I
No siempre tiene uno toda la vida por delante. En ocasiones tiene media vida o un cuarto escaso y magro de vida o incluso un trozo irrelevante de vida. Lo bueno de la vida es que se acaba. Lo malo es que se acaba. Ahí, en esa finta filosófica, en ese limbo, es en donde campa a su antojo la diosa incertidumbre, que es la diosa fundamental en estos tiempos de relativismo brutal. A mí el relativismo me encanta, me pone, me da mucho juego intelectual, caso de que haya algo en este mundo que saque de mí el posible lado intelectual que todos, unos más, otros menos, todos llevamos dentro. El mío, ya digo, tocando el tema metafísico, la parte mística, se pone a ciense enerva, se encrespa, se iza como un fuego de arttificio en una plaza de pueblo.
II
Hay otros dioses, hay otros objetos de culto, pero ninguno al que nos postremos con más decidido fervor que el tiempo. A él nos une la filiación esencial. De tiempo es de lo que estamos hechos. Tiempo es lo que ganamos o lo que perdemos en cada preciso instante. Todo lo demás es una extensión de esa realidad insobornable. Somos el río de Heráclito, somos el incansable río de las horas, el río de Jorge Manrique, el río fluyendo hacia la eternidad que Borges quería ver en los fiordos nórdicos o en los arrabales porteños. Somos esa materia inasible de forma incesante e inabarcable. El tiempo, el infinito. El único tesoro posible. Nada en en sus afueras existe, nada me alcanza, a nada bajo su protectorado temo. Todo es una extensión de su causa, todo se contamina de su largo beso. Ninguna religión ha formulado jamás otro discurso que el del tiempo, que es la gran trampa, el chantaje absoluto. Todos los dioses han sido sus mentores; todos, según capricho de sus acólitos, sus verdugos.
III
No siempre tiene uno toda la vida por delante: la vida se adelgaza, se obceca en contradecirnos, en malgastarnos, en conducirnos (malamente) a lo que niega. Vivimos en esa tiranía: en el reloj homicida, en el tiempo que no podemos gobernar. El resto, todo lo demás, se aviene a nuestra causa, pero el tiempo no se deja, no se doma, no se retiene. Toda la filosofía es un guirigay obsceno de palabras que únicamente buscan entender qué es el tiempo. Todas las religiones ofrecen en su quincalla espiritual bálsamos que curan el espanto del tiempo. Porque el tiempo es espanto, es toxina, es miedo. Toda la literatura, incluso la más frívola, la de menor fuste y de más superficial hondura, se entrega a ese enigma: qué es el tiempo, de qué oscura materia estamos hechos, a qué tenebroso final nos empujan las horas.
IV
No siempre le entiende a uno: va por ahí soltando palabras, explicándose, cerrando los caminos inútiles y abriendo la fértil senda del significado, pero las palabras se enredan, las palabras se malogran y, al final, las palabras sirven justo para el cometido contrario para el que fueron creadas y el que escribe, sin entender, se vacía, se desocupa de sentido y cae en la ciega ciénaga del anonimato. No somos nada, no somos mucho, no somos jamás ningún todo fiable, ninguna evidencia perdurable. Nos vamos muriendo, nos vamos yendo, nos vamos gastando.
V
El lector atento debe desoír este post fúnebre, gris tirando a negro, que no sale porque el escribidor esté triste o esté depresivo: es que a veces le salen a uno estas grisuras del alma, estos espejos del sueño al que uno pertenece. Y mañana el día esplende (oh, cómo me gusta ese verbo). Repito: mañana el día esplende. Pero hoy, esta noche de lunes bajo el flexo, oyendo a Shostakovich ( a ver, qué le voy a hacer, me dio esta noche por el vals número uno) me ha salido un post de la leche. No me hagan caso. O háganmelo del todo y táchenme de su lista de favoritos. No se pieden nada. Estoy tan alegre como mi amigo K. cuando le dejó la novia y suspendió Trigonometría. Buenas las noches.
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No siempre tiene uno toda la vida por delante. En ocasiones tiene media vida o un cuarto escaso y magro de vida o incluso un trozo irrelevante de vida. Lo bueno de la vida es que se acaba. Lo malo es que se acaba. Ahí, en esa finta filosófica, en ese limbo, es en donde campa a su antojo la diosa incertidumbre, que es la diosa fundamental en estos tiempos de relativismo brutal. A mí el relativismo me encanta, me pone, me da mucho juego intelectual, caso de que haya algo en este mundo que saque de mí el posible lado intelectual que todos, unos más, otros menos, todos llevamos dentro. El mío, ya digo, tocando el tema metafísico, la parte mística, se pone a ciense enerva, se encrespa, se iza como un fuego de arttificio en una plaza de pueblo.
II
Hay otros dioses, hay otros objetos de culto, pero ninguno al que nos postremos con más decidido fervor que el tiempo. A él nos une la filiación esencial. De tiempo es de lo que estamos hechos. Tiempo es lo que ganamos o lo que perdemos en cada preciso instante. Todo lo demás es una extensión de esa realidad insobornable. Somos el río de Heráclito, somos el incansable río de las horas, el río de Jorge Manrique, el río fluyendo hacia la eternidad que Borges quería ver en los fiordos nórdicos o en los arrabales porteños. Somos esa materia inasible de forma incesante e inabarcable. El tiempo, el infinito. El único tesoro posible. Nada en en sus afueras existe, nada me alcanza, a nada bajo su protectorado temo. Todo es una extensión de su causa, todo se contamina de su largo beso. Ninguna religión ha formulado jamás otro discurso que el del tiempo, que es la gran trampa, el chantaje absoluto. Todos los dioses han sido sus mentores; todos, según capricho de sus acólitos, sus verdugos.
III
No siempre tiene uno toda la vida por delante: la vida se adelgaza, se obceca en contradecirnos, en malgastarnos, en conducirnos (malamente) a lo que niega. Vivimos en esa tiranía: en el reloj homicida, en el tiempo que no podemos gobernar. El resto, todo lo demás, se aviene a nuestra causa, pero el tiempo no se deja, no se doma, no se retiene. Toda la filosofía es un guirigay obsceno de palabras que únicamente buscan entender qué es el tiempo. Todas las religiones ofrecen en su quincalla espiritual bálsamos que curan el espanto del tiempo. Porque el tiempo es espanto, es toxina, es miedo. Toda la literatura, incluso la más frívola, la de menor fuste y de más superficial hondura, se entrega a ese enigma: qué es el tiempo, de qué oscura materia estamos hechos, a qué tenebroso final nos empujan las horas.
IV
No siempre le entiende a uno: va por ahí soltando palabras, explicándose, cerrando los caminos inútiles y abriendo la fértil senda del significado, pero las palabras se enredan, las palabras se malogran y, al final, las palabras sirven justo para el cometido contrario para el que fueron creadas y el que escribe, sin entender, se vacía, se desocupa de sentido y cae en la ciega ciénaga del anonimato. No somos nada, no somos mucho, no somos jamás ningún todo fiable, ninguna evidencia perdurable. Nos vamos muriendo, nos vamos yendo, nos vamos gastando.
V
El lector atento debe desoír este post fúnebre, gris tirando a negro, que no sale porque el escribidor esté triste o esté depresivo: es que a veces le salen a uno estas grisuras del alma, estos espejos del sueño al que uno pertenece. Y mañana el día esplende (oh, cómo me gusta ese verbo). Repito: mañana el día esplende. Pero hoy, esta noche de lunes bajo el flexo, oyendo a Shostakovich ( a ver, qué le voy a hacer, me dio esta noche por el vals número uno) me ha salido un post de la leche. No me hagan caso. O háganmelo del todo y táchenme de su lista de favoritos. No se pieden nada. Estoy tan alegre como mi amigo K. cuando le dejó la novia y suspendió Trigonometría. Buenas las noches.
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7 Indicios de vida exterior:
Ya que estoy, comento: este post me lo imprimo y me lo leo mañana antes del café. Buenas noches. A descansar, a descansar.
Ana
Oye, precioso, bien escrito, mejor pensado. Me ha dejado un buen sabor de boca para cerrar el día. Nos vamos encontrando. Saludos.
Quise decir Mercader. Corregido queda. No está bien equivocar el apellido. Saludos otra vez.
Fantástico.
Podría cansar, pero...
Filosofía de blog, jeje.
Joan V.
Me gustan las reflexiones desquiciadas. El poeta se desquicia cuando lo que cuenta no lo entiende. Es la buena poesía. Es el poeta perfecto.
El tiempo ... el tiempo. El tiempo es lo que reviste del sentido que le damos a todas las cosas ... de ser eterno, o incluso más efímero, habríamos de revisar todo lo que ahora nos parece como nos parece.
Y no, no hace falta estar gris o depresivo para saber que ése y no otro es el verdadero dios.
Un placer pasar por aquí y encontrarle.
Bien, Ana. A mí me gusta también imprimir algunas cosas. Le da un calor, un afecto que la pantalla no tiene.
Gracias, Andrés. Nos iremos viendo.
Cansa, realmente, Joan. Me alegra volver a verte por aquí.
Momba, hay mucho de desquiciio y poco, en este caso, de poesía.
Zim, Dios es el tiempo. O viceversa. Buen día.
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