6.9.10

La mentira es aire puro


Un amigo mío decía que iba a los pubs para ver y para ser visto. Esa sentencia lacónica, brumosa y triste, fijaba un modo de vida, un método para escudriñar la realidad, asimilarla e interactuar con ella a beneficio del alma. Al alma se la alimenta así. Uno cree que la educación que ha recibido lo excluye del morbo de ver al otro, pero en cuanto se abre una ventana en mitad de la noche, en la acera de enfrente, en el patio de vecinos, y la oscuridad regala un punto obsceno de luz en donde la vida se derrama en intimidades, en la rutina a veces frívola, otras rutinaria y algunas promiscua y delincuente del objeto observado. Por eso James Stewart, en la canícula del verano de Nueva York, postrado en una silla, se convierte en el voyeur por antonomasia, en esa especie de espectador inevitable de las cosas que les pasan a los otros. A Hitchcock le gustaban las rubias y los muertos y odiaba a los niños. Las razones por las que La ventana indiscreta sigue siendo fascinante no son exclusivamente cinematográficas. Acuden al morbo puro, morbo delicioso, morbo profano. Ahí, en la semiótica de los prismáticos, está la génesis del morbo digital que supone entrar en el corazón del sistema y descubrir más vidas detrás de la pantalla. Es como una webcam culta, inocente y culta, que escrutara lo ajeno y nos lo ofreciera sin pudor, sin el protocolo de la moral, una perspectiva sucia, una ficción empotrada en lo real, una trama sórdida o limpia o frívola de lo real.
En el fondo, lo que agita este vicio, es el hambre de historias. Sobre las imágenes cabe la excitación física, para quien así lo decida, y también la fiebre narrativa: asistimos, sin ser vistos, al teatro fantástico de la verdad, la que no está adulterada al saber que es observada, la que se exhibe sin aristas, sin doblez, creyéndose a salvo de un público. Hace unos días volví a sentarme delante del voyeur Stewart para contemplarle a él, a todo lo que muestra y a todo lo que oculta. Como me decía un amigo de este blog (Ramón) hace bien poco, somos lo que escribimos y somos lo que no escribimos. Y también, por extensión, somos lo que no sabemos. somos lo que deseamos. Más lejos: somos lo que perdimos, que escribió Borges.

.posdata:
a pesar del post anterior, pocos días más tarde, he vuelto a escribir. Era todo mentira. No vuelvan a confiar en nada de lo que lean en esta página. La verdad es una cárcel. La mentira es aire puro.


5 comentarios:

Ramón Besonías dijo...

Sobre la ficción se asienta todo lo humano. Nuestra cultura del espectáculo es el gran templo sobre el que desahogamos nuestros deseos insaciables de ella. No tenemos remedio, y para qué.

En mi última perla, "El gran carnaval", parloteo un poco sobre esto.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Queremos historias. Parece que hemos nacido para escucharlas, para contarlas, para crearlas. Todo, en el fondo, es una trama novelesca. La Gran Novela. El Gran Carnaval, amigo. Voy a tu "perla".

40añera dijo...

Si es que nos gusta observar lo ajeno, nos proboca como bien dices morbo, es por eso que los blog personales tienen tanto exito nos colamos en esas otras vidas a curiosear; son las nuevas ventanas indiscretas.
Saludos

Anónimo dijo...

No soy cristiano ni creo vaya a serlo, aunque edad tengo ya para dcididrme, pero adoro la Biblia, es el libro absoluto, el que está lleno de historias fantásticas. He pensado en eso en tu maravilloso comentario. Rafa

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

El blog es un espacio doméstico, servido, aireado, convertido en una ventana. Uno escribe de la realidad, pero escribe en el fondo sobre uno mismo, de una forma u otra, veladamente o no. Al escribir se es un exhibicionista, uno más. Se puede decir que abrimos la ventana y permitimos que el lector saque sus prismáticos y hurgue, 40añera.

He pensado yo en mi bienamado Borges con eso que escribes sobre la biblia. Muy atinado, amigo Rafa.