Tengo más o menos la certeza de que ahora va a ser la primera vez en mi vida que escriba la palabra austrohúngaro. Lo que nunca he escrito es tardofranquismo. Tampoco eugenésico. Reconozco haberlas leído, incluso cabe la posibilidad de que las haya pronunciado en una o en otra conversación, pero el hecho de escribir exige una atención y crea una especie de cámara blindada en la que uno va arrojando las palabras, dándoles carta de estancia. Lo que uno escribe dura, se exhibe incluso a veces a pesar nuestro. Leer implica un pacto fantástico, uno de los mejores que pueden hacerse. Lo firman dos personas que pueden no conocerse en absoluto y lo mas sorprendente es que ni siquiera adquieren conciencia de estar haciendo pacto alguno. Por eso me esfuerzo en recordar qué he escrito. Porque me fascina la escritura. No encuentro un día, en los últimos veinte años, en los que no haya pensado en escribir. En esos veinte años, tal vez más, ha habido mayoría en los que he dedicado una parte del día a escribir. Algunos, hace ya demasiado tiempo, en los que no he hecho casi otra cosa que eso, escribir y pensar las palabras, en cómo se buscan, en dónde se encuentran. No hay noche en la que, al acostarme, no piense en si he escrito lo suficiente. Ninguna en la que, al no escribir nada, me sienta, en el fondo, vacío. Al contrario de lo que la razón o la mecánica de fluídos exige, escribir no es vaciarse. El que escribe, al hacerlo, se llena. Es un proceso que no admite las habituales disecciones de la ciencia. Justo ahora, en el momento en que escribo esto, me siento eufórico. He escrito esa palabra las veces suficientes como para recordarla. La he pronunciado otras muchas. Siempre con mucho respeto. La felicidad, aliñada de euforia, no merece el desprecio del olvido. Soy feliz con estas pocas cosas.
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