29.3.10

"... Desde hoy quedáis todos conquistados"



(Un buen amigo me dice si no he escrito nada en mi blog sobre Les Luthiers. Problemas con el post anterior, al que invadían culebras y sapos víricos, me obligan gustosamente a republicarlo. Los comentarios de Antonio Merino, de Álex y de Isabel los tengo casi memorizados, no importa que se hayan perdido)


Si tuviera que escoger un momento particularmente dichoso (y vamos a deslindar la dicha de cualquier acepción mística o bíblica o trascendente) probablemente elegiría mi época universitaria. La ocupé con libros hasta que los libros me ocuparon a mí y decidí que tenía que desalojar el tiempo que les presté para poder (al menos) salir a la calle y contarlo. Aprendí en esos años que la vida transcurre siempre fuera. La experiencia interior (incluso la más alta y la más espiritual) precisa del atrezzo cómplice que la justifique. Escribo para ser leído y, teniendo pocas certezas, ésta es una que no es fácilmente desmontable. Le confìo a la escritura el cometido de que me explique a los demás, aunque al final esa tarea es una trampa y verdaderamente a lo que aspiro cuando escribo es a entenderme a mí mismo. Cuarenta y algunos repetidos años de tozudas pesquisas no han dado luz a esa oscuridad doliente. Ni cuarenta más pretendo que la den. Estar perdido tiene sus ventajas. La búsqueda es el destino.
Caso de que ese proceso de investigación privada fracase, la escritura quedará tal vez como el monumento vacío de toda esa batalla perdida. Llevo escribiendo toda la vida y no pienso dejar de teclear salvo que el desencanto (algunas veces ha venido) insista en exceso y mi pereza le haga sitio en mis vicios.
La vida es un fiesta de bárbaros que luego no se dignan a recoger los vasos. La mía entonces era un divertido juego de espejos y los días se precipitaban como caballos salvajes al azogue oculto. Como todos a esa fantástica edad, yo era espectador de mi propio teatro y aprendía que nada hay más divertido que cerrar bares (sucios de bourbon y de humo de Chesterfield) recitando a Les Luthiers.
En ese extraño oficio tenía compañeros infatigables. Estaba Antonio Merino, que era capaz de bostezar treinta veces seguidas e ir consignando en un reservado de los apuntes de Pedagogía cada abridero de boca. El verdadero Antonio Merino, al margen de la tuna de la Facultad de Derecho y la indestructible confianza en la amistad como bien mayor a conservar por los siglos de los siglos, era la fe en Les Luthiers. Y era una época mala para profesar religiones insunstanciales como ésa que se embriaga de textos iluminados por la gracia y que firmaban unos cuantos argentinos chalados, comidos por una fiebre que entonces empezábamos a envidiar. Lo curioso del caso es que nos gustaban en las circunstancias más adversas: no habíamos tenido el honor ni el placer ni tampoco el júbilo plenipotenciario de haberlos visto en directo, así que todo nuestro parroquiano fervor provenía de oírlos de unas mediocres cintas de cassette (Basf, TDK, Sony) que reventábamos a discreción.
Cuando pocos años después pudimos verlos en Córdoba, en el Gran Teatro, la sensación de plenitud nos alimentó el alma. Yo (antes) hasta llegué a pensar que carecía de alma; al menos el alma clásica que los antiguos conectaban con los dioses más propicios: mi alma o lo que hubiera allí dentro me la agitaba Borges (lo siento, Álex), me la agitaba Queen, me la agitaba Les Luthiers. Fuera de esos tres templos del entretenimiento (no era nada más y sigue siendo ahora justamente eso: un distraimiento) mi vida discurría en previsibles incursiones etílicas, volátiles tentativas galantes y eventuales atracones de estudio. Nada que yo inventara ni que hiciera mejor que los demás. En nada triunfé, pero casi nada desatendí.
Alrededor de toda este simulacro de vida interesante estaban siempre Les Luthiers. Estaban porque me habían hecho reir más que todos los chistes de Paco Gandía y de los amigotes en las tabernas, y eso que tuve amigos finos en eso de contar historias jocosas que desaten la risa, carcajadas a veces, pero Les Luthiers eran otra cosa. Siguen (afortunadamente) despertando idénticas pasiones.
Si a mi amigo Rafa Roldán le pido que me recite algún episodio chistoso ("... puse pie en tierra de incas o sea hice hincapié...") estoy seguro que nunca le voy a pillar desprevenido. Puede tardar unos segundos, pero arranca con eficacia y glosa en unos minutos una parte fundamental de nuestras vidas. Sí, quizá exagero, pero me apetece pensar que todo eso fue así o que incluso me quedo corto. Auxy Salido nos miraba como la hermana pequeña que a veces queríamos que fuese y se animaba a jalearnos. El momento perfecto era cuando todos (en comandita, en algarada incontenible, en festiva complicidad) nos imponíamos la muy hermosa y noble empresa de atacar con el mayor de los desparpajos posibles algún tramo especialmente descacharrante. Los hay a espuertas. Sólo tiene el amable lector que poner un poco de interés y buscar.
Hay sitios donde uno siempre encuentra estas cosas, pero Les Luthiers no es un producto comprable, reducible al capitalista empeño de adquirir aquéllo que nos entusiasma y saber que lo tenemos a mano, en la estantería, accesible, limpio, preparado para satisfacernos. Les Luthiers se disfrutan en compañía. En bares. En las barras de los bares: lugares tan gratos para lo que haga falta. Ahí o en una larguísima noche de exámenes cuando los apuntes bostezan y los libros se duelen de las costuras y uno necesita desentumecer el humor. Entonces basta con que unos cuantos amigos se mancomunen en la (repito) muy hermosa y noble misión de recitar lo de siempre. Verlos en directo, en el Gran Teatro, en Córdoba, fue una especie de sello afectivo. Un lacre emocional. Ahí están. Dentro.

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Y en plan homenaje total va una emotiva:
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Cantata del Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras, de sus hazañas en tierra de indias, de los singulares acontecimientos en los que se vio envuelto y de como se desenvolvió. (Versión teatral, Febrero de 1983 – Mastropiero que nunca.
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MM: Marcos Mundstock; EA: Ernesto Acher, DR: Daniel Rabinovich; CNC: Carlos Núñez Cortés; Coro: Les Luthiers).
MM: Mastropiero era un apasionado de la investigación histórica. Se pasaba largas horas en la biblioteca de la opulenta Marquesa de Quintanilla, cuyos volúmenes le apasionaban. Allí supo Mastropiero de la existencia de un enigmático personaje del siglo XV: el Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras, hijo de Juana Díaz y Domingo de Carreras. Al principio de su investigación Mastropiero, suponía que Don Rodrigo pertenecía a la misma familia Díaz que las célebres cortesanas Angustias y Dolores Díaz, pero luego, cotejando ciertas fechas comprobó que Angustias y Dolores no provenían de esos Díaz. Mastropiero ya estaba por abandonar la investigación, cuando encontró en la biblioteca de la Marquesa, el viejo manuscrito de un anónimo poema épico redactado sobre la base del diario de viaje del Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras. Según este poema Don Rodrigo había arribado a las costas del Río de la Plata en 1491, o sea un año antes del descubrimiento oficial de América, este hecho por fin explicaba su título de Adelantado. El poema describía además su heroico periplo hacia el norte del nuevo continente a lo largo de muchos años, culminando su gloriosa gesta en la isla de Puerto Rico. Impresionado por el hallazgo del poema, Mastropiero lo usó como texto para una de sus obras más célebres con la que Les Luthiers finalizan su recital de esta noche: "Cantata del Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras, de sus hazañas en tierra de Indias de los singulares acontecimientos en los que se vio envuelto, y de como se desenvolvió". La obra se inicia con el arribo de Don Rodrigo a lo que años más tarde se denominaría el Río de la Plata....

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28.3.10

Domingo de Ramos



Soy un hombre de poca fe y a veces no tengo ninguna. Me siento bien en ese traje pagano. Vivo al día, vivo adrede, vivo con mi tiempo y vivo, sobre todo, alerta, sensible, razonablemente preocupado, convencido de que éstos son buenos tiempos y de que al paso que vamos, si nadie se obstina en aguarnos la fiesta, el mundo va a ser en breve un mundo mejor, uno más limpio, menos hipócrita, uno en el que sea posible ser un hombre de poca fe o incluso de ninguna y que esa opción moral no le afecte en su vida. También un mundo en el que los hombres de mucha fe o incluso de toda la fe posible vivan sin que esa opción moral les afecte también en la suya. Hablo de un mundo en el que tener o no tener fe no sea importante en absoluto. Que a todos se nos enjuicie por lo que hacemos o dejamos de hacer y no por la adscripción a un credo religioso. He visto cristianos faltos de todo sentido cristiano y laicos con un comportamiento cristiano intachable. Veo todavía casi a diario gente a la que los asuntos del alma sólo les incumben si vienen con el sello epistolar del obispo de turno y que niegan que un descastado, un impío, un blasfemo, un laico tenga algún valor en el sostenimiento de la sociedad, en el levantamiento de los valores que ellos han creído llevar durante siglos. Lo humanista no es únicamente lo religioso. Darwin no excluye a Kant. Se puede enteder el universo desde la ciencia y se puede querer entender el universo desde la luz de la fe, pero la beligerancia subsiste y hay todavía fricción entre quienes matan al mono y los que lo miran con ternura y se ven en sus ojos y se entienden en sus gestos. Y vamos sorteando obstáculos, ganando y perdiendo batallas absurdos, convirtiendo la convivencia en un barrizal, creyendo que lo nuestro vale más que lo ajeno. Hasta el desmayo de la especie. Tal vez la religión sea un impedimiento para que nos entendamos. Hoy, que es uno de sus días grandes, comprenderán que no me sienta particularmente emocionado. Me afectan otros asuntos. Quizá de menor hondura mística, pero me sirven para ir tirando. De eso, al cabo, trata esta tragicomedia. De ir tirando. Feliz Domingo de Ramos.


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Moon over Bourbon Street...





27.3.10

Ping



Hay vidas improbables que le tocan a uno en suerte o es una sola vida y su vértigo la multiplica. Duele siempre su conclusión. La noticia del cese. La evidencia notarial del acta que rigurosamente consigna la ebriedad de los días, ese dulzor incierto en los labios que nos escolta, ufanos, al sueño. No es la fe, que preña la inteligencia de metáforas, sino la ficción, el libro prestado en el que caligrafíamos la desdicha, la gloria y también el fulgor invisible de estar vivos y celebrar en cada gesto el empeño. Vidas que son de otros. Sólo es nuestro lo que perdimos.

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25.3.10

Las tetas de Jayne Mansfield y el quesito rosa...




Mis alcances cinéfilos no dan para nombrar sin titubear una sola película de Jayne Mansfield. En el Trivial Pursuit me manejo cuando el quesito es rosa y te piden un director japonés de los cincuenta o un título de la Hammer y suelo perder miserablemente cuando te asedian con himenópteros, nombres de reyes godos o científicos que ganaron el Nobel de Química.
Hay actrices (o actores) que únicamente trascienden por circunstancias extracinematográficas, ajenas por lo común al talento y más embarrancadas en el glamour, en vidas privadas desbocadas o en escándalos en barbacoas. Hollywood no vive sólo de películas. Si eso fuera así no existiría Jayne Mansfield. El cine no habría perdido mucho, pero el negocio del espectáculo requiere peones combativos, galanes atolondrados que ocupan en pantalla el lugar reservados a los galanes atolondrados y damas de medidas indecentes que ocupan casi toda la pantalla aunque ninguno de sus parlamentos nos emocione. La Mansfield exhibe escote allá donde la Hepburn rebosaba desparpajo dramático o la Davis empaque, esa excelencia casi gélida con la que a veces el cinéfilo se topa cuando la mira a los ojos y busca al ser humano que hay adentro. Jayne Mansfield es la quintaesencia mamaria, la carnalidad hueca de la guerra fría, la ecuación con dos grandes incógnitas, el teorema según el cual uno puede escalafonar en Hollywood siempre que tenga algo de lo que carezcan los demás. Sofía Loren, que no era precisamente un palo y daba sensualidad a espuertas, era un entretenimiento extranjero. El espectador yankee se ponía bizco al mirar una cuarta por debajo de la barbilla de Jayne Mansfield.
La Loren, de la que sí que doy datos y me llevo el quesito rosa, era un exotismo, un imposible, un objeto mítico, una ficción pura.
Jayne era la vecina de toda la vida, la que se fue del barrio con el virgo sin mancillar, la sonrisa estajanovista y hambre ancestral en las caderas. Así se consigue un papelito. Jayne era un posible, un objeto vulgar, una realidad pura. El lector excusará que me haya puesto un punto cafre y haya dejado las abstracciones de costumbre, la metafísica de andar por casa, los incendios del alma y esos nobles accesos de melancolía que en ocasiones me invaden el pecho y se instalan (sin permiso de quien los hospeda) en sus labios. O será la primavera, que ha entrado en plan bárbaro, desmontando las románticas estampas de lluvia triste en los cristales, trayendo júbilo, moviendo la sangre, levantando mástiles de alegría sencilla allá donde antes campaba horizontal y cansina la tristeza de la carne. He visto ya un par de blogs en donde se renuevan los posts (su temática habitual) con estas acometidas de índole cárnica. Algún lector cómplice sabe de qué blogs hablo.
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24.3.10

Kaplan, Kaplan, Kaplan, Kaplan, Kaplan, Kaplan


Siempre que veo este fotograma pienso en los trajes de Cary Grant. Pienso en un anuncio de trajes de marca y unos tipos jugando al baloncesto, en una de esas canchas de barrio negro en Nueva York. Pienso en Tiburón, la película de Steven Spielberg. Pienso en el terror ocupando un espacio infinito y no recluído en un sótano o en una habitación comida de sombras con un repunte de violínes en el aire. Pienso en Kaplan, en lo bien que suena. Kaplan. Kaplan. Y me quedo mirando el fotograma y vienen el baloncesto y el tiburón y la palabra Kaplan en tromba. Aturdiéndome.

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21.3.10

I'm in a New York State of Mind...


Sospecho que se trata de un vicio cinéfilo porque nunca he estado en Nueva York, pero me fascinan las fotografías del skyline, su bizarro amasijo de ladrillo izado hacia el cielo, la inagotable posibilidad de fabular historias a partir de la visión de esos edificios mayúsculos. Es cine. La extensión anínima del cine. De hecho hay películas que me atraen por encima de lo estrictamente cinematográfico y eludo, al verlas, razonar si son buenas o si cumplen los parámetros que le exigimos al cine los que disfrutamos a conciencia de su embrujo. Películas (insisto) que se sostienen porque me regalan calles de Nueva York. Billy Joel lo expresó mejor. Qué canción más hermosa. En las teclas del piano está Gershwin. Juro que lo he oído.
Recuerdo tardes enteras en casa de Rafa Roldán estudiando Pedagogía. ¿Qué tendrá que ver la Pedagogía con el cine o con la música? I'm in a New York state of mind...

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New York State of Mind


Some folks like to get away
Take a holiday from the neighbourhood
Hop a flight to Miami Beach
Or to Hollywood
But I'm taking a Greyhound
On the Hudson River Line
I'm in a New York state of mind

I've seen all the movie stars
In their fancy cars and their limousines
Been high in the Rockies under the evergreens
But I know what I'm needing
And I don't want to waste more time
I'm in a New York state of mind

It was so easy living day by day
Out of touch with the rhythm and blues
But now I need a little give and take
The New York Times, The Daily News

It comes down to reality
And it's fine with me 'cause I've let it slide
Don't care if it's Chinatown or on Riverside
I don't have any reasons
I've left them all behind
I'm in a New York state of mind

It was so easy living day by day
Out of touch with the rhythm and blues
But now I need a little give and take
The New York Times, The Daily News

It comes down to reality
And it's fine with me 'cause I've let it slide
Don't care if it's Chinatown or on Riverside
I don't have any reasons
I've left them all behind
I'm in a New York state of mind

I'm just taking a Greyhound on the Hudson River Line
'Cause I'm in a New York state of mind


La versión final es la primeriza. Impagable el look setentero de Joel.




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20.3.10

Savater en Lucena



I
Una de las cosas asombrosas que le suceden al ser humano es la reverencia hacia sus semejantes. Gente a salvo de la mediocridad a los que con justicia nos apresuramos a venerar porque parte de nuestro aprendizaje emocional procede de lo que han dicho o han escrito. Luego los años eliminan de esa lista a quienes se introdujeron en ella sin los méritos suficientes. Digamos que es la edad la que criba ese inventario casi siempre prolijo de individuos portentosos, de gente de la cultura que se obstina en hacer pedagogía continuamente, que trabaja para el progreso de una sociedad que a menudo se limita a nombrarlos, a contar que han publicado tal o cual libro, pero que en ocasiones peca de frívola y no se empecina en hurgar dentro, en revelar lo que la cultura de un país les debe. Uno de esos hombres asombrosos ha dado una especie de conferencia brevísima sobre la educación en el instituto Clara Campoamor de Lucena.

II
El acto, organizado por la Escuela de Padres y Madres de Lucena en las Jornadas Educar con co-razón, empezó tarde y terminó pronto. Esa brevedad, impuesta por circunstancias que se me escapan, ha perjudicado la hondura de lo contado. Savater ha tirado de oratoria, en media hora amena, sin caer en esa costumbre de algunos conferenciantes que consiste en oírse más que en garantizar la más razonable posibilidad de ser oídos. Savater no necesita escucharse: lleva años en conversación consigo mismo. Los filósofos hacen básicamente eso: cuestionarse todo, interrogar al mundo y contarlo después. Algunos lo cuentan farragosamente, conscientes de que su obra va a ser purgada por iguales, por filósofos, por intelectuales, por espontáneos cómplices de ese corpus complejo, y otros prefieren el lenguaje asequible, la propaganda eficiente del mensaje, la certidumbre de que se le lee. Eso hacen Fernando Savater y José Antonio Marina. En esa cercanía didáctica no se maneja con igual soltura Eugenio Trías ni tampoco Agustín García Calvo, ambos de peso en la historia del pensamiento, aunque menos involucrados en la arena llana del pueblo, en auditorios pequeños, provincianos, llenados por padres involucrados en la educación de sus hijos o en ciudadanos interesados en la educación propia y en la de sus semejantes.

III
Algo de todo esto contó Savater ayer por la mañana. Dijo que la causa de la educación es cara para las arcas del Estado y dijo también que más caro es abandonarla porque el pueblo se asilvestra, se embrutece. Del bruto, del inculto, del que no manifiesta interés por cultivarse, dijo que engolosinaba su ocio con objetos, con lo que el dinero podía ofrecer al modo en que un país que carece de un producto lo importa; en cambio, el culto, precisaba de muy escasos medios para ocupar ese ocio vacío. Paseos, libros, contemplaciones estéticas, conversaciones. Como lo que le interesa al mercado es la creación de una demanda de objetos, la sociedad de hoy en día cree en el bruto, lo mima, le ofrece multitud de reclamos a los que cae sin excesivo rubor. Los hijos de ahora no se pierden en las páginas de Edgar Allan Poe sino en el videojuego sobre sus cuentos. He ahí la diferencia entre cultivarse y adocenarse. Los hijos de hoy en día no leen o leen menos porque encuentran más placer en lo sencillo, en el cine menos exigente, en la rendición absoluta a esas redes sociales que les convierten en sujetos activos en lugar de en espectadores. Lo patético es que esa actividad únicamente merodea los alrededor de lo que de verdad importa. Estamos todos conectados, pero el núcleo de la función está vacío. O vaciado a posta. No sabemos. Tenemos la impresión de que algo bueno hay por debajo, y que nos perdemos el tiempo (miserablemente) en la superficie, raspando lo visible, sin viajar hacia dentro. Todos los viajes son hacia adentro. Y la cultura es un viaje, una travesía hermosa de la que sales siempre robustecido.

IV
Savater no es pesimista: su cultura evita que lo sea. Hay más cosas que no sabemos que cosas que sabemos, dijo. Esa realidad insobornable espolea la inquietud vital del poeta, del filósofo, del que indaga en la realidad y extrae de ese escrutinio racional los asideros sobre los que desplazarse por ella sin que lo aturda. Y Savater privilegia ese asombro, lo convierte en el instrumento fundamental. Del asombro nace el arte y el pasmo ante la Belleza. Dijo también que hay una orfandad ante la belleza. Seguimos emocionándonos ante ella, pero nos resbala más. Y es la escuela la que debe educar para la belleza. ¿Qué le importa realmente a la Escuela hoy en día? La estadística, los informes, las actas numéricas sobre logros que satisfacen congresos y que llenan páginas en los diarios. A menudo incluso lo único que le interesa a esos políticos que administran la escuela es que los ciudadanos del futuro (que serán también políticos y bajo cuya responsabilidad residirá el progreso del país) sepan datos, se adiestren en disciplinas ineludiblemente de peso en la vida laboral ordinaria, pero no se preocupan (o no en la medida en que debieran) en crear ciudadanos sensibles, capaces de persuadir y de ser persuadidos, de contagiar entusiasmo a los demás y dejarse entusiasmar por los otros. En esa sociedad es en donde Savater encuentra la felicidad que persigue. No en la sociedad de padres caníbales que fomentan que sus hijos se coman a sus semejantes. No en la sociedad de apatía cultural en la que compramos a mansalva objetos y luego no entramos en ellos. No en la sociedad en la que se desatiende a la política y se descree de su importancia. Todos somos políticos, proclamó el profesor. No hay nada fuera de la política. La información, el conocimiento y la sabiduria, sobre las que vertebró el entendimiento humano, necesitan administradores, obreros cualificados que gestionen ese material precioso. La cultura es un objeto barato, al cabo. Sale más caro, en general, su desprestigio.

V
Mientras oía a Saveter pensé en Haneke y en La cinta blanca, su reciente película. Debería ser programada en centros de Secundaria de todo el mundo. En esa edad permeable en la que todo puede ser entendido y razonado o todo puede ser desatendido y pervertido por la ignorancia y por lo cómodo que es, en el fondo, ser ignorante. En la película de Haneke se expresa muy nítidamente el peligro de la sociedad ágrafa, enfebrecida por radicalismos religiosos o políticos, reducida a un rebaño manso de bestias camufladas. Pensé en Haneke y pensé en lo solos que estamos los maestros. La lucha en el aula es diaria y una parte de los contendientes ignora que está en una batalla. Mientras que los padres se crean en la propiedad de los hijos y los privaticen, la lucha será más enconada. Porque hay familias abiertamente enfrentadas a la escuela, a la que creen semillero de maldades, lugar en el que se inoculan a sus hijos ideas bastardas sobre la vida. Insistió Savater en algo que yo siempre he tenido muy claro: la educación es un ejercicio compartido. Lo comparte la familia, la escuela, los medios de comunicación, los amigos. Hasta Facebook colabora sin empeño. Si una de esas partes se arroga el derecho exclusivo de educar, el sujeto educando se asfixia, se ahoga, se pierde, se convierte en un zombi, en un mercenario de la causa que le están vendiendo. Savater, sin ser tan explícito, sin encender a un público dispar, religioso en una parte, abiertamente progresista en otro, vino a decir que la derecha clerical, la que se obstina en ningunear asignaturas tan necesarias como Educación para la Ciudadanía, es la que está torpedeando la Educación en España. Que los logros de otros países se han conseguido consensuando intereses, cediendo unos y otros, buscando lugares comúnes en los que trabajar al unísono. El maestro, el pobre, es el indefenso, el que está perdido, el que se pierde entre la obligación de educar a sus alumnos y la obligación (añadida) de persuadir a los padres de esos alumnos de que hay ciertos riesgos que hay que afrontar y que los peligros de afuera se pueden reducir si se trabaja bien dentro.

VI
Hay (digamos) bombardeos preventivos. Andanadas de metralla balsámica. Ráfagas de balas de miedo. Se trata de hacer que el ciudadano del futuro sea una réplica del ciudadano de ahora. El padre cristiano quiere un hijo cristiano. El modelo de familia tradicional quiere modelos de familia tradicionales. El homosexual desea adoptar para que sus hijos prediquen la causa que ellos sufren, aparte de dar amor y de sentirse padres, por supuesto. El hooligan del Madrid se lleva a su hijo a la tasca y lo enfrenta a la pantalla de 50 pulgadas, al griterío y a la comunión mística de la peña con sus ídolos. Todos nos obstinamos en crear clones de lo que somos. Porque nadie se siente mal en lo que es. Savater duda hasta eso: siempre está bien caer en la cuenta de que estoy en un error. Qué triste es no saber pedir perdón, vino a decir. Siempre conviene realizar esta travesía bien acompañado. Qué hermoso es, en el fondo, sentir la diferencia como un bien, más que como un obstáculo. Lo que vendió ayer Savater en el (feo, pero cálido) salón de Actos del Instituto Clara Campoamor en Lucena, mi pueblo y el de cualquiera que venga y lo viva, fue un evangelio laico. Palabras mayores contadas con voz amena, que la acústica del recinto a veces no permitió oír con claridad y que la brevedad del acto convirtió en un bocado exquisito, en un delicatessen de sábado por la mañana que no llegó a llenar a casi nadie. Luego nos metimos bajo un porche, a salvo de la lluvia tímida que mojaba el patio, y nos dedicamos a saquear unos platos de paella y a beber a morro quintos de cerveza. El maestro no se quedó. Se fue a otras obligaciones supongo. Antes del acto lo vi entre la gente, entre perdido y desubicado. Parecía hasta frágil en esa soledad involuntaria, pero luego se sentó y desde la tarima se dio casi al completo. Que vuelva.



Mi amigo Paco García rubricó la emoción con este impagable documento gráfico.

posdatas:

I
Pero a mí el Savater que más me gusta es el que no vi ayer. El que habla o escribe de Charles Dickens o de Robert Louis Stevenson, el que sostiene que Chesterton es una de las mejores opciones para divertirse teniendo un libro delante, el que piensa que quien lee a Defoe o a Salgari o a Scott con doce años no debe ser mala persona cuando sea mayor, el que adora los marcianos de Wells, las hadas de Tolkien, los espejos de Borges, los tigres de Mompracen, las tramas de Conan Doyle, las lianas de Rice Burroughs o la pata de palo de John Silver El Largo. Ese es el Savater que siempre releí con más placer. De eso precisamente le hablé. De recuperar la infancia. Hay un libro suyo que está por encima (en ese aspecto) de casi todos los demás libros posibles. Me faltó (ay) llevárselo y que le echara una firma.




II
No faltó que un asistente, Miguel Marchán, al que conozco y al que después me acerqué para alabarle la intervención, le expresara a Savater, en la ronda de preguntas, la gratitud de quienes, al margen del activismo polìtico, pero sensibles a la barbarie y a la lucha de unos cuantos por erradicarla, apreciabamos su labor en el País Vasco, el empeño de un filósofo por hacer expresarse a ras de calle, contra la voluntad de los que silencian a los que no comparten sus ideas, contra el pánico a que le silencien del todo, contra el terror puro. Miguel habló por mí. Habló por mucha gente. Y Fernando Savater, en algún fondo sencillo de su alma, seguro que agradeció las palabras. Ya lo dijo él mismo: políticos somos todos...





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18.3.10

Nada de Fuller




En un revelador opúsculo sobre las bondades del vino, el vino entre otras varias sustancias tóxicas, Charles Baudelaire refería la existencia de cierto caballero bien pagado de fama que, a lomos de esa vitola de popularidad, escribió un libro insulso sobre gastronomía en el que consideraba al vino como un licor que se hace con el fruto de la vid. Baudelaire, encendido, tocado en su fibra más sensible, escribe a su vez cómo leyó y releyó esa breve obra en busca de algún párrafo que satisfaciera más enteramente su yo bebedor, la parte del escritor que se expresa untado de éter, pasado por el fiable embudo del alcohol o del hashish. Buscaba Baudelaire pliegues en el texto, indicios de que el autor exaltara ese fruto divino de la vid y contaba, aparte de las virtudes clásicas, sabor, duración en el paladar y todo eso, las más específicamente químicas, etílicas, las que intiman con el bálsamo, con la toxicidad, con el punto etílico (digamos) desde el que abordar el acto creativo en la condición más cómplice. Quería el poeta de Las flores del mal encontrar un compañero de experiencias y no un mero oficinista literario que no indagara en la naturaleza mística del vino.
En el vino se encuentra el cielo y el infierno, el recuerdo y el olvido, el equilibrio y el vértigo, la luz y también la esombra. Con tanto ardor se entregaba Baudelaire a su consumo y a tan formidables paraísos de lucidez literaria le conducía su ingesta que la apatía de los demás a la hora de describirlo le parecía un acto casi delictivo, una falta de entusiasmo punible. Algo así, en otro orden de las cosas, imagino que defendía Charles Bukowski. Da lo mismo París que Manhattan, el siglo XIX o el XX. De lo que hablamos es del poeta inconforme: hablamos del creador en estado puro, abierto sin dobleces, consciente de que escribir exige un peaje o, dicho de otro manera, que escribir sobre la vida en la frontera requiere vivir en esa frontera. El vino (en extensión cualquier sustancia embriagadora o alucinatoria) predispone a que esa travesía por los límites.
Uno ha escrito mucho y ha escrito ebrio y ha escrito limpio de toxinas y como no es Baudelaire ni Bukowski ni por asomo prefiere escribir en paz con el espíritu, incendiado de vigor, inspirado en lo posible, pero abstemio. Son los años. Está uno a vuelta de muchas cosas y, también a cuestas con la edad, ignorante en otras, aunque acabemos entendiendo a Baudelaire, que reivindica lo que le es más suyo y se indigna (quizá sea eso, indignación pura y dura) ante la simpleza semántica y la baja estatura de contenidos de quien en un libro de gastronomía únicamente se refiere al vino como un líquido que da la vid. Pero la historia del Baudelaire enfebrecido me hace pensar en cómo nos las gastamos en estos tiempos cuando un compañero de profesión (amateur o profesional, curtido o lego) se nos enfrenta al expresar opiniones diametralmente opuestas a las nuestras.
Me pregunto, al hilo de Baudelaire y del vino y de la discrepancia en asuntos capitales, si la nómina de críticos que escriben sobre cine no se maneja con más soltura y alcanza más esplendor poniendo a parir Avatar, caso de que les repatee su osadía técnica, su llaneza argumental, que glosando la excelencia plástica de Burton o las profundidades éticas de Haneke. Y me cuestiono si no sería justo entrar a matar (todo muy metafóricamente expresado) cuando un señor crítico, uno a cargo de una tribuna de fuste, expresa opiniones peregrinas, da por verdad lo que sabemos que no pasa de un engañife vulgar y vende humo a precio de esencia.
Lo que en el fondo esos escritores están estimulando es la creación de una figura hasta ahora inusual en el panorama cultural de un país y que consiste en el mal lector. Se critica con frecuencia que se lee poco, pero se debería hacer énfasis en la idea de que no es importante la cantidad de lo que se lee sino la calidad de lo leído. Se buscan escritores inteligentes y se busca (al tiempo) lectores que no vayan a la zaga.
Igual que el bueno de Baudelaire graznaba cuando ninguneaban a su bendito vino, así yo me encrespo, me enervo, me irrito y acabo transformado en una bestia espídica cuando desciendo al pozo sin fondo de la sacrosanta televisión y hurgo en la parrilla de las cadenas, en ese lodazal en el que sobrevive una especie en alza, la del programador televisivo, un tipo ufano de su condición de sacerdote de la cultura de calle, iluminado por un partido político del que recibe las consignas necesarias para no excederse ni amelindrarse jamás y discurrir a medio gas, sin mojarse mucho, sin aparentar dejadez ni exhibir un entusiasmo inconveniente, en las aguas procelosas de lo que la cultura oficial ha dado en llamar progreso. Yo todavía no entiendo muy bien en qué consiste. Manejo datos, conozco textos, intuyo razonamientos, pero sospecho que a medida que avanzamos en lo tecnológico y adquirirmos destrezas digitales perdermos algo precioso, algo en lo que se ha sostenido la cultura de un par de milenios de Historia: el arte, ese glorioso imperio de belleza al que no ahora (en prensa, en televisión, en cine, en museos) reducen a un párrafo de compromiso. Como el del vino que molestó tanto a Baudelaire. Yo creo que estamos bajo amenaza. Las generaciones por venir no sabrán quién es Samuel Fuller ni Francis Bacon. No sabrán nada de Woody Guthrie ni de María Zambrano. Nada de Charlie Parker. Ni de Bertold Bretch. Los anestesiará el prime-time, la cultura de masas, el contenido sin pulir, expresamente diseñado para ganar adeptos, espectadores cómodos, que nunca peligrar su disfrute porque no se arriesgan a buscar más allá de los productos que han sido testados previamente y que los jerifaltes del márketing venden con la certeza absoluta de que funcionan a pesar de la crisis y de las extremidades bastardas de la crisis. Pero nada de Parker ni de Bacon. Nada de Fuller ni de Bretch. Todo aseado y seguro, limpio de riesgo. El mejor viaje se hace en pijama, en casa, en la cadena en la que confiamos, en donde hasta los anuncios son de nuestro entero agrado. En donde nos inoculan un conformismo estricto, pero invisible.


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17.3.10

Faro



I
Importa escasamente que sea o no sea el faro más austral del planeta: lo que a mí me fascina del faro de Ushuaia es su belleza. Lo visitan cormonares, lobos marinos e incluso poetas descarriados que encuentran en su anomalía (un faro es una cosa singularísima, un adjetivo perfecto en una frase rotunda) un asidero sentimental o un referente moral. Los faros tienen un aura de rara belleza que no posee ninguna otra construcción hecha por el hombre salvo (tal vez) algunas torres de iglesia. Hay un punto religioso en todo esto al que no estoy dispuesto a dar de lado. Hay que ser disciplinado incluso en lo que uno no comparte. Sí que amo los faros. Sin razones que se puedan desplegar. Qué amor exhibe razones.



II
Todo está escrito y todo está a falta de que se escriba. Todo está dicho y todo está por decir. En el faro la vida es siempre otra cosa. Una ficción. Un episodio extraído de un argumento mayor al que privamos (por capricho de autor) de una continuidad narrativa. He mirado durante mucho rato estos dos faros. He encontrado imágenes que no tenía. Palabras evocadas. Fotografías. Recuerdos. Intuiciones.




III
Conocí a un farero y tenía aspecto de farero. Ignoro cómo será otro farero. Aquél me llenó de aventuras sin que por su boca saliese una siquiera. Pensé en el mar azotando el faro. Pensé en Robert Louis Stevenson. En un tebeo del Jabato que leí hace treinta años. En un poema de Emily Dickinson que ya no tengo y del que no recuerdo nada salvo la idea infinita del faro y de la pérdida asociada al faro. Pensé retorcidamente en Peter Lorre escalando el faro y muriendo arriba, perseguido por un matón al que traicionó en un antro de Estambul. Cosas del cine. Gracias, Álex.

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16.3.10

En cincuenta años, al paso que vamos, Murnau...


Es imposible que cines como el Fox Dome subsistan y programen Avatar en 3D. Ni siquiera en versión tradicional. Éste ardió a poco de abrirse en los roaring twenties que el cine de gángters se encargó de difundir. El Fox Dome está en playa de Venice, en Los Ángeles. La fotografía tiene ese encanto de lo añejo que nos predispone a encariñarnos con ella. Supongo que somos románticos a pesar de la acometida digital y de los multiplex fastuosos que se extienden por las ciudades y se convierten en parques temáticos donde es posible ver una película, cenar en un tailandés y echar unos bolos mientras oyes el último éxito de Lady Gaga. El signo de los tiempos. Pronto nadie querrá ver una película en blanco y negro. Nuestros hijos no sabrán quién es Frank Capra. En cincuenta años, al paso que vamos, habrá una asignatura en la Universidad que se llame Paleocinematografía. Dedicarán un trimestre entero a John Ford. Murnau será (directamente) una lengua muerta.


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11.3.10

Cioran, ZP, Supertramp, Borges, El Roto, Delibes

I
Me parece que fue Cioran quien dijo aquello de que podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta donde podemos hundirnos. A ZP, que anda limpiando el nombre del partido y cambiando al vocero de la causa, le gusta Borges. Borges y Supertramp. Debiéramos ignorar la vida privada de quienes nos gobiernan. El administrado debe exigir, al menos, la misma eficacia que le exigen en esa condición de contribuyente, de ciudadano, de sujeto expuesto a los rigores del Sistema. Lo que está fallando, aparte de lo económico, es la confianza en la gestión. Y siempre convino el despiste, la mecánica de distracción. Decir que a ZP le gusta Borges o que de joven oía Breakfast in America mientras se preparaba Derecho Mercantil o airear su devoción por Iniesta y por todo lo culé. Decir que a Rajoy le va el rollo bicicleta y que es merengue hasta el desmayo. Los asesores de imagen, los que cuidan de los colores de la corbata y del tono en los discursos, acuden a este mobiliario emocional para convertir al personaje en persona. Les inventan filias y fobias, les apellidan el ocio y les convierten en instrumentos del nuestro. En eso quedan: en figuras de un teatro a las que reconocemos por los pecados que les atribuyen y por los gazapos que cometen. Podemos hundirnos más. Lo de Cioran, a pie de calle, se transforma en un chascarrillo de taberna: Hemos tocado fondo, pero seguimos escarbando. Como si lo hubiese parido El Roto, que es un tipo fino a la hora de atrapar la esencia.

II
En la muerte de Delibes, en su proyección en informativos, me ha llamado mucho la atención el bloque de vecinos en el que vivía en Valladolid. Un bloque al que no prestaríamos atención salvo que alguien nos contara que en la planta sexta vive Delibes, tal vez el último gran escritor de la gloriosa tradición novelística del siglo XX. Siempre he pensado en la desubicación del escritor, en la (insostenible) ficción de que la palabra, el texto, borre toda posibilidad de que la realidad la contamine. Pensar en el bloque de vecinos en donde vivía el maestro Delibes no es lo preceptivo. Imagino que hay textos a espuertas en donde otros privilegian la literatura. Yo, que en materia Delibes voy más bien flojo, me quedo con esa sencillez que no estaba únicamente en su prosa o en su manera de vivir o de no vivir en la fama que dan las letras sino en ese bloque de vecinos. El camino. Las ratas. Los santos inocentes. Ahí queda mi fascinación por Delibes. Curiosamente ojeé hace unos días otra vez Las ratas. Vi una España que no conozco. Explicada sin alambique. Contada sin adorno. Desnuda. Como ese bloque de vecinos sin glamour. No sé qué razón hace que pensemos en los grandes creadores como sujetos fuera del mundo: como si Delibes fuese solamente el creador y no hubiese detrás una persona. Insisto en que es una frivolidad intelectual. Pseudointelectual. Mediointelectual. Torpeintelectual.

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8.3.10

El poeta en su laberinto



Debajo de la máscara está el poeta: se ha transfigurado en perro, en vampiro, en psicópata verbal. Está enrabietado, extraviado, convencido de que hay otro mundo posible, pero que algunos se obstinan (a posta, adrede, con voluntad y oficio) en joderlo. De ahí el vértigo en los gestos, ese gesto de desquicio animal bajo el que vive un poeta. Lo bueno que tiene dominar la palabra es que la palabra tiene a mano la imagen: uno se piensa perro y le bastan dos o tres utensilios modernos para extraer al perro del interior. Todos tenemos una fiera escondida. La apaciguamos como podemos, pero en ocasiones conviene soltarla, hacer que exhibe la dentadura fiera y el hambre en la baba. El que escribe tiene un poco de dios y otro poco de demonio. Dios suyo y demonio para sí mismo también. El que lee elige sus dioses y elige sus demonios. Así se va escribiendo la literatura. La del poeta enjaulado en la cara de perro que ilustra el post es una literatura alta y está manuscrita con el corazón rumboso de quien se da mucho y se da sin reserva. Abajo, en plan compensatorio, he colocado una foto del poeta infante. Toda la parte iconográfica está a disposición de lector interesado en su página. Falso: en sus páginas. Tiene unas cuantas. Las dedica a airear belleza. Y cuando se pone díscolo, cuando la realidad le pone a cien, tira de photoshop y se convierte en perro rabioso. Como la canción de Elvis. Espero, ya por último, que no se moleste por este atrevimiento.


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La realidad, vista de cerca, deja ver los píxels...


Teclea, pero piensa (El Roto)

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7.3.10

Te estoy avisando...



I
Lo decía Violeta Parra y luego Rosa León o Mercedes Sosa o Luis Eduardo Aute: volver a los diecisiete después de vivir un siglo. Y Peter Pan, en su Nunca jamás blindado, también lo sabía. Una vez que creces, ya no puedes volver. La inocencia es lo que inevitablemente perdemos.
Nacemos inocentes y la vida nos va robando esa inocencia. Hay un momento de nuestra existencia en el que abandonamos el candor, la visión limpia de las cosas, esa fe en lo más acendradamente humano. Tal vez sea en el juego es donde están protegidas esas cosas hermosas y nobles. El juego considerado como una necesidad. Lo malo es que no volvemos al juego o, caso de que lo hagamos, lo ejecutamos con criterio adulto, pero es en el juego en donde la ficción está a la vista dentro de lo real. Al jugar garantizamos un pasaje a ese mundo inventado, el nunca jamás de Peter Pan, y después de vivir un siglo (o casi) volvemos a los diecisiete o a los once. Lo dice Peter Pan, lo avisa: Una vez que creces, ya no puedes volver. Y en cierto modo vemos que es verdad.




II
Ayer oí gritar al gentío del bar de al lado de casa cuando Van der Vaart metía el gol definitivo, el que hacía líder al Real Madrid en la liga de fútbol. El entusiasmo que exhibían sólo era comparable al que exhiben los niños cuando juegan. Era, oído, en la distancia, mayor y de más alcance. Peter Pan estaría contento si los viera brincar, desencajarse, desocupar la rigidez de los gestos con la que algunos sobrellevan la semana y que en goles de Van der Vaart, pongo por caso, se convierte en júbilo facial, en estiramientos totales. Lo único que diferencia al hincha reconvertido en niño y al niño convertido en hincha es que el adulto muta en psychokiller urbano cuando su equipo pierde y el niño frunce el ceño, le da al semblante el necesario (y pedido) tono adusto y ahí acaba el dolor. El yo infantil construye su personaje a través de estas exhibiciones adultas: estoy acostumbrado a ver a niños en patios de colegio y en plazas de barrio teatralizar la alegría como lo hacen sus ídolos en un campo de fútbol. Demuestran lo felices que están y lo buenos que son en lo que hacen al modo en que lo hacen esos ídolos. Y se enfandan igual que ellos. Están perdiendo la inocencia al tiempo que, en el juego, adoptan el patrón psicológico que le enseña la televisión. Todos son Cristiano Ronaldo. Todos son Messi. Nadie quiere ser Peter Pan. Violeta Parra lo tenía muy claro: volver a los diecisiete, qué difícil.

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El vals de Waltz


No sé si será la noche de Avatar, en cierto modo ojalá no, pero debe ser la noche del señor Waltz.

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!!!


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2.3.10

Al límite: Bronson redux




Hubo una época en la que el cine programado en televisión, a falta de presupuesto para comprar taquillazos, tiraba de Charles Bronson, que representaba la testosterona pura, el vigor masculino sin el glamour del héroe de acción, asilvestrado y en su más indigesta esencia. Charles Bronson explotaba una demanda ancestral que se explica en la necesidad colectiva de un justiciero expeditivo, no necesariamente atractivo ni inteligente, pero imbuído de un carácter básicamente noble, inspirado en la brutalidad de la sangre, en el tufo animal de la venganza. Insisto en Bronson, que murió muy viejito y comido por el devastador Alzheimer, pero podría acudir a Harry Callahan en donde otra bestia de violencia políglota (Clint Eastwood) exhibía idéntica o superior musculatura moral y la misma ausencia de pudor a la hora de acometer el limpiado escénico.
El justiciero Gibson aquí retratado no sana a una sociedad infectada de delincuentes de poca monta o asesinos despiadados, desalmados, de imposible reinserción civil: lo que tenemos en Al límite es un ente abstracto, una maldad corporativa que bajo la moderna causa ecológica levanta un argumento intenso, con momentos verdaderamente ágiles, que no decae en ningún momento, pero que no alcanza (en ninguno de sus tramos) el cénit, la sensación sublime de estar asistiendo a algún tipo de espectáculo valioso. Aquí, a pesar de que a uno le mueva cierta indulgencia, no hay nada reseñable, nada que trascienda o aspire a adquirir marchamo de clásico. No sé a estas alturas qué clásicos estamos dando, en qué patrón estético fijarán las generaciones venideras su visión del cine que se factura hoy. Probablemente incluyan a Haneke, a Scorsese, a Allen, al mismo Eastwood. Y no me extiendo, aunque podría.
Al límite es un thriller que se cierra en su propio trailer, pero que no excluye un visionado más pausado, uno que elimina la tralla violenta (que la hay y en algunos momentos en grado superlativo) y se fija en la periferia, en las puntuales pistas sobre la ética del mercenario (un Ray Winstone absolutamente pletórico en un papel goloso como pocos) y en las reflexiones (algunas están aquí bien servidas) sobre la inmunidad del Poder (así, en mayúscula, aséptica y trascendentemente escrito) a la hora de silenciar todo lo que lo amenace.
Gibson borda (sin estridencias) al policía crepuscular, no particularmente dotado para la acción, pero conjurado a vengar la muerte de su hija y, en ese tortuoso camino de redención, encontrar un lugar desde donde poder seguir viviendo. Es Craven, el antihéroe involuntariamente arrojado a las calles, el que soporta una cinta que se permite dar freno al vértigo, poner a este Bronson del siglo XXI ante el espejo y rogarnos que sepamos mirar y encontrar cierta mansedumbre en mitad del caos al que todo acaba conduciendo.

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1.3.10

The lovely bones: Criaturas intrascendentes...




"Me llamo Salmon, como el pez; de nombre, Susie. Tenía catorce años cuando me asesinaron, el 6 de diciembre de 1973..."

En The lovely bones, la primera película de Peter Jackson después del volcado visual de la torrencial narrativa de J.R.R. Tolkien, el director tira de material literario otra vez. En este caso un best-seller de Alice Sebold llamado Desde el cielo que aborda, en clave poética y en clave realista, la vida después de la muerte de los que amamos, sólo que en este relato quien narra es la víctima, una especie de alma en pena que transita el limbo, una intersección de colores que se adaptan a la voluntad del atormentado, entre el cielo y la tierra. Es esa niña, en la novela, en la película, la que sustenta absolutamente la trama. Sebold acomete esta tragedia en un tono menor, evitando la grandilocuencia dramática, sustentando el peso de la obra en la emotividad de Susie Salmon, la adolescente sacrificada por un pervertido rutinario, estándar, al que un sobresaliente Stanley Tucci da vida en la película y es, junto con la propia niña, Saoirse Renan, y una espídica Susan Sarandon, lo mejor (con mucho, desgraciadamente) de este decepcionante film.
Se entiende que a Peter Jackson le fascinara la novela de Alice Sebold por cuanto ésta se arma bajo un precepto muy querido por su parte: la injerencia de lo fantástico en lo real. Lo que falla en The lovely bones es la argamasa que empasta lo irreal y lo tangible. El mundo de Susie tras su muerte, esa geografía hipercromática que, en ocasiones, emociona (los barcos en botellas de cristal destrozándose en la costa) y otras abochorna (todos esos fondos dignos de un papel tapiz de escritorio de Windows 7 con el que el director nos noquea sin miramiento) no atrapa ni aporta lo que en principio debiera. Jackson, al que se le preocupa más dar rienda suelta a sus vicios infográficos que a contar una buena historia sin el concurso de las máquinas, se abona a la blandenguería, a ese estado melifluo de las cosas en el que todo está lejos de perturbar. Una historia como ésta, incluso si la aliñamos con ese vistoso (y lamentablemente casi hueco) espectáculo de colores al que le intuímos un sentido surrealista, metafórico o lírico, necesita de más convicción: apartar los cantos celestiales y el algodón de las nubes y fijar el objetivo en unos personajes nítidos (sí) pero desvaídos, que no exhiben el dolor más allá de las exigencias del guión y que, excepción hecha de Tucci, está ya dicho, no se involucran, no se sienten arrastrados por la tragedia que su director malcuenta más por inocencia que por desinterés.
The lovely bones se desmorona a medida que avanza: ese ágil arranque, en donde se dibuja con pasmosa eficacia el tipo de familia de esos convulsos primeros setenta en los Estados Unidos, se diluye igual que la preclara inquietud intelectual de la madre de Susie se va también perdiendo, vemos que lee en la cama a Camus en las primeras escenas, al que luego abandona para empaparse de cursos de cocina y de manuales de madres estresadas.
A la deriva, sin asideros fiables sobre los que depositar el consuelo o la fragilidad de todos esos personajes varados, la cinta produce una extraña sensación de zozobra: no percibimos el cielo como un recurso estilístico ni tampoco apreciamos como verosímil el trasunto detectivesco, la parte meramente policiaca de la trama. El empeño de Jackson en perfilarnos (muy sobriamente, anclado en clichés, pero de forma bastante convincente) la figura del asesino no engancha con el resto de los episodios: no hay ensamblaje, se pierden detalles que suponemos de interés y se introducen algunos prescindibles (la fuga sentimental de la madre y su posterior regreso, que en nada contribuye al sostenimiento de lo narrado ni aporta información relevante para finiquitarlo).
Peter Jackson, que es ya a estas alturas un zorro viejo y sabe de las artes ladinas del cine, se esmera en crear un producto plásticamente irreprocable, pero incapaz de transmitir esa sensación cristalina y pura de film acabado, limpio de grumos argumentales, y en un lugar de todo eso, y a pesar de que a los mandos figure un director solvente, capacitado, The lovely bones queda en un esforzado y exhibicionista film sin trascendencia, que apenas eriza la piel. Y bien pudiera.

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