30.5.10

Hopper en Harley por el abismo...

Esta fotografía está tomada antes de ser Frank Booth, ese tipo con un inhalador que lleva el odio en los ojos. Hablo de un odio puro, uno al que sól0 pueden dar réplica en una pantalla gente a la que la vida ha zarandeado lo suficiente. Lynch, otro perturbado, otro investigador del abismo, lo reclutó al percatarse del sesgo ido.
A Dennis Hopper la vida lo curtió al modo en que se curten quienes merodean el abismo, lo miran desde arriba y terminan cayendo. La caída de la que hoy hablo todos los medios de comunicación no ha sido la más difícil para este hombre ejemplar en materia de abismos. Es una disciplina dura a la que no se accede sin que exista una vocación. Luego está el trabajo, la aplicación en el oficio. En esa forma de vivir, amigo de pendencias tóxicas, murió. Hoy es todo ese montón de personajes que hizo, pero también la persona, la disidencia del Hollywood al que casi nunca se plegó.

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27.5.10

Still walking: Nada pasa, sucede todo...


I
Hay familias que subsisten a base de recuerdos, personas a las que vagamente las emparentemos por el fracasado olor de una sangre compartida. Sólo esa ceremonia química les une. Luego hay poco o incluso no hay nada: se besan porque se besaron antes y se aman (o lo más parecido a amarse) porque se amaron alguna vez. Familias comidas por los demonios de la rutina, por los demonios de la carne, por los demonios de la tristeza, por todos esos demonios que van robando colores y dejan el paisaje gris.
II
Comparado al cine americano, he visto poco cine. Algunas películas italianas con mujeres ampulosas que van por calles en blanco y negro. Algunas checas con trenes rigurosamente vigilados. Películas españolas de pubis al sol, maquis en los montes y folclóricas aceleradas. Películas británicas en las que la servidumbre se expresa con más estilo y profundidad lingüística que el grueso de los universitarios que lampan por pillar curro en la España del recorte. He visto tanto cine americano que siempre veo el cine que no lo es con cierta simpatía. Se siente uno hijo de John Ford más que hermano de Roberto Rossellini. De eso tiene la culpa la bendita 2 de Televisión Española, en sus años gloriosos; de eso tiene la culpa la industria, que es una maquinaria perversa e infame y busca, por encima de casi cualquier otra consideración, una clientela fiel, un público uniformado, un usuario previsible al que intoxicar con luces de colores y con palabras de azúcar blando. Por eso el cine japonés tiene, ya de salida, ganada una parte de mi corazón cinéfilo. Por salirme de la rutina. Por abrir más los ojos. Por evitar la metástasis. Por el disfrute.
III
Luego el cine japonés o el húngaro o el israelí o el iraní se queda prendado de sí mismo, se mira al espejo de las bondades y oye cómo la comunidad cinéfila internacional les dora la píldora y les cuenta, a golpe de premio, lo maravillosos que son y lo atrevidamente que se alejan del patrón occidental, del voraz apetito de los ránkings de Hollywood y de todo eso que nosotros buscamos cuando nos sentamos en el vacío perfecto de una sala de cine y nos entregamos al vértigo sublime de la ficción. Se quieren y se gustan de tal modo que en ocasiones se repiten, sacrifican, se exponen a perderse en sus propias virtudes y hacer de la excelencia un cliché. Nada de eso sucede en Still walking, una película fantástica que me hizo pensar (nuevamente) en el cine como una experiencia de satisfacción extrema.
IV
Hay un desafecto de las cosas en Still walking que fascina, un desapego interesado, un mirar sin involucrarse, un estar sin fijar las emociones en lo mirado. Still walking sucede morosamente, deslumbra con quietud, se adensa conforme avanza hasta que de pronto nos sentimos absolutamente prendados de lo contado, conscientes de estar asistiendo (qué pocas veces pasa esto en el cine reciented) a una proyección excelente, en la que todo fluye con mimo, en la que la realidad es un objeto lírico, aunque en esa realidad haya venganza (aquí la hay, la que se ejerce subrepticiamente, la que gobierna la trama entera del film) y haya una rutina de las cosas.
V
Still walking es un viaje al interior del alma de sus protagonistas al modo en el que el cirujano practica su oficio en la mesa quirúrgica, sin pensar, sin verter una pizca de aprecio sobre el objeto intervenido, sin que existan parámetros sentimentales en las punciones, en la sanación del cuerpo enfermo. En este caso es la familia la circunstancia que hay que sanar. Familia sobre la que planea el amor, el resentimiento, el dolor por el hijo que ya no está, y a la que Kore-Eda le impone cierto vacío lingüístico. Las palabras a veces no sirven para nada: sirve el gesto, la compostura física, el discurso pausado, la contención. Honrar el primogénito muerto desemboca en un desacomplejado bosquejo de culpas y de reproches, de secretos y de afectos que, puesto en manos de algún artesano a la europea, podría haber deparado un relato victoriano, costumbrista, integrado en una especie de corpus narrativo más academicista.
VI
Still walking es una prodigiosa historia sin historia, un complejo mecanismo de compensaciones y de rendiciones en donde nada parece suceder y en donde (milagrosamente) está Shakespeare entero, está la vida entera, encerrada en unos pasajes emocionales íntegros, de una pureza inusual.

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25.5.10

Lost (again)



Confieso mi ignorancia casi absoluta en los vericuetos metafísicos de Perdidos. En todas las ocasiones en que alguien cercano da sus impresiones sobre esos vericuetos y se suelta en conjeturas sobre las razones del caos que gobiernan la isla suelo pedir que no me chafen el argumento habida cuenta de que sólo he visto parte de la primera temporada. Por supuesto que rehúyo las páginas de la red (blogs a los que accedo casualmente) en las que se informa sobre la serie y me salto en los periódicos los sueltos, las noticias, los entresijos habituales sobre quién mueve los hilos. Ya digo: metafísica pura. Ahora que la ficción televisiva más adictiva (a juicio de gente a la que frecuento) ha cerrado su persiana me he obligado a comenzar a verla. De verdad que estoy entusiasmado. En parte, el entusiasmo procede de esa manía mía de ir a contracorriente: justo cuando los episodios han finalizado es cuando yo me dispongo a verla íntegramente. Esta noche, en un momento, en cuando cierre el editor de mi blog, me voy al salón con mi bebida favorita (siempre hay una, siempre hay un atrezzo para los placeres) y me cepillo el episodio piloto. Otra vez. Es mejor empezar de cero. No admito comentarios en este post sobre lo que me espera. ¿Es tan malo el final como dicen? Es que es muy difícil no oír, no saber, no sentirse amenazado por el conocimiento. Mi amigo Mycroft, vía Micronesia, me informará en el momento adecuado.


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23.5.10

Unas risas


Hay sentencias del Tribunal Supremo que parecen chanzas de una noche de jarana. Incluso se me hace difícil pensar en una noche de ésas de farra en la que me haya divertido tanto como Camps y su camarilla parecen divertirse en esta fotografía. Debo ser un tío tirando a triste o debo haber sido educado conforme a cierto temor a la justicia de modo que una sentencia del Tribunal Supremo me quita, por lo menos, las ganas de pasármelo bien. Eso sea uno inocente o sea culpable. El miedo va por dentro. Salvo el miedo en Camps, que parece haberse mudado a risa y haber contagiado a todo los suyos.
El cohecho pasivo impropio por el que pueden crucificarle no es asunto que a mí me pueda pasar. Puedo cometer delitos que ahora ni me imagino, puedo incurrir en faltas que hasta ahora veo exclusivamente propiedad de los otros, no mías, pero un cohecho pasivo impropio... Pero como la rueda de las horas gira sin el concurso de nuestro deseo igual un día de éstos me como mis palabras (éstas, las que diga en mi defensa mientras me estén metiendo mano legal) y admito el pecado. Lo que aseguro, en lo que no voy a desdecirme, es que no me voy a partir de la risa ni voy a llamar a mis amigos (por mucho que me quieran, por mucha confianza que depositen en mí) a que asistan a mi desplome.


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22.5.10

Perfecto

El pop bruñe gemas que no pasan de los tres o cuatro minutos. Las hay de una perfección absoluta. Tempted es la joya del pop inglés de los primeros ochenta. Una de sus muchas joyas. A veces pienso cómo es posible que un país de aspecto tan gris pueda parir gente cromática hasta el desmayo. Paul Carrack, la voz de Squeeze en esa época, es una de las mejores voces del pop de siempre. En ese idílico (en pop, en el genio británico de la new wave) 1.981 entró Carrack en la banda. En 1.985 ya estaba en Mike + The Mechanics, la banda alternativa del guitarrista de Genesis, Mike Rutherford. No sé si se les ha hecho suficiente justicia a los dos. Ambos han ejercido un oficio difícil, de apariencia frívola y de trascendencia emocional en una legión de adeptos a los que no imagino renunciando a esos tres o cuatro minutos de placer instantáneo.
Tempted es una de mis canciones favoritas, una de ésas que uno llevaría a la isla desierta del cuestionario clásico. Llevo treinta años oyéndola. La compré en uno de aquellos fantásticos singles en vinilo en una tienda en Córdoba que ya no existe. Long Play se llamaba. No puedo pensar en otro nombre de mayor resonancia para quien ha crecido coleccionando discos. Sigo en ese vicio. Tempted está ya convenientemente registrada en CD. No sé en dónde perdí el sencillo, pero está bien adentro en mi memoria.


I bought a toothbrush, some toothpaste
A flannel for my face
Pyjamas, a hairbrush, new shoes and a case
I said to my reflection
Let's get out of this place
Past the church and the steeple
The laundry on the hill
Billboards and the buildings
Memories of it still
Keep calling... and calling
But forget it all... I know I will

Tempted by the fruit of another
Tempted but the truth is discovered
What's been going on
Now that you have gone?
There's no other
Tempted by the fruit of another
Tempted but the truth is discovered

I'm at the car park, the airport
The baggage carousel
The people keep on crowding
I’m wishing I was well
I said it's no occasion
It's no story I could tell

At my bedside empty pocket
A foot without a sock
Your body gets much closer
I fumble for the clock
Alarmed by the seduction
I wish that it would stop

Tempted by the fruit of another
Tempted but the truth is discovered
What's been going on
Now that you have gone
There's no other
Tempted by the fruit of another
Tempted but the truth is discovered
traducción de transmusiclation
I bought a novel, some perfume
A fortune all for you
But it's not my conscience
That hates to be untrue
I asked of my reflection
Tell me what is there to do?

Tempted by the fruit of another
Tempted but the truth is discovered
What's been going on
Now that you have gone
There's no other
Tempted by the fruit of another
Tempted but the truth is discovered

Tempted by the fruit of another
Tempted but the truth is discovered
Tempted by the fruit of another
Tempted but the truth is discovered

Tempted by the fruit of another
Tempted but the truth is discovered
Tempted by the fruit of another...





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20.5.10

La muerte en una caja de zapatos



Confieso que me interesan escasamente las vidas privadas de la gente que admiro. Incluso declaro mi inapetencia por encontrarme escenas de esa privacidad a mano., al amparo del azar, dejadas caer en una ventana o en un patio de vecinos. Lo natural, habida cuenta del mucho cine que uno ha visto, es que desconfíe de la mansedumbre que brota de esta fotografía de Humphrey Bogart, Lauren Bacall, su hijo y los tres perros. Se desconfía a beneficio propio. Lo que uno sospecha es que detrás de esa limpia entrega del american way of life está la trama B, el argumento oscuro, todas esas historias que descoyuntan el tedio y convierten las horas en un nido de avispas inusualmente coléricas.
A la trama B se la tiene por la Gran Trama. Humphrey, que será Nick o Alan o James, oirá un ruido necesariamente sospechoso en el jardín. Ladrará uno de los perros. Luegos los otros dos. Lauren, o sea, Peggy o Susan o Katherine, le pedirá que tenga cuidado, pero Nick irá al dormitorio, abrirá el armario empotrado y se aupará un poco (Bogart era bajito) para pillar una caja de zapatos en la que reposa un Smith and Wesson. El resto lo pueden encontrar en cualquier libro que tengan en casa y firme Dashiell Hammet o Raymond Chandler. No está claro que Nick sea el bueno de la peli.

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Tontos

I
Entre un tonto y otro dista una cuarta, aunque uno duerma cuando el otro consagra la vigilia a pulir oficio.
Un tonto auténtico reconoce a otro nada más echarle el ojo. Cosa harto frecuente, un tonto de verdad no considera tara o minusvalía su condición.
Hay tontos que, en su cortedad, asisten sin evidencias de su mediocridad a la instrucción pública, no levantando sospecha entre sus tutores y hasta aprendiendo, de corrido, los afluentes del Ebro o las fechas de las batallas de más relumbrón.
Tontos con progenie abundan en demasía por lo que se colige que la estulticia no es merama a la hora de hacer la corte a una dama si bien las excepciones son también abundantes y la estadística se cae como una baraja de naipes mal izada.
Hay tontos con media docena sana de hijos a los que ponen a estudiar hasta que se licencian en Veterinaria o Literaturas Germánicas Medievales y limpian, título en ristre, el inventario académico familiar, por lo demás, escaso.
Es curioso el hecho de que los vástagos no advierten el estigma paterno o lo advierten de una forma no traumática, mansa y precaria. La cultura, en ocasiones, redacta coartadas, ofrece argumentos contundentes. Eso sí, un tonto reconoce a otro nada más topárselo. No se precisa cháchara. Tampoco intimar en exceso. Basta el gesto, la mirada, el bizquear el ojo cuando una mota de polvo incómodo lo asedia.
La documentación que obra en los organismos competentes no revela el caso extraordinario del tonto recuperado. En el Registro Civil o en los expedientes académicos, en las hemerotecas civiles donde se manuscribe el prolijo inventario popular y todo su vasto anverso de rumores y bulos, no constan biografías de tonto embutido en listo.
El tonto gana en templanza y en serena madurez en el decurso enorme de una vida, pero no abandona el gesto, la mirada torva y pedernal, el bizquear rudimentario.
Para desalojar la tontura del pensamiento, las recetas no sirven, aunque la psicología y otras ciencias del comportamiento se devanan los sesos en seminarios y en conferencias con el fin de apostar una vía para solventar estas mermas.

II
Dionisio Trastámara de la Hoz, poeta laureado, cronista oficial de la muy noble villa de Valsequillo de la Pedrera, provincia de Toledo o de Cuenca o de Albacete, discreto accionista de una otrora pujante empresa de sombreros, fue en su infancia tonto de singular valía que ganó a pulso nombradía, fama y cierto cariño popular por una costumbre suya que consistía en no dar un paso sin un saco imprudente echado al hombro en el que, ajustada, primorosa, minuciosamente, depositaba los guijarros del camino.
A fuerza de arrastrar años enteros peso tan formidable, acabó impedido, negado a moverse sin que mil dolores pequeños no le devastasen el costillar y buena parte de la generosa espalda. Ahí conoció el numen, los endecasílabos, el folclor y el pasado de la gloriosa villa y se armó de esa prosa untada de leyendas y mística mariana para torcer de cuajo la opinión tallada a fuego en la memoria de sus convecinos y darles argumentos que fomentaran, sin pudor, sin compromiso, la nueva imagen de intelectual doméstico.
Lo que nadie sabe – y es posible que nadie sepa nunca – es que guarda en el sótano el fruto de esos años compartidos con los caminos de Dios. No hay noche que no descienda a la infancia tras tres tramos de sinuosa escalera de madera y contemple, entre el extasiamiento y la iluminación letrada, los guijarros, toda la obra faraónica a la que consagró su incomprendida mocedad.

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19.5.10

Ayúdame, oh Señor...



Ya sabemos que a la ficción la descabalga de su trono de inventos y de júbilos la realidad cuando un avión despeña su cola en el verano. Otro modelo es el que coloca en la paleta de colores de la televisión una patera a la deriva de casi todo. Africanos sin Gran Vía, mendigos del mundo a las puertas del Corte Inglés, pero la fibra sensible del espectador, accionada siempre por mecanismos que no comprendemos, por ancestrales resortes que cuelgan una lágrima si un coche revienta un perro en la carretera, a veces es incapaz de compungirse o de manifestar algún tipo de dolor si el telediario ametralla la dosis habitual de muertos anónimos, muertos de segunda división, muertos de algún remoto confín que únicamente conocíamos en las novelas de Emilio Salgari.
El hombre, iba a decir el espectador, pero es lo mismo, registra en su memoria lo que le conmueve para apuntalar a base de experiencia los desastres que están por venir. Da igual que sea un Boeing en una pista de Barajas que una barca reventona de parias negros como el tizón que han visto en España la avenida sideral de sus sueños. Tenemos una capacidad infinita para blindar nuestro asombro. Se nos cuela un desastre en un descuido y el alma sensible, pongo por caso, se avitualla de la costra durísima de la ceguera y terminamos el almuerzo con una ligera hinchazón en algún perdido lóbulo mental.
Por eso es buena la inmunidad que da la experiencia. Nos hemos acostumbrado tanto a ver morir a la gente en los periódicos, en la radio o en la televisión que parece que nos están contando una ficción, una especie de episodio impostado a la realidad. Llevamos sublimado los sentimientos durante un par de milenios como para venirnos abajo con la sentimentalidad de unas cuantas bajas, parece recitar el lóbulo afectado del cerebro. De vez en cuando volvemos al territorio del sentido común y de la piedad, nos deshacemos del blindaje y bajamos a pie de hecatombe para dar la vida si hace falta.
Andamos así, en los extremos de la cuerda: o cegamos los sentidos o los aupamos a una dimensión de una sensibilidad tan prodigiosa que hasta duele la mirada perdida de un niño. Si el elenco de damnificados sustituye la ristra de ciudadanos de segunda por un considerable listado de europeos, japoneses o norteamericanos, la atención mediática es sustancialmente distinta. Incluso el espectador se compunge con más fiereza porque de alguna secreta y oscura forma se siente más ligado al cadáver de un francés que el de un etíope, y hasta esa abstracción geográfica posee sus menudencias, su argumentario político o social o cromático. Cosas que no alcanza la razón a razonar: asuntos que no podemos diseccionar sin que un ramalazo de vergüenza atenace el pulso y herrumbre la cordura.
Vamos confiadamente ensanchando el territorio de nuestra felicidad, procurando que ningún zafio céfiro nos escore más allá de la senda prevista. La palabra incertidumbre, de tan rica ascendencia en lo literario, se revela hostil en lo real. No queremos que ninguna noticia inadecuada altere el menú estabulado. Ayúdame, señor, a escalar la cumbre de este día, escribió en un poema Borges. Ayúdame, oh fatum, a no cegarme del todo y ser capaz de encontrar en la desgracia ajena briznas de luz, espuma de esperanza, leves evidencias de que todo puede ser convertido nuevamente en dicha.
Llevo unos días de empastillado esparcimiento. Escribo esto, por la necesidad de escribir, sobre todo, por purgar cierto dolor que me está esquilmando el buen ánimo y la serenidad que traía. Escribo porque no se me van de la cabeza los accidentes de avión, las bromas pesadas con los ahorros de los abuelos o la rebaja de mi sueldo de funcionario doméstico o tal vez de pronto he visto todos los accidentes de avión, todas las mujeres matadas por su pareja, la tragedia, el caos, la posibilidad de que un movimiento de una pieza de un engranaje que no conocemos nos pueda reventar el futuro. Eso es lo que tengo en la cabeza, y ya lo estoy soltando, como bilis canalla en la boca del estómago, como cizaña semántica en el abismo de mi conciencia.
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18.5.10

Estoy decimonónico / Estoy químico

I/ Estoy decimonónico
A la democracia le ha sobrevenido una sobredosis de mercado: las leyes se están empezando a escribir mirando la rentabilidad que generan. A la realidad le está viniendo un acceso de ficción que provoca a los usuarios ataques repentinos de incredulidad. Incrédulo vive uno mejor. En la creencia de que lo que vemos es falso se gana más que se pierde. Si uno contempla la realidad como una trama novelística ninguna de las tragedias que la cruzan alcanza verdadero rango de tragedia y quedan, entre las páginas, como accidentes narrativos, caprichos de autor, uno de esos arrebatos que los escritores tienen cuando les atraviesa la inspiración.
El autor de esta novela en la que vivimos debe ser un descreído de cuidado. Escribe sin prestar atención al alma de sus personajes: los zarandea, los humilla, los envilece, los pervierte. Y a medida que la trama avanza, conforme se va viendo venir el desenlace, más rezamos (eso quien rece) por la intervención mágica de la providencia: más confiamos en el azar, que es un dios en lo suyo, un dios caprichoso y rudimentario al que encomendamos la salvación igual que un tahúr encomienda al ancho de su manga la suerte en la partida.

II/ Estoy químico
Me puse anoche a revisar este blog. Lo hice sin excesivo rigor. Yendo y viniendo por las páginas. Contemplando esta biografía sin propósito que ya va para cuatro años. Releí lo justo. Nada de lo que escribo, leído tiempo después, se salva de mi desaprecio particular. Me gustan siempre palabras sueltas. Un adjetivo colocado con mimo. Un verbo que de pronto redondea una frase. Ningún texto largo, por cierto, en este blog caótico. Todo escrito con afán de brevedad. Como queriendo no perder el tiempo yo ni hacérselo perder al lector que visita esta casa y advierte, en lo entregado, en lo editado, cómo ando. Estos días me está matando la alergia. Me invade un ojo. Me desbarata la voz. Me colapsa un pulmón . Enchufado como estoy a los fármacos, pierdo la noción exacta de la realidad. Varado en otra, me afecta todo lo justo. El efecto de los antiheptamínicos (algún corticoide, muchos aerosoles, varias pastillas de efecto relajante) me aturde, me deja en un estado de felicidad impostada, dependiente de la cantidad de química arrojada a mi sangre. A la sangre se la engaña con lo que sea. Con antiheptamínicos. Con ron cubano. Anoche soñé, bendita ilusión, que la crisis económica era un subidón de pólenes en el mercado. Soñé (digo yo) que los gobernantes daban con el antídoto eficaz y lo dispensaban alegremente en las calles, en las plazas, en las colas del supermercado. La realidad es que no hay quien la entienda cuando uno está químico. De hecho no hay quién la entienda cuando uno lo está. Al paso que voy cierro el blog y lo abro cuando tenga la cabeza en mejor disposición lírico. Estos posts no están a la altura. A no sé qué altura, pero no llegan ni a esa..Ah olvidé decir que a lo único a lo que me entrego con plena satisfacción es a la primera temporada de Fringe. Delirios paranormales. Conspiraciones sobrenaturales. Mulder y Scully contaminados de Grisson. Este tío de Perdidos es un genio.


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8.5.10

Palabras


Una de las palabras que menos entiendo del diccionario de la Real Academia de la Lengua es paisano. Por extensión, alrededor de paisano, afincada en los márgenes, merodea país. Sobre el país, escrito en base a su estela sentimental, flota el concepto de nación, que engendra el inevitable nacionalismo. Ahí el amable lector puede incluir bandera, himno, patria, terruño y hasta el deje fonético que se estile en su tierra. En la mía existe uno muy particular, una especie de sibilino arrastrado de la consonante "s" que marca con contundencia el territorio de mi pueblo y que excluye (por definición) el limítrofe.
Descreo de algunas palabras porque las palabras arrastran ideas y las ideas, cuando se forjan con materiales duros y se van adorando en el transcurrir agreste de los siglos, provocan conflictos, abren brechas en la convivencia de las personas y, en última instancia, hacen que nos vayamos matando a conciencia, a medio camino entre el deseo de que nuestras ideas pervivan y el deseo de que la idea del otro fenezca. Las armas las carga el lenguaje. No existe el diablo igual que no existe Dios. El invento de Dios también funda guerras. Dios es una palabra formidable para enredar una tarde de café y sentir el pecho trascendente y el corazón henchido de metafísica.
Creo en muchas palabras. Porque las palabras arrastran ideas y las ideas también forjan prodigios y cierran, una vez abiertas, las brechas que otras palabras abrieron. Las armas las descarga el lenguaje. Hoy tengo el corazón henchido de lenguaje.

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Me abrasa el tiempo...

Hace tiempo que descreo de la novela como benefactora absoluta de mi hambre de ficción. Descreo por haber leído las suficientes y por haber disfrutado enormemente de esas lecturas. En este primer semestre del año he leído tres novelas. Eso da una cada dos meses. No es nada de lo que pueda presumir. He leído vorazmente durante años. Por leer he sacrificado horas de estudio o le he robado horas al sueño, a los amigos o incluso, en ocasiones, al responsable ejercicio de ser un padre full-time o de ser un marido razonablemente comprometido con su pareja. La mía lee más que yo y también se lamenta de no disponer de un horario extra para comerle horas al sueño o al trabajo o a ese tiempo absurdo que se malgasta en los supermercados, en las tareas domésticos o en los medios de transporte que nos comunican con el resto del mundo. Al leer, al entrar en un libro, el resto del mundo estorba. Dicho mucho más crudamente: si el libro es lo bastante bueno, el resto del mundo no existe. Cuando leo a Borges o cuando leo a Conrad o cuando leo a José Ángel Valente (tres a los que releo con convulsiva recurrencia, valgan todas las duplicidades y todas las redudancias) no hay esposa ni hay hijos. Ni siquiera hay aire y hasta el aire estorba. Quisiera uno perderse, morir dentro del libro, disponer de esa asepsia perfecta en la que es posible la perfección lectora.
Vuelvo al principio del post: hace tiempo que no leo a gusto una novela. Sí leo (más que a gusto) cuentos, ensayo, sueltos de prensa, poemas, es decir, toda esa literatura de tamaño breve a la que se entrega un tiempo también breve y que se puede interrumpir sin que exista la obligación del regreso inmediato. Recuerdo leer a Proust y sentirme incómodo en un bar, viendo un partido de fútbol con los amigos: mi cuerpo y mi alma pedían Proust. Sabía, en ese mono libresco, lo equivocado de mi proceder. Sabía que Proust no podía competir con una cerveza con los amigos en la barra de un bar, que eran territorios de placer completamente separados, que en ambos Emilio Calvo de Mora era Emilio Calvo de Mora y ninguno de esos sucedáneos presentables que se sientan en una mesa de trabajo o que van o vienen al trabajo o compran leche en el supermecado de la esquina porque la nevera está pobre y la vida, a mi pesar, exige ciertos peajes. La leche es un peaje de cojones, con perdón. Y la lejía para dejar el suelo como un espejo o la ropa con la que paseamos las calles y que se vuelve vieja o pierde ese apresto con la que fue comprada.
En seis meses he leído tres novelas. La chica Einstein, de Philip Sington. Una investigación filosófica, de Philip Kerr. Ripley en peligro, de Patricia Highsmith. Uno de ellos, además, ya había sido leído. Fuera de la novela, a la que el escaso tiempo del que dispongo no me permite entrar como quisiera, he leído mucho cuento (Monterroso, Borges, Fogwill, Nabokov, Chejov, Cortázar, Lovecraft..) y ensayo (Savater, Eslava Galán, Marina, Canetti...) Y toneladas de poesía. Poesía a diario. Poemas en cualquier momento del día en los que uno pueda acercarse a la estantería y abrir un libro y ahí, de pie, sin el protocolo habitual, sin esa aristocrática manera en la que en ocasiones uno se enfrenta a los libros, entrar en Benedetti, en Góngora, en Valente, en Colinas, en Marzal, en un poeta-amigo que me gusta cada día más, no habiéndome gustado al principio (Lara Cantizani)...
Igual, al runrún de los años, termino siendo un lector de poesía, y dejo todos los demás géneros. En música me estoy afinando y me acerco al aburrido modelo de melómano monótono. Adoro el jazz. De cada diez minutos que le dedico a oír música, ocho están consagrados al jazz. Uno al blues. El otro es todo lo demás, que es precisamente la música con la que crecí, la que me hizo entrar en la responsabilidad de saber elegir qué escuchar y a qué dedicar el tiempo libre. El mío, a mi pesar, por circunstancias estrictamente personales, no es el deseable. No es, al menos, el que he tenido recientemente. Ampuloso, moldeable, libre, dúctil. Esta misma página, a la que he acudido casi a diario durante tres años largos, es ahora un divertimento ocasional. Este mismo texto está siendo escrito a vuelatecla. Se me escapa el tiempo. Me duele el tiempo. Me abrasa el tiempo.
De cómo no veo el cine, de todas esas agresiones que sufro a diario y que me fuerzan a no poder dedicarme como Dios manda (para eso sí que existe) a ver cine, mejor hablo/escribo en otro post. Ya he dicho que tengo que cerrar aquí...

.............(me reclama la realidad)

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7.5.10

Quemar antes de leer...






Quemar libros siempre fue cosa de quienes los leen mucho o de quienes no los leen en absoluto. En realidad son armas de destrucción masiva. O de construcción masiva. Según quién los abra o quién, a capricho de su barbarie, los arroje al fuego y vea cómo arden. Sabemos que arden bien. En la fotografía, fechada en 1.935, no deja ver si los operarios de la pira se alegran del trabajo o si, al contrario, obedecen en plan mecánico, asienten y proceden con tal de que les siguen pasando la nómina a final de mes. Cosas peores que quemar libros se hace bajo la consigna de obedecer órdenes o de mantener a una familia. Lo terrible es que todavía haya gente cazurra a la que unas urnas o un enchufe o un golpe perverso de suerte les coloca en un despacho o en un ayuntamiento o en un ministerio y desde ahí, comprendiendo el alcance de su vara de mando, administran el porvenir ajeno. Un desletrado es más manipulable que uno leído. El ágrafo, el pobre que no ha sentido la llama viva del saber ni le han enseñado a sentir su orfandad libresca, sólo pide pan y circo. En esa fractura del sentido común reside la vigencia de estos cafres que insisten en su delito. El que quema los libros es un delincuente, el que priva a otro de la riqueza infinita de los libros es un delincuente: uno presentable, incluso uno razonablemente honesto con su oficio, pero malvado, perverso, siniestro en el fondo.



Han quemado libros gente de iglesia y gente sin Dios. Freud se alegraba de que fueran sus libros, a ojos de los nazis, los que merecían fuego y no él al modo en que siglos atrás quemaban a los impíos, a los blasfemos, a los heterodoxos. No sé si hoy está a la baja la quema de libros. Sé que hay países que prefieren cerrar páginas incómodas que la Red ofrece más cómoda y democráticamente que los libros. La peor censura es la que se ejerce a la vista, sin que el catón se cuide de disimular su trabajo, la que incluso se exhibe orgullosa y se erige como aviso. La máquina de la propaganda de un régimen cuenta con operarios dúctiles: no saben qué hacen, ignoran que están colaborando al embrutecimiento del pueblo. Pero se pueden aplicar normas censoras similares de forma sibilina. Vemos a diario libros quemados sin que se vea una llama cercándolos. Se queman ninguneándolos, reduciéndolos a frivolidad, escondiéndolos en los rincones más reservados de la cultura oficial, considerándolos innecesarios, poco recomendables. Y se puede fomentar desde los despachos del Poder (en esta tierra, en otra) la presencia activa de unos libros y la invisibilidad (interesada) de otros. Formas modernas de la pira literaria. Somos más discretos, admitimos lo incorrecto de algunos gestos, pero no nos resignamos a controlar el conocimiento de los demás. No vayar a ser que sepan, no vaya a ser que aprendan. En todo caso, a conciencia, en plan exhibicionista, o en privado, subrepticiamente, siempre es bueno contar con obreros que hagan el trabajo sucio. Quemar libros es de una suciedad absoluta. Hasta los que ordenan la quema saben lo terrible de ese acto.




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6.5.10

Cine negro


Contra lo que impone la costumbre, agasajada por cientos de películas de cine negro, la fotografía es auténtica. Se construyó a continuación de que alguien, bien trajeado, probablemente escoltado por un par de matones de nariz rota, escrúpulos inexistentes y ansia por agradar al jefe, decidiera quitar de la circulación a este pobre tipo, un tal Howard Guilford, a la sazón editor de un periódico que incomodaba al fulano de la metralleta en el maletero y la biografía reventona de muertos en los arcenes y coches convertidos en quesos gruyere de 1920.




Y al ver la fotografía he pensado en Camino a la perdición, un film portentoso en el que la muerte se desliza siempre a ras de fotograma y donde incluso se prestigia la belleza macabra de los muertos abandonados en el suelo, en las bañeras de los moteles baratos, en el asiento delantero de un Ford. Son los muertos que Maguire (Jude Law) registra en su cámara, arañándole al tiempo, al inasible, una brizna de su rostro. Es cierto que la realidad supera siempre a la fantasía, que la ficción no alcanza a ser tan retorcida como puede llegar a ser la vida real. Y todo está impregnado de cine y vemos fotogramas en donde sólo hay pobredumbre, grises que quieren seguir siendo grises, dolor más allá de la visión esporádica de quien sólo acudió a ver en qué consistía la trama.

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