29.3.10

"... Desde hoy quedáis todos conquistados"



(Un buen amigo me dice si no he escrito nada en mi blog sobre Les Luthiers. Problemas con el post anterior, al que invadían culebras y sapos víricos, me obligan gustosamente a republicarlo. Los comentarios de Antonio Merino, de Álex y de Isabel los tengo casi memorizados, no importa que se hayan perdido)


Si tuviera que escoger un momento particularmente dichoso (y vamos a deslindar la dicha de cualquier acepción mística o bíblica o trascendente) probablemente elegiría mi época universitaria. La ocupé con libros hasta que los libros me ocuparon a mí y decidí que tenía que desalojar el tiempo que les presté para poder (al menos) salir a la calle y contarlo. Aprendí en esos años que la vida transcurre siempre fuera. La experiencia interior (incluso la más alta y la más espiritual) precisa del atrezzo cómplice que la justifique. Escribo para ser leído y, teniendo pocas certezas, ésta es una que no es fácilmente desmontable. Le confìo a la escritura el cometido de que me explique a los demás, aunque al final esa tarea es una trampa y verdaderamente a lo que aspiro cuando escribo es a entenderme a mí mismo. Cuarenta y algunos repetidos años de tozudas pesquisas no han dado luz a esa oscuridad doliente. Ni cuarenta más pretendo que la den. Estar perdido tiene sus ventajas. La búsqueda es el destino.
Caso de que ese proceso de investigación privada fracase, la escritura quedará tal vez como el monumento vacío de toda esa batalla perdida. Llevo escribiendo toda la vida y no pienso dejar de teclear salvo que el desencanto (algunas veces ha venido) insista en exceso y mi pereza le haga sitio en mis vicios.
La vida es un fiesta de bárbaros que luego no se dignan a recoger los vasos. La mía entonces era un divertido juego de espejos y los días se precipitaban como caballos salvajes al azogue oculto. Como todos a esa fantástica edad, yo era espectador de mi propio teatro y aprendía que nada hay más divertido que cerrar bares (sucios de bourbon y de humo de Chesterfield) recitando a Les Luthiers.
En ese extraño oficio tenía compañeros infatigables. Estaba Antonio Merino, que era capaz de bostezar treinta veces seguidas e ir consignando en un reservado de los apuntes de Pedagogía cada abridero de boca. El verdadero Antonio Merino, al margen de la tuna de la Facultad de Derecho y la indestructible confianza en la amistad como bien mayor a conservar por los siglos de los siglos, era la fe en Les Luthiers. Y era una época mala para profesar religiones insunstanciales como ésa que se embriaga de textos iluminados por la gracia y que firmaban unos cuantos argentinos chalados, comidos por una fiebre que entonces empezábamos a envidiar. Lo curioso del caso es que nos gustaban en las circunstancias más adversas: no habíamos tenido el honor ni el placer ni tampoco el júbilo plenipotenciario de haberlos visto en directo, así que todo nuestro parroquiano fervor provenía de oírlos de unas mediocres cintas de cassette (Basf, TDK, Sony) que reventábamos a discreción.
Cuando pocos años después pudimos verlos en Córdoba, en el Gran Teatro, la sensación de plenitud nos alimentó el alma. Yo (antes) hasta llegué a pensar que carecía de alma; al menos el alma clásica que los antiguos conectaban con los dioses más propicios: mi alma o lo que hubiera allí dentro me la agitaba Borges (lo siento, Álex), me la agitaba Queen, me la agitaba Les Luthiers. Fuera de esos tres templos del entretenimiento (no era nada más y sigue siendo ahora justamente eso: un distraimiento) mi vida discurría en previsibles incursiones etílicas, volátiles tentativas galantes y eventuales atracones de estudio. Nada que yo inventara ni que hiciera mejor que los demás. En nada triunfé, pero casi nada desatendí.
Alrededor de toda este simulacro de vida interesante estaban siempre Les Luthiers. Estaban porque me habían hecho reir más que todos los chistes de Paco Gandía y de los amigotes en las tabernas, y eso que tuve amigos finos en eso de contar historias jocosas que desaten la risa, carcajadas a veces, pero Les Luthiers eran otra cosa. Siguen (afortunadamente) despertando idénticas pasiones.
Si a mi amigo Rafa Roldán le pido que me recite algún episodio chistoso ("... puse pie en tierra de incas o sea hice hincapié...") estoy seguro que nunca le voy a pillar desprevenido. Puede tardar unos segundos, pero arranca con eficacia y glosa en unos minutos una parte fundamental de nuestras vidas. Sí, quizá exagero, pero me apetece pensar que todo eso fue así o que incluso me quedo corto. Auxy Salido nos miraba como la hermana pequeña que a veces queríamos que fuese y se animaba a jalearnos. El momento perfecto era cuando todos (en comandita, en algarada incontenible, en festiva complicidad) nos imponíamos la muy hermosa y noble empresa de atacar con el mayor de los desparpajos posibles algún tramo especialmente descacharrante. Los hay a espuertas. Sólo tiene el amable lector que poner un poco de interés y buscar.
Hay sitios donde uno siempre encuentra estas cosas, pero Les Luthiers no es un producto comprable, reducible al capitalista empeño de adquirir aquéllo que nos entusiasma y saber que lo tenemos a mano, en la estantería, accesible, limpio, preparado para satisfacernos. Les Luthiers se disfrutan en compañía. En bares. En las barras de los bares: lugares tan gratos para lo que haga falta. Ahí o en una larguísima noche de exámenes cuando los apuntes bostezan y los libros se duelen de las costuras y uno necesita desentumecer el humor. Entonces basta con que unos cuantos amigos se mancomunen en la (repito) muy hermosa y noble misión de recitar lo de siempre. Verlos en directo, en el Gran Teatro, en Córdoba, fue una especie de sello afectivo. Un lacre emocional. Ahí están. Dentro.

.
----------------
Y en plan homenaje total va una emotiva:
.
Cantata del Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras, de sus hazañas en tierra de indias, de los singulares acontecimientos en los que se vio envuelto y de como se desenvolvió. (Versión teatral, Febrero de 1983 – Mastropiero que nunca.
.
MM: Marcos Mundstock; EA: Ernesto Acher, DR: Daniel Rabinovich; CNC: Carlos Núñez Cortés; Coro: Les Luthiers).
MM: Mastropiero era un apasionado de la investigación histórica. Se pasaba largas horas en la biblioteca de la opulenta Marquesa de Quintanilla, cuyos volúmenes le apasionaban. Allí supo Mastropiero de la existencia de un enigmático personaje del siglo XV: el Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras, hijo de Juana Díaz y Domingo de Carreras. Al principio de su investigación Mastropiero, suponía que Don Rodrigo pertenecía a la misma familia Díaz que las célebres cortesanas Angustias y Dolores Díaz, pero luego, cotejando ciertas fechas comprobó que Angustias y Dolores no provenían de esos Díaz. Mastropiero ya estaba por abandonar la investigación, cuando encontró en la biblioteca de la Marquesa, el viejo manuscrito de un anónimo poema épico redactado sobre la base del diario de viaje del Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras. Según este poema Don Rodrigo había arribado a las costas del Río de la Plata en 1491, o sea un año antes del descubrimiento oficial de América, este hecho por fin explicaba su título de Adelantado. El poema describía además su heroico periplo hacia el norte del nuevo continente a lo largo de muchos años, culminando su gloriosa gesta en la isla de Puerto Rico. Impresionado por el hallazgo del poema, Mastropiero lo usó como texto para una de sus obras más célebres con la que Les Luthiers finalizan su recital de esta noche: "Cantata del Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras, de sus hazañas en tierra de Indias de los singulares acontecimientos en los que se vio envuelto, y de como se desenvolvió". La obra se inicia con el arribo de Don Rodrigo a lo que años más tarde se denominaría el Río de la Plata....

.

6 comentarios:

BLANCO dijo...

Primera visita a tu blog, ¡y me reciben Les Luthiers!
Bien empezamos.
Un saludo.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Y esperando que regreses, claro. Haya Les Luthiers o no. Un abrazo, Blanco.

Anónimo dijo...

Sublimes, geniales, merecen mil posts en mil blogs. Éste es sentimental, como no podía ser de otra forma.


Rafa

Conrado dijo...

Envidia sana de la gran suerte de crecer compartiendo con los amigos actos de les luthiers, sabes que soy un poco anacrónico y que tengo gustos de otros tiempos. Desde que descubrí a estos chalados argentinos gracias a mi primera decisión académica, sin influencia paterna ( no escoger religión) he disfrutado de ellos en la intimidad y con la comprensión de mis "quintos", por eso al recordar grandes noches de vino y rosas con ellos, siento que ninguna fuera con les luthiers como tema. Eres un tipo afortunado compañero Emilio 1 abrazo.

Pedrodel dijo...

Ya sabes, amigo Emilio, que en casa nos sabemos de memoria bastantes pasajes de Les Luthiers. También en eso coincidimos, nos unen más ideales que nos separan.
Y además, con una década más que tú, también a diario "aspiro a entenderme a mí mismo".
Un abrazo.

Pedrodel dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.