4.10.10

El ojo lúcido / La silla lúbrica / Recuerdos de 1.980



1
El fotógrafo es una especie de entomólogo avaro y preciso que dispara el obturador y registra el mundo. El ojo no basta por sí solo. Al ojo lo engaña la luz y lo manipulan las sombras. El ojo se embrutece a fuerza de no cribar lo que ve y acostumbrarse a verlo todo: la morralla óptica y lo sublime, la belleza y lo que jamás lo es. La cámara despoja al objeto de su intimidad. El ojo que mira una fotografía no es el ojo que mira la realidad. Es ojo atento a la fotografía es un ojo avisado, uno que entiende la travesía de la imagen desde la realidad en donde estaba al marco puntual, absurdo en su duplicidad, que se ofrece al espectador. El objeto fotografiado es un instante en el tiempo, una travesía cuyo destino es impredecible. Detrás de algunas fotografías hay novelas. Historias breves, historias oceánicas: despachadas con desprecio o con júbilo: palabras que se acoplan sin pudor a otras palabras y alumbran el prodigio de la literatura.
El lector crea su propia historia: el ojo es un escriba obstinado. Cada fotografía revela una historia. Helmut Newton establece ese diálogo entre sus feligreses. Dentro de las fotografías de Newton el tiempo se comprime. Como el río de Heráclito, nunca se va a repetir el momento en el que el fotógrafo aprieta el botón y jamás se va a repetir el gesto y la circunstancia que rodea al gesto que el sujeto fotografiado exhibe.Somos el tiempo y el tiempo, en la fotografía, fluye de otro modo.
Todas las fotografías son certificados de lo real, documentos que fijan una presencia, decía Roland Barthes, que se ponía trascendente y contaba a los suyos que las fotografías contienen dos elementos: el studium, que viene a ser el poso de lo conocido, los referentes culturales que se imbrican en lo grabado, y el punctum, que es el que me interesa más a mí y que tiene que ver con la forma en que cada uno mira la fotografía. El punctum de Barthes es una fuga, un lugar invisible al que únicamente se accede a través de la complicidad y del interés absoluto por penetrar en la fotografía y encontrar, debajo de los colores y de las texturas, de las sombras y de los objetos, la historia. En la fotografía de arriba el punctum es sexual. El studium nos conduce a Bukowski y al territorio blasfemo de las mujerzuelas de Henry Miller.
El ojo que busca Newton prefiere lo lírico antes que lo prosaico. Hay un fuego dentro. Lo percibido amenaza la realidad que nos circunda y propone un falseamiento, un bucle inocente que inicia un viaje desde la experiencia de lo real hasta la experiencia del tiempo. La fotografía de un fusilamiento no es terrible en sí misma: lo es por la relación que existe entre la barbarie que miramos y la certeza de que alguien estuvo cerca y se permitió la frivolidad de registrarla. El cine, ese engaño formidable, también formula interrogantes parecidas: el hecho de que haya una voluntariedad artística o estrictamente una vocación notarial. El cine que Newton habría hecho es el cine que hace todavía David Lynch. Uno ve pedazos de fotografías de Newton en Blue Velvet. La oreja comida por las hormigas. El pervertido respirando forzadamente.






2
Esta silla lejanamente inspirada en el atrezzo de la obra primordial de Lynch pide amantes cabalgando su rabia hacia el infinito. El studium impide un punctum estable. Me acuerdo en estos momentos de mi amigo Manolo Solís, con el que compartí un fantástico cursillo alrededor de punctums muy primarios. Eran otros tiempos (siempre son otros los tiempos y siempre se acude a ellos con respeto y nostalgia)
Mi cabeza, a esta altura del post, necesita un gin tonic largo. Uno cómplice, lúcido, lúbrico. A la salud de mi amigo. Por los años compartidos con la tiza y con las palabras. Pasa que objetos triviales, asuntos menores, hurgan en la memoria (o es el alma) y como la magdalena de Proust uno saca a la luz (pues eran sombras el reino en donde moraban) el vestigio del mundo vivido, las palabras guardadas, todo ese amor por los recuerdos que, ya digo, un objeto cualquiera, el más trivial, el menos relevante, impone a la realidad. La realidad es una ramera que se deja manosear por cualquiera.

3
El pasado viernes tuve uno de esos extraños ratos en los que el tiempo se adelgaza, se comprime, se reduce a un instante y niega, en el fondo, su dolor y su vértigo. Más de treinta años después, el azar (pues no es otra cosa, al cabo) hizo que dos amigos (mi antiguo amigo Paco y yo) volviésemos a encontrarnos. Fueron unas horas formidables en las que hicimos repaso metódico de la vida que nos dejó y a la que, enfebrecidos, acudimos al rescate. Trajimos al ahora el ayer perdido. Pusimos en la mesa, junto al cenicero y al café, episodios que tal vez únicamente existían en su cerebro y en el mío y que, entre ambos, pudimos recuperar quién sabe para qué oscuros placeres. Fue, en todo caso, un acto de justicia con el mundo, con ese mundo al que no podemos ya volver, pero que está íntegro, sin partir, escondido adentro. Lo sacamos: lo convertimos en ahora. Eso fue todo. Y fue tanto.

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8 comentarios:

Isidro Romero dijo...

Mezcla usted con elegancia y dominio de la materia a Barthes y su infancia, a Lynch con el punctum, que hacia años que no volvía a escuchar, y a la buena esritura con los buenos contenidos. Y todo eso, mamma mía, en un blog. Qué maravilloso es esto del Internet.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Mezcla usted la amabilidad con la ignorancia, y perdone el atrevimiento después de haber sido tan gentil, sr. Romero. Me quedo en un entusiasta que escribe. En uno contento de escribir, ya está. Lo demás es exceso de cariño.

Anónimo dijo...

Lúcido, lúbrico, lúdico, húmedo, vértigo, vértigo es buen resumen.

Ramón Besonías dijo...

Barthes y su punctum. Siempre me ha gustado esa forma de entender la fotografía. Además, es intrigante, te obliga a buscar más allá de lo evidente un reflejo de cotidianidad, del paso de lo humano sobre la impresión del instante. A mí también me interesa la foto como documento de la vida, pero no como mera descripción de elementos o hechos, no me interesa sólo el deleite estético, que también; me intriga la huella humana sobre la toma, el rictus, la pose, la cadencia, el detalle... La fotografía como arqueología de las emociones.

No sé si te comenté en alguna ocasión que tengo galería en Flickr. Pues sí, modesta, pero mía:

http://www.flickr.com/photos/ojodbuey

Buena tarde, amigo.

Joselu dijo...

Soy fotografo aficionado, sin demasiado talento, pero ello no impide mi fascinación por las imágenes, sabiendo que cualquier imagen que tomemos (buena o regular), se convierte inevitablemente en un documento histórico. Sólo tiene que pasar tiempo y lo que en principio es anecdótico, se convierte en un espectáculo cargado de misterio. Cuando veo fotos del pasado en exposiciones, percibo que todos los que están allí están muertos, pero un tiempo estuvieron tan vivos como yo, y se creyeron tan importantes como yo. Me miran, me interpelan desde el vacío, desde la muerte.

Anónimo dijo...
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EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Esa huella humana, esa historia interior, es la excitante: las imágenes son palabras, siempre. Traducimos constantemente, Ramón. Yo fotografío casualmente, ya está. Muchas fotos, es probable, pero muy caóticas, sin ningún plan. He visto tu página de fotos hace ya...

El misterio, Joselu, es el asombro, la intriga de no saber algo más, de perdernos algo precioso que está adentro y que la fotografía, o el texto, no restituye enteramente.

Fernando Orellana dijo...

El texto es un regalo a la inteligencia del lector en estos tiempos de bazofia en la red.
No decaiga.
Un saludo muy sincero.