5.7.10

Mugshot




En Miami, en 1.969, al tiempo que los Beach Boys amenizaban las playas con sus historias sobre amores con tabla de surf, Jim Morrison se emborrachaba de peyote, de LSD, de marihuana, de cocaína, de pastillas para la úlcera y de heroína. Todo aliñado con ingestas masivas de whisky. En ese menú tóxico no hay mejor catre que el de la cárcel. No, al menos, uno más razonable. En Tallahassee lo arrestaron por sacarse el pene en un concierto y simular practicarse una masturbación, por incitar a las masas a matar a sus padres y cepillarse a sus madres y por ir absolutamente ebrio o absolutamente drogado o ambas cosas en alegre coyunda química. Ya se sabe que las drogas despiertan al genio dormido, pero Jim Morrison, en paz con su hígado, en las horas sin machaque etílico, era un apasionado de las nobles artes de la más alta literatura (poesía francesa, inglesa, incluso refirió alguna vez haberse despachado a Góngora). Fue probablemente Charles Baudelaire quien le introdujo en los poderes sanatorios de las sustancias estimulantes. Convenientemente estimulado, Morrison se bilocaba, se convertía en otro, se desplazaba a mundos secretos de donde traía las letras psicodélicas de sus canciones. Hippie místico, Morrison fue un mártir de la cultura de masas del siglo XX. Vivió poco y al modo en que quería William Blake, vivió rápido y dejó un cadáver exquisito. Su discografía es irregular, pero contiene introspecciones épicas, himnos intemporales que todavía hoy erizan la piel (Light my fire, en vivo; Riders on the storm, mis favoritas) Murió en París, que es en donde decidió ir cuando el negocio del rock le hastió lo suficiente. Allí leía poesía, amaba a alguna de sus parejas (tuvo decenas) y se empastillaba para no perder el vértigo tóxico en la sangre. Escribieron paro cardíaco, pero los rumores (los fiables, los que no lo son) introducen la causa del reventón del corazón. El peyote. El LSD. El whisky. La marihuana. Pero también Baudelaire, Huxley, Dickinson, Valery, Eliot. La poesía no mata, pero te da una muerte más hermosa.



Abuso de menores: el crimen más nefasto, el menos excusable incluso contando que ningún delito, a pesar de que haya causas atenuantes, debe ser excusado. Michael Jackson es Peter Pan, pero un héroe alado y tarado, un ángel sin fe, un niño mal crecido, mal aconsejado, que anduvo entre gente que le agasajaba y gente que lo expoliaba, adulado, convencido de ser un mesías de bondad confinado en esta mundo para hacer el bien a los niños descarriados, incluído él mismo, para quienes construyó un carrusel de mentiras, una montaña rusa de placeres pasajeros, tiovivos, norias, camas de agua y espejos deformantes. El suyo amplificaba la deformidad, que venía ya embrutecida de fábrica. No se le excusa, aunque ahora su muerte haya convertido al pederasta amateur, bienintencionado, pero retorcido, en una atracción perfecta de parque temático. Mirándolo a la cara, en esta fotografía, en otras, uno piensa en El hombre elefante de Lynch, en un Dorian Gray sacado del cuadro antes de que la carcoma le devorase el rostro. Otra de sus pequeñas obras se exhibe justo debajo. Sigan leyendo esta colección de atrocidades periodísticas.





La atrocidad parida arriba: Maculay Culkin es un niñato y la cercanía del tito Michael Jackson no le benefició. El actor simpático que se perdió en casa en los felices ochenta devino después un alcohólico y un depresivo. Visitó los calabozos por posesión de marihuana. Bastó una noche en la comisaría y unos miles de dólares para compensar el estropicio. Su presencia en la Historia del Cine es testimonial. Una especie de Shirley Temple insumiso, politoxicómano, cliente habitual de camellos de los arrabales. Hace poco se le vio en el candelero de nuevo. Una entrega de premios. Parece estar rehabilitándose, pero todavía no se le ha encontrado un papel que le redima. Sigue estando solo en casa. Ahí, en ese extravío doméstico, es donde debió descubrir, por azar, créanme, el mueble-bar. Con el vodka. Con el whisky de marca. Con todos esos licores nobles que alivian la soledad familiar.



A Hugh Grant se le desarmó el lacónico porte de gentleman de comedia cuando lo pillaron hocicando la testuz en la entrepierna de una prostituta negra y de aspecto desaliñado de Hollywood, una tal Divine, que sacó tajada de la fellatio que practicó y paseó su hazaña por platós y revistas de papel couché. El sexo fácil, el pagado, induce a pensar en desatenciones privadas, en apetitos desordenados o en una abstinencia obligada por una pareja pacata en exceso o poco dada al intercambio natural de cariños. No creo que esta imprudencia haya marcada la carrera de Grant. Ni tampoco pienso que no haberla tenido la hubiese aupado a un escalón en donde nunca ha estado. Es el tipo de actor de óptica amable, incrustado en un género dócil, escasamente amigo de premios y de aplausos de la crítica feroz. Esa crítica feroz ni siquiera considera a Grant: lo admiten como un socio estable de la nómina de actores del sistema, pero no entran a considerar que pueda dar el salto y agarrarse a algún proyecto de más nombre. A mí me cae bien. Lo de Divine me parece una debilidad expuesta a modo de pecado. Esa actriz buenorra que tenía como pareja entonces, Liz Hurley, debía de hacer un comentario a pie de página. Todo el mundo tiene sus razones. Estos ingleses.






Bowie es el glam y los alcaloides, la fiebre transformista y el Berlin de la psicodelia. Es también un icono fundamental en la música de consumo de los últimos cuarenta años y un personaje a salvo de las modas, superviviente como pocos, respetado como pocos y creído como pocos. Le agasajaron como el nuevo mesías de la liberación y creó un personaje arácnido o alienígena o pachanguero o todas esas máscaras de la reconversión aplicadas con exquisito desparpajo. Su paso por la comisaría contribuye a la épica de su biografía. Los hagiógrafos del Bowie camaleónico, en continua reinvención, podrían extraer lujuriosas parábolas sobre la influencia del rock en la sociedad civil del siglo XX y cómo algunos de sus gurús encabezaron una cruzada pacífica, irreverente, fascinante en busca del grial de la inspiración, de cierto tipo de mística aliñada de anfetas, riffs formidables y letras catárticas. Luego la épica deviene rutina y Bowie sacó discos espantosos, renegó de su pasado legendario y se refugió en las pistas de baile, en arreglos horteras y en películas de poco lustre o de un lustre gris de saldo. Ser héroe sólo por un día puede acarrear problemas con la autoridad, visitas a la cárcel, propaganda para que el siguiente disco se promocione solo. Entonces no existía el facebook ni los discos venían con la guarnición del DVD en directo y la contraseña para descargarse material extra en la página web del artista. Hoy en día Bowie estaría secuestrado por las redes sociales, viajaría de un Ipod a otro, de un disco duro a un espacio virtual. Nada le es ajeno. Parece el padre de todos estos mequetrefes que llenan ahora estadios y ensayan ramplonas melodías sobre abducciones y amores vampíricos. Todos deberían rezarle de noche mientras escuchan en privado, en unos cascos de diseño, las historias de Ziggy Stardust. Le debemos tanto. Ah, el arresto fue una sencilla posesión de marihuana. Estaba con otro icono insustituíble y, a lo visto, más tocado todavía por los efectos secundarios de esos estimulantes: la iguana Iggy Pop.




El polvo de amianto de los motores de los aviones que tuvo que lustrar durante el servicio militar le provocaron un cáncer de pulmón y murió en la edad sublime de prometerlo todo y no haber jodido en exceso el reflejo de su estrella. Era como un James Dean vintage, sin su aureola dramática, sin su pedigree de ángel atormentado. Steve McQueen se retrató en las películas que hizo y en sus vicios públicos. Amó los coches, las mujeres y las artes marciales. Se benefició de un rostro cinematográfico como pocos y dio indicios fiables de que podría haber sido un actor fantástico, a lo Paul Newman, mucho más de lo que Peckinpah pensó cuando lo usaba como el rebelde americano que despedía a cada gesto, pero se malogró antes de esa transformación y dejó un puñado de películas antológicas y una decena de pósters para dormitorios de quinceañeras. Prefab Sprout le dedicaron un disco y una amiga mía echa una lágrima cada vez que vuelve a ver Bullit o La gran evasión. Leo que Daniel Craig puede hacer de McQueen en un biopic. No sé si registrarán el paso por la cárcel del temerario conductor deportivo. El arresto fue en 1.972. Conducía ebrio. Nada del otro jueves.



Acusado de traidor, el gobierno de los Estados Unidos encarceló a Ezra Pound. Allí se explicó al mundo con sus Cantos y tradujo a Confucio. Con algunos genios de las letras uno prefiere el soslayo, evitar en lo posible el descubrimiento de las filiaciones públicas. La literatura es siempre un mundo de lo privado, un mundo único que por circunstancias precisa del concurso del físico. Pound no es el poeta de la progresía intelectual: nada extraño si se hace caso a eso de que estaba fascinado por Mussolini. Pero Pound, éste aquí expuesto como un ratero, fue amigo de Joyce, de Hemingway, de Dos Passos, de T.S. Eliot o de D.H. Lawrence. Les ofreció su amistad y les editó parte de su obra. Leí los Cantos cuando no los entendía y los he releído ahora que tal vez entre algo más en su vigorosa revisión de la Literatura. Me parecen música. Me fascinan y me ensimisman. Me transportan y me regresan. Me hacen sentirme feliz de ser un hombre en este mundo y me cuentan secretos sobre el cosmos. La poesía, en el fondo, es una confesión íntima de esos secretos, una especie de decodificación de los mensajes que se esconden en la lluvia o en los abrazos que nos damos quienes nos queremos. A Pound le quisieron poco. Anduvo de manicomio en manicomio y murió en soledad, incomprendido, alimentando (sin deseo alguno) esa estupidez que consiste en crear animales fabulosos a partir de materiales impuros. La locura es impura. La genialidad es impura. Pound, en su cárcel, en su jaula al sol, vigilada por ejércitos, es impuro.

Stravinsky era un ruso yankinizado. Entre barras y estrellas fue feliz y ejerció de músico a pleno rendimiento. Se dejó embaucar por el glamour y la opulencia de Hollywood y se codeaba con la high society con libretos bajo el brazo y esa cara de mafioso con el corazón noble. El motivo por el que pasó por la cárcel fue una particular versión del himno de los Estados Unidos que, a juicio de la autoridad, a lo común zopenca y granítica en términos artísticos, excedía lo admisible y entraba en la categoría de la mofa o de la ofensa. Una ley del estado de Massachussetts confinaba entre rejas a quienes se atrevían a entrar en el territorio sagrado del bien público, esto es, el american way of life, la bandera ondeando en las calles, el tañido limpio de las iglesias en esos caminos de Dios y la música sublime del himno patrio. Yo me quedo con la obertura del Pájaro de fuego, que fue mi entrada bautismal en Stravinsky vía Yes. Ustedes me entienden.




Si te apodan The Killer es normal que algún día te hagan una fotografía así. O más de una. En esta vemos al rockero Jerry Lee Lewis ya talludito, desafiante, sintiéndose rey de un reino que la ley no controlaba. Este arresto fue posterior a su visita al Londres puritano de los sesenta de la mano de una flamante esposa, una prima suya de 13 años. Elvis se alojó en las drogas en la época tardía, en el declive creativo. Jerry siempre flirteó con el exceso. Esa fue su contribución a la historia del rock, la del killer, la del salvaje aporreando el piano, bebiendo a morro entre número y número, concediendo a sus biógrafos material exclusivo para escribir páginas memorables de sexo, drogas y rock and roll. Esta fotografía es anecdótica. Parece una pose natural. El pueblo americano lo jaleó y lo fusiló, lo encumbró y lo derribó, pero fue grande y sus pelotas eran de fuego. El mismo fuego que aplicaba a los pianos después de sudar sobre ellos un par de enfebrecidas horas de rock.




Johnny Cash cantó a los reclusos en Folson o en San Quintín. Otro al que le gustaba entrar en presidios y entretener a los convictos fue B.B. King. No dudo que todavía lo haga. Cash era un tipo en la cuerda floja, un cronista al que se le deben crónicas a pie de calle, relatos sanguíneos sobre el perdón y sobre la fe, salmos inyectados de alcohol, compuestos en trance. Creo que hay un invisible hilo que ocupa el aire y enlaza a gente como Cash o como Hendrix o como Neil Young, músicos iluminados, carne de presidio en muchos casos. Cantar en Folson como uno canta en casa.

Activista en la América obtusa de Nixon, en la creencia de que su agenda podía esconder números, domicilios o indicios del comunismo más extremo, la policía la arrestó con la invención de que en su bolso había narcóticos. Jane Fonda mostró esta guisa en la comisaría de Cleveland. No había fármacos ni había agenda, pero esta actriz formidable, inteligente y comprometido en un Hollywood donde las mujeres bonitas raramente se involucraban en otro compromiso que no fuese actuar y hacer caja, disfrutó (imagino) con la prueba irrefutable de la incivil maquinaria de censura de la Administración. Disfrutó al punto de que todavía hoy se la ve exhibir en camisetas la fotografía que ilustra este comentario. Está mayor, está seria, está alejada de casi todo, pero hizo lo que se le antojó y abanderó causas que entonces eran casi exclusivamente viriles.


A Frank Sinatra se le perdona todo. El arresto data de 1.938. Todavía no era La Voz. Luego vinieron los flirteos con la Mafia y los apaños en la política. Vinieron los discos en la Columbia y los espectáculos en Las Vegas. Nadie pensó en un joven Sinatra entre rejas. De hecho no hay noticias sobre los motivos de la acusación. Debió caramelarse a los guardias cantando algo. Ya lo he dicho: yo a Frank Sinatra se lo perdono absolutamente todo. Podía ser un psicópata, un Hyde, un crooner que en horas libres desvalijaba las arcas de los casinos. Es Frank. Todo el mundo tiene debilidades. Una de las mías más queridas es ésta.



Debieron pillarle en alguno de sus muchos malos días. Contento de bourbon. Subido de coca. Fue, a lo leído, en un tasca de mala muerte en una comarcal de Texas. Se dejó aturdir y se dejó llevar. Hopper, en esencia, era un rebelde, uno de esos tipos de bar en apariencia pendencieros, que se embravucan a la míniman. Aparte de ese perfil simplificado, Dennis Hopper fue un alma en continuo tormento, un superviviente que hizo casi lo que quiso y terminó comido por un cáncer y por las deudas. Esta fotografía es irrelevante.



Una lengua mala y viperina escribió en un foro sobre estrellas del rock que arrestaron a David Crosby por tener cara de cerdo, pero la verdad es que le pillaron con drogas y armas, pero sólo cayó una condena levísima por conducción peligroso: estaba ebrio. Años más tarde, amplió el perfil carcelario cuando fue arrestado por tener en casa una cantidad escandalosa de cocaína. Consumo interno. Nada de trapicheos de barrio. Pero cinco kilos son muchos kilos para aliviar el stress del circo de la fama y ponerse contento para cantar como los ángeles con sus amigos de la banda. En total fueron cinco años de trullo a pesar de que el bueno de Crosby lloriqueó durante el juicio y pidió clemencia por servicios prestados a la comunidad del rock and roll. Su voz cristalina, meliflua y candorosa me acompaña justo ahora, al tiempo que tecleo esta entrada de mañana de julio. Those were the times...


Se han perdido los detalles del arresto, pero aquí está Dios Gates. Se saltó un par de semáforos y rebasó en unas pocas millas el límite de velocidad del estado de California. Hoy, caso de ser pillado, el procedimiento de la causa sería procesado por maquinaria de su entera responsabilidad. Todo queda en casa. Bill Gates está feliz, se le ve pletórico, como si estuviese por encima de esa nimiedades. Su destino sería otro. Su contribución al bienestar del planeta hace posible que ahora mismo usted y yo estemos entablando esta conversación en el limbo de la Red. Es el padre del Limbo. Loado sea. También se le excusa todo.



5 comentarios:

Ramón Besonías dijo...

La ficha policial que más me gusta es la de Gates. Esa sonrisa me suena a que en sus años de mozuelo se permitió algún exceso venial que para él era de seguro una especie de travesura infantil de niño bueno y estudioso. Años después, esa sonrisa se disiparía y las travesuras se travestirían en forma de creación de un emporio empresarial.

¡Qué sería de Gates si aún saliera con sus amigotes de entonces y su sonrisa hubiera resistido la llegada de la adultez!

Buen día, para ti y para España.

lalo vacas dijo...

Mi elegida es la de stravinsky
Adoro la cultura americana, he vivido en boston 2 años.....pero som idiotas. Son conspiranoicos
.

lalo vacas dijo...

Mi elegida es la de stravinsky
Adoro la cultura americana, he vivido en boston 2 años.....pero som idiotas. Son conspiranoicos
.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Tengo preparado un Carcelario número 2, Ramón. Más largo.
Lo dejaré para después del fútbol. Ahora estoy flojo en escritura.
Adiós, amigo.

Conspiranoicos: no lo dudo. Dos años en Boston dan para eso, Lalo. Es de verdad Boston como se pinta en el cine americano ? Saludos...

Francisco Machuca dijo...

Hace tiempo que tenía pendiente dejarte aquí un comentario para decirte que es uno de mis favoritos.Lo he releído más de una vez,amigo Emilio.Excelente.