20.11.10

Estoy escribiendo un diario

"Alguien que no lleva diario no es capaz de valorar un diario correctamente.”
Kafka

«No palabras. Un gesto. No escribiré más».
Pavese antes de darse sepelio, en su diario.






Jamás he escrito un diario, pero llevo más de mil quinientos días escribiendo uno. Este blog es un diario al modo en que, más modestamente, lo fueron los de Kafka o Pavese. Al modo en que lo son los que manuscriben mis alumnos de Primaria cuando están a solas y sienten adentro la pulsión de la escritura. Los que la sientan. Estamos en un mundo extraño en el que el oficio de escribir está todavía mal mirado. Leer es un acto noble: el que lee se inviste de cultura y está libre de toda sospecha. El escritor, por el solo hecho de contar cosas que no existen, es un sujeto del que se puede esperar casi cualquier cosa. Uno digno de sospecha. Escribir es un ejercicio impúdico. Un diario es el más impúdico de todos esos ejercicios. Pavese dejó de escribir y se quitó de enmedio. Dijo: Me voy. No escribo más. Vale más un gesto que tanta palabra. En los grandes almacenes venden diarios. Los hacen con colores llamativos para encender las ganas de los adolescentes; les ponen lomos untosos al tacto, portadas con un diseño irreprochable y venden al que los adquiere un oficio, una obligación personal de transcribir el vértigo del mundo a un papel pautado.
Flaubert se tiraba una tarde para poner una coma y precisaba otra para quitarla. Los diarios no exigen ese puntillismo de autor. Se declaran huérfanos de crítica: están ahí, agazapados en la sombra, convertidos en sombra misma, como un espejo al que sólo accede el que lo encara. Por eso el blog es un diario mentido: está abierto. Mil quinientos días desde que abrí y mucha gente ya sabiendo de qué va esto. Si el autor de la bitácora (me gusta más esa palabra, no sé la razón por la que no la uso con más frecuencia) merece la travesía, el ingreso en su rincón viciado de la red. Es cierto: aquí mascullo vicios, exudo vicios, escupo vicios: hago un exhibicionismo tolerado de lo que adentro me quema y requiere aire. Y por eso suelo ser contundente con quien me pregunta sobre el blog y lo prolífico que soy: es que llevo toda la vida escribiendo. Y es cierto. Respirando. Haciendo un diario sin que lo parezca. Como un adolescente al que de pronto se le ha aparecido en la habitación, en comandita, Borges, Kafka, Fellini, Hendrix, Dylan, Cervantes, Fuller o el mismísimo Pavese antes de fugarse de este mundo. No estoy por la labor de secundarlo. Al menos no voluntariamente. Vamos a darle cuartelillo al blog y entregar a beneficio de bitácora un par de miles de posts más. Aunque lo lean los diez habituales de siempre. Ahora, ya que los cito, les doy las gracias y los siento amigos. Ellos saben quiénes son. Y acabo con Kafka, el gris, como empecé: Nadie que no lleve un diario sabrá entender uno ajeno. Escriban, ábranse el pecho, den lo que guardan, exhiban el pudor antiguo que han guardado, cuenten qué padecen y acostúmbrense a ser observados. Una vez lo has experimentado, no puedes vivir sin ello.

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9 comentarios:

Mycroft dijo...

Hace poco cogí los diarios de adolescencia, y los tiré al reciclaje. Todo, las más sonrojantes historias para no dormir, y los relatos que tenían un pase.
Sentí alivio.

Pedrodel dijo...

Recuerdo que en mi adolescencia empecé más de un diario. Me duraron pocos días, lo siento, ahora me habría gustado bucear en aquella etapa.
Creo que escribir un diario es un ejercicio de plena libertad. No es preciso escribir lo que quieren o como quieren los demás. Esto sí que lo consigues a "diario" Emilio.

Ramón Besonías dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Ramón Besonías dijo...

En mi caso, preferí no tirar ningún diario, poemas o relatos que escribí en mi infancia. No los quemo porque los concibo más como una parte de mi pasado, como una fotografía, un objeto en reliquia, que un experimento literario. No me ofende la inexperiencia, los defectos de forma y fondo, la torpeza de mis excesos, tampoco lo que no dije. Pero ese que escribía era yo, en parte sigue siendo yo.

La extrañeza que produce leerse es la misma que uno siente cuando asiste sonrojado al impacto del tiempo sobre nosotros en una fotografía. Por una parte, no nos reconocemos, aunque sabemos que ése era yo; por otra, desearíamos no haber sido ese que sonríe tras el objetivo. Detectamos quizá rasgos, gestos, poses, mobiliario que hace tiempo creimos haber quemado de nuestra biografía emocional. A través del diario o la foto, el fantasma regresa, nos mira. Y reconozcámoslo: pese a que quememos todos los diarios, todas las fotografías, sigue ahí, la sombra de quien fuimos (de quien somos) sigue ahí, latente, esperando nuestro abrazo.

Conrado Castilla dijo...

En varias ocasiones a lo largo de mi vida me he puesto a escribir un diario, pero finalmente terminaron en la basura quizá porque temía que terminasen en manos de otros y quedar así al descubierto mi intimidad, osimplemente porque si, porque una vez cumplida su función ya debían dejar de existir, pero siempre tenemos la tentación de escribir algo sobre lo que nos pasa a diario aunque lo "enmascaremos" con un blog o con un poema, pero en el fondo, quizá muy en el fondo con un diario o con cualquier otra cosa queremos mostrar esa intimidad de la que muchas veces decimos sentirnos celosos.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

No he escrito ninguno, ya sabes, pero pienso que estaría bien haberlo hecho: ir ahora, descubrirme ahora. Somos siempre el presente y anhelamos saber qué va a ser de nosotros en el futuro, pero confiamos en la memoria, amigo Mycroft, para que nos cuente qué fuimos. Está bien que haya un documento chivato, uno de esos testigos perfectos, manuscrito, convertido en memoria viva. Luego ya decide uno si romperlo o no. Tú lo hiciste. Lo leiste, al menos. Sentiste alivio. Algo es.

Coincido contigo, amigo Pedro. Un diario es una ventana al yo que fuimos, un puente al pasado que no está, por mucho que queramos recordar instantes, palabras, gestos, caricias, estampas de otro tiempo que sólo existen por la voluntad ferrea de quienes lo vivieron.
Escribe uno en libertad, lee en libertad y añora en libertad. Un abrazo.

Yo no guardo diario alguno, Ramon, pero sí que conservo la mayor parte de mis escritos. Y llevo escribiendo muchos años. Hay una especie de novelita de inspiración lovecraftiana que se llama "La torre del jorobado" que escribí en mis quince años, creo. Hay páginas sueltas. Las que escribí. Lo leo ahora y veo al escritor en ciernes. Dentro de veinte años veré este blog y también veré al escritor en ciernes. Qué diferencia hay. Un abrazo.

Uno vigilia lo que escribe. Se es más o menos transparente. Un diario es una ventana al mundo. Pero una ventana tuya, hecha por ti, con el cortinaje y los adornos que quieres. A lo mejor no es ni ventana siquiera. Ventanuco, túnel, pasillo, agujero. Un abrazo, amigo Conrado. Siempre me gusta verte por aqui.

Ana dijo...

Llevo mucho tiempo, no sé cuánto, entrando en tu página que siempre vi como un diario de alguien desconocido, pero conforme ha pasado el tiempo, eso ha desaparecido. Lo que ha desaparecido es el anonimato, parece que nos conocemos, o eso es lo que yo pienso. Escribir es un acto heroico, épico, como muy bien dices. Los que no escribimos, yo poco y muy mal, con mucho empeño, pero muy mal, agradecemos la cvoluntad de los que lo hacen bien como tú. Yo entro por aquí con frecuencia porque encuentro cosas que me satisface leer y encuentro una forma inmejorable, es mi opinión que te he expresado muchas veces, de expresarlas. Yo misma quise abrir un blog, algo de eso creo que escribí en uno de mis comentarios, pero tal como lo abrí, al poco tiempo, lo cerré de un portazo. No más, nunca más. Cada uno a lo suyo, Yo, Ana Martín, a leer lo que escribe Emilio y lo que escribe Ramón, a quien acabo de descubrir y me gusta. Lo que escriben los demás para hacernos felices a los que no sabemos. Como en la música. Yo no toco el piano pero me gusta Richard Clayderman. Ay que he puesto el peor ejemplo del mundo. Un saludo, compañero. Tú haz mil días más. Una lectora siempre fiel.

Jaime Montilla dijo...

Prefiero leer a esribir. Por comodidad a lo mejor. Y agradezco que escriban otros. Soy un cobarde agradecido.

Anónimo dijo...

No necesito escribir teniendo a escritores tan buenos como usted. Un saludo muy afectuoso.

Miguel Pérez Cóspide

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