A José Antonio, que ahora corre en el norte
Tuve yo una novia rusa, doliente y flacucha que distraía mi torpeza en su idioma con bolcheviques caricias y mencheviques besos. Nos quisimos unos meses en un alarde de cabriolas sintácticas. Dimos esa apariencia de novios formales por las estrechas calles de mi pueblo. Hasta una señora convecina, quejosa hasta la hartura, amiga de no disfrutar nunca con amores ajenos, bendijo pomposamente el nuestro. Sereís felices, dijo. Tendréis tres niños rubios. Ninguno, me temo, se parecerá al padre. Días más tarde, sin aviso ni trompetas, la novia rusa, doliente y flacucha, me dejo por un concertista de clavicémbalo recién llegado de Moscú. Dejó en la mesita de noche, testigo provenzal de nuestros ardientes asedios, unas páginas arrancadas de una novela de Tolstoi. Mi amigo José Antonio me confesó tener una novia inglesa, pero nunca le dejó novelas de Dickens en la mesita de noche. Mi amigo K., que hace tiempo que no se deja embaucar por las tretas femeninas, tuvo una novia provinciana y generosa de pecho, una novia sin estudios que olía a Pigmalión en el escote. Dice K. que la dejó por tedio puro. Le incomodó que nunca hubiese leído a Faulkner. Le recriminé su falta de perspectiva. A mí Faulkner me cansa. A mí me siguen fascinando las novias sin inquietudes filosóficas. La rusa, vista en la distancia, era de un empacho semántico insoportable. Menos mal que me dejó. Suerte que mi falta de encanto le abrió los ojos. Uno nunca sabe. Los amigos te cuentan sus novias, te dicen si leían o si tenían el corazón ágrafo. Los amigos, a pie de barra, te hacen sentirte bien y no dar importancia a estos desventuras del alma adolescente.
Tuve yo una novia rusa, doliente y flacucha que distraía mi torpeza en su idioma con bolcheviques caricias y mencheviques besos. Nos quisimos unos meses en un alarde de cabriolas sintácticas. Dimos esa apariencia de novios formales por las estrechas calles de mi pueblo. Hasta una señora convecina, quejosa hasta la hartura, amiga de no disfrutar nunca con amores ajenos, bendijo pomposamente el nuestro. Sereís felices, dijo. Tendréis tres niños rubios. Ninguno, me temo, se parecerá al padre. Días más tarde, sin aviso ni trompetas, la novia rusa, doliente y flacucha, me dejo por un concertista de clavicémbalo recién llegado de Moscú. Dejó en la mesita de noche, testigo provenzal de nuestros ardientes asedios, unas páginas arrancadas de una novela de Tolstoi. Mi amigo José Antonio me confesó tener una novia inglesa, pero nunca le dejó novelas de Dickens en la mesita de noche. Mi amigo K., que hace tiempo que no se deja embaucar por las tretas femeninas, tuvo una novia provinciana y generosa de pecho, una novia sin estudios que olía a Pigmalión en el escote. Dice K. que la dejó por tedio puro. Le incomodó que nunca hubiese leído a Faulkner. Le recriminé su falta de perspectiva. A mí Faulkner me cansa. A mí me siguen fascinando las novias sin inquietudes filosóficas. La rusa, vista en la distancia, era de un empacho semántico insoportable. Menos mal que me dejó. Suerte que mi falta de encanto le abrió los ojos. Uno nunca sabe. Los amigos te cuentan sus novias, te dicen si leían o si tenían el corazón ágrafo. Los amigos, a pie de barra, te hacen sentirte bien y no dar importancia a estos desventuras del alma adolescente.
3 Indicios de vida exterior:
De novias, podríamos escribir un libro, pero está mejor la ficción, digo yo, así que me gustan éstas, de este tipo, muy surrealistas, muy amenas, muy amenas... De novias, un libro...
En mi caso sería un relato corto, si acaso una crónica de la buena voluntad. En fin, hasta el mismísimo Casanova debe ser una ficción del deseo.
Me río de las novias y de las mujeres y de las viudas y de los novios y de los hombres y de los solteros y de los viudos, me río hasta que no puedo más porque todos, en el fondo, sólo buscan que les quieran y para eso, cuando se sabe, basta uno. Soy el soltero perfecto, y a mucha honra. Mis novias, dos, no más, son un souvenir de mi corazón. Me quedo con los cafés primeros, con los besos en los portales, en fin, con todo eso que suena a bolero. No sé si he aportado algo al fondo del post, se intenta.
Luisma
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