A uno le incumben escasamente cuatro o cinco frívolos vicios. Luego la vida consiente una biografía almibarada, triste tirando a muy triste en ocasiones. Adentro el tiempo incendia todas las mentiras. No buscamos la verdad: buscamos el significado. La memoria arde también. Arde imposiblemente. Se quema la infancia, el acné de los quince años, las primeros vuelos del alma novicia. Muere uno siempre en los títulos de crédito. Se advierte lo inapropiado del cásting, la falsa impresión de que algún tramo del metraje produjo asombro o júbilo en el espectador accidental que ocupa el patio de butacas. En el propio intérprete de su causa. Las horas, trémulas, fluyen. La euforia nos hace creer que hemos hecho algo verdaderamente digno de cántico. Mientras tanto las palabras informan de quiénes somos. La piel, el mirar, los gestos informan. Somos las palabras que decimos. Las que escribimos. Una respiración agitada, mineral y cruda, nos abre inextricablemente los pulmones, hace sitio al aire rotundo con el que el vivir nos tiene entretenidos. No hay más.
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2 Indicios de vida exterior:
No me descorazones tanto, que hace un buen día...
Y llego yo y lo jorobo. No tengo perdón. Me parece que tendré que hacer un blog optimista, un blog jovial, un blog de palabras dulces, un blog de las cosas que hacen llevadero el quebranto. Pero hay días en que no es posible esa travesía de la felicidad y me salen textos grises, historias grises, todo lo gris convertido en prosa y colocado a modo de letanía en el editor del blog. Lo siento, sr. Ibán. Volverá a pasar y lo sentiré de nuevo. De todas formas, se le saluda. Se me escapó en algún rincón de la blogsfera Y si esta vez te quedaras y ahora, el azar, no sé, algunas cosas, vuelves.
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