24.7.10

El mar del fin del mundo



Al mar le está privada la inocencia. Uno lo mira con un respeto infinito. A la tierra firme no se la mira igual. Ayer estuve al borde mismo del fin del mundo, en Fisterra, en esa punta fantástica de la razón cartesiana. Creí entender el pavor mitológico de los antiguos, la sensación de que nada había más allá de esas aguas. Los modestos barcos de pesca que distraían el azul crónico de mi visión parecían naves a punto de emprender un viaje mítico. A diferencia de otros días en los que perderme en ese limbo perfecto de belleza aturde mis sentidos, ayer quise que no me faltase la entereza, miré el agua limpia, saqué mi cámara de fotos y capturé lo que mis ojos me ofrecían. Ninguna de las fotografías, esforzadamente limpias, registradas con mi cámara nueva, casi estrenada con esa travesía óptica exquisita e irrepetible, me satisfizo después. No porque estuviesen mal tiradas. Creo que no hay fotografía que sea capaz de aprehender esa minúscula porción de felicidad narrativa, de plenitud cromática. Luego está la literatura, los barcos que se atreven a penetrar en el abismo, los que vuelven y lo cuentan a lomos de metáforas luminosas y de historias imposibles y los que se quedan y hacen que las metáforas se convierten en mitos, en leyendas. Viendo en Fisterra, en la Costa da Morte coruñesa, ese mar primigenio, casi primerizo, virginal y puro en mi fantasía de lector de Melville y de Homero, pensé en Dios, en la posibilidad de que no exista y en la que esté por ahí arriba observando la tragicomedia de su obra. No llegué, por supuesto, a conclusión remarcable. Se mira el mar y se piensa en que no es inocente, en las vidas sacrificadas, en las vidas noblemente salvadas por el indescriptible concurso de su misterio. Ahí es donde guardé mi leica y anduve de vuelta al coche, sorteando turistas alborotados, yo entre ellos, conscientes de haber asistido a un espectáculo ancestral. Homero me conducía al paraíso. Uno eventual, efímero, como los que encuentro a diario y me abandonan a diario. El faro allí instalado no es antológico, ni siquiera es un gran faro, amigo Álex, pero incluso eso parece no cobrar importancia.

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4 comentarios:

PeterPank dijo...

Querido amigo, hoy 25 de julio, por la tarde, como puedes ver, te escribo estas líneas para ratificar tu sentimiento. Al igual que tú acabo de llegar a casa desde Fisterra. Sin embargo estoy triste porque aunque hacia unos años que iba por allí, han remodelado todo, incluso uno de los bares que te daban de comer al máspuro estilo marinero. Un caos humano en una eterna belleza de profundidad insondable. Un saludo.

Francisco Machuca dijo...

Homero y el regreso.En la Odisea,cuando Ulises regresa a su Itaca,reconoce el lugar por un viejo árbol que todavía seguía estando allí.Ay,y Melville,cuando por aquellos tiempos las ballenas eran blancas e identificlables surcando allende los mares.

Tiene usted un blog estupendo tocado por la gracia de la mágia.

Un cordial saludo.

Anónimo dijo...

Me fui, he vuelto y he visto que todo sigue igual, es decir, un blog para disfrutar leyendo. He visto que cambió el diseño, y añoro el antiguo, que recuerdo bien, pero seguiré entrando y disfrutando con la amena e inteligente lectura. Felicidades por todo, y gracias por escribir. Laura Cespedo

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

PeterPank, era la primera vez que iba. Fui con alegría, y volví también alegre. No conozco el cabo de esos años a los que aludes. Conozco sitios cambiados brutalmente por la invasión turística. Yo, al cabo, fui ese día uno de ellos. Uno no especialmente diferente del resto. Sí vi gente civilizada, respetuosa. Incluso vi gente (!) que acampaba con tiendas en los grupos de rocas que se extienden en la cima, frente al mar. El caos humano en su más pura libertad. Un saludo.

Ballenas blancas ya no hay; hay brotes verdes, y algunos. Gracias por lo de la magia. Leer es lo que importa, contar. Un abrazo, Francisco.

Todavía no estoy contento del todo del resultado, Ana, pero si me dedico a preocuparme más del aspec to que del contenido, mal asunto. Bien la vuelta, Laura.