13.5.10

De la salvación por los números...




Pasan tantas cosas a la vez y algunas son de tanta trascendencia que uno no sabe en qué esmerarse, a qué trama de lo real aplicarse con más ahínco. Uno se levanta pensando en Forlán, en sus goles, en la comunión del pueblo con sus ídolos o se fija en la cara de alucinado de Tim Burton en Cannes o en el desplante que Saramago le ha hecho al Papa en Fátima , y que entiendo en su raíz y en su gesto, cuando ZP desbarata estas distracciones del ocio doméstico sacando la tijera sanguinaria de los recortes en los sueldos de los funcionarios o en las pensiones de los abuelos. Este ZP de la ceja y de las civilizaciones ha quedado finalmente en evidencia y ha dado marcha atrás en toda esa cruzada social tan bien vista por la progresía y de tan escaso afecto entre la clientela de la derecha, pero mi cabeza se ha puesto a mirar a Alemania y ha visto, pillada con los dedos, como sin querer, la noticia absoluta del día, el relato fiable de la existencia de un orden superior a éste, que respira sin sobresaltos, que existe en un universo perfecto al modo en que son perfectas las matemáticas.
En Alemania, en uno de esos sótanos inverosímiles alicatados de máquinas inverosímiles, un grupo de científicos inverosímiles ha dado con una tecla inverosímil de la mecánica del caos o, como suele contar mi amigo K., metafísico como pocos, un latido del corazón del tiempo. Lo que estos poetas cuánticos han conseguido es capturar el fragmento más pequeño de tiempo conocido hasta ahora: han registrado un intervalo temporal de doce attosegundos. Sí, yo también vivo en la ignorancia y la ampulosa biblioteca de la red me informa de que un attosegundo es una trillonésima parte de un segundo. Lo que mi ignorancia no puede resolver consultando esa base de datos asombrosa es la relevancia de ese acto. Lerdo en ciencia, incapaz de comprender el sentido racional de las cosas, me siento infinitamente desvalido a la hora de procesar esa información que la prensa no duda en catalogar como heroica, por lo menos.
No entra en mis alcances (que en algunos asuntos llegan lejos y en otros, ay, son escandalosamente torpes) entender qué suceso de la naturaleza dura un attosegundo. Algo tan sumamente minúsculo me apabulla, me aturde, me deja enredado en una tempestad de dudas. Esa evidencia infinitesimal de eternidad me desarma, me aisla del quebranto estadístico del paro, me seduce como únicamente seducen (a veces) versos extraídos de un soneto o adjetivos colocados con rara perfección detrás de un sustantivo hermoso como una gota de agua en un pétalo que sueña un ángel.
Dicen quienes saben que ese descubrimiento podrá ilustrar ciertos intercambios moleculares, no sé, cosas así. Yo, en esa involuntaria dureza mía hacia la ciencia, oigo en esta noticia lo que mis vicios literarios me hacen oír: oigo que el tiempo es la medida absoluta de todo lo demás; oigo que somos tiempo, somos los días persiguiéndose, franjas ridículas (por invisibles) de tiempo convertido en brizna, en lo inaprehensible de pronto atrapado, y entonces, pensando en todo esto, haciendo filosofía de mesa camilla, conversando conmigo mismo sobre la eternidad y sobre sus arcanos, olvido las tropelías de ZP, desaconsejo a mi alma que se ofusque por la barbarie de los políticos, que nos administran sin empeño, careciendo de preparación, obstinados en creerse adalides de alguna causa que comprendo.
Tal vez, ese espíritu mío que disfruta con los frívolos regalos de la vida (un partido de tenis de Nadal, un libro de Lovecraft regalado por un amigo, una canción de Leonard Cohen mientras afuera llueve con mansedumbre) sueñe esta noche con partículas minúsculas de tiempo, con nanocronómetros, con números imposibles que cuentan y vuelven a contar la esencia misma de nuestra existencia. Y claro, en mitad de esta fantástica danza de revelaciones metafísicas, lo que diga el Papa en su papado o lo que barbote Zapatero en su desquicio me parece secundario. Esta noche al menos me parece secundario. Gracias a esos científicos alemanes. Qué felices somos los ignorantes.

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4 Indicios de vida exterior:

Peter Pank dijo...

El efecto mariposa no demuestra el caos, sino precisamente, que los hechos aislados forman parte de un todo eficiente, inteligente y armónico del que formamos parte y en el que podemos intervenir una vez que conocemos las reglas

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

El orden proviene del caos.Gracias por el comentario. Muy bueno.

Belle dijo...

Sumar caos al caos existente para llegar a un orden aunque nos sea desconocido...

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Vértigo, Belle.
En el vértigo está el asombro, que es lo que nos mueve.