Siempre hay un manijero invisible, un pastor a la sombra al que no conocemos el rostro ni sabemos el nombre. Es una sola persona o una sola persona a la que vigilan algunos pocos más en una especie de feedback policial.
España es un rebaño de costumbres provincianas y aspiraciones universales. El manijero de la patria es un santurrón de la pasta, un ser intocable que pasea las calles sin dar pistas sobre su condición totémica, un sacerdote sin feligreses ni parroquia que imparte su doctrina en la sombra y recluta su tropa en las oficinas más altas de los edificios más altos de las ciudades más grandes. La ficción cinematográfica, americana sobre todo, ofrece perfiles puntuales de estos emperadores de la modernidad: los aloja en mansiones victorianas, pendientes de un teléfono, cuidando de los nietos y exhibiendo un civismo impecable.
La democracia es un invento grosero, qué le vamos a hacer. Borges ya lo expresó: La democracia es el abuso de la estadística. Se trata, en el fondo, de ver quién tiene más convicción en lo que hace y cómo expresa esa convicción y de qué utensilios se vale para compartirla con los demás y venderla para ganarle adeptos. Los transeúntes de esa democracia ignoran sus entresijos: no les hace falta. Al gobernado no le importa (en este magma infame) quién le gobierna si, en ese ejercicio, no le falta pan ni le falta circo. En eso radica el éxito de esta administración: en producir en la tribu la sensación de confort, en evitar que ninguna alarma alerte sobre los errores del sistema, en silenciar al disidente, en premiar al conquistado. Si antes se ejercía este poder invisible desde las tribunas de la derecha, bendecidas por Dios, alejadas de ningún nihilismo bastardo, ahora se ha girado el timón y gobiernan quienes antes fueron gobernados. Se ha matado a Dios y se persigue a su Iglesia repartida por toda la tierra: se han traido nuevos altares y todos están revestidos de modernidad y de progreso laicista. A lo mejor está bien que el pueblo organice la metafísica que más le interesa y relegue al ámbito de lo privado lo que antes era rito público. Está bien (digo yo) que la moral no sea un camino sino un campo abierto y que la práctica de un comportamiento cívico sea legislada por los políticos y no tenga nada que ver con las homilías de los pastores de la iglesia. Lo que tal vez no esté bien del todo es que nos hayamos convertido en ciudadanos tecnófilos al punto de que el progreso científico sustituya cierto orden ético. Antes de que llegaran Bill Gates y Steve Jobs y toda esa corte triunfal de gurús del mercado el hombre vivía en la lentitud, disfrutaba de las conquistas intelectuales a las que accedía y era más sociable. Ahora, en esta sociedad 2.0, vamos a galope, apenas disfrutamos de todas esas descargas libres de contenidos ilícitos con los que nos hacemos más cultos y más felices y, sobre todo, nos encerramos en la cavidad confortable del disco duro que todos llevamos dentro. Ahí entablamos un diálogo sordo con alguien hueco que está en un mundo invisible. Sordo, hueco, invisible: ésos son los adjetivos de esta sociedad.
Y el manijero en la sombra, el poderoso a los mandos, el que observa con cautela las idas y venidas de los gobiernos que los votos dan y los votos quitan, busca el modo en que estas frivolidades de ciudadanos recién instalados en el paraíso (nunca hemos vivido mejor, nunca hemos tenido tanto) les den la pasta gansa prevista. Porque a pesar de Dios y de Bill Gates, del tamaño infinito de nuestros discos virtuales y de la ilusoria felicidad de estar viviendo en el mejor de los mundos posibles, a pesar de los cataclismos en el mundo llamado tercero y en las casas pobres de las capitales del segundo y hasta del gran primero, todo se ajusta al modelo primario de la oferta y de la demanda. En eso no hemos cambiados: han cambiados los modos de producción e incluso han cambiado los textos sagrados. Vivimos ahora centrados en el confort: se ha eliminado lo que no produzca caja, se ha esquilmado de la inquietud del ciudadano la exigencia de un nivel crítico en los medios y hasta hemos asistido estos días a la defunción de una cadena, la CNN, y la irrupción de otra, bastarda del todo, GH24, un plató en donde se queman las emociones y se hace porno mental, suave y vaselinizado, pero inquietante, en su fondo.
Manda el dinero: he ahí el verdadero motor del mundo. El amor no es el que mueve el sol y las estrellas, como le contaba Dante a su amada Beatriz. El amor es un objeto canjeable. El dinero es el que construye este mundo. Y el que lo destruye. El dinero es el manijero invisible. He dicho invisible. Qué inocente estoy.
.posdata: problemas con el editor del blog, que se repiten sin que dé yo con la causa, han hecho que se perdiera esta entrada, que ha sido reconstruida, reforzada, reescrita casi.
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