Habré escuchado Suzanne cientos de veces y me sigue pareciendo nueva cada vez. La sigo escuchando con asombro, descubriendo matices, encontrando historias debajo de la historia, palabras que se esconden debajo de las palabras y emociones inéditas y gozo casi infinito.

La belleza requiere cierto adiestramiento. Uno accede a ella sin tumulto, debilitado casi, sin consciencia alguna de que se está produciendo un milagro y de que somos espectadores de un hecho asombroso: la sublimación de los sentidos, cierta certidumbre imposible de subvertir a palabras en la que nos sentimos noqueados, derrotados por ese júbilo inefable y apenas dispuestos a razonar el calambre inicial, el roto en el alma que acaba desmontando todas las barreras, todos los miedos, todas las causas que nos han hecho alguna vez tristes y dolidos, abandonados, huérfanos. La belleza puede estar en una canción o en una fotografía. Puede alcanzarnos en los violínes de una pieza barroca o en la voz profunda de este bardo canadiense, dotado de un olfato poético único en el panorama de los cantautores en cualquier lengua. A distancia, aunque también digno de alfombrarle el paso, Luis Eduardo Aute, en España. Los dos, a su modo, han pecado en ocasiones y han entregado a la rutina y a la jauria de perros hambrientos que es el mercado discos espeluznantes, canciones horrorosas, pero les salva la belleza de algunas melodías, las letras que nos han acompañado como poemas súbitamente tarareables. La poesía debe contener ese aliento musical para no ser otra cosa de la que no pueda disfrutarse así, instintivamente, a golpe de corazón. El timón de la belleza, esta noche, es Suzanne, Hallelujah, Chelsea hotel 2, Sisters of mercy o Take this waltz. Fue esta última canción la que hizo que yo (ignorante) buscara a Cohen en discos antiguos hasta dar con el patrimonio sensible de una voz absolutamente privilegiada, en su cortedad, en su vacío, en su despojamiento de tics y de vicios. Leonard Cohen, esta ociosa tarde octubre, me acompaña con entusiasmo. Lo formidable de la música es que siempre está ahí y siempre es distinta. Yo no soy el que escuchó Famous blue raincoat mientras un amigo me destrozaba al ajedrez en un piso de estudiantes. No está Marcelino ni está el Safo. Soy otro y probablemente mañana no sea éste que ahora teclea (furioso casi, ungido por el numen de la celebración de un mito) mientras afuera mi pueblo se despereza, se desentumece del rigor del verano y prepara su paisaje para el otoño, que es una estación perfecta para Cohen. Perfecta.
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Un post de hace un par de años cayó en el limbo del editor del blog. Habrá virus que se entretienen en modificar códigos, brujitas digitales que se obstinan en menoscabar el trabajo de uno, pero he recuperado el post. He perdido, en el trasiego, un comentario de Mycroft y mi respuesta. Sabrá excusarme. Entrego el post nuevamente y le añado (cosa mía) alguna línea. No me puedo estar quieto.
5 Indicios de vida exterior:
Suzanne forma parte de mi educación sentimental, pero por lo mismo me alejo de ella. Lo que me recuerda demasiado el pasado tiendo a evitarlo. Es una hermosa canción, mucho, pero detesto cualquier cosa que tenga que ver con la nostalgia. Odio la nostalgia. No echo en falta el pasado. Lo reconstruyo para que sea una creación nueva. Y Suzanne es un momento esencial en mi vida que fue, pero no me interesa.
La nostalgia es un instrumento de la memoria, uno más. Me gusta la palabra recrear que usas: se recrea desde el afecto, desde la ternura, incluso desde la propia nostalgia, que a veces carece de razones y se impone. Yo no la odio, pero no la idealizo. Me interesa el pasado como parte vivida, pero te comprendo y hasta comparto, en algo, ese descreimiento tuyo en darle más valor del que posee. Y posee el que se decida. En este caso, en este concreto, para mí, mucho. No opero así con otras canciones, con otras películas, con otras personas, con otros libros, con todo lo que nos hizo ser, antaño, como somos ahora. Saludos, Joselu.
Adoro los recuerdos mientras que no te afecten y te impidan disfrutar del presente. No conozco Suzanne, pero paso a remediarlo nada más acabe de escribir.
Ana
Qué preciosa canción y qué de recuerdos también. La oí en Buenos Aires, en los primeros ochenta, y luego en España en casa de unos amigos, en un disco que Dios sabe donde andará. Qué felicidad este recuerdo. La nostalgia no se odia, pero allá cada uno...
Allá cada uno, que escribe su libro de vivir como se le antoja. La nostalgia puede ser Cohen en Buenos Aires. Eso hasta me parece una estupenda manera de empezar otro post. Saludos.
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