27.12.10

Te lo juro por Walt Disney y por la madre que parió a los hermanos Grimm

I

Hay gente que parece desgraciada en grado extraordinario. El rostro cuenta lo que enferma al alma. Incluso la forma de andar, vista en detalle, observada con empeño científico, delata una tristeza infinita. El modo en que uno anda describe el modo en que uno vive. Meditaba yo estas cosas observando a uno de mis vecinos, afectado por la muerte de su mujer, introvertido y estricto, convertido en un guiñapo, en uno de esos hombres que ha muerto pero a los que el corazón todavía les late, la barba les sigue creciendo y el pelo se les encanece o se les cae. Tiene Bernardo, pues así se llama, fama de hosco, pero yo le entiendo. Comprendo que sea terco y que rehuya el trato. Es desgraciado porque no hay nada en el mundo que le llene más que su propia desgracia. Yo de eso sé también bastante, pero no toca en esta parte del relato hablar de mí. No me imagino a Bernardo dando los buenos días con esa sonrisa falsa que inventamos los que, en apariencia, vivimos más felices. El alma enferma o camino de enfermar la tenemos todos. El andar triste, a poco que alguien se fije en nosotros, también. Dejo al cuidado de otros la conveniencia de estas reflexiones. A mí me entretienen. Que sean otros los que consideren si gasto mi tiempo baldíamente. Siempre podré yo razonar lo estéril de las empresas ajenas. Toda esa gente comida de fiebre y vértigo que se encierra en el metro y mira el infinito mientras les suena el móvil y sudan como bestias a las que quedara un día de vida. La mía está generosamente llena de placeres. La cubro de menudencias formidables. Hago de dios rudimentario y caprichoso de mi piso de viudo sensible.

De mi vecino el inconsolable me fascina la terquedad de su desgracia. No hay en su bien ceñudo gesto un indicio de auxilio, una pequeña evidencia de que el mal está comiéndose su corazón anciano. El mío tampoco es un jardín al que la lluvia protegiera del abandono y de los rigores del crudo invierno. Se desboca con nada. A veces lo noto encabritarse. Se agita como si amenazara reventarme el pecho. Parece que estalla en su endeble caja de carne. Brinca ahí adentro. Confío ciegamente en el latido de mi corazón. Y cuando más disfruta, cuando más se encabrita, cuando más me oprime el pecho y puja por salirse, es cuando más cómodamente me aposto frente a la ventana y observo a Bernardo. Me fascina la terquedad de su desgracia. Cómo la cuida, con qué fervor la mantiene viva, qué ardor pone en que no se extinga. Del otro Bernardo, del hombre que ronda los setenta, que no presenta rasgos físicos reseñables y pasa en casi todo por un ser absolutamente normal, no me interesa nada. Sólo aprecio esa singularidad. Su tozuda querencia al desastre. Eso admiro de mi vecino Bernardo: esa luz ilumina mi soledad de viudo rudimentario y caprichoso. Ese vicio gobierna mi sangre y todo mi ser, este ser enfermo en grado extraordinario, respira convicto de esa sangre.

Mi oficio, enseñar francés en casa a un grupo de niños de familias distinguidas, de las que consideran que mis honorarios serán más satisfactorios cuanto más altos, me permite ejercer casi con entera dedicación la vigilancia de las actividades de Bernardo. Cuando tengo a mis polluelos revoloteando alrededor de los manuales y de los diccionarios, cuando un verso de Baudelaire se pone difícil y no hay forma de dar con la traducción más limpia, retiro discretamente las cortinas o abro la ventana y observo la suya. Hablo de ventanas grandes de casas antiguas. Ventanas que entregan un mundo. El patio de luz del bloque (ya he dicho que uno de construcción sólida pero afeada por los años, uno de esos bloques sin encanto, incómodos entre una vecindad de izado moderno) agranda la sensación de privacidad perdida. No tenemos vida que los demás no conozcan salvo que corramos las cortinas, bajemos las persianas y convirtamos el salón en el refugio de uno de esos vampiros del cine.

En cuanto los polluelos vuelven a su nido pijo y tierno, una vez que me he ganado el jornal con la bendita lengua del retorcido Baudelaire, el diablo lo tenga en su bendito azufre, me sirvo un whisky. Paseo la casa con el vaso en la mano. Un whisky barato del supermercado de abajo. No tengo paladar para más. En lo único en lo que sí me considero exigente, una especie de jodido sibarita, es en tener controlado a mi vecino. ¿Insistiré en que no obro por morbo? Me mueven razones altas y nobles. Me inclino a pensar que la edad, ésta que discurre sin estrépito hacia su finiquito, me ha entregado un placer sencillo, que no requiere una preparación intelectual elevada y que tampoco reclama alardes que puedan llamar la atención de los demás. Ejerzo mi vicio en casa, me procuro estos placeres míos sin nadie que me los recrimine. De hecho, pensando en esto, en lo secreto de mi trabajo, creo que no he despertado sospecha entre ninguno de los otros (pocos) vecinos del bloque. Ni siquiera Bernardo, que vive ahí enfrente y se obceca en su vida de hombre sin sangre, se ha percatado nunca de que lo observo a diario. Que registro las ligeras variaciones en un cuaderno de anillas comprado abajo, en la tienda de veinte duros que pusieron cuando murió el portero y los hijos alquilaron la vivienda para ese sucio negocio. No soporto a los chinos, permítanme este apunte de poca trascendencia narrativa. Me incomoda que no me entiendan. Pero no puedo defender esta antipatía cuando ni entiendo a quienes hablan mi propio idioma y nacieron aquí y vivieron lo que yo he vivido y en las mismas circunstancias. De ellos, de los chinos como ejército intruso, admiro la tenacidad. Bernardo, a su modo, es un chino de aquí. Actúa sin empeño, se mueve como un conjurado que tuviera una misión que cumplir. La suya, a lo que veo, en lo que me ofrece, es dejarse morir sin exhibir dolor, sin manifestar alegría, vivo sin estar vivo, muerto sin que su corazón haya dejado de latir o la sangre haya interrumpido su viaje salvaje. Si en lugar de tener enfrente a Bernardo tuviese a una colonia de chinos, igual mi disfrute se aceleraba. Seré un enfermo, un voyeur.

Donde dije antes que me movía un interés meramente psicológico, como si yo también hubiese recibido instrucciones precisas y cumpliese una misión, digo ahora que soy un cotilla, un cotilla viejo y enfermo, viudo que bebe whisky barato y da clases de francés de por las tardes. Me he preguntado varias veces cuándo comenzó esta vigilia mía. No reservo para el final de la historia el hecho de que yo también sufro mil dolores pequeños. El lector instruido en misterios sencillos como éstos habrá concluido que hay viejos a los que les da por pasear parques y azuzar palomas y a mí, más retorcido, un Baudelaire amateur, me ha dado por espiar a un viejo como yo, que sufre la ausencia de su mujer y se muestra limpio y exacto, frente a mi ventana, a diario, como si tuviera consciencia de estar contribuyendo a mi felicidad. Mi mujer, como la suya, se fue demasiado pronto. Nos quedamos solos. En mitad del mundo. Al final del tiempo. Es tan duro morirse, Bernardo. ¿Estaremos los dos ya bien muertos y esto es el cielo o es el infierno y Dios o el diablo nos han dado este papel en la obra que escriben?

Esta mañana me he dedicado una inspección larga. A veces compruebo que no me estoy pudriendo demasiado aprisa. Que una parte de mí resiste. Bernardo jamás se concede esa licencia, pura coquetería, no crean. Se afeita poco y mal. Se viste sin fijarse en qué se pone. Una señora mayor, que he visto a veces en el supermercado, le sube la compra. Subsiste con poco. Come frugalmente. No se permite excesos. Sólo le he visto esmerarse un poco cuando se acerca Navidad. En esos días lo veo menos. El año pasado estuvo un par de días sin dejarse ver cerca de las ventanas del salón. Tampoco lo vi en la cocina. Ahí, al no haber cortinas, lo noto más cercano. A veces parece que pudiera alargar la mano y tocarle, confesarle hasta qué punto le conozco. Bernardo, en Navidad, se comporta con afectación. ¿No parece que acabe de sonreír? Acaba de sentarse en el sillón de orejas que preside el salón. Sí, uno de esos sillones de orejas que pide a voces un perro inglés y una chimenea encendida. Si he de ser totalmente sincero, odio la Navidad. Desfallezco más, me pudro más, me siento más herido, presiento que estoy más vulnerable. En el supermercado, la cajera me sonríe estúpidamente cuando no activa todos esos músculos en el resto del angustioso año. Los niños del francés, empujados por sus pudientes padres, me obsequian con una buena botella de whisky, variadas cajas de bombones y una colonia cara que me da arcadas terribles durante días.

Bernardo, en Navidad, revive. Creerán lo que digo: le dedico el tiempo suficiente como para percibir estos ligerísimos cambios de carácter. En Navidad come con más entusiasmo. No saca del congelador los platos que la señora que lo atiende (esto de atenderlo es un decir: Bernardo no se deja atender por nadie: Bernardo está muerto, ya lo he dicho muchas veces, pero quizá no basten) sino que saca una asombrosa vena culinaria y se prepara unas cositas sencillas que cocina mientras bebe una copita de vino rojo. Bernardo, en Navidad, bebe su copita de vino rojo. Bernardo, en Navidad, deja que la sangre corra más rápido por dentro. Ahora está rezando. La sangre se le ha puesto beata de pronto. No creyendo yo en Dios ni en la salvación de mi afectada alma, aprecio y admiro el hecho de que otros crean y busquen, en este caos de días y de noches, en esta fiebre y en este vértigo, salvar su alma para la eternidad. Admiro muy francamente que el ser humano (Bernardo lo es en un estado muy primario, pero en esa categoría lo alojo) aspire a ver la luz y todo eso que aturde el cerebro y predispone a la fe como la sombra induce al sueño. Morir es un asunto muy curioso que no ha puesto nunca a nadie de acuerdo.

Soy un hombre de cierta edad y las variaciones de la rutina me sacan de quicio. He aprendido a manejarme en distancias cortas y no sé mirar lejos. Sé que no saldré de este piso, sé que recogerán un muerto de este salón en donde escribo. Lo que ignoro es si esa fecha predecible sucederá antes de que mi buen vecino también se fugue de este pabellón de lisiados.
Si Bernardo se me muere hoy, en el rezo, en la ingesta improvisada de salchichas, un par de huevos fritos con ajo y ese escandaloso vaso de vino rojo, ¿qué haré? ¿Moriré en ese instante? No se me espanten. La historia discurre por donde debe. Todo conduce a que yo les muestre la verdad tal como ahora la estoy viendo. Sin ser excesivamente llano. Sin abrir de golpe la puerta y enseñar a Bernardo completamente.

II

Felizmente hay gente desgraciada que no sabe que lo es. Lo que se advierte con absoluta claridad es la rendición del cuerpo. La tristeza puede acomodarse adentro, colonizar el ánimo, vencer las resistencias habituales y adueñarse de una persona hasta que desde afuera sólo vemos tristeza. Una tristeza infinita que se incrusta en quien la observa y hasta pugna por invadirla y hacer allí una segunda residencia. Llevo años luchando contra lo que soy y carezco de recursos para vencerlo. Simplemente me dejo vivir hasta que un tintineo en el corazón reclama la parte de mí que duermo durante gran parte del año. Cuando ese tintineo vocifera que existe, el hombre triste y sin encanto, el viejo al que la vida vapuleó y postró en un piso antiguo de un bloque pequeño, aquejado de achaques, que se viene abajo igual que la gente vieja que lo habita, ese hombre invisible se agita en su caparazón, busca en el aire el brío que precisa su trabajo y se convierte en el héroe que nunca quiso ser.

Déjenme que les confiese mi absoluta apatía por este cansino oficio: me extenúa convencer todos los años al viejo Rudolf de que tenemos cosas que hacer. Se me pone gruñón, me recuerda que ya no estamos para aventuras nocturnas y le pongo sobre aviso: reno gilipollas, estúpido astado de los cojones, vas a ponerte las pilas, cabronazo del polo, vas a salir ahí afuera y vas a volar conmigo los cielos del mundo para hacer felices a todos los niños. Se lo digo con genio. Me sale bien porque tengo convicción. La verdad es que no sé de dónde la saco. Soy un hombre de cierta edad y me atraen cada vez menos las novedades. Me gusta levantarme por la mañana, preparar una cafetera bien cargada y servirme un par de tazas antes de empezar el día, que suele consistir en poner mi culo gordo en un sillón de orejas estilo victoriano que me encanta. Me lo regaló un colega de Finlandia hace años. Me dijo: Te falta un perro inglés y una chimenea con su fuego encendido para que no quieras moverte de ahí en un año entero. Mira que el trabajo en Navidad no lo soporta cualquiera. Crees que puedes tirar de todo eso, pero al final el cuerpo se rinde. Se rinde tanto que estás de enero a mediados de diciembre postrado, hecho un trapo, sin querer saber nada del mundo ni de sus cosas. Tiene uno amigos para esto. Para que le asesoren. Desde que le hice caso mi vida ha cambiado a mejor. Pedí hora en un psicoanalista argentino que me recomendó un compañero danés, pero terminé escribiendo su nombre en mi libreta para evitar en el futuro que sus hijos y los hijos de sus hijos y los hijos de los hijos de sus hijos recibieran un regalo por mi parte. Juro por Walt Disney y por la madre que parió a los hermanos Grimm que no vuelvo a sentarme en un diván para contarle a un perfecto desconocido (y debo consignar en este documento que promiscuo como un adolescente en un burdel) mi infancia terrible en la tundra lapona, mis balbuceantes comienzos como aprendiz sin sueldo y, sobre todo, la sonrojante experiencia de montarme en un trineo a dos mil metros de altura, confiar en la pericia de unos cuantos renos comandados por uno convertido en leyenda, famoso por su nariz roja y gorda e incluso motivo de chanza en musiquillas populares por parecer, quién puede sostener esto, Dios mío, maricón.

Llevo algunos años de incógnito en Madrid. Me he inclinado por el nombre de Bernardo. Madrid tiene el clima perfecto (un frío que añoro en invierno y el calor del que no dispongo allá en mi amado norte en verano) y no tengo un público que me adore. Por aquí se dividen entre rendir culto a los Tres Reyes Magos, que son una adoración exótica que no me entra en la cabeza, y rendirme culto a mí. Detesto la fama, me irrita que me reconozcan por la calle, me pone de los nervios esos imitadores que aparecen en anuncios de maíz tostado o esos tipos sebosos, con barba blanca sin cuidar, que se ríen jo jo jo y se bambolean al andar como si estuviesen hasta el culo de vodka. En todo en esta vida hay que exhibir un estilo. El mío consiste en cuidarme lo que puedo. La única amenaza al retiro perfecto que he encontrado en Leganés es el carcamal que vive en el otro lado del patio de luz. Creo que enseña francés a unos mocosos que también he registrado en mi libreta para que no reciban ni un solo regalo. Espero que sus padres sean cristianos de base y se encomienden a la bondad de Melchor, Gaspar y Baltasar, esos tres reyes de Oriente que rivalizan conmigo desde tiempos inmemoriales. No soy de los que se ponen gallitos y eso de que sólo puede quedar uno me parece una frase de peli de Michael Bay, por cierto, otro que como siga haciendo el tonto va a comprobar cómo sus hijos no pillan un puñetero regalo al pie del árbol, allá en su lejano Beverly Hills. Tengo contactos. Bueno, por donde iba, espero que sus padres tengan en esos panzudos de la Antioquía una confianza ciega porque si dependen de mí van listos. El carcamal de enfrente, el que enseña francés, el que se mete entre pecho y espalda media botella de whisky al día, el que me vigila a todas horas, va a hacer que cometa una tontería uno de estos días. Me calmo en lo que puedo. Lo miro desde mi sillón de orejas y me conmino a no hacer locuras. Respira profundamente, Santa. Te lo enseñó el gilipollas argentino. Algo bueno sacaste en claro. Cuenta hasta diez, recita el nombre de todos los directores que han rodado algún Tarzán en su carrera, cierra los ojos y piensa en algo hermoso, piensa en que llega el día después de Navidad y los niños de todos los confines del mundo abren sus cajas y brincan y lloran de alegría. Y tú eres el culpable, gordo adorable. Tú eres el que haces que sean felices veinte minutos al menos. Luego la vida les dará lo que merecen. Los niños de hoy en día son unos malcriados. Se rebelan contra sus padres, se enfrentan con sus maestros, no saben valorar lo que tienen, nunca aprecian las historias que cuentan los libros y prefieren perder miserablemente el tiempo frente a una de esas pantallas monstruosas, dándole frenéticamente a unos botones diabólicos de un aparato dantesco que sólo hace que unos tipos maten a otros en una calle que arde por todos lados. No entiendo este mundo. Me gusta cada vez más recluirme en mi piso de Leganés. Tengo quien me trae las vituallas mínimas. Incluso me he inventado la existencia de una mujer. Da un grado sublime de respeto en el vecindario el hecho de ser viudo. Pero cualquier día de estos cruzo el patio con renos o de un salto y le pongo al carcamal de enfrente la boca del revés. Antes le aplasto un ojo. Soy un tipo educado, pero no soporto que me vigilen. Llevo muchos años en el negocio como para dejarme intimidar por un maestro jubilado. Juro que me contengo, pero quedan advertidos.

III

Hace días que no veo movimiento en casa de Bernardo. Las cortinas están echadas. La asistenta no le trae la compra del súper de abajo. La casa se me cae encima. No sé a qué acudir. No dispongo de recursos. Han sido muchos años de vigilancia metódica. Me he sacrificado en balde. Hoy, sin embargo, ha sucedido algo sumamente extraño. No suelo poner árbol de Navidad, pero en el salón, junto a la ventana en donde paso la mayor parte del tiempo, ha aparecido uno. Un árbol majestuoso lleno de adornos, un árbol en verdad magnífico que me ha hecho recordar mi infancia como creía que nunca volvería a recordarla. A sus pies, qué quieren que les cuente, un montón de cajas. Las he abierto todas. Ninguno de esos regalos me satisface. Estoy contrariado. Me siento vulnerable. Parece que me han robado algo mío que tutelaba bien adentro como un tesoro. Ni siquiera estos regalos increíbles que no alcanzo a comprender cómo han llegado logran distraerme. He decidido tapiar las ventanas.


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6 comentarios:

Ramón Besonías dijo...

Los clásicos llamaban a la depresión o a los accesos de tristeza inefable con una palabra hermosa: melancolía. Hoy, la ciencia clínica ha estropeado la poca belleza que uno podía extraer de su propia tristeza, ahogando su etimología en tecnicismos sin alma. Quizás por eso hoy la tristeza está infravalorada y se buscan recetas de la farmacología para anestesiar su efecto.

Recuerdo un cuento del que no recuerdo muy bien su argumento, pero sí el final. A un hombre se le murió su esposa y se sumió en una profunda melancolía. Familiares y amigos le aconsejaron ir a un médico para que aliviase su dolor. Él, quizá cansado de eludir la insistencia, fue al médico. Éste, al verlo tan acongojado, le instó a medicarse. «No es necesario que usted sigua sufriendo. Ahora existen medicinas que te alivian». El viudo, perplejo, respondió al doctor: «Pero entonces ya no me quedará nada. El dolor es lo único que me mantiene unido a mi mujer».

Buen día, amigo. Buena semana. Buen 2011 (aunque nos leeremos antes, seguro).

© JOSÉ PUERTO CUENCA (Viejo vate novato. Esperador de estrellas) dijo...

Guau Emilio! Me dejas boquiabierto... Un Santa Claus humano y resentido, pero a la postre y a pesar de los pesares, generoso... Me ha costado seguir la lectura por lo densa y bien trabada, los matices semánticos tan oportunos, los retratos de los dos viejos tan logrados, este estilo suelto y natural que te gastas, la agilidad con que escribes. Genial, Emilio, magistral... Me quito la gorra y me quedo con la boca abierta...

REFELICIDADES, pero no para mañana. Buen Fin de Año...

Me inquieta, me intriga la hipótesis de unos Reyes Magos inocentones, atrapados, humanizados, vapuleados a golpes de tu pluma o de tu teclado. ¿O ya con Santa tienes ración navideña por este año?

Merry Christmas, amigo. Jo, Jo, Jo!

Rafa dijo...

Como José, "no tapies tu pluma". Feliz Navidad.

Pedrodel dijo...

Muy bien Emilio, muy bien.
Me has tenido sobrecogido. He sentido rabia, pena, lástima, ...
Ya sabes, espero que no terminemos de espíaBernardos.
Para ti y para todos los asiduos lectores de este mágico rincón,
¡¡ Feliz año 2011 !!

Anónimo dijo...

Envidia sana, amigo mío, tienes un don.

alex dijo...

Eso, no permitas que tu plama se ciegue. Supremo cuento, Emilio. Gracias.