30.1.10

El ruido y la furia

"Al que hace ruido se le concede el crédito que se niega a quien habla sin levantar la voz"
Joseph Roth


Al abrigo de la ignorancia, frivolizando el error, han crecido personajes populares a los que la sociedad les ha dado tribuna desde la que contar a los demás su triste biografía. No sé dónde empieza el extravío: si en el propio tonto que de pronto observa cómo su estulticia llama la atención, congrega público y hasta sienta cátedra o del listo que ve beneficio en la existencia del tonto. A veces suceden ambas posiblidades sin que ese roce manifiesta fisura alguna en el objeto dispuesto en venta. Porque se trata de eso en el fondo: de dar un producto y de publicitarlo con todos los medios posibles.
Oscar Wilde dejó escrito que sólo había una cosa peor que hablaran mal de uno y era que no hablaran en absoluto. Pues por ahí va la educación en España. En el orgullo de estar en blanco, en la felicidad de vivir al día, en la simplicidad del ocio. Hay que reformar la escuela: hay que vender la felicidad de la cultura y hacer ver a quienes han sido intoxicados con la mediocridad que hay belleza en el esfuerzo, en el aprendizaje, en llevar en el corazón el orgullo de haber alcanzado cierto tipo de magisterio en algo. Joseph Roth, al que hace mucho tiempo que no leo, por cierto, lo explicó con esa salvaje eficiencia que en ocasiones tienen las palabras.

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29.1.10

Es jazz


Charles Mingus, Roy Haynes, Thelonious Monk and Charlie Parker jam at The Open Door in Greenwich Village, Sept. 1953.

Puede que estén tocando What is this thing called love? o All the things you are. El que está más avejentado es Charlie Parker, pero sopla como si le mirase Julio Cortázar y le estuviese inventando un cuento. En menos de dos años no podría estar en la foto. Mingus está pensando que si falla una nota estará llorando toda la noche. Monk golpea las teclas como si fuese sábado por la noche y tuviese el alma empeñada en contrariar al cuerpo. Roy Haynes los mira con los ojos cerrados porque los tiene a los tres metidos en la cabeza. Es jazz. Es júbilo con síncopa.

(Pensé al ver la foto en Olvido porque sé que la entenderá sin oirla)
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28.1.10

Ha muerto el fantasma



No me entusiasma J.D.Salinger: tal vez lo leí tarde. En la adolescencia tenía escaso apego a las letras y el deslumbramiento llegó más tarde. Fue entonces cuando descubrí El guardián en el centeno. Era una edición de Alianza que ya no conservo. La releí hace algunos veranos y me encontré con un texto nuevo. Los libros son siempre objetos cambiantes. Cambian ellos y cambia uno. Imagino a un adolescente norteamericano en la época en que Salinger publicó su obra. El signo de estos tiempos está lleno de hechizos, pócimas y amores vampíricos: símbolos de la vacuidad intelectual o, si se prefiere, del dirigismo estético que las grandes industrias del ocio planean para adoctrinar al futuro contribuyente. Mandan las arcas. A distancia, a cubierto de exigencias éticas o de valores estéticos, está la literatura que consumen los jóvenes. A Salinger, fallecido hoy a la muy noble edad de 91 años, en su hermetismo antiguo, en su cerrada vida de estilita pijo, le salió bien la jugada revolucionaria: condujo a cierta parte de los adolescentes a un mundo sórdido, hostil, reflejo de la propia adquisición de una personalidad en ellos mismos. Holden Caulfield es un antihéroe, el muchacho quebrado por dolores finísimos, compartibles. Toda ese gentío de jóvenes en busca de un sueño encontraron en la historia de Caulfield el referente perfecto. No sé qué hubiese pasado si Salinger creara hoy en día su Guardián. Probablemente nada. O nada de lo que entonces alumbró. El autor esquivo, celoso de lo suyo, afantasmado y casi violento, contribuye a la forja del mito. Toda esa basura David Copperfield que el piojoso de Caulfield odiaba en la obra es, en el fondo, la destrucción de la literatura de la credibilidad. Salinger, sobredimensionado, en mi opinión, no escribío La Gran Novela Americana: sólo creó un contexto para la rebeldía, un territorio fronterizo que igual servía a suicidas que a niños-bien con ínfulas de malditos.

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Qué solos estamos...


Me hice imprimir este fotograma en una camiseta. Me la puse unos días en verano. La exhibía orgulloso al modo en que algunos adolescentes se colocan prendas de marca. Pensé que alguien se fijaría en ella y entablaríamos una conversación sobre Manhattan o sobre Woody Allen. Nada de eso ocurrió. Guardé la camiseta de mi experimento en un cajón. Me la pondré en cuanto regrese el buen tiempo. Buscaré cómplices. Ayer vi en el videoclub al que peregrino a un tipo con las campanas tubulares de Mike Oldfield bien visibles en la suya. No le abordé: no le dije las infinitas veces que había disfrutado oyendo la primera entrega. Tampoco que las demás, con matices, eran prescindibles. Entonces advertí lo irrelevante de mi Manhattan impreso en la mía, lo poco que nos gusta (por lo general) señalarnos. Lo solos que estamos.
Me agrada la idea de que esa fotografía presida esta página desde que la abrí. Precisamente el próximo agosto hará cuatro años. No he dejado de escribir casi a diario. En breve llegaré a las dos mil entradas. Me imagino que eso es también alguna evidencia de algo. No sé qué. Me encantaría que alguien me lo aclarase. Como si nos vemos en el videoclub y nos decidimos a decirnos algo.

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Los dos que se soñaron


Borges
refiere la historia de dos que se soñaron. La extrae de Las mil y una noches y viene a relatarnos cómo alguien tiene un sueño donde se le informa que en casa de un vecino hay un tesoro. Acude a su puerta y éste le propone que lo compartan. No hay nada que compartir, añade el improvisado anfitrión, yo soñé que el tesoro estaba en la suya.
Borges remata con la paradoja de que el soñador ilusionado con la idea de encontrar el tesoro tuvo que ir al sueño de otro para descubrir que el tesoro fantaseado, el increíble, estaba en su propia casa. En ocasiones, el mundo es así de extraño. Precisamos el concurso de un actor ajeno para descubrir la bondad de lo que poseíamos en casa, sin saberlo, sin valorarlo tal vez. El azar no existe. Todo tiene una milimétrica arquitectura de causas que la fortuna troca en casualidades aparentes. No lo son. Todo está escrito.

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26.1.10

A mordiscos




Está en lo humano, en lo íntimo de cada uno, la desconfianza. Se gana en su conquista conforme los años nos saquean. La ecuación no se resuelve: desconfía uno porque la realidad es hostil y porque somos mansos y somos débiles. En la ironía, en ese adensamiento de las palabras en busca de las que hieren, en ser retorcido, podemos ser unos perfectos hijos de la gran puta. He visto gente de gesto noble y de intenciones buenas que, al ser cercados por los otros, en la certeza de que van a perder algo que estiman mucho o de lo que no están dispuestos a desprenderse, arrancan a cuchilladas, sacan los dientes, escupen, blasfeman, les hierve toda la sangre que les quema el cuerpo y terminan por hacer cosas de las que luego, repensada la ira, se arrepienten. Es fácil sacar a cualquiera de sus casillas: basta conocerlo, intimar, arrimarse a sus hábitos, percibir los flancos sin guardia.
Lo que no cuadra, salvo que de verdad tenga uno la desconfianza a nivel genético y le hayan dado palos hasta en sueños, es que se desboque un oyente, uno casual, en la radio (esta noche) a cuentas de ZP o que un tertuliano, en ese mismo programa, jalee el estropicio semántico del invitado accidental y hasta recomiende ir por ahí, en los bares, en las colas de la charcutería, en el trabajo, zahiriendo al presidente del Gobierno. En plan bruto. Consignado el slogan de que hay que derribar al tirano. Imagino yo, lento de reflejos como soy, que el activista verbal está repitiendo un patrón que ha oído en otros y que, analizado a fondo, carece de argumentos para sostener su inquina. El que sí da muestras de manejar los datos es el tertuliano, especie de exquisito gusto a la hora de descalificar a quien no comparte su criterio, del tipo que se embebece escuchándose, encantado de conocerse a sí mismo y convencido de que están haciendo por su patria lo que otros, antes, hicieron en otros frentes de batalla. Los oyes en la radio y los ves en algunos canales de la nueva televisión parida con el invento del TDT: canales comprensiblemente alumbrados por capital de la derecha, que se obstinan en zarandear al ejecutivo y no se arredran en exponer abiertamente sus cartas. Tampoco lo hace algún periódico progresista que no permite horóscopos ni crónica pugilística y, sin embargo, se engolosina en crónicas y en artículos cuando la santa iglesia católica cae en un desmayo, se le ve un desliz o comete la imprudencia (harto frecuente, digámoslo así) de decir lo que no debe y decirlo alto y sin tapujos.
No digo yo que esta pobreza en lo anímico y en lo financiero (quizá sean los dos las caras de la misma moneda) que tenemos encima no merezca este musculado tono de protesta: asombra (tal vez) el ensañamiento, la falta absoluta de respeto a la hora de sacar a la palestra a unos cuantos exaltados a los que se les da un micrófono. No me falta imaginación para sospechar que podría pasar lo mismo a vuelta de urnas. En cuanto Rajoy muerda el poder se afilará la tribuna de opositores. Nada leales. Siempre en armas. Convencidos de que el torpedeo mediático es un deporte que, aparte de debilitar al enemigo, da beneficio en caja, crea adhesiones a pie de calle y hace que, por las mañanas, al ir al cuarto de baño y enchufar la radio, pongo por caso, saludemos el día con fiebre ajena, azuzados por los de siempre, los de un bando y los de otro. No difieren, no muestran distintivos. La realidad es hostil y somos blandos. Falta el activista de turno, esa especie de periodista fronterizo, más interesado en ganar adeptos a su causa que en informar sin que se note en exceso (siempre se nota, no nos engañemos) de qué pie cojea, con qué bandera se inclina y hacia qué negociado abre (iluminado y terco) la pedigüeña mano. Todo es cuestión de pasta. La desconfianza, bien pagada, es un bonito oficio. Da para mucho. Pero insisto, me sobra inocencia, soy débil, soy manso, soy un alma sensible que se escandaliza por poco y luego no concilia el sueño ni escuchando a José Ramón de la Morena.


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25.1.10

Peter Gabriel: Scratch my back


Cada vez que oigo a Peter Gabriel oigo a Daniel Lanois o viceversa. Mentes canjeables, talentos intercambiables. Hay entre ellos un vínculo fonético casi, una especie de argamasa melódica o incluso de textura tímbrica que los hermana. Ninguno desmerece al otro. Peter Gabriel hace tiempo que se deshizo de las rutinas de la fama: se quitó del vértigo de Genesis cuando Genesis aún no se habían pervertido del todo y se ganó la adhesión infinita de un gremio de oyentes de músicas del mundo que vieron en Gabriel un gurú, un guía acústico, un mecenas de artistas perdidos en países sin rumbo a los que él condujo al suyo, que es altivo y está desconectado de modas y de giros del mercado. Por todo eso sorprende que el último disco de Peter Gabriel sea un disco de versiones: Paul Simon, Radiohead, Lou Reed, Arcade Fire, David Bowie, Talking Heads... Las ideas se las encomienda a George Martin y éste las registra con un mimo exquisito, evitando guitarras y baterías, apoyándose únicamente por una orquesta y por un delicadísimo piano. Gabriel da su voz huidiza, quebrada, que nos remite a decenas de canciones inmejorables y a su universo lúdico y terrenal, cómplice de ritmos tribales y de experimentos sonoros multidisciplinares. Sin saber que Bob Ezrin producía el disco, pensé en Pink Floyd, en Roger Waters y en esas estructuras de violínes que se alzan en mitad de la melodía y la retuercen o la manipulan hasta que uno siente el dolor de lo que el música canta. Pensé en When the tigers broke free, un tema no recogido en The Wall, pero que Roger Waters incluye en la banda sonora del film y que expresa mejor que ningún otro ese destrozo interno que a veces produce la vida.
Todo en Scratch my back es épico, íntimo, pasional: Gabriel canta como nunca y encuentra en el repertorio el instrumento ideal para que su voz fluya como otro instrumento más, al servicio de la historia, del pentagrama invisible. No hace versiones de esas piezas y casi ninguna de ellas son clásicos de sus autores salvo (tal vez) Heroes y en donde nada huele a Bowie y Philadelphia, la delicada entrega de Neil Young para la película de Jonathan Demme.
Scratch my back es también una colaboración entre artistas: todos a los que Gabriel ha pedido que le cedan una canción harán lo propio del repertorio de Gabriel y habrá disco con ese propósito compartido. I'll scratch yours será su título. Imagino que Paul Simon se sentirá más que a gusto rapiñando (líricamente) el inventario de sonidos de Gabriel y hará un Sledgehammer contundente, hipnótico. Bowie sabe caer en las genialidades ajenas y hará suya In your eyes. Especulaciones: argumentos dispersos sobre un disco tan o más interesante que éste. De lo que no cabe duda es que Peter Gabriel, siete años después de Up, sigue inspirado, luminosamente enriquecido por los trabajos de los demás. Gabriel es un mago a la hora de buscar otros magos que hilvanen sus ideas, las arreglen, las recompongan y den al disco ese aire entre lo contemplativo y lo audaz que se advierte en Heroes o en The boy in the bubble, estandartes de sus respectivos autores y que Gabriel desmenuza, rediseña y las abisma en su terruño. Las cuerdas arregladas por Metcalf y Martin contribuyen a redimensionar los espacios, a adelgazar en ocasiones el tremendismo sonoro (la pieza de Simon) o a apuntillar, por si no quedaba claro, la ternura de canciones como Philadelphia (espléndida, tal vez mi favorita, merecedora de los aplausos del agrio Young) o la austeridad de Street spirit (Fade out), el muy oscuro pasaje de los (cuando quieren) oscuros Radiohead.
Con todo, con sus limitaciones y sus bucles sentimentales, Scratch my back es un disco monumental, un arriesgado paso hacia adelante de este inquieto descubridor de músicas, hacedor de talentos, vigilante atento a los susurros del genio ajeno.
Ojalá, en ese disco prometido de versiones del repertorio de Gabriel, Talking Heads (o David Byrne, en su inevitable defecto) se arrimen a Solsbury Hill. Que Neil Young hocique (es un decir) en Diggin' in the dirt. En fin. Caprichos de oyente.


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El crepúsculo de los dioses: En el bulevar de los sueños rotos...


1. "Sigue siendo maravillosa, ¿ verdad ? !Y sin diálogos! "



La historia de Sunset Boulevard está narrada por un muerto al que vemos en los primeros fotogramas flotando en una piscina historiada de una mansión de Hollywood. Joe Gillis (William Holden) es la voz en off del escritor de segunda fila, comido por las deudas, que se refugia accidentalmente en la mansión de una diva del cine mudo, enajenada, alimentada por la nostalgia y psicótica en su decadente soledad (Gloria Swanson).
El crepúsculo de los dioses es un tesoro para el devoto coleccionista de imágenes del Séptimo Arte. A Scarlett O'Hara de Lo que el viento se llevó jurando con una puñado de tierra en la mano alzada, contra el ocre horizonte, jurando que no olverá a pasar hambre o al Rick de Casablanca con el inspector francés consintiendo el principio de una gran amistad mientras un avión parte en la niebla, sumamos a Norma Desmond (inmortal Gloria Swanson , prodigiosa) bajando la escalinata para ser detenida por la policía entre flashes y focos. Como una diva en un festival de cine.
Antes hemos visto un travelling de quitarse el sombrero (Billy Wilder siempre salía con uno): una caravana de coches de policía que se acerca a la mansión con esa voz en off relatando: "Sí, esto es Sunset Boulevard, Los Ángeles, California. Son alrededor de las cinco de la madrugada. Es la brigada de homicidios, completada con detectives y periodistas. Han informado de un asesinato en una de esas enormes casas de la manzana 10.000. Podrá leerse en las ediciones de la noche, lo dirán por la radio y se verá en la televisión porque una vieja estrella está implicada, una gran estrella... ". La voz se detiene ante su cadáver, en la piscina. Nunca antes el cine se había atrevido a contarnos el final con tanto explícita crudeza: el protagonista es el muerto.




2. "No necesitábamos diálogos. ¡ Teníamos rostros ! "


Wilder tenía, en palabras de William Holden, cuchillas de afeitar en el cerebro. Igual convenían para sacar a flote la película, que nació silenciada y se grabó en secreto. El director engañó a Meyer, el productor todopoderoso del Hollywood de la Metro y del glamour, diciéndole que era otra, y con otro argumento, la que estaba siendo filmada. La razón proviene de la propia naturaleza transgresora del film y de su propósito carnalmente homicida, canibal casi. Narraba el ocaso del cine mudo y se cebaba de forma ácida y sangrienta en los modos de Hollywood, en sus patéticos códigos de vida y en el anquilosamiento de la industria del cine, que prefería no arriesgar por mor de la corrección política y del agrado del nunca demasiado exigente público.
El guión de Wilder y de Charles Brackett pervierte la estructura clásica de la escritura cinematográfica. Quizá por primera vez de un modo tan contundente. No es sólo el hecho de que sea narrada por quien ya sabemos que ha muerto sino también por la voluntad de hablar del cine dentro del cine y de hablar con acritud, ásperamente, sin pelos en la lengua.
Esta metalingüística, formidablemente explicitada después por los hermanos Coen en Barton Fink, se refuerza con la inclusión acertada de pesos pesados del cine mudo, préstamos generosos, para dar más verismo a lo contado. Está Erich Von Stroheim (mítico director alemán de la cinta Avaricia, 1.927 y Cecil B. de Mille (padre adoptivo de ese cine primerizo que salía del laboratorio para inundar pantallas, que aquí hace de sí mismo, cómo no, con su natural y curioso modo de vestir, botas altas y ademanes de cazador en un safari).
Salpimentado de fatalismo, el guión es puro cine negro o cine negro aligerado con un drama griego de mucha altura, aunque Wilder aligera algunos tópicos de uno y de otro y se convence de que quizá un retrato muy impúdico de Hollywood, que él conocía bien por su etapa de guionista, podría no convenir para que el film tuviese el beneplácito de los jefes.
Su osadía consiste en abofetear al Hollywood clásico, aristocrático y fetén y no se arredra Wilder en tirar de repertorio también clásico y aristrocrático y así asistimos a una partida de cartas asombrosa con Buster Keaton de jefe de naipes o los ya citados Von Stroheim o De Mille.
La sordidez en lo narrado o el continuo recurso del flashback, una novedad en la forma habitual de contar las cosas en el cine de entonces, dan al film un tono artístico: como si Wilder hubiese notado que aquel material, en sus manos, podría revolucionar la Historia del Cine.
No hay nada escabroso en la relación sentimental de Norma y Joe: el esplendor de la diva, su creencia en que ese brillo todavía late, y el fracaso del guionista ( otro guiño a la mediocridad del guionista mercenario de los peores films de la propia Metro en la época ) no adquieren nunca una entidad autónoma, sólida. Norma es una víctima de la tecnología (luego el video mataría a la estrella de la radio, pero eso es otra historia ) y se recluye en una mansión: se ata a la viejas bovinas con sus películas famosas, se embadurna con todos los aceites del mundo. La cosmética, el maquillaje, nos informa del verdadero trastorno de Norma Desmond: no es el cine, no es el abandono del ruido de los flashes y de las claquetas, es el tiempo, el inaplazable, ése es la verdadera causa de su locura. Los años han devastado su cordura. Vive con quien su primer marido y que ahora es el mayordomo perfecto, cínico y eficiente hasta la ebriedad. La llegada de Joe, que representa el mundo exterior, destapa su ansias dormidas por reverdecer la fama fugada, el ruido de los flashes y de las claquetas, el tiempo recuperado tal vez.






3. "¡ Aún soy grande; es el cine el que se ha hecho pequeño!"



El crepúsculo de los dioses, junto quizá a Ciudadano Kane, es la película que más bibliografía ha suscitado. Wilder quiso a Greta Garbo, pero ya retirada, rehusó el ofrecimiento. Mary Pickford, otra gloria silente, exigió más de la cuenta. Quería un biopic al uso y un film sobre el ocaso de un arquetipo. Mae West, aquella lagartona ávida de machos, alegó que ella era más joven que la Norma Desmond del guión. Gloria Swanson, empujada por George Cukor, fue la elegida. La transición del mudo al sonoro la llevó mal y se retiró a vivir de las suculentas rentas apareciendo en teatro, en radio o en la nueva reina, la televisión. Para Gillis, antes de Holden, desfilaron Montgomery Clift, que adujo que sus fans, legión, no le perdonarían que flirtease en pantalla con un esperpento arrugado. Fred MacMurray, del agrado de Wilder, fue rechazado por Meyer. Gene Kelly no vio una película de estilo reconocible en su vertigionosa carrera. William Holden no era considerado por el director un actor competente. Incluso en una revista le atacó frontalmente diciendo que era un mediocre actor de serie B, pero acabó aceptando y se rindió ante su soberbia interpretación. Pero entre todos, es Gloria Swanson la que da sustento dramático al film: la que lo mantiene intacto, quien ha grabado en nuestra memoria de cine su cara estirada, sus gestos de loca exquisita, el glamour y el patetismo, la locura sublime y también el amor olvidado. Bette Davis hubiese sido una Norma Desmond fantástica, apunto yo. El repertorio de matices gestuales de la Swanson es el inventario habitual de todas aquellas actrices del mudo, que decían con una mueca lo que luego necesitaba dos verbos y nueve adjetivos. Su desfile perfecto de tics ha pasado a la historia del cine.

4. "Fuck you"

Una curiosidad: El crepúsculo de los dioses tuvo un pase privado previo a su distribución. Es lo natural. Louis B. Mayer, el jefazo de la Metro, se acercó a Wilder y le espetó: " Usted, cabrón bastardo, ha desprestigiado a la industria del cine. La ha arrastrado por el lodo. Ha mordido la mano que le convirtió en alguien y que además le dio de comer. Deberían alquitranarle, emplumarle y arrojarlo del país.". Wilder sólo le respondió: "Que te jodan".
Otra: La idea primera de Wilder era hacer que la película comenzase con el cuerpo de Joe Gillis en el mortuorio, debajo de la sábana,... hablando. Fue convencido por parte de Buckett, su alter-ego en la escritura, que aquello iba a hacer que todo fuese tomado a chacota.
Addenda o posdata o lo que faltaba: sólo por la imponente bajada de Gloria Swanson por la escalinata cuando va a ser detenida vale la pena la película. Esa imagen perdura en la memoria de este escritor como el cielo azul o como la luna recortada en los tejados de mi casa. Sabemos, encima, que ha matado quizá para que por última vez los focos la miren y los flashes de los periodistas parpadeen como balas. Leí que todos los reporteros de esa escena no eran actores, sino reporteros auténticos.

Y luego está el muerto formidable, el cadáver parlanchín, que da en su parlamento un ácido repunte de sana ironía, de crudeza limpia.

24.1.10

Mentiras que se ven



Por obra y gracia de esa máquina de la impostura que es Photoshop, podemos modificar la realidad y hacer creíble la ficción. Este Al Pacino de mentira, corregido con un laborioso pincel digital, me ha dejado un poco k.o. Uno sabe que se retoca casi todo en este mundo. Que nada es lo que vemos: que debajo está la realidad, blindada al ojo público, convertida en un objeto íntimo. Tal vez todos esos actores y actrices tengan derecho a presentarse en público a su antojo. Quizá la verdadera Scarlett Johansson, en privado, en la cocina mientras prepara el café a las siete de la mañana, sea una mujer accesible, a la que no miramos con ojos cinematográficos. Soy incapaz de ver a Al Pacino como un ciudadano anónimo. O soy capaz pero no creo ganar nada con ese esfuerzo óptico. Prefiero los engaños en cinemascope, ese Al Pacino mentido, confiado a las artes del maquillaje y entregado a la ceremonia formidable de la ficción. Se vive mejor en la ficción. La página en donde aparecen algunos astros de Hollywood de esta guisa tiene una mala leche enorme: se han dedicado a destrozar el glamour, a mandar a Madonna a un callejón para que la apalicen unos cuantos desgraciados que no la soportan. No sé. La violencia nunca enseña credenciales creíbles.


Hoy, en una tienda de fotografía, me preguntaron si me manejaba con el Photoshop de marras. No lo uso, aunque por ahí anda, en una funda de plástico, entre otros programas útiles a los que no les entrego mi tiempo. En esa tienda me mostraron los logros de la técnica. Cómo podían eliminar defectos, crear bondades, darle al ojo la ficción que el cerebro busca en los libros, en las películas. Pero también se afea, se destruye, se rebaja la belleza en lugar de inventarla. Leí hace poco que Emma Thompson no estaba dispuesta a retocar ni un solo centímetro de su piel en un quirófano. Hablaba de Nicole Kidman, que no sabemos cómo es. Lo que nos enseñan las películas y los flashes en galas y en entrevistas es otra cosa. Tampoco vemos la cara del escritor: no sé qué cara tiene Murakami. Lo leo sin saber quien está detrás. Ni siquiera me interesa la persona. Buscamos las letras o la música o la interpretación en una pantalla. Una especie de photoshop cultural. Este Al Pacino de la foto o la Madonna de abajo son imposturas, pero no nos duelen. Estamos acostumbrados a la mentira como una forma de representación del ocio.



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23.1.10

"El atrio de los gentiles"







Malos tiempos para la lírica: lo cantaba con elegancia una banda irrepetible de los ochenta, Golpes Bajos. Estos tiempos son malos para muchas cosas: desfallece la economía, malvive, se arrastra por mercados extenuados. Tiempos oscuros de gente trápala que medra a golpe de engañifa, amparados en las sombras del sistema. Lo que ha dado el estertor del convulso siglo XX ha sido una novela de pícaros con un argumento zafio, burdo y chabacano. Tiempos (insisto) de descreimiento, de zozobra moral y de tedio politico en donde sobrevive el más pillo y cae el más honrado, donde la espiritualidad (sea religiosa o sea pagano) se comercia en trueque torpe para que salga triunfante la fama, pero las postrimerías del XX y estos albores del XXI son también luminosos: nunca antes hubo gente más preparada, nunca antes se exhibió el progreso de lo más acendradamente humano de manera más gloriosa, nunca antes el hombre fue dueño de su propio destino. Así que tenemos al Papa Ratzinger en mitad de este estallido de estímulos, intentado reconducir la varada nave de su empresa, buscando alianzas, hurgando en la naturaleza de los tiempos para ver qué se puede sacar en claro, qué traje le viene mejor a este emperador de las palabras de Dios en la tierra. Y hete aquí, oh fatum, oh gran oráculo, oh tristes y taciturnos espíritus de la Antigüedad, que la Red, ese pozo infame de venenos sin medida, ese atrio de gentiles, en voz del Santo Prelado, ha dado la respuestas anhelada: hete aquí que Dios es también wi-fi. Que el espacio narrativo de lo digital es el lugar por donde la fe puede alcanzar al descarriado, a quien se apartó del camino o a quien no lo ha hollado todavía.






Ese anunciar el Evangelio por Internet me parece un acierto: si Pepiño Blanco tiene un blog, no entiendo la razón por la que Rouco Varela no puede hacerse mandar uno o hacerlo él mismo. Aquello de que los caminos del Señor son inescrutables vale para estos tiempos y sus locos cacharros: vale que la Iglesia, siempre a rebufo de la sociedad y de las normas invisibles que la corrigen, enderezan, retuercen o estiran, se dedique ahora a buscar al feligrés en casa. Ya habrá tiempo de que abandone la banda ancha casera, se ponga el traje de calle y busque el templo más cercano. No sé si el apabullante contraste entre las redes sociales (twitter, facebook y toda esa inasequible bandada de nombrajos) y la vida real traerá algún disgusto teológico al nuevo feligrés. Si haber visto a Dios en el Mozilla o en el Explorer deja huella en el alma al modo en que la deja haberlo visto en la iglesia, a pie de altar, en su contexto idílico. Hablaba anoche, en un bar, feliz en la charla, sobre lo cristiano y sobre lo que no lo es, sobre la inacción de Dios en Haiti o sobre su debido silencio. Nos extraviábamos en lindezas metafísicas mi amigo J.C. y yo. Quedábamos en que lo hermoso es el lenguaje, que lo impregna todo y esclaviza el pensamiento. El esplendor de la amistad da para estas diatribas teológicas junto a una cerveza. Luego viene el Papa Ratzinger buscando parroquianos 2.0. Los nuevos catecismos estarán en blogs, en mensajes de texto. Seducir al distraído con sus armas. Es la catequesis digital.


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21.1.10

House y yo


Me estaré perdiendo algo bueno. Oigo eso: que el tal Dr. House crea adicciones, suscita adherencias inquebrantables, alianzas durables con el ingenio que tan escasamente aparece en la televisión. Pero juro por el editor de mi blog que no he visto ni un solo episodio. Es más: juro y rejuro que ni siquiera, en plan zapping, he visto más de un par de minutos cogidos a vuelatecla en plan "voy a ver de qué va eso que tantísimo le gusta a casi todo el mundo". Y juro ya por última vez que no tengo interés en desdecirme, en buscarle razones a mi desidia, en bajármela, en darle una oportunidad uno de estos días y sentarme en mi butaca favorita y permitir que el tal doctor catódico me engolosine. Sí, me estaré perdiendo algo bueno. No lo dudo. No me importa. También estoy al margen de Perdidos. No he visto todas las temporadas de Los Soprano. Ni The Wire. Me metí en vena las siete temporadas de mi héroe de acción favorito, Jack Bauer. Eso es un pecado público. Me zampe en dos días la primera temporada de Daños y prejuicios. En poco más la segunda. Me gustó Dexter, sin excesos. Me desilusionó muchísimo Flash Forward. No hay nunca argumentos para justificar los vicios. No debería haberlos. A mi amigo K. le encanta La señora. Creo que hace unos días pasaron el último fascículo. Le digo en los bares: K., qué le ves, cómo te atreves. No me contesta. Me mira. Sonríe. Vicios tan sólo.

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Nibelungo / Cuentos del astronauta zurdo

A Antonio Linares, que no
tiene perro ni ama especialmente
la ópera, pero
canta el blues como Dios.

Mi perro Nibelungo desconfía de los gatos y, al contrario del perro al uso, no consiente entre sus vicios callejeros en intimidarlos con ladridos iracundos y baba homicida en el morro. Es de raza muy retraída, se engolosina con las palomas en los parques y arrima su lomo a mi paso cuando la calle se vuelve ruidosa o advierte la cercanía de otros perros a su rabo. Tiene Nibelungo afición por Wagner: da la impresión de que la extraordinaria y soberana belleza del maestro alemán le llegasen muy hondo ya que, cuando lo oye, adopta una actitud relajada al máximo y diríase que sigue el trayecto aéreo e invisible de las notas con sus ojos pequeñitos, como de perro de peluche. Comparte conmigo estas extravagancias domésticas y me busca, caída ya la tarde, para olisquearme la bata, que siempre lo transporta, en una mágica asociación de olores o de ideas –no tengo yo esas nociones de etología primaria para argumentar sólidamente esto que digo– al paraíso de las walkirias, que es una alfombra frente al imponente par de altavoces que amenizan su exquisito ocio perruno. Igual que Cátulo cantó al gorrión de Lesbia y nuestro Antonio Gala dedicó un librito a su perro Troilo, yo consagro este capricho literario a mi perro Nibelungo, que anoche se fugó de casa con otro perro de su raza, torpe y aburguesado como él, cuyo dueño me confesó el amor que su mascota, Traviato, tenía por las óperas de Verdi. Les pierde el bel canto, los coros de ángeles, la épica de esos héroes románticos– comentó atravesado por una congoja indecible. Todavía no nos hemos repuesto.

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Vampiros, amores de gimnasio y tracas en 3D


Hay modas, fiebres de lo banal, que se extinguen con la misma virulencia con la que se imponen. El cine es una mercancía moldeable que se ofrece como el vehículo óptimo para esa propaganda de ideas y de imágenes que, a la postre, busca la pasta gansa y de camino, en la travesía comercial, colonizar mercados, ganar adeptos, buscar en la tropa adolescente nuevos feligreses de la religión recién acuñada. No importan las ideas buenas; tampoco se estila esa antigua honradez de obrero abnegado del séptimo arte: directores con vocación de autor, que imponían una forma de trabajo y esbozaban, en la medida que les dejaban, una impronta estilística. Ahora trasciende el ruido, prima la hipérbole visual, se matizan poco los perfiles de los personajes, que fatigan el metraje sin diálogos de peso, que se exhiben en su cruda naturaleza corporal, sin que importe en absoluto su calidad artística y el grado de involucración en un proyecto. Ahora gana la solidez del trailer, la fundación de una franquicia, la rutina de una cara nueva en las marquesinas, en anuncios en televisión o en las carpetas de las quinceañeras yendo al colegio. Todo el dispendio monetario que haga falta con la condición de que regrese multiplicado. Hay algo excepcional, no obstante, en este runrún mercantilista que empaña el cine considerado como una de las más bellas artes. Fascina su vocación de banalidad pura, su inclinación natural al abastecimiento de imágenes con contenido limitado, pero sobre todo lo que más poderosamente llama la atención es su innata capacidad de adoctrinamiento. Hay un tipo de espectador que comparte con otro el amor por los vampiros o por los magos o por las jovencitas de las escuelas mayores con problemas de hormonas y de acné. Hay un tipo de espectador graciosamente cómplice de esta deshumanizada (por sofisticada, por impostada) visión de las relaciones humanas. Y al hilo de esa nadería cinematográfica asistimos a la creación de un subgénero televisivo, empaquetado con los mismos materiales, creado en idénticas condiciones de supervivencia. Porque de lo que se trata es de eso, de la supervivencia del cine como espectáculo de masas, como circo máximo, como templo del ocio. Nada malo, en todo caso. Por algo se empieza. Nada pernicioso si se accede después a materiales más nobles. Como si empiezas con Umberto Tozzi y terminas, veinte años después, escuchando a Stockhausen. Como si vas de Michael Bay a John Ford. De todo tiene que haber.
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20.1.10

Los sustitutos: Distopía light


Ya no sabe uno qué pensar: si la ciencia-ficción se está autoparodiando o si el gremio de los guionistas, a falta de ideas de relumbrón, se ha empecinado en pulir las historias de antaño o, al menos, del antaño fijado en los gloriosos setenta. Los sustitutos es una mala película presentada en un envoltorio flamante. De este arsenal de productos afiliados a la irrupción apocalíptica de las máquinas, de la tecnocracia y de esa especie de Second Life inventado para entretener el aburrido ocio de los humanos gusta que siempre terminan bien. No esconden tragedias ni se esfuerzan en dar brochazos de gris metalizado (con su porción de óxido afeando el chasis) cuando pueden ofrecer un esplendor de colores, un paleta cromática full HD. Las majors van al negocio seguro. Bruce Willis. Androides. Un trailer vistoso con helicópteros sobrevolando la ciudad, persecuciones impecables y decibelios desenjaulados a juego con las dimensiones del espectáculo. Los sustitutos es mala porque ya la hemos visto antes. Está facturada con absoluta falta de pudor cinéfilo. Parece escrita para un despistado novicio en esto de la ciencia-ficción. Cualquier socio de una cadena tipo Blockbusters, de ésos que no han pisado un cine hace tiempo pero que no se saltan ningún estreno en DVD, Bluray o BR-Screener recién pilladito de la red, pilla el bucle óptico.
Hurgando, por ver las tripas de la máquina, uno ve que la metafísica inherente a la ciencia-ficción buena, está aquí sustituida por un vertiginoso (y a veces incoherente) relato tecnofóbico, de apariencia agradable, en el que nada chirría en exceso pero donde nada (créanme) fascina ni siquiera un segundo. Se deja ver con absoluta indiferencia. No nos hiere: no nos emociona. En ese limbo imbécil de cine ramplón, Los sustitutos ofrece lo que algunos centros de comida rápida: fotografías impresionante de las viandas, amplias vistas al confort del establecimiento, pero luego comprobamos, a pie de mesa, que todo mengüa y nada es lo que nos dijeron que iban a vendernos. No obstante cumplimos el rito, salimos del cine, echamos pestes del engañabobos en el que hemos picado y aceptamos, entre risas, que igual volvemos en cuanto nos receten otra dosis de vacío perfecto. Algo así como la vida de esos seres humanos que se ven en la película: cómodamente instalados en su butaca, enchufados a la máquina, guiando sus alter-egos, sus robots antropomórficos. Sus dueños están a salvo, en ese edén digital que les evita el rigor de lo real, la asfixia de las calles, el roce con los otros. Como si un espectador prefiriese estos apaños palomiteros en lugar de películas de mayor fuste. Ésta acumula imágenes y planos, esplende en su vigoroso cromatismo, pero no da la talla en convicción, en profundidad, en peso. Y bien pudiera.

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El pícaro legalizado


En esta vigencia del caos, abismados en una crisis económica que forma parte ya del mobiliario emocional, se oyen cosas a las que les prestamos poca atención o ninguna. Noticias en cuya letra pequeña subyace el origen mismo del mal que nos aflige pero que, a título de frivolidad, tomamos a chacota, a jacarandosa tertulia de barra de bar bien arrimados a una cerveza. En España, desde antaño, tenemos esa facilidad para no caer en el tedio, en la miseria, en todo ese orden de cosas de triste nombre que en otros lugares, educados en otros preceptos, levantan revoluciones y ponen al pueblo en la calle, amotinados frente a la desidia de quienes lo gobiernan, emplazados a abortar desde las tribunas que buenamente pillan las tropelías de su conciudadanos. Lo malo es que esas tropelías, esos garabatos de pueblo civilizado que progresa en paz y aspira a lo mejor y a lo más noble, a veces son jaleadas desde el poder. El argumentario es sencillo: a renglón seguido de la conquista de las libertades más elementales, de los derechos más razonables, se traen de rondón otros, pillados con pinzas, obsequiados a modo de guirnalda democrática.
Lo último, en Sevilla, en su Universidad: han elevado el copieteo en exámenes a la categoría de derecho constitucional. Legalizan el crimen, el apaño canalla del estudiante que, huérfano de esfuerzo, ignorante en trabajo, se afilia al engaño y da lo que le piden bajo la fórmula del truco. Eso de copiar no es asunto nuevo. Lo que es nuevo, es decir, moderno, progresista, es mimar al delincuente, dicho esto de delincuente con todos los miramientos jurídicos.
La excelencia, la capacidad de sacrificio, el rigor, el amor propio, todas esas cosas que se dan por sentado en quien aspira a conocer una disciplina y a ejercerla en su oficio, se abandonan aquí a su suerte. Magra y triste suerte, por otra parte. Este favorecer al tramposo da una idea de cómo va la sociedad nuestra, de cómo al amor de la ley, de su exquisito y a veces nefasto cumplimiento, se van saltando a la torera elementales normas de sentido común, buen juicio y cordura moral.
Pillar in fraganti al alumno que se copia no acarrea el privilegio de la presunción de inocencia: copiar es un acto ilegal, la evidencia de una falta que debe ser sancionada en prevención de que el infractor crea que la vida es así de sencilla. La vida puede ser muchas cosas, pero desgraciadamente guarda reveses, fatalidades, momentos ingratos, vías por la que se escapa la felicidad que le exigimos en el contrato que, al nacer, involuntariamene, firmamos.
Lo vergonzoso es la impunidad de delito. Incluso su poco disimulado fomento. Estamos en un país sorprendente, que aspira a integrarse en un mundo en continuo progreso. Asuntos de este zafio calibre alertan sobre el verdadero espíritu de estos tiempos de zozobra: vence el tramposo, gana el que engaña, triunfa el más vivo. El que pierde, el que no es respetado, es el que cumple: país de espabilados, pueblo ladino. Y encima, he aquí el horror, auspiciados por la autoridad.
Esta normativa sobre calificación y evaluación no menoscaba derechos. El Consejo Escolar de la Universidad Hispalense, en esta atrocidad académica, incurre en algunos errores. El más grave es el que alienta el delito al dar al que lo ejecuta vías de redención que, en modo alguno, hacen peligrar su nota, el producto de su copieteo.
España es un país de pícaros: lo escribieron nuestros antiguos en un alegre y jovial castellano de los siglos dorados de nuestras letras. España es un país extraño, añado yo. Se ven cosas inauditas, se da cobijo al mal y hasta se patrocina su uso. Habrá quien, a la vista de este desatino universitario, razone que los medios abiertamente contrarios a su efecto exageren, den alas a esa moda de atacar sin disimulo al Gobierno, a ZP, a sus ministros. No tiene nada que ver con eso. Podía haber pasado con un gabinete socialista o con uno del otro bando. Se trata de hacer bandera de la cordura, de exponer (aunque sea tímidamente, en este blog que pocos leen) las razones del desencanto que algunos tenemos con el desorden imperante. Yo, que vivo de esto de poner exámenes y de corregirlos, no estoy dispuesto a entrar en esa inercia.

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19.1.10

Del alma extraviada y feliz en el extravío...

Ojalá vivir en este mundo fuese un tránsito y luego hubiese otro. De verdad que lo deseo. Envidio a quienes sienten en el corazón esa certeza y desocupan esta vida en la confianza de que después de la muerte hay más. Ojalá la fe me llenase a espuertas el alma y me levantase cada mañana lleno de luz, tocado por la gracia de la vida eterna, en la privada creencia de que algún dios campechano y doméstico está al tanto de mis fatigas, cuida de mis faltas y se le ensancha el divino pecho cuando observa, desde su inmarcesible altura, que obro bien y hago felices a los demás en lo que buenamente puedo. Pero no es así y me levanto por la mañana sin dios, feliz en esa ausencia de divinidad, convencido de que la fe es un enamoramiento, un desvelo, un extravío de los sentidos, un flirteo serio entre la verdad del mundo y la oscuridad del alma. O viceversa. No lo sé. Me despierto así y así voy cubriendo los trechos de los días hasta que a la caída tardía de la noche me tumbo en la cama, razono mi lugar en el mundo y dejo que el aire me infle el pecho y note que cien sonetos de amor explotan dentro como una estrella de mil puntas a la que de pronto hubiésemos incorporado una de esas bombas con reloj a la que no podemos cortar los hilos. Llevo unos días pensando en esto de la fe y no he llegado a ninguna conclusión fiable. Tal vez sea mejor esta indeterminación. En la búsqueda, en la intriga del camino, las palabras son más dulces y las respuestas más lejanas. Estaría mal que ya lo supiésemos todo y todo lo tuviésemos claro del todo. Sería un mundo descarriado al que no le restaría ni un solo átomo de asombro que ofrecernos. Estos días he visto de cerca la muerte de dos personas conocidos y he vivido cómo las familias han conducido el dolor. Y he visto esto: que el dolor se deja conducir, se moldea, se convierte en un material fungible, íntimo, cercano. No sé yo cómo obraría cuando el azar, ese bicho cabrón, me prive de alguno de los míos, de la gente que amo. Probablemente, al no tener altar ante el que postrarme ni fe con la que valerme en la pena, me extraviaré en el dolor y tardaré más en aceptar la pérdida. Pero no hay remedio. Lo hablaba hoy con un amigo. No hay remedio. Nos vamos, nos morimos, nos perdemos en un viaje incierto. No sabemos qué hay afuera. Tampoco qué hay dentro. Nada de lo preocuparme. Cierro el blog y me retiro. Me dejo crucificar por esta apatía mía en los asuntos del espíritu. Y sigo razonando mi lugar en el mundo. A trompicones.

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18.1.10

Anticristo: El diván del asqueado


Igual que hay un lector de buen gusto, sibarita del estilo esmerado, encaprichado de la belleza y de la inteligencia, podemos inferir que existe también un espectador exigente, gourmet de un vicio exquisito que le provee de continuo de nuevas experiencias y al que, en mayor o menor medida, confía el equilibrio emocional, cierta salud moral y hasta, en lo posible, la salvación en la tierra de su intoxicada alma. En esto, en lo puramente artístico, el hombre ha escrito alguna de sus mejores páginas. Somos buenos y somos nobles porque tenemos al arte para gobernarnos. El individuo sensible, el que se deja contaminar por el vértigo infinito de esa belleza, tiene el corazón en júbilo y afronta cada nuevo día como una travesía más a la búsqueda de esas píldoras de placer. Uno las busca en los libros, en la fotografía, en la música, en el cine, en la pintura... Puestos a llevar este argumento a un extremo razonable podemos considerar que el artista es un ser privilegiado, iluminado, al que el azar o el secreto numen al que únicamente algunos acceden, ha investido como una especie de sacerdote. Yo soy un feligrés obediente. Me postro cuando advierto la belleza que otros inventaron para mi uso y mi disfrute. Hace tiempo que vivo a expensas de esas excentricidades ajenas. El arte es un vehículo sofisticado de felicidad. O sencillo, no lo sé. A veces es muy complicado y en ocasiones, a ras del milagro, es de una sencillez aplastante. Digo todo esto porque el amigo Lars Von Trier, un cineasta bien considerado, al margen de las menudencias comerciales, interesado en la belleza y en la inteligencia, suele caer en zanjas perversas, en lugares oscuros que, al modo en que lo hace Lynch, pocos saben o desean bajar. Yo bajé a ver Anticristo y salí indemne del viaje, pero estoy seguro que no voy a volver a bajar.
La película narra asuntos difíciles y los narra a pelo, sin considerar el significado de la palabra escándalo ni calibrando los límites de la imagen. Me gustaría leer algo de Román Gubern a propósito de Anticristo. Lars Von Trier escenifica el dolor, lo planifica con esmero, cuidando de no modificar el elemento primitivo, el punto de agarre orgánico, ese músculo interior que se activa cuando nos ofenden a través de los sentido y que algunos llaman asco o irreverencia o lo que el buen lector decida.
En Anticristo hay suficientes elementos que repugnan como para considerar muy seriamente no terminar la proyección. Saldría uno satisfecho de la decisión, conforme en la idea de que no todo es permisible, que hay pasadizos del alma a los que podemos dar palabras, inventar textos o fabular novelas pero que hay que evitar, en lo posible, su plasmación cromática. En Anticristo el dolor está presente en casi cualquier fotograma: es un dolor semántico, tertuliano casi, psicológico, orgánico, que termina asqueando, provocando sinceras reacciones de malestar que no se retiran del cuerpo físico hasta bien pasados unos días.
Ignoro las razones por la que este hombre ha colado un extravío semejante. Lo que pasa es que el fondo de Anticristo es encomiable y lo que narra, a pesar de ser expuesto de una forma tan sumamente cruda y tan desafectada de adorno, es material útil para ver algunos comportamientos que no están tan lejos de nuestro entorno y que podemos contemplar, a título de apunte informativo, en las páginas de la prensa y en los partes televisados, en esos reportajes de fondo zafio y de interés espureo que hurgan en las miserias y que tanto ardor óptico (digámoslo así) despiertan en el morbo público. Seremos eso, morbo. Somos el voyeur infinito que está siempre dispuesto a consumir imágenes y a aceptar que esa ingesta nunca es suficiente y que el apetito intelectual o la voracidad animal o vaya usted a saber qué siempre piden más. En eso, y en casi todo lo demás, Lars Von Trier es un obrero cualificado del escándalo, de la provisión de pornografía mental. Debe ser un tipo normal. Acudirá a comprar el pan, se citará con los amigos y charlará animadamente de fútbol o de cómo la crisis está desgobernando lo poco gobernado que teníamos, pero cuando le damos una cámara y le permitimos que se explaye, que nos aturda, que zanje esa belleza y hasta esa inteligencia y provoque daño puro. Sale uno tocado, aunque luego se destoque, se agarre a otras influencias menos perniciosas y regrese, indemne, al mundo real. El que él nos retrata es subversivo, coherente al cabo, porque habla de asuntos humanos, pero desestabilizante. Hace mucho tiempo que busco, en el cine, en los libros, caminos para entender la vida: todavía dudo de que éste sea uno meritorio.
¿Cómo contaría el lector la historia de los padres que, mientras fornican, desatienden al hijo que cae por la ventana fatalmente? El director inventa un bosque, Edén, en el que refugia a estos descarriados: allí se abre la pandora del terror, el miedo por la palabra o por los gestos, el llanto primario y la convicción última de que el mundo no puede ser en absoluto el mismo idílico lugar sin la presencia del hijo fallecido. Willem Dafoe y Charlotte Gaingsbourg cuadran en el arquetipo de personajes sin futuro, abismados en el miedo a no saber vivir, íntimamente ya negados al rutinario paso del tiempo, convictos de pena, muertos de pena.
Anticristo no es, en modo alguno, una buena película. Tampoco es mala. Es un caso extraño, necesariamente extraño, una especie de producto a salvo de la crítica formal, instalado sin rubor en un territorio sutilísimo, en el que pocos directos se han atrevido a entrar sin echar al traste no ya su carrera, que puede funcionar en circuitos alternativos, sino su integración en el circuito comercial, su explotación en la rueda habitual de consumo. Lars Von Trier no mira a nadie. De alguna forma filma para consumo interno. Luego le auspician, le patrocinan, le sacan a la calle el hijo bastardo a sabiendas de que siempre hay un público fiel, cómplice, que aspira a una dosis de caos, a un recetario doméstico de dolor, expresado en su más pasmosa sublimación.
Lars Von Trier hace que sus personajes fluctúen entre la fogosidad carnal, la externalización del pecado, la asunción de la culpa y, en última instancia, una truculencia visceral, impensable en un cine ortodoxo. Pero Anticristo tiene montones de lecturas y ninguna se aviene a la ortodoxia, ninguna se deja manejar por los instrumentos que la razón o la cordura inventan para gobernar el mundo. Adscrita al gore, al psicoanálisis barato, la trama jamás abandona su condición de tragedia, que es su género más fácilmente identificable.
Igual que Borges se obligó a escribir cuentos fantásticos para comprobar si una caída por unas escaleras había mermado su capacidad de raciocinio, Von Trier (menos exigente en lo intelectual) crea Anticristo para vencer una depresión. El autor se automedica, se inocula un chute de emociones fuertes. La poca belleza que hay (ese paisaje primerizo, de hermosura dolorosa, en donde nos narra la tragedia del hijo muerto) se pierde conforme la historia va adquiriendo ese tono apocalíptico, de clausura de la lógica de las cosas, en el que los protagonistas, como Adan y como Eva, solos en el Edén, descubren que únicamente el sacrificio puede redimirles. Y uno sale del cine (insisto) vapuleado visualmente, alterado, violentado. O igual todo ha sido una gran tomadura de pelo, un ejercicio egocéntrico de divismo, el autor frente al espejo admirando sus gloriosos genitales.

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17.1.10

"Sin terremotos, somos invisibles"


Cuando uno es pobre, digo pobre de verdad, la voz se desangela, se vacía, se queda sin fonemas. Una voz sin cuerpo. Un pobre de verdad es un ser invisible. Lo dice El Roto en su formidable viñeta de hoy en El País. Un pobre como Dios manda no sabe que es pobre. Va por ahí enseñoreando su pobreza, mendigando un soplo de dignidad, buscando luz en donde las más de las veces únicamente hay sombras. A veces hace falta un terremoto para sacar al pobre de su permanente estado de invisiblidad y ponerlo en las portadas de los periódicos y en esas pantallas grandes de muchas pulgadas que iluminan con bonitos colorines los salones de la gente pudiente. Uno está en casa, en el salón, almorzando, y de pronto el telediario le extrae de su estado del bienestar gastronómico con un damnificado de Haiti. Es un pobre que sigue siendo pobre, incluso más pobre todavía, pero que de pronto abastece de información al mundo rico. Ya sabemos que los ricos conocen la realidad a través del filtro de la televisión. Compran la prensa que les gusta y ven los canales que no les atacan en exceso. Todos tenemos ejemplos. Un pobre, en realidad, es una incomodidad mediática. El terremoto en Puerto Príncipe, a pesar de lo que dice el obispo de San Sebastián, es un acto de crueldad desmedida que no ejerce nadie. Ni Dios ni la ONU. Ni las huestes de Bin Laden ni todos los malvados del mundo unidos en una gamberrada planetaria. El terremoto en Haiti es obra del azar o de las fallas tectónicas o de la mecánica de fluidos. No creo que a Dios le interese estropear sus dominios con estos atropellos inmobiliarios. Claro que un obispo de San Sebastián o de Cuenca o de las Seychelles puede contarnos que ahora los pobres que queden van a estar bien atendidos. Que no hay mal que por bien no venga. Que Dios aprieta, pero no ahoga del todo. Que la fe se abastece de estas vituallas. Duele, en el fondo, que estamos a expensas de estos caprichos geológicos. He escrito duele y luego he pensado que el verbo es insatisfactorio, pero no encuentro otro verbo que lo sustituya. Yo soy un pobre lingüístico: me faltan palabras, me falta quizá la voluntad que tienen otros para salir de su cápsula de supervivencia y entrar en batalla, en el meollo del cataclismo, en las calles del miedo, a pie de cadáver. Nada que vaya a hacer. Seguiré aquí. Escribiendo. Bien mirado, un oficio cobarde.

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Sherlock Holmes: El superhéroe total



Al cine detectivesco, que tiene en Sherlock Holmes al patriarca máximo, al depositario de todas las reverencias, no le conviene en demasía la acción puramente física, pero en el hipotético caso de que ambas congenien, el resultado es el más satisfactorio porque el espectador de intrigas, el que se sienta en su butaca dispuesto a entrar en un juego de pistas y de huellas, de trazos abandonados en la nieve y olores derramados en el aire, le agrada ese vértigo furioso en el que hay persecuciones, enigmas en la sombra y calles mugrientas en donde acecha la muerte. El cine negro matrimonió de forma sublime esa dualidad: todos los detectives que parieron los insignes escritores de raza del género, desde Chandler a Elroy, patearon las calles, sufrieron golpes, los dieron y en muchas ocasiones se encontraron frente a frente con la muerte sin que ese atropello a las raíces intelectuales de la intriga desmadeje el interés. En su extremo palomitero, el cine de acción, incluso el declaradamente malo, incluye ingredientes detectivescos, pequeñas tramas que piden a gritos complicidad. Por eso tal vez Guy Ritchie, al que no veía yo cómodo fuera de su microcosmos de gángster londinenses, casas de apuestas y rollo suburbano, se le ocurrió agitar el tarro de las esencias del más famoso detective del mundo por ver si en ese gesto brusco se mezclaban grumos nuevos. Y he aquí el Sherlock Holmes del siglo XXI: menos interesado en los placeres de la química farmaceútica, desastrado, desaliñado, sin el glamour antiguo, amigo de pendencias y hasta un punto masoquista, reyezuelo de sus vicios, poco o nada interesado en el mundo exterior salvo que ese mundo exterior ofrezca un enigma, un argumento oscuro, un asesino suelto, un robo sin dueño.
Este Sherlock espídico o taciturno, obra del moderno slapstick, será un jolgorio óptico para la tropa joven de neófitos en la materia y un modoso, en nada serio, revival del Sherlock del siglo pasado, pero no posee la hondura de la versión de Billy Wilder ni la carga flemática de las versiones clásicas. Tampoco la mirada Disney, que la hay. El detective number one no lleva tweed, ni gorra de visera, desprecia el batín aristocrático en su refugio de Baker Street y no dice una sola vez "Elemantal, querido Watson". En lo demás, la cinta fluctúa entre las concesiones al clásico (ese final razonado, ese gusto por hacer pulcro y esmerado el lenguaje de sus protagonistas) y las tropelías circenses, entre la austeridad social del detective y sus fáciles accesos de showman de salón. Y en esos campos de acción, Ritchie levanta un monumental tributo al cine de evasión, cumpliendo a rajatabla la misión de fundar una franquicia con algunas cartas guardadas en la manga de la productora (Moriarty, en el carruaje, ilusionando a los expertos en materia, creando en los recién llegados ansia de conocimiento).
Robert Downey Jr. cumple con creces así como Jude Law. Mark Strong es un malvado desaprovechado: en realidad el argumento no exhibe la enjundia necesaria para que el mal campe a sus anchas. El mal, si está bien escrito, engalana la trama, la eleva. Como aquí estamos en el pastiche, en la recreación lúdica sin lucimiento académico, la historia se fija más en los detalles, en amontonar secuencias enteras a modo de gran videoclip, desatendiendo un más deseable sentido de la coherencia. Nada de esto es obstáculo para que Sherlock Holmes sea una película decente, que se ve con gusto, sin que duelan las pupilas ni uno sienta que los recuerdos han sido ofendidos.

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16.1.10

Mitchum por Avedon


No le vemos los dedos de las manos, pero creo que tienen escrito un mensaje. Eso pensé cuando vi la foto de Avedon perdida por ahí, en una fisura exquisita de la red de redes.

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15.1.10

Soy un materialista de pobre vida espiritual, señor obispo...

Munilla valora la catástrofe en Haití

"Existen males mayores que los que esos pobres de Haití están sufriendo estos días
“. “También deberíamos llorar por nosotros, por nuestra pobre situación espiritual, por nuestra concepción materialista de vida (Munilla)
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El obispo Munilla es un señor obispo que no dice cosas de obispo. Por lo que dice, a lo oído, esto no corresponde al cargo que ocupa y a la cultura que posee, pero tampoco tengo esto del cargo y de la cultura, pensando en detalle, claro del todo. Lo que ha dicho el señor obispo es teológico, es decir, ajeno al barrunto mental de quienes no entramos en esos resquicios del pensamiento espiritual: todo al hilo de la divina presencia del verbo episcopaliano, neocatecumenado y supervitamineralizado. Las cosas de la iglesia tienen estas cosas: que un obispo sale al púlpito y le da un palpito fonético, un calambre a la altura misma de la glándula semántica, que es donde el cerebro coge de un saco las palabras y luego las junta para que la lengua, un músculo pendenciero, las suelte. Deberíamos tener cuidado con lo que decimos, no vaya a ser que se entienda todo y después vengan los medios de comunicación y lo tergiversen. Es lo que pasa con ser un personaje público: que siempre hay por ahí un periodista con un micrófono, un gacetillero ávido de hueco mediático, un arribista vulgar que encuentra de pronto, en mitad del temporal, en esta ruina terrible que padecemos los españoles, un titular. El que ha dado el señor obispo Munilla viene a decir que peores males padecemos aquí que los caídos en Haiti: que lo de allí, más o menos, es menor que lo de aquí. No sabe este hombre de lo que habla. Tirar por ahí frases de este calado teológico no está al alcance del pueblo llano. Yo, en lo mío, soy prudente. Me freno en lo que puedo. Pienso en ocasiones barbaridades, pero la voz interior, la que me tiene tan a pie de suelo, me manda callar. Lo de este señor obispo ha sido un metedura de verbo. No hay que poner a caldo al gremio entero de los obispos. Ni siquiera hay que inferir que todos los miembros de la Santa Iglesia comulgan con las opiniones de este caballero de altas prestaciones sintácticas. A ver en Haiti qué piensan. Los suyos, los de su bando, a ver por dónde le cubren las vergüenzas. Se les van a acabar, al paso que vamos, los argumentos exculpatorios. Ah, tendrán que llorar por mí, porque tengo una pobre vida espiritual, al menos del tipo de espítu que blande este señor, y una concepción materialista de la vida. Con matizaciones, pero materialista, sí señor obispo...

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El taller de Francis Bacon






'I feel at home here in this chaos because chaos suggests images to me. And in any case I just love living in chaos'

Francis Bacon

I
Llevan unos días estas imágenes circulando por algunos canales de televisión. Incluso las he visto en unas cortinillas de ésas a las que los programadores se agarran para enlazar las cosas y dar la sensación de que asistimos a un fluido continuo, armónico y sin desgarros. Bacon es un personaje útil para entretener al espectador desavisado y al metido en faena, a quien no sabe si el tal Bacon es un actor en horas bajas o un excéntrico de la aristocracia del cotilleo que se ha dejado fotografiar en un zulo digno del mismo Diógenes. Y en parte Francis Bacon fue un algo de ambas: un actor en eternas horas bajas, comido por la apatía, consumido por las deudas, y también un excéntrico, un diletante, un pintor en casi constante estado de excitación creativa.
El taller de Francis Bacon de la calle Reece Mews era una obra más en el catálogo del artista. Ese acúmulo de materiales de desecho son, en algún extraño modo, una extensión del propio Bacon. Ese informe inventario de latas de pinturas, brochas, lienzos a medio acabar y cualquier pequeño accesorio del oficio. Bacon insistía en que esa desorden le inspiraba. Cuentan que un buen amigo le pidió que adecentara el taller habida cuenta de que un equipo de televisión iba a visitarlo y filmar un pequeño reportaje. Se negó en principio, pero le persuadió la suma de libras que iba a percibir por ese insignificante préstamo de tiempo. Lo que le atormentó días después es una absoluta falta de inspiración: era incapaz de dar dos brochazos buenos. Sólo recuperó el numen cuando el caos regresó, triunfal, al taller.
II
Ignoro los materiales que inducen a que un escritor se sienta enteramente a gusto en su trabajo: que note el aliento del estilo, la cercanía de una inspiración doméstica, íntima, cercana al dominio total de su creación. Si precisa una biblioteca a su alcance o si, por el contrario, lo que le eleva al grado óptimo de escritura es el silencio, un aislamiento mullido en donde perderse, encontrarse, dar con la palabra exacta sin que le estorbe la realidad. Mi amigo K. sostiene que al escritor le incomoda la realidad y me pide, cuando nos vemos, que deje de escribir si quiero vivir. En cierto modo, le doy la razón. Me siento identificado con el escritor ascético, empleado en su causa, conjurado a rendir el trabajo al que se entrega sin que le distraiga el mundo. Bacon, en su taller, en ese útero perfecto, encontraba el sentido de su obra, la flecha divina que ilumina el corazón y lo transforma en una dinamo sensible. El mejor sitio en el que escribo son las bibliotecas. A distancia, los bares. Hay mesas perfectas impecablemente rodeadas de ruido y perfumadas con el trasiego casi violento de gente arriba y abajo, buscando su sitio también en el mundo. Es ahí, en las bibliotecas, bien pertrechado de libros, rodeado de letras, donde la escritura fluye y uno siente que el tiempo no existe. Los bares, en el polo contrario, ofrecen una atalaya privilegiada de vida. Basta con que uno sepa aislarse. Yo sé.

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14.1.10

Son días tristes...


I
Cae a plomo la desgracia y entierra en escombros la luz infinita y el tiempo infinito; cae el gris, el negro: caen como un peso imposible sobre la naturaleza más frágil de las cosas, sobre los coches antiguos y las iglesias quemadas; cae un tormento bíblico sobre el país de los colores; cae el dolor inverso, la causa oscura del fondo de la tierra; cae el cielo desde abajo y un ángel declina en latín el verbo de Dios mientras los pobres de las avenidas, los apestados de todos los gremios, escarban en el suelo en busca de sus iguales en la ancestral ceremonia de las lágrimas; cae tristeza; caen nombres sin herencia en el polvo y en la ceniza; cae el amor mismo: se derraman las sílabas del paisaje que el amor inventa para justificar su travesía, se muerden los hijos en las aceras incendiadas, comen pena y así van, en la pena, muriéndose sin ruido.
II
Están los muertos de Haití como un himno izado en mitad del caos. Los registran las cámaras y los venden en prime-time: asistimos con asombro, sin ser conscientes del todo de ser parte del público convocado, al espectáculo tristísimo de la devastación. A lo mejor la palabra tristeza no expresa la hondura del dolor que hemos visto. A lo mejor estamos hechos a ver estos desastres y lo único que cambie es el atrezzo, el color de la piel de los cadáveres, el reportero desplazado por las cadenas de televisión para dar cuenta del desastre. Puede que pase todo eso. Son días tristes. Siempre que muere alguien sin que haya una causa natural se levanta un muro de tristeza. Este muro es alto. Triste.

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"I believe it's raining all over the world..."



Una forma de afrontar un día de lluvia: te escondes en un sillón de orejas, buscas en el armario el batín de invierno, enchufas el brasero y lees un buen libro mientras contemplas por la ventana las verdaderas dimensiones del refugio. Es cuando te das cuentas de que la realidad está afuera y de que tú, a capricho de tus vicios, te has instalado en el territorio de la ficción. Entonces empiezas a advertir que no es verdad lo que está pensando. Que no estás en un sillón de orejas, embutido en un formidable batín de invierno, a pie de brasero, a remolque de las letras de un libro. Tú estás en la calle, comprando en tiendas abarrotadas, comido por mil vértigos, perdido en la ciudad como a veces las palabras se pierden en los recuerdos. Sólo es nuestro lo que perdimos, dijo el poeta. Nuestro el refugio visto desde la lejanía, en la intimidad uterina de la literatura y del calor sencillo de un brasero mientras en el exterior, en el afuera sin domesticar, llueve a manta, llueve a cántico, llueve como si fuese la primera virginal lluvia en el paraíso. Y el libro también tiene una ventana desde la que es posible encontrar huecos, refugios, líneas puras de recogijo inmediato, placeres muy elegantemente adornados por el sonido de la lluvia en los cristales. Ahora mismo creo que está lloviendo en todo el mundo.


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La aristocracia del miedo


Vista de cerca, observada en detalle, la cara de Cary Grant huyendo del avión que le persigue, es de una contención absoluta. Recuerdo un anuncio de una conocida firma de trajes de caballero en el que los modelos jugaban a baloncesta en una cancha improvisada. Se vendía de la idea de la comodidad, la ilusión de que el verdadero caballero viste un traje a la altura de su dignidad y que el ejercicio físico, incluso el extremo, no desbarata ese porte. Poca gente como Cary Grant para saber llevar un traje mientras le acosa un avión de fumigación en mitad de un páramo yermo en un fotograma de una película de Hitchcock. Y la cara, contemplada con primor, analizando los gestos, exhibe esa aristocracia ante el dolor, ese saber llevar la muerte incluso cuando nos pisa los talones. Todas esas cosas debió advertir el gordo Alfredo cuando le echó el ojo y supo que ahí estaba su Kaplan perfecto, el maniquí sin aristas.

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13.1.10

El fin del mundo

1
Estoy detrás de un poema de Gil de Biedma en el que el poeta se queja de los inviernos duros y luego fatiga el litoral catalán por ver si llueve o no. Era algo así; recuerdo detalles inconexos. Yo no aseguraría ahora si es de Gil de Biedma o es de Ángel González y en vez del litoral catalán era el cántabro o el andaluz. Vengo notando que pierdo la noción exacta de las cosas. Parece confirmarse lo que ya barruntaban mis abuelos: que se adelantan las lluvias y el gobierno, reunido en emergencia, ha dicho que a río revuelto, ganancia de poetas, que a todo los poetas le sacan punta, afiladores del mal ajeno y testigos convulsos del rocío en la madrugada y el pulso herrumbrado de las olas castigando unas tumbonas. Los años cobran siempre sus tasas: esto ya lo he escrito por algún lado, pero me conforta. También he garabateado alguna impresión sobre la niebla: ” a ras de niebla, Dios oye el latido del mundo”, pero no tengo la certeza de que sea mío del todo. Igual es de un poeta ruso de librería de La Corredera, en Córdoba. Hay paseos que comienzan con una señora gorda que nos pide la hora y terminan en una librería antigua en donde la panza vertical de los libros piden lectores que les rediman el tedio y la soledad. En España sucede que se escribe más que se lee. La fascinación por la lectura es, en todo caso, menor que las tentaciones de la televisión. No hay batalla posible.
2
Si Dios oyera mi latido, estaría perdido. El azar no me obsequió con la fe: me abasteció de vicios, me blindó exquisitamente contra el aburrimiento, pero no me dio esa sensibilidad para ver, entre la retorcida usura del mundo, la voz de Dios, el ojo de Dios, el manto benéfico de su pristina Palabra. Juro que lo he intentado, juro que he asistido a todos los actos en los que pudiera empaparme de su obra, aunque salí más enconadamente enfrentado a sus cofrades, a quienes vocinglan su parlamento. Si Dios oyera mi latido, sabría cuántos pájaros vuelan en este instante por encima del tejado de mi casa. Así era el argumentum ornitologicum de Borges. O era Milan Kundera. O tal vez ninguno y todo se avenga a la febrilidad de mi memoria que, al no precisar, desbarra y fomenta que cuanto digo pueda parecer impostado, levantado desde el hastío hasta el aire, sin esfuerzo, para que picoteen las nubes. Barruntos de un día plomizo de enero que no termina de cuajar dentro de éste que, aturdido, escribe.

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12.1.10

Teniente corrupto: Pastillas, justicia y vértigo



Paul Schraeder, Martin Scorsese y Abel Ferrara formaron una especie de trío místico a los que le sonrió la suerte de manera dispar. En común tenían a un Harvey Keitel plenipotenciario, fetiche sublime de esa suerte de tormento místico que los tres traducían a imágenes. En menor medida, más en sintonía con el mainstream de Hollywood, Scorsese; alucinado, tenebrista, perdido en alguna insondable costura del alma, Ferrara. Por esa afinidad con los territorios limítrofes, por ese desorden teológico, la autoría de Ferrara se eleva por encima de la de Herzog a la hora de abordar, en claves distintas, la biografía (parcial, puntual, concisa) de un teniente corrupto que fatiga las calles en busca de redención.
La versión de 1.992, la original, sobre la que Herzog monta la suya, es una obra maestra de la provocación, un discurso implacable sobre el dolor moral que lacera la existencia de un policía violento, yonki, pervertido y un punto sádico, que se transfigura en un ángel libertino, concomido por la culpa, razonablemente preocupado por los pecados a los que abisma la salvación de su espíritu. Eso lo daba Harvey Keitel a satisfacción de viciosos de personajes en la cuerda floja. Daba, sin el histrionismo de Nicolas Cage, la medida exacta del tormento. Imagino que gente como Christopher Walken o Willem Defoe podrían haber acometido una lectura tan salvaje de un puñado de líneas escritas en un libreto.
Werner Herzog es un compañero de fatigas de Ferrara. Desconozco si se conocen o mantienen alguna especie de correspondencia, pero caso de que se diese, en el hipotético y forzado episodio de una amistad a pie de vicios compartidos, serían cartas duras, viscerales, comprometidas con la raíz más profunda del mal que asola al hombre y lo separa del paraíso, de algún tipo de paraíso fácilmente encontrable en esta bendita y jodida tierra. Respeto a ese Herzog sin ánimo de agradar que no se rebaja a denunciar los desmanes del mundo sino que se limita, espléndidamente, a depositar en nuestras retinas un brochazo de realidad, justo la realidad que nuestro confort no nos deja ver. Vivimos en una sociedad almohadillada, algodonada, revestida de un cálido paño de invierno agradable en los campos de la luz y de la siembra, pero hay mundos oscuros, poblados por antihéroes; mundos a los que se ha despojado de la bondad y que inspiran comportamientos perturbados en quienes los recorren.
El teniente blasfemo de las dos cintas, el religioso Keitel y el pirado Cage, difieren tal vez en la textura de sus preocupaciones. Mientras que Keitel es un filósofo analfabeto, Cage es un libertino con corazón. La monja violada de Ferrara es en Herzog una familia de camellos, pero en ambos casos lo que se narra es una venganza en toda regla, una del tipo que excluye los mecanismos racionales de la justicia. El teniente Keitel pide a su monja que no perdone a sus violadores y es precisamente el perdón que la hermana les da lo que hace que su mundo se tambalee y su cruzada contra el mal quede en suspenso, en un gris poco definible. El teniente Cage no opera con los mismos utensilios: se basta con urdir una interesada complicidad con el mal para después, a renglón seguido de haber satisfecho sus apetitos tóxicos, desenmascarar su juego, atrapar al malo y escalafonar, a golpe de mentira, en el propio cuerpo de policía. Nada de esto hay en Ferrara, que es más carnal, menos interesado en guardar ciertas apariencias sociales: Ferrara codicia cierto tipo de escándalo controlado.
Teniente Corrupto, versión siglo XXI, en el fondo, es un thriller acelerado, un ejercicio muy sólido de cine de autor vestido de cine de masas. Herzog recompone el salmo del que parte la premisa de partida y construye, a sabiendas de la osadía, consciente en todo momento de que el modelo a recomponer es una pieza de colección cinéfila, un film despreocupado en el que, puestos a ser audaces, se atreve a incluir un paranoia de iguana que, sin abortar la continuidad del relato, arruina la seriedad de la propuesta.
Teniente corrupto, vía Herzog, abre, frente a su predecesora, un relato siniestro, convulso, cuyo desenlace es feliz o, a la manera en que la felicidad nunca es completa, parcialmente feliz. Se quiere conciliar el dramatismo con el humor negro, evitar lo trascendental, crear un producto digno, menos ambicioso que el original, pero autónomo, transgresor también, de magisterio menor y también menor capacidad de fascinación.

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10.1.10

El espejo es un vampiro

El espejo es un vampiro. Todo a lo que me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, lo dijo Rilke. La vida cobra siempre sus aranceles. Y en ese plan...

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9.1.10

Bobjamo...


“En la música, Frank Sinatra puso la voz, Elvis Presley puso el cuerpo, Bob Dylan puso el cerebro.”
(Bruce Springsteen)


“Después reflexionas y te das cuenta de que es perfecto.”
(Eric Clapton)

“No hace falta oír lo que dice Bob Dylan, lo importante es cómo lo dice”
(John Lennon)


“La gente subestima su capacidad musical. La melodía y las palabras se disparan como flechas. A mí me sigue pareciendo increíble.”
(
David Gilmour)



.......................................... Para Manuel Aljama, al que conocí entre papeles importantes y canciones de Bob Dylan o de Van Morrison. Años más tarde, lo veo en los pasillos del Corte Inglés, cercano y afable, hecho todo un señor en lo suyo, que es el manejo limpio de las palabras, la cultura como un beneficio sentimental y la amistad, a trompicones, pero ahí bien cogida para que no se pierda del todo.

"There must be some way out of here, said the joker to the thief..."






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