
No ha muerto. Lo hará en breve. Un plano corto. Luego The End. E inevitablemente pienso en la similitud entre las tramas, en las intersecciones, en los renglones previsibles, en todas esas imágenes quemadas por el uso y que, según quién filme, según qué cuente, nos parecen rutinarias o maravillosas. El cine negro es un prodigio casi siempre. Es como el blues: tiene un patrón, tiene una cadencia, tiene incluso una letra disciplinada, escasamente extraviable. Ya saben: I lost my little girl, Got a pain within my heart, The devil took my soul y en ese plan. Y el muerto, el protagonista, se retuerce en el suelo. Está amaneciendo en la ciudad. Siempre amanece en la ciudad cuando termina la película. Eso también es un vicio admitido, pero a mí me ha salvado muchas noches del aburrimiento y me ha enseñado a vivir pensando que los días, a su modo, escenifican una trama previsible, rutinaria, pero prodigiosa siempre.
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