20.5.10

Tontos

I
Entre un tonto y otro dista una cuarta, aunque uno duerma cuando el otro consagra la vigilia a pulir oficio.
Un tonto auténtico reconoce a otro nada más echarle el ojo. Cosa harto frecuente, un tonto de verdad no considera tara o minusvalía su condición.
Hay tontos que, en su cortedad, asisten sin evidencias de su mediocridad a la instrucción pública, no levantando sospecha entre sus tutores y hasta aprendiendo, de corrido, los afluentes del Ebro o las fechas de las batallas de más relumbrón.
Tontos con progenie abundan en demasía por lo que se colige que la estulticia no es merama a la hora de hacer la corte a una dama si bien las excepciones son también abundantes y la estadística se cae como una baraja de naipes mal izada.
Hay tontos con media docena sana de hijos a los que ponen a estudiar hasta que se licencian en Veterinaria o Literaturas Germánicas Medievales y limpian, título en ristre, el inventario académico familiar, por lo demás, escaso.
Es curioso el hecho de que los vástagos no advierten el estigma paterno o lo advierten de una forma no traumática, mansa y precaria. La cultura, en ocasiones, redacta coartadas, ofrece argumentos contundentes. Eso sí, un tonto reconoce a otro nada más topárselo. No se precisa cháchara. Tampoco intimar en exceso. Basta el gesto, la mirada, el bizquear el ojo cuando una mota de polvo incómodo lo asedia.
La documentación que obra en los organismos competentes no revela el caso extraordinario del tonto recuperado. En el Registro Civil o en los expedientes académicos, en las hemerotecas civiles donde se manuscribe el prolijo inventario popular y todo su vasto anverso de rumores y bulos, no constan biografías de tonto embutido en listo.
El tonto gana en templanza y en serena madurez en el decurso enorme de una vida, pero no abandona el gesto, la mirada torva y pedernal, el bizquear rudimentario.
Para desalojar la tontura del pensamiento, las recetas no sirven, aunque la psicología y otras ciencias del comportamiento se devanan los sesos en seminarios y en conferencias con el fin de apostar una vía para solventar estas mermas.

II
Dionisio Trastámara de la Hoz, poeta laureado, cronista oficial de la muy noble villa de Valsequillo de la Pedrera, provincia de Toledo o de Cuenca o de Albacete, discreto accionista de una otrora pujante empresa de sombreros, fue en su infancia tonto de singular valía que ganó a pulso nombradía, fama y cierto cariño popular por una costumbre suya que consistía en no dar un paso sin un saco imprudente echado al hombro en el que, ajustada, primorosa, minuciosamente, depositaba los guijarros del camino.
A fuerza de arrastrar años enteros peso tan formidable, acabó impedido, negado a moverse sin que mil dolores pequeños no le devastasen el costillar y buena parte de la generosa espalda. Ahí conoció el numen, los endecasílabos, el folclor y el pasado de la gloriosa villa y se armó de esa prosa untada de leyendas y mística mariana para torcer de cuajo la opinión tallada a fuego en la memoria de sus convecinos y darles argumentos que fomentaran, sin pudor, sin compromiso, la nueva imagen de intelectual doméstico.
Lo que nadie sabe – y es posible que nadie sepa nunca – es que guarda en el sótano el fruto de esos años compartidos con los caminos de Dios. No hay noche que no descienda a la infancia tras tres tramos de sinuosa escalera de madera y contemple, entre el extasiamiento y la iluminación letrada, los guijarros, toda la obra faraónica a la que consagró su incomprendida mocedad.

.

7 comentarios:

alex dijo...

Pero es que el mundo es de los tontos, Emilio. Lo digo con desasosiego, pues siempre me tomé por uno de ellos y ahora me doy cuenta de que mi nula parcela de poder me excluye de tan envidiable grupo. Y ya que listo no soy, deberé fundar mi propio grupo alternativo. Los márgenes, siempre...

Kazka dijo...

Qué tonto soy, qué poco lo sabía. Yo soy tobnto de éstos pero no tengo hijos y no sé escribir como tú

Ramón Besonías dijo...

Muy literario el tema. La verdad es que da para mucho, para muchos.

A mí me gustan los tontos felices de Juan Ramón Jiménez;

el tonto de pueblo, tontito, omnipresente en todo sarao, de risa fácil y generosa;

el tontaina que no se entera de lo que dices porque está en Babilonia;

el tontorrón, que de ingenuo parece gilipollas;

el tontolaba (el 'tonto del haba'), ese pobre al que siempre le toca la negra y aún así sonríe y paga el roscón...

Pero me dan dentera los otros tontos: el tonto del culo, huevón, que se hace el sordo para no dar palo el agua y vivir del cuento. De esos me libre el azar, la Virgen o el Olimpo. Ésos consiguen joderte la tarde y librarse de los jueces.

Buena tarde, Emil.

Anónimo dijo...

Más vale tonto a sabiendas que listo sin serlo, decia mi abuelo, y yo lo suscribo totalmente. Yo soy de los tontos como dice Alex, pero lo digo con orgullo. Más vale... En cuanto tenga oportunidad paso el comentario a unos amigos tontos también, que disfrutarán porque está muy bien escrito. Me adhiero al grupo alternativo que Alex quiero formar, ahí estoy yo y están algunos que conozco. Tontos Unidos. Listo no, no soy. No vale la pena en absoluto.



Alejandro Gómez Gamito

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

O tonto y listo al tiempo según las circunstancias o según quién nos mire, nos juzgue, nos evalúe...

Anónimo dijo...

Los tontos flipamos mejor.


Rafa

Ramón Besonías dijo...

Emilio, tu artículo me animó a realizar mi homenaje personal a los tontos.

Lo puedes leer en mi blog:

http://lamiradaperpleja.blogspot.com/2010/05/los-tontos.html

Un saludo y buen fin de semana.