29.6.10

Un año más tarde, sigo viendo ángeles...



Hay personas extremadamente sensibles que alcanzan la plenitud estética observando una puesta de sol o escuchando un aria de Verdi. Yo mismo he entrado en esa catarsis prodigiosa y he salido por mi propio pie, aturdido, enfermo, débil. La belleza comparte con el amor esa rara vocación succionadora. El enamorado, al caer en el trance galante, pierde nervio, flaquea, renuncia al foso con cocodrilos y altas almenas vigilantes desde donde antes oteaba la realidad. El enamorado, si verdaderamente lo está, es un tipo vulnerable.
La literatura lleva algunos milenios dibujando personajes convictos de esta causa. Incluso alguno de los personajes más celebrados de esa alta literatura de la que hablamos (y también la baja y la intermedia puestos a tirar de inventario) son individuos a los que el amor ha robado el tino, ha poseído vampíricamente y (por último) ha convertido en guiñapos, en títeres, en sombra de lo que fueron antes de que la cicuta del amor los intoxicara irreversiblemente.
Y la belleza se alía a estos pensamientos y allá donde el lector entendió que hablábamos de amor diga ahora que es la belleza la que mueve los hilos de la trama. De hecho el amor es una forma de belleza que no se conjuga bajo las artes de ninguna disciplina. Está por encima de la pintura y de la literatura, no obedece a los cánones de la arquitectura ni de la escultura, desoye los avisos de la música y a su modo abraza todas estas nobles formas de lo artístico y se expande como una estrella de mil puntas que escondiera trazas de todas.
Al modo en que funciona el amor o la belleza debería también funcionar la fe. Hablé con un amigo que la fe es una especie de deslumbramiento, de repentina traducción de un término precioso al que no dábamos significado. Él concluía que no se puede estabular ese hallazgo. No hay forma alguna de que lo conduzcamos hacia adentro por mucho que abramos cauce y pidamos que entre con todo el fervor del que dispongamos. No podemos evaluar ese impacto emocional. No podemos gobernar lo que la razón no entiende. No podemos (ya por último) llevar la fe a las escuelas, sacarla de los templos igual que no podemos obligar al que gobierna y crea las leyes y las hace cumplir que rija su mandato bajo la óptica de la moral, que es un asunto enteramente regido por deslumbramientos y por convicciones tal vez demasiado íntimas. Por eso podemos quitar crucifijos de sitios públicos: porque expresan ideas particulares, apasionamientos particulares, opiniones particulares. No es porque ofendan a nadie: una cruz no ofende, pero no alcanza a todos, no agrada incluso a todos.
Y así vamos unos y otros, enamorándonos, oyendo arias de Verdi, rezando (quien lo haga) y perdiendo y ganando a cada nuevo día. Yo, que a veces tengo la sensibilidad levantisca y pagana, estoy hoy receptivo. Tal vez esta tarde vea ángeles y me azoten con su verbo como quería el santo Juan de la Cruz. Y si no es así y llego a la cama esta noche con la misma desobediencia mística que de costumbre, me enfangaré en lecturas blasfemas para olvidar esta tentativa de creyente recién iluminado. No caerán tantas brevas. Seguiré perdido, en tinieblas, lejos de la luz, en esta oscuridad tan portentosa, sin que los ángeles susurren en mi oído las palabras exactas que perturben ya de una vez mi ferrea concha de incrédulo. Decididamente me siento a gusto en mi cáscara de descreído. En la descreencia, acéptenme el invento, se vive mejor. Se vive más alerta.

(Al texto justo hoy hace un año le he borrado una inconveniencia sintáctica y le he añadido un par de líneas. Ahora me visto de martes y me voy a trabajar...No está la cosa para descuidar esas formalidades diarias)

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28.6.10

La liturgia de la belleza


Sin venir a cuento ni a poema, aunque ella se empecine en lo contrario, mi amiga Mari Carmen me ha regalado hoy un libro estupendo sobre un poeta barroco del siglo XX, Pablo García Baena. Lo importante no es libro sino su periferia, el hecho de que entre todos los libros posibles el elegido haya sido uno de poesía. O uno sobre poesía. Estoy feliz por tener amigos que piensan en mí y buscan poesía en las librerías. Estoy feliz por Pablo García Baena, por Mari Carmen y por la bendita ilusión de que un libro pueda alegrarte un día. Ya se lo he dicho a ella esta mañana. Me ha regalado un día feliz. Y no se me ocurría otro modo de expresarle mi agradecimiento que estas palabras en este rincón suyo y mío y vuestro. La dedicatoria la guardo dentro del libro.

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London calling: Springsteen en Hyde Park



A Springsteen se le da bien manejar estadios. A la legión de feligreses que los revientan se le da bien perdonar sus faltas porque el jefe les ha entregado un repertorio inmortal durante tres décadas. Esa colección de canciones basta para pasar por alta una afonía (en este caso, grave, en una gira en la que hubo otros conciertos de más calidad, a lo leído en foros y en prensa) o que falte algún clásico. Yo lamento que no incluya Thunder road, pero lo compensa metiendo el himno de los Clash, el que da título al álbum.
A su favor, descontando la cuota de fervor del público, relajando el punto de vista crítico y aceptando que hubo momentos mejores, está el sublime registro del concierto, merced a cámaras de alta definición, y la ya habitual generosidad en minutaje. 28 canciones y 163 minutos pueden aturdir. El doble DVD sale a la venta mañana y será una pieza más en la gruesa oferta de directos de Springsteen. A mí me sigue fascinando la versión del London calling. Para todo lo demás yo sigo buscando el triple Live 1975-85. Ahí quizá influya la querencia al material antiguo, la vigencia de aquella caja de cartón duro en donde reposaban los vinilos, que tuve y que luego recompré en CD cuando los discos compactos eran algo mágico todavía. Hoy, en estos tiempos de rapidshare y de megaupload, se ha perdido gran parte de la magia del desprecintado, la certeza de poseer algo físico, algo que tocar y no, tiempos duros éstos para los románticos, la fragilidad digital de un archivo codificado en un disco duro. Springsteen estaba afónico y yo, en este lunes descabalgado de rutinas, ocioso, estoy sentimental. Se lo perdonamos todo.

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27.6.10

Photo finish



Soy de Poe como otros son del Real Madrid o de Burgo de Osma. Ser de Poe o ser de Borges, más que una descripción de intenciones estéticas o intelectuales, es una compostura anímica y esa filiación a un modo de sentir y de contar la literatura modifica la relación que mantenemos con la realidad. La mía, al menos, es una relación conflictiva y colisiono con ella a poco que la miro de cerca. Vista de lejos, en cambio, es perfecta. Los pájaros pasan y Ana María Shua escribe un libro de metaficciones hiperbreves o Cristiano Ronaldo está dispuesto él solo a cortarle los atributos al toro de la bandera patria. Si hay una relación de conflicto entre la realidad y uno de sus usuarios, búsquenme: tengo cháchara para acabar cerrando bares. Si uno se plantea escribir de una forma firme y estable, sin depender de iluminaciones ingeniosas ni repentinas criaturas sintácticas que te piden que escribas en servilletas, en facturas de supermercado, en comprobantes de cajero automático, entonces tienes que ser de Poe o ser de Chéjov o de Carver o de Cleever o de Hemingway o de McCarthy. Ya lo he dicho. Por encima incluso que ser católico o ser de izquierdas o ser buena persona o una calamidad de ser humano. Escribir nos salva y nos condena, pero detrás de la contundencia tópica del aserto, sobrevive la certeza de que la literatura existe al tiempo que el aire o el agua o la necesidad de pasear las calles y contar el vértigo. Sobre todo contar el vértigo.
Hoy el escritor que me roba horas al sueño o a la lectura o al sencillo cómputo de las historias de los que me rodean me ha pedido que registre en el blog mi absoluta falta de pudor, el hecho incontrovertible de que cada día que pasa necesito de la escritura para no caer (ya caemos, ya caigo, ya caeré) en la mediocre felicidad de no intentar (al menos) relatarme este viaje. Luego uno se muere y entonces qué. La realidad, vista de cerca, aturde. No pienso morirme sin contar todo lo que me ha asombrado en la travesía regalada.

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24.6.10

Yo también nací para el ocio




Yo también, como Marcel Duchamp, nací para el ocio.
JACQUES DERRIDA


I
De entre los muchos oficios que mis cuarenta y cortos años han realizado me quedo con el de ocioso. Paso por alto todas las contaminaciones que la palabra ocioso pueda contraer y que empañan la acepción que yo resalto. Soy un ocioso convulso. No sé aburrirme. Entiendo, tal vez como Duchamp o como también insiste Derrida, que nací para el disfrute del ocio y que a esa circunstancia se le van agregando ingredientes inevitables sin cuyo concurso difícilmente podría entregarme al mío más amado. Me refiero a todo lo que no es ocio. El trabajo, por si alguien piensa mal, es en ocasiones un placer, y por esas ocasiones (aceptemos que no todas, pero muchas) lo incluyo en el privado diagrama de Venn de las que cosas que me procuran júbilo y que me hacen disfrutar de esta vida. No creo en otra, así que debo esmerarme en aprovechar al máximo ésta única que me he encontrado.

II
Podría vivir sin escribir, pero no sin leer, oí decir a K. en un pub inglés hace años. Comparto lo que dice. Hasta Borges lo haría. Lo que no quisiera sería verme obligado a tener que elegir entre una forma de ocio y otra. No sé hacer música y me siento enteramente satisfecho con que otros la hayan hecho para mí. La escritura, que conduce a la literatura, es un arte más asequible. Llevo escribiendo desde 1.985 . Hay circunstancias (que vienen al caso, pero ahí está el poco pudor que le va quedando a uno) que me hacen ser preciso con la fecha. En todos esos años he leído cientos de libros, he visto cientos de películas (miles quizá, las llevo cumplidamente anotadas en varios cuadernos de anillas) y he escrito miles de hojas. Esto de disponer de un blog es una de las cosas que más agradezco porque me permite escribir para los demás. No se puede escribir para uno mismo, aunque el volunto primero, el vértigo hecho semilla de las primeras palabras nace dentro de uno, sin atender a quién va a escudriñarlo. He dicho que tengo un punto de pudor todavía. Estoy yo y está la periferia del texto. Este Espejo de los Sueños es esa periferia eventual. Lo cerraré un día y guardaré en un archivo con alguna extensión críptica esas miles de entradas (van ya dos mil doscientas y pico) en las que he intentado explicarme y que me expliquen. No lo he conseguido, pero el trayecto (como quería Kavafis) está siendo largo.

III
Yo absolutamente feliz escuchando la pieza que ilustra este post. No hay una música en el mundo que me aísle del mundo como ésa. Una de las funciones de la música es la de servir de refugio. El jazz era un biombo tras el que esconderse, escribió Cortázar. Siempre está la voluntad de salir, pero está también la de entrar y permanecer invisible al resto durante el tiempo que dura el prodigio de la belleza. La pieza de Shostakovich, que escuché por primera vez en una extraña película de Kubrick, me guía y me tutela.






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Addenda: triste sería que todo el ocio al que yo pueda aspirar se resuma en libros, discos y películas. Así parece, a lo leído arriba. En todo caso añado (en un mismo punto de interés, en un interés mayor o incluso en uno menor según de qué hablemos y en qué estado de embriaguez estética) los viajes, las barras de los bares, las conversaciones con los amigos, los paseos por la ciudad, el amor que gime si se le sabe rozar, los padres, los hijos, la luna en la calle Bourbon, el paseo marítimo de Fuengirola - donde he sido inmensamente feliz-, el bendito inglés de Shakespeare o de Ian Dury, me da lo mismo, el café, las carnes rojas, las gambas de Huelva, el olor a lluvia recién caída, la oscuridad junto con el silencio...

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23.6.10

El año de las luces





Siempre hay un año de sombras, un vacío inargumentable. Uno en el que los pronósticos sobre la vida no se cumplen y la fortuna se obceca en contrariarnos de una forma canalla y absurda. Cuando se tuerce el camino, tal vez en ese visible momento, es cuando la vida se abre a colores como un atlas, que decía Serrat en una hermosa canción. Dejamos de ser tiernos. Perdemos el pudor. Abandonamos la inocencia. Uno puede cometer el error de pensar que la ternura, el pudor y la inocencia desaparecen del todo, pero en algún lugar, tocando la tecla adecuada, salen de nuevo.
El año de las sombras, el año en que nos dimos el batacazo y la herida en el amor propio certificó nuestro ingreso en el mundo de los adultos no se olvida jamás. Pero las sombras arrojan luz, emiten luz, crean borbotones fantásticos de luz duradera. Mi año de las luces es un disco de Jimi Hendrix, un libro de Poe, una novia flacucha y bolchevique que inventé en un cuento, un sábado por la noche en una fiesta en la que sonaban Tequila, Leño y los primeros Beatles, una letra de una canción de Elton John y (aquí no lo tengo del todo claro) un inesperado desparpajo en merodear el riesgo y en no desfallecer en el manejo de las adversidades, que habían dejado de ser las contrariedades adolescentes de antaño y eran, por el contrario, brumosas y trascendentes como un argumento de Kundera.
El amor se aliaba con mi imprudencia y entre los dos fui recorriendo el trayecto que va de tenerlo todo claro a no poseer certidumbre alguna, que es el signo inequívoco de que se ha madurado y, ante todo, entendido de qué va esto de vivir. Ahora, en una edad talludita, en la certeza de que media vida, al menos, ojalá, ya he vivido, me siento todavía huérfano e ignoro de qué va esto de vivir, aunque disfruto con esa incertidumbre y me voy acercando a la meta sin dejar de asombrarme de las fallas del camino.
El año de las luces, el año del deslumbramiento fue también el año de la poesía, del jazz, del blues, del amor platónico y del amor tóxico, del cine negro y de las escaramuzas etílicas con algunos amigos cómplices. Nada de aquello ha dejado de existir ahora. Prosigue mi amor inmarcesible por la música negra y por los cuentos de Borges. Me conmueven con la misma intensidad los delirios románticos que antaño activaban mi yo lírico, aunque me descubro canalla, herético, crápula en lo posible, sublime cuando me aburre la ortodoxia de las costumbres presentables y me sorprendo pensando mal y acertando.
Disfruto a mansalva con la soledad buscada de mis discos y no niego la visita inoportuna que me devuelva, cuando estoy ebrio en exceso, a la realidad recién descabalgada. Y ahora me flipo con mi blog, con la ventana perfecta para airear mis vicios y apreciar y celebrar los ajenos. Por ellos vivimos. En ellos estamos.

addenda:
La foto que ilustra el post es uno de esos sitios en los que soy absolutamente feliz. Hay otros, pero a este le tengo un afecto inquebrantable.

22.6.10

J.S.



En el fondo, todos tenemos necesidad de decir quiénes somos y qué es lo que estamos haciendo y la necesidad de dejar algo hecho, porque esta vida no es eterna y dejar cosas hechas puede ser una forma de eternidad.



Quien manejó esta máquina de escribir no compró su primer libro hasta casi los veinte años. En ella creó a sus muertos visibles y a sus vivos sin alma, en ella dejó noticia de sus héroes de pueblo, gente de ideas firmes y de muy humanas convicciones, que descreían de los milagros y que confiaban fatalmente en la buena voluntad de los otros. Gente abochornada al comprobar que la economía dirige los gobiernos, que la democracia es un negociado de una multinacional o que la fe en el más allá rige los destinos de este acá fabuloso al que algunos se empecinan en envenenar con parábolas, promesas de un mundo mejor más allá de éste y otras frivolidades del alma sensible. Está muy bien que el Vaticano haya dejado escrito lo mala persona que era. Mala persona significa descreer, contravenir la rutina moral de este occidente hipócrita en el que el escritor se sentía infeliz. Por eso se refugió en Lanzarote. No está en el cielo. Lo han quemado y han esparcido sus cenizas en su pueblo y en un árbol en su isla bendecida por el cosmos. En eso sí creía. En el cosmos, en el materialismo limpio de la Historia, en el hombre como Neruda lo forjaba en sus versos, en la vida sin fábulas vendidas como crónicas. Él era un hombre de fábulas, pero el escritor se refugia en la ficción. No lo han entendido. No le importaría.

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Todo lo que no sé y me aguarda...


I
Al cine se le encomiendan en ocasiones oficios que no le corresponden: se le pide, incluso exige, que distraiga, conmueva, anime e incluso sane. Hay hasta quien mantiene la firme convicción de que el cine nos hace mejores personas, pero cuando la proyección finaliza y se encienden las luces, percibimos de nuevo la realidad, su fiebre, su vértigo. El cine (digamos el Arte) distrae a quien lo observa: en la distracción, durante el tiempo en el que nos exponemos a su influjo, sucede el milagro de la belleza. Y el tiempo, el inasible, el tirano, mengua su vocación de desagüe y las horas revelan el encanto indescifrable de la armonía absoluta del cosmos. Como si el objeto admirado (una película de Lubitsch, un poema de Gil de Biedma, un cuento de Saki, un solo de Brad Mehldau) estuviese únicamente ahí para nosotros y se nos hubiese confiado el privilegio de su revelación. La cultura fragua ese acto íntimo. La cultura es la que nos inocula el hábito de la emoción. La cultura es el espejo de esos sueños.


II
Vuelvo a Borges: el libro existe cuando encuentra su lector. Muerte en Venecia (que no he visto) me espera, imperturbable. De algún modo secreto y al mismo tiempo magnífico, me espera en un anaquel, en un videoclub de barrio, en la programación nocturna de algún canal digital. Me temo que la televisión generalista hace años que ha olvidado que existe el cine latinoamericano o que habría lujuriosos ciclos de cine negro para amenizar las noches de verano en Córdoba, que suelen ser tórridas , maleducadamente empalagosas. Se lo decía anoche a mi hija: qué envidia, Sara, que te esperen Howard Philips Lovecraft, Charlie Parker, John Ford, Eduardo Galeano, Sergei Eisenstein, Vladimir Nabokov, Pat Metheny, Bill Evans, John Coltrane, Stanley Kubrick, Jorge Luís Borges, Thomas Mann, Akira Kurosawa, Paul Auster, Helmut Newton, Jimi Hendrix, Alfred Hitchcock, Ernst Lubitsch, Billy Wilder, William Faulkner, Pink Floyd, Genesis, Yes, Muddy Waters, Mario Benedetti, Quim Monzó, Juan José Millás, Keith Jarrett, Lawrence Olivier, Patricia Highsmith, Frank Kakfa, Marcel Proust. Todavía tiene que leer La montaña mágica, El corazón de las tinieblas, Lolita, El Aleph, Cien años de soledad, La insoportable levedad del ser, Orgullo y prejuicio, Mortal y rosa, A sangre fría, El guardián en el centeno. Todavía no ha visto Las uvas de la ira, Apocalypse now, 39 escalones, El apartamento, Perdición, Blade runner, Espartaco, Barry Lyndon, Olvídate de mí, Pulp fiction, El hombre que sabía demasiado, La soga, El cartero siempre llama dos veces. Pero está leyendo El retrato de Dorian Grey, ajena al runrún pestilente del film de Oliver Parker, y escucha los discos de los setenta de Stevie Wonder o la Rapsodia Bohemia de Queen, la canción a la que probablemente su padre deba, en parte, su equilibrio emocional.

III
Me pregunto qué no he visto yo, qué tesoros me aguardan, qué me diría quien los conozca para que tarde lo menos posible en echarles mano.Yo estoy rabiendo por contarle a alguien a quien aprecie que no tarde en meterle mano a Lovecraft, que escuche a Bill Evans, que es lo yo estoy haciendo justo en este momento. Mi vals para Debby.

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21.6.10

Otro ladrillo en el muro...

(Graham)


Decía Ramón Gómez de la Serna que "el defecto de la Historia es que siempre está en varios tomos". Algo así le sucede a algunas películas: que se precipitan en la desmesura cuando podían ser reducidas y contar lo mismo pero en mucho menos tiempo.
No he tenido el gusto de ver The cure for insomnia, un film de 87 horas en donde un rapsoda, L.D. Groban, imita al bardo de la aldea gala de Astérix y larga un poema pantagruélico, que es el que da título al disparate y posee 4.080 páginas. La guarnición de los versos eran fragmentos de porno y guitarrazos metaleros. La programó The Schoof of the Art Institute en Chicago una única vez y sin cortes. Fecha: 31 de Enero de 1.987. Lo recoge el libro Guinness de los Récords.
Ocuparía 22 DVD's o 4 discos Bluray. Trabajo para la mula. Por si el interés del amable lector va más allá aquí dejo, como quien no quiere la cosa, una dirección postal.

Lee Groban
P.O. Box 268475
Chicago, IL
60626 USA

Lee, el poeta infinito, promete leer y contestar todas las cartas. Sólo debemos pedir que no se exceda y se limite a dar las gracias, pero sobre todo no le pidas a Lee que te lea el poema. Me pregunto si estamos a tiempo de que el hombre se interese por el haiku. No confío en que el minimalismo triunfe. A estas alturas de la vida sabemos que el verdadero tesoro no es el poder. Ni siquiera el dinero. Lo que vale, lo que proporciona calidad de vida, es el tiempo. Y nos sigue entusiasmando el producto decimonónico, la envergadura sin doblez, el gran enciclopedismo. Las canciones pop molan y venden, pero lo que nos aturde el corazón es la pieza sinfónica. Lo que sucede es que no nos dejan: nos obligan a consumir rápido, a que abandonemos la mesa para que se sienten otros clientes y produzcan beneficios. Es un bucle. Somos un engranaje. Another brick in the wall.

Addenda:
El mejor remedio para el insomnio es tener mucho sueño.

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20.6.10

Cine malo


Aforista, diletante, adelantado, sublime. Wilde está ahora en boca de adolescentes que quieren saber más y buscan en las librerías el retrato de marras. Para eso sirve también el cine malo.
Añadidamente: por Umberto Tozzi se puede llegar a Tom Waits, por Michael Bay podemos acceder a Kurosawa. El saxo de Michael Brecker, en una canción memorable de Billy Joel, me condujo hace treinta años al jazz.
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Gruñidos




El lenguaje, antropológicamente, en una arqueología del sonido, era un gruñido al que se le fueron sofisticando las sílabas. Hoy, a pesar de Saussure y de la metalingüística, de la semiótica y de varios siglos de limpieza verbal y de progreso intelectual, el gruñido continúa exhibiendo su tosca y bastarda melodía. A falta de argumentos, viendo que las palabras no terminan de cuajar en frases con sentido o que cuajan a medias o que se van deshaciendo conforme se van aireando al ser pronunciadas, el gruñido se ha erigido como un recurso fácil, indudablemente efectivo, que suple la sintaxis y la elaboración razonada del lenguaje.
Los políticos gruñen quizá porque el andamiaje lingüístico les viene grande, y temen pisar donde no deben y caer estrepitosamente. Los políticos, a su manera, son ciudadanos que han escalafonado a lo público, a la administración del Estado, y algunos no terminan de comprender la importancia de cuidar lo que se habla. Bastante es que lo hablado en ocasiones carezca de contenido, pero al menos debemos exigir del gobernante que se exprese con claridad y, a ser posible, con cierta inclinación al buen gusto. Pienso que parlamentar significa hablar. Que un político es, en esencia, un hablador, una especie de charlatán de feria que, en lugar de vender cacerolas, ungüentos o turrón del blando, comercia con un material de mucha más relevancia: nuestro bolsillo. Incluso me atrevería a decir que los dos. Uno, a lo visto, parece poco saqueable.
No sé si el cavernario gruñido está extendido o es voluntad de unos pocos, pero me he tragado hoy un par de telediarios y he sacado la conclusión de que a mí no me van a vender la morralla del carromato, las cacerolas, todo eso que los buenos comerciantes de mercadillo arropan con palabras. Está uno ya un poco harto de esta falta de talento. Se está viniendo abajo el puesto y siguen gruñendo. Nos siguen faltando al respeto. No se han dado cuenta de que estamos en sus manos.

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13.6.10

Nuevos arquitectos del alma



Hay vidas espartanas, conducidas bajo sacrificios monumentales, declaradamente sobrias, vidas a refugio de las leyes del mercado y de la brutal oferta de consumo que alfombra el paisaje urbano. Las dictan elevados argumentos morales que nacen en la religión o en la política, pero también existen registros más pedestres y estos tiempos de flaqueza económica pueden aparejar biografías que se ajustan a ese estricto modelo. Conozco a gente de probada fortaleza moral que no ha sucumbido a la pureza absoluta y exhiben, en contrapartida, con orgullo, su residencia en la modernidad. La vida ascética y la banda ancha conviven, se erigen hermanas de circunstancias y no se pisan territorios. Ayer, sin ir más lejos, un señor párroco de aspecto ya senil y cabeza blanqueada comprando un señor mac, sí, el ordenador, en unos grandes almacenes. Un mac de esos con pantalla escandalosamente grande y teclado blanco, minúsculo, minimalista. Ah, y sin cpu. La pantalla se lo lleva todo. Dios y el diablo en el mismo pack. El espíritu con su barahúnda de misterios instalada en un disco duro más grande que la sacristía de muchas iglesias. Y no es que este escribidor de domingo tenga objeción al hecho de que la técnica y los adelantes que factura no sirvan para estabular al espíritu o que la fe no pueda estar noblemente hermanada con la informática de última generación, pero se me quedó bien fija la imagen del cura preguntando esto y aquello sobre el bicho de mil y pico euros que iba a adquirir. Tiempos nuevos. Ah, además yo creía que eso de los macs estaba pensado para diseñadores. No dudo que el alma tenga también un diseño digno de un mac. Y no me digan que no conviene el logo de la manzana mítica, mordida, para guardar los asuntos de la fe. Adán levantara la cabeza.

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12.6.10

Uniformes


A El Roto, que es un iluminado, le duelen las iluminaciones de los demás. En cierto modo, mirada con cierto rigor, la suya suscita también adhesiones casi carnales. El espíritu ha sido zarandeado durante miles de años: ha sido objeto de mercaderes y de poetas, ha sido el juguete perfecto de los filósofos y sobre él incluso se ha construído el imperio de la fe, que tiene sotanas y tiene chilabas, que tiene templos y libros y salmos que iluminan a unos, aterran a otros y dejan indiferentes a unos cuantos. Yo quisiera ser de éstos últimos. Me interesa la belleza del mensaje, no el mensaje. Me fascina la iluminación, y no el objeto iluminado. El Roto se sitúa un peldaño más arriba. Quizá al ras se aprecien mejor los perfiles. Seré, al final, un creyente con incertidumbres más. No se trata de convencer o de ser convencido: se trata de disfrutar de las palabras con las que se buscan las certezas. Y está mejor que no las haya.

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Kandahar




Se va desangrando el escritor de necrológicas mano abajo y va dejando en el folio en blanco un río de funerales. Un cortinaje fúnebre de palabras persiguiéndose en los renglones de luto, pero ser escritor de necrológicas es un oficio del siglo XXI. Hay una prosa doliente y fecunda, empapada de vísceras o de pólvora, que gana tristes afectos públicos. Hay todavía una felicidad brevísima, lírica y casi mística cuando el azar nos escolta a un velatorio. Y no es preciso el concurso físico: nos presentamos simbólicamente cada vez que las agencias de prensa registran los desastres y sus réplicas. Se acepta sin escándalo moral que podamos seguir paseando con la familia, viendo cine o viendo fútbol después de que nos fusilen a base de bien con los cadáveres del protocolo mediático. Ya escribió Gilbert Durand que la imaginación simbólica tenía como función la negación de lo negativo. Somos animales éticos, pero no tenemos capacidad moral para soportar los embates de la Historia, que va forjando su épica sin miramientos, sin acometer la empresa de filtrar lo doloroso, lo que se adhiere más descarnadamente al plectro del alma, donde nace la poesía, tan lejana hoy de cualquier atisbo de lenguaje. Cierro el cuaderno del plañidero sentimental, del que no encuentra en esta noche el aliento para escribir de cine o de música o de pájaros. Me voy a la cama de viernes con el corazón encogido por ver los muertos en Afganistán en un reportaje en la CNN. Las necrológicas, en este siglo XXI, en primetime televisivo, no son tales: son minutos en una horquilla televisada, son el lujo de quienes miran sin saber qué hay detrás, qué dolor rompe los gestos de los que mueren en la pantalla. Y no es ficción y es la rutina a la que nos hemos acostumbrado. En el fondo todos somos lectores de necrológicas. A veces incluso devotos lectores. Por la costumbre. Por esa creencia de que la ficción y la realidad se confunden y nos confunden.

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11.6.10

Andar con libros


En invierno, cuando la ropa tiene fondos de armario imposibles, suelo salir a la calle con un par de buenos libros a su recaudo. Suelen ser ediciones de bolsillo, manejables, de letra sencilla y hasta pobre. Esta condición de lector por encima del atrezzo, a salvo de modas o de pompa editorial, me influye incluso a la hora de comprar libros. Las librerías no me obsequian con la visión golosa de gruesos volúmenes, libros que dejar reposar en las manos, bien apoltronado en el butacón preferido. Siempre he sido de los que, sin premeditarlo, se ha acercado a la sección de obras de bolsillo. Se matrimonia el disponible en el bolsillo y la manejabilidad del propio libro, su condición ambulante, digamos. En verano, por los rigores previstos, va uno sin abrigos, sin bolsillos, y se tiene que agenciar uno de esos bolsos echados al cuello en el que cabe hasta una hipoteca.
Así he descubierto que se puede llevar encima el perturbado universo de Kafka, los delirios que la absenta ocasionaba en Poe, el verso incendiario (concupiscente, barroco, delirante, embriagador) de Ana Rosetti, la palabra sindicada de Bob Dylan o la historia del pacato doctor, burgués y prudente, que por obra de la ciencia y sus bebedizos se transforma en un adalid del mal y ejerce como tal cuando el empozoñado brebaje le retira la razón y la cordura de la mismísima sangre. Uno puede pasear con esa historia formidable en un bolsillo y sentirse pleno, incapaz de someterse a la rutina de la realidad. Recuerdo leer a Poe en la edición de Alianza, llevada y traída por bares y terrazas, por jardines y por trenes. Recuerdo la primera lectura de ese Poe (la recuerdo precisamente) en la Plaza de Colón, en Córdoba, a principios de los ochenta.
La literatura es la ventana desde la que se ve el mundo, pero es también el mundo y la ventana y el ocasional paseante que detiene su vértigo en un paisaje. La literatura es el vértigo y es el paisaje. Los libros son retiros voluntarios a los que arrojarse. Cuando caben en un bolsillo los libros son, si cabe, un tesoro mayor, porque nos permiten incorporarlos a nuestra epidermis y considerarlos, sin excesivo esfuerzo, extensiones naturales de las manos o de los ojos. Anoche me sorprendí leyendo un poema de Carlos Marzal (qué gran poeta) bajo la luz infinita de un escaparate de ropa de marca. Daba igual que la espera (era eso, una espera) durara más o durara menos. Carlos y yo estábamos a lo nuestro.
Esa sensación de hondura doméstica e íntima es uno de los placeres a los que ya no soy capaz de renunciar. Tampoco a mi bendito Ipod, que ilumina con paisajes sonoros y colores y sueños en forma de música, mis devaneos urbanos, mi propio vértigo existencial por la ciudad también infinita. De eso ya he escrito en este blog, de la idílica relación que mantengo con esa máquina prodigiosa. La música es un libro sin palabras. Me encanta perderme por las calles de mi pueblo con un excelente disco de Brad Mehldau (en directo, en Tokyo, tocando standards gloriosos como How long has this been going on o la sensible pieza de Radiohead Paranoid Android) . Sé que vamos a pasear los dos. Tan a gusto. Luego vuelvo.

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Debby por mi barrio...


"Delante de la cámara, soy al mismo tiempo el que creo que soy, el que quiero que los demás crean que soy, el que el fotógrafo cree que soy y el que él utiliza para exhibir su arte".

Roland Barthes, La cámara lúcida.


Pasear por el barrio en el que uno nació, años después, tras haber leído El libro del desasosiego de Pessoa o haber escuchado veinte veces (y cada una mejor que la dejada) Criss Cross de Thelonius Monk no es igual que pasear esas calles habiendo leído otros libros, escuchado otros discos . Lo que uno hace o lo que uno deja de hacer modifica sustancialmente lo que uno hace o lo que uno deja de hacer. Emilio Calvo de Mora Villar de mil novecientos ochenta paseaba esas calles con la sonrisa estulta del que nada espera y nada merece todavía: en eso consiste la niñez, en dejarse vivir sin certidumbres y sin presagios. Ahí estaba Fray Albino, los amigos de los sábados y el secreto placer de no poseer mayor inquietud que la posibilidad de que llueva y no poder salir a la plazoleta a echar un partido o correr unos perros. La edad adulta da otros quebrantos: se pone uno a pasear las calles y piensa de pronto en Fernando Pessoa y el gris del cielo se hace más gris y la memoria juega malas pasadas y reformula paisajes estupendos y los convierte en cielos grises o en puro olvido.
Hay que tener cuidado con lo que uno lee o lo que uno mira si quiere pasear las calles del barrio en donde nació, años después, sin sentir en la cabeza una migraña pasajera o un colocón de pesares. Lo mejor sería carecer por completo de aficiones: no tener vicios en absoluto y dejarse querer por las palabras del momento o por la música que el azar te pone en tu camino. Yo ya soy incapaz de escuchar el piano de Bill Evans sin sentir la rara emoción de la tristeza. Y contra pronóstico, me agrada esa perturbación, me coloca en el centro del mundo y me hace gladiador de mi causa, que es la tristeza si Bill Evans toca Waltz for Debby y a mí me pilla el corazón frágil y la memoria blanda.
Caso de que no hubiese leído a Pessoa el paseo de hoy habría sido otro. En todo caso será otro el paseo mañana o el próximo fin de semana sin el concurso del estupendo vate luso. Por eso a veces me encanta salir a la calle cargado de música, oyendo por los cascos de mi bendito Ipod (no es publicidad gratuita, no lo es, creedme) jazz o blues o rock ilustrado, que no es el de ahora, que conozco menos, sino aquél en el que crecí (Yes, King Crimson, Supertramp, Genesis, Pink Floyd, Queen, Emerson, Lake and Palmer, E.L.O., Bob Dylan, Van Morrison, Eagles). Probé un vez a hacer el mismo camino oyendo dos discos distintos. Mientras que la tralla sonora de The White Stripes me lo hizo ameno y vertiginoso, como movido por una fuerza desconocida, como una especie de zombie doméstico e inofensivo que fatigara las aceras sin hambre ni lujuria, la luminosa belleza de la guitarra de Joe Pass me lo convirtió, al día siguiente, en un reflexivo tránsito en el que traje a mi memoria episodios antiguos, historias ya casi olvidadas, remembranzas (como le gusta decir a mi amigo K.) de un tiempo sepultado en el vértigo del ahora y que únicamente sale a la luz cuando una circunstancia muy especial lo impone a la realidad.
Somos el volumen imposible de todo lo que vemos. Somos el peso insoportable de todo lo que oímos. Como Funes el memorioso, el prodigioso albacea de la realidad que Borges legó a beneficio de insomnes, tengo la impresión de que cada cosa que hago se fija de un modo indeleble y arcano y sale a flote cuando puede o cuando la dejo o cuando Bill Evans toca Waltz for Debby y un principio de limpio y tenue llanto decora la mirada en mis ojos. La belleza también produce dolor. En el dolor, dentro de su fulgor, la vida a colores se despliega como un atlas, que decía otro poeta. Otro lo dijo de otra manera: somos tiempo, el río de Heráclito.

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10.6.10

Malos tiempos para la curia




Hay teólogos que prefieren pasar por filósofos y así extender su campo de trabajo a otros dominios del vasto catálogo del oscuro pozo del alma humana y hay filósofos que entretienen su oficio haciéndose pasar por teólogos en la creencia o en la ilusión de que la búsqueda de Dios les va a procurar más honda relevancia en lo mundamente humano. Luego está el teólogo o el filósofo que abandona la cátedra y se entrega al periodismo militante. Nada más sencillo en estos tiempos que estamos que hocicar ese ansia de trascendentalidad (también pueden llamarle fama, que es vocablo de más popular recorrido) en la numerosa prensa nacional, que la hay laica y la hay beata, cómo no. O en la venturosa blogosfera, territorio cómplice que oferta en tiempo real, generosamente, la prédica que el autor considere oportuno para aumentar el número de visitas. Todos (empero) buscan recabar adeptos, ganarle terreno al paganismo o inventar, en este marasmo relativista, un territorio nuevo, al que acercarse y del que extender la palabra de Dios en la Tierra.
Hace unos meses la Santa Iglesia Madre pensó que el encuentro con el feligrés del futuro pasa por lo digital y decidieron abrir brecha en el Facebook. "Tu eres Pedro y sobre esta Piedra edificarè mi Iglesia ", podemos leer en la Biblia, pero las piedras de hoy van a golpe de bit y se almacenan en un disco duro. Obispos modernos, en fin, que se apuntan al Facebook para no perder ningún carro y que luego la Historia no les condene por no haber sabido aprovechar oportunidades. Obispos que hocican en la banca. Obispos que opinan sobre lo mundano cuando lo mundano es asunto de pecadores y ellos, salvo por lo de la banca y algún desliz más, no están en la nómina de los que, de entrada, están en este mundo para pecar. Definitivamente no son de este mundo, pero bien que lo parece.

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8.6.10

Huelga



Siempre se escribe sobre el asombro. Por eso en España hay una turbamulta de escritores. Porque España asombra, aturde, conmociona. España no es un país sino un estado sentimental de las cosas. Los intelectuales que descreen de España (Sánchez-Dragó) o los que la zahieren con saña (Pérez Reverte) tienen material suficiente para escribir diez crónicas al día. Ahora España es fútbol y es razonable que el pueblo en masa se abalcone para ver procesionar a sus ídolos hacia la gesta del Mundial. Menos mal que los futbolistas no son funcionarios. Son otra cosa. Dioses de un olimpo ubicuo, uno que ha acabado sustituyendo a la religión y ha erigido, en su nombre, altares alternativos. España está hoy a la baja. Ya no es España: es este país. El eufemismo es una convención que soslaya lo reprobable.
España es un asunto que molesta o es un asunto que fascina. España arde por los cuatro costados, pero su condición de permanencia en el mundo es probablemente ese arder. Y en el fuego, en la Iberia quemada, nace lo español, lo acendradamente hispánico, lo que nos excluye del diagrama de Venn del conjunto de los países con los que compartimos un parecido Estado del Bienestar. De los otros, mejor no hablamos. Allá se manejen con sus fuegos patrios. Los nuestros, hoy, a lo visto, no van a dejar mucha ceniza. Hoy, en mitad de huelga del funcionariado, me he sentido actor de una tragicomedia a la que nadie me ha invitado, en donde no tengo libreto y en donde, en una escena o en otro, acabo herido. Me he librado de morir, pero habrá más oportunidades y contarán conmigo (sin que yo lo pida ni lo acepte) para representar el papel que me inventen. Hoy, de momento, he salido ileso. Me he puesto firme en lo mío y he visto la luz al final de mi propia conciencia. Tengo una, no crean. Me la estoy construyendo despacito y no me da jaquecas ni me pone en evidencia con mis semejantes.


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6.6.10

Un sábado maltés




Tengo mi lado oscuro. Hace que me fume una cajetilla de tabaco en un día a sabiendas de que todavía están por el aire los pólenes asesinos y que llevo un mes hermanado con un aerosol alemán y con unas pastillas americanas. El lado oscuro tira de vicios antiguos y se enfanga uno en alegres caladas, en el placer inconveniente de envenenarse uno sin que se advierta, salvo alguna tos previsible, el daño. El lado oscuro se me presentó ayer sábado. Salió de adentro y ya no me abandonó en todo el día. Me hizo beber, me hizo fumar, me hizo hablar sin parar durante horas, me hizo sentirme feliz sin adjetivos. Una especie de yo epidérmico, telúrico, planetario, esdrújulo. Un yo Hyde, un yo al que de pronto le han manumitido de la rutina y han arrojado a la bacanal léxica, al lupanar tóxico, al limbo perfecto en el que fumarse una cajetilla de tabaco rodeado de los suyos es una epifanía del orden estético, de la limpieza moral, de la verdad sin axiomas del cosmos. Y hoy no hay resaca de casi nada. No toso. No tengo esa pesadumbre con la que en ocasiones te levantas la mañana posterior al exceso. El de ayer fue lúdico, luminoso, revelador de la verdadera naturaleza de la felicidad. Está en el lado oscuro, en los márgenes, en las afueras, en el humo, en el verbo descoyuntado expandiéndose por el aire, enhebrándose con las volutas del Winston blando reside quizá el gozo absoluto, el gozo también volátil, la evidencia de algo hermoso a lo que aspiramos y que en ocasiones se nos presenta.
Y nada hay en este arrebato festivo de ese yo ayer iluminado que vindique los usos del tabaco ni las bondades digestivas del gintonic. El humo del tabaco siempre estará en la imaginería sentimental de los aficionados al cine en blanco y negro. Con ese banco formidable de imágenes no se puede luchar. Ninguna política de ningún departamento de Sanidad de ningún gobierno puede borrar eso. En eso pensé ayer, mientras fumaba, en Humphrey Bogart en El halcón maltés. Y es que soy un tío muy raro hasta cuando me divierto. Ahí quizá más. No le dije nada a mi mujer ni a Clemente. Ellos no sé en qué pensaron.

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3.6.10

Sólo fútbol y huelgas generales



Como mi capacidad de asombro está intacta todavía, engolfo mi ocio con ciertos programas televisivos que, al tiempo que retratan el patético mundo en el que nos ha tocado vivir, insinúan con metáforas sutilísimas el mundo en el que, algún dios quiera que cuanto más tarde mejor, nos ha de tocar morir. El de anoche consentía el espectáculo primoroso de una pareja que dirimía, insulto en ristre, la propiedad y usufructo de un mando a distancia. Ella consideraba únicamente argumentos de índole histórico: " Es que tú lo usas siempre". Él dejaba caer otros de naturaleza culturalista: "Es que a ti sólo te gustan los chismes y quién se acuesta con quién". Comprendía yo, en mi burbuja de espectador asombrado e intacto, la crudeza del montaje, su teatralidad fascinante. Advertía, no obstante, guiños, dejes de cómicos muy de vuelta ya de casi todo, aunque aparentaran no soportarse y pareciera que en cualquier momento iban a liarse a tortas.
Cambié de canal antes de ver el final de la contienda y me topé con un concurso o amago de concurso en el que una señora de estupendo buen ver quedaba en cueros vivos, como se decía antes, por mor de su ineficacia a la hora de contestar cuestiones latentes de nuestra sociedad como el nombre de tal ministro de asuntos exteriores o el número de ojos de una especie de araña del Amazonas. Era un canal alemán por cable: uno de ésos que aquí hace tiempo que murieron con las mamachicho y el destape de los primeros ochenta. No hice el consecuente zapping hasta que tuve certezas mayores sobre su desconocimiento en temas de esa trascendencia cultural. Añadiré que se tapaba pudorosamente las partes nobles y sus ubérrimas ubres al tiempo que la presentadora, ojo que iba y ojo que venía, nos hacía comprender lo duro que es mantener un cuerpo así con las tentaciones que pueblan nuestros supermercados.
Terminé en un tele-tienda en el que un señor orondo no se desnudaba ni desmostraba su sapiencia en literaturas germánicas medievales. Su cometido era convencernos de la bondad de un plancha de cocina y el entusiasmo vertido era tan sobrecogedor que uno no podía por menos que esperar a que su trola terminara. Por educación. También lo hice con la concursante stripper y con la pareja de bronca.
Me acosté ufano de mi paciencia y al trastear en el dial de la radio de mi mesita de noche di con una emisora que vocinglaba las intimidades de los anónimos oyentes. Desconecté el pequeño auricular de mi oreja cuando comprendí que todo era un bucle, pero ahora tenía que imaginar la cara y los gestos. Soñé que vendía mi alma al diablo en una cruce de caminos y que le pedía, a cambio de condenación eterna, cinco minutos de gloria en la televisión. Andy Warhol dixit. La TDT es un invento prodigioso. El cable es una maravilla en las noches de junio en la ciudad. Tendremos que volver a leer a los clásicos en la cama, a pie de flexo, lejos de la barahúnda de los medios de comunicación. Hoy estoy abrasado por las marchas militares. En Toledo, por el corpus, las han adelgazado de tronío eclesiástico. Ellos sabrán. Yo hace ya un par de días que me he prometido no hablar de religión. Sólo fútbol (el Mundial está a un metro en el dial) y huelgas generales.

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1.6.10

El Ojo


Al Dios que yo aprendí en la escuela lo dibujaban como un ojo enorme que veía mis travesuras y confiscaba, a golpe de pupila, todos los secretos de mi modélica vida como hijo único. Los años no matizaron esa visión incómoda de la divinidad y acepté de buen grado la existencia de esa criatura fisgona a la que debía entregar mi intimidad sin que yo advirtiese contraprestración alguna. Cuando comprendí que no precisaba la injerencia de Dios para ser feliz ni para dejar de serlo agradecí la educación católica a la que me arrojaron mis padres y que consistía en un escrupuloso respeto por la letra grande y por la letra pequeña del contrato que uno hace con su salvación eterna.
La conciencia de estar pecando continuamente lastró toda posibilidad de inocencia en aquel adolescente un poco retraído, abismado en los cómics y en la amistad alrededor de una pelota de fútbol, escasamente juerguista y muy responsable en llevar un expediente escolar lo más pulcro posible. Los libros que me ponían delante, lejos de inclinarme a la fe, me separaban manifiestamente de ella: me informaban de un mundo que coincidía, punto a punto, con las sospechas que yo me había ido creando. Libros cómplices con mis inclinaciones blasfemas, libros a salvo de la ortodoxia, libros (en fin) salvadores. Aprendí que uno se puede salvar sin ser salvado, que puede a salvo de los dogmas y vivir a tutiplén, sin retorcimientos, sin esa obligación moral que supone acatar los fastos y la literatura obsesiva de la fe cristiana.
El Ojo de mis quince años en el Instituto Averroes, en Córdoba, me abandonó cuando advirtió que no le prestaba atención. O incluso un buen profesor de Religión (Cirilo) contribuyó a que yo me manejara con desperpajo y confianza en terrenos tan movedizos. Dejé de considerarlo una parte de mis preocupaciones en el momento en el que vi el aburrimiento absoluto que su cuidado me reportaba. Esa evidencia me ahorró la desdicha de alargar mi incertidumbre metafísica hasta la edad adulta. Ahora que la poseo (sufro, disfruto, según el día) me alegro infinitamente de sentirme hospitalario con mis excentricidades en materia teológica y hasta me permito, de cuando en cuando, enfangarme con amigos en asuntos divinos con ardoroso entusiasmo. Lo que ya nunca hago es pretender llegar al final: me quedo en los capítulos iniciales, sucintamente planteo los personajes de la trama y ni la propia trama queda explicitada como debiera. Cuanto con más ahinco me arrojo al maëlstrom terrible de las disquisiciones sobre lo cristiano y lo divino más me acerco al hooligan moral que tanto aborrezco y que procura, él solito, con sus diatribas y con sus iras, el mal religioso en el mundo.
Anoche me refirió K. que las guerras del futuro no serán de fe sino de agua. En ese pensamiento me fui durmiendo y soñé, bendita ilusión, que me ahogaba en un salmo.

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