30.9.10

Miles Davis sigue durmiendo


Miles está en pensando en Dios. A su manera, reza, aunque parece que esté descansando o incluso durmiendo. Quien habla solo hablará con Dios un día, escribió el poeta. A Miles se le puede oír hablar solo cada vez que se agarra a la trompeta. En directo era un punto huraño, uno de esos genios adscritos al desequilibrio, en continua gresca con el mundo.
Yo, que soy un descreído en esos asuntos de Dios, pienso que Miles entraba en una especie de trance y entonces no era posible ser un tipo sociable y exhibir la sonrisa enorme que su colega Armstrong ponía en su cara gorda de obrero negro. Se puede vivir en una felicidad completa sin Dios. A Miles, en cambio, se lo imagina uno creyente, devoto, dando gracias a las alturas por la gracia recibida y recitando pasajes de la Biblia en la intimidad, después de una jam session o en la cama, antes de conciliar el sueño. Todo muy cool, por supuesto. Un Dios cool y sincopado.
Miles está pensando en Dios y le está contando que ha encontrado el equilibrio cósmico en un solo, en un pulcro acabado de la melodía que el azar o la inspiración o el talento le regalaron la noche de antes. Charlie Parker, enfebrecido de heroína, hablaba también con Dios y le explicaba el secreto centro del mundo, encontrado en el prodigio de una improvisación con los amiguetes de siempre, ya saben, Dizzy Gillespie o Thelonius Monk. Debe ser estupendo creer en Dios así, acompañado de Dizzy y de Thelonius.
Imagino también a John Coltrane con los ojos cerrados, acariciando con mimo exquisito su saxofón, pensando en el cosmos. Coltrane es una especie de Carl Sagan inculto, rociado de talento, convertido en un sacerdote del más allá en este acá tumultuoso, tóxico y lírico. Debe ser magnífico ver a Dios y luego poder traducir esa visión pristina en una pieza de jazz o en un verso o en un plato de spaghetti boloñesa. Por otro lado hay cientos de obras maestras por donde no está Dios por ningún lado. En algunas incluso hay un esfuerzo titánico por parte del autor por razonar su absoluta inexistencia. Que se lo cuenten a Buñuel.
Imagino a Luís Buñuel en un rodaje, en su silla de director, echando una cabezadita, pensando en un plano, en un diálogo que no acaba de cuajar. Y llego a la conclusión de que los dos (mi Miles y mi Luís, porque ambas son de alguna forma una posesión personal) han contribuído a mi felicidad estética. Uno con Dios en bandeja y el otro con el mismo Dios en la tumba. Lo mató Nietzsche y lo han desenterrado unos pocos. Buñuel, al menos, con gracia y socarrona retranca aragonesa. Ninguno, tal vez, con ninguna deidad. El trabajo y la inspiración, son los dioses del arte.

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29.9.10

¿Quién coño es Kafka?




El mundo era mío en mil novecientos ochenta y dos. Yo era un voyeur novicio despeñado en el escote de Kim Novak, un aburrido maquinista de una vida sin riesgo. Kafka todavía no es nadie en mil novecientos ochenta. Bajo un sol sin Kafka, la vida custodia desvaríos y almanaques y nos dirigimos hacia la semilla infinita del tiempo sin instrucciones precisas. Soy un niño supersticioso que describe milagros y toma rehenes estériles en las novelas de Julio Verne. Soy en mil novecientos ochenta y dos la fiebre y soy el vértigo y no confío en el futuro. Impúdico y hermoso, en un jardín británico, echo de menos el escote de Kim Novak, echo de menos las novelas de Clark Carrados y echo de menos el paseo marítimo de Fuengirola a la caída de la noche, cuando los turistas se abalconan en los chiringuitos y huele a coppertone en las aceras. Y ahora escribo sin inocencia, enfermo, huído, en una fuga sin aviso que no se aleja jamás . Yo era el dueño del mundo en mil novecientos ochenta y dos. Está Kafka aquí a mi vera, sobreleyendo lo que escribo. Está el jodío Kafka tutelando mi viaje, gobernando mis vicios, contándome el final de la historia sin habérsela pedido. Es Kafka. Ya lo decía Agustín González en Las bicicletas son para el verano: ¿Quién coño es Kafka?. Yo se lo digo: Kafka es el tío que me acompaña algunas mañanas cuando voy al trabajo, el que me susurra en las barrras de los bares lo gris que es el mundo y lo poco que podemos hacer para desgrisarlo, el que me enseña que el peso del mundo no es amor, pese a lo cantaba el bueno de Hilario Camacho, sino asombro. Asombro siento a diario: asombro y perplejidad. Igual convienen esas formas de la peripecia de lo humano para ir sobrellevando el viaje. En mil novecientos ochenta y dos, Kafka y yo era dos completos desconocidos. En mil novecintos ochenta y dos, mi amigo Raúl descubría a Frank Zappa. Pero ése es otro asunto y merecerá otro post. Hoy estoy agotado. Kafka me está agobiando más de la cuenta.


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28.9.10

Dios en grunge

Creo que es como una película demasiado popular. Es una historia que ha sido contada demasiadas veces y simplemente no significa nada. El hombre vivió en este planeta [colocando sus dedos con una pulgada de separación] cinco mil años de historia más o menos registrada. Y Dios y la Biblia, eso vino alrededor del medio, quizá dos mil. Estos son los últimos dos mil, lo que estamos por celebrar [indicando alrededor de 3 mm con sus dedos]. Ahora bien, los humanos, de alguna forma u otra, han estado en la tierra tres millones de años [apunta al otro lado de la habitación]. Así pues, todo este tiempo, desde allá [hace gestos hacia el otro lado de la habitación] hasta aquí [indicando los 3 mm], no hubo Dios, no hubo historia, no hubo mito, y la gente vivió en este planeta y vagaban y recolectaban y todo eso. El planeta nunca estuvo amenazado. ¿Cómo sobrevivieron todo este tiempo sin creer en Dios? Quisiera preguntarle esto a alguien que sabe sobre el cristianismo... Simplemente me parece gracioso... Gracioso en cuanto a extraño. Gracioso como malo... Nada bueno. Que se hagan leyes y ocurran guerras gracias a esta historia que fue escrita, otra vez, en esta pequeña parte del tiempo.

Eddie Vedder, cantante de Pearl Jam

25.9.10

El otro, el que escribe



Hay veces en que uno se oye a sí mismo como si fuera otro el que habla. No sucede siempre y estoy por asegurar que casi es recomendable que suceda cuantas menos veces mejor. Oírse uno es entender que alguien que discrepa nos vive dentro. Hay voces que nos habitan e igual convienen que adquieran relevancia y terminen por coartar o por cohibir la voz que creemos nuestra y que, tal vez, sea otra más entre las posibles. Uno se descubre a sí mismo en cosas que, nada más ser dichas, creemos ajenas. Lo mismo está en la naturaleza misma de quien escribe, hecho a la disciplina de la ficción, y quizá se van probando máscaras, disfraces, personajes interpuestos contra la realidad, administrados con pudor o con fiereza, servidos para descerrajar los usos de la costumbre, dispuestos para sobrellevar el peso de lo real. Porque lo real pesa. Aturde. Y hay días de un gris titánico y otros que esplenden y, en el cénit, estallan en una estrella de cien puntas. Hace tiempo que barajo la posibilidad de abrir al otro que anda adentro, al que escribe aquí de noche, cuando todos duermen. Dejarlo salir del todo: no reservarlo para la escritura. ¿Quién de esos dos que soy es más mío? ¿Cuál me conviene ? Esto de escribir es que no puede ser sano del todo. Me lo comentaba hoy un amigo: para qué escribes tanto, Emilio.

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23.9.10

Creo

Bárbara, en el post que da orígen a éste, me sugirió que inventara más. El día de lluvia en Lucena, que echaba en falta, me ha sugerido esos pocos que faltaban. Espero no saturar al lector habitual: no se me ocurre hoy otra forma mejor para celebrar lo feliz que me siento por poder abrir mi pecho y hacerlo ventana.
Sigue habiendo uno de Ballard.


La letanía:



Creo en la intimidad de los relojes.
En el prevención del dolor.
En la ebriedad de los abrazos.
En la verdad inaplazable y en la belleza de las mentiras.
En el swing de Benny Carter.
En el tacto de la arena.
En el blanco de una hoja antes del poema.
En el efecto curativo del amor.
En las jam sessions.
En las comidas compartidas con los amigos.
En las visitas inesperadas.
En mi disco duro.
En la obsesión.
En algunas legendarias series de 1.500.
En las manos de Bill Evans.
En el mar en la distancia.
En la soledad inquebrantable.
En los patios de recreo en las escuelas.
En los domingos cuando llueve al borde de una novela de intriga.
En la cruzada contra todos los tercos del mundo.
En los sonetos de Góngora.
En Tennessee Williams.
En el libre albedrío.
En mí en alguna breve y fortuita ocasión.
En los rascacielos de Manhattan.
En el bourbon amable de las noches.
En Kingpin.
En la lluvia ofrecida como un regalo.
En las palabras de los niños.
En el verbo promiscuo del sexo.
En la longevidad de la luz.
En los cajones.
En la educación y en las aulas.
En el progreso.
En la historia del Minotauro contada por Borges.
En los sueños y en lo que traemos luego cuando despertamos.
En los hoteles a pie de playa.
En mi abuela Luisa.
En los ojos azules de Paul Newman.
En las road movies.
En los riffs de los setenta.
En el choco de Punta Umbría.
En en la RKO.
En el olor de los libros.
En la soledad presentida en las calles.
En los músicos de jazz que te hablan al oído.
En George Bailey.
En las minutos que preceden al sueño.
En la alta definición.
En cebras que cruzan las nubes.
En la luna en la calle Bourbon.
En el poder liberador de las metáforas.
En la independencia moral del hombre frente a la religión.
En la inspiración.
En la pereza infinita de algunas tardes de verano.
En la Rosa de los Vientos.
En el trabajo terco que sirve a los demás.
En Machado en Baza.
En las canciones de amor.
En la bodega de mi amigo Jesús.
En los cuentos de Saki.
En los podcasts.
En el cine negro.
En los cuentos breves.
En las calles de mi infancia.
En los viajes de fin de curso cuando tienes doce años.
En el poeta en Nueva York.
En el arrepentimiento.
En la certeza de que un mundo mejor siempre es posible, aunque sea mentira.
En la luna en la calle Bourbon.
En los cuerpos cuando jadean.
En las noches infinitas con un buen libro.
En el agua en un aljibe.
En las lágrimas.
En un café negro (o fueron cinco) compartido (hace años) con Antonio Sánchez.
En el Chelsea Hotel.
En los amores imposibles que terminan en tragedia.
En la dulce pereza de las siesta.
En la mansedumbre.
En el desaliño que precede al orden.
En la imperfección.
En el león de la Metro.
En el desaliño.
En lo turbio.
En las nubes arriba en el cielo.
En la oscuridad de una sala de cine.
En la prosa de Fernando Savater.
En las estrellas del porno muertas.
En los endecasílabos.
En los árboles que tutelan un corazón.
En el desprecintado de un buen disco recién comprado.
En la bondad de la gente a pesar de que sea escasa y dure poco.
En la imaginación.
En los diálogos de Woody Allen.
En el desorden razonable.
En la lujuria.
En las tetas de Roberta Pedon.
En los paseos marítimos.
En las barras de los bares.
En la fragilidad.
En la tortilla de Santos.
En los dedos de Michel Petrucciani.
En los escaparates reventones de libros.
En las ninfas de los ríos.
En las brújulas del alma.
En John Ford en Monument Valley.
En el vértigo que precede al numen.
En el instinto.
En Peter Parker en blanco y negro.
En la firmeza.
En los amigos que no vuelven.
En la duda.
En los prodigios del azar.
En el azar mismo.
En las estaciones de tren.
En la justicia.
En el café a las once y media.
En el whisky de mi amigo Antonio Linares.
En las portadas de los discos de Yes.
En los paseos marítimos.
En las letras de Bob Dylan.
En la prosa mágica de García Márquez.
En la inocencia.
En la cordura.
En mis padres.
En los besos que damos con el alma.
En las cópulas sin brida.
En Dolores cantada por Hilario Camacho en un patio salesiano.
En la espuma de la cerveza.
En los amigos, en los que no están y en los que me buscan.
En la risa.
En el llanto.
En el bookcrossing, que he practicado poquísimo.
En la noche casi por encima de todo.
En el alto y luminoso idioma inglés de Shakespeare.
En Leonard Cohen adaptando a Lorca.
En Russ Meyer y en Kitten Natividad antes del desfonde.
En el nudismo.
En las bibliotecas
En las rubias de Hitchcock.
En cuatro o cinco buenas películas españolas.
En la estatua del jardín botánico.
En los paraguas.
En los bancos de los parques.
En el olor del whisky.
En las novelas gordas.
En el blues cuando se comparte bien ebrio.
En las revistas de informática.
En la flaqueza.
En la honradez.
En la épica.
En rapidshare.
En mediafire.
En el saxo catedralicio de Coleman Hawkins.
En las tribulaciones de Nabokov al inventar a Lolita.
En Gil de Biedma en las Filipinas.
En mi mujer y en mis hijos.
En el coro operístico de la rapsodia bohemia.
En mi ipod cuando va pletórico de blues.
En los muertos de Allan Poe.
En las bestias míticas de Lovecraft.
En la panza barroca de Lezama Lima.
En una Voll-Damn bien fría servida en un buen vaso.
En las calles del barrio de la Villa en Priego de Córdoba.
En la vuelta a casa por el judería en los ochenta.
En las vueltas del aire.
En la nieve limpia que cubre los coches en mi calle.
En la ciencia por encima de los salmos.
En el bendito gozo de abrazar otro cuerpo.
En el ajedrez.
En las calles de Londres, donde nunca he estado.
En las piscinas del verano.
En la melancolía.
En Peter Pan.
En Campanita.
En Billy Wilder.
En las ecuaciones de segundo grado.
En el rumor del invierno en la ventana.
En los sultanes del swing.
En la turbiedad moral de Humbert Humbert.
En el vals para Debbie.
En Billie Holiday.
En el insomnio de la sangre.
En la belleza de las heridas.
En James Cagney en la cima del mundo.
En la obediencia de los días.
En lo mágico cotidiano.
En el novicio temblor de sentirse amado.
En los excesos.
En el asombro.
En la modestia.
En los países que no salen en los mapas.
En los tigres.
En los laberintos y en los espejos.
En los astronautas.
En el vértigo.
En los abismos.
En la profanación de los altares.
En las catedrales.
En el diario minucioso del alma.
En lo inasible.
En Major Tom.
En Groucho Marx.
En Your song cantada en un jardín a las doce de la noche.
En mi tozuda manera de entender el ocio.
En la alta definición.
En las ondas hertzianas.
En las lágrimas de los que amo.
En el crudo invierno.
En la disidencia.
En la reflexión.
En esa leve comezón que anuncia el júbilo.
En la felicidad sencilla de un solo de trompeta.
En el pudor.
En todas las vidas improbables que no tengo.
En Thunder road tocado en directo.
En el río de Heráclito.
En los himnos sin letra.
En Walt Whitman.
En el cielo negro y puro.
En los maestros que me enseñaron a ser feliz.
En el flexo de mi mesita de noche.
En las resacas portentosas del goloso ayer.
En los poetas que escriben en servilletas de un bar.
En la ternura.
En las posadas a mitad de la noche.
En los regalos.
En los sábados por la noche.
En la poesía mística.
En el realismo sucio.
En las alucinaciones.
En el vuelo de la carne alegre.
En el ala festejando el azul.
En el frío.
En las rosas.
En las lagartijas en los muros.
En los trampolínes.
En las turbaciones.
En los preliminares.
En el oleaje.
En los jadeos.
En las distancias.
En los domingos vibrando en un kiosko.
En las fugas.
En el despilfarro.
En la pureza.
En la impureza.
En las imprecisiones.
En mis pasos perdidos.
En el temblor y en el asombro.
En la duda y en lo que no cuenta.
En mi amiga de cama y de hijos.
En el olor de los libros nuevos.
En la ternura y en cómo nos educa.
En la verdad y en su paraíso limpio y perfecto.
En el hambre.
En la posibilidad de que Dios exista.
En la impostura y en el simulacro que tutelan la literatura.
En los hijos.
En Steve McQueen saliendo de una cárcel en cinemascope.
En el sufragio universal.
En el olor de la tierra mojada.
En las matemáticas.
En las metáforas.
En el pan recién hecho.
En la sordina de Miles Davis en un escenario.
En el mundo abierto a cada amanecer.
En mis bowers and wilkins.
En las llaves que abren mi casa.
En el silencio que cierra los días cuando todos se acuestan.
En el espejo de los sueños.
En las calles de la Judería, en Córdoba, en 1.985.
En las calles de Priego de Córdoba, en 1.991.
En los dioses rudimentarios de Lovecraft.
En los ángeles negros de Machín.
En los jinetes, vastos y nocturnos.
En las palabras que arden en los diccionarios.
En los nombres.
En los goles de Zidane.
En la gloria de saberse póstumo.
En los íntimos avatares de la felicidad.
En la manga del tahúr.
En la blonda de la novia.
En las libaciones de la razón.
En las alucinaciones.
En los vampiros que pueblan mi adolescencia lectora.
En los próximos cinco minutos.
En la épica de los perdedores.
En remotos pájaros improvisados.
En las tramas de Hitchcock.
En los 39 escalones.
En los fuegos artificiales.
En el néctar libado a conciencia.
En Summertime.
En el confort de los trenes.
En los patios de Córdoba.
En Kafka.
En la soledad casi por encima de todas las cosas.
En las biografías de los héroes.
En la ciencia ficción.
En el Renacimiento.
En la cubierta del Potémkin.
En la anuencia del cuerpo.
En Grecia.
En los Viernes a las dos de la tarde.
En los palacios abandonados.
En el orden secreto de las cosas.
En el invisible andamiaje de las horas.
En la fuga y en el regreso.
En los discos prestados.
En caballos desbocados en un sueño.
En las sílabas del tiempo.
En la cordura.
En las tascas profundas de las que es casi imposible escapar.
En el cansancio.
En la mécanica celeste.
En las fuentes en el campo.
En la obscenidad.
En lo frívolo.
En la sangre.
En el cine de espías.
En los sábados en Córdoba con Rafael Roldán.
En las novelas de viajes en el tiempo.
En Yesterday.
En la voz de Freddie Mercury.
En las trincheras contra el fanatismo.
En los superhéroes de la Marvel.
En el escenario de un teatro.
En los asedios galantes.
En el pub Tempo y en sus cuadros de vaginas voladoras.
En la pompa y en la circunstancia.
En el pólen.
En el mar de noche.
En todas las barras de los bares.
En todas las migajas de pan en los caminos.
En todos los cuentos que se improvisan.
En todos los que creen con fervor en algo.
En las maletas.
En Henry Mancini.
En los apretones de mano.
En los prólogos brevísimos.
En mi colección de discos.
En mis películas.
En mis libros.
En los tejados.
En un hotel de Úbeda (hace poquitos años).
En un hostal de Sevilla (hace más).
En mis alumnos.
En las gacelas en un cuadro.
En las resacas.
En El Circo del Sol.
En la voz de German Coppini en sus buenos viejos tiempos.
En el jamón cortado como Dios manda.
En el discreto oficio de irse uno viviendo.
En Humphrey y en Sam.
En la cara perfecta de Ingrid Bergman.
En los secretos.
En Robert Siodmak.
En Annabel Lee.
En algunos palimpsestos.
En la caligrafía del deseo.
En el ayer.En el mañana.
En los misterios.En la fragilidad.
En Stan Getz filtrando bossa nova.
En Jimmi Hendrix tocando Purple haze.
En el cinemascope.
En Sunset Boulevard.
En la poesía como un arma cargada de belleza.
En el sur.
En el norte.
En la lluvia que cae en un patio de Cartago.
En los vicios.
En Oliver Twist.
En las enciclopedias.
En Katherine Hepburn y en Spencer Tracy.
En los cromos del Atleti.
En las gambas de Huelva.
En las sesiones doble.
En Nueva York y en Tokio.
En el corazón tan blando.
En el alambique formidable de los sueños.
En la pólvora.
En el fuego.
En Christopher Walken vestido de militar en Pulp Fiction.
En la ceniza.
En la lentitud.
En el punteo de Sultans of Swing en el Alchemy.
En la velocidad de las nubes.
En el festín de los ojos.
En los malabarismos de Burt Lancaster.
En la zozobra.
En la penumbra.
En Cary Grant haciendo comedia.
En la cara de mi mujer cuando me mira.
En las walkirias.
En los gnomos.
En Coppola sobre el Mékong.
En Charles Brown en Nueva Orleans.
En Jack Bauer.
En Charlie y su fábrica de chocolate.
En John Coltrane en el Village Vanguard.
En las volutas barrocas de Bach.
En un tren de algodón que anoche descarriló en mis sueños.
En la noche en las afueras.
En el libro que ahora estoy leyendo.
En el día de mañana.
En la bendita ilusión de que mañana será mejor día que hoy.
En mis padres.
En la debilidad.
En las mujeres fatales de los cincuenta.
En esta noche junto a mi amada.
En la farándula.
En el uso que Scorsese hace de los Rolling Stones en sus films.
En los libros que leen mis hijos cada noche.
En los sueños que no me abandonan.
En la lucidez.
En el principito.
En el cine por encima de casi todas las cosas.
En el azul.
En mi calvicie.
En la posibilidad de que alguien descubra cómo curar el cáncer.
En la felicidad de los míos.
En los espetos en los chiringuitos de Fuengirola.
En los pestiños.
En la inteligencia.
En las alfombras.
En la coda de Layla.
En las librerías de viejo.
En un Chesterfield de cuando en cuando.
En los grandes almacenes.
En las imprudencias.
En el pub Tempo en Priego de Córdoba.
En las algas.
En las paredes de Lubitsch.
En los cameos de Hitchcock.
En los vinilos de segunda mano comprados en La Corredera.
En Suzanne en un viejo pick up en casa de Marcelino.
En las hélices.
En Robert Louis Stevenson.
En la invención de Morel.
En las hadas.
En la Marvel.
En habitaciones alicatadas de libros.
En H.G. Wells.
En conversaciones por teléfono que duran mucho.
En la letra impresa, aunque sea el prospecto de un mucolítico.
En los buzones.
En el bikini.
En las terrazas de verano.
En la cercanía de un cuerpo a mitad de la noche.
En los primeros años de Genesis.
En el soul de la Motown.
En las turbulencias del alma.
En la muerte absoluta del cuerpo.
En Van Morrison.
En algunos argumentos de Paul Auster.
En el inglés cristalino de Frank Sinatra.
En las polaroid.
En las películas de la Hammer.
En la historia de Olvídate de mí.
En el olor del azahar.
En los barrios antiguos de Córdoba.
En las mañanas de Domingo sin nada que hacer.
En los abrazos.
En los pubs ingleses.
En las playas al amanecer.
En el tacto del pelo.
En mis Bowers & Wilkins.
En los cuentos de tradición oral.
En las historias de fantasmas.
En Elvis.
En Wonderwall.
En las novelas de Jane Austen.
En todas las pin up girls.
En la versión en directo de Love of my life.
En el silencio.
En el ruido.
En el vacío de los domingos a la caída de la tarde.
En los libros que me recomiendan quienes me conocen.
En este blog en el que me retrato a diario.
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19.9.10

Ditirambos y Rocabrunos...



Ahí tenemos al escritor huidizo, al escritor convertido en personaje. Pynchon, Salinger. A nuestras letras hispanas le falta un escritor invisible, del que únicamente sepamos por lo que van diciendo sus palabras impresas en un libro. Además las historias de estos genios ermitaños dan mucho juego en el cine. Los americanos son gente muy avispada para fundar géneros allá donde sólo hay chispas, gestos. Ese merito tienen. Aquí nos obcecamos en agotar esas chispas, esos indicios de milagro, sin afinar esa querencia por lo novedoso. Pienso en Epílogo (1984) film de Gonzalo Suárez, un raro y exquisito caso de hombre de letras metido en mover una cámara o viceversa y que se expresa con soltura en ambas disciplinas. En Epílogo dos escritores se enamoran de la misma mujer. Ditirambo y Rocabruno, que escriben juntos, terminan separados y uno busca a otro para extraerle una última historia. Basada en sus novelas Gorila en Hollywood y Rocabruno bate a Ditirambo, Epílogo tiene la virtud de ofrecer un material vírgen. A mí me fascinó siempre el hallazgo fonético de los nombres de los escritores. Rocabruno. Ditirambo. Esa sonancia magnífica invita ya a leer o a ver cine. La única ocasión en la que me planteé escribir una novela, y juro que el empeño me duró dos semanas y hace de eso los suficientes años como para haber olvidado casi del todo la empresa, tardé más en buscar nombres a mis personajes que en pergeñar un argumento. Camilo José Cela, al que leo cada día menos, o casi no leo, tenía el ingenio vivo para poner nombres a sus criaturas. Lo que sí hice una vez,y disfruté horrores, fue bosquejar un inventario de nombres de altas resonancias fonéticas, digamos. Ditirambos y Rocabrunos de cosecha propia. Como es costumbre en mí, deseché el trabajo nada más terminarlo y ahora he perdido la posibilidad de rescatar, a beneficio de chanza, algunos de esos nombres.
Igual que Wittgeinstein sabía el inefable concurso del lenguaje para la construcción de la realidad, no se puede obviar nombrar las cosas para poder ingresarlas en esa realidad recién alumbrada. La novela fracasa cuando no cuenta una historia sino que la explica. Un género lo es en cuanto se enfrenta a otro. Vuelvo a Cela, que decía que la novela podría ser todo aquel libro que en su portada admite la palabra novela, pero pierdo el hilo que tira del post y me doy cuenta de que hoy es domingo y la tensión lingüística (o dramática o narrativa) casi no existe. Encima hoy no juega Nadal y corre Alonso. Pues eso. Me voy a la cocina. Me sirvo una Leffe fría y busco algo en el frigo con que aliviar el desmayo de la una.

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17.9.10

Estoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa...


Siempre hacen falta palabras. Incluso en ocasiones está bien eso de hablar con uno mismo y poner algunas cosas en claro. Quien habla solo, hablará con Dios un día, dijo el poeta, pero a mí todavía no me ha llegado el verbo divino y sigo contándome mis cosas, explicándome el mundo.
Anoche vi a un señor de lo más normal, uno sin encanto reseñable, uno al que no recordaremos nunca aunque nos lo tropecemos un mes entero al tirar la basura o al comprar el pan enfrente de casa, pero lo que me llamó poderosamente la atención es que iba hablando solo. Hablaba en alto, sin pudor, haciendo sus inflexiones de voz, declamando (en trozos) las partes sensibles del texto. Oí domingo y oí jabón y juro que traté de ensamblar esas dos palabras y montar una frase coherente que explicara las razones por las que alguien de pronto arranca a hablar solo por la calle. Le miré con todas las precauciones posibles, pero nunca he sido discreto y no sé disimular así que terminó mirándome con la misma falta de tacto, como a la espera de que yo le confesara mi descaro y le pidiera perdón de alguna forma.
No llegamos a ningún gesto que zanjara esa incómoda situación así que creo que fui yo el que se dio media vuelta y se alejó. De pronto pensé qué diferencia hay entre hablar con alguien y hablar con uno mismo. Lo mejor de los monólogos es que puedes desquiciar el léxico o retorcer los sintagmas o decir justo eso que jamás lograrías contar a nadie. No sé si el señor del domingo y el jabón estaba a mitad de una confesión íntima o recitando un poema de Claudio Rodríguez, pero tal vez esta noche, al sacar la basura o al salir del supermercado o al volver a casa desde el trabajo, me atreva a contarme algo. La mayoría de las veces que habla con alguien termino perdiéndome en la conversación. No sabe uno si dedicar más tiempo a lo que oye o esmerarse en expresar correctamente lo que piensa o si interrumpir con más convicción o no decir absolutamente nada y asentir de continuo.
Dice mi amigo K., al que hace mucho tiempo que no veo, que se me da mejor hablar que escuchar y que eso es malo y me saldrá caro alguna vez. No va K. de amenazas, y menos conmigo, pero desde que me lo dijo he pensado mucho y he llegado a la feliz conclusión de que no tengo nada que decir que pueda serle útil a alguien. Por eso quizá escribo en este blog. Para no quedármelo todo dentro. Caso de que me quede en blanco (entra en lo posible) me dedico a intrigar a los paseantes y ensayo frases absurdas en donde trenes de algodón descarrilan en mis sueños. A ver si algún indiscreto me para y me pide explicaciones. Estoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa, que ni yo mismo me entiendo...Al menos a nivel semántico. Cuento, al menos, con la hoja en blanco, con ese infinito espacio de libertad absoluta. Me sigue fascinando la escritura, me sigo poniendo un poco en trance cuando junto unas palabras con otras con la ilusoria pretensión (quizá alguna vez certera) de escribir algo hermoso. La belleza, ya voy entendiendo algo de estas cosas al cabo de muchos años de lectura y de casi otros tantos de escritura, se aleja a poco que uno se esfuerce en alcanzarla. Está, sin embargo, a la mano, en la cercanía doméstica del alma, cuando no interponemos esfuerzo alguno, cuando el numen (qué será eso del numen) nos roza y nos bendice. Igual hay un dios, uno rudimentario y caprichoso, no crean que de pronto me ha dado una vena teológica, que anda guiando mis palabras y soy, como en el poema del ajedrez de Borges, una pieza que está siendo movida y hay un conductor arriba, uno también guiado y así ad infinitum. Me ha salido el latinazo. Perdonen la pedantería del viernes. Cosa de esa libertad absoluta. Libertinaje en ocasiones. Al salir luego a la calle, si encarta, hablo solo. No es la primera vez que ensayo unas frases. Unas copulativas, unas adversativas, un par de preguntas. Ya saben: el bache, el revés, el agujero.

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En el país de Peter Pan


I
A Peter Pan lo matamos en Carnaby Street. La noche le zurcía plomo al gorrito estúpido y al traje ridículo y pudimos derrotarle. Antes de morir confesó que nunca amó a Wendy Darling. Que esas niñas cursis de Londres no tienen tres palabras. Que a la hora de la verdad, siempre tan golosa y lúbrica, se acordaba de su madre y le venía, como un río, el llanto. Que Campanita se metía resina de madreselva para levantar vuelo. Que a los niños perdidos mejor hubiese sido no encontrarlos. Que el canalla del Capitán Garfio era, en el fondo, una buena persona y que le hubiese encantado, antes de morirse, pedirle perdón. Que maldita la gracia de ir perdiendo su sombra por los tejados de Londres. Fue un acto de piedad. Disney no sale de su asombro.
II
Antes de hocicar su cara verde frente a un escaparate de ropa interior de marca maldijo a su creador y pidió royalties por el abuso de las multinacionales y los tics nerviosos de Robin Williams. No le dimos sepultura. Se lo comieron los niños pijos y las moscas.

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El alma



Al alma la emborrona la ficción de que verdaderamente existe. El alma es un paraíso alquilado. Cuando el cuerpo desciende al desorden absoluto y decide morir, el alma no gime ni se expresa en altos sonetos petrarquianos. El alma no es otra cosa que un tumor benigno. El alma se descarga en su versión laica y entonces el poeta, manumitido del corsé de los clásicos que la sublimaron, estrangula el verso y forja la épica, el lugar exacto en donde las palabras manifiestan su distorsión metafísica. Todo lo demás es interfaz. Cuando el cuerpo se declara insolvente, el alma se convierte en un hipervínculo. El alma, sr. Conrad, el alma. Dios en el secreto centro. Mi voz urdiendo coartadas. Acaba de empezar a llover en Lucena. Me acuesto sin haber encontrado el punctum del día. Hoy no es el día tampoco. Estoy falto de recursos. No me llena John Coltrane en absoluto.

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16.9.10

Una, mediana y en dos continentes...


Un vecino no es un amigo: se adiestra uno en ciertos protocolos, se deja conducir por las buenas maneras y le da a los encuentros en el rellano de la escalera o en la reunión de la comunidad de propietarios una pátina de civismo dulce y grato, una especie de teatro en el que los actores representan un papel. La vida no está en el escenario: está en las bambalinas, en los camerinos, en el backstage, que dicen los modernos. En ocasiones, la vecindad deviene afecto y, en otras, las menos, a lo conocido por mí, amistad sincera. Entiende uno que la cercanía no garantiza cariño salvo que el azar o los voluntos del alma así la exijan. Esta sociología de patio de vecinos, barruntada en plan doméstico, sin entrar en honduras a las que no alcanzo, podría convenir para entender asuntos de alta geopolítica. Quizá por eso, por las endebles y a veces hipócritas relaciones entre vecinos, pasa que un país se atreva a amonestar a otro por el simple hecho de un vecino haya decidido pasear por la comunidad y hacer una visita a su prójimo africano. El asunto de Rajoy en Melilla es la evidencia del descalabro diplomático de España, de su zozobra en el mapa, de su escaso peso en el nucleo duro de las naciones importantes. Y es que no hemos conseguido todavía ese status de nación digna de respeto al que otras sí han accedido, naciones que no suscitan, entre los pueblos limítrofes, suspicacias, sospechas de debilidad interna, esos gestos de desgobierno que los analistas extranjeros utilizan para programar sus arengas. Uno va a casa de su convecino, a echar un café en la planta de abajo, y se echan encima los que no han sido previamente invitados, los que todavía creen que un designio divino sustenta sus reivindicaciones ancestrales. En todo caso, sin dar ya más importancia a este capítulo del quebranto de España, queda la fotografía movida, esa evidencia de fragilidad expuesta en la noticia de que Rajoy haya decidido, en su rama de dirigente político legítimo, darse un garbeo por Melilla. Como si va a Cuenca. Como si sale de su casa y va a comprar el pan un par de calles más abajo. Por mí como si Mariano Rajoy planta en Melilla una segunda vivienda (o tercera o quinta) y pone la sede del PP en la frontera con Marruecos y deja Génova huérfana en Madrid. No sé si España es algo sólido y durable, pero todavía recuerdo de mi EGB sus límites, el espacio natural de sus dominios.

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13.9.10

Uno, el bueno, sigue siendo de Chéjov...

1
El perro hambriento sólo cree en la carne.
2
Los amantes sólo creen en la yema de los dedos.
3
El político sólo cree en la amnesia del votante.
4
El poeta sólo cree en las metáforas.
5
La catedral sólo cree en los siglos.
6
El cubito de hielo sólo cree en la ginebra.
7
El zombi sólo cree en George A. Romero.
8
Edgar Allan Poe sólo cree en la absenta.
9
La placenta sólo cree en la Conferencia Episcopal.
10
El mono sólo cree en Darwin.
11
El naúfrago sólo cree en el horizonte.
12
Las musas sólo creen en los artistas.
13
El fakir sólo cree en la industria metalúrgica.
14
El proxeneta sólo cree en las erecciones ajenas.
15
El okupa sólo cree en el estallido de la burbuja inmobiliaria.
16
Dios sólo cree en el séptimo día.
17
El suicida sólo cree en los títulos de crédito.
18
El metafísico sólo cree en la metalingüística.
19
El ebrio sólo cree en el vómito.
20
El sonámbulo sólo cree en las paredes.
21
El sonetista sólo cree en las sílabas.
22
El pesimista sólo cree en los pájaros de mal agüero.
23
El erudito sólo cree en la nomenclatura.
24
El afrancesado sólo cree en el Sena.
25
El casto sólo cree en el agua fría.
26
El libidinoso sólo cree en el semen.
27
John Wayne sólo cree en John Ford.
28
Los fantasmas sólo creen en nosotros.
29
Adán sólo cree en la manzana.
30
Noé sólo cree en la industria de la madera.
31
Jack Bauer sólo cree en los perímetros.
32
Las cebras creen en los semáforos.
33
El censor cree en lo que oculta.
34
El astronauta sólo cree en la melancolía.
35
El sacerdote sólo cree en el pecado.
36
La hormiga sólo cree en el infinito.
37
El tarado sólo cree en su tara.
38
El lunático sólo cree en los vampiros.
39
Los cadáveres sólo creen en los tiempos muertos.
40
El pornógrafo sólo cree en la letra equis.
41
El aburrido sólo cree en el color gris.
42
El funambulista sólo cree en el yeso.
43
El hacker sólo cree en la banda ancha.
44
El cinéfilo sólo cree a veinticuatro fotogramas por segundo.
45
El bibliotecario sólo cree en Borges.
46
Leonard Cohen sólo cree en las habitaciones de hotel.
47
El Papa Santo de Roma sólo cree en la eficacia de su detergente.
48
El alumno sólo cree en los recreos.
49
El tecnófobo sólo cree en los cortocircuitos.
50
El refugiado sólo cree en las fronteras.
51
El feligrés sólo cree en las campanas.
52
El hippie sólo cree en la jardinería.
53
El ahorcado sólo cree en la sangre.
54
Audrey Hepburn sólo cree en los escaparates.
55
El melancólico sólo cree en las biografías.
56
El escéptico sólo cree en sí mismo.
57
El charlatán sólo cree en los sintagmas.
58
El borracho sólo cree en las resacas.
59
El líder sindicalista sólo cree en las pancartas.
60
Ernst Lubitsch sólo cree en las puertas.
61
Marilyn Chambers sólo cree en las puertas verdes.
62
El pez piloto sólo cree en el tiburón.
63
El descreído sólo cree en Nietzsche.
64
El crítico de cine sólo cree en José Luís Guarner.
65
Kafka sólo cree en Samsa.
66
Russ Meyer sólo cree en la lactancia.
67
El Papa Santo de Roma sólo cree en Dios.
68
Stephen Hawking sólo cree en su editor.
69
Los jóvenes de hoy sólo creen en rapidshare.

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11.9.10

Quemar antes de leer



El mundo está en manos de locos que saben manejar youtube y colgar sus obsesiones o locos que no saben arrancar el youtube de marras pero pueden rodearse de otros locos más expertos en nuevas tecnologías. El pastor Terry Jones sólo comparte con el director de La vida de Brian el nombre y el apellido: le falta el humor. A veces pienso que el humor es lo que va a salvar este mundo de los locos que lo habitan. Un tipo feliz, bien humorado, orgánicamente dotado para la alegría, es incapaz de encabronarse con las creencias de los demás y salir al porche de su casa o plantarse en la entrada de su templo y quemar los libros de otro Dios en nombre de la supremacía del suyo. En esto de lo propio y lo de los demás ha habido siempre fricciones, pero creía uno que el progreso, el avance en el reloj de la Historia y el sentido común de la especie humana iban a ser capaces de gobernar estos desvaríos. Qué ingenuo soy, qué ingenuos somos. El pastor americano no deja de ser un fanático de serie B, un iluminado, enjuto de carnes, comido por la ira y por las fiebres teológicas,l sólidamente convencido de que el mal, así en abstracto, empírico y molecular, está en un libro, en una colección de sermones, de prédicas, de metáforas.
Quemar libros es un acto bárbaro como pocos. El lerdo, el corto de alcances, el iletrado, tiene al libro como el mal absoluto. Da igual que hable de cocina o de literatura francesa, de dioses o de botánica. El libro es un objeto oscuro. Por eso los libros, al arder, expulsan la oscuridad. Por eso las batallas entre los pueblos suelen comenzar con la quema de las iglesias y de las bibliotecas. El que las incendia sabe que las palabras, al convertirse en ceniza, desarbolan al enemigo, lo reducen, le retiran el ardor metafísico de la guerra. Terry Jones, que no es una lumbrera y que ha prendido un conflicto que desconoce, viene a ser una especie de Travis Bickle, el inolvidable personaje de Taxi driver parido por la mente retorcida de Paul Schrader. Le basta haber aprendido una retahíla de proclamas, un puñado infame de argumentos contra el mundo y contra los que, a su enfermo juicio, lo están apartando de la recta senda, sea eso lo que eso y la construya quien la construya.
No sé si al paso que vamos, en esta cruzada flamígera, terminaremos también amontonando biblias y haciendo una pira con los santos evangelios. No tengo confianza en la cordura de los pueblos. Al pueblo, sobre todo al iletrado, se le azuza con facilidad extrema. Una vez azuzado, ya encabritado, encolerizado, convertido en un soldado, es decir, en un obrero sin decisiób, en una obediencia con armas, el pueblo es muy difícil de parar: la masa es una maldad en sí misma porque la masa no escucha, sólo avanza. Al fanático islamista le hubiese encantado que el fanático americano, de una iglesia de adjetivo peregrino y absurdo, hubiese terminado cumpliendo su promesa y el youtube alojara la proeza. Todas esas hordas de afganos con la ristra de bombas al cinto no necesita que lo inciten. Si lo hacen, quemando coranes, la guerra tendría, en sus inescrutables almas, más que sentido.
Otro asunto es la relevancia que se le está dando al descerebrado. Hasta Obama dijo que tendría que llamarlo y luego no sé si lo hizo o no. A Jones le lloverán contratos, abrirá templos, ganará adeptos, verá su cara de militar prusiano en prensa, en televisión. Siendo como son los americanos, no me extraña que anuncie rifles o una marca de cerveza. Lo espantoso de toda esta historia es que una sola persona, monda y lironda, pueda quebrar la paz o pueda incluso comenzar una guerra. Una persona sola, en su Florida natal, en su iglesia de barrio, alimentando almas de barrio, sencillas almas de pueblo que, en su mesa camilla, en su barra de bar, pueden despotricar a gusto contra lo que no les gusta, pero habría que legislar hasta qué punto una persona sola, empujada por sus convicciones, sin injerencia ajena (creemos) pueda provocar un desastre de esta altura. Claro que no habría desastre ni sería provocación si nadie se sintiese dolido por quemar un libro, aunque sea coránico, bíblico o merengue. Lo dicho: estamos en manos de locos. Nos rodea la injusticia. Nos asfixia la barbarie. Nos van a matar a golpe de salmo.
Qué instrumentos más poderosos los libros, qué arma más letal, qué triste es no saber usarlos, no amarlos, no comprender que en ellos está la belleza y la inteligencia y la tolerancia. Qué poco tolerantes somos.


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9.9.10

España es un país de cuento de hadas



España no es un país partido en dos ni un problema al modo en el que los de la generación del 98 entendieron: España es un país de cuento de hadas, una narración metafísica, un puñado de huertas y de caminos, de valles y de montañas y de ciudades de costumbres milenarias y gente buena buena de verdad.. Lo que garantiza la pervivencia de esta singularidad mitológica es el amor al terruño puro, la fe inquebrantable en los santos que la tutelaron antaño y la certeza de que ningún progreso de ningún orden (moral, económico, intelectual) podrá desviar el camino trazado en la antigüedad. Da fe de este argumento el hecho de que uno de los dos partidos mayoritarios, receptorio de un buen puñado de votos de una de esas dos hipotéticas Españas se haya presentado ante el santo Apóstol de Santiago y le haya pedido, en plan carta con membrete, con pompa y circunstancia católica, bien pertrechados de incienso, salmos y crucifijos, que vengan tiempos mejores y ellos, los subscribientes del deseo, estén ahí para gestionar el ingreso en la nueva felicidad comunitaria.
Imagino, en mis pocos alcances en asuntos de alta política, que la España descreída, la que no comulga con los santos del cielo, estará perpleja y que la otra, la creyente, la que confía en que el apóstol interceda, estará entusiasmada con la pirueta metafísica de Rajoy y los suyos. Caso de que el paro vuelva a números soportables y la economía ice vuelo y nos sonrían las cuentas habrá que volver a la Catedral y dar las gracias debidas. Y si nada de eso sucede y sigue sangrando España por todas sus autonomías siempre podremos acudir al recetario de excusas y decir que las figuras de la Iglesia no condescienden a interferir en empresas tan alejadas de su campo de trabajo, que suele hocicar más en lo etéreo, en el sufragio universal y ciego de la fe y de la salvación por las buenas obras y el recto proceder cristiano. Dios, que igual esté vigilando mi prosa en este momento, no creo que vaya a caer en ese paternalismo y dé a su cohorte de santos instrucciones fiables y precisas sobre la reconstrucción del templo. El mundo está como está, y la casa propia la adecenta el dueño. En todos los casos posibles.
Que un político de talla o, al menos, de uno con ese respaldo en las urnas, se haya arrojado al proceloso mar de las súplicas celestiales enseña al profano lo poco que hemos avanzado y lo mucho que nos queda que aprender. Creo yo que la fe es una cosa tan personal, de arraigo tan interior en el creyente, que no se puede implorar, en los tiempos que vivimos, que los problemas se solucionen por la vía mística. Es tan gordo el peso que tenemos que levantar que suena a frivolidad, a llamamiento sentimental o a reclutamiento descarado de votos sensibles y cómplices, este arrebato popular.
Una cosa es el respeto a las creencias religiosas y otra, bastante distinta, la confianza en que sea posible una injerencia milagrosa y de pronto, por obra del cielo, el Gobierno (que en este caso no pinta en este deseo nada de nada) encuentre la varita mágica al desempleo, por nombrar un cáncer, y el pueblo vuelva a la bonanza aznarista, a ese periodo de crecimiento asombroso en donde la provisión de fondos se desfondó. La clase media y la clase baja, los que no alcanzan a fin de mes y los que no alcanzan ni a la primera semana, pueden respirar tranquilos. Todo lo que pueda pasar es que la economía renazca de sus barros y haya algún avispado que lo atribuya a la gestión del Santo Patrono gallego.
Mientras tanto, a pie de calle, molidos a deudas, seguimos en penumbra. Si Rajoy y la cúpula del PP quiere postrarse ante un santo, que lo haga en capilla privada, lejos de las cámaras, en petit comité, en Génova, en donde les plazca, y que sus voluntos milagrosos queden en casa. El cristiano al que más admiro, tengo entre mis allegados y amigos algunos que verdaderamente creen y a los que respeto hasta el desmayo, es el que no hace propaganda de su fe, el que en casa, en esa privacidad espiritual, pide a Dios que ayude a los suyos y, de camino, eche también una mano a la patria, que anda estos días de capa caída o herida o muerta. Y encima vienen los argentinos y nos meten cuatro y un serbio de nombre ya olvidado cuela desde nueve metros un triple que nos sacude del sueño del oro. Está visto que cuando el deporte falla, está pasando, la patria hace más aguas. Nos habíamos acostumbrado a vivir en la opulencia deportiva. Igual en el gol de Iniesta en Sudáfrica colaboró algún santo local. De Albacete, imagino. A mí, que estuve en Santiago este verano y vi bien de cerca al mentado Apóstol, no se me ha aparecido todavía la luz de la confianza, el sencillo camino de la fe.

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7.9.10

Se necesitan malos poetas




El poeta Fogwill murió este verano. Tardíamente, le entrego mi pésame a las Letras. Transcribo uno de sus poemas. Se necesitan poetas malos, pésimos, deplorables, pero que lleguen adentro cuando escriben, y revelen y cuenten cómo es el mundo en el que vivimos. La poesía como bisturí de las cosas. La poesía quemando en la retina, iluminando las sombras que alojamos en la conciencia y que nos inmunizan contra el asombro. Hay que beberse el asombro, hay que aventarlo, hay que convertirlo en luz y abrir de par en par, tozudamente, los ojos.


Llamado por los malos poetas

Se necesitan malos poetas.
Buenas personas, pero poetas
malos. Dos, cien, mil malos poetas
se necesitan más para que estallen
las diez mil flores del poema.

Que en ellos viva la poesía,
la innecesaria, la fútil, la sutil
poesía imprescindible. O la in-
versa: la poesía necesaria,
la prescindible para vivir.

Que florezcan diez maos en el pantano
y en la barranca un Ele, un Juan,
un Gelman como elefante entero de cristal roto,
o un Rojas roto, mendigando
a la Reina de España.

(Ahora España
ha vuelto a ser un reino y tiene Reina,
y Rey del reino. España es un tablero
de alfiles politizados y peones
recién comidos: a la derecha, negros, paralizados, fuera del juego).

Y aquí hay torres de goma, alfiles
politizados y damas policiales
vigilando la casa.

A la caza del hombre,
por hambre, corren todos, saltan
de la cuadrícula y son comidos.

Todo eso abunda: faltan los poetas,
los mil, los diez mil malos, cada uno
armado con su libro de mierda. Faltan,
sus ensayitos y sus novela en preparación.
Ah.. y los curricola,
y sus diez mil applys nos faltan.

No es la muerte del hombre, es una gran ausencia
humana de malos poetas. Que florezcan
cien millones de tentativas abortadas,
relecturas, incordios,
folios de cartulina, ilustraciones
de gente amiga, cenas
con gente amiga, exégesis, escolios,
tiempo perdido como todo.

Se necesitan poetas gay, poetas
lesbianas, poetas
consagrados a la cuestión del género,
poetas que canten al hambre, al hombre,
al nombre de su barrio, al arte y a la industria,
a la estabilidad de las instituciones,
a la mancha de ozono, al agujero
de la revolución, al tajo agrio
de las mujeres, al latido
inaudible del pentium y a la guerra
entendida como continuidad de la política,
del comercio,
del ocio de escribir.

Se necesitan Betos, Titos, Carlos
que escriban poemas. Alejandras y Marthas
que escriban. Nombres para poetas,
anagramas, seudónimos y contraseñas
para el chat room del verso se necesitan.

Una poesía aquí del cirujeo en la veredas.
Una poesía aquí de la mendicidad en las instituciones.
Una poesía de los salones de lectura de versos.

Una poesía por las calles (venid a ver
los versos por las calles...)

Una poesía cosmopolita (subid a ver
los versos por la web...).

Una poesía del amor aggiornado (bajad a ver
poesía en el pesebre del amor...)

Una poesía explosiva: etarra, ética,
poéticamente equivocada.

En los papeles, en los canales
culturales de cable, en las pantallas
y en los monitores, en las antologías y en revistas
y en libros y en emisiones clandestinas
de frecuencia modulada se buscan
poetas y más malos poetas:
grandes poetas celebrados pequeños,
poetas notorios, plumas iluminadas,
hombres nimios, miméticos,
deteriorados por el alcohol,
descerebrados por la droga,
hipnotizados por el sexo
idiotizados por el rock,
odiados, amados por la gente aquí.

En las habitaciones se buscan.
En un bar, en los flippers,
en los minutos de descanso de la oficina,
entre dos clases de gramática,
en clase media, en barrios
vigilados se buscan.

¿Habrá en la tropa?
¿En los balnearios, en los baños
públicos que han comenzado a construir?
¿En los certámenes de versos?
¿En los torneos de minifútbol?
¿Bajo el sol quieto?
¿A solas con su lengua?
¿A solas con una idea repetitiva?
¿Con gente?
¿Sin amor?

No es el fin de la historia, es
el comienzo de la histeria lingual.

Todo comienza y nace de una necesidad fraguada en la lengua.
Falsifiquemos el deseo:
Te necesito nene.
Para empezar te necesito.
Para necesitar, te pido
ese minuto de poesía que necesito, necio:
quisiera ver si me devuelves el ritmo de un mal poema,
que me acarices con sus ripios,
que me turbes la mente con otra idea banal,
y que me bañes todo con la trivialidad del medio.

Y en medio del camino, en el comienzo
de la comedia terrenal, quiero vivir
la necedad y la necesidad
de un sentimiento falso.

Se necesitan nuevos sentimientos,
nuevos pensamientos imbéciles, nuevas
propuestas para el cambio, causas
para temer, para tener,
aquí en el sur.

Y arriba España es un panal
de hormigas orientales:
rumanas, tunecinos,
suecas a la sombra de un Rey.

Riámonos del Rey.
De su fealdad.
De su fatalidad.
De Su Graciosa Realidad.
La realidad es un ensueño compartido.
La realidad de España
es su filosa lengua pronunciando la eñe
y su mojada espada pronunciando el orden
del capital y la sintaxis.

¡Ay, lengua:
aparta de mí este cuerno de la prosperidad clavado en tu ingle,
suturada de chips, y cubre
nuestras heridas con el bálsamo de los malos poemas..!

6.9.10

La mentira es aire puro


Un amigo mío decía que iba a los pubs para ver y para ser visto. Esa sentencia lacónica, brumosa y triste, fijaba un modo de vida, un método para escudriñar la realidad, asimilarla e interactuar con ella a beneficio del alma. Al alma se la alimenta así. Uno cree que la educación que ha recibido lo excluye del morbo de ver al otro, pero en cuanto se abre una ventana en mitad de la noche, en la acera de enfrente, en el patio de vecinos, y la oscuridad regala un punto obsceno de luz en donde la vida se derrama en intimidades, en la rutina a veces frívola, otras rutinaria y algunas promiscua y delincuente del objeto observado. Por eso James Stewart, en la canícula del verano de Nueva York, postrado en una silla, se convierte en el voyeur por antonomasia, en esa especie de espectador inevitable de las cosas que les pasan a los otros. A Hitchcock le gustaban las rubias y los muertos y odiaba a los niños. Las razones por las que La ventana indiscreta sigue siendo fascinante no son exclusivamente cinematográficas. Acuden al morbo puro, morbo delicioso, morbo profano. Ahí, en la semiótica de los prismáticos, está la génesis del morbo digital que supone entrar en el corazón del sistema y descubrir más vidas detrás de la pantalla. Es como una webcam culta, inocente y culta, que escrutara lo ajeno y nos lo ofreciera sin pudor, sin el protocolo de la moral, una perspectiva sucia, una ficción empotrada en lo real, una trama sórdida o limpia o frívola de lo real.
En el fondo, lo que agita este vicio, es el hambre de historias. Sobre las imágenes cabe la excitación física, para quien así lo decida, y también la fiebre narrativa: asistimos, sin ser vistos, al teatro fantástico de la verdad, la que no está adulterada al saber que es observada, la que se exhibe sin aristas, sin doblez, creyéndose a salvo de un público. Hace unos días volví a sentarme delante del voyeur Stewart para contemplarle a él, a todo lo que muestra y a todo lo que oculta. Como me decía un amigo de este blog (Ramón) hace bien poco, somos lo que escribimos y somos lo que no escribimos. Y también, por extensión, somos lo que no sabemos. somos lo que deseamos. Más lejos: somos lo que perdimos, que escribió Borges.

.posdata:
a pesar del post anterior, pocos días más tarde, he vuelto a escribir. Era todo mentira. No vuelvan a confiar en nada de lo que lean en esta página. La verdad es una cárcel. La mentira es aire puro.


3.9.10

Ganas de escribir


A fuerza de pensar uno en un mundo perfecto, se piensa siempre en la música, en el placer absoluto de un buen libro leído en esa intimidad en la que uno se reconcilia consigo mismo y con el universo, se piensa en la belleza, en el amor que mueve el cielo y mueve las estrellas, como escribía Dante.
A K. se le ha ocurrido que la única felicidad posible está en las matemáticas. Dice que en los números está el equilibrio, está el orden, está esa perfección inquebrantable que no puede confiarse a ninguna disciplina moral o intelectual. Lo dice con estruendo semántico a pie de barra de bar de modo que el camarero, que va y viene a capricho de las cañas que le vamos pidiendo, nos dice que en estos tiempos que vivimos la perfección es un aburrimiento, un síntoma del tedio de este neoliberalismo cainita y un poco cabrón con el que nos amenizan la estancia en la tierra. Que se lo digan a los mineros de Chile o a los que sufren las penalidades del hambre y del frío, de las enfermedades o del calor extremo, de la pobreza endémica que se enseñorea por las calles y no conoce filosofías ni algoritmos y se ensaña con sus víctimas hasta hacerlas perder la alegría, que es una de las más hermosas formas de felicidad que se pueden conocer.
A K. la alegría le parece una de las señales de la inocencia. Me confesó anoche que ya no soporta la realidad y que ha descubierto vías muy eficientes para censurarla. De entrada no se deja embaucar por la ilusoria felicidad de estar al día. No lee prensa, no oye la radio, no entra en internet, no se involucrar en conversaciones que puedan ponerlo en guardia, enrabietarlo, convertirlo en el animal dialéctico que en el fondo es. Pero K. se tira estos faroles de cuando en cuando. Mi abuela lo decía: hay gente que le encanta llamar la atención y sólo disfrutan llamándola. K. es de esos. Yo, en ocasiones, también. A veces he pensado que este blog entero es eso, una forma de llamar la atención, algo como miren, soy Emilio Calvo de Mora, escribo, tengo una vida interior, amo el jazz, los cuentos de Borges, el cine negro, entren, prueben a sentarse a mi mesa. Y mientras uno tontea con estas frivolidades burguesas, una broca perfora el suelo de Chile para sacar del infierno a treinta y pico mineros o hay gente que muere de cáncer o de asco. En el fondo, haré como K. Me prohibiré las noticias un mes. Dejaré de escribir de aquí a Navidad. Luego me cago en mi palabra. No tengo palabra. O tengo muchas, y desde mi adentro colérico, desde mi adentro lírico, desde mi adentro esdrújulo y cabezón, las palabras brotan, se comportan como si no me pertenecieran y se entregan al alegre fornicio de la prosa.

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