A veces uno se emperra en las cosas, pero ningún adiestramiento masivo en el piano va a hacer que toque como Bill Evans ni tirar las faltas tardes enteras en un campo de fútbol vacío conseguirá que me parezca a Cristiano Ronaldo. El cuerpo es una máquina disciplinada a la que le gusta la disciplina. Digamos que uno profesionaliza sus vicios: los convierte en un ejercicio de maestría, en un acto pulcro al que no podemos añadir ni restar nada. Tengo un buen amigo que estuvo escuchando durante semanas jazz a instancias mías. Le fui dando piezas sencillas, discos asequibles. Un poquito de Dave Brubeck, de Louis Armstrong, del más ameno Miles Davis. Le tiraba de la lengua, entre cervezas, a pie de barra, para que se me sincerara y admitiera (por fin) que el jazz no tiene por qué gustarle a todo el mundo. Que había obstáculos insalvables que hacían que un neófito jamás superara la barrera del jazz aristocrático, de ese negocio duro en el que los músicos trascienden, alcanzan cierto grado de excelencia en forma y en fondo, de espíritu en trance puro, y entregan su alma. Quien dice jazz, dice flamenco o blues o música de cámara o dodecafonismo, es decir, cualquier género que razonablemente exija una sensibilidad determinada, una cierta complicidad estética o intelectual. Igual que a mi amigo le aburrió el jazz mortalmente y no encontró placer en Coltrane (le pasé a modo de triple salto mortal sin red A love supreme, y casi le dan arcadas) yo he sufrido lo mío en peñas flamencas, oyendo verdiales o bulerías o tarantos en vivo, aunque sea metido en ambiente, copa de vino en la mano y un buen plato de jamón a la vera. Sé que no entraré nunca. Hay una trinchera infranqueable entre el lamento del cantaor y mi capacidad de sentir eso que escucho. No vale el adiestramiento, la insistencia, las ganas de entrar en un mundo al que probablemente no estamos autorizados a entrar. Denle a un aficionado al cine en prácticas, en plan rookie, una sesión doble de Bergman, un programa sencillo de Einsenstein, incluso la última de Haneke. O entra a la primera (el deslumbramiento, la sensación de esplendor) o tal vez no entre jamás. A mi amigo, el pobre, le metí en una selva intrincada en exceso. El problema (calculo) es que le va a costar el regreso, la posibilidad de acometer una segunda intentona y probar de nuevo con Evans, con Brubeck, con Coltrane. Está saturado, le entran escalofríos cuando oye un saxofón. Algo parecido a cuando yo, lerdo en bel canto, escucho la majestad vocal de un tenor en un pasaje de ésos excelsos en los que suceden tantas cosas que nunca acabo de entender. Quizá haya empeño, pero hay algo dentro que chirría y me aturde la belleza que no comprendo.
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