2.11.10

Los muertos





Los partes médicos no miden la emoción del enfermo: se limitan a transcribir marcadores, números, evidencias del malestar. Fue José Antonio quien me sugirió la idea. La he vuelto a escuchar hoy y he pensado en el dolor, en la prosa del dolor, en la noticia de su alcance. Bien mirado, contemplando el dolor en carne ajena, viendo los muertos en carretera, los muertos en siniestros domésticos, los muertos de las guerras y los muertos del cáncer, uno vive siempre como espectador. La trama es ficción porque un muerto en Namibia, asfixiado de hambre, comido por la sed, no entra en nuestro plan de ruta diario. Si el alma sensible se ocupara del dolor cósmico sería un tormento insoportable. La travesía de las horas trae muertos a diario. Los miramos sin involucrarnos, los aceptamos sin que nos apene. Y el día en que algo excepcional recaba nuestra atención, sentimos al muerto como propio y nos venimos repentinamente abajo. Nos sentimos humanos y nos sentimos nobles. Nada duradero. Lamentablemente regresamos a la asepsia moral, a ese limbo sentimental en el que vivimos. el blindaje contra el dolor es bueno; lo hemos trabajado siempre y lo hemos pulido a conciencia.
Llora uno cuando le roza la desgracia. Ayer fue el día grande de los muertos del mundo. Se vieron en televisión muertos ilustres y se contaron en casa, en los cementerios, en las barras de los bares, episodios de muertos domésticos. Cada muerto tiene su novela decimonónica. Algunos, fugados muy precozmente, se conforman con un cuento corto. En el extremo, en ocasiones, basta un microrrelato, una línea más o menos descriptiva. Vivir es un riesgo. La literatura no es un parte hospitalario. Debe contener trazas de vida, debe hurgar en el drama, debe permitir el asombro. De todo lo que escuché anoche me quedo con la frase de mi amigo José Antonio. No sé si celebrar esta festividad mortuoria debería quedar únicamente en celebración íntima. Uno piensa en los que ya no tiene y les dedica un pequeño altar semántico. Hay quien va al cementerio y habla frente a la lápida. Nunca he ido al cementerio a ver a ninguno de mis muertos. Los tengo dentro y ahí seguirán mientras la memoria no me traicione. Lo duro, lo extremadamente duro, es no poder contar con otra cosa que la memoria y precisar de su concurso para traerlos de nuevo a la vida. Sólo es nuestro lo que perdimos, escribió el poeta. La muerte es una construcción sentimental. La propia es asunto de los demás, de los que quedan. Jamás pienso en ella. Me la proporciona la novela gótica, la frívola injerencia de los muertos jaraneros de Halloween, las cifras terribles de los percances en carretera, la imagen de un ajusticiado por la barbarie en Ciudad Juárez o en la esquina de tu propia calle. Caso de que tuviese alguna fe en otra vida, esta prosa del día siguiente al día de todos los difuntos sería proverbialmente otra. Pensaría en que nos encontraremos todos en el cielo posible. Como soy un descreído y sólo me dejo convencer por las ficciones que me venden me conformo con buscar la emoción. Y odiar los partes médicos. Odiarlos profundamente: vaticinan dolores más grandes, recrean la muerte en un simulacro creíble. A mí que me quemen y esparzan las cenizas en la calle Bourbon. Lamento dar trabajo a los míos, exigirles ese gasto extra.

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7 comentarios:

Ramón Besonías dijo...

Esa visión de la muerte como simulacro es cultural, occidental, nuestra. Más allá del mundo "civilizado", la muerte es más terrenal, definitiva, concurrente.

Al igual que observamos la violencia como un drama televisivo, radiado cada día en telediarios y películas, y acabamos por olvidar que es real, dolorosa, irredenta, con la muerte pasa dos de lo mismo y más. Se convierte en una ficción ajena, de la que estamos salvados a no ser que nos atrape algún día.

Las sociedades occidentales acumulamos felicidad, placer, autocomplacencia, viviendo como si el dolor y la muerte nos fueran ajenos. Consecuencias del bienestar.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Pero el simulacro lo araña todo. La realidad es su simulacro. Baudrillard no fue un iluminado: se anticipó y lo expuso cristalinamente. Somos, además, espectadores, clientes, usuarios. Todo se traduce a una butaca. Observamos: lo nuestro, lo ajeno. Todo es un teatro. Bendito, no obstante, maravilloso. Felicidad, placer: esos son los ingredientes de la trama visible. Dentro, amigo, la historia toma siempre otros derroteros. Teatro, al cabo. Un saludo cordobés.

Anónimo dijo...

Viva la muerte, grita La Legión. Mostrencos, palurdos: la vida es la que vive. La muerte es un fracaso.

Olga dijo...

A mí que ni me quemen ni me entierren. Algo original que levante admiración entre la gente. Original hasta la tumba. Como mi madre me parió, joé.
Morir es un negocio. No olvides eso. Cultural, occidental, hollywodiense, pero negocio incluido.

Josema Luque dijo...

Es el día perfecto si no fuera porque nos seguimos muriendo, y en fin, nos morimos, y nacemos, y seguimos, y unos escriben (tu más que bien) y otros leemos.
Julio Iglesias dixit: La vida sigue igual.
Feliz post.

Rafa dijo...

No es un tema de mi agrado, pero supongo que no tiene porque no serlo. El caso es que me parece estupendo y bien montada tu argumentación. Me quedo sin muertos, sin comerme la olla, que ya me la come la realidad, compañero, como para metafísicas. Saluditos de un "fan", jeje.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Verdad: la muerte es un negocio. El último al que uno contribuye, casi, Olga. Bien expuesto.
Ya sabía yo que Julio Iglesias era un metafísico, Josema.
Se vive bien sin caer en melodramas, pero el melodrama es parte del teatro, como sabía Gil de Biedma. Ten a mano la realidad, pero déjate llevar por las sombras, Rafa. Está bien. Aprende uno.