
Llevo un par de semanas dejándome crecer la barba. No dejaré que pasten insectos en la crecida montaraz del pelo y me parezca al confiado Walt Whitman, ángel de la guarda del espíritu vírgen del american way of life, pero disfruto muchísimo cada año cuando (por octubre, por noviembre) escondo la crema y las cuchillas y me dedico (mañana tras mañana) a contemplar en el espejo el nervio agreste de la madre natura, que ya nivea en muchos tramos y ofrece el verdadero desgaste del cuerpo. Hay algo sobrenatural en el pelo creciendo desde dentro. En las uñas. Son símbolo de algo que ahora no alcanza a entender. Por eso (tal vez) poseen esa dimensión simbólica. He caído finalmente en la certeza de que el cuerpo no nos pertenece por más que le demos mimos o afectos. Tampoco pertenece a la divinidad. A los suicidas no se les daba camposanto. La religión es siempre un laberinto y hay veces en que uno prefiere quedarse en la puerta, no entrar, no saber, no indagar en los quebrantos de gente con la que no se comparte esa querencia por lo sobrenatural. El mío, mi cuerpo, hace tiempo que va por libre y sestea cuando le pido vértigos y se multiplica cuando necesito paz. En las muy raras ocasiones en las que ambos vamos a una le miro con arrobo y casi nos entendemos, pero luego me sobreviene un dolor en el costado o me escalan cien lagartijas la espalda y empiezo a sentir un dolor a mitad del pecho. El cuerpo es también un laberinto y sus paredes se agrietan y permiten la metástasis de todos los dolores. Los pequeños y los grandes. Va a ser cierto eso de que uno es pobre hasta que se muere, y no estoy con la vista fija en el colapso financiero ni en los apuntes domésticos de mi cuenta de ahorros. Estamos en una pobreza inlevantable, una que jamás flaquea y te constriñe el alma hasta cuando, en apariencia, todo es júbilo y la alegría esplendorea en el aire. Estoy destinado a repetir este texto el año que viene, en noviembre, cuando me deje la barba y vea cómo crece en el espejo. En éste, por qué no.
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2 Indicios de vida exterior:
Hay vida exterior, hombre. Y a veces, no es mi caso, inteligente. Un saludo, majo.
Ah, en eso de la inteligencia no se puede juzgar uno mismo. Son los demás, Pepi. Hay vida exterior, por supuesto.
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