29.7.10

Danny, Sandy, Vincent y Mia


Danny Zuko ama a Sandy Dee. Vincent Vega no ama a Mia Wallace. Lo dicen las caras, lo que las caras enseñan sobre lo que hay debajo. Danny y Sandy creen en los cuentos de hadas y sospechan que el amor es una especie de flecha a la que no es posible esquivar. Vincent y Mia creen en el éter, en las sustancias psicotrópicas y sospechan que el amor está únicamente en las películas, y por supuesto en no todas. Las hay en las que no se muestra una pizca de amor. En la que ellos están hay amor como inmenso es el mar, que dijo otro, hace tiempo, pero estos tiempos de fiebre y de vértigo esconden el amor verdadero, evitan que se exhiba en exceso. Y todo eso lo puedes ver en las caras de Danny y de Sandy y de Vincent y de Mia. Ahí está escrito el amor en el cine de los últimos treinta años. Sin dirigirse una palabra. Sólo con lo que dice una cara. Algo, no obstante, los une. Más que el amor y las anfetas, más que el ruido de los coches y las royal con queso. La música. Una pista de baile. Una orquesta. Discos. Luces. Sudor. Eso es lo que Quentin Tarantino extrajo de Danny Zuko. Ahí es en donde John Travolta se esmeró en derribar un mito y construir, sobre los mismos mimbres, otro. Creo que necesita otra pista de baile para levantar el tercero. Uma Thurman hace anuncios caros. Olivia Newton-John... ¿dónde está Olivia Newton-John? Ah, sí, en un cine de barrio de cuando yo tenía doce (trece, catorce) y fui con un par de amigos (Raúl, Antonio) a ver Grease. El cine ya no está. Lo derribaron. Construyeron un bloque de vecinos. Alguno de ellos estará justo ahora viendo alguna de estas películas. La vida es extraña. Eso es de Lynch.

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28.7.10

Una de Kurtz en vena


I
Este hombre es un dios, pero la deidad vive sola, piensa sola, se duele sola la debilidad de sus hijos. La felicidad consiste en la presencia de un intruso. El dios en su laberinto se explaya en el relato de la proeza de su reino. Le cuenta al intruso que la soledad hiere y, al modo en que la soledad humana lo hace, termina enloqueciendo a quien la sufre, aunque el herido sea un dios.
II
Estos días he releído a Conrad y me he prometido que en cuanto la tenga a mano, no será pronto, creo, me meto una dosis de Kurtz, una de Coppola, una de helicópteros ametrallando valkirias, una de Jim Morrison contando que se acerca el fin.

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27.7.10

Catedrales



Hoy no se construiría ni una sola catedral. En lugar de catedrales, se construyen Ikeas a las puertas de las ciudades, se levantan parques temáticos, se izan templos consagrados a la liturgia del comercio, que tienen sus misales, su altar con su coro, su crucero, su piedra solemne arrullada de siglos. A falta de fe, hay cámaras reflex. Mientras yo vaciaba mi asombro echando fotos aquí y allá, una señora muy mayor, sentada con un recato infinito, me miraba con atención. Yo era un intruso. En los planes de la eternidad, caso de que los haya y de que estén a disposición de quien los busque, no está la visita turística. Un templo de la fe como souvenir. El intruso disfrutó con la catedral de Lugo. Umbría, silenciosa, deliberadamente oscura, hipnótica como pocas. La fotografía que más me gustó fue ésta. Registra el silencio. Lo expone modestamente. Porque allí el silencio era sólido como las piedras severas que la sostienen. Al salir, al pisar la calle, recibí la llamada de un buen amigo. Hablamos de marcas de cerveza, del colesterol, de los veinte grados de más que él respiraba en Córdoba y de cómo las piscinas públicas y los aires acondicionados aliviaban esos rigores. Nada que no supiera. Lo que me costó fue saber regresar al siglo XXI. De alguna forma, mi alma (en las catedrales uno de pronto se da cuenta de la existencia del alma) estaba en ese pasillo estricto, mirando con prudencia a la señora muy mayor que rezaba frente a la capilla.
Hoy, a falta de catedrales, se construyen Ikeas a las puertas de la ciudad, macizas instalaciones de disipación, que diría mi amigo K. Antes el común de los mortales, a falta de Ikeas, se disipaba en otros asuntos, se perdía en la majestuosa presencia de las catedrales, que servían para hacer al hombre muy pequeño y hacer a Dios muy grande. Ese Dios grande de la catedral de Lugo me acompañó treinta minutos, que fue el rato (arriba o abajo) que estuve dentro de su casa. Una vez pisé la calle, descreído como soy, volví a mis vicios relativistas y confirmé que la belleza está en algún lugar secreto y que nos pasamos la vida entera buscándola. Como sabe mi amigo Pedro admiro sinceramente a quienes entran en una catedral y, aparte de la turbación artística, encuentran la otra, la emocional, la que está en ese alma a la que yo tuve acceso durante treinta minutos. Juan Carlos, con el que he compartido cerveza, amistad y conversaciones sobre la religión, sabe que disfruté. Yo me acorde él. Lo quise allí, conmigo, celebrando la belleza absoluta de la piedra. Luego saldríamos a la calle y buscaríamos alguna tasca en la que, a noble pie de barra, festejar el asombro. Hay las suficientes en Lugo, a la vera de su catedral, como para aturdirnos sin esfuerzo.


Lo que pasa en mi pueblo, lo que pasa en el mundo


No hay bar en A Coruña en donde no haya un periódico a mano. Raro es el que no tiene los dos regionales de cabecera y el deportivo de turno. Los leo con la distancia que me da saber que no van a caer en mis manos en adelante. No sé con qué distancia leo los habituales, pero éstos de ahora confirman algunas certidumbres previas: que la prensa provincial se esmera en lo suyo propio, en contar las historias de adentro, en formular una teoría que haga de lo propio algo compartible, necesario, una especie de red social en la que todos los que leen la crónica de lo que le rodea se hermanan, se solazan de esa verdad íntima, provinciana y perfecta. Yo jamás entro en lo que sucede en Carnota o en Betanzos salvo que el rato del bar se prolongue o confluyan circunstancias extraordinariamente especiales. Hoy, pongo por caso, he caído en una lectura más a fondo de un diario y he entendido, conociendo los asuntos de la comarca, que tampoco éstos difieren en demasía de los de la mía propia. Asuntos que, por otra parte, suelo dejar para el final o, más certeramente, no leer cuando cojo la prensa de mi provincia, que tiene también dos diarios de peso. En uno de ellos, en donde escribí durante un par de años artículos, al modo en que escribo aquí en mi página, descubrí que un buen columnista puede salvar un periódico. Nada que no suceda en la prensa nacional o en la diversa (muy diversa, insisto) que haya en otras regiones y que no he tenido el gusto jamás de abrir. Uno lee literatura siempre. Las columnas buscan el refinamiento estilístico, el apunte personal, todo eso que un buen lector no encuentra en el a veces excesivamente rutinario procesamiento de las noticias de alcance, en donde el periodista, obligado a contar, exento de interpretar lo contado, se debe limitar a ofrecer la información de forma limpia y contrastada, sin aristas, sin toda la contaminación cultural que el buen lector (insisto) desea pillar.
Por eso hay periódicos online que censuran los artículos de opinión y únicamente regalan (es un decir) los titulares, la parte cartesiana de la información. Si alguien quiere gente pringada, kamikazes de la palabra, que pague en el kiosko el euro y pico del papel, vienen a decir. Yo llevo años comprando prensa casi a diario. La oferta digital no me ha frenado en exceso. Incluso llevo la prensa en el móvil y en ocasiones me distraigo buscando al columnista de mi agrado mientras hago cola en el supermercado o sencillamente espero mi turno para entrar en un museo. Un gerifalte del New York Times cuenta esto: que la información, a pesar del casi todo gratis de la Red, va a tener que pagarse, que un lector ocasional va a tener a su disposición las letras brillantes, la información gruesa: el que desee afinamiento, a pagar toca.
Hoy leí uno de esos artículos que hacen que merezca la pena soltar el euro y llevarse bajo el brazo el papel impreso. Lo firma un completo desconocido, al que seguiré por la Red ahora que lo conozco. Me ha bastado un excelente artículo publicado en La Opinión A Coruña. Ánxel Vencé escribe una deliciosa rendición de verdades en estos tiempos del twitter. Lo hace con una escritura fantástica. Me llevo a Andalucía un buen montón de cosas gallegas, pero también en mi ordenador, en la barra de Marcadores del Firefox, unas líneas de texto, uno de esos links, que me llevan a su columna de periódico de provincia. Obviaré, supongo, la parte local, y entraré a gusto en lo universal. Pasa en ocasiones que el buen cronista cuenta lo suyo propio como si fuese del interés de todo el mundo. Shakespeare, pienso ahora, hacía eso continuamente. Ahora lean el artículo del sr. Vencé, por favor


24.7.10

El mar del fin del mundo



Al mar le está privada la inocencia. Uno lo mira con un respeto infinito. A la tierra firme no se la mira igual. Ayer estuve al borde mismo del fin del mundo, en Fisterra, en esa punta fantástica de la razón cartesiana. Creí entender el pavor mitológico de los antiguos, la sensación de que nada había más allá de esas aguas. Los modestos barcos de pesca que distraían el azul crónico de mi visión parecían naves a punto de emprender un viaje mítico. A diferencia de otros días en los que perderme en ese limbo perfecto de belleza aturde mis sentidos, ayer quise que no me faltase la entereza, miré el agua limpia, saqué mi cámara de fotos y capturé lo que mis ojos me ofrecían. Ninguna de las fotografías, esforzadamente limpias, registradas con mi cámara nueva, casi estrenada con esa travesía óptica exquisita e irrepetible, me satisfizo después. No porque estuviesen mal tiradas. Creo que no hay fotografía que sea capaz de aprehender esa minúscula porción de felicidad narrativa, de plenitud cromática. Luego está la literatura, los barcos que se atreven a penetrar en el abismo, los que vuelven y lo cuentan a lomos de metáforas luminosas y de historias imposibles y los que se quedan y hacen que las metáforas se convierten en mitos, en leyendas. Viendo en Fisterra, en la Costa da Morte coruñesa, ese mar primigenio, casi primerizo, virginal y puro en mi fantasía de lector de Melville y de Homero, pensé en Dios, en la posibilidad de que no exista y en la que esté por ahí arriba observando la tragicomedia de su obra. No llegué, por supuesto, a conclusión remarcable. Se mira el mar y se piensa en que no es inocente, en las vidas sacrificadas, en las vidas noblemente salvadas por el indescriptible concurso de su misterio. Ahí es donde guardé mi leica y anduve de vuelta al coche, sorteando turistas alborotados, yo entre ellos, conscientes de haber asistido a un espectáculo ancestral. Homero me conducía al paraíso. Uno eventual, efímero, como los que encuentro a diario y me abandonan a diario. El faro allí instalado no es antológico, ni siquiera es un gran faro, amigo Álex, pero incluso eso parece no cobrar importancia.

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21.7.10

Gran Angular




Igual que hay libros que únicamente podemos apreciar desde el escaparate, paisajes de los que advertimos su belleza en una película o ciudades que nos hechizan cuando nos las cuentan otros, hay gente que es incapaz de franquear la distancia que les separa de la belleza y necesitan que los demás se la sirvan en bandeja, traducida, reducida a una mínima expresión masticable. Se aturden cuando deben emprender la escalada al significado y se pierden en las líneas de texto en donde se cifra (mágicamente) el camino de acceso a la cueva de todos los tesoros. Lo que está pasando es que no salimos a la lluvia y la contemplamos distraídamente desde la rutina burguesa de la ventana. Nos fatiga la travesía: nos incomoda incluso pensar en que esté ahí, extendida, a la espera de que la recorramos. Nos hechiza lo sencillo, nos da esa certidumbre impostada de que la vida se puede gobernar sin que tengamos que poner en juego demasiados recursos. Ajustamos el modo inteligente de la cámara y dejamos que el procesador de última generación haga el trabajo que no deseamos hacer, tal vez el más bonito, el que nos pide un precio - moral, ético - que debemos pagar.
La vida es la lluvia desde la ventana, el libro desde el escaparate, el paisaje en la pantalla y la ciudad cuando nos la narra otro. Y abrimos la televisión (porque las televisiones, en cierto modo, más que encenderse, se abren) para asegurarnos de que todos los demás hacen lo mismo que hacemos nosotros. Complicidad en la pereza. Divinas palabras de condolencia. Sentimientos que nos igualan y nos confortan. Si el vecino saca la bandera de España al runrún del éxito de la Roja, busco una bandera y cuelgo la mía. Lo que no entra en el cálculo es que yo abra camino y un día, sin esperar nada a cambio, me vista de otra manera, oigo otra música, vea otro cine o lea otros libros. En el otro, en la otredad, está la belleza. Pienso todo esto a propósito del significado de los viajes, de la realidad que se esconde debajo y de cómo el viajero, el bueno, prospera en la travesía, se identifica con lo viajado y se pierde en los caminos que recorre. Aunque eso exige un aprendizaje, un recorrido, en donde se cometen errores, en donde uno desecha el vértigo y prefiere la línea recta, el camino ya hollado. Todos somos viajeros buenos y viajeros malos. Depende del día, depende del deseo. En la pérdida, en esa fuga de la norma, está la verdadera esencia, en el desajuste del modo inteligente de la cámara, en la búsqueda de la novedad, en la querencia a descubrir paisajes nuevos. Huir de las franquicias de pizza, pisar calles que no aparecen en las guías, entrar en bares que no registra la guía Michelín, pensar que el mundo está ahí a capricho propio, que la vida siempre está afuera. Que vivir es un riesgo adorable.

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19.7.10

Teoría frágil en una mañana de domingo...


Hay imágenes cogidas del natural, pilladas con entusiasmo, registradas en el corazón bondadoso de esas cámaras estupendas que igualan al amateur y al sibarita, que parecen fondos de escritorio. Uno las toma pensando en eso, en el puñetero marco de bienvenida de windows. Ésta es auténtica al modo en que lo son las fotos familiares, pero no puedo evitar pensar en su falsedad, en que no es creíble como sí lo sería si una gaviota cruzara el cielo o un turista accidental (se me van las palabras y sale cine) atravesara la toma y uno no consintiese en borrarla. De todas las fotos que hice esa mañana (unas treinta, creo) ninguna tan hipnótica como ésta. Ninguna que me haga pensar más en Saussure o en Eco o en un profesor fantástico que tuve en la Universidad (Luís Sánchez Corral) y que me inoculó la belleza de las palabras y la fascinación que ejerce el modo en que esas palabras se relacionan y los signos que ocupan el lugar de las palabras para contar más misteriosamente la trama oculta debajo de la trama visible. A mi amigo Luís, que ya no está, le he recordado hoy en un parque público mientras mis hijos miraban el mar y yo pedía al azar o a dios o a los espíritus secretos de las nubes sobre el Atlántico que la felicidad de ese momento no se me olvidase nunca.

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15.7.10

Historia de una ciudad



La calavera y las tibias cruzadas aluden a la literatura mítica de la fundación de la ciudad y de cómo Hércules decapitó al rey Gerión y erigió una torre bajo la que yace la cabeza de su enemigo. Si hoy se levantasen ciudades nuevas, ignoro a qué acudirían los heraldistas para configurar el escudo identitario. Carecemos ahora de mitologías o, caso de haberlas, lo son frágilmente, se escuchan al modo en que se escuchan las historias que se cuentan en las películas de Hollywood. Estamos a merced de unos pocos mercaderes que escriben la Historia a golpe de talonario, contratando al galán de turno y gastándose un escándalo en promociones, en cartelería en las marquesinas de los autobuses y en campañas de márketing carnívoro. Hoy, al cabo, no se levantan ciudades nuevas. Ya nos vale con las que tenemos y aún así todavía nos estrujamos la mollera inventando cómo gobernarlas, a quién permitir el paso, a quién no. Al escudo de A Coruña le bastan las tibias, la calavera, la torre, la concha del peregrino, toda esa imaginería fantástica que ha surcado los siglos y se adueña sin estrépito de las películas de Jerry Bruckheimer.

13.7.10

Sobre héroes y patrias



La necesidad del héroe es como la necesidad de Dios. Está la épica y está la retribución exacta de un mundo perfecto al que podemos acceder y que parece estar ahí a disfrute propio, hecho a semejanza de los sueños que casi nunca se convierten en realidad. Lo que pasa es que la realidad se empecina en aturdirnos, en estropearnos la cuota de felicidad que creemos nuestra y a la que dirigimos todo el empeño de nuestra existencia. El héroe es la extensión fiable de nuestras miserias. A mayor desdicha, mayor aplicación en la búsqueda del héroe. Anoche España se asomó al escenario de los suyos, vio el desfile festivo, gritó el nombre de su país y cantó como nunca he visto yo cantar himnos cerrados de filiación nacional, de orgullo por sentirse español y de júbilo por manifestarlo a pulmón abierto, sin pudor, como si hubiésemos estado acallando ese grito y ahora, por la vía de un gol de un muchacho de Albacete, fuese la hora de airearlo y proclamar su valía, su valor antológico.
Al héroe, como a Dios, se le abraza y se le desabraza con el mismo entusiasmo. Depende de la fuerza con la que uno crea o de la cantidad de derrotas que suframos en la vida. A alguien hay que echarle la culpa de esas derrotas. Lo que nunca es nuestro es la victoria. La ajena, la que puede representarnos, es la que sentimos con más fuerza. Anoche el pueblo se echó a la calle y expresó su españolidad. Luego sabemos que todas las banderas las hacen en Hong-Kong y que el nacionalismo es otra cosa. Lo de ayer no es nacionalismo. Es otra cosa mucho más telúrica, de más hondo pálpito sentimental. Los países se construyen en las guerras y en los partidos de fútbol. La Historia siempre se escribía a golpe de sangre. Ahora esta que ahora manuscribimos, así a pie de calle, viendo a los héroes hablar como nosotros y azorarse como nosotros, no incluye la sangre como texto visible. Da otros contenidos: el valor, el empuje, la constancia, la creencia de que nadie, en principio, vale más que nosotros sólo porque nunca hayamos creído en exceso en nosotros mismos. Más que "podemos", ese grito demencial al que nos han acostumbrado desde hace dos años, debemos decir "creemos". Yo, que soy un descreído, he advertido en este relato veraniego de lujuria óptica y emocional que se puede creer en cualquier cosa que nos restituya la felicidad perdida, el entusiasmo perdido, el amor propio perdido en algún recodo de la Historia. Valores olvidados han sido rehabilitados por obra de un deporte magistral y de un equipo iluminado que, a fuerza de ser templados y de ofrecer siempre arrojo, determinación y talento, han iluminado también una sociedad que se estaba hospedando en un gris sospechoso, en una tristeza a la que hemos convidado a vivir con nosotros y que se estaba haciendo fuerte. Me temo que el tiempo devolverá todo al sitio en que estaba antes de que Iniesta taladrara la portería de ese gigante holandés cuyo nombre me recuerda vagamente a una marca de cerveza alemana.
Lo que ha pasado en este tórrido inicio de verano es que han venido los héroes del fondo mitológico de nuestras pasiones y nos han amenizado la grisura de estos tiempos con un vendaval catódico de gestas universales, y eso lo decimos a sabiendas de que algunos interesadamente han insistido en la raíz catalana de este espíritu español, como si pudiéramos parcelar el mérito de un equipo y someterlo enteramente al lugar en el que crecieron o en donde viven sus integrantes. Se es andaluz o se es catalán azarosamente. Los países son azar puro vendido como cromosoma inextinguible. Uno está siempre a expensas de que lo nazcan en uno sitio o en otro, que lo conduzcan de una manera o de otra, que lo eduquen con uno u otro criterio y que le enseñen unos ideales u otros. La propia religión es un vértice de este azar convulso en el que estamos. Se es cristiano por nacer a la vera de una iglesia o se es budista por nacer a la vera de un templo o se es agnóstico, ateo o laico por leer esto o aquello o por tener a mano a agnósticos, a ateos o a laicos que de también de una u otra manera nos tatúan una forma de comportarnos, un sentimiento, un modo de estar en el mundo.
Anoche (insisto) estuve feliz viendo a eso de la medianoche en televisión el homenaje que el pueblo le daba a estos valerosos que han inundado las calles de un júbilo extraño, mitad metafórico, mitad mundano, dándole horas de trabajo a los sociólogos de oficio y a los aficionados, creando estados de opinión estables sobre la naturaleza caótica de la patria, enseñándonos a convivir cuando hace un mes costaba hermanar pueblos limítrofes, calles aledañas, vecinos de puerta. Todo se contaminaba de esa aversión natural a exhibirnos limpiamente, a contar que somos de un lugar y que nos enorgullece esa pertenencia. Pronto estaremos de nuevo en donde estábamos. Nos acordaremos de Iniesta de cuando en cuando y pensaremos en esta travesía por la alegría como algo enciclopédico, anecdótico: "En ese mes de julio fuimos los mejores, ganamos el Mundial..." Poco más. Vivimos en el hoy percutido por el ilusorio mañana: vivimos en ese limbo sin aristas, en ese voluntad de juntarnos, de sentirnos parte de un todo, aunque ese todo haga aguas, se hunda a poco que descuidemos el trabajo, toda esa tira de encomiásticos deseos a los que acudimos para salvar el barco. Éste se llama hoy Iniesta, se llama Casillas, se llama Xavi, se llama Del Bosque, y lo coronó un beso global que le dio un portero a una periodista antes los ojos del mundo. Viva la vida, viva el amor, viva el fútbol.

Ah, escribí ayer desde Lucena, hoy escribo mil kilómetros mal al norte, que iba a estar unos días sin escribir. Se ve que no era cierto. No sé cumplir mi palabra.


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12.7.10

.... y España volvió a reinar en el mundo


El pulpo es un alien, un oráculo, pero el gol lo ha marcado uno de Albacete.

posdata:

Por unos días, un par de ellos, tres a lo sumo, mantendré cerrado El Espejo.

Buen verano. Que no aturda la canícula.


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11.7.10

Atticus cumple cincuenta años


Harper Lee escribió un libro para esconderse dentro. Hoy se cumplen cincuenta años de que inventara a Atticus Finch, el hombre bueno por excelencia, bueno machadianamente, bueno bíblicamente, bueno a salvo de todas las imperfecciones del mundo. Hoy hace todos esos años que esta mujer registró la historia de un abogado contra el Sistema, contra una sociedad cafre, incivil, escandalosamente injusta. Atticus es para siempre el impecable hombre vestido de blanco, con gafas de pasta que Gregory Peck bordó en la película Matar a un ruiseñor. La he visto muchas veces y sé que tengo que verla muchas más. Ahora la veo como cura, como evidencia de que un mundo mejor es posible y todo eso que uno se cuenta cuando ve que las cosas ahí afuera se están liando en exceso y que no tenemos aguante para casi nada. Hacen falta algunos Atticus en estos días atropellados. De algún modo Atticus simboliza la verdad sobre el caos que genera la mentira, hace pensar que un hombre solo puede derribar los altos muros de esa injusticia que campa por la tierra y se hace fuerte sin descanso. Hoy hace cincuenta años el libro de Harper Lee vio la luz. O la vimos nosotros, no sé. En estos días, encerrada en una granja con una hermana, con ochenta y cuatro años, la autora rehúye toda evidencia de que existe. Le da de comer a sus patos y evita los fastos y los premios. Como su Atticus. Limpio. Puro. Perfecto.

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10.7.10

Frank Sinatra y la mecánica celeste


A mí me pasa también de vez en cuando. Me siento como está sentado Francis Albert Sinatra, dejo reposar la barbilla sobre la mano izquierda y hago como que el mundo está ahí justo para que yo lo observe. Contemplado desde esa distancia, el silencio ocupando las palabras, la mirada alojada en la esencia más serena de las cosas, el mundo es hermoso. Está ahí para nosotros. Sin el concurso de nuestra mirada, sin que pensemos en él, el mundo no existe. Londres vive en el momento en que pienso en la ciudad cosmopolita, en sus bares, en sus calles, en los parques. Mis libros se convierten en libros, en objetos armados de sustancia, de belleza, cuando los elijo y abro sus páginas. En el momento en que nombro la dicha, el mundo sucede. El buen lector, el avezado en estas digresiones de domingo tórrido de julio en mi pueblo, puede evitar la pose Sinatra, el desvanecimiento postural, esa actitud de demiurgo razonando la mecánica celeste. Sí, ya sé que me estoy perdiendo, que desde Frank Sinatra sentado en el estudio de la Columbia, esperando grabar You do something to me o Love and marriage a la mecánica celeste hay mucha voluntad y mucho desatino semántico, pero es que hoy me he levantado espeso y no me sale n otros desahogos del alma. Sabrán entenderme.

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9.7.10

Rewind II

Escribí un texto parecido a éste hace un tiempo y hoy alguien me ha referido una historia básicamente idéntica. Va por él.

Sería más o menos así:
Uno no nacería menguado e inerme, vacío en tamaño y en conciencia, ni iría después creciendo en juegos y en llantos, en dioses y en fábulas, probando, errando, cayendo, subiendo. Prescindiríamos del acné adolescente, de los amores platónicos y de las amistades eternas. Tampoco estarían la fatiga de los años escolares, las primeras erecciones rudas e incómodas o la rebeldía contra los padres, que es una forma de rebelarse contra uno mismo. Sobraría el pavor mitológico ante la sospecha de que Dios existe o de que no existe. Y no tendríamos que encarar con resignación la rutina de la edad adulta, la impertinencia de la vejez. Menos traumático o menos patético, sería nacer ya maduro, canoso, calvo o gordo, e ir más tarde, paulatina y generosamente ganando en aplomo, en tamaño, en conciencia, entre lecturas por el parque y paseos por la playa, bebiendo café en las terrazas con amigos, rejuveneciendo año a año. Buscar entonces esposa, procurarse unos hijos, un trabajo que nos plazca, dejar que el tiempo nos merme y, al final, cubierta la edad madura y la juventud, repasada la infancia, morirnos en una cuna, en un flato artero o en un patio de jardín de infancia. O mejor todavía: morir en el vientre materno, enamorados, enfermos, hospedados como reyes, como dioses. Los habría afortunados: aquéllos que tuvieron la dicha enorme de morir en un orgasmo paterno, aunque no sea el propio. Onanismo mortal.

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7.7.10

5.7.10

Mugshot




En Miami, en 1.969, al tiempo que los Beach Boys amenizaban las playas con sus historias sobre amores con tabla de surf, Jim Morrison se emborrachaba de peyote, de LSD, de marihuana, de cocaína, de pastillas para la úlcera y de heroína. Todo aliñado con ingestas masivas de whisky. En ese menú tóxico no hay mejor catre que el de la cárcel. No, al menos, uno más razonable. En Tallahassee lo arrestaron por sacarse el pene en un concierto y simular practicarse una masturbación, por incitar a las masas a matar a sus padres y cepillarse a sus madres y por ir absolutamente ebrio o absolutamente drogado o ambas cosas en alegre coyunda química. Ya se sabe que las drogas despiertan al genio dormido, pero Jim Morrison, en paz con su hígado, en las horas sin machaque etílico, era un apasionado de las nobles artes de la más alta literatura (poesía francesa, inglesa, incluso refirió alguna vez haberse despachado a Góngora). Fue probablemente Charles Baudelaire quien le introdujo en los poderes sanatorios de las sustancias estimulantes. Convenientemente estimulado, Morrison se bilocaba, se convertía en otro, se desplazaba a mundos secretos de donde traía las letras psicodélicas de sus canciones. Hippie místico, Morrison fue un mártir de la cultura de masas del siglo XX. Vivió poco y al modo en que quería William Blake, vivió rápido y dejó un cadáver exquisito. Su discografía es irregular, pero contiene introspecciones épicas, himnos intemporales que todavía hoy erizan la piel (Light my fire, en vivo; Riders on the storm, mis favoritas) Murió en París, que es en donde decidió ir cuando el negocio del rock le hastió lo suficiente. Allí leía poesía, amaba a alguna de sus parejas (tuvo decenas) y se empastillaba para no perder el vértigo tóxico en la sangre. Escribieron paro cardíaco, pero los rumores (los fiables, los que no lo son) introducen la causa del reventón del corazón. El peyote. El LSD. El whisky. La marihuana. Pero también Baudelaire, Huxley, Dickinson, Valery, Eliot. La poesía no mata, pero te da una muerte más hermosa.



Abuso de menores: el crimen más nefasto, el menos excusable incluso contando que ningún delito, a pesar de que haya causas atenuantes, debe ser excusado. Michael Jackson es Peter Pan, pero un héroe alado y tarado, un ángel sin fe, un niño mal crecido, mal aconsejado, que anduvo entre gente que le agasajaba y gente que lo expoliaba, adulado, convencido de ser un mesías de bondad confinado en esta mundo para hacer el bien a los niños descarriados, incluído él mismo, para quienes construyó un carrusel de mentiras, una montaña rusa de placeres pasajeros, tiovivos, norias, camas de agua y espejos deformantes. El suyo amplificaba la deformidad, que venía ya embrutecida de fábrica. No se le excusa, aunque ahora su muerte haya convertido al pederasta amateur, bienintencionado, pero retorcido, en una atracción perfecta de parque temático. Mirándolo a la cara, en esta fotografía, en otras, uno piensa en El hombre elefante de Lynch, en un Dorian Gray sacado del cuadro antes de que la carcoma le devorase el rostro. Otra de sus pequeñas obras se exhibe justo debajo. Sigan leyendo esta colección de atrocidades periodísticas.





La atrocidad parida arriba: Maculay Culkin es un niñato y la cercanía del tito Michael Jackson no le benefició. El actor simpático que se perdió en casa en los felices ochenta devino después un alcohólico y un depresivo. Visitó los calabozos por posesión de marihuana. Bastó una noche en la comisaría y unos miles de dólares para compensar el estropicio. Su presencia en la Historia del Cine es testimonial. Una especie de Shirley Temple insumiso, politoxicómano, cliente habitual de camellos de los arrabales. Hace poco se le vio en el candelero de nuevo. Una entrega de premios. Parece estar rehabilitándose, pero todavía no se le ha encontrado un papel que le redima. Sigue estando solo en casa. Ahí, en ese extravío doméstico, es donde debió descubrir, por azar, créanme, el mueble-bar. Con el vodka. Con el whisky de marca. Con todos esos licores nobles que alivian la soledad familiar.



A Hugh Grant se le desarmó el lacónico porte de gentleman de comedia cuando lo pillaron hocicando la testuz en la entrepierna de una prostituta negra y de aspecto desaliñado de Hollywood, una tal Divine, que sacó tajada de la fellatio que practicó y paseó su hazaña por platós y revistas de papel couché. El sexo fácil, el pagado, induce a pensar en desatenciones privadas, en apetitos desordenados o en una abstinencia obligada por una pareja pacata en exceso o poco dada al intercambio natural de cariños. No creo que esta imprudencia haya marcada la carrera de Grant. Ni tampoco pienso que no haberla tenido la hubiese aupado a un escalón en donde nunca ha estado. Es el tipo de actor de óptica amable, incrustado en un género dócil, escasamente amigo de premios y de aplausos de la crítica feroz. Esa crítica feroz ni siquiera considera a Grant: lo admiten como un socio estable de la nómina de actores del sistema, pero no entran a considerar que pueda dar el salto y agarrarse a algún proyecto de más nombre. A mí me cae bien. Lo de Divine me parece una debilidad expuesta a modo de pecado. Esa actriz buenorra que tenía como pareja entonces, Liz Hurley, debía de hacer un comentario a pie de página. Todo el mundo tiene sus razones. Estos ingleses.






Bowie es el glam y los alcaloides, la fiebre transformista y el Berlin de la psicodelia. Es también un icono fundamental en la música de consumo de los últimos cuarenta años y un personaje a salvo de las modas, superviviente como pocos, respetado como pocos y creído como pocos. Le agasajaron como el nuevo mesías de la liberación y creó un personaje arácnido o alienígena o pachanguero o todas esas máscaras de la reconversión aplicadas con exquisito desparpajo. Su paso por la comisaría contribuye a la épica de su biografía. Los hagiógrafos del Bowie camaleónico, en continua reinvención, podrían extraer lujuriosas parábolas sobre la influencia del rock en la sociedad civil del siglo XX y cómo algunos de sus gurús encabezaron una cruzada pacífica, irreverente, fascinante en busca del grial de la inspiración, de cierto tipo de mística aliñada de anfetas, riffs formidables y letras catárticas. Luego la épica deviene rutina y Bowie sacó discos espantosos, renegó de su pasado legendario y se refugió en las pistas de baile, en arreglos horteras y en películas de poco lustre o de un lustre gris de saldo. Ser héroe sólo por un día puede acarrear problemas con la autoridad, visitas a la cárcel, propaganda para que el siguiente disco se promocione solo. Entonces no existía el facebook ni los discos venían con la guarnición del DVD en directo y la contraseña para descargarse material extra en la página web del artista. Hoy en día Bowie estaría secuestrado por las redes sociales, viajaría de un Ipod a otro, de un disco duro a un espacio virtual. Nada le es ajeno. Parece el padre de todos estos mequetrefes que llenan ahora estadios y ensayan ramplonas melodías sobre abducciones y amores vampíricos. Todos deberían rezarle de noche mientras escuchan en privado, en unos cascos de diseño, las historias de Ziggy Stardust. Le debemos tanto. Ah, el arresto fue una sencilla posesión de marihuana. Estaba con otro icono insustituíble y, a lo visto, más tocado todavía por los efectos secundarios de esos estimulantes: la iguana Iggy Pop.




El polvo de amianto de los motores de los aviones que tuvo que lustrar durante el servicio militar le provocaron un cáncer de pulmón y murió en la edad sublime de prometerlo todo y no haber jodido en exceso el reflejo de su estrella. Era como un James Dean vintage, sin su aureola dramática, sin su pedigree de ángel atormentado. Steve McQueen se retrató en las películas que hizo y en sus vicios públicos. Amó los coches, las mujeres y las artes marciales. Se benefició de un rostro cinematográfico como pocos y dio indicios fiables de que podría haber sido un actor fantástico, a lo Paul Newman, mucho más de lo que Peckinpah pensó cuando lo usaba como el rebelde americano que despedía a cada gesto, pero se malogró antes de esa transformación y dejó un puñado de películas antológicas y una decena de pósters para dormitorios de quinceañeras. Prefab Sprout le dedicaron un disco y una amiga mía echa una lágrima cada vez que vuelve a ver Bullit o La gran evasión. Leo que Daniel Craig puede hacer de McQueen en un biopic. No sé si registrarán el paso por la cárcel del temerario conductor deportivo. El arresto fue en 1.972. Conducía ebrio. Nada del otro jueves.



Acusado de traidor, el gobierno de los Estados Unidos encarceló a Ezra Pound. Allí se explicó al mundo con sus Cantos y tradujo a Confucio. Con algunos genios de las letras uno prefiere el soslayo, evitar en lo posible el descubrimiento de las filiaciones públicas. La literatura es siempre un mundo de lo privado, un mundo único que por circunstancias precisa del concurso del físico. Pound no es el poeta de la progresía intelectual: nada extraño si se hace caso a eso de que estaba fascinado por Mussolini. Pero Pound, éste aquí expuesto como un ratero, fue amigo de Joyce, de Hemingway, de Dos Passos, de T.S. Eliot o de D.H. Lawrence. Les ofreció su amistad y les editó parte de su obra. Leí los Cantos cuando no los entendía y los he releído ahora que tal vez entre algo más en su vigorosa revisión de la Literatura. Me parecen música. Me fascinan y me ensimisman. Me transportan y me regresan. Me hacen sentirme feliz de ser un hombre en este mundo y me cuentan secretos sobre el cosmos. La poesía, en el fondo, es una confesión íntima de esos secretos, una especie de decodificación de los mensajes que se esconden en la lluvia o en los abrazos que nos damos quienes nos queremos. A Pound le quisieron poco. Anduvo de manicomio en manicomio y murió en soledad, incomprendido, alimentando (sin deseo alguno) esa estupidez que consiste en crear animales fabulosos a partir de materiales impuros. La locura es impura. La genialidad es impura. Pound, en su cárcel, en su jaula al sol, vigilada por ejércitos, es impuro.

Stravinsky era un ruso yankinizado. Entre barras y estrellas fue feliz y ejerció de músico a pleno rendimiento. Se dejó embaucar por el glamour y la opulencia de Hollywood y se codeaba con la high society con libretos bajo el brazo y esa cara de mafioso con el corazón noble. El motivo por el que pasó por la cárcel fue una particular versión del himno de los Estados Unidos que, a juicio de la autoridad, a lo común zopenca y granítica en términos artísticos, excedía lo admisible y entraba en la categoría de la mofa o de la ofensa. Una ley del estado de Massachussetts confinaba entre rejas a quienes se atrevían a entrar en el territorio sagrado del bien público, esto es, el american way of life, la bandera ondeando en las calles, el tañido limpio de las iglesias en esos caminos de Dios y la música sublime del himno patrio. Yo me quedo con la obertura del Pájaro de fuego, que fue mi entrada bautismal en Stravinsky vía Yes. Ustedes me entienden.




Si te apodan The Killer es normal que algún día te hagan una fotografía así. O más de una. En esta vemos al rockero Jerry Lee Lewis ya talludito, desafiante, sintiéndose rey de un reino que la ley no controlaba. Este arresto fue posterior a su visita al Londres puritano de los sesenta de la mano de una flamante esposa, una prima suya de 13 años. Elvis se alojó en las drogas en la época tardía, en el declive creativo. Jerry siempre flirteó con el exceso. Esa fue su contribución a la historia del rock, la del killer, la del salvaje aporreando el piano, bebiendo a morro entre número y número, concediendo a sus biógrafos material exclusivo para escribir páginas memorables de sexo, drogas y rock and roll. Esta fotografía es anecdótica. Parece una pose natural. El pueblo americano lo jaleó y lo fusiló, lo encumbró y lo derribó, pero fue grande y sus pelotas eran de fuego. El mismo fuego que aplicaba a los pianos después de sudar sobre ellos un par de enfebrecidas horas de rock.




Johnny Cash cantó a los reclusos en Folson o en San Quintín. Otro al que le gustaba entrar en presidios y entretener a los convictos fue B.B. King. No dudo que todavía lo haga. Cash era un tipo en la cuerda floja, un cronista al que se le deben crónicas a pie de calle, relatos sanguíneos sobre el perdón y sobre la fe, salmos inyectados de alcohol, compuestos en trance. Creo que hay un invisible hilo que ocupa el aire y enlaza a gente como Cash o como Hendrix o como Neil Young, músicos iluminados, carne de presidio en muchos casos. Cantar en Folson como uno canta en casa.

Activista en la América obtusa de Nixon, en la creencia de que su agenda podía esconder números, domicilios o indicios del comunismo más extremo, la policía la arrestó con la invención de que en su bolso había narcóticos. Jane Fonda mostró esta guisa en la comisaría de Cleveland. No había fármacos ni había agenda, pero esta actriz formidable, inteligente y comprometido en un Hollywood donde las mujeres bonitas raramente se involucraban en otro compromiso que no fuese actuar y hacer caja, disfrutó (imagino) con la prueba irrefutable de la incivil maquinaria de censura de la Administración. Disfrutó al punto de que todavía hoy se la ve exhibir en camisetas la fotografía que ilustra este comentario. Está mayor, está seria, está alejada de casi todo, pero hizo lo que se le antojó y abanderó causas que entonces eran casi exclusivamente viriles.


A Frank Sinatra se le perdona todo. El arresto data de 1.938. Todavía no era La Voz. Luego vinieron los flirteos con la Mafia y los apaños en la política. Vinieron los discos en la Columbia y los espectáculos en Las Vegas. Nadie pensó en un joven Sinatra entre rejas. De hecho no hay noticias sobre los motivos de la acusación. Debió caramelarse a los guardias cantando algo. Ya lo he dicho: yo a Frank Sinatra se lo perdono absolutamente todo. Podía ser un psicópata, un Hyde, un crooner que en horas libres desvalijaba las arcas de los casinos. Es Frank. Todo el mundo tiene debilidades. Una de las mías más queridas es ésta.



Debieron pillarle en alguno de sus muchos malos días. Contento de bourbon. Subido de coca. Fue, a lo leído, en un tasca de mala muerte en una comarcal de Texas. Se dejó aturdir y se dejó llevar. Hopper, en esencia, era un rebelde, uno de esos tipos de bar en apariencia pendencieros, que se embravucan a la míniman. Aparte de ese perfil simplificado, Dennis Hopper fue un alma en continuo tormento, un superviviente que hizo casi lo que quiso y terminó comido por un cáncer y por las deudas. Esta fotografía es irrelevante.



Una lengua mala y viperina escribió en un foro sobre estrellas del rock que arrestaron a David Crosby por tener cara de cerdo, pero la verdad es que le pillaron con drogas y armas, pero sólo cayó una condena levísima por conducción peligroso: estaba ebrio. Años más tarde, amplió el perfil carcelario cuando fue arrestado por tener en casa una cantidad escandalosa de cocaína. Consumo interno. Nada de trapicheos de barrio. Pero cinco kilos son muchos kilos para aliviar el stress del circo de la fama y ponerse contento para cantar como los ángeles con sus amigos de la banda. En total fueron cinco años de trullo a pesar de que el bueno de Crosby lloriqueó durante el juicio y pidió clemencia por servicios prestados a la comunidad del rock and roll. Su voz cristalina, meliflua y candorosa me acompaña justo ahora, al tiempo que tecleo esta entrada de mañana de julio. Those were the times...


Se han perdido los detalles del arresto, pero aquí está Dios Gates. Se saltó un par de semáforos y rebasó en unas pocas millas el límite de velocidad del estado de California. Hoy, caso de ser pillado, el procedimiento de la causa sería procesado por maquinaria de su entera responsabilidad. Todo queda en casa. Bill Gates está feliz, se le ve pletórico, como si estuviese por encima de esa nimiedades. Su destino sería otro. Su contribución al bienestar del planeta hace posible que ahora mismo usted y yo estemos entablando esta conversación en el limbo de la Red. Es el padre del Limbo. Loado sea. También se le excusa todo.