16.3.10

"Arcano"


Los diccionarios son países que no vienen en los atlas y a los que a poco que observes descubres que las palabras que tutelan son provincias de una especie de mapa secreto. Las palabras están unidas unas a otras al modo en que el alcantarillado público conecta calles y da una tupida cartografía invisible. Hay palabras que te conducen a otras. Yo llevo todo el día con la palabra arcano en la cabeza. El arcano me ha traído a este post y de pronto he pensado en la cantidad de palabras secretas que esconde el diccionario, en palabras cuyo significado conozco y en palabras que son tesoros absolutos, puertas a un universo hasta ahora vedado. Confío casi únicamente en el lenguaje. La realidad me aturde. Las palabras me confortan. Me gusta candela. El otro día conocí a la hija de una compañera de trabajo que se llama así. Candela. Pensé en la belleza poderosa de la palabra, en su sonancia magnífica. Igual que Nabokov en boca de su perdido Humbert Humbert se despeñaba pronunciado Lo-li-ta. Hay nombres en los que te abismas. Palabras perfectas que están a salvo del rigor de lo real. Los primores de lo real, escribía Machado. Hoy tengo arcano. Ayer me sorprendí pensando en la hermosura de todas las palabras esdrújulas. El mundo debería ser esdrújulo, pero es arcano.

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3 Indicios de vida exterior:

Ramón Besonías dijo...

Las palabras tienen un poco de humanas. En teoría o a priori, todas deberían caerte bien. Pero sin embargo uno paladea unas mejor que otras.

Estoy convencido que es cosa del sonido que producen al emitirse y de la memoria lingüística de cada cual. El sonido nos evoca un no sé qué que hace que unas palabras pasen por el discurso como si nada, y otras, quizá insignificantes, pronunciadas de casualidad y no a menudo, se quedan con nosotros. Forman parte de un club de élite familiar.

En mi caso tengo un puñado. Entre ellas "puñado" o "puñetas". La eñe siempre se me antojó la letra de la infancia. Eñe de "niño", de "ñam", de "añorar"...

Tengo más. Para repartir. Pero hay una que es la perfecta conjunción entre semántica y fonética: "aire". Si os fijáis, al pronunciarla aspiramos y expiramos, como si al emitirla ya de por sí se explicara sola.

¡Qué grande es el lenguaje!

Alex dijo...

El viernes a medianoche asistí a una charla fabulosa concedida por Kirmen Uribe, premio nacional de narrativa de este año. Ignorando las polémicas sobre si su obra, escrita en euskera y no publicada en castellano en el momento de la concesión del premio, la humanidad y la modestia de su discurso me emocionó casi tanto como cuando hizo referencia a un personaje de una obra de Atxaga que acude a los bancos para ingresar palabras y así evitar que se pierdan o desgasten. Fue una hermosa metáfora que ahora me ha recordado tu posteo, Emilio.

La belleza de determinadas palabras en ocasiones conmociona, es cierto. Hay una en concreto que se mantiene en mi cabeza desde hace meses, aunque no sea esdrújula.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Las palabras, a su modo, tienen una vida exterior y otra interior. Se oyen, se degustan, se piensan. No hay nada fuera de las palabras. Hasta los colores, en un extremo, los traducimos a palabras. Las sensaciones. Los placeres. La tristeza. El dolor. Todo es traducible a ese mecanismo fonético-semántico, translingüístico, que se apropia de todo, engulléndolo, Ramón. Lo de aire es una belleza. Bien pensando, bien dicho, bien llevado.

Hay palabras gastadas. Palabras que se pierden. Palabras prestadas, olvidadas. Podemos seguir hasta el desmayo. Todo dentro de las palabras. Ellas se gobiernan y nos gobiernan. Deberíamos cuidarlas más, amigo. Las perdemos en las prisas, en este vértigo nuestro de personas convencidas que están por debajo de nosotros, y somos nosotros quienes las administramos. Es cierto, en cierto modo. En el otro modo, en el que no se ve, las palabras son las que nos conducen, las que nos definen. Las que nos hacen ser lo que somos.