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La consigna es el tedio, el bucle, la desolación del asombro. La cultura que manejamos es inmediata, es canjeable. Como el periódico al que los días herrumbran los colores y exhibe ese tono amarillento y da ese olor rancio de nicotina quemada en un sótano con moho, la cultura se indisciplina y es otra cosa, pero ya no es cultura. Busquemos qué palabra le sirve, cuál define el grado de vileza ideológica, su malograda vocación de ocio sencillo convertido en adocenamiento, la melodía que hace que el dinero busque al dinero y nada sea limpio ni movido por intereses nobles. En el siglo XXI, una buena parte de la cultura está escrita por administradores de cajas de caudales, por oficinistas que hacen cómputo de la plata que entra y de la que sale. En el siglo XXI, ser culto es una excentricidad. El inculto, si está convenientemente aleccionado y le brilla la fortuna o le sonríen los dioses de la picaresca, medra sin rubor, escalafona sin techo. Hoy, en televisión, en prime time, desfilan los malayos hacia el degüello público, pero sonríen, exhiben dientes pulcros, se pavonean del heroico acto de su fechoría.
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Malvadamente los nuevos mercaderes del ocio han descubierto el habitable paraíso de la mediocridad, han evitado así el peligro de costear formatos cultos, de escaso apego popular (quién quiere que le programen cine iraní en vez de la sesión habitual de Michael Bay) y se han acostumbrando a ignorar al espectador y a dar paletadas de colores burdos, chillones y altamente inflamables. El único asunto relevante en el comercio es el ruido de la caja. Si la caja no hace ruido, no hay negocio, no hay cultura, no hay consenso.
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Abra el amable lector la pandora del televisor esta noche o mañana. El televisor es el túnel formidable entre la realidad y su negación absoluta. Zapee, indague, hurgue: lo que más desconcierta es la extrema sofisticación de sus programas: apabulla el nivel técnico, su imbatible condición de espectáculo desafectado de hondura, arrumbado al capítulo de la excrecencia rentable, de la caspa sublime. Aturde la excelencia cromática, pero duele el vacío semántico.
4
Debajo de los bits, en ese inframundo de chasquidos cibernéticos, pervive también lo zafio, la cruzada mezquina por suscitar pasiones bajas, apetencias vacías de trascendencia, píldoras que embrutecen el paladar y amodorran la sensibilidad y convierten el usuario desprevenido, el que engulle y no digiere, en un zombi cultural, en un prisionero de los perfumes caros y la carne magra, en el cadáver exquisito que cree gobernar el mundo y ser el emperador de sus vastos dominios cuando únicamente sólo puede aspirar a ganarse la condición de cliente preferente, uno bien alienado, del tipo que ignora la naturaleza perversa de su enfermedad e incluso la crecida infame de la propia enfermedad en su cerebro y sobrevive malamente alimentado, flotando en una voluta estrangulada de mierda presentable, conducido por avenidas de neón, pero huecas, torpe aliño de la mentira con que el negocio crece, perdura y, en última instancia, fascina. Y en ese barco todos, en algún momento de la vida, nos montamos. Hasta hay quien, una vez embarcado, disfrute del pasaje, advierte la amena oferta de distracciones. Ésa es la palabra: distracciones. Nos están distrayendo, nos están vendiendo naderías, nos están convirtiendo en consumidores tan acelerados que no sabemos qué nos estamos metiendo en el cuerpo. Yo, en particular, me estoy asalvajando sin estrépito, me estoy transformando en un cliente cómodo, hecho al vacío perfecto, al hueco puro.
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5 Indicios de vida exterior:
Muy fino, sí, señor. Yo no abro la pandora de la tele salvo que emitan fútbol, que me encanta, o telediarios, que hay que verlos, casi por morbo. La cultura es una vergüenza pero es una vergüenza que hace ruido de caja como muy bien dices, da dinerito, da beneficios, y hoy todo es empresa. Todo es empresa, desgraciadamente. Lo público, empresa también.
Hola Emilio, me he permitido poner un pequeño cuadradito en mi blog con enlace a este. Si no lo consideras oportuno lo quito y ya está. Un saludo.
El blog es: http://ulpilex.es/Vitruvius/
Y la imagen está en el lateral, es inconfundible.
Ya quisiera yo contarlo así. Leerlo es un gustazo, Emilio.
El mundo que vivimos es el mundo que nos merecemos y no creo que podamos hacer nada para evitar que vaya, poco a poco, yendo a pique. Los que se esfuerzan por hacer un mundo más culto merecen, eso sí, capítulo aparte. Sostienen el mundo igual que antes imaginaban a Atlas soportándolo. Los atlas de hoy en día son los maestros, los educadores, y ay quién no lo vea. No soy maestro, y bien que quise, pero los tiempos aquellos eran otros y no pudieron mis padres enviarme allá donde la cosa del magisterio se enseñaba. Mi oficio ha sido otro. Lamento no haber enseñado poesía en las aulas, lamento no haber enseñado matemáticas, con lo que me gustan, lamento no haber sido un profesor de Historia del Arte. Hubiese sido un profesor dedicado a su oficio y hubiese dedicado mi empeño, todo el posible, a hacer que mis alumnos amasen lo que enseñara. No ha podido, insisto, ser así. Me he quedado en un rutinario oficinista de banco que hoy ha ido a la huelga porque el mundo está mal hecho y de alguna forma hay que ponerle freno a estos desastres que vemos a diario o casi a diario. Me ha gustado mucho
tu página y volveré. Me ha parecido fantástica la forma de contar las cosas que todos pensamos y que no siempre sabemnos expresar. Me pasaré por aquí en cuanto pueda. Por la mañana, entre semana, no. Mañana, otra vez al tajo, me habrán pellizcado un poquitito de nómina y a correr se ha dicho. Yo estoy feliz por hacer lo que creía conveiente y de camino, en mi día de huelga, en uno de esos sitios de internet, he descubierto una página que promete. Mucho promete. Un saludo cordial.
Su amigo Carlos.
En el fútbol, Juanfran, coincidimos. Ahora tengo detrás, discretamente, con un volumen mínimo, al Valencia contra Sir Alec Ferguson, que dice que bebe moderadamente y eso le hace la vida más feliz y el fútbol más entendibles. Estos ingleses. La cultura es una vergüenza y es una cosa sublime. Todo así junto. Lo público está, además, de pena. Un abrazo.
Me parece estupendo, sr. Pank. Bien de verdad.
Gracias.
Gracias, Savigne. Es usted amable.
Yo soy maestro, Carlos, y te agradezco esas palabras tal vez en nombre de todos los maestros que, al leer tu comentario, se sientan, en estos tiempos de zozobra educativa y de ojos bizcos hacia el maestro como institución, agradecidos, comprendidos. Todo eso. Gracias.
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