29.4.10

I read the news today, oh boy...(Revisited)


El próximo 18 de Junio Sotheby's subasta la cuartilla en la que John Lennon registró la letra de A day in the life, el corte que cerraba Sgt. Pepper's Lonely Heart Club Band. Siempre que pasan estas cosas, que alguien de pronto pone en circulación algo que estaba perdido y a lo que se le da un valor indecente (rondará el millón de dólares, según recogen los diarios), pienso en el hambre en el mundo. Pienso en la injusticia y en lo indigno. Que alguien suelte esa pasta y presuma, en fiestas con pedigrí, en la que casi todo el mundo tiene algo de lo que presumir y que posiblemente todo el mundo querría tener. No sé qué haría yo con la letra de mi canción favorita de los Beatles. La miraría con arrobo como miro las Obras Completas de G.K. Chesterton, en una edición de Plaza y Janés del año 61. No me molesta que otros aficionados a Chesterton compartan conmigo la posesión de ese libro. Es más: me produce una satisfacción erorme sospechar que en algún lugar del mundo, quizá a la vuelta de mi casa, en el bloque de al lado, alguien que no conozco lo abre por la página 1.463 y lee El hombre de las cavernas.
Ahí Chesterton formula la idea de que vivimos en un mundo extraño, pero no de una manera astronómica, sino de un modo sencillo y familiar. Luego Chesterton imagina que Dios escribe un libro sobre el hombre. Libros sobre Dios escritos por el hombre hay miles. Se solaza de que la idea le pareciera blasfema a su editor. Me pregunto, al hilo de Lennon y de Chesterton, qué pensaría el finado John si descubriera, allá en la inconcebible atalaya desde donde nos mire, las tropelías comerciales que se realizan sobre sus manuscritos. Creo que disfrutaría infinitamente si tuviese conciencia exacta de su trascendencia en la cultura popular del siglo XX. Y tampoco sé qué pensaría sobre ese anuncio televisivo en donde le cogen prestada la voz y la incrustan en un atrezzo ajeno, en un discurso al que no se arrimaría. Igual mañana encuentran una hoja manuscrita por Chesterton donde confesara, en ese estilo suyo entre lo ameno y lo maravillosamente protocolario, su adicción a literatura de más baja estofa. O leemos, entre el asombro y la fascinación, que en sus últimos años se hizo incrédulo y se dio de baja en las filas cristianas. Seguro que Juan Manuel de Prada se queda de piedra.

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27.4.10

La bella y la bestia



Errol Flynn le inyectaba vodka a las naranjas: así vencía la prohibición expresa, registrada en el contrato, de beber alcohol en los rodajes. Aquí le da a una Brigitte Bardot de dieciocho años un brebaje del que desconocemos la mezcla. No sabremos nunca qué bebía en estas fotos, tomadas en Cannes, en 1.956. Algún brebaje sobradamente comprobado. Elixires que el alma agradece. Licores sublimes.
Uno sabe la historia escondida detrás de las historias que se ven: imagina al mujeriego Flynn, el que tocaba Star spangled banned, ese arrebato patriótico de un país que no era el suyo, en el piano de las fiestas, sin manos, a calzón caído, entrando a la Bardot con sus mejores armas, contándole la vida escondida debajo de la vida, toda esos abordajes con el puñal en la boca y las mallas ajustadas, marcando paquete. Pero igual estaban en otro giro de la trama y el galán quemado le confesaba a la diva en ciernes el precio de los excesos. Tres años más tarde no habría más vodka en las naranjas, más fiestas suicidas. El médico que le practicó la autopsia dijo no haber visto nunca tanto destrozo adentro.

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España


Oigo esta mañana en la radio, en la voz de un columnista hertziano, la palabra guerracivilismo. Me afeito pensando en trincheras, en dos frentes, en iglesias quemadas y en fusilamientos al alba. Cuido el pulso, me esmero en que la cuchilla rasure sin sobresaltos, me miro en el espejo y confirmo que no sangro. No están hablando de política. Ni siquiera el muy andaluz, en la fonética y en las formas, comentarista está hablando sobre Historia. Le está dando un repaso informativo a la cogida que José Tomás ha tenido en Aguascalientes, en México, y por la que le han tenido que soplar ocho litros de sangre. Más cornadas da el hambre, que diría el castizo. Lo cierto es que de pronto, en un quiebro, en una finta asombrosa, el comentarista se arrima a la España corneada en su base, a las provincias dividadas por las lenguas, enfrentadas por los toros, empujadas sin tiento a una especie de versión nanotecnológica del guerracivilismo, término que me acompaña mientras desayuno en el bar y entro en la ficción de que los allí presentes abramos la barra libre del odio y en un plisplás nos metamos en faena bélica, por no apartarnos del mundo del rejoneo. A ver quién le mete a España veinte bolsas de plasma, con sus leucocitos y sus plaquetas, y la saca del punto muerto, sentencia el comentarista. Sospecho que no le está pidiendo a ZP nada: está solicitando al oyente que vaya pensando ya, a dos años vista, el voto fundamental; le está diciendo que espabile, coño, que se desangra el país, que se nos muere en los pies a no ser que hagamos algo. A Tomás le meten sangre azteca y vuelve nuevo. Los toreros están hechos de un material distinto.
A los países le metes sangre extranjera y te crucifican en los bares, en las tertulias de la radio, en los escaños del Congreso. Aquí todavía tenemos ese amor por la causa propia, la que no entiende de mezclas, la que se engrandece en la pureza misma, la que se alimenta de mitos ancestrales y no precisa de la presencia del otro, del extraño, de quien no comparte ideario, crucifijo, églogas, bucólicas y danzas del terruño.
España se parte en antigarzones y en prozejas, en merengues y en culés, en laicos y en fieles, en quienes escriben panfletos y en quienes los queman. Se nos da perlas eso de militar en los extremos. Los bares de España son tribunas domésticas en las que los acuertelados se desacuertelan y se explayan en soflamas, el incendio de la palabra entre pinchos y cañas. Vamos de las puyas a Tomás en Aguascalientes a la lesión histórica de Raúl en La Romareda y caemos, en la travesía de las frases, en la cuenta de que toda la tragedia se vacía en una barra de bar, en buena compañía.
Pienso en esto, en la España abierta y en su mitad hendida, la España problemática que los del 98 inventaron por unas colonias y por unas metáforas, mientras salgo a la calle y me envalentono lo que puedo. Dame, señor, coraje para elevar al cumbre de este día. Así rezaba a diario el buen Borges, el incrédulo, el metafísico. En ese temple semántico me meto yo y rezo, a mi manera, para que la sangre no se pierda en los caminos y sigamos pendiente de que Raúl evolucione a bien y salga por la puerta grande del Bernabéu y Tomás venga a España en vuelo directo y regrese a los ruedos a Córdoba, mi pueblo, donde se le espera con júbilo y donde el público agreste ha sentido como propia la cornada al maestro. Y no sé si hay guerracivilismo, pero no estamos desenterrando muertos y volviéndolos a enterrar, levantando epitafios, leyendo la letra pequeña de los huesos, buscando razones para la sinrazón y exponiendo los argumentos en las columnas de los diarios, en las tertulias de las radios, en las barras de los bares, en los bancos de los parques, en todas esas tribunas en donde el español, que es especie verbal y se enciende en sintagmas, se siente más a gusto.



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20.4.10

El cementerio marino



Leí El cementerio marino en español, en unas vacaciones en Fuengirola, a pie de playa, emboscado en una sombrilla Schweppes, a salvo del rigor de la canícula, bien pertrechado de latas de cerveza y camuflado bajo unas generosas gafas de sol y una gorra de visera. La leí en español a pesar de saber que estaba perdiéndome mucho de lo que Valéry había consignado en sus versos. Recuerdo una profesora universitaria que exhibía su manejo en el francés recitándolos fuera de contexto. Anoche, veinte años más tarde, volví a leerlo completo. No me asombró lo que entonces. Me sentí cautivo de aquel verano en Fuengirola, pensé en el mar, en la posibilidad de que la cercanía del mar condujera mi lectura al modo en que ciertos olores guían nuestro paso por una calle o cómo algunas palabras resucitan recuerdos y sentimos, en ese instante preciso, sensanciones alojadas en el remoto limbo del olvido, allá donde abandonamos fotografías de nuestra vida a la espera de que algo, qué sé yo, un verso, una melodía, una caricia, las reviva y las haga cercanas e íntimas. Leí a Valéry tan mal, a juicio de algún pureta de esto de las poéticas, que ahora no encuentro el atrezzo preciso. La playa está bien para leer a Dan Brown, me dice K. Para leer prensa deportiva. Para hacer sudokus, crucigramas, esas retorcidas formas de combatir el tedio. Este verano pienso echar a la maleta a Valéry. Lo leeré como entonces. Transformado. Convertido en un turista de mí mismo. Mirándome desde lejos. Comprobando que ese yo rudimentario y eventual es tal vez el yo verdadero y éste de aquí, rutinario y formal, responsable y duradero, es impostado, es una convención que simplemente se maneja por los días y se refugia en el sueño por las noches.

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Dios es inalámbrico...



Soy laico por pereza teológica. Contra mi voluntad pagana está el argumento de los argumentos, la madre de todos los argumentos, el argumento absoluto que echa por tierra y convierte en banal el argumento más contundente. Si existe o no Dios está fuera de mi alcance así que ante la posibilidad de mirarlo de frente y buscarlo entre las piedras, en la luz de la mañana y en los ojos que me devuelve el espejo, preferí no mirarlo, no enfrentarme a su enigma, vivir sin metafísica, conducirme por las tortuosas sendas del tiempo sin que ningún quebranto místico torture más lo que ya viene averiado de fábrica. Nacemos débiles y morimos débiles. En mitad de esa travesía buscamos en la fe el asidero que en ocasiones no ofrece el camino. Admiro la voluntad de quien ha visto la luz y se deja llevar por lo que esa luz ofrece. Yo ando un poco a oscuras, aunque veo con precisión y mantengo la teoría de que se puede ser feligrés sin que uno lo sepa y no serlo practicando misa de doce y leyendo los evangelios en las últimas horas del día. He visto místicos huecos y gente aparentemente hueca con guarnición de mística.
Soy laico por un principio estético. Lo que me da la literatura no lo iguala la religión. Las parábolas sobre las que se sostienen el edificio de la religión están dentro de los las historias que cuentan los libros. En la novela está Dios. En la ficción está Dios. Metafísica y ficción, metáfora teológica y fábula, andan juntas y hasta pueden llegar a confundirse. La fantasía es un ingrediente fundamental de la comprensión de los hechos divinos. Uno cree en Dios al modo en que cree en los fantasmas que pueblan los cuentos góticos victorianos. La metafísica es una disciplina de la literatura fantástica: lo escribió Borges, que era un laico incoherente, uno del tipo que lampa por encontrar algún vestigio de milagro en las horas, pero que se acuesta pobre de asombro, convencido de que vivimos aquí y morimos aquí y que afuera de esta cárcel de luz y de sombras no hay nada más. En cierto modo, qué más da que haya o no. Qué me importa el infinito futuro si ya he perdido el infinito pasado. Ando trabado en estas conjeturas. Me fascinan. Advierto que más que creer o no lo que practico es una vigilancia metódica, una especie de indagación estética que, en ocasiones, me hace verlo todo limpio y sencillo y que, en otras, sin explicación satisfactoria, me regala turbiedades, me empuja a lo oscuro. En ese viaje está el placer formidable de estar vivo. En otro orden de cosas, o es el mismo, quién sabe, no me pronuncio sobre la pederastia de los curas ni me envalontono cuando a pie de barra de bar alguien se pone bravucón defendiendo a la santa madre iglesia, todo así con minúscula. Me parece que están los tiempos revueltos y que la nube tóxica alcanza a todo el mundo. Creo que hay sacerdotes dignos como los hay infames. En ese renglón argumentativo, podemos incluir fontaneros perversos y fontaneros nobles, medievalistas asesinos y medievalistas de proceder manso y encomiable. En una reciente conversación de bar, lugares tan gratos para conversar, decidí no involucrarme. Creo que pasé por lo que no soy, pero preferí esa abstención fonética. Callar. No decir. Hacer ver que en realidad no es un asunto que me preocupe. No está en esa falta de los eclesiásticos el mal de la iglesia. No, al menos, únicamente ahí. Es un asunto mayor, pero lateral. Es un asunto judicial, no teológico ni privado. Hoy Rouco Varela ha dicho lo que tenía que decir hace mucho tiempo. Igual ese silencio prolongado durante semanas ha dañado. No tengo motivos para ver en los curas que veo a diario curas lascivos. Se agrandan los arquetipos y en ellos entran las bestias al tiempo que los sabios. No duele que se consienta el mal: lo que duele es que exista. Subsiste, ilesa, la controversia. Tengo fe en los míos. Inasequiblemente tengo fe en quienes amo. Tengo fe incluso en John Ford. Fe en Coltrane. Me voy a explayar ahora que tengo tiempo: tengo fe infinita en los endecasílabos, fe en la bondad y en la educación, fe en la belleza. Tengo fe sin sobresaltos: fe privada, politeísta, imperfecta. En todo lo demás, en la comunión del hombre con el creador, en la irresistible llamada celestial, prefiero (como Bartleby) abstenerme. Ya hay quien se manifiesta, quien airea su compromiso. A mí, en estos tiempos de relativismo nanotecnológico, uno tiene que ser fiel al menos consigo mismo. Cuesta, no crean.


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19.4.10

Desde París con amor: Shoot 'em up again...



Soy un escéptico. No creo que el cine esté siempre al servicio de la belleza ni que esté cimentado en ideas nobles ni que, por supuesto, ilumine, inspire, concite todo eso que los sesudos de las academias recogen limpiamente con la palabra cultura. en este sentido, Desde París con amor no ilumina ni inspira. Ni siquiera de una forma lejana, caprichosa o tangencial se acerca a la cultura de los académicos. La suya, pues un trozo del pastel de la cultura está dentro, es de calle. Cultura pedestre. Entretenimiento sin alambique intelectual. Lo que sí da es un vertiginoso festival de acción casi vacía, consciente de su propia evanescencia, instalada en el cómodo diván de los enfermos que no se esfuerzan en medicarse y se obstinan en sacarle partido a sus achaques. Por eso la cinta no es desdeñable enteramente. Posee brío, gana conforme la trama se va desenredando, eso en el hipotético y feliz caso de que el amable lector consiga vislumbrar alguna trama reseñable. Es un noble producto de consumo al punto de que incluso se permite jugar con la cinefilia del espectador más formado cuando el superagente Charlie Wax - un John Travolta absolutamente memorable - se convierte de nuevo en Vincent Vega al mando de un Royal con queso.
Luc Besson es un francés a la americana cuando siempre ha sido el americano el que se ha afrancesado. Besson explota los clichés que sirve graciosamente Hollywood. Le basta buscarse un secuaz con ingenio (Pierre Morel, Venganza) para no gastarse detrás de las cámaras y, sin embargo, seguir contribuyendo a la nómina de films palomiteros con los que satura desde hace ya casi dos décadas al cine europeo.
De hecho todo se reduce a una espídica travesía por los barrios bajos de París a la caza de un célula terrorista que planea reventar una alta reunión política. A Jack Bauer no le hubiese incomodado echar una mano y cargarse unos cuantos yihadistas. Wax se vale solo. Su valía como héroe de acción agota. En cierto modo, el molde del que sale el tal Wax es el mismo del que nace Jason Bourne, aunque en este conflicto los guionistas se han desembarazado de toda posible indagación psicológica y se han ensañado con el material fungible. Disparos, piruetas, persecuciones a pie, en coche: todo extremadamente bien ensamblado para que el visionado sea convincente y aturda en la medida justa. Nada hay que ofenda en el film: tampoco nada que trascienda. Me parece que estamos entrando en una espiral peligrosa de cine vacuo. Formalmente impecable, pero no miremos dentro. No busquemos. No nos extraviemos en el interior. Ahí todo es vulgar y desangelado de encanto. Ni Travolta, al que admiro en estos papeles de cafre puro, salva el estropicio. Así que hete aquí que este escéptico que últimamente ve menos del cine del que quisiera se encontró a gusto en la butaca. Sin babear, no crean, pero gilipollescamente feliz. Ya está dicho: el cine a veces está en ocasiones al servicio de la mediocridad. Y funciona.

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18.4.10

14:38

I
El libro que más veces he intentado leer se llama Finnegan's wake. Lo escribió Joyce. Lo tengo en una estantería alta. Está entre El libro del desasosiego de Pessoa y Campos de Castilla de Machado. No se contagia de ninguna de los dos. La pesadumbre de Pessoa no infecta la hermética belleza de Joyce. La limpieza sintáctica de Machado no contamina la belleza críptica de Joyce. Ahí están los tres, a mi espalda, mientras escribo, en la estantería alta. Para cogerlos debo hacer un esfuerzo o coger un banquillo. Me pregunto si existe alguna ley invisible que gobierna la forma en que colocamos los libros en las baldas. Fernando Savater junto a Paul Auster. Borges a la vera de Baroja. Las mil y una noches junto a José Antonio Marina. Son habitaciones extrañas. Como dos personas que duermen juntas y se dan la espalda o se abrazan o copulan y después se levantan y hacen vidas divergentes. Uno va a la oficina. Otro a una gran superficie para hacer llenar la despensa. De noche vuelven a encontrarse en el mismo sitio. Se dan la espalda. Se abrazan. Se dicen palabras bajo la sábana. Se aman con ternura infinita o se descosen a besos.

II
Ayer sábado estuve en un festejo admirable. Se conmemoraba que un colegio lleve en pie cincuenta años. Es un colegio de barrio y un poco de esa felicidad doméstica de calle de barrio, rutinaria y jubilosa, de juegos en las plazas y de pequeñas tiendas en las que la vida se abre como un atlas, se dejó ver en los pasillos, en los patios, en la alegría sin metafísica. Uno es alegre sin metafísica. Se le agria el gesto y se le turba el ánimo cuando se convierte en filósofo. Ayer sábado, en el colegio de mi pueblo que cumplía cincuenta años, me sentí feliz sin metafísica. Me bebí la vida en cinco vasos largos y fumé como Humphrey Bogart cuando era Sam Spade. Y escuché, mientras comía un arroz antológico, un vals de Shostakovich que Kubrick me enseñó en un cine.

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16.4.10

Oh yeah


Confieso mi debilidad por la buena vida. Al modo en que otros se declaran enfermizamente devotos de las novelas victorianas, adictos al facebook o enganchados a machacarse el cuerpo en un gimnasio. Esta querencia mía ocupa más campo, se maneja mejor en argumentos menos particulares y apela al sencillo ejercicio de disfrutar de una manera consciente de los placeres. Puedo perderme en Jane Austen, pasar un buen par de horas en las redes sociales o hacer pesas oyendo jazz blandengue de fondo, pero ninguna de esas ricas experiencias sensitivas, culturales o atléticas me precipitará a la ceguera que me impida disfrutar de otras. Nada en esta vida merece que le prestemos toda la atención.
La buena vida, muy retorcidamente expresado, consiste en no dejar pasar nada que nos enriquezca sin que nada de eso que nos ha enriquecido nos ocupe el tiempo que podríamos invertir en encontrar más fuentes de riqueza personal. Estoy escuchando música barroca y me está saliendo un texto de alambique puro. Me parece que voy a sacar al fértil Bach de la bandeja del CD y voy a poner un poco de ska vía primeros Madness. Baggy Trousers. Benny Bullfrog. Todos aquellos alegres estribillos de farra que ahora me parecen, a la luz de la experiencia, himnos.
La buena vida, en esta noche en la que no pego ojo, consiste en quererse uno mucho para poder desprender amor a todos los que nos rodean. Me quiero hedónicamente. Me cuido en no lastimarme. Trato de darme el mayor número de júbilos posibles. Me como la cabeza en encontrar festejos nuevos, pero no voy a comprar ningún libro de Bucay. Ninguno de Coelho.
Oigo Bach a las dos de la mañana en unos cascos Kenwood que compré en Canarias hace veinte años y que todavía suenan cristalinamente. Tengo al gordo de Bach en la cabeza. Veo su peluca blanca y su cara gorda mientras me convenzo de que lo razonable sería ir retirándome al catre conciliador. Mañana será otro día. Viernes angelical. Feels so good, que tocaría Mangione.



14.4.10

Beber, vivir, amar



Eso de ataviarse en plan regional para ponerse ciego de cerveza me suena a coartada cultural. Uno se despoja del yo rutinario, se emperifolla a la usanza más castiza y se castiga el cuerpo a base de productos de la tierra. He visto gente precipitada al desquicio etílico en la creencia de estar ejerciendo algún tipo de rito ancestral. El cuerpo es una máquina obediente a la que no debemos maltratar: si le damos placeres, los pide más tarde. Fieramente. Si lo encerramos en una cárcel y le privamos de esos placeres el cuerpo tarda bien poco en olvidarlos. Ésta es la obediencia. El vértigo es la traición. Por eso nunca he ido al Oktoberfest en Alemania. Temo engancharme. Temo asemejarme al pobre perro de Pavlov y buscar en cada camarero de los bares que frecuento a la hembra bávara de la fotografía que ilustra este escrito. Y encima adoro la cerveza. Lo que no me cuadra es el desafecto de la juventud de ahora por un buen atrezzo. La ingesta masiva de cerveza es la cara vista del botellón, que es un oktoberfest semanal sin cristal ni rubias jaquetonas.
El mocetón que se pone tibio de birra en un reservado que la Concejalía de Cultura o la de Festejos o la de Urbanismo le procura para que satisfaga a gusto no percibe el alcance metafísico de la cogorza. A Charles Baudelaire, un bebedor insigne, le ofendería este uso agreste de las moléculas del alcohol. Le daría grima el desparpajo con el que los jóvenes se acuertelan en las traseras de sus coches y vacían litros de turbios elixires de garrafón. Le produciría ardores intelectuales que malgastaran el tiempo en esos festejos paganos, inverosímiles (beber hasta aturdirse, sin razonar los motivos del desquiciamiento y conducir la ebriedad a cierto estado de inspiración artística, digamos).
Lo que inquieta de este rebaje en el glamour es que se esté gestando una sociedad bruta, ciega y sorda a la que no le interesa lo más mínimo adornar la ebriedad, embrumarse de palabras y alcanzar una especie de nirvana perfecto del que luego poder bajar y al que en ningún caso se le debe peaje. He tenido y aún tengo buenos amigos a los que los perdió la bebida. Alguno no lo contó. Pero ninguno de ellos se precipita a las afueras y se engolfa el hígado con brebajes infames. No son ricos ni se procuran licores caros, pero le dan carta de estilo al acto sencillo de beber. Se engalanan casi. Se colocan en esa posición cómoda desde donde disfrutar sin que el exceso enturbie ese disfrute. Es francamente complicado no querer ir más allá. Mi amigo Curro no supo manejar la felicidad brevísima y fantasmal de un gintonic oyendo blues en la barra de un bar y murió sin dejar ni siquiera, pese a su edad, un cadáver perfecto como querían los puristas del negocio de los tóxicos. Al menos disfrutó del éter venereo de sus vicios en buena compañia, abrigado en invierno, fresco en verano, consciente del riesgo, orgulloso de gobernalo a antojo, decidido (al cabo, a mi desgracia como amigo) a mirar el abismo y permitir que el abismo también lo vea. Y todo sin traje regional. Sin alemana reventona. Sin coartada cultural que valga. Se le echa, no obstante, mucho en falta.

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3.4.10

Frank Zipnatra


No tengo ni idea de dónde conseguirlo, pero sé que me encantaría volver a fumar (es un decir, ya fumo en circunstancias extraordinarias) y encender los cigarrillos con este zippo maravilloso. Hace veinte años tuve uno que encontré en el suelo de un antro oscuro y dulzón en San Fernando, en Cádiz. Lo usé con vehemencia y fumé con un extraño aire de aristocrática tristeza. Luego lo perdí en otro de esos antros, creo. Como un objeto mágico digno de Propp o de los cuentos fundacionales del primer Tolkien, el mechero igual ha vuelto a su dueño y ahora está leyendo este comentario escrito a título casi estrictamente personal. No manejo certezas sobre la utilidad de lo que escribo para un lector. Incluso para el eventual lector cómplice que sepa de qué pie cojeo y hasta qué punto estoy dentro de lo que escribo. Y hoy, buscando una foto del bueno de Frank con la que ilustrar el post anterior a éste, encuentro esto. Me encantaría que alguien sensible y generoso, al que el azar le premiara con la posibilidad de comprarlo, me lo regalara. No tomen nada al pie de la letra. De hecho, no entra en mis cálculos volver a fumar seriamente.

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Sinatra, el payaso interior



Esta cara de payaso la pintó Frank Sinatra en el hotel Felipe II, en El Escorial. Era el año 1.956 y Sinatra rodaba Orgullo y pasión (Stanley Kramer, 1.957) en el Madrid de Franco y del Fotogramas en blanco y negro, reventón de frivolidades y fotos de estrellas de Hollywood, por un par de pesetas. Al término de las sesiones de rodaje, en el hotel, Frank Sinatra se bebe el Manzanares con falda escocesa y se consuela en un piano del bar pensando en Ava Gardner, la mujer a la que amó, por la que trató de sucidarse dos veces, a la que veneró al punto de crear en su mansión de Los Ángeles un altar, en el que cientos de fotografías y de retratos ocupaban paredes limpias de materiales caros, la mujer que recorría las tascas de Madrid de la mano de Luís Miguel Dominguín, del que cuentan que nada más terminar de hacerle el amor en un hotel del barrio de los Austrias le dijo que se iba sin dilación, "a contarlo".
La cara de payaso es un autorretrato. Sinatra está dentro, herido, lleno de canciones de amor y de deseo. Ahí está el Sinatra de las baladas descorazonadas, el crooner perfecto que encandilaba a las mujeres con su voz sublime. Cuentan que Sinatra pidió en ese bar del Felipe II una conferencia con Ava Gardner, que vivía en la ciudad, un poco más abajo, hechizada por los toros y por la ginebra, convertida en el animal más hermoso de la Gran Vía, en el exótico trofeo de una España de hule y rezo, de No-Do y copla, pobre como un ayuno y pecadora como una suscripción al Playboy. Cuentan que el romántico Sinatra le susurró a la Gardner el repertorio completo de los años en la Capitol. Canciones de amor en un teléfono negro que ahora, sesenta años más tarde, sería un objeto retro, ahora que hasta los cereales Kellogg's se venden en envoltorio vintage. Cuentan que Sinatra cantó sin considerar si su amada seguía al otro lado de la línea y que sólo colgó el auricular cuando ella entró en el bar del hotel, envuelta en un abrigón de visión y sin nada debajo.
El bootleg de esa declaración de amor, si alguien hubiese pulsado el rec y el play de alguna grabadora casera, improvisada a la vera del teléfono, sería ahora un documento impagable. La Voz, el genio de los ojos azules, el cantante que hizo que a mí me interesara el inglés y que me atreviera a ensayar en ocasiones especialmente etílicas Cheek to cheek o I've got you under my skin, hizo su mejor recital. No imagino una ocasión mejor. De hecho creo que la historia es falsa, aunque Sinatra bebiese media Escocia en ese hotel y su amada esquiva se bebiese la otra media en Madrid, a unas decenas de kilómetros.
La Gardner se encamó lo que pudo con la chusma analfabeta de un país exótico a los ojos de una diva de la meca del cine. Sinatra se casó poco después con Mia Farrow. "Siempre pensé que Frank acabaría acostándose con un muchacho" fue lo que se le ocurrió a Ava cuando supo de la noticia de la boda. Luego setenció con más mala sangre: "Querida, eres la hija que Frank y yo nunca tuvimos..."
Todo eso tenemos. No nos faltan decenas de rumores, episodios sublimes sobre el vértigo de la carne y la ebriedad de la sangre. Amantes incansables. Bebedores insobornables. Crápulas inmortales, mujeres a salvo del olvido. Lo que no tenemos es Night and day susurrado en ese teléfono del Felipe II. Eso nos falta. Sinatra cantando desde lo más profundo de su accidentada alma.







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