en lo turbio y exhibe toda la rica paleta de sentimientos del alma humana. En esa paleta, en esa travesía de emociones, la verdad es un engorro. El que escribe necesita mentir. Y el que lee nunca tendrá certidumbres. No sabrá si lo que lee se aviene a la verdad o es fantasía, si se ofrece un perfil humano del hombre detrás del escritor o todo es simulacro, proyección del yo en el texto consentido. Por eso a Sánchez Dragó, al que se le fue la lengua al relatar su fornicio nipón con dos lolitas, le defienden (sobre todo) los del gremio de la escritura: porque se ven en él, porque intuyen que cualquier día caerán ellos en manos de los estajanovistas de la verdad, que son gente armada de razón cuando adivertan que marró en la forma y estrelló su (posible) reputación en un apestado negocio de palabras. Gente que lo ve como un apestado que inventa (la mentira, ah la mentira) y hace pasar el engaño (infame) por Literatura.
Conste que no es el tal autor santo de ninguna de mis muchas devociones literarias, pero aprecio su cultura, su capacidad para provocar y crear un personaje que, en el fondo, únicamente jalea el pensamiento ajeno, lo agita, lo saca del sillón de orejas y lo lleva a donde buenamente le parece. En eso, en la empresa de ganarse la animadversión y el fervor popular, el tal Dragó es un fiera, rivalizando con Pérez Reverte y con Jiménez Losantos. Los tres, a su manera, ejercen un oficio antiguo: el de combatir cierto grado de postración cultural con puyas, con exabruptos, con cualquier aliado semántico que descerraje la indiferencia. Hablen de mí, aunque mal. Digan que soy un canalla, pero no me olviden. Ya: mi amigo K. sostiene que el tal Dragó es un pederesta. Lo condena por lenguaraz: le conmina a meterse la lengua en el sexagenario culo y no tener luego que sacarla para corregir sus desafueros. Y, bien mirado, leído con toda la neutralidad de la que uno dispone para estos casos, el texto es imprudente. No lo embutió en una novela, no se inventó a Humbert Humbert para justificar ese desatino sintáctico, no contó ya desde el principio: miren, está hablando el escritor, el que miente, el falso, no vayan a pensar que yo estoy detrás, desflorando nínfulas, haciendo el ganso en los sesenta. Si a Jiménez Losantos le da por airear algún episodio turbio de su mocedad y le salen devaneos de esta guisa lo crucifican. Pérez Reverte tiene más tablas: se ha visto en apuros muy grandes. Mentir, decir la verdad: tan sólo son las bambalinas de la trama.

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14.11.10

El poeta del imperio austrohúngaro
















A Don Luis García Berlanga

Del imperio austro-húngaro, estreñido,
por falta de sonrisas verticales,
a Tombuctú, provincia del olvido,
partió do Luis, en bici de pedales.

Pero, si el arcabuz de cierta estrella
cegó a Pablo camino de Damasco,
al olor de charanga con paella
no hay Berlanga que no tome del frasco.

Y acampó en Calabuch, dos o tres meses,
entre cristianos, moros de paisano
y falleras que fallan con franceses,

y, en plena mascletá, rezando un credo,
ante el altar de un culo valenciano,
se le escapó del alma: tengo miedo.

Poema: Del imperio austro-húngaro
Libro: Ciento volando de catorce
Autor: Joaquín Sabina
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"En Bienvenido mister Marsall se dice: Es un mapa tan antiguo que todavía existe el imperio austro-húngaro; en Novio a la vista, al alumno que se examina antes que el príncipe le preguntan el imperio austro-húngaro. También recuerdo que cuando estaba terminando el rodaje de La muerte y el leñador alguien me dijo que no había metido la palabra; quedaba solo un plano de un tío arreando a un mulo que tiraba de un carro. Y metí la palabra de un modo imposible. El hombre sacudió el látigo y dijo: ¡Arre Austro-húngarooo!"

Luis García Berlanga



Hoy se ha querido morir Berlanga. Había olvidado ya el nombre de las cosas y vivía como de prestado, inventando el mundo que él había registrado en fotogramas, en historias de una mala leche antológica, que retrataban una España gris recién salida de una guerra incivil en donde ganó el malo y perdieron todos. Hoy ha muerto el maestro y al leer su fuga, curiosamente en un comentario en este mismo blog, he pensado en la palabra austrohúngaro y en un culo ocupando una pantalla entera. Ha muerto un crápula entrañable, un creador total, uno de esos raros hombres que acometen la noble empresa de filmar un siglo. Él filmó una buena parte del XX. El Imperio Austrohúngaro llora hoy su pérdida.
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13.11.10

H.M.E., 81



En el Libro de Lecturas del Bachillerato Superior

no leas odas, hijo mio, sino guías de ferrocarriles:
son más exactas. despliega las cartas marinas
antes de que sea tarde. abre el ojo, no cantes.
ha de llegar el dia en que vuelvan a clavar listas en las puertas
y a señalar con marcas en el pecho a quienes digan que no.
aprende a pasar desapercibido, aprende, mejor que yo,
a cambiar de barrio, de pasaporte, de cara.
adiéstrate en la pequeña traición,
en la sórdida salvación de cada dia. Las encíclicas
son buenas para encender el fuego;
los manifiestos, para envolver mantequilla y sal
para los menesterosos. serán necesarias saña y paciencia
para insuflar en los pulmones del poder
el polvillo letal, molido
por quienes hayan aprendido mucho
y sean exactos, por ti.

Hans Magnus Enzensberger

Mycroft lo supo. Yo me hago eco. Tú eres el tercero. Hazte eco.

addenda:
Además este poema fue el primero que leí. Me lo pasaron en un bar universitario, escrito a máquina, en una hoja doblada muchas veces. Al abrirla, vi una luz. Hace de eso 25 años.
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12.11.10

Los libros del poeta

Foto: Lorena Mingorance

La biblioteca tiene 35.000 libros. La cifra estará ya superada. No hay vida para leer todo eso, pero sé que algunos darían la suya por entrar en ese santuario y tocar los lomos, sentir el peso de la cultura, el hondo legado del hombre allí depositado, expuesto, convertido en una especie de templo con su dios accesible. Si la biblioteca de una persona es su biografía, la de este poeta aquí fotografiado (del que he hablado con admiración hace un par de días en este blog y que ahora no cito) es una biografía fantástica. Himes. Lorca. Julio Verne. Darth Vader. Obelix. Homero. Aristófanes. Chesterton. Voltaire. Stevenson. Hasta se confesó admirador del manga. Estoy extasiado con la foto. Me agrada saber que mi astronauta zurdo va a reposar en alguno de esos anaqueles. Mi biblioteca es modesta y crece a trompicones. Mi afán lector no decae, pero hay ocasiones en las que uno no encuentra huecos, rincones en donde perderme en los libros. Esta noche empiezo uno de Jesús Aguado. Seguro que está en la foto.



11.11.10

Creer en algo

I/ Un lado




"La presencia del Crucifijo en las escuelas no ofende a ningún sentimiento ni aún al de los racionalistas y ateos; y el quitarlo ofende al sentimiento popular hasta el de los que carecen de creencias confesionales. ¿Qué se va a poner donde estaba el tradicional Cristo agonizante? ¿Una hoz y un martillo? ¿Un compás y una escuadra? O ¿qué otro emblema confesional? Porque hay que decirlo claro y de ello tendremos que ocuparnos: la campaña es de origen confesional. Claro que de confesión anticatólica y anticristiana. Porque lo de la neutr
alidad es una engañifa".

Miguel de Unamuno


Quitar de oficio todos los crucifijos en la escuela pública no es síntoma de ninguna alarma moral. Quizá debería ser una de las funciones del Estado, que es laico por definición y no debe conmoverse por el credo de sus ciudadanos. El país no se está quebrando ni las hordas bárbaras están invadiendo las instituciones. Lo religioso es un ámbito privado y la escuela es un espacio público al que acceden ciudadanos libres que, en mayor o menor medida, profesan alguna religión, no profesan ninguna o creen por estaciones, según tercie la economía o se lo pida con más ahínco el corazón. La gente de iglesia ve extremado eso de ir retirando cruces de las aulas. Creen que no hacen daño a nadie, y probablemente lleven razón. Veo yo más dañina la masificación en las clases, el desafecto de la sociedad hacia la figura del profesor o la retirada de la confianza en la educación que está embruteciendo la sensibilidad del pueblo y convirtiéndolo, a pasos de gigante, en una masa burguesa, cobarde, obstinada en hacer valer sus derechos cuando no cumple necesariamente sus obligaciones. Alegar que lo cristiano es inseparable de lo civil es ingresar en la umbría antigüedad y esperar milagros en las aceras, besar las manos de los obispos y rezar para que el cielo no nos cierre las puertas por pecar en demasía. Sostener que la cruz no perjudica al que no la reverencia es una obviedad. No creo que sea en sí mismo un símbolo punible, una evidencia de algo pernicioso. De hecho será una bendición o será un castigo para cada individuo en particular y no entra en la lógica de las cosas hacer comulgar a todos con las ideas de algunos.
Entra en lo desquiciante que algunos sostengan que la retirada de los crucifijos principie otra de más ambicioso calado: la supresión de la Navidad o la supresión de la Semana Santa, expresiones ambas de una realidad no únicamente religiosa, sino cultural, que difícilmente podría molestar a un laico. Pero en estos asuntos, en la medida en que uno cree o deja de creer en algo, hay grados e imagino laicos exaltados, fanáticos en su discurso, y creyentes de un activismo radical. Hasta el Papa ha comparado este anticlericalismo al que imperaba en los años treinta y que, aliñado con otras disputas políticas, regó España de sangre. No es que estemos dejando de ser católicos. Es, en muy sesgados términos, que nada favorece que uno lo sea o no. Como nada en este momento fomenta que alguien sea activista de Greenpeace o cofrade en la iglesia de su pueblo.
El Gobierno debe respetar y evitar confusiones que induzcan a pensar que un credo ampare un trato de favor que otro, minoritario, de más reciente ingreso en la sociedad, no posee. España no es católica. Son los ciudadanos los que lo son. Los que lo sean. No se despoja de significado a la tradición judeo-cristiana retirando la cruz de las aulas: se crea un espacio de tolerancia mayor al no introducir en un territorio abierto un signo de orden cerrado, un símbolo de una sentimentalidad individual, de un creer hacia adentro. Y la escuela, que es un espacio de paz y un espacio de cultura, debe hablar de la figura de Cristo (faltaría más que no lo hiciera) pero no exhibirlo, confiar en su presencia como guía de lo enseñado. No somos católicos: somos ante todo personas o ciudadanos. Es que estos políticos de la progresía no tienen temor de Dios. Al menos queda Unamuno y queda Juan Manuel de Prada, que hace hoy un repaso antológico a la moral, invitando a derrotar a la plebe blasfema que descree de los santos y arremete contra los apóstoles de la desesperación , pero es muy fácil dividir al mundo entre santos y pecadores, entre arquitectos y dinamiteros de la moral. La vida no cobra más sentido porque el Crucificado presida un aula: gana en valores cuando los que se sientan en los pupitres son educados en la tolerancia, en la justicia, en el respeto a los otros, en la fe en el progreso y en la supremacía del esfuerzo. La escuela, tan en zarandeo en estos tiempos de quebranto ético, no es un santuario, no es un templo, no es ni siquiera un seminario en donde los feligreses, ejerciendo su legítimo derecho a ver su fe representada en la sociedad, hacen prevalecer sus símbolos sobre otros. No debería haber símbolo alguno. En el lugar de la cruz, ya vemos, han colocado unas pizarras digitales. No sé si a través de esa presencia rotunda de cables y de alta tecnología los alumnos encontrarán la felicidad que se encomienda a la fe. Sé que vivimos en una comunidad y que la convivencia no puede ser escombrada por un conflicto que, en realidad, no existe. La cruz tiene su lugar en el corazón de quien la contempla con arrobo y con amor. Difícilmente se entendería que quienes declaran sentimientos tan nobles y tan puros quieran someter al resto a los suyos.



II/ El otro lado




Hay que creer en algo. Creer en uno mismo podría ser un comienzo. Lem, un eminencia en la ciencia-ficción, dejó escrito que el efecto es siempre el mismo: acaba siendo imposible distinguir entre la realidad y las visiones. Las mías son casi siempre poéticas. Pero la ciencia-ficción es un territorio propenso al desprecio académico y hasta sus mentores terminen hastiados de ese principio de incertidumbre teórica que consiste en no admitir la primacía de las visiones, en negar las distracciones de índole cósmico. Pero la ciencia-ficción es la metafísica del siglo XX. El templo es la oscuridad cerrada en el cielo infinito. Lem se desdijo y abandonó el rol de narrador del más allá. Creyó en la escritura, creyó en la cultura como un don, creyó en sí mismo y en la certidumbre de que el espacio interestelar es una minucia si lo comparamos con el ampuloso cosmos que encierra el corazón humano. El universo galáctico de Lem es émulo de éste en el que vivimos. Irónico, cínico, certero, Lem buscó a Dios en el vacío negro. Y así escribió en Solaris:

«Es el único dios en el que yo podría creer, un dios cuya pasión no es una redención, un dios que no salva nada, que no sirva para nada: un dios que simplemente es».

Como buen narrador del abismo del alma, en el espacio exterior o en un patio de vecinos, Lem dibujó lo insondable de ese corazón al que no entendía. El piloto Pirx no está muerto, el buceador de las galaxias está de rodillas, en el altar infinito, buscando a Dios. Supongo que todos lo buscamos. Que está, aunque nada de cuanto provenga de su presencia pueda afectarnos.

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10.11.10

Mi primer haiku



Ayer estuve en Japón sin salir de mi Subbética. Un Japón de papel, un Japón de cinco sílabas en los versos impares. En el fondo todos los países lo son de papel. Ser español, pongo por caso, es una cosa de una complejidad asombrosa. Desconfío de quien se declara español por encima de otros oficios que le son, en apariencia, más afínes, como padre o como metalúrgico de nueve a dos. A mis años todavía no sé en qué soy español, qué trozo de Emilio Calvo de Mora Villar es inefablemente español, en dónde albergo a Góngora o a Lorca, dónde alojo el gol de Iniesta, la tortilla de patatas o la gracia salerosa. Quizá yo sea uno de esos españoles perplejos que únicamente airean su españolidad en estadios de fútbol o cuando visitan el extranjero. Soy un español a tiempo parcial, un español sin alardes, desubicado, sin afecto excesivo hacia una denominación de origen que me llena en ocasiones, me preocupa en otras y que simplemente ignoro en la mayoría.
Lo dicho, soy un escéptico en eso de las patrias. Todas las banderas (dejó dicho una vez El genial Roto) se manufacturan en Hong-Kong. Un escéptico a conveniencia, por supuesto. Me siento muy español cuando admiro mi idioma, por ejemplo. No recuerdo ahora quién escribio eso de que su patria era el lenguaje. La mía lo es insobornablemente. Por eso, por el lenguaje, por la magia de las palabras, puedo ser japonés en Cabra en un cursillo sobre la poesía en el aula y oír a Manuel Lara Cantizani recitar haikus bendecido como está por el entusiasmo de creer en lo que hace. Ayer (insisto) fui japonés en plan humilde, novicia y campechanamente y vi (lo juro por la geisha que puebla mis sueños) cien mariposas febrilmente revoloteando en un jardín que estallaba en colores. Estuve en casa de la poesía de cinco a nueve y asistí, entre aturdido y maravillado, al espectáculo de un poeta mayor, en el sentido más noble del término, que se llama Luis Alberto de Cuenca. La poesía de Luis está concebida para el uso. Está limpia de arabescos. No hay alambiques. Se apresta con docilidad al manejo oral y gana cuando se recita y un piano (Ángel Pérez) dibuja las líneas ocultas del texto. Luis Alberto es un poeta culto, un poeta en cinemascope, un poeta en armas, un poeta de pie, un poeta enciclopédico, un poeta pedestre, un poeta gongorino, un poeta completo que vive también en el lenguaje y cree en la hechicería del verbo, en el envés de las palabras, en todo lo que emociona. Y ayer, en una sala pequeña, en un día de lluvia egabrense, oí poesía de la que me gusta y me sentí cómplice de algo mágico y limpio. Luego hubo café con pastas, libros de haikus y decenas de haikus. Fuimos haijines, ciudadanos del haiku, hacedores de sílabas. Hay un vértigo formidable debajo de los haikus. Lo que no sé es si esta sobredosis de japonidad rebajará mi entusiasmo. Entra en lo posible. De momento ayer, allí sentado, sin entrar en serio en el tema, ya compuse mi primer haiku. Uno lamentable, delgadito y sin luz. Igual progreso con los días. Seguiremos informando....

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8.11.10

Invisibles


Lo que hemos perdido en el atropellado siglo XX ha sido la inocencia: se perdió a base de guerras y de progreso, la derrotó el plenipotenciario Estado del Bienestar y el stress de la civilización, que va aprisa y va ciega hacia el vacío. No sé si carecemos de valores y ésta es la sociedad del vacío: un vacío lleno de cosas, un vacío que hemos ocupado con fibra óptica, pero que no emociona. Vivimos mejor que antes, pero vivimos sin paladear lo vivido. Tuvimos la experiencia, pero perdimos el significado. Lo escribió T.S. Eliot. Era un vaticinio de estos tiempos de zozobra moral. Da igual que venga el Papa Santo de Roma y reclame la cristiandad de un continente. No se trata de que la religión esté siendo sustituída por el comercio: todo este volcado de significados tiene que ver con la inocencia. Una vez que se ha perdido o que se ha convertido en otra cosa la historia no puede discurrir igual. Revisé El hombre invisible este verano. Era pura y era inocente: era la trama del hombre enfrentado a la ciencia, convertido en un sacrificado por la ciencia. Hoy todos somos invisibles: hemos entregado la pureza (caso de que alguna quedara desde la cueva de Platón) en nombre de la realidad virtual; hemos abandonado cierto sentido del honor y de la integridad a cambio de estar conectados al mundo y que el mundo esté conectado a nosotros en una especie de panteísmo gilipollas que sólo formula un simulacro. Y en el fondo, mirando en detalle, todo es esplendor, todo es MTV, todo es una alegre zarabanda de archivos que vuelan en el limbo en mitad de la noche.

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7.11.10

Noir/El trato


Esta noche he vuelto a ver La dalia azul. La vez anterior (creo que fue solo una) sucedió en uno de esos pases de cine forum que programaba la Universidad. Tres plantas más arriba hablaban sobre Pedagogía. Yo cumplía con mi papel de cinéfilo en ciernes y confiaba en un par de buenos amigos que me pasaban después los apuntes. Yo no les contaba la película. Esa es la diferencia. Ese fue el trato.
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6.11.10

Lo que me estoy perdiendo



Ah fe, cuándo me abandonaste. Quizá nunca estuviste. Se tiene casi siempre de la religión una visión orgánica. Parece que hay cielo y Dios y derecha del Padre a nivel sanguíneo: nos venden la fe como una hélice de moléculas que hormiguea el corazón y lucha bravamente con el cerebro. Me he enfrascado cientos de veces en muy lujuriosas conversaciones sobre estos asuntos: me siento a gusto en esa plática tabernaria. Tengo amigos a los que afablemente incito a entrar al trapo y salgo robustecido por el intercambio noble de pareceres. Creo que he explicado esto por esta página las veces suficientes: podría haber sido un creyente formidable, pero he quedado en un pobre laico convencido de estar en posesión de una verdad intransferible. Lo que molesta es que venga el contrario, el que no está en tu bando, y te cuente lo equivocado que estás, lo perdido que andas. Viene el Papa a España (Santiago, Barcelona) a contarnos el peligro de este descreimiento que parece que padecemos. Dice que estamos en pecado: que un laicismo agresivo está destruyendo la sociedad construída durante siglos. Viene el Papa a España a vendernos la enciclopedia absoluta. Los buenos vendedores de enciclopedias se hacen ricos a base de labia: vienen a tu casa y se sientan en el salón, en tu sillón de orejas favorito. Les pones café, les atiendes con respeto y terminas con 20 tomos y una letra de seis euros durante dos años. Es que no lo notas: seis euros, dos años. El Papa, que es un intelectual según tengo entendido, lo cual es una perogrullada (inserto: cómo no va a serlo siendo el Jefe de una comunidad millonaria de fieles) ha venido a España a convencernos de la necesidad de enciclopedias. Molesta que no acepte que hay quienes no necesitamos ninguna. Carga que haya venido y haya montado el festorro mediático que ha montado (sus beneficios dará, no duden que esto es un negocio vestido de misa de doce) y se vaya a su casa el buen hombre con un par de conferencias ametralladas al respetable en campo abierto y una audiencia masiva de adeptos colgados de su labia. Está de fondo en todo este tour evangelizador la antigua idea de gobernar la vida de los otros. En su correcta administración, bien llevado su gobierno, la religión es un bálsamo exquisito, la fe es una cuestión fundamental para el desempeño sencillo de la vida. No se entiende tampoco que el laico ZP no atienda en primera persona al Papa: como Padre de una comunidad espiritual y como Jefe de un Estado. Se desatienden compromisos ineludibles: podrá no gustarle el agasajo, pero quizá traiga en su talega mejores intenciones que un presidente africano al que le guste, en sus ratos libros, eliminar a sus opositores en la oscuridad de la selva o a plena luz, en las avenidas del pueblo.
II
Las civilizaciones las fundan las religiones; y, con el ocaso de las religiones, las civilizaciones se van apagando, hasta su extinción. Lo ha escrito hoy en su columna del ABC De Prada, que es un valladar inquebrantable de la cristiandad considerada con un bien supremo. Una parte del sábado, luminoso y primaveral en Córdoba, la he dedicado a ponerme al día en los asuntos del Santo Padre. He estado en las trincheras y he estado en los palacios: he visto a la bullanga cristiana y he visto a las hordas blasfemas. Comentaristas intoxicados de Cristo y comentaristas bendecidos por Dios: todos jalean su discurso con aplomo. Algunos (caso de De Prada) se arrogan un legítimo título: el de embajador de la fe, el del defensor kamikaze de esa doctrina. Yo me quedo en el pasivo papel de espectador. Lo veo todo en sus colores, como un atlas mental del país, pero me llama poderosamente la atención (sin llegar a irritarme) que las facciones contrarias no se encuentren. Unos están borrachos de anarquía metafísica y otros están hambrientos de poder político. No es otra cosa. Como ando extraviado, viene el Papa a salvarme. Y yo sin enterarme.
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4.11.10

La cabeza sin cortar de Fernando Molero Campos

La cabeza de mi amigo Fernando Molero Campos ha parido esta travesía por Japón desde Fernán-Núñez. Buen parto. Sírvanse asistir al bautizo. A falta de saber cómo es el neonato, sólo dejo la fotografía en el paritorio, la portada, la noticia gozosa de que ha llegado al mundo. Que no le turbe, por Dios, que crezca y dé al menos una decena de ediciones más. Buena señal sería.

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Todo es tan pop


Tenemos casi siempre los anuncios que merecemos. Los de ahora se confían a la inteligencia del espectador y no caen en lo chabacano, aunque siempre hay excepciones y podemos asistir a sugerencias tercermundistas, al espectáculo bochornoso de algunos reclamos dignos de un juzgado de guardia. Hace tiempo que huyo de la publicidad, pero reconozco estar perdiéndome un barómetro finísimo, uno que hurga en lo real y extrae las enseñanzas más rentables. Si el pueblo es iletrado, le damos mensajes asequibles, trallazos de instinto puro filmados con absoluta falta de pudor. Vendieron perfume a lomos de una jaca sacada de Easy Rider que mostraba canalillo mamario y pedía guerra a un tal Jack, del que nunca se supo. Se vende carne y la venden sesudamente, exprimiendo la psique del consumidor, buscando el pulso más primario, la elemental izada de hormonas. Luego está la publicidad críptica: coches que recorren páramos desérticos con una melodía de violines abruptamente cercenada por una jirafa o por un vendedor de biblias. El caso es violentar el discurso fílmico, dar al consumidor un motivo de quebranto estético, hacerle participar de una trama delirante y convencerle de haber entendido algo. Me han parecido asombrosos algunos anuncios, creaciones muy por encima del cine convencional, facturados con un mimo exquisito, pensados para perdurar. He vivido una vida entera intoxicado de anuncios y todavía los rehuyo. Es impensable (por otra parte) un mundo sin publicidad. Vivimos en una sociedad que estipula estos peajes para subvencionar los vicios de sus usuarios. Veo más TVE de que eliminaron los anuncios. El horario es fiable, el mensaje (a pesar de sus vaivenes ideológicos) sigue siendo confiable: se trata de emitir contenidos sin la interrupción de una realidad paralela, falsa, asombrosamente falsa, que desvirtúa el mensaje y lo convierte en un artefacto hipócrita, en una mentira consensuada por quien emite y por quien recibe.
Mis hijos no han visto los anuncios con los que yo crecí. Ni siquiera su formación visual se ha visto súbitamente modificada por un bagaje abusivo de anuncios. Los ven, los disfrutan, los admiran, los repudian, pero son ya en sí mismos un contenido: se les puede adjudicar una franja horaria y disfrutarlos asépticamente, al margen de que intenten vendernos unas comprensas o una marca de televisores de plasma. Las nuevas generaciones aceptan la publicidad menos dolorosamente que la mía: es el precio del consumismo voraz, es el subidón de marcas que nos aturden y nos mueven por los pasillos de las grandes superficies, esas catedrales del pueblo llano. Al final de la partida de ajedrez, el rey y el peón van a la misma caja. Al final de la vida, el pobre y el rico mueren y caen al mismo hoyo. Un sábado por la noche, en el centro comercial que hay a la entrada de mi pueblo, se juntan los pudientes y los parias, las clases altas y la grey zafia. Dan ahí, a pie de caja, idéntico gesto. Todos, al gastar, nos igualamos. Y el mercado gobierna los escaños y elige a los que nos administran la visa.

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Caché/Escondido: La memoria invisible


Anoche, convencido de que merecía una segunda visión, busqué Caché/Escondido y cerré el día enfrascado en su trama sutil, en su abrupta estética. Me acosté nervioso, no pillé el sueño como debiera y me he levantado pensando en la película. Mientras preparo el café, reedito el original, borro párrafos, añado otros, reformulo la impresión de que el cine puede cambiar la sociedad. Le hago el redux de rigor.



Los intelectuales, en Francia, son legión, son unos héroes, son admirables, respetados. Al intelectual galo se le releva del compromiso mundano de un trabajo estajanovista y proletario y se le ocupa en un micrófono o se le da una columna para que viva exento de los primores de lo vulgar y sobre ese altar despotrique con desapasionamiento contra el discurso de lo social, la trama política y las formas de la cultura. El protagonista de esta cinta, Georges Laurent, interpretada magníficamente por Daniel Auteil, es ese héroe: el personaje que no construye su vida bajo el avatar de la épica al modo clásico, pero que escalafona en la sociedad como el guerrero de antaño y ocupa un lugar irreemplazable, el lugar del crítico. Eso, en España, es todavía impensable. Francia, en términos de laicidad, en estos flecos de la cultura, nos lleva cuarenta años de ventaja.
Haneke, el director, es un crítico más: uno que se ha arrobado la revelación pública de la corrección política bajo la que palpitan, enconadas, mentiras, desastres, miserias y barbaries de variado pelaje.
Haneke levanta una fábula sobre la hostilidad del Estado de Bienestar, un cuento moral sobre la fragilidad de esta Europa de alianzas y pactos fragmentados por imperativos locales demasiado poderosos, representada por un hombre de letras, un reconocido intelectual que advierte cómo algo o alguien le filma y le envía las cintas de esa grabación. Esa sensación de ser espiado produce una serie de consecuencias previsibles, pero una se aparta de la lógica, que es la que soporta el grueso de la trama del film. Laurent comienza a cuestionarse muy seriamente su vida al punto de indagar con vocación cuasidetectivesca sobre su propia existencia, sobre su propio pasado. El suyo que es el pasado de Francia desde que la Segunda Guerra Mundial sellara las heridas de varios siglos de renuncias y fracturas sociales.
Embutido en un ampuloso diseño de thriller, Caché exhibe un más que convincente dominio de lo narrativo. La trama va abriendo tramas nuevas y clausurando certeramente otras. El grado de suspense está, no obstante, abruptamente abortado. El ingreso de la confusión en el orden, la irrupción violenta de un elemento inestable en un sistema fiable: eso es lo que Haneke explota, ahí es en donde esboza su visión de la sociedad, que no deja de ser un sistema fiable al que de pronto el azar o la política o la volubilidad laboral encomienda el sustento de un elemento disgresor, de un elemento nuevo que aspira a quedarse.
No es posible amenizar un film de esta hondura política sin que las concesiones comerciales, en ocasiones, parezcan demasiado livianas. Como si Haneke supiese que debe rebajar el tono doctrinal y apocalíptico y permitir retazos de cordura, aires frescos, cometas que vuelen la esperanza de la redención.
El lenguaje, excesivamente elíptico, fragmentado, como roto a posta, obliga a tomar un posicionamiento muy activo en el visionado del film: la ficción y la realidad, los instrumentos tradicionales de la composición literaria, se engarzán aquí formidablemente.
Las cintas de video son trampas de lo real, bombas ideológicas que dinamitan la plácida vida libresca de un matrimonio enteramente funcional, integrado y, sobre todo, ficticiamente blindado ante los rigores de la realidad. Cuando los mecanismos de protección se desactivan, la vida se hace thriller, adopta matices de suspense puro y termina, obligada y tozudamente, cuestionando la verdadera naturaleza del alma humana, la que conecta lo banal con lo trágico, lo estrictamente cultural con lo patológico.
El film se cierra sin cerrarse: propone todo sin dar soluciones válidos. Hay un sentimiento de engaño. El cine es engaño, al fin y al cabo. Haneke domina el medio cinematográfico, pero se burla de un espectador al que manipula con estilo. El cine es manipulación, al fin y al cabo.

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3.11.10

Camuflado o hastiado o perdido




Hace tiempo que ninguna película en la que actúe Robert de Niro hace que pague una entrada. Ni siquiera hago el esfuerzo de verlas en privado, tirando de la chistera digital, sacando enlaces de aquí y de allá. Incluso me irrita que existan. Duele ver el decaimiento moral del genio, duele contemplar el declive de quien fascinó en pantalla. A mí me fascina(ba) Robert de Niro y a Robert de Niro le fascina el dinero. En esa ecuación, el que pierde soy siempre yo. Imagino que las generaciones recién aterrizadas en la cinefilia entenderán a medias lo que expongo. Creerán que es un actor maravilloso, una especie de reclamo de estilo en el casting de un film. Se equivocan. Robert de Niro y, en cierto modo, Al Pacino, otro grande perdido, otro genio metido en mediocridades, no pule su carrera: la enfanga, la enturbia, la conduce a una infame travesía de fruslerías, tópicos, majaderías para niñatos con acné y otros engendros de similar costura. Tiene, no obstante, momentos sublimes: el político corrupto de Machete es otra vez el De Niro de antaño, despojado de tics, aceptando un buen papel y exprimiéndolo al modo en que solía. A mi Travis Bickle le ha sobrevenido un espantoso amor a la pasta. No lo entiendo si no es así. Sólo por la jodida pasta puede uno involucrarse en Los padres de no sé quién o en Causa justa, un cosa perniciosa, un mal ejemplo para que el cine siga considerado una de las más bellas artes. Pero no nos pongamos trágicos. Basta mirar atrás y verlo espléndido, tantas veces espléndido. Admirar al camaleón, entender que el numen le otorgó ser un actor mayúsculo, un ser superior en un escenario, capaz de registrar el arco completo de todo lo humano y hacernos creer que no había esfuerzo aparente en ese prodigio. Pero luego el camaleón se convirtió en una hormiga hacendosa, en un obrero de su causa, y ayuntó con la morralla de la industria y se dejó quemar por las luces de la fama.
Paul Newman
decía que el cine no era para gente seria sino para desequilibrados. El Arte entero es un oficio de tinieblas. Yo a veces tengo ganas de encontrar a quien tuve en gestos de ahora. Este fotografía que ilustra el post me da ese punto de íntimo convencimiento. Qué actor, Dios mío, qué ratos más buenos nos dejó.

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Poesía en el aula



El papel didáctico de la poesía en las IV Jornadas Pedagógicas: La poesía como recurso didáctico en el aula.

Organizan los Ayuntamientos de Cabra y Lucena.

Las jornadas, que se desarrollarán entre los días 9 y 16 de noviembre en el Teatro El Jardinito de Cabra, serán inauguradas el día 9 a las 17.00 horas por la Delegada de Educación en Córdoba, Antonia Reyes, la alcaldesa de Cabra, Mª Dolores Villatoro, y el concejal de Educación lucentino, Juan Pérez. El acto estará acompañado por la intervención musical a cargo de la Escolanía infantil del Centro Filarmónico Egabrense.

Intervendrán Luis Alberto de Cuenca y Joan Margarit.


El mismo día 9, a partir de las 17.30 horas, está prevista la conferencia de Luis Alberto de Cuenca, que abordará la relación entre lectura, poesía, historia, cómic y cine. Doctor en Filología clásica, filólogo, poeta, traductor y ensayista español, Luis Alberto de Cuenca, ha sido director del Instituto de Filología del CSIC y de la Biblioteca Nacional de España, así como Secretario de Estado de Cultura. Premio Nacional de Crítica y Traducción, el poeta ha sido asimismo recientemente nombrado miembro de la Real Academia de la Historia, de la que ocupa la medalla número 28.

Joan Margarit
centrará su conferencia, que tendrá lugar el día 16 a las 18.30 horas, en la relación entre lectura, poesía y matemáticas como “la arquitectura de las palabras”. Poeta, arquitecto y catedrático español jubilado de la Universidad Politécnica de Cataluña, Joan Margarit i Consarnau, obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 2008.

Profesionales de la enseñanza interesados en asistir, sírvanse ingresar en la web del CEP de Priego-Montilla.

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