16.11.10

El oficio de mentir (Corregido)


La verdad la dice cualquiera, pero la mentira precisa imaginación. El escritor es un embustero profesional, uno que prescinde de los protocolos sociales, que indaga en lo turbio y exhibe toda la rica paleta de sentimientos del alma humana. En esa paleta, en esa travesía de emociones, la verdad es un engorro. El que escribe necesita mentir. Y el que lee nunca tendrá certidumbres. No sabrá si lo que lee se aviene a la verdad o es fantasía, si se ofrece un perfil humano del hombre detrás del escritor o todo es simulacro, proyección del yo en el texto consentido. Por eso a Sánchez Dragó, al que se le fue la lengua al relatar su fornicio nipón con dos lolitas, le defienden (sobre todo) los del gremio de la escritura: porque se ven en él, porque intuyen que cualquier día caerán ellos en manos de los estajanovistas de la verdad, que son gente armada de razón cuando adivertan que marró en la forma y estrelló su (posible) reputación en un apestado negocio de palabras. Gente que lo ve como un apestado que inventa (la mentira, ah la mentira) y hace pasar el engaño (infame) por Literatura.
Conste que no es el tal autor santo de ninguna de mis muchas devociones literarias, pero aprecio su cultura, su capacidad para provocar y crear un personaje que, en el fondo, únicamente jalea el pensamiento ajeno, lo agita, lo saca del sillón de orejas y lo lleva a donde buenamente le parece. En eso, en la empresa de ganarse la animadversión y el fervor popular, el tal Dragó es un fiera, rivalizando con Pérez Reverte y con Jiménez Losantos. Los tres, a su manera, ejercen un oficio antiguo: el de combatir cierto grado de postración cultural con puyas, con exabruptos, con cualquier aliado semántico que descerraje la indiferencia. Hablen de mí, aunque mal. Digan que soy un canalla, pero no me olviden. Ya: mi amigo K. sostiene que el tal Dragó es un pederesta. Lo condena por lenguaraz: le conmina a meterse la lengua en el sexagenario culo y no tener luego que sacarla para corregir sus desafueros. Y, bien mirado, leído con toda la neutralidad de la que uno dispone para estos casos, el texto es imprudente. No lo embutió en una novela, no se inventó a Humbert Humbert para justificar ese desatino sintáctico, no contó ya desde el principio: miren, está hablando el escritor, el que miente, el falso, no vayan a pensar que yo estoy detrás, desflorando nínfulas, haciendo el ganso en los sesenta. Si a Jiménez Losantos le da por airear algún episodio turbio de su mocedad y le salen devaneos de esta guisa lo crucifican. Pérez Reverte tiene más tablas: se ha visto en apuros muy grandes. Mentir, decir la verdad: tan sólo son las bambalinas de la trama.

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8 comentarios:

Mycroft dijo...

Esto no es Lolita, es un libro de entrevistas. Esto no es arte, ni, en el fondo, habla de conflicto y debilidad humana como el Nabokov que no juzga pero no absuelve por ello mismo.
El ruso es un moralista, en el sentido de exponer problemas morales. Dragó es un amoral, en el sentido de que ni se los plantea, ni le interesan.
Dragó usa palabras soeces, para unas fantasías probablemente falsas, en donde la mujer es un objeto de uso y disfrute personal, y en donde se vanagloria de que le gustan "los chochitos de las de 14".
Y luego corre a esconderse del toro a la barrera(si uno es enfant terrible, lo es y encaja el golpe de reacción a la provocación ¿no?), y llama a los amigos a que firmen por él, y se frota las manos por la publicidad.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Vestido de (mala) literatura, Mycroft. Un agente nocivo, una mentira vestida de verdad. No hay autor aquí: hay un negociante, es cierto.Mi empeño no ha sido vindicar al Dragó, sino darle a la mentira un puesto de preeminencia en lo contado, en lo narrado, en lo ficcionado. Los amigos, firmando, no contarán conmigo. Ni contigo.
Buen día. Buena apreciación.

Elena J. dijo...

Lo dices preclaramewnte al abrir el post: la mentira necesita imaginación y este caballerete, este desalmado, no la tiene. La perdió en el viaje de vuelta del Japón, por lo menos. Comparar a Nabokov con Dragó es un exceso. Buen Martes, añado.
Ah, y buenos comentarios a buenos posts. Una delicia.

Anónimo dijo...

Ninguno de esos tres me cae espcialmente bien, pero reconozco lo que dices, que agitan el panorama cultural con sus salidas de tono, con sus llamadas al orden, al orden carpetovetónico a veces, caso de Losantos. Son Mourinhos de la cultura, a mí que me va el fútbol. No sé mucho casi de nada, pero reconozco a la gente que vale al poco de leer lo que escriben y estos 3 son buenos en lo suyo, pero cargantes,muy cargantes, muy insoportables. En el asunto de las japonesitas, mejor callar, porque este hombre ha salido muy pero que muy mal parado. Los que le vemos por la tele, en donde vivo, le hemos retirado el saludo televisivo. Que le zurzan, vamos.

Isidro Pastoriza Mejías

alex dijo...

El caso Dragó (¿se le puede llamar así?) se ha convertido en un asunto político en el que priman las palmaditas en la espalda y los dardos envenenados. Su faceta provocadora me atrae. Siempre me pareció un fascinante fullero que no buscaba un lugar en el que posarse. Este asunto le ha revelado como un cobarde que tal vez debería haber usado el ataque de los políticamente correctos para convertirse en un martir, aunque fuese de unos pocos. Le pudo el miedo a los dedos acusadores. Por otra parte, la parrafada sobre las dos adolescentes japonesas le delata con un tipo soez que utiliza el desprecio para situarse ¿moralmente? por encima del resto de los mortales. Aún recuerdo su sentida defensa del peyote para uso de "gente preparada, como un intelectual". Lo suyo va más allá del despotismo. El barullo me ha causado profunda vergüenza, tanto por unos como por otros. El caso es político, afirmo. Los mismos que pedían clemencia para Polanksi por un delito cometido cuarenta años atrás son los que ahora cruzifican a Dragó por algo que ya contó en 1984 sin que sus palabras generasen entonces sarpullido alguno. Los firmantes, por su lado, exprogres deshubicados en posesión de la verdad, me producen sonrojo.

¿Y la literatura? Ni está ni se la espera.

Mycroft dijo...

Polanski era culpable, pero Polanski no tuvo un juicio con las debidas garantías para ejercer la legítima defensa. En mi opinión huyó de un juez estrella que quiso hacer un caso ejemplarizante y arrearle una condena desmedida.
Entonces no tuvo otra que marchar o pasar la vida en la cárcel por algo que a otro le costaba 8 años a lo sumo.
Lo cual no quita para que sea un abusador sexual.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Me ha quedado claro de los comentarios una cosa que comenta Álex: dónde está la literatura.
No está: se fue, se marchó. Hay impostura, hay un esfuerzo por molestar. Lo que molesta, vende. Así andamos, Elena. Comparar a Dragó con Nabokov no es inteligente. Lean, pues, a ambos. Sólo eso.

Nunca le di yo saludo, Isidro. A lo mejor porque no está en mi parrilla televisiva sureña. En lo demás, pensamos igual. Saludos.

Hay ganas de polémica y hay gente que ayuda a que la polémica subsiste, crezca, haga cuartel en los medios de comunicación y... venda. Y este tío, a su edad, es un bestseller. Eso ha conseguido. Vender mucho. Consigue que se hable de él en las barras de los bares. Eso es ya ocupar estanterías enteras en el Carrefour, sección Gambas a 4 euros el kilo.

Rubén Castro dijo...

Literatura al peso, a la rica novela de gilipollas pederastas... Perdón, si me excedo. Es que me cae mal el hombre, y debe hacerse notar esa animadversión.