30.11.10

Anoche


No soy de ningún equipo de fútbol. Puedo ser de Poe o de Jimi Hendrix, puedo sentirme repentinamente español o romántico, adepto hasta el desmayo al blues del delta o amante de los vinos de la Ribera del Duero, pero me cuesta ser de un equipo de fútbol. Quizá me desquicia el hecho de que los jugadores van y vienen, se aferran a un escudo y luego lo sueltan con el mismo entusiasmo con que lo besaron. Se es de Poe porque la literatura del maestro del cuento no varía ni sufre los vaivenes de la moda. Se mantiene intacta, sin rebaja; se exhibe siempre como un triunfo de la inteligencia y de la belleza. En el fútbol hay inteligencia y hay belleza: lo advierto en muchos partidos y disfruto con esa revelación mundana, pedestre, casi animal, del arte. Me molesta (hasta cierto punto) que el fútbol se esté convirtiendo en un arma arrojadiza entre iguales. O es que no somos en realidad tan iguales y el fútbol extrae de cada uno su esencia y la proyecta a los demás.
Mi esencia de anoche fue la del disfrute y eso no cuenta con que yo sea más merengue que culé o que me incline por Messi o por Ronaldo. Probablemente haya que inclinarse ante el fútbol y agradecer que el bueno exista y podamos darnos el gustazo enorme de verlo. Todo lo demás es una distracción bastarda de los sentidos, un querer entrar en la morralla mediática, en el ejercicio funambulesco de los que buscan siempre la periferia de la noticia, sus extremos menos gratos, los que han visto en Mourinho al salvador del siglo, al que va a hacerles caja a falta de argumentos de más sólido fuste. El festín balompédico de anoche fue como esas sesiones dobles de cineforum universitario en las que empezabas con Wilder (El crepúsculo de los dioses) y terminabas con Sirk (Escrito sobre el viento). O como una comida pantagruélica, adornada de cháchara, representada en un restaurante discreto mientras afuera llueve y ningún camarero te agobie para que termines pronto, pagues y dejes el local para que otros ocupen tu mesa.
Anoche perdió el eco, perdió el vacío, perdió el fútbol entendido como un negocio infinito. Y el Madrid dio muestras de flaqueza cuando se le vaticinaba una pujanza y un brío que ayer, en el Camp Nou, no se vio en ningún momento. Las dio porque enfrente se topó con un equipo proverbial, inspirado como casi nunca yo haya visto (salvo un también excepcional partido contra el Arsenal en el curso anterior en Liga de Campeones) y centrado en demostrar en el césped que todavía el fútbol está impregnado de pedagogía y que el talento de un puñado de asombrosos jugadores precisa del concurso casi mágico de un entrenador iluminado, respetuoso con el contrario, sabedor de que las circunstancias son favorables en un momento y absolutamente desfavorables en otro.
Guardiola es, frente a Mourinho, un hombre sencillo: no se arredra ante la adversidad, la entiende como un ingrediente imprescindible del duelo futbolístico y acomete su oficio como el artesano renacentista que manejaba a capricho las muchas artes que contribuyen a forjar un solo arte, el visible, el que queda para la eternidad. Mucho de lo que este Barcelona está fraguando con Guardiola quedará para las vitrinas de la memoria de los aficionados al fútbol. Cuando Mou necesita un foco y un micrófono, Guardiola se escapa pasillo abajo. Busca perderse, encuentra en la soledad un refugio en donde apreciar el tamaño del triunfo. Recuerdo su paseo por el campo en donde ganó la Champions League en su edición de hace dos años: se le veía ensimismado, lírico, enfrentado al escenario después de haberse vaciado completamente en él. Parecía casi rehuír el abrazo de su jugadores, parecía molesto con tener que rendir cuentas de su felicidad al intruso pagado del periodista, que es el otro ingrediente de este circo asombroso y al que en mayor o meno medida se ofrecen todos sus actores.
Anoche hubo un partido de fútbol colosal. Ganó la mesura a la urgencia. Se vio a la lucidez comerse a dentelladas a la especulación. El espectador (el sufrido, el que paga por ver fútbol por capricho de ese mercado sanguinario) fue el que ganó anoche en un par de horas de gozo insultante. Daba lo mismo que uno fuera de un bando o del otro: importaba el fútbol. Como cuando a Ronaldinho le premió con aplausos hace unos años la exigente grada del Bernabéu. Como cuando el buen Madrid de este mismo año fulmina a sus contrincantes y da una lección de contundencia física y de eficacia goleadora. Los números cantan: el Madrid es un equipo en ciernes, uno muy prometedor, uno al que se le podrá empezar a considerar en breve, pero sin cuajar. Necesiariamente precisa reposo. El Barcelona, incluso cuando empata o pierde o hace un partido mediocre en uno que gane, es un equipo a salvo de las dudas. No se puede pedir que siempre salga todo a pedir de boca. Messi, a pesar de todo, no es Dios. Ni Dios es Dios, qué quieren que les diga.


Así que anoche fui de Xavi y de Pep: fui razonablemente consciente de que los colores son un obstáculo para que el fútbol te llene por completo y seas capaz de apreciar la fina orquestación de una banda antes de acometer una sinfonía. La que se pudo ver en el Camp Nou fue sublime. Importa escasamente que enfrente estuviera el gran rival, el Madrid de Florentino, el de los fichajes de relumbrón, el que devora titulares y pierde (con más frecuencia de la deseable) fuelle en el tablero, en donde está la acción. Lo demás es literatura. Mala, por cierto.
Al duelo. al clásico, le sobró polémica. Le vino grande el traje de batalla con el que siempre lo visten. Dolió ver cómo esos portentosos jugadores (los del Barcelona preferentemente: los otros huyeron de la responsabilidad, se achicaron, se concedieron una noche libre) caían en la gratuidad de la trampa, en hacerse la víctima, en forzar al máximo la leña física para desahogarse y aliviar la humillación (relativa, no crean) sufrida en el césped. Y Sergio Ramos, que vive de su buen fútbol y es un sólido defensa en su club y en la selección, se encrespó en demasía, se convirtió en un energúmeno, perdió la dignidad y agredió (en el lance del juego y en el guiragay posterior) a Puyol. Pero nadie es un santo. Sólo Iker Casillas, el pobre, ayer tan pobre, tan desvalido, puso paz entre los animales. Y ganó el fútbol, claro. Aunque yo sea de Poe y de Hendrix y de Cukor. En ellos encuentro siempre el mismo placer. No me defraudan: me conquistaron una vez y me tienen a su merced.
Ah, es la primera vez que me extiendo sobre fútbol en este Espejo. Quizá sea la última. Nada es lo mío, pero esto lo es menor medida. Lean a Santiago Segurola en Marca o a John Carlin. en El País. Ellos sí que saben.


.

29.11.10

Dos fuegos

I
Hay una disciplina en la belleza.
Un orden secreto.
Una urdimbre sin usura
que humea como disparo
en la boca del tiempo,
pero voz adentro el alma
fragua su épica y su infamia,
el olvido arde, lo inasible arde,
como un dios rudimentario y frívolo
que negociara en las sombras
la altura imposible de las llamas.

II
al principio no fue dios
tampoco una luz secreta ni un verbo cósmico y puro
fue el asombro
el vértigo
fue la fiebre
el incendio absoluto desde la nada

.

28.11.10

Cuerpo


I
De igual modo que al cerrar los ojos negamos la realidad visible, clausuramos el aturdimiento de las formas y de los colores, podríamos también cerrar a voluntad el oído y negar los sonidos, no escuchar a quien habla y no dice lo que queremos escuchar, a quien grita cuando a nada contribuye el ruido., a quien violenta el silencio con palabras vacías, con frases huecas, con argumentos estériles.
El cuerpo es una máquina que funciona casi siempre a su aire: no se deja gobernar, no acepta que se la administre y se la conduzca a capricho de quien la posee. Pero vivimos fascinados por su lenguaje y guia nuestra vida, lo endiosamos, lo convertimos en el norte absoluto y fatigamos los días vigilando para que no se despeñe en el abandono, esmerándonos en su cuido, mimando su aspecto, engolosinados por el aspecto de los demás, oficiando la ceremonia de la distracción, creando modelos de conducta basados en lo físico, en lo gestual, en lo epidérmico, sin caer en la cuenta de que es adentro es donde reside la belleza. Pero no podemos cerrar a voluntad el oído y no sabemos decirle al cuerpo que somos nosotros quienes mandamos. No nos interesa: seguimos pagando a gusto el peaje de los sentidos y miramos los cuerpos con absoluto fervor, buscando la belleza, claudicando ante esa belleza eventual, notando cómo el corazón vibra, loco.

II
Ayer contemplé otra vez la belleza inconsolable de Ingrid Bergman. Pensé en cómo se matrimoniaba esa belleza con el talento. No pienso así cuando veo a Peter Lorre o a Charles Laughton, dos de mis actores favoritos. Pienso en el atractivo casi infantil de Norah Jones y no me fijo en lo poco agraciado que es Tom Waits. Ah claro, es que a Tom Waits le va ese aspecto retorcido, ese gesto al que le han extirpado el control y campa intoxicado de vértigo: le va el temblor, le va la fiebre. Michael Buble, ese crooner de diseño al que le acompaña una voz perfecta pero sin drama, es un hombre al que jamás encomendaríamos que cantase el repertorio de Kurt Weill. Somos crueles, pero exigimos una devastación del cuerpo, un sacrificio. Los registros más hondos del alma humana no se entregan a quienes puedan distraernos. Tal vez debamos cerrar los sentidos y abrir únicamente el alma. Sin la traba de lo físico.
.

27.11.10

Estúpido





En parte, cómo no, cinco minutos al día, al menos. Uno es estúpido por solidaridad. Por no caer en un gremio de elegidos que está de vuelta de todo y le sobra carisma e inteligencia para hacer frente al mundo. Estúpido se es casi por imperativo orgánico. Estúpido como síntoma de un mundo absurdo que no da tregua y se empecina a diario en contradecirnos, en cuidar de que la felicidad sea un objeto precioso y distante, exhibido como una utopía. Uno es estúpido sin que un asomo de rubor delate nuestro fracaso. Estúpido sin coartadas. Estúpido analógico. Estúpido digital. Da lo mismo ser un exégeta de la obra de Canetti que un tarugo de taberna. La estupidez es un rango inherente a lo humano. Como si uno de esos bucles del ADN la tuviera impregnada. Como si cada pequeño gesto que hacemos la llamara a voces y pidiera que hiciese nido en nuestra alma. La mía es estúpida por variadísimas razones. Tengo un alma retorcida que disfruta con asuntos retorcidos. Tengo un alma expuesta a continuos quebrantos que no termina de levantar cabeza nunca. La azota el dolor de no tener certezar y la azota el dolor de tenerlas. Mi alma no va a ir ni siquiera al infierno. Se va a perder en el limbo, en el olvido, en el éter cósmico, en la memoria a veces poco fiable de quienes están conmigo y me guardan afecto y o me demuestran amor de vez en cuando. Cuando yo muera, morirá mi estulticia conmigo. Morirá mi temperamento quebradizo y se irán todos los vicios que me ayudan a sobrellevar el peso inmenso de estar vivo. A lo que no voy a renunciar mientras lo esté es a presumir de estupidez. Quizá porque todos somos estúpidos un rato al día. Yo, anoche, mientras intentaba volcar a un disco duro recién comprado, cometí la estupidez de pulsar la tecla equivocada y mandé a la mierda un trabajo de casi un día completo. Por estúpido. Porque soy un gilipollas digital cuando se me pone la cabeza embotada y me vibra el pecho por los nervios propios de mi adicción. Y ahora de pronto me siento reconfortado por la lluvia en Córdoba y reconozco que soy un poco menos estúpido que ayer y que he superado con nota muy alta el fracaso de anoche. Soy un privilegiado.

posdata: agradezco a mi amigo Ramón el préstamo involuntario de la imagen que preside este quebranto sabatino. Sabré recompensarle.

.

26.11.10

Download







Lo qué no sé es a qué oscuro virus moral acuden los de la SGAE para emular a sus amigos americanos. Mis humildes principios bucaneros contaban con el soporte magnético de marcas de confianza como Tdk o Basf o Sony. Luego llegó el cromo: qué placer registrar un vinilo en una cinta de cromo. Una de noventa minutos, claro. Cabían dos discos por cara, salvo que el disco durara más de 45, y entonces te obligaba a hacer unas matemáticas sencillas o a gastar un dinero extra. Este arranque sentimental no incluye la presencia de la Sociedad General de Autores. Teddy Bautista hacía discos que escuchaban diez amigos y la palabra mp3 no se había incorporado a la RAE. Ahora hasta los muertos de los cementerios, en las psicofonías que les practican los de siempre, devengan derechos de autor. Y en los USA buscan fantasmas del Este y los ejecutivios planean métodos legales para exterminar a los delincuentes del ADSL.
.

25.11.10

El juramentado


by El Roto


Qué despojado está el juramentado. Qué limpio y qué firme. Se ha protegido el corazón con un fajo de billetes. Mira al frente sin abrir los ojos. Se ha atrincherado detrás del capital. No hay temor en su gesto. Se sabe a resguardo. No existe arma de destrucción masiva más devastadora que un buen fajo de billetes exhibido a tiempo, izado junto al corazón como advertencia. Los dueños del capital son hackers: entran en un sistema y lo revientan, lo configuran a su antojo, lo adoctrinan sibilinamente. Una vez que el sistema está colonizado, el agente invasor avisa al resto de su acólitos. Conviene que se vea quién manda, pero sin dar la impresión de que el Jefe está solo. El poder es un instrumento de manejo muy delicado y puede volverse en contra de quien lo ejerce. El capitalismo cainita se cuida de no asfixiar del todo al pueblo. Si lo extermina, si lo arruina y lo deja insensible, el capital se vacía de significado. El juramento, el que se pega el fajo al pecho y mira al infinito en puro arrobo, es en el fondo un pastor. Su oficio invisible es la conducción del pueblo hacia la tierra prometida, que suele ser un gran centro comercial en un sábado por la tarde. Preferentemente a principios de mes, cuando la nómina ha hecho ruido en la cartilla de ahorros y el dinero pide a gritos aire y el alma exige a dentelladas bienes de consumo, golosinas desechables, algo en lo que sentirnos plenos y notar un escalofrío de placer bestial y primario. Esta misma noche salgo a la calle y comulgo.

Manual


partir de cero,
insistir en la servidumbre del alma,
acometer el aprendizaje del vuelo del pájaro,
desordenar el trance sublime de querernos y volverlo a colocar en su secreto sitio de espuma y de besos absolutos,
ser impúdico en lo preciso, que no se note que somos frágiles,
clausurar la alegría únicamente para encerrarnos en otra,
educar el cuerpo para que no se pierda un solo festín,
alborotar el corazón con la risa de los niños,
evocar la infancia leyendo unos versos,
vivir iluminado por la obediencia de unos cuantos muy íntimos vicios, recibir con perplejidad los dones del mundo, examinarlos, ceremoniosamente besarlos y luego arrumbarlos al fondo del alma, donde la memoria hace su libro perfecto de rimas,
acudir a la cita diaria del amor sin estrépito ni ruido,
perdernos en la felicidad sencilla de los libros,
derrumbarnos al final del día con la certeza de haber hecho feliz a alguien, adorar los dioses justos o no adorar ninguno y rezarnos a nosotros mismos cada noche,
beber el tiempo,
paladear las horas,
saborear los minutos,
saber ser dignos en la derrota,
buscar a los amigos y dejar que nos busquen,
arder ante la belleza,
invocar al numen de la cordura mientras que no abandonemos del todo unos gramos de desatino y aguardar la muerte juntos, el uno confiada y jubilosamente en el otro, como quien en el sueño de pronto es invadido por un ejército de sombras


La cabeza cortada de Yukio Mishima se presenta en sociedad...

24.11.10

Lynch, Dios, K. y yo


Sé con más o menos certeza qué hay dentro de la cabeza de David Lynch. Una parte de la mía entiende a David Lynch. La otra se empecina en contradecirme y a poco que me descuido me desbarata lo que su mitad realiza. De hecho ahora está escribiendo la parte no-Lynch de mi cabeza. He pensado en esperar y escribir cuando el lado Lynch aflore, pero no obedece. Cuanto más me obstino en acceder a él, más se cierra. Si me dejo, si no muestro empeño en acercarme, acude y entonces veo la cabeza de David Lynch por dentro. Entiendo qué la mueve. Comprendo las razones que siempre se me resisten. Mi amigo K. dice que le pasa lo mismo con Dios. Dice que en ocasiones entra en la cabeza de Dios, pero en cuanto regresa a la realidad una turbiedad le ciega el entendimiento y no verbaliza el prodigio recién vislumbrado.
.

enter the sadman


Ahora estoy aquí sentado en la enfermedad de las palabras. Me explotan cien alejandrinos en el pecho, pero el pánico asoma su boscoso lenguaje de trampas y de leche agria por la ventana. Patrullas de agentes lingüísticos escoltan un desatino semántico que amenaza con acostarse con todas las nínfulas del barrio. Siempre tuvo éxito el pecado, le pese a quien le pese. Precisamente ahora uno de esos tozudos agentes ha hocicado su ojo hebreo por la hoja en blanco y temo que la burda canción que entono devenga tragedia, vasallaje del tiempo al instinto, la menor de las voluntades de un dios caprichoso que aturde la tarde con su coro evangélico de pequeñas hostias musicadas. Me duele el oído interno, tengo el yunque devastado.
Siempre tuvo éxito lo clandestino. Ángeles de discreto aspecto victoriano fatigan las aceras a la caza de algún niño con anginas o de alguna princesa convocada para la ceremonia de la lluvia. Ahora mismo Chet Baker proclama la vigencia de las anfetaminas en el muestrario de vicios burgueses. A Chet Baker le partieron la boca en Holanda (creo) pero se recompuso el sex-appeal, su aspecto dandy venido a menos y grabó algunos discos memorables en la vieja Europa. No me preocupa el silencio. Recatado y puro, el dios de la cosecha, el dios del orden, mordisquea sin estridencias un salmo con versos endecasílabos. Vírgenes coreanas encienden incómodos verbos copulativos a la altura de todas las circunstancias. Mi madre, que ha aparecido de improviso, viste un kimono rosa en donde puede leerse un verso de Keats en portugués. Los versos de Keats en el kimono rosa de mi madre, aparecida de improviso, imponen a la realidad una aureola de irrealidad o es justo al revés y yo estoy en la perplejidad del limbo, exploro el limbo como quien sale de casa y va al mercado y ve los puestos y se admira de la prolijidad de lo real.



David Mamet no va a salvar a la industria del cine


»Me gusta el entretenimiento de masas. Yo mismo he escrito entretenimiento de masas. Pero es lo contrario del arte, porque la función del entretenimiento de masas es seducir y adular a los consumidores, para transmitirles la idea de que aquello que consideran cierto es realmente cierto, y que sus gustos y su gratificación inmediata son la máxima prioridad para el proveedor. La función del artista, por el contrario, es decir: ¡Un momento! Al contrario, todo lo que habíamos pensado es incorrecto. Debemos revisarlo.» (David Mamet)


A David Mamet le incomoda la presencia de espectadores pasivos: le violenta que el público no esté a la altura de las circunstancias. A Michael Bay le sucede justo lo contrario: le molestan los espectadores curtidos, los que pagan la entrada y luego informan de la presencia de bazofia en la pantalla. Pero Mamet sabe que es Bay el que hace que el negocio funcione. Los cines continúan abiertos porque el señor Bay alumbra cada año su pastelazo digital. Los piratas que machacan horas de rapidshare bajándose cine en avi no buscan cine de Lubitsch o de Haneke, salvo hermosísimas excepciones. Lo que buscan (ay) es Skyline, Transformers, Crepúsculo, todas esas horteradas que hacen que el cine siga siendo una industria. La revisión que se plantea Mamet es filológica: una especie de investigación interna, un informe endógeno que no reviste mayor trascendencia. Para que Mamet haga cine tiene que haber un Bay. Detrás de cada buen director hay siempre un obrero abnegado. Les debemos tanto...



23.11.10

No aburrir



Escribió una de las frases más trascendentes que yo haya leído a propósito del cine, pero podemos aplicarla a la literatura o a la música, podemos incluso extender su influencia a la vida doméstica o al trabajo, al amor conyugal, al cuidado de los hijos o a la atención que le profesamos a los amigos. "Tengo diez mandamientos. Los nueve primeros dicen: no aburrir jamás".
Con esa bendita idea del amigo Hawks me voy a la cama. Buenas noches tengan ustedes. No se me aburran, please.

.

"España es un país de contrastes dramáticos..."


Santo Padre, la vida es dramática, en fin... Usted ya me entiende.


.

22.11.10

Hendrix, Bickle y un hombre que arde


Uno exhibe sus vicios a la espera de que alguien los comparta. Estamos muy solos y la vida es muy corta. Recuerdo haber colgado en un piso en donde viví solo algunos meses esta fotografía de Taxi Driver. La recorté de una revista de cine y la apuntalé a la pared con cuatro chinchetas. Estaba junto a una cara enorme de Jimi Hendrix y la portada de Wish you were here de Pink Floyd. Ahora que no tengo paredes en donde colgar fotografías (entiéndase: no tengo veinte años y vivo en familia por lo que uno se frena en lo que puede) cuelgo las fotos que me fascinan en este blog. De hecho me encanta ir quitando y poniendo. Las busco con mimo y tardo en eliminarles del editor. En donde escribo hay un par de paredes casi libres en donde he ido colocando iconos, fotografías irrenunciables, cuadros de todas esas cosas sin las que no sabría vivir. Es una forma de hablar, ya me entienden: uno es capaz de vivir sin ver una sola película de Woody Allen (por cierto, La Sexta 2 emite cinco películas del maestro de lunes a viernes a las diez de la noche) o sin escuchar Kind of blue de Miles Davis, pero malviviría, me sentiría un poco perdido, sin nada a lo que agarrarme cuando la realidad te aturde. Lo real, ya se sabe, se obstina en contradecirnos, se empecina en poner obstáculos al logro de nuestra alegría. Por eso necesitamos refugios. Los míos son los de casi todo el mundo. No soy particularmente exigente: digamos que me conformo con mi película de Alfred Hitchcock de vez en cuando, mi libro de Joseph Conrad o mi disco de la primera etapa de Yes. En eso, en esas aspirinas para el desencanto emocional, soy normal hasta el desmayo. No veo cine iraní y jamás he leído a Flaubert en francés. He renunciado a entender el mundo y me doy por satisfecho con irme entendiendo yo mismo y sacar en claro algo para no molestar en exceso a los demás y, si puede ser, procurarles alguna alegría si estoy cerca. Y he visto la fotografía de Travis Bickle y he pensado en todo eso, en los años en los que tenía una pared en donde exhibía mi manera de ver el mundo. Ya saben, Hendrix, Bickle y un hombre que arde.

.

Palabras / Redux



I
Los diccionarios son países que no vienen en los atlas al uso y a poco que los observes descubres que cada palabra es una provincia y que todas están unidas a través de una especie de tupido alcantarillado ideológico.
La palabra bruja es un territorio con escaso tráfico porque en estos tiempos las brujas no son lo que eran y sólo se dejan ver por cuentos infantiles y en algunos chistes sobre suegras.
No se sabe quién excavó los túneles que facilitan el trasiego de una palabra a otra y asombra que haya túneles que conecten palabras distantes.
Un asunto de gran interés es recuperar palabras olvidadas y ponerlas de nuevo en circulación. Anoche mismo oí a mi buen amigo K. pedir en la barra de un bar una copita de aguardiente. A otros les parecerá cosa baladí, pero a mí me causó un hondo quebranto emocional este hallazgo semántico porque hacía años que no la oía y de pronto sonó como una algarada de caballos salvajes alejándose de una tormenta. Hasta el propio camarero quedó como aturdido al punto de que K., incómodo, quizá arrepentido de haber hurgado tan abajo en la escala semántica, pidió un café con leche en su lugar. Zozobra semántica, le dije. Debajo de las palabras, en su envés más oculto, reside a veces su significado más válido.
Hay que tener cuidado con las palabras que escogemos cuando hablamos. No quiero ni contar el que debemos tener cuando escribimos. Si acudimos a provincias remotísimas del diccionario, de ésas a las que apenas llega nunca nadie y a las que casi nadie menta, podemos sacudir tal vez inconvenientemente la conciencia lingüística del que escuchar y evidenciamos una de dos, o su pobreza verbal o su incompetencia cartográfica.
Soy de la opinión de que igual que venimos al mundo correctamente abastecidos de vísceras, arterias, nervios y hasta un corazón alegre y brioso que todo lo baña de entusiasmo, deberíamos traer de fábrica un conocimiento exacto de todas las palabras del diccionario. No me canso de pensar en la cantidad de problemas que solucionaríamos con este equipamiento de serie, digamos. Probablemente seríamos capaces de entendernos ya de forma definitiva.
A ojo rápido, sin analizar en detalle el cómputo de los siglos, llevamos toda la vida sin ponernos de acuerdo. Hablo de la vida desde el cretácico, por ejemplo. Paradójicamente todo lo que se echa en falta a la hora de entendernos es una buena mordaza con la que silenciar los argumentos de quien no comparte los nuestros y se posiciona por delante en la contundencia de los suyos. No sabemos entendernos: hacemos que las palabras se despeñen, hacemos que estallen desde dentro, hacemos que sean torpes y mueran, anoréxicas, nada más rozar el aire.
Si la mordaza no satisface enteramente al noble deseo de hacerle ver que lo que pensamos es lo prudente y lo correcto, entonces podemos recurrir al cuchillo, a la honda, a la bala en la nuca o al napalm. Llevamos algunos milenios recurriendo a estos competidores infames de la palabra a la hora de zanjar disputas.
Y pasa todo esto porque no disponemos del vocabulario preciso. Ya venimos defectuoso de fábrica (todo muy campechanamente escrito) y encima la vida, en vez de enmendar esa merma, lo que hace es agrandarla y convertirla en tara.
A algunos les importa una mierda (me estoy encabritando, perdonen, por favor) carecer de las competencias semánticas. Las reemplaza a capricho con un variado y tenebroso surtido de artefactos de combate. Las noticias las preñan de sucesos que evidencian el amor que le profesamos a la fuerza bruta, al comercio de armas y a su uso indiscriminado en cuanto la ocasión lo requiere. Podemos sepultar en cal viva la historia de la filosofía y la de la literatura (la religión va por otro lado) sin que nos de un punto de rubor.
Podemos reventar de cuajo, a base de golpes, todos los consensos democráticos y todas las leyes arbitradas por hombres y mujeres juiciosos e investidos de todos los plácemes de la razón limpia y pura si a cambio ganamos al otro la partida y así deja de incomodarnos. No está bien eso de que el vecino nos lleve la contraria.

II
¿Para qué discutir si podemos resolverlo a hostias?, rezaba un chiste de Forges o era de El Roto que leí hace ya algunos años. Cuando somos extradamente educados y la buena formación cívica que hemos recibido nos aparte del uso de la fuerza bruta, también podemos recurrir al uso bastardo de la palabra y de esta retorcida manera continuar la empresa antigua que consiste en imponer el criterio propio a la discrepancia ajena.
El lenguaje es un juguete belicoso, en el fondo, que igual sirve para el galanteo lúbrico de los amantes que para justificar las razones de la bestia antes de embestir a su presa. El que arenga a la tropa debe conocer los mecanismos metalingüísticos que contribuyen a que su texto salve la distancias, rebase las trincheras morales y se instale de forma duradera y firme en la conciencia (manipulada) del que escucha. Los políticos y los curas son gente experta en esta oratoria interesada y ganan público (votantes, unos; feligreses, los otros) a mayor beneficio de su causa. Son formas de ganarse la vida, que nace ya perdida de antemano y por eso empleamos su travesía en amañar trucos y en adquirir destreza en el noble arte de la guerra, aunque sea guerra doméstica y consista a veces en quedarnos por encima del otro, del que nos incordia, del que no es (qué le vamos a hacer) un igual. Ayer el Papa Santo de la Buena Roma extrajo la palabra condón del hatillo de palabras que no conoce: la zarandeó y la expuso al pueblo atento para que advirtiera lo moderno que es. Hoy el ABC, en plan aclarador, añade que el preservativo banaliza el sexo. Debieran buscar el significado de la palabra banalizar porque no entra en este puzzle sangriento.
Las palabras, en fin, quedan pues en sublimes artefactos mentales, en pequeños tesoros cuyo dominio nos hace más libres, pero ay, caso de que se nos escurran, si no alcanzamos a gobernar su infinito arsenal de posibilidades expresivas entonces terminamos a puño limpio, sacando flechas del boj, arrojando gas mostaza al vecino, fusilando al hermano, partiéndole la boca al que, animado, bien abastecido de palabras, como si fueran vísceras o fueran sangre, tiene la osadía de llevarnos alegremente la contraria. Un buen cabrón culto.

III
Las palabras, esas menudencias fonéticas con las que nos explicamos la realidad, son las que fallan. El que las ignora o se pierde en su vértigo es carne de cañón, pieza fácilmente manipulable, torpe soldado de batallas que no alcanza a entender. En cambio, el que las domina es el verdadero estratega de lo real: no sólo esquiva en lo que puede esa manipulación sino que la ejerce en los demás a beneficio propio. El artefacto físico en el que las palabras perduran y asientan su poso de sabiduría es el libro.

IV

"Todo lector es el elegido de un libro"
Edmond Jabés

Cada libro, en cierto modo, es la historia particular del lector que lo abre. No existe como libro hasta que alguien formula el rito de su imposición a la realidad. Antes de ese acto mágico el libro es un objeto entre los objetos, como diría Borges, un fantasma, como diría Cela, que precisa un público para dejar de serlo. Jabés, el autor de la formidable cita que abre esta historia, va siempre más allá: viene a decir que el libro no sólo elige al lector sino que crea al escritor. El aburrido trabajo de contable de Kafka o de Pessoa seguro que consentía libros secretos dentro del abrigo. El otoño es propicio para esas escaramuzas. El libro se convierte así en un objeto clandestino, en un espejo furtivo de nuestra propia incertidumbre ante la vida. Se trata, al cabo, de nunca ir solo. El lector es una especie de enemigo acérrimo de la soledad. Busca siempre refugios, lugares donde otros desamparados facultaron las actas de una cofradía única, ajena al tráfago de las prisas del mundo vertiginoso que hemos inventando. El cófrade secreto, héroe de sus fugas, cómplice de la bondad del botín, no precisa correligionarios que le aplaudan los gestos, los títulos y los pies de página abiertos en cada capítulo, en cada pequeño verso.

.

21.11.10

Humo

Quieren que no me intoxique y han construído un fortín de leyes que me preserva de una muerte dolorosa. Se están esmerando en que no sufra y van camino de que me muera mañana o dentro de cincuenta años con un aspecto formidable, exhibiendo una tez limpia, respirando a pleno pulmón y con unos índices de colesterol razonables. El Estado se ha arrogado la facultad de cuidar a su pueblo, no vaya a ser que se descarríe y le de por fumar en los bares o por atiborrar a sus hijos con panecillos químicos con chocolate a la hora del recreo. El Estado actúa con pasmosa eficiencia en asuntos en los que el principal beneficiario se desentiende soberanamente. Vigilante, atento, tutela la educación moral de sus hijos al modo en que otrora se inculcaban valores cristianos y de fidelidad al régimen. Lo hace con encomiable entusiasmo: se ha descubierto de pronto policía del alma, se ha gustado y se ha encomendado la salvaguarda de la salud por encima casi de la voluntad de quien padece. Da la impresión de que se preocupa más de los muertos que de la buena vida de los que todavía respiran, que no fomentan un suicidio asistido ni una eutanasia militante, pero que abren puertas para que en el futuro esas medidas sean habituales y no entren en lo delictivo. Plantean la prohibición de fumar en las marquesinas, en los parques infantiles o en la cola del Vicente Calderón y no se aplican con ahínco a evitar que una niña rumana me asalte en la barra del bar, me tire de la chaqueta y me pida una limosna. Y lo primero que pensé no fue en que la niña estaba pasando hambre, pongo por caso: pensé en el humo del cigarrillo que me estaba fumando y casi inconscientemente lo oculté a su vista, comprobando que no había humo de la última calada que le di. Cuidaba de lo accesorio, cerrando los ojos a lo primordial: el desamparo, el desencanto, la pérdida de la felicidad a una edad en que la felicidad es inherente a lo humano, en la infancia maravillosa que no puede nunca verse involucrada en los desmanes de los adultos, en el descuido de sus obligaciones. El humo cegaba mis ojos, como decía la canción. El humo está cegando a los que administran la cosa pública. Se están esmerando en lo secundario: están descuidando lo fundamental. No hablo sólo de este gobierno nuestro: es una reflexión cosmológica, estoy hablando de todos los que gobiernan y de todos los que son gobernados.

.

.

20.11.10

Estoy escribiendo un diario

"Alguien que no lleva diario no es capaz de valorar un diario correctamente.”
Kafka

«No palabras. Un gesto. No escribiré más».
Pavese antes de darse sepelio, en su diario.






Jamás he escrito un diario, pero llevo más de mil quinientos días escribiendo uno. Este blog es un diario al modo en que, más modestamente, lo fueron los de Kafka o Pavese. Al modo en que lo son los que manuscriben mis alumnos de Primaria cuando están a solas y sienten adentro la pulsión de la escritura. Los que la sientan. Estamos en un mundo extraño en el que el oficio de escribir está todavía mal mirado. Leer es un acto noble: el que lee se inviste de cultura y está libre de toda sospecha. El escritor, por el solo hecho de contar cosas que no existen, es un sujeto del que se puede esperar casi cualquier cosa. Uno digno de sospecha. Escribir es un ejercicio impúdico. Un diario es el más impúdico de todos esos ejercicios. Pavese dejó de escribir y se quitó de enmedio. Dijo: Me voy. No escribo más. Vale más un gesto que tanta palabra. En los grandes almacenes venden diarios. Los hacen con colores llamativos para encender las ganas de los adolescentes; les ponen lomos untosos al tacto, portadas con un diseño irreprochable y venden al que los adquiere un oficio, una obligación personal de transcribir el vértigo del mundo a un papel pautado.
Flaubert se tiraba una tarde para poner una coma y precisaba otra para quitarla. Los diarios no exigen ese puntillismo de autor. Se declaran huérfanos de crítica: están ahí, agazapados en la sombra, convertidos en sombra misma, como un espejo al que sólo accede el que lo encara. Por eso el blog es un diario mentido: está abierto. Mil quinientos días desde que abrí y mucha gente ya sabiendo de qué va esto. Si el autor de la bitácora (me gusta más esa palabra, no sé la razón por la que no la uso con más frecuencia) merece la travesía, el ingreso en su rincón viciado de la red. Es cierto: aquí mascullo vicios, exudo vicios, escupo vicios: hago un exhibicionismo tolerado de lo que adentro me quema y requiere aire. Y por eso suelo ser contundente con quien me pregunta sobre el blog y lo prolífico que soy: es que llevo toda la vida escribiendo. Y es cierto. Respirando. Haciendo un diario sin que lo parezca. Como un adolescente al que de pronto se le ha aparecido en la habitación, en comandita, Borges, Kafka, Fellini, Hendrix, Dylan, Cervantes, Fuller o el mismísimo Pavese antes de fugarse de este mundo. No estoy por la labor de secundarlo. Al menos no voluntariamente. Vamos a darle cuartelillo al blog y entregar a beneficio de bitácora un par de miles de posts más. Aunque lo lean los diez habituales de siempre. Ahora, ya que los cito, les doy las gracias y los siento amigos. Ellos saben quiénes son. Y acabo con Kafka, el gris, como empecé: Nadie que no lleve un diario sabrá entender uno ajeno. Escriban, ábranse el pecho, den lo que guardan, exhiban el pudor antiguo que han guardado, cuenten qué padecen y acostúmbrense a ser observados. Una vez lo has experimentado, no puedes vivir sin ello.

.

"La ermita de mí mismo..."


Mientras otros se esmeran en la elección de un aire bueno y se preocupan singularmente por hallar una morada saludable, tú estudia el trato humano y sé juicioso en elegir tus compañías. Los aspectos, conjunciones y configuraciones de los astros, que mutuamente varían, intensifican o reducen sus influencias, no son sino las variedades de la conversación más cercana o más lejana de unos con otros, y son como la compañía de los hombres, por la cual éstos se hacen mejores o peores e incluso intercambian sus naturalezas. Dado que los hombres viven por ejemplos y de continuo están imitando alguna cosa, ordena tu imitación con arreglo a tu mejora, no a tu perdición. No busques rosas en el jardín de Atalo o flores sanas en una plantación ponzoñosa. Y como apenas hay nadie malo, sino que otros son peores para él, no tientes al contagio por proximidad ni te arriesgues a la sombra de la corrupción. Aquel que no haya sufrido tempranamente este naufragio, y en sus días juveniles escapara a esta Caribdis, puede tener un feliz viaje y no entrar en el puerto con velas negras. La conversación con uno mismo, o estar solo, es mejor que esa compañía. Algunos escolásticos nos dicen que está solo en estricto sentido aquel con quien no hay ningún otro de la misma especie en el mismo sitio. Nabucodonosor estuvo solo, aunque estaba entre las bestias del campo, y se puede decir aceptablemente que un hombre sabio está solo aunque esté rodeado de una turba de gente poco mejor que las bestias. Aquellos que no piensan, que no han aprendido a estar solos, se encuentran en una prisión para sí mismos si no están con otros, mientras que, por el contrario, aquellos cuyos pensamientos están en una feria prefieren en ocasiones retirarse en compañía, estar fuera de la multitud de sí mismos. El que necesita tener compañía tendrá necesariamente a veces mala compañía. Sé capaz de estar solo. No pierdas el beneficio de la soledad y la sociedad de ti mismo, ni te limites a conformarte, antes bien deléitate en ser solo y único con la Omnipresencia. Para el que está así dispuesto, el día no es inquieto ni la noche negra. La oscuridad podrá atar sus ojos, no su imaginación. Yacerá en su lecho como Pompeyo y sus hijos, en todos los puntos cardinales, especulará sobre el Universo y gozará del mundo entero en la ermita de sí mismo. Así, la antigua ascética cristiana encontró un paraíso en un desierto, y con poca conversación en la Tierra tenía una en el cielo; así, aquellos hombres hacían astronomía en cuevas y, aunque no contemplaban las estrellas, tuvieron la gloria del cielo delante de ellos.


Thomas Browne
(1605-1682)

.

El azar, ah el azar


El azar tiene una serie de leyes internas, un patrón que opera subliminalmente, acoplando mecanismos, creando una arquitectura estable sobre la que la vida serpentea con las estridencias habituales. Creamos el concepto de azar para no enloquecer en demasía. El azar es un refugio. En el azar está el asombro, esa inercia a aceptar la perplejidad del mundo y no presentarle batalla. Al azar le debemos algunos de los momentos más felices que hemos vivido. Le debemos encuentros formidables, paisajes fantásticos, conversaciones perfectas, besos eternos y abrazos limpios. En el azar uno se siente como en casa quizá porque esas leyes, esos patrones invisibles, nos gobiernan a todos y nos igualan. Pocas cosas hay en este mundo que igualen más que el azar. El arte mismo nace del azar y de las infinitas posibilidades que plantea. El escritor vive del azar. El fotógrafo no sabría hacer fotografías sin el mágico concurso del azar. He escrito azar en este texto ya las veces suficientes. Estoy escribiendo esto y no otra cosa por puro azar. Estás leyendo esto y no otra cosa por puro azar. Estás en mi página y no tomando cañas con los amigos en un bar o haciendo cola en un ventanilla de la Seguridad Social por puro azar. Eres lo que eres por el puñetero azar. E incluso la palabra azar, así vista sin hacerla entrar en el vértigo de la experiencia, es hermosa como pocas. Díganla en voz alta unas cuantas veces. Azar. Azar. Azar. No pongan una "n" fortuita en mitad de la dicción. Podrían estropear el hechizo. Ustedes ya me entienden. Me ha dado de pronto por avisarles de esa incorrección fonética.
.

19.11.10

Iconos: Jules and Vincent


Me falta muy poco para ser un friki de Pulp Fiction. La he disfrutado solo y la he disfrutado en compañía. Me he sentido feliz al recomendarla y que se me agradezca y me he sentido incomprendido cuando me han mirado con cara de tú no sabes lo que es el cine, hombre. Y probablemente no sepa. Uno disfruta siempre hacia adentro y a veces es muy difícil explicar las cosas invisibles. Ni las que se ven se dejan manejar por las palabras así que en esto de contar uno sus vicios hay que esperar cualquier cosa. Pulp Fiction está entre las primeras. Ah, lo de iconos se lo he copiado vilmente a mi amigo Álex. Sé de antemano que le habrá encantado mi absoluta falta de imaginación.

.

Muertos de otros


Hemos tenido suerte. Entre los muertos del cólera en Haití no hay ningún español. Nos hemos librado de una desgracia. Los muertos que salen en primera plana en los periódicos son siempre muertos antológicos, muertos clásicos, muertos enciclopédicos. La muerte es un píxel quemado. Uno de los problemas de la alta definición es que restituye una imagen perfecta y la muerte se exhibe con una calidad irreprochable. Muertos de un cromatismo lírico. Muertos sin aristocracia. Muertos sin épica. Porque la épica es materia noble que sucede en países muy historiados o en novelas de género. En Haití no ha habido bajas españolas. Menos mal. Lo han dicho así en el telediario: no ha habido ningún español en el listado de bajas. Y entonces me he tomado el postre francamente aliviado. Siempre hay incontinencias que te incomodan la digestión, me ha dicho K. mientras pelaba una naranja. Siempre hay un desaprensivo que te cuenta cómo va el mundo. Uno de esos que se esmera en el recreo de las palabras, con empeño en no escatimar ninguna de las dimensiones de la tragedia. Estamos abastecidos de tragedia. Nos la abastece la vida sin pedírselo. Pero por esta vez no ha habido muertos españoles. Qué alegría me da. Son, al cabo, muertos de otros. Lo mío sigue a refugio del desastre. Mi país no lo diezma el cólera. Vayan pensando qué lo está devastando...

.

17.11.10

Una biografía


A uno le incumben escasamente cuatro o cinco frívolos vicios. Luego la vida consiente una biografía almibarada, triste tirando a muy triste en ocasiones. Adentro el tiempo incendia todas las mentiras. No buscamos la verdad: buscamos el significado. La memoria arde también. Arde imposiblemente. Se quema la infancia, el acné de los quince años, las primeros vuelos del alma novicia. Muere uno siempre en los títulos de crédito. Se advierte lo inapropiado del cásting, la falsa impresión de que algún tramo del metraje produjo asombro o júbilo en el espectador accidental que ocupa el patio de butacas. En el propio intérprete de su causa. Las horas, trémulas, fluyen. La euforia nos hace creer que hemos hecho algo verdaderamente digno de cántico. Mientras tanto las palabras informan de quiénes somos. La piel, el mirar, los gestos informan. Somos las palabras que decimos. Las que escribimos. Una respiración agitada, mineral y cruda, nos abre inextricablemente los pulmones, hace sitio al aire rotundo con el que el vivir nos tiene entretenidos. No hay más.

.

16.11.10

La ballena blanca


I
Es posible que todo sea, al final, una forma de escepticismo, de descreimiento: se vive mejor en la duda. Las certezas desarman muy rápido nuestra capacidad de asombro, que es lo que mueve el corazón y nos hace más sensibles y quizá también más inteligentes. Sin dudas, sin asombro, sin la incertidumbre de lo por venir, no hay ciencia, no hay vida. El hecho mismo de aceptar la realidad entraña el peligro de no cuestionarla, de no fundar interrogantes razonables acerca de su naturaleza o de su propósito, que será arcano y lo entenderán los gurús de la mente y los filósofos de los libros. Quizá Jorge Bucay o Paulo Coelho lo entiedan, qué quieren que les diga. Es que hoy me he levantado con la sonrisa puesta, como decía Tequila: me he levantado utópico, lírico, dispuesto a celebrar los prodigios domésticos del mundo, que me trae noches librescas: ahora ando con Moby Dick, otra vez. Y cuando leo a Melville, por el hechizo de los libros, por lo que me regalan, me vuelvo lírico y me da un estallido de alegría el pecho. A otros les pasa con el Marca cuando gana el Madrid, pero yo soy un tío raro y me siento cómodo entre historias que urdieron otros y que me guían y me confortan.

II
Un libro puede leerse infinitas veces porque en cada lectura es un libro distinto igual que nosotros nunca somos iguales de un día a otro, aunque apenas se aprecie la mudanza y no se manifieste la fractura emocional que supone vivir y soportar la (en ocasiones) tralla de la vida. El futuro es un arma cargada de poesía. El amor es un arma civil contra el miedo, como escribió Joan Margarit, al que no puedo ir a ver hoy en Cabra, en unas jornada sobre haikus y metáforas y bien que lo lamento. Los libros son artefactos incendiarios, túneles hacia el corazón de la luz, puentes que unen territorios lejanos, salvoconductos que nos salvan del miedo. En eso, como Margarit escribe, los libros son puro amor. Son un acto gozoso de amor. El otro día me dijeron cómo era posible que escribiese tanto en este blog. El tiempo en el que escribo se lo robo a la lectura. El tiempo en que leo se lo robo a mi familia. El tiempo en que me dedico a mi familia se lo robo a los libros. La imagen victoriana que Álex me dio el otro día al ver la biblioteca de Luis Alberto de Cuenca ilustra mi desazón. La pared interminable. La mansión entre bosques. La chimenea. El perro manso. Un buen vaso de whisky. Sir John Gielgud en su laberinto de maderas nobles y lomos antiguos. Borges en su ceguera tipográfica. El vacío ilustrado. La ballena blanca, ah la ballena blanca.

.


El oficio de mentir (Corregido)


La verdad la dice cualquiera, pero la mentira precisa imaginación. El escritor es un embustero profesional, uno que prescinde de los protocolos sociales, que indaga en lo turbio y exhibe toda la rica paleta de sentimientos del alma humana. En esa paleta, en esa travesía de emociones, la verdad es un engorro. El que escribe necesita mentir. Y el que lee nunca tendrá certidumbres. No sabrá si lo que lee se aviene a la verdad o es fantasía, si se ofrece un perfil humano del hombre detrás del escritor o todo es simulacro, proyección del yo en el texto consentido. Por eso a Sánchez Dragó, al que se le fue la lengua al relatar su fornicio nipón con dos lolitas, le defienden (sobre todo) los del gremio de la escritura: porque se ven en él, porque intuyen que cualquier día caerán ellos en manos de los estajanovistas de la verdad, que son gente armada de razón cuando adivertan que marró en la forma y estrelló su (posible) reputación en un apestado negocio de palabras. Gente que lo ve como un apestado que inventa (la mentira, ah la mentira) y hace pasar el engaño (infame) por Literatura.
Conste que no es el tal autor santo de ninguna de mis muchas devociones literarias, pero aprecio su cultura, su capacidad para provocar y crear un personaje que, en el fondo, únicamente jalea el pensamiento ajeno, lo agita, lo saca del sillón de orejas y lo lleva a donde buenamente le parece. En eso, en la empresa de ganarse la animadversión y el fervor popular, el tal Dragó es un fiera, rivalizando con Pérez Reverte y con Jiménez Losantos. Los tres, a su manera, ejercen un oficio antiguo: el de combatir cierto grado de postración cultural con puyas, con exabruptos, con cualquier aliado semántico que descerraje la indiferencia. Hablen de mí, aunque mal. Digan que soy un canalla, pero no me olviden. Ya: mi amigo K. sostiene que el tal Dragó es un pederesta. Lo condena por lenguaraz: le conmina a meterse la lengua en el sexagenario culo y no tener luego que sacarla para corregir sus desafueros. Y, bien mirado, leído con toda la neutralidad de la que uno dispone para estos casos, el texto es imprudente. No lo embutió en una novela, no se inventó a Humbert Humbert para justificar ese desatino sintáctico, no contó ya desde el principio: miren, está hablando el escritor, el que miente, el falso, no vayan a pensar que yo estoy detrás, desflorando nínfulas, haciendo el ganso en los sesenta. Si a Jiménez Losantos le da por airear algún episodio turbio de su mocedad y le salen devaneos de esta guisa lo crucifican. Pérez Reverte tiene más tablas: se ha visto en apuros muy grandes. Mentir, decir la verdad: tan sólo son las bambalinas de la trama.

.

15.11.10

El asombro



El asombro hay que confiárselo a alguien. Ese andamiaje prodigioso y secreto de causas y azares no puede uno soportarlo solo. Es necesario entonces un instante perfecto y puro o un recuerdo bien nítido de felicidad absoluta para que la razón desboque sus caballos y la luz desordene las sílabas del tiempo. Tal vez así, en ese estricto y delicado lugar, escribir el poema.


El poeta se ha dejado crecer la barba / Redux



Llevo un par de semanas dejándome crecer la barba. No dejaré que pasten insectos en la crecida montaraz del pelo y me parezca al confiado Walt Whitman, ángel de la guarda del espíritu vírgen del american way of life, pero disfruto muchísimo cada año cuando (por octubre, por noviembre) escondo la crema y las cuchillas y me dedico (mañana tras mañana) a contemplar en el espejo el nervio agreste de la madre natura, que ya nivea en muchos tramos y ofrece el verdadero desgaste del cuerpo. Hay algo sobrenatural en el pelo creciendo desde dentro. En las uñas. Son símbolo de algo que ahora no alcanza a entender. Por eso (tal vez) poseen esa dimensión simbólica. He caído finalmente en la certeza de que el cuerpo no nos pertenece por más que le demos mimos o afectos. Tampoco pertenece a la divinidad. A los suicidas no se les daba camposanto. La religión es siempre un laberinto y hay veces en que uno prefiere quedarse en la puerta, no entrar, no saber, no indagar en los quebrantos de gente con la que no se comparte esa querencia por lo sobrenatural. El mío, mi cuerpo, hace tiempo que va por libre y sestea cuando le pido vértigos y se multiplica cuando necesito paz. En las muy raras ocasiones en las que ambos vamos a una le miro con arrobo y casi nos entendemos, pero luego me sobreviene un dolor en el costado o me escalan cien lagartijas la espalda y empiezo a sentir un dolor a mitad del pecho. El cuerpo es también un laberinto y sus paredes se agrietan y permiten la metástasis de todos los dolores. Los pequeños y los grandes. Va a ser cierto eso de que uno es pobre hasta que se muere, y no estoy con la vista fija en el colapso financiero ni en los apuntes domésticos de mi cuenta de ahorros. Estamos en una pobreza inlevantable, una que jamás flaquea y te constriñe el alma hasta cuando, en apariencia, todo es júbilo y la alegría esplendorea en el aire. Estoy destinado a repetir este texto el año que viene, en noviembre, cuando me deje la barba y vea cómo crece en el espejo. En éste, por qué no.

.

14.11.10

El poeta del imperio austrohúngaro
















A Don Luis García Berlanga

Del imperio austro-húngaro, estreñido,
por falta de sonrisas verticales,
a Tombuctú, provincia del olvido,
partió do Luis, en bici de pedales.

Pero, si el arcabuz de cierta estrella
cegó a Pablo camino de Damasco,
al olor de charanga con paella
no hay Berlanga que no tome del frasco.

Y acampó en Calabuch, dos o tres meses,
entre cristianos, moros de paisano
y falleras que fallan con franceses,

y, en plena mascletá, rezando un credo,
ante el altar de un culo valenciano,
se le escapó del alma: tengo miedo.

Poema: Del imperio austro-húngaro
Libro: Ciento volando de catorce
Autor: Joaquín Sabina
-

"En Bienvenido mister Marsall se dice: Es un mapa tan antiguo que todavía existe el imperio austro-húngaro; en Novio a la vista, al alumno que se examina antes que el príncipe le preguntan el imperio austro-húngaro. También recuerdo que cuando estaba terminando el rodaje de La muerte y el leñador alguien me dijo que no había metido la palabra; quedaba solo un plano de un tío arreando a un mulo que tiraba de un carro. Y metí la palabra de un modo imposible. El hombre sacudió el látigo y dijo: ¡Arre Austro-húngarooo!"

Luis García Berlanga



Hoy se ha querido morir Berlanga. Había olvidado ya el nombre de las cosas y vivía como de prestado, inventando el mundo que él había registrado en fotogramas, en historias de una mala leche antológica, que retrataban una España gris recién salida de una guerra incivil en donde ganó el malo y perdieron todos. Hoy ha muerto el maestro y al leer su fuga, curiosamente en un comentario en este mismo blog, he pensado en la palabra austrohúngaro y en un culo ocupando una pantalla entera. Ha muerto un crápula entrañable, un creador total, uno de esos raros hombres que acometen la noble empresa de filmar un siglo. Él filmó una buena parte del XX. El Imperio Austrohúngaro llora hoy su pérdida.
.

13.11.10

H.M.E., 81



En el Libro de Lecturas del Bachillerato Superior

no leas odas, hijo mio, sino guías de ferrocarriles:
son más exactas. despliega las cartas marinas
antes de que sea tarde. abre el ojo, no cantes.
ha de llegar el dia en que vuelvan a clavar listas en las puertas
y a señalar con marcas en el pecho a quienes digan que no.
aprende a pasar desapercibido, aprende, mejor que yo,
a cambiar de barrio, de pasaporte, de cara.
adiéstrate en la pequeña traición,
en la sórdida salvación de cada dia. Las encíclicas
son buenas para encender el fuego;
los manifiestos, para envolver mantequilla y sal
para los menesterosos. serán necesarias saña y paciencia
para insuflar en los pulmones del poder
el polvillo letal, molido
por quienes hayan aprendido mucho
y sean exactos, por ti.

Hans Magnus Enzensberger

Mycroft lo supo. Yo me hago eco. Tú eres el tercero. Hazte eco.

addenda:
Además este poema fue el primero que leí. Me lo pasaron en un bar universitario, escrito a máquina, en una hoja doblada muchas veces. Al abrirla, vi una luz. Hace de eso 25 años.
.

12.11.10

Los libros del poeta

Foto: Lorena Mingorance

La biblioteca tiene 35.000 libros. La cifra estará ya superada. No hay vida para leer todo eso, pero sé que algunos darían la suya por entrar en ese santuario y tocar los lomos, sentir el peso de la cultura, el hondo legado del hombre allí depositado, expuesto, convertido en una especie de templo con su dios accesible. Si la biblioteca de una persona es su biografía, la de este poeta aquí fotografiado (del que he hablado con admiración hace un par de días en este blog y que ahora no cito) es una biografía fantástica. Himes. Lorca. Julio Verne. Darth Vader. Obelix. Homero. Aristófanes. Chesterton. Voltaire. Stevenson. Hasta se confesó admirador del manga. Estoy extasiado con la foto. Me agrada saber que mi astronauta zurdo va a reposar en alguno de esos anaqueles. Mi biblioteca es modesta y crece a trompicones. Mi afán lector no decae, pero hay ocasiones en las que uno no encuentra huecos, rincones en donde perderme en los libros. Esta noche empiezo uno de Jesús Aguado. Seguro que está en la foto.



11.11.10

Creer en algo

I/ Un lado




"La presencia del Crucifijo en las escuelas no ofende a ningún sentimiento ni aún al de los racionalistas y ateos; y el quitarlo ofende al sentimiento popular hasta el de los que carecen de creencias confesionales. ¿Qué se va a poner donde estaba el tradicional Cristo agonizante? ¿Una hoz y un martillo? ¿Un compás y una escuadra? O ¿qué otro emblema confesional? Porque hay que decirlo claro y de ello tendremos que ocuparnos: la campaña es de origen confesional. Claro que de confesión anticatólica y anticristiana. Porque lo de la neutr
alidad es una engañifa".

Miguel de Unamuno


Quitar de oficio todos los crucifijos en la escuela pública no es síntoma de ninguna alarma moral. Quizá debería ser una de las funciones del Estado, que es laico por definición y no debe conmoverse por el credo de sus ciudadanos. El país no se está quebrando ni las hordas bárbaras están invadiendo las instituciones. Lo religioso es un ámbito privado y la escuela es un espacio público al que acceden ciudadanos libres que, en mayor o menor medida, profesan alguna religión, no profesan ninguna o creen por estaciones, según tercie la economía o se lo pida con más ahínco el corazón. La gente de iglesia ve extremado eso de ir retirando cruces de las aulas. Creen que no hacen daño a nadie, y probablemente lleven razón. Veo yo más dañina la masificación en las clases, el desafecto de la sociedad hacia la figura del profesor o la retirada de la confianza en la educación que está embruteciendo la sensibilidad del pueblo y convirtiéndolo, a pasos de gigante, en una masa burguesa, cobarde, obstinada en hacer valer sus derechos cuando no cumple necesariamente sus obligaciones. Alegar que lo cristiano es inseparable de lo civil es ingresar en la umbría antigüedad y esperar milagros en las aceras, besar las manos de los obispos y rezar para que el cielo no nos cierre las puertas por pecar en demasía. Sostener que la cruz no perjudica al que no la reverencia es una obviedad. No creo que sea en sí mismo un símbolo punible, una evidencia de algo pernicioso. De hecho será una bendición o será un castigo para cada individuo en particular y no entra en la lógica de las cosas hacer comulgar a todos con las ideas de algunos.
Entra en lo desquiciante que algunos sostengan que la retirada de los crucifijos principie otra de más ambicioso calado: la supresión de la Navidad o la supresión de la Semana Santa, expresiones ambas de una realidad no únicamente religiosa, sino cultural, que difícilmente podría molestar a un laico. Pero en estos asuntos, en la medida en que uno cree o deja de creer en algo, hay grados e imagino laicos exaltados, fanáticos en su discurso, y creyentes de un activismo radical. Hasta el Papa ha comparado este anticlericalismo al que imperaba en los años treinta y que, aliñado con otras disputas políticas, regó España de sangre. No es que estemos dejando de ser católicos. Es, en muy sesgados términos, que nada favorece que uno lo sea o no. Como nada en este momento fomenta que alguien sea activista de Greenpeace o cofrade en la iglesia de su pueblo.
El Gobierno debe respetar y evitar confusiones que induzcan a pensar que un credo ampare un trato de favor que otro, minoritario, de más reciente ingreso en la sociedad, no posee. España no es católica. Son los ciudadanos los que lo son. Los que lo sean. No se despoja de significado a la tradición judeo-cristiana retirando la cruz de las aulas: se crea un espacio de tolerancia mayor al no introducir en un territorio abierto un signo de orden cerrado, un símbolo de una sentimentalidad individual, de un creer hacia adentro. Y la escuela, que es un espacio de paz y un espacio de cultura, debe hablar de la figura de Cristo (faltaría más que no lo hiciera) pero no exhibirlo, confiar en su presencia como guía de lo enseñado. No somos católicos: somos ante todo personas o ciudadanos. Es que estos políticos de la progresía no tienen temor de Dios. Al menos queda Unamuno y queda Juan Manuel de Prada, que hace hoy un repaso antológico a la moral, invitando a derrotar a la plebe blasfema que descree de los santos y arremete contra los apóstoles de la desesperación , pero es muy fácil dividir al mundo entre santos y pecadores, entre arquitectos y dinamiteros de la moral. La vida no cobra más sentido porque el Crucificado presida un aula: gana en valores cuando los que se sientan en los pupitres son educados en la tolerancia, en la justicia, en el respeto a los otros, en la fe en el progreso y en la supremacía del esfuerzo. La escuela, tan en zarandeo en estos tiempos de quebranto ético, no es un santuario, no es un templo, no es ni siquiera un seminario en donde los feligreses, ejerciendo su legítimo derecho a ver su fe representada en la sociedad, hacen prevalecer sus símbolos sobre otros. No debería haber símbolo alguno. En el lugar de la cruz, ya vemos, han colocado unas pizarras digitales. No sé si a través de esa presencia rotunda de cables y de alta tecnología los alumnos encontrarán la felicidad que se encomienda a la fe. Sé que vivimos en una comunidad y que la convivencia no puede ser escombrada por un conflicto que, en realidad, no existe. La cruz tiene su lugar en el corazón de quien la contempla con arrobo y con amor. Difícilmente se entendería que quienes declaran sentimientos tan nobles y tan puros quieran someter al resto a los suyos.



II/ El otro lado




Hay que creer en algo. Creer en uno mismo podría ser un comienzo. Lem, un eminencia en la ciencia-ficción, dejó escrito que el efecto es siempre el mismo: acaba siendo imposible distinguir entre la realidad y las visiones. Las mías son casi siempre poéticas. Pero la ciencia-ficción es un territorio propenso al desprecio académico y hasta sus mentores terminen hastiados de ese principio de incertidumbre teórica que consiste en no admitir la primacía de las visiones, en negar las distracciones de índole cósmico. Pero la ciencia-ficción es la metafísica del siglo XX. El templo es la oscuridad cerrada en el cielo infinito. Lem se desdijo y abandonó el rol de narrador del más allá. Creyó en la escritura, creyó en la cultura como un don, creyó en sí mismo y en la certidumbre de que el espacio interestelar es una minucia si lo comparamos con el ampuloso cosmos que encierra el corazón humano. El universo galáctico de Lem es émulo de éste en el que vivimos. Irónico, cínico, certero, Lem buscó a Dios en el vacío negro. Y así escribió en Solaris:

«Es el único dios en el que yo podría creer, un dios cuya pasión no es una redención, un dios que no salva nada, que no sirva para nada: un dios que simplemente es».

Como buen narrador del abismo del alma, en el espacio exterior o en un patio de vecinos, Lem dibujó lo insondable de ese corazón al que no entendía. El piloto Pirx no está muerto, el buceador de las galaxias está de rodillas, en el altar infinito, buscando a Dios. Supongo que todos lo buscamos. Que está, aunque nada de cuanto provenga de su presencia pueda afectarnos.

.

10.11.10

Mi primer haiku



Ayer estuve en Japón sin salir de mi Subbética. Un Japón de papel, un Japón de cinco sílabas en los versos impares. En el fondo todos los países lo son de papel. Ser español, pongo por caso, es una cosa de una complejidad asombrosa. Desconfío de quien se declara español por encima de otros oficios que le son, en apariencia, más afínes, como padre o como metalúrgico de nueve a dos. A mis años todavía no sé en qué soy español, qué trozo de Emilio Calvo de Mora Villar es inefablemente español, en dónde albergo a Góngora o a Lorca, dónde alojo el gol de Iniesta, la tortilla de patatas o la gracia salerosa. Quizá yo sea uno de esos españoles perplejos que únicamente airean su españolidad en estadios de fútbol o cuando visitan el extranjero. Soy un español a tiempo parcial, un español sin alardes, desubicado, sin afecto excesivo hacia una denominación de origen que me llena en ocasiones, me preocupa en otras y que simplemente ignoro en la mayoría.
Lo dicho, soy un escéptico en eso de las patrias. Todas las banderas (dejó dicho una vez El genial Roto) se manufacturan en Hong-Kong. Un escéptico a conveniencia, por supuesto. Me siento muy español cuando admiro mi idioma, por ejemplo. No recuerdo ahora quién escribio eso de que su patria era el lenguaje. La mía lo es insobornablemente. Por eso, por el lenguaje, por la magia de las palabras, puedo ser japonés en Cabra en un cursillo sobre la poesía en el aula y oír a Manuel Lara Cantizani recitar haikus bendecido como está por el entusiasmo de creer en lo que hace. Ayer (insisto) fui japonés en plan humilde, novicia y campechanamente y vi (lo juro por la geisha que puebla mis sueños) cien mariposas febrilmente revoloteando en un jardín que estallaba en colores. Estuve en casa de la poesía de cinco a nueve y asistí, entre aturdido y maravillado, al espectáculo de un poeta mayor, en el sentido más noble del término, que se llama Luis Alberto de Cuenca. La poesía de Luis está concebida para el uso. Está limpia de arabescos. No hay alambiques. Se apresta con docilidad al manejo oral y gana cuando se recita y un piano (Ángel Pérez) dibuja las líneas ocultas del texto. Luis Alberto es un poeta culto, un poeta en cinemascope, un poeta en armas, un poeta de pie, un poeta enciclopédico, un poeta pedestre, un poeta gongorino, un poeta completo que vive también en el lenguaje y cree en la hechicería del verbo, en el envés de las palabras, en todo lo que emociona. Y ayer, en una sala pequeña, en un día de lluvia egabrense, oí poesía de la que me gusta y me sentí cómplice de algo mágico y limpio. Luego hubo café con pastas, libros de haikus y decenas de haikus. Fuimos haijines, ciudadanos del haiku, hacedores de sílabas. Hay un vértigo formidable debajo de los haikus. Lo que no sé es si esta sobredosis de japonidad rebajará mi entusiasmo. Entra en lo posible. De momento ayer, allí sentado, sin entrar en serio en el tema, ya compuse mi primer haiku. Uno lamentable, delgadito y sin luz. Igual progreso con los días. Seguiremos informando....

.

Esta vida siempre pide otra


Un personaje de Graham Greene decía que cuando somos infelices hacemos daño. La maldad se rige siempre por el grado de felicidad de quien la ejerce. La bondad existe porque el alma humana propende a la felicidad y no caben argumentos disuasorios. Hay gente que se obceca en la felicidad y no sabe luego ver otra cosa. Gente que no soporta el dolor ni se sabe manejar en la desgracia. Gente de miras cortas que se encabrona a diario y no encuentra el placer sencillo de las cosas sin trascendencia. No ve los pájaros en un tendido eléctrico. No ve el viento que agita la cebada en los campos. Tampoco sé ve a sí mismo frente al espejo: contempla una ilusión, la evidencia de que el tiempo estraga mucho. El tiempo, ya se sabe, es un bicho cabrón. Más cabrón para unos que para otros. La vida siempre pide otra. Me gustó la frase. La leí en la portada de un disco de un grupo pop. Me sorprendió una frase tan enorme en un disco de un grupo pop: como si la frase pidiera a gritos ser inventada por algún cantautor estupendo de los que llenan estadios y hacen libros de poesía. Como Bob Dylan. Prejuicios provincianos, en el fondo: el ingenio no escatima voceadores. La luz del numen ilumina a quien más se acerca. Hoy yo soy moderamente feliz. No sé si al término del día habré hecho daño a alguien sin quererlo.
.

9.11.10

De lo que ya no importa

Qué importa ahora
entregarnos meticulosamente al delincuente júbilo de estos desatinos
si la edad nunca está de nuestra parte
y el tiempo, el cómplice bastardo, niega
el carnoso festín de los días.

Qué importa el pecho
acribillado a horas, la palabra
postiza en el disparo, los viejos sentimientos
que nos dispensan del frío.

Qué importa el corazón tan secreto,
la blonda quemada de la sangre,
la herida infinita, el pulso herrumbrado.
toda ese vacío que nos ocupa el alma.

Un cántico


Me asombra todavía el rigor con que la vida despacha sus asuntos en mis carnes
cómo, en ocasiones, me atropella
cómo desvalija mi alma
cómo derrota nobles y altas intencines
no sé bien a qué esta tiranía
no entro a comprender en qué marro
dónde pierdo el tino
cuándo la esperanza
he aprendido a manejarme en esta materia fatigosa que es vivir.
zurzo los rotos como puedo
me esmero en la caligrafía
asumo la exacta porción de sombra que en este reparto infame se me entregó en suerte
libro las batallas habituales y las acabo casi siempre olvidando
coincido en los vicios de muchos y gasto algunos muy privados y míos que no entran en la razón de los otros
no escarmiento, en suma
y me da por perderme
a mis años
en el envés de las palabras
en escribir
o es escriturar
mi alma cómplice con esos vicios
mi voz pura y vertical como lluvia


(tomado de un poema anterior, manuscrito en una humilde servilleta de cantina, en un pueblo marítimo y castrense, en un ayer que me turba. A Isabel le pareció desasosegante. El post se perdió por obra y mala gracia de los duendes del limbo virtual y lo reescribo ahora)

.

8.11.10

Invisibles


Lo que hemos perdido en el atropellado siglo XX ha sido la inocencia: se perdió a base de guerras y de progreso, la derrotó el plenipotenciario Estado del Bienestar y el stress de la civilización, que va aprisa y va ciega hacia el vacío. No sé si carecemos de valores y ésta es la sociedad del vacío: un vacío lleno de cosas, un vacío que hemos ocupado con fibra óptica, pero que no emociona. Vivimos mejor que antes, pero vivimos sin paladear lo vivido. Tuvimos la experiencia, pero perdimos el significado. Lo escribió T.S. Eliot. Era un vaticinio de estos tiempos de zozobra moral. Da igual que venga el Papa Santo de Roma y reclame la cristiandad de un continente. No se trata de que la religión esté siendo sustituída por el comercio: todo este volcado de significados tiene que ver con la inocencia. Una vez que se ha perdido o que se ha convertido en otra cosa la historia no puede discurrir igual. Revisé El hombre invisible este verano. Era pura y era inocente: era la trama del hombre enfrentado a la ciencia, convertido en un sacrificado por la ciencia. Hoy todos somos invisibles: hemos entregado la pureza (caso de que alguna quedara desde la cueva de Platón) en nombre de la realidad virtual; hemos abandonado cierto sentido del honor y de la integridad a cambio de estar conectados al mundo y que el mundo esté conectado a nosotros en una especie de panteísmo gilipollas que sólo formula un simulacro. Y en el fondo, mirando en detalle, todo es esplendor, todo es MTV, todo es una alegre zarabanda de archivos que vuelan en el limbo en mitad de la noche.

.