11.6.10

Ebrio de viernes (again)


Polvo

Acabo de armarme de valor y he abierto la caja de la CPU. Siempre me abrumó esa incontinencia de cables y de ranuras, pero dije basta (bien harto de que el cacharro sonara como un ejército de vietcongs) y destripé a la bestia para instalar una grabadora nueva. Me tengo por un torpe corregible y aprendo con lentitud. Me fascinan los retos, pero hay un límite razonable a partir del cual los retos son amenazas. El panorama forense ha sido desolador. Es imposible que los vietcongs no campasen a sus anchas y recorrieran el Mekong como alucinados de un sueño de mi amigo K. El idilio que tiene uno con los cachivaches es siempre azaroso. Somos los amantes ocasionales. Damos la certera impresión de que no damos la talla. Siempre hay un cable cabrón. Siempre hay una línea de texto que acaba por gangrenarnos la hombría.


Un sueño de K.


K. sueña lo que lee y lee siempre cosas que le recuerdan a sus sueños. En ese limbo libresco anda el hombre. Anoche me confesó que Galdós se reencarnaba en César Vidal y vendían libros como churros. A ninguno de los dos les he dedicado mucho tiempo. A Don Benito le recuerdo como la lectura obligada de los tiempos mozos de estudios de bachillerato.


Semiótica de viernes


Las malas noticias tienen la fea costumbre de llegar antes que las buenas. Es como la teoría de Murphy contada por un físico cuántico: se mide la velocidad de las palabras y la distancia que separa el emisor y el receptor. Saussure conchabado con Einstein bajo el patrocinio de Coca-Cola. Un anuncio de la bebida refrescante siempre es un prodigio de sensibilidad hueca. Un ejemplo: un anciano que ha burlado muchas veces a la muerte y un recién nacido que acaba de firmar su acta de vida en el mismo encuadre. Como la película de David Fincher vapuleada en los Oscars, en la crítica y en algunos blogs de amigos, pero resumida en un par de minutos a beneficio de caja. Luego vamos al súper o nos sentamos en nuestro restaurante favorito y pedimos Coca-Cola: así funciona el mundo. Andalucía, a efectos puramente plásticos, en el mundo Coca-Cola, es ese momento anual en el que esos alumnos (y alumnas, no crean) se sienten andaluces durante tres minutos o, al menos, verbalizan y escenifican lo que sus mayores les ha contado sobre la tierra en la que viven, las penurias que ha pasado, las miserias que todavía padece y el resplandeciente futuro que le aguarda. El Día de Andalucía no es el marcado en el calendario y jaleado en los patios de los colegios por la infancia ignorante sino el día en que Griñán sale a la palestra del parlamento y suelta la novela decimonónica de rigor. Con su suicidio moral. Con su miseria urbana. O sea, hoy.
El futuro es siempre una estación propicia para los milagros. Coca-Cola rehúsa la responsabilidad técnica de que el futuro sea un solar desvencijado, escombrado de tristeza. En la vida soñada, en el edén, me imagino bebiendo una Coca-Cola mientras oigo un jingle de las Andrews Sisters.

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