31.8.10

La novela del faro del fin del mundo


En Ushuaia escribiría la novela de mi vida, la abandonada, la empezada diez veces o quince veces, la que anoche cerré y prometí no volver abrir hasta el próximo verano, pero en el faro del fin del mundo, en el faro de Ushuaia, quizá podría centrarme o descentrarme del todo y crear. Porque escribir en un blog no es crear. Ni siquiera hacer un cuento al mes o dos al año. El escritor se curte en plan decimonónico. Y yo necesito perderme del mundo durante un par de años, es un decir lo de perderme y de que la fuga dure un par de años, y dedicarme a manuscribir (a mí lo del ordenador me gusta para el gmail y para el blog, en serio) la novela de mi vida. En Ushuaia. Hoy he visto en mi chivato de visitas que un amable lector del fin más apetecible del mundo ha entrado en El Espejo. Lo he celebrado buscando en la Red una foto del faro. A mi amigo José Antonio le va a encantar. Hoy su princesa de hojalata ha publicado fotos de faros de la costa suroeste de Francia. No le va a la zaga a éste, pero Ushuaia es especial. ¿No es cierto, amigos?.

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29.8.10

Un disco de los ochenta






Hay discos que uno aprecia ya desde la portada. Siempre pienso en las alambicadas portadas de la época gloriosa de Yes o de Pink Floyd. O las portentosas portadas de Blue Note o de Verve, nobles sellos del jazz que amo. En el otro lado está el descuido, la absoluta incongruencia entre el contenido y la enseña que lo ofrecía al mundo. Alberto Corazón hacía que un libro de Alianza, en su edición asequible, fuese un portento de inteligencia creativa. Recuerdo perder deliciosamente el tiempo en las tiendas de discos: devoraba ese universo de imágenes, disfrutaba de la ilusoria sensación de asistir a una especie de exposición gráfica, de museo moderno. Había una impregnación casi mística entre el objeto comercial, material entregada al inevitable y a veces bochornoso vértigo del mercado, y la memoria mitológica. Con los años, embutidos en la eficiencia de los discos duros, el espacio es el que manda y uno se pliega a otras leyes, no a las del mercado, sino a las del hambre cultural, al hecho de que uno puede descagarse sin problema la discografía completa de Leonard Cohen en un clic, y almacenar ese tesoro melómano en un limbo, en un archivo predecible, alojado en un universo de bits, de realidad virtual, de demoníaca realidad virtual. En esa transacción hay pérdidas lamentables. Pierde uno la presencia física de la portada, la cálida cercanía del libreto de créditos, la certidumbre de que se está más cerca del objeto amado y si podemos tocarlo, si está a nuestro alcance físico y se puede acariciar, contemplar, crear un vínculo doméstico, puro y pristino, en donde la religión de la cultura crea adeptos más involucrados. Ya lo somos menos. Por eso me fascinan todavía las tiendas de discos y entro en ellas con un respeto escolástico y salgo robustecido, convencido de haber contribuído indeleblemente a mis vicios, que son míos y lo son más fanáticamente a cada día que pasa.

La portada del disco de Moody Blues es una de las más queridas por mí. La acaricié amorosamente en el vinilo que compré en 1.981, el año en que salió. Tenía entonces un más que precario tocadiscos Stibert, herencia paterna. El Stibert era uno de esos tocadiscos con el altavoz convertido en tapa del plato y que se colocaba a capricho cuando uno ponía un disco. Cuando lo jubilé y mis padres me compraron un equipo más en condiciones (un Sony decente, con su amplificador, plato y pletina a cassette como módulos separados) encontré matices admirables, descubrí partes ocultas, y acabé destrozándolo. Después, nada más nacer el mundo del compacto, compré el disco en ese formato. Guardo los dos, pero sigo mirando con embeleso el vinilo, admirando la rotunda cercanía del cartón, su fantástica entidad como objeto totémico. Todo eso se ha perdido de forma lamentable. Se lo ha llevado el vértigo de la tecnología. Ahora han vuelto a vender discos de vinilo, 33 revoluciones y un orgiástico tercio de tozudo romanticismo. Los venden a precio escandaloso. No sé por qué. Será porque sus potenciales compradores están dispuestos a aceptar que un vinilo es vintage puro, una cosa como de la prehistoria sentimental. Y hoy, al pensar en discos bonitos, he pensado en éste, y me ha dado un escalofrío que me ha agitado el corazón. Soy eso, un sentimental. Estoy varado entre dos épocas. No pienso salir de ese territorio brumoso. No estoy dispuesto a perder esos recuerdos. Tampoco a renunciar al futuro. Feliz, al cabo, muy feliz por haber nacido en los sesenta.


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27.8.10

Vacío


Quizá sea un virus al modo en que lo son los que registran los vademécums médicos y los prontuarios cibernéticos. En el caso de la televisión, el virus al que se acoge es más imperceptible, no se deja manipular por los métodos científicos al uso y visto en detalle, pensado por una cabeza menos retorcida que la mía, no hace pensar que sea, en el fondo, dañino, escandalosamente dañino, y lo es hasta el desmayo óptico. Su presencia en un salón, su tamaño, la forma en que se coloca entre el resto del mobiliario familiar, delata precisamente eso, el tipo de familia que la ve. Asombra que una máquina tan perjudicial para tantas cosas exhiba una fotogenia tan dulce. Asombra también que su veneno no paralice antes, no desarme antes, no anule con más saña. La televisión, sobre todo la televisión en verano, es un artilugio absolutamente diabólico. Todo lo maravilloso que podría ofrecer, el asombro puro al que accederíamos caso de programe con inteligencia y no piense que el espectador es un memo, un descerebrado, un individuo sin exigencias, sin aspiraciones estéticas ni culturales, se desvanece ante la sustanciosa caja que produce la basura que emite. Si uno quiere calidad, tiene que aflojar el bolsillo y abonarse a un canal de pago. Ahí le dan lo que pide.
Uno es partidario de la belleza, fan de la belleza, adicto a la belleza. En la televisión la belleza estorba porque la belleza requiere pasmo, quietud, esa morosidad de quien ha comprendido en la contemplación de la belleza asuntos del alma a los que nunca había prestado atención, paisajes de adentro que probablemente no sabíamos que existían. Esa luminosa visión no cabe dentro de la programación televisiva. Todo se atropella, todo se empuja, todo se embute en un conducto por fuerza estrecho, poco preparado para el observador despacioso. Importa el vértigo, la rendición caótica de unos contenidos exóticos. Hoy, en la pantalla que iluminaba el bar en donde disfrutaba de unos amigos y de unos cervezas bien frías (no está las calles para otra cosa incluso a las once de la noche en mi pueblo bendito) se veía un poco de todo esto. La cadena, da igual cuál, ametraballaba vacío. El vacío, convenientemente aliñado, es atractivo. Tiene la ventaja de que la cabeza, al rumiarlo, no se emplea en exceso. No sé a qué altos propósitos deberíamos reservarla, pero no para ver televisión. Lo que la televisión ofrece en estos días es un espejo. Somos nosotros los que salimos al otro lado. Somos los voyeurs y nos dedicamos a contemplarnos en pantallas indecentes, en alta definición mil ochenta, en 3D. Uno ve al vecino como si viese el interior de la catedral de Santiago. Ve al prójimo comer, reír, llorar, fornicar. Vemos sus casas, sus coches, los lugares que frecuentan y los vicios a los que impúdicamente, ante la cámara, se entregan.
En verano, en televisión, hay ruido, ruido cromático. Coja el amable lector un buen programa y verá cómo ha tenido que ver diez para encontrar ése tan estupendo. Y no dudo que lo hay. Entre tanta hora de bazofia es normal que algo bueno se cuele. Pero en mitad del ruido, el silencio, el necesario para apreciar la belleza o desgustar la inteligencia de los otros, no se reconoce. Estamos anestesiados. Nos hemos convertido en rutinarias máquinas de consumo de imágenes. Las queremos y pagamos por un servidor que nos las entregue. El verbo sobra. Sólo necesitamos la imagen en movimiento. Así de rudimentario, de precario, de sencillo. Los sentidos, si no los refinamos, se embrutecen. Ayer mismo me embrutecí viendo, cosa mía, uno de esas aberraciones televisivas que sustentan todo su posible interés en el posible amariconamiento de quien creíamos machote, heterosexual y conquistador. Con lo fácil que hubiese sido coger el mando y hacer zapping. Algo tiene que haber escondido. Una película de Douglas Sirk. Un concierto de Oscar Peterson. Un documental sobre la pesca de los percebes. Un reportaje sobre los bosquimanos. Pero incluso esa posible inyección de oxígeno cultural me resultaba penosa. Se estaba tan en babia viendo el infierno de los otros. A lo mejor, a cada minuto que veía, más felicidad sentía por no ser yo como ellos. Tal vez sea justo lo contrario y a cada minuto de exposición menor resistencia ofrece la conciencia. En exposiciones excesivas la conciencia se convierte en un paisaje vacío. En un mundo sin aristas.

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24.8.10

El cotilla cum laude


Conocí a alguien cuyo principal entretenimiento consistía en descubrir la vida privada de los demás. Una vez tenía un bagaje aceptable de datos, en plan enciclopédico, habiéndolos ya robado la información que precisaba para colmar su vicio, les retiraba el trato íntimo, ofreciendo únicamente uno correcto, educado, en modo alguno afectuoso y, mucho menos, rico en complicidades, en emociones compartidas. Conmigo tuvo idéntico modus operandi. Se ganó sin esfuerzo el trato y después fue anexionando a su interés las partes jugosas de la trama de mi vida. Le calé pronto y supuse que podría aliñar ese relato personal con decorados ficticios y crear una biografía fantástica. Me inventé una novia abatida por mil dolores familiares a la que debía retirar de la nefasta influencia de su pérfida madre. Al engordar en exceso la parte melodramática, que fue la más disfrutable, advertí a las claras que el calado ahora era yo, pero aún así proseguí en el acúmulo de vivencias inventadas. No recuerdo cuándo dije o cuándo dijo basta, pero un basta sonoro debió pronunciarse. Suele pasar que la mentira, al extenderse, al alcanzar un tamaño insoportable, crea su propio barrera de protección y continúa creciendo, inoculando su veneno semántico, produciendo una extraña sensación de confort entre el que la produce y el que la escucha. En esos casos se abre un telón al modo en que también se abre en las obras de teatro. Los que están en el escenario son actores y están representando un papel. Lo mejor de este representación es que sus obreros improvisan, rebosan naturalidad, no se incomodan por un texto que les es ajeno sino que crecen, como la propia mentira que cuentan, y alcanzan raras cotas de ingenio.
Dejé de verlo a mitad de la mentira que fraguamos. Las circunstancias, que cercan y forjan las conductas de las personas, hicieron que él regresara a su tierra y yo, cumplida mi deuda con la patria, a la mía. Nunca volví a verlo. Como a tantos en esos días hostiles y marciales, alegres y extraños. Pensé anoche en él porque lo encontré en una película mala de serie muy B que el verano televisivo ofrece para rebajar los rigores de la canícula o porque en verano, por regla general, la oferta de la cultura viene adelgazada, disminuída hasta la expresión más endeble e intrascendente posible. Era exactamente él, aunque fuese, en pantalla, otro. Si la ficción y la realidad se entrecruzan y construyen territorios ambiguos, en donde caben la una y la otra, complementándose, arañándose, amándose, la película malísima de televisión era ese territorio en donde yo rememoraba aquella relación exótica.
No he vuelto a encontrarme con gente así, habiendo visto uno ya mucha gente, aquejados todos de unos u otros vicios: no he visto cotillas tan tozudos, profesionales de la privacidad ajena, sujetos enfermizos cuya principal vía de felicidad consistía en conocer la historia de los otros, en penetrar en sus vidas. Lo curioso, a lo visto en él, es que jamás descubrimos detalles de la suya. Se cuidaba de caer en la confidencia al modo en que exigía que cayeran a quienes se la solicitaba. Lo hacía formidablemente. Entraba suave, como un vino sin mucha graduación, pero en breve se granjeaba la confianza, convertía en natural lo que no lo era. La víctima idónea era la que desnudaba íntegramente el alma y le amenizaba el tedio contándole sus cuitas amorosas, los fracasos, las conquistas. Mi novia triste no cuajó: se vio de pronto desarmado. No fue mérito mío. Probablemente le pillé en horas bajas. La novia triste de entonces no sé ahora en dónde anda. Como todos los personajes a los que uno ama de alguna manera, está en algún lugar indestructible. Podemos pensar que no está, que el olvido se la tragado y de pronto aparece en un vodevil romántico de televisión, en una de esas atrocidades con las que la televisión evita aflojar caja en contenidos de más lustre. Aquel cotilla cum laude era, en el fondo, digno de lástima. Lo son todos los que lampan por inmiscuirse en otras vidas sin exhibir, a cambio, algo relevante de las propias. Se recela y se huye del cotilla porque uno teme que luego airee la información sustraída y en la calle nos señalen, nos conozcan sin que hablemos, nos confundan, nos esquiven. Todo dependerá de lo contado, del grado de desviación, del extravío semántico. Ojalá hubiese adentro de aquel sujeto un escritor. Uno bueno, a ser posible. Uno que diese un uso inteligente o hermoso o divertido a las confesiones que le regalaban. En lo suyo, era bueno, sin duda. Igual hay por ahí un blog en el que justamente habla de mí y cuenta que tuve una novia triste que tenía una madre restrictiva. O vende novelas con su nombre completo, que no recuerdo en absoluto, y sigue sacando provecho del don que posee.
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21.8.10

Besos de cine



No están de moda las películas con beso antes de cerrar cortinillas. De hecho no están de moda ni siquiera las cortinillas. Puestos a buscar cosas que ya se estilan poco, echo en falta el The End que me escoltó durante esos años en los que uno se hace adicto al cine. Echo en falta el león de la Metro en una terraza de verano en Córdoba. No está de moda el romanticismo. Todo se construye para que el mercado lo derribe. Las leyes de ese mercado son las que mandan. Por eso no hay besos antes del final. Igual venden menos que antes. Uno puede refugiarse en una habitación oscura, encender la pantalla (grande, a ser posible, pero no es necesario en modo alguno) y prender la belleza de alguna de esas cintas memorables, ajenas a la cinefilia sesuda del Cahiers du Cinema y a los análisis de la inteligencia aplicada al arte. En las habitaciones oscuras los besos ocupan todo el universo, aunque sepamos que son besos de mentira. La ficción misma nos educa para que apreciemos el valor de esa mentira. A veces la realidad, recién descendidos de la ficción que construyen las películas, no nos llena. Buscamos besos en la oscuridad. Creemos que ese beso al final del metraje puede excusar los errores de la trama. Pensamos que el guión de la vida que llevamos es el único posible y que el cine puede abastecernos de las mentiras con las que disfrutar más de ese guión imperfecto. Amo la ficción casi por encima de todas las cosas. Amo los besos en los cines de verano. Amo todas esas cosas que, sin estar de moda, están conmigo, en las estanterías de la habitación en donde alojo los libros, los discos y las películas que me apasionan. Una vez que entro ahí entiendo que el mundo cobra de pronto sentido. Dentro de ese cosmos privado la vida es perfecta. Afuera, en ocasiones, también. No tengo edad ya para exigir que todo sea bonito y alegremente los pájaros endulcen con sus trinos la mañana. La tengo para saber que puedo abrir el cofre del asombro en cuanto quiera y abrevar con mimo hasta el hartazgo. Y ver a Humphrey y a Lauren besarse hasta que la luz se enciende.
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16.8.10

Arcade Fire: The suburbs


Me interesó Arcade Fire al leer una entrevista a Bowie en la que se declaraba un fan absoluto de la banda. Escuché Funeral y Neon Bible como si se tratara de una sola entrega por lo que no tengo una opinión separada de ambos. Sí que recuerdo la sensación de novedad absoluta. No sé qué vio Bowie en esta banda canadiense: me bastó que los señalara. Normalmente no me dejo influenciar por gustos ajenos. He apreciado recomendaciones y me siento en deuda con amigos que me han enseñado a disfrutar de libros o de discos que no conocía (en películas soy más reacio a que me dirijan) y también me he sentido confuso por no entrar en ese mundo que me estaban mostrando. Hay apetencias estéticas o líricas que escapan a la disección racional. No me siento capaz de hacer ver a los demás la felicidad que me proporciona Borges o Kubrick o el propio Bowie. Escribo sobre lo que me gusta y lo hago con entusiasmo. Ese énfasis semántico (imagino) sirve de puente entre mis vicios y los ajenos. Me duele en el fondo del alma (tengo una, la mimo, la conduzco con pasión por los días y por las noches) mostrar uno de esos tesoros que me procuran júbilo y comprobar que el efecto en quienes los observan por primera vez es tibio o abiertamente negativo. Me ha pasado con el jazz las veces suficientes como para guardarme de recomendar lo que debe ser adquirido por vías más naturales. Agradezco a mi amigo Álex que me abriera las puertas de Watchmen y a mi amigo Antonio Linares que me invitara a paladear el blues. Poco más.
Arcade Fire es la excusa perfecta para volver a las andadas y declarar al lector (al desavisado, sobre todo) que los tres discos de esta banda son maravillosos y no se acaban nunca. No se acaban nunca los discos que tienen muchas capas. Las capas abren otras capas. El disco cebolla perfecto. The suburbs es, además, una historia sobre vidas en los hipermercados, sobre la inocencia que se pierde en un burger un sábado por la noche en una ciudad provinciana. Los discos buenos tienen literatura dentro. La que dan las letras y la que uno, agitado por la música, inventa para que la belleza contenga (si puede ser) una historia.
Arcade Fire hace discos impregnados de cólera. Una cólera contemporánea. Se oye la ira, se oye el ruido de la furia de unos jóvenes zarandeados por el sistema (siempre hay un sistema al que enfrentarse) o por la muerte (Funeral es una elegía, un completo muestrario del dolor por la pérdida de seres queridos). En The suburbs, bien al contrario, prescinden de violínes, tambores o pequeñas masas orquestales para escribir una crónica urbana o suburbana o post-urbana. Así se hacen más comerciales, pero no renuncian a la densidad, a esa pomposidad amena en la que el rock parece un cuento de Raymond Carver. Butler canta como si no cantara y las canciones se suceden sin que suenen a canciones y, al tiempo, pudiera uno desgajarlas, apreciarlas en fragmentos. The suburbs es un disco conceptual al modo en que lo eran precisamente algunos de los mejores de Bowie (Ziggy en cabeza, por supuesto) y se puede apreciar el esfuerzo por manejarlo como un todo compacto, concebido como una gran pieza a la que quizá le convenga la orfebrería pop, el gusto por componer melodías asequibles.
The suburbs es la evidencia de ese dolor que produce lo urbano. Cómo la vida en la ciudad es vacua y causa un pesar profundo. Es el disco del desencanto moderno. Es la rendición de la juventud frente al vértigo de la madurez. Y Butler y los suyos lo expresan con hondura, arrebatadora hondura. Sprawl II, mi favorita junto con Month of May (Ramones, sí, Ramones) es la pieza artesana por excelencia, la que se oirá en las radios comerciales, el acceso fácil al complejo mundo interior de The suburbs. Así que me arriesgo (bendito riesgo) a que me contradigan, a que me cuenten que exagero (sin duda, es un oficio muy cordobés) pero he disfrutado tantísimo oyendo este disco...
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15.8.10

Zona cero


La tribu es déspota, la tribu carece de pudor, la tribu sólo busca su beneficio. Las palabras de la tribu son palabras mágicas, severas, firmes. El chamán de la tribu mundial es Obama. Es el chamán y es el censor. A su antojo se mece el mundo. Montaigne escribió que la palabra es mitad de quien la pronuncie y mitad de quien la escucha. Así que hay una responsabilidad intelectual que deriva de la acústica del verbo. Oímos a Obama sobre la mezquita de la zona cero y creamos una opinión. Inevitablemente. Los entrevistados a pie de obra dicen que es una provocación o que es un acercamiento. Todo se deja manejar por la ambigüedad de las palabras. Hubo árabes enterrados bajo las torres. El chamán profetiza que la construcción de la Córdoba House podría unir y apoya el proyecto en base a la libertad religiosa que proclama la Constitución de su país. Cuando Obama dice la palabra América está sacudiendo el corazón de un pueblo entero. No hay otro país en donde una sola palabra, pronunciada con convicción, aireada con el énfasis de un predicador al que jalean su parroquia, llegue tan alto, alcance tan lejos, agite tantas conciencias. Obama tiene una voz profunda. La que no tenía Bush hijo. El político es en esencia un arengador. Un político que tenga la exacta certeza de que lo es por encima de casi cualquier otra circunstancia arenga con más efecto, llega más lejos, agita con más hondura. Obama, en representación de la tribu, no tiene pudor, no da explicaciones, se limita a proclamar su discurso y esperar que la tribu a la que gobierna acepte la invocación. Son éstas las decisiones más críticas de un político como Obama. La religión nunca une: separa, dispersa, enfrenta. Lo sagrado, al ser profanado, llama a la batalla. Los muertos son sagrados en todos los reinos de este mundo. Los muertos del 11-s son mercancía electoral. En todo caso, abastecen ahora portadas, rellenan el vacío del verano, crean en la tribu la sensación de que está siendo saqueada.
La zona cero es un territorio sagrado sobre el que se va a construir una aberración cultural que bien podría haber sido levantada diez manzanas más allá, habida cuenta de que hay cientos de mezquitas en un país en donde se respeta sin límite la libertad de culto. El léxico de Obama desconoce la tolerancia. Al menos aquí la ha dejado de lado. Indigna la falta de sensibilidad del jefe con mando en esa plaza. Crea polémicas innecesarias y, a la postre, dañinas, peligrosas. Sobre el altar del dolor de los 3.000 muertos van a levantar un parque temático en donde se va a poder comer pizza italiana, ver cine en 3-D o rezar a los muertos, a los vivos, a los dioses impasibles que presiden este desatino. Y no es cosa de criminalizar al pueblo islámico. Es obvio que fue una facción la que instigó el acto infame, aunque a su término diera gracias a Alá por la sangre vertida. Es cosa, bien al contrario, de manejar la cordura y no caer en el absurdo de abrir heridas que llevaban mucho tiempo cerradas. Son dolores de una gratuidad hiriente. Es hacer daño sin medir los alcances de ese daño. Yo sigo pensando qué estamos haciendo en Occidente con respecto a ese entramado jurídico llamado libertad religiosa: dejamos a todas las confesiones que funden templos en donde les place, pero no censuramos que se prohíba construir en los países originarios de esa confesión algún templo que represente la nuestra. Sí en mi casa, no en la tuya. Es como si invitamos a un amigo a casa a cenar todas las noches y un día descubrimos que todavía no hemos visto la suya. Y expone esto quien no tiene ninguna vocación religiosa y se siente muy a gusto en este descreimiento vital. Tal vez más, conforme advierto que soy feliz prescindiendo de ese imaginario metafórico, lírico, firme como la voz del chamán en la tribu.
Aquí, en ese plano de lo simbólico, las huestes socialistas asienten, abren, crean un ilusorio estado del Bienestar en cuyo magma hay una ausencia dolorosa de bienestar. Conviven mansa y alegremente pueblos, confesiones y adeptos a una u otra forma de folclor, pero a falta de mezquitas de la discordia, hay recortes en libertades de otro tipo y se nos prohíbe, desde la voz profunda y cavernosa del chamán local, fumar en exceso, beber en exceso, hablar castellano en donde uno quiera, torear en donde uno quiera, comer hamburguesas mastodónticas, tirarse de la peña del pueblo al mar bajo multa, interferir en el aborto de una menor aunque sea el mismo padre el que lo exige y así hasta registrar decenas de actividades que, a los ojos de quien rige el patio, no comulgan con el progreso, con ese credo nuevo de bondades cívicas que parecen entrar a cañonazos, sin atender al pueblo, al arengado, al que se deja y al que se rebela. Y no me causa extrañeza, está ya uno hecho a ver mucho y a acatar indefenso mucho, que el relevo en el poder, caso de que llegue, no flaquee tampoco y saca a subasta democrática excentricidades de este tipo, políticas excéntricas, eso es, insostenibles, carentes de fondo real, izadas para agitar conciencias, para tapar los agujeros del pasado, para aliviar quién sabe qué dolor histórico. Somos tribu y nos movemos por el fervor del verbo. Aquí, cuando un político dice la palabra España, ahuyenta, en ocasiones, a pesar de Iniesta, al público. No agita conciencias, no remueve corazones, no hace tal vez nada bueno. Qué difícil es todo esto.

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Bisontes prehistóricos en el espacio interestelar


En diez años sabremos si estamos solos en el universo. Lo dicen los que miran con lupa las estrellas y hacen ecuaciones con el polvo que van dejando. En esos años, en diez, sabremos si hay competencia ahí afuera. Sabremos, por ejemplo, si los alienígenas son ellos o lo somos nosotros. Si los miles de años de progreso en la raza humana, es un decir eso del progreso, nos han hecho una raza admirable o, por el contrario, somos la escoria del cosmos, una especie de basura genética que ha crecido sin que nadie se haya preocupado de darles un aviso. Uno serio del tipo: O dejáis de hacer el gilipollas o mandamos un virus que os deja fritos. Hipotéticas civilizaciones extraterrestres de más avanzado nivel intelectual o social o afectivo o incluso sindical, qué sé yo. Lo bonito de esa revelación sería ver qué pasa después. Imagino que en diez años las superpotencias, si es que de pronto se descubre que hay ocho planetas con peña a bordo, dejarán de preocuparse del hambre en el mundo o de las tiranías que gobiernan algunos países y se dedicarán casi a tiempo completo a la carrera espacial. Stephen Hawking dice que debemos ir haciendo las maletas. O colonizamos el espacio o la tierra revienta con nosotros dentro. Ese hombre severo y culto, grande en lo suyo y respetado por la comunidad científica, no es el primero que ha visto la luz en los cielos, la escalera hacia las estrellas que cantaba Ella Fitzgerald hace sesenta años. Los extraterrestres hechos en Hollywood siempre vinieron a casa por dos motivos: o buscaban algo de lo que carecían o buscaban reproducirse con hembras terrestres. No he visto yo ciencia-ficción que se salga mucho de estos presupuestos. Al menos la ciencia-ficción básica, la que vemos en cine de verano, abriendo latas de cerveza y comiendo hamburguesas del ambigú de atrás. Como género narrativo, me encanta la posibilidad de que nos colonicen. Si hemos estado aquí unos pocos de miles de años y estamos como estamos, no entiendo qué mal pueda tener que entren unos extraños y nos inculquen ideas nuevas. No tenemos razones para desconfiar de que les muevan propósitos venerables.
Hawking dice también que esos extraterrestres nos invadirán y que nos harán pupa. Yo opino justo lo contrario. Vendrán, si es que vienen, a hacer turismo. O directamente no vendrán. No llamamos la atención. No tenemos nada relevante. Lo que enviamos al espacio no les es atractivo. Esa tarjeta de presentación capa ya, de salida, toda iniciativa de viaje interestelar de un hipotético pueblo alojado en un planeta a millones de años luz de mi pueblo. Aunque mi intuición, sigo con las hipótesis y concedo que alguna tendré, me dice que tienen que haber, en esa distancia impensable, más gente. Ojalá que no como nosotros. Somos dañinos en el fondo. Es cierto que hubo un Shakespeare, un Sócrates y que Bill Evans tocaba el piano como un ángel, pero la raza humana, vista desde afuera, debe de ser patética. Nos ponemos en guerra por cualquier cosa. Por un pedazo de tierra. Por un figura de madera. Por la lengua con las que nos expresamos. Luego es verdad que hacemos las paces, pero son sólo treguas. Volvemos a las andadas. Abran los libros, vean si llevo o no razón. Por lo menos reconocerán que fuimos sensibles cuando quisimos. Que escribimos buenas novelas e hicimos buen cine. Que pintamos lienzos prodigiosos o compusimos obras inmortales, capaces de conmover a un organismo unicelular de la galaxia más escandalosamente lejana. No sé si ellos tendrán unas credenciales artísticas semejantes. A lo mejor nos salva el Arte. Igual llevan milenios perdonándonos por eso. Desde que vieron el bisonte de Altamira. Desde que comprobaron hasta qué punto podíamos gobernar el caos y convertirlo en belleza. Hace un par de días visité la Cueva en Cantabria. Bueno, su hermosa réplica. Juro que me emocioné al verlo. Seguro que no fui el único. Éramos tan brutos y tan sensibles ya entonces...

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14.8.10

El pobre toro


En España, a cuenta de la tradición o al amparo de alguna distorsionada versión del folclor popular se cometen en ocasiones tropelías que en otras circunstancias, en otros países o bajo la tutela de la cordura ética serían delito, acto punible. Como aquí la definición de delito se reescribe casi a diario, las tropelías se cometen a tutiplén, se presume de ellas y hasta buscan patrocinador que las justifique y haga caja del expolio moral. En España existe la matanza del toro de la Vega: una facción sublevada de la razón que alancea un toro y lo termina matando, un gremio de exaltados que se aferran al terruño, al árbol genealógico o al tirón de la sangre para acometer un barbarismo que no tiene defensa alguna salvo las que el feligrés de la causa estime conveniente para dormir en paz y dar cuartelillo a sus ensoñaciones. Cruel hasta el desmayo óptico, en la fiesta de marras, con la anuencia del mando en plaza y jaleado todo por el desquicio popular, ebrios de alcoholes y adrenalina, crecidos de mito, matan con la semiótica del delirio más desbocado. Y lo cuelgan en youtube y lo dan en primetime en televisión. Los afines lo subliman y los reacios lo lamentamos. Y la autoridad, ay, no entra al trapo. Pasa en Tordesillas, en estos días, pero no es privilegio de esa villa. Ni sólo en ella se acometen estas barbaries. /Escrito en septiembre de 2.009 en este blog y releído (retomado) ahora por razones evidentes./

2
Justo un año más tarde, nada de lo escrito prescribe: se siguen cometiendo atrocidades en toda España en nombre de las tradiciones. Pienso, ahora que la prohibición de las corridas es ya una realidad en Cataluña, que el toreo no entra en esta representación perversa de la diversión. No comparto que torear sea un arte porque no he sabido entender qué belleza existe debajo de la coreografía del torero y de las embestidas del toro. No comprendo la Fiesta, pero sí que entiendo que no se puede comparar el hecho de lidiar con un animal y, al final de la lidia, matarlo o morir en ese intento, que humillarlo, herirlo, vejarlo como vemos a diario en decenas de pueblos de España. Soy de la opinión que las personas estamos en un grado superior a los animales. No puede haber leyes que nos igualen. En modo alguno. No puede ser que un oso en peligro de extinción mueva más papeleo en un ministerio que un senegalés o que un rumano. Sucede, a veces, que los fanáticos de la prohibición se emparentan con los fanáticos de su uso y todos terminan embroncados, impidiendo un diálogo, confiando en que los políticos salden la trifulca. Lo de Cataluña, confiado a la clase política, ha salido como ha salido, es decir, mal. Se podían haber prohibido por muchas razones y sería cosa de razonarlas en los foros que se estimen adecuados para su razonamiento, pero se ha despachado la historia de torear o no en la Monumental de Barcelona con mucho aliño soberanista, con mucha refriega patriótica, sin escuchar los argumentos y, sobre todo, sin ser objetivos y, ya puestos, arramblar con todo espectáculo en que se abochorne, linche, degrade o, al final, se mate a un animal. Hay toros que corren con el fuego en los cuernos y hay quien, untado de tradición, contento de Historia, no ve que ese circo entra en la misma categoría que el otro, que el censurado, el que ha abierto a España en dos, cosa que no es la primera vez que sucede. La España taurina gana a la que no lo es. Se van a seguir matando toros, se van a seguir despiezando en los mataderos, se van a seguir usando en patéticos juegos de plaza de pueblo. Y a lo mejor, puestos a ser prudentes del todo o imprudentes del todo también, hubiese convenido dejarlo todo como estaba y darle tiempo y dinero del erario público a asuntos de más peso que éste ahora que azotan vientos de tormenta y se nos vienen encima nubes negras, como la piel del toro, encima, cayendo sobre nuestras cabezas. A plomo. Sin piedad. Sin asociaciones que alivien del peso caído. Sin defensores de los pobres, literalmente pobres, que contemplan, entre el bochorno y la ira, que les van dejando de la mano y que se ocupan, perdonen que me ponga tozudo, de asuntos de menos enjundia. Ésta lo es. Ya habrá tiempo de meterla en cintura dialéctica. Quizá no sean éstos buenos tiempos para desmantelar la fiesta en Cataluña. Por lo menos hasta que se aclare si es España o es otra cosa. Igual eso (salga la refriega por donde salga) importa más que el pobre toro.

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13.8.10

Los dos Peter Lorre



No hay un actor que me fascine más que éste. Tal vez Charles Laughton. Peter Lorre es cine puro, la cara que cualquier director querría y sobre la que montar una historia entera. La cara de Peter Lorre esconde un ángel y también un psicópata. O la teoría de mi amigo K.: el bien absoluto y el mal absoluto son, en realidad, la misma cosa. Eso de los extremos que terminan tocándose. Pero Lorre establece una línea subliminal de miedo que sobrepasa la posible ternura alojada en sus ojos, en su gesto de crápula sin amigos que se muere en las barras de los bares, despeñado en gin-tonics, ejerciendo el oficio de mártir anónimo que todos los que tienen una cara así ejercen alguna vez. Un miedo invisible, inargumentable: a Hitchcock le gustaban los tipos así, a mí me duele que el cine no tenga ahora ningún Lorre en cartel, ningún Laughton. Quizá la época desquiciada de un buen Christopher Walken o los años primerizos de Gary Oldman, antes de ser actor para todo y ganarse el afecto del ejército de admidores de Harry Potter, respetables todos, por supuesto.




Pero a Lorre le preocupa su lado enfermizo, que contagia ternura y miedo, que conmociona al espectador desavisado. Por eso se estiliza, se deja aconsejar, pierde unos kilos, se concentra en adquirir una pose glamurosa, y consigue que olvidemos al Lorre antiguo, al que nos asombró en M., el vampiro de Dusseldörf, el que amenaza a Humphrey Bogart en El halcón maltés, pero a mí me sigue fascinando el enfermo, el tarado, el vampiro. Seré yo todo eso y veré en el espejo al igual que respeto y admiro.


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10.8.10

Vicios con subvención




I
Nadie se acuerda de las pin-ups, las chicas cheesecake de pandero oceánico y sonrisa sublime., el alivio lúbrico de los hijos del Tío Sam a la vuelta del frente, en las barricadas del pueblo, en las fiestas de los sábados con el jukebox zumbando a las hermanas Andrews. Se las inventaron para que el ciudadano de a pie se encabritara con moderación y así no razonara más de la cuenta el quebranto de la guerra y la miseria de una sociedad fatalmente abonada a lo precario. Venían a ser como las folclóricas de aquí, pero en versión cárnica, sin ninguna historia que contar salvo la historia de las curvas que mostraban. Las modelos contribuyeron al bienestar del país igual que Hoover contribuyó a su entenebrecimiento. En España, a falta de chicas vintage de formas generosas y gestos promiscuos, se creó un sólido ministerio de distracciones populares que convino la necesidad de que unos cuantos niños cantores y unas cuantas mozas copleras entretuvieran la hambruna del pueblo. Esta facción del poder a la que se le he encomendaba el distraimiento de la gleba ha durado hasta hace bien poco. Ignoro si todavía hoy en algún recoveco de las Instituciones se fomenta este destape modestito como fármaco subliminal que mengüe las penurias que lamentablemente persisten. España ha crecido en libertades y ya no sobreviven los corsés morales que antaño educaron a nuestros ancestros. Los míos, a fuerza de no conocer otra visión del mundo, carecen de la perspectiva suficiente como para entender este relativismo (en palabras teológicas) que nos azota. Ahora preocupa el iva sangrante, el despegue económico que no llega, el paro criminal, pero hay de vez en cuando ramalazos de radicalismo, toros que se venden como si fuesen vacas indias y tradiciones (la de la fiesta, que no comparto, pero que respeto) que se borran del mapa de las costumbres a golpe de soberanismo rancio, de políticos que todavía no han aprendido que todas las banderas vienen de Hong-Kong, como dibujaba una vez El Roto, que es un pincel sensible a las borriquerías del pueblo ensimismado, roto por sus vicios, tozudo, torpe, minimalista.



II
Hace poco, en unas jornadas de cata de cerveza, un oktoberfest asturiano o algo así, sacaron en el cartel de rigor a una señora con escote agreste y ubres como campanas burgalesas. Los reacios a ese uso de la mujer (escote, tetas, mohín descarado) pidieron la retirada del cartel. Sexismo. La tiranía del macho. Los que lo sacaron se emperraron en dejarlo. En Alemania, donde no sólo cuelgan cartelería promiscua sino que las jarras las sirven alegremente mozas bien servidas de mamas, llevan años con estas nobles tradiciones populares. Creo yo que hacen falta pin-ups, sean hembras, sean machos, y que no hay que llevar al Parlamento asuntos tan triviales. Porque lo son, a pesar de todo. Triviales como una portada del Hola. Lo que es innecesario es la prohibición cansina. Toros, humo de tabaco, escotes de vértigo o lo que vaya viniendo, que me temo que es mucho todavía. Cansa, aturde, sonroja en ocasiones, demuestra este estado quisquilloso de las cosas que estamos a punto de entrar en una época turbia, de vicios desmedidos, de gente clandestina, furtiva, buscando pin-ups en las paredes, en las calles, aduciendo en su defensa que están las leyes duras y que hay que buscar alivio (moral, ético, lúbrico) en donde sea. Malos tiempos para la lírica. Me tomo una cerveza para celebrarlo todo. Sin alemana ubérrima que me anime. Como leí en una camiseta hoy: a mí no me hace falta divertirme para beber.
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9.8.10

Origen: El blockbuster inteligente


I
Los sueños compartidos son la vigilia de los que creen no estar dormidos. Borges especulaba con la posibilidad de que Dios soñase esta realidad. Una especie de Dios infinitamente dormido, real mientras escribe el sueño. Luego, caso de que despertara, no recordaría la materia soñada. Esa inocencia le excusa sobre la torpeza de su creación. Nosotros, al recordar un sueño, sólo extraemos fragmentos, escenas deslavazadas, símbolos a los que tratamos de atribuir un significado. Creo que a Christopher Nolan no se le ha escapado que ha filmado una película borgiana. No sé si al maestro argentino le hubiese gustado la parte operativa del film, la parte de la historia en la que sus personajes son hijos de su tiempo, el cinematográfico, al menos, y se enredan en batallas registradas como números de ballet (pienso en Michael Mann, en Heat o en Enemigos públicos). Pero le hubiese encantado el fondo metafísico, la exquisita propuesta intelectual ofrecida por Nolan. En Origen apabulla la acción, pero no aturde: siempre se supedita al interés de la trama, siempre se acoge al supremo arte de escribir una historia.
II
Más Borges: Dios nos sueña y, al tiempo, nosotros lo soñamos. Dios es una invención estrictamente humana. Dios nos inventa a nosotros. En este plano, en este teología laberíntica, funciona Origen: una especie de Ocean's eleven metafísico, un James Bond que razona la naturaleza del tiempo, un espía que cuestiona la esencia misma de la realidad y trabaja en su periferia, en el mundo de los sueños. Como si navegásemos el córtex de la divinidad.
III
La idea que funda el film es ya antológica: unos cuantos mercenarios saquean la conciencia de sus víctimas. Nolan acude a la ciencia-ficción como género puro: en la ciencia-ficción puede instalar esa idea, llevarla a término, crear una cartografía apta en la que desplegar sus piezas. Pero el mapa de contenidos precisa del volumen: es un atlas con varios niveles, es un edificio en cuyos pisos sucede la historia. Lo que Nolan nos cuenta es un viaje a través del laberinto. Incluso se permite incluír a Ariadna, que es el nombre del personaje del arquitecto, interpretado por Ellen Page. El puzzle es fascinante. Catártico. Hipnótico. Cobb (un cada vez eficiente Leonardo Di Caprio) es el agente invasivo: se adentra en los sueños de sus víctimas, sustrae información y sale sin daño aparente. El plus ultra de Origen hace alusión al propio título: Cobb no se va a limitar a robar, va a introducir información. El concepto fundamental de la película es la posibilidad de crear una idea que sea limpia, ajena a contaminación alguna, que no suscite la desconfianza de quien sueña al reconocer que no ha sido implantada, sino que fue generada por sí mismo. Una idea (repiten más de una vez en la cinta) es un parásito formidable: el mejor de todos ellos. Una vez inoculado, ya ingresado e instalado en el cerebro, adquiere trascendencia, se transforma y se convierte en un arma decisiva. A partir de aquí, Nolan regala un espectáculo visual incontenible.
IV
Origen es también una historia de amor, una accidental, imprevisible, funesta, luctuosa: Dominic ama a Mal después de muerta como Edgar Allan Poe amaba a Annabel Lee (hace muchos años en un reino junto al mar...) en la bruma de sus ensoñaciones. La ama a pesar de que ha muerto. Su amor perdido está en el subconsciente al que accede cada vez que le place: Mal arruina sus trabajos porque de alguna forma reclama que regrese al limbo en el que reside. Este amor funerario condiciona la película casi enteramente: Cobb, acusado de la muerte de su esposa, quiere redimirse, alcanzar el perdón de la administración de su país (que no le permite regresar sin pasar por la cárcel) y abrazar a sus hijos, que desatiende y a los que venera.
V
Nolan huye de lo fácil, de lo previsible. Las capas del sueño en las que se va desarrollando la trama posibilitan que justifiquemos un escenario barroco, surrealista, una golosina creativa, pero Nolan se afilia a la razón, prescinde de lo onírico puro y registra paisajes caóticos, pero argumentables desde todos los niveles narrativos. Origen exhibe un vigoroso argumento, muy básico, muy lineal, aunque capaz de sugerir una cantidad absolutamente escandalosa de ideas. Eso debe ser lo que hacen los genios. Esta película es obra de uno. Algunas de esas ideas, a falta de fans incondicionales con los que debatir, las expongo aquí de forma desordenada. Me siento incapaz de escribir con coherencia, respetando un guión. Expreso mi fascinación como puedo, me expreso también hasta donde alcanza mi entusiasmo. Ya he escrito alguna vez que estados absolutos de alegría, de bienestar anímico, rebajan la inspiración. Al menos, rebajan la mía.
VI
Origen no es engolada: no pretende ser una obra maestra, se adscribe al mainstream industrial, se deja querer por el blockbuster veraniego, se presenta como la opción noble del cine de acción que todos (alguna vez, muchas veces, todas las veces) buscamos. El cine, al cabo, busca (ante todo) la conmoción óptica. El buen cine no precisa la complejidad: el arte, al ser expresado con limpieza, sin artificios excesivos, expresa con más contundencia, con más elocuencia, su condición misma. Belleza e inteligencia al tiempo. La película es hermosa, es inteligente, está pensada para durar en el tiempo. La disfruté muchísimo y la disfruto ahora, pensándola, recreándola.
VII/Avispas
Anoche soñé con avispas. Una, en especial, extraordinariamente grande. Estaba quieta, en el suelo. Alguien me la señalaba. Me pedía que la matase. Lo hice sin dudar un instante. Todavía puedo oír el crujido del cuerpo al quebrarse. Lo sorprendente, lo que hace que este volunto mío de contar un sueño quepa en esta resaña cinematográfica, es que recuerdo soñar que la avispa estaba en un sueño y que no podía agredirme. Yo la mataba en un sueño. Me convertía en un héroe porque dentro de los sueños no cabe el dolor. Basta despertarse. Luego admito mi inestabilidad durante el día. No he dejado de pensar en avispas. En sueños.
VIII
Nadie deja de pensar en Matrix al razonar (si es que eso cabe en este caso) Origen, nada más salir de la sala, al cruzar ideas con amigos, pero al tiempo que uno recuerda la defunción de lo real que proponía la historia de los hermanos Wachowski, piensa en que esta inversión de la ortodoxia narrativa (varias capas, varias subcapas, jardínes de senderos que se bifurcan incesantemente) es menos trágica, no reproduce modelos complejos donde el concurso de la ficción científica es fundamental para llevar a la pantalla el argumento, sino que acude a un modelo clásico. Matrix era, por momentos, fría, incongruente, estilísticamente retorcida. Origen es cálida, formula un modelo de la realidad que no es inducido sino que nace de lo íntimo, y cada espectador recrea en su memoria una historia distinta, una conclusión distinta.
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6.8.10

Perlas de verano

Sería estupendo que la mosca del vinagre le robase más minutos a Michele Obama en televisión, pero lo que mueve al mundo no es el amor ni la fe: al mundo le hace girar el dinero. Da lo mismo que los científicos encuentren en la mosca diminuta un conducto que les guíe hacia la curación del cáncer. El dolor es más rentable que la alegría. Siempre vendió mucho la lágrima. Casi todo el teatro de Shakespeare está cubierto de paños trágicos. Provoca más morbo hurgar en la herida. El que cae congrega más público. El melodrama, incluso en el arte, gana más adeptos que la crónica de la felicidad.
A Baudelaire le gustaba escribir bien agasajado de absenta. Yo mismo, un ejemplar ridículo de escribiente doméstico, en estados de euforia, en esos ratos en los que se está obstinadamente alegre, prescindo de la escritura. Por eso interesan más las malas noticias. En agosto, en mi kiosko, los periódicos vienen enfermos de páginas, desnutridos, como si el calor excluyese la vida y sólo necesitáramos leves brochazos de lo real. Incluso los telediarios vienen recortados. Que haya venido Michele Obama entusiasma a hosteleros y a paparazzis. Los espectadores no sabemos bien qué pensar. La Primera Dama parece una franquicia del McDonald's, un emisario del león de la Metro, una especie de embajadora de la Coca-Cola, que es un brebaje universal que hermana al pobre y al rico, al opresor y al oprimido.
Lo de la mosca del vinagre queda al margen. La mosca benefactora no es fotogénica. La mosca cojonera de todos los veranos es este año una mosca de premio Nobel, una que dará a sus descubridores un Príncipe de Asturias, un aparte en la prensa del ramo. Luego el olvido. Porque las noticias buenas no interesan tanto: da más prestigio que la mujer de Obama pasee su porte yanki por la cal del pueblo andaluz recién puesto en órbita. Que visite un carmen granaíno o que le canten una soleá en el Albaicín.
En este ferragosto infatigable sólo hay crónicas sobre qué tiempo habrá mañana y el solivianto del ignorante al oír las reclamaciones de los controladores aéreos, que van a dinamitar la caja del turismo. En mitad de este paisaje está Mou con sus chicos. Casillas, feliz por heredar la capitanía merengue, ahora que Raúl está haciando las alemanias. Están algunos descarrilamientos lejanísimos con fotos peregrinas que ocupan veinte segundos en 24 horas. La economía, tan enclenque, tan apaleada, se aplaza frente al tumor benigno de la calina cayendo a plomo sobre los chiringuitos. Y Baudelaire, cegado de éter, daría un spleen ibérico, rebajado de hondura, alicatado de insecticidas, untado de coppertone, oliendo a espeto y a tinto de verano. Baudelaire, en este vértigo estival, sería un paria a las puertas del Corte Inglés, uno de esos hippies letrados que se hacen mayores durante toda su vida y cantan a lo Janis Joplin con una gorra tumbada en el suelo, con un perro pulgoso muriendo de tedio, sin saber que ha venido la Obama a mi tierrra, que la mosca del vinagre es el bicho favorito de los científicos o que Iniesta no ha sido convocado por Del Bosque para el amistoso mejicano. El verano, a pesar de estas melodías de seducción, no sirve para nada trascendente. Ya mismo viene el otoño y con la caída de las hojas se izarán otra vez los entusiasmos líricos, la alegría del pueblo llano, liberado de rigores, metido otra vez en casa, en familia, a resguardo de todas esas distracciones que los que manejan el mundo nos ofrecen en estos días para sobrellevar el cansancio.

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3.8.10

Las cosas no son como son, y tampoco hace falta...

Valle-Inclán escribió que las cosas no son como las vemos sino como las recordamos. Entre lo fabulado y lo vivido a veces no existe mayor diferencia que la intensidad de esos recuerdos. Releída ahora, al albur de estos tiempos sentimentales y trágicos, apocalípticos y relativos, que diría el Papa Santo de la Santa Roma, la frase de Don Ramón estimula la percepción de un presente tan escorado a la ficción, a la literatura, a la invención lúdica, incluso la más perversa, que parece un capítulo desgajado de un novela.
Acostumbrados a confundir los titulares de prensa con los argumentos de las películas del garrulo Michael Bay, no deja de doler que la lluvia haya zanjado mil vidas en Pakistán, noticia que por suceder en Pakistán no alcanza la categoría de noticia que otros, ocurridas a este lado de las cosas, en el mundo visible, que es al cabo el que importa. Cuando otro cataclismo ocupe los rotativos y nos lo ametrallen por los canales habituales rebajaremos un dolor para colocar otro. El mundo gira con su pesada carga de fauna, flora, piedras y agua. Mientras unos (lo vi hace poco en televisión) se encuentran a sí mismos en hoteles de muchas estrellas, servidos como reyes, pagando como marajás, otros se pierden, no se hallan, nunca van a hoteles ni saben lo que es ser servidos como reyes y sacar tarjeta y pagar como marajás. Supongo que el mundo es así y así seguirá siendo hasta que explote por el azote de algún meteorito apocalíptico o porque la viejura lo resquebraje y se nos parta, quejumbroso, doliente y con mucho parkinson en árboles, playas y sistemas montañosos.
Sólo pienso en la frase de Valle-Inclán, que me ha seguido toda la tarde. Su frase lapidaria, incendiaria, reticente a no ser desmenuzada. Luego todo será un recuerdo. Como capítulos de una novela. Como un trailer de una película. Recuerdos. Escenas de verdad mezcladas con otras que nacieron en la ficción. Hoy mismo ya no recuerdo si de verdad bebí hasta caer redondo o era una película de Billy Wilder, no sé si me explico o ustedes piensan que me he puesto elusivo, tangencial y un poco gilipollas.
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