19.9.10

Ditirambos y Rocabrunos...



Ahí tenemos al escritor huidizo, al escritor convertido en personaje. Pynchon, Salinger. A nuestras letras hispanas le falta un escritor invisible, del que únicamente sepamos por lo que van diciendo sus palabras impresas en un libro. Además las historias de estos genios ermitaños dan mucho juego en el cine. Los americanos son gente muy avispada para fundar géneros allá donde sólo hay chispas, gestos. Ese merito tienen. Aquí nos obcecamos en agotar esas chispas, esos indicios de milagro, sin afinar esa querencia por lo novedoso. Pienso en Epílogo (1984) film de Gonzalo Suárez, un raro y exquisito caso de hombre de letras metido en mover una cámara o viceversa y que se expresa con soltura en ambas disciplinas. En Epílogo dos escritores se enamoran de la misma mujer. Ditirambo y Rocabruno, que escriben juntos, terminan separados y uno busca a otro para extraerle una última historia. Basada en sus novelas Gorila en Hollywood y Rocabruno bate a Ditirambo, Epílogo tiene la virtud de ofrecer un material vírgen. A mí me fascinó siempre el hallazgo fonético de los nombres de los escritores. Rocabruno. Ditirambo. Esa sonancia magnífica invita ya a leer o a ver cine. La única ocasión en la que me planteé escribir una novela, y juro que el empeño me duró dos semanas y hace de eso los suficientes años como para haber olvidado casi del todo la empresa, tardé más en buscar nombres a mis personajes que en pergeñar un argumento. Camilo José Cela, al que leo cada día menos, o casi no leo, tenía el ingenio vivo para poner nombres a sus criaturas. Lo que sí hice una vez,y disfruté horrores, fue bosquejar un inventario de nombres de altas resonancias fonéticas, digamos. Ditirambos y Rocabrunos de cosecha propia. Como es costumbre en mí, deseché el trabajo nada más terminarlo y ahora he perdido la posibilidad de rescatar, a beneficio de chanza, algunos de esos nombres.
Igual que Wittgeinstein sabía el inefable concurso del lenguaje para la construcción de la realidad, no se puede obviar nombrar las cosas para poder ingresarlas en esa realidad recién alumbrada. La novela fracasa cuando no cuenta una historia sino que la explica. Un género lo es en cuanto se enfrenta a otro. Vuelvo a Cela, que decía que la novela podría ser todo aquel libro que en su portada admite la palabra novela, pero pierdo el hilo que tira del post y me doy cuenta de que hoy es domingo y la tensión lingüística (o dramática o narrativa) casi no existe. Encima hoy no juega Nadal y corre Alonso. Pues eso. Me voy a la cocina. Me sirvo una Leffe fría y busco algo en el frigo con que aliviar el desmayo de la una.

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4 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Felisberto Hernández,quizá;un Robert Walser de las letras latinoamericanas;ésos que se esconden,incluso de la propia literatura.De Cela a mí me ocurre lo contrario.
Un cordial saludo.

Anónimo dijo...

Ninguno de esos autores me gustó nunca, y he leído a Pynchon apasionado por las recomendaciones de un excelente amigo y excelente lector. No sé yo si es mejor ser público y normal, que no rarito y sublime. Son opiniones, en todo caso. Cordial saludo también.

Lacort

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Me vale Fesliberto, Walser, Francisco.
A Cela le amé hasta el hartazgo y lo quemé. Edades imprudentes, quizá, para leer.
Ya no es posible el regreso. ¿no?

No lo sé yo tampoco, LaCORT. Sé que a día que pasa más me gusta escribir. Eso me basta.

alex dijo...

Lo hay. Existe un escritor invisible español. Atiende a las iniciales F.M. y escribe magnificas historias publicadas habitualmente por Lengua de Trapo. Todas las literaturas deberían tener un F.M., un Castaneda, un Salinger, un Pynchon. De hecho, la literatura debería ser un acto invisible.