26.2.10

Elogio nocturno de la alegría



Creo firmemente en la alegría. Creo en la alegría por encima de la felicidad. A la felicidad le encomendamos excesivos oficios. En ocasiones malvivimos porque estamos empecinados en ser felices y, a la menor contrariedad, en cuanto se nos tuercen un poco las cosas, nos afiliamos a la tristeza, al desencanto, al gris como color favorito. Vivir, a pesar de algunos contratiempos, es maravilloso. Una vez que aceptamos la alegría y la buscamos con denuedo, lo demás viene por añadidura. Ninguna recomendación más higiénica, de más sano interés que ésta: buscar la alegría, inclinar el alma y el cuerpo a su centro exacto y sorberla sin decoro, abrevando la testuz, perdiendo las formas, caso de que tuviésemos y en alguna ocasión hubiesen sido útiles en algo.
Creo firmemente en la alegría. Creo en la alegría por encima de la felicidad. Incluso a veces, es cierto que únicamente en muy contadas ocasiones, la alegría se instala en el lugar en donde antes reinaba el placer. El placer es un invento de la oscura maquinaria genética que el azar o las cuerdas secretas del universo nos instalaron en el sistema nervioso para perpetuar la especie. Existimos en este puñetero mundo porque traer hijos al mundo da un placer enorme. Si no fuese así, si la alegre coyunda no nos transportara el cielo puro de la contemplación mística, hace tiempo que la raza humana andaría flaca de especímenes. Pero con la alegría no se juega a los médicos. La alegría está ahí sin un motivo oculto: está para ensancharnos el pecho y hacernos creer que éste es el mejor de los mundos posibles. Alegres, somos invencibles. En la tristeza, en la pobreza del ánimo, somos frágiles. Las guerras las pierden los débiles en alegría: las ganan incluso cuando pierden. Sucede este contrasentido porque el derrotado, en su alegría, desestima la posibilidad de darle importancia a esa derrota. Será verdad eso de que toda pasa en el cerebro. Que fuera de lo que pensamos nada existe. Fuera de este texto el mundo es irrelevante. Me voy esta noche a la cama pensando, pasillo abajo, que soy el tipo más feliz del mundo. Y sonrío en mi engaño. Y me acuesto engañado y satisfecho. Como un tonto que ignora su condición y se emboba admirando la tontura del resto. Tengan ustedes muy buenas noches y sean felices en lo que puedan. O alegres. O las dos cosas. Qué trabajo cuesta ese esfuerzo por un ratito.

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7 Indicios de vida exterior:

Sergio dijo...

Es cierto, ¿qué trabajo cuesta? La alegría es un bien raro en estos tiempos, Emilio. Falta porque estamos empeñados en correr a todos lados y correr muy de prisa. No tneemos tiempo para reirnos y para disfrutar de los momentos de intimidad a lo mejor porque falta eso, la intimidad, el momento en que uno se descubre a sí mismo y descubre que es un ser entero y que la pena conocer y descubrir.

Christian Coronado dijo...

Cuesta poco trabajo, Sergio, Emilio, cuesta muy poco poner buena cara y decir buenos días cuando hay que decir buenos días. Hoy he pensado en este post tuyo que leí anoche mientras esperaba turno en un establecimiento de alimentación. Caras largas, caras muy largas, caras larguísimas. Como si estuviésemos sufriendo en esa cola esperando que nos atendieran. Alegres no estábamos ninguno. Ni yo siquiera. Y juro por todos los cuentos de Perrault que pensé en poner una sonrisa y charlar animadamente con la mujer que estaba a mi vera y que le faltó poco para insultarme. Mis pintas son mías y me gusta llevar el pelo largo y barba de unos cuantos días. En lo demás, quitando la barba y la pinta desastrada, soy un tipo educado, lo juro esta vez por Sigmund Freud. Pero de alegres, Emilio, nada de nada. Estamos envejecidos con tantas caras largas. Somos una pena de criaturas. Qué dolor más grande, ay ay ay. Pensé en escribirte y comentarte lo que sentí y cómo me acordé de tu comentario. Gracias por todo.

Ramón Besonías dijo...

Comulgo contigo en la prioridad moral que le das a la alegría frente a la felicidad o el placer. De hecho, la alegría tiene un componente extra respecto al placer que la hace más aún deseable: la intercesión de la voluntad. El placer es un acto en el fondo pasivo, nos tiene.

La alegría ofrece un placer que llega tras un acto del querer. Por lo tanto, la alegría la tenemos, no nos tiene. Nos la curramos y de ahí que produzca ese placer superior que ni siquiera sabemos expresar en palabras.

Carmen María Hinojosa Dueñas dijo...

Es cierto lo del placer o al menos yo pienso que es así. El placer es un asunto intelectual muchas veces. Buscamos el placer para satisfacer mecanismos de integración social. La alegría es otra cosa. Se está alegre sin que nada artificial lo provoque. Los niños no buscan el placer a posta sino que buscan la alegría. He descubierto ya por último cosas más satisfactorias con la alegría que con el placer. Estoy totalmente de acuerdo con lo que escribes y además lo expresa muy hermosamente.

Ex-compi dijo...

Si la felicidad la ansiamos como si fuera una parte de nuestras vidas y se me paso la alegría, no tenía muy clara su diferencia, la alegría como estado de felicidad pero con matiz, como expresión de un estado emocional. Y el placer existe en muchos ámbitos de nuestra vida, el placer de ver una buena película, el placer de leer un buen libro,....

Filigranista dijo...

No me aclaro yo con estas minucias semánticas. Que si alegría, que si placer. Lo único que de verdad importa, y cada día yo por lo menos lo tengo más claro, es vivir. Están los tiempos "mu jodíos" y vale eso, ir viviendo. Lo demás como dice el poeta es literatura. Buena o mala, no lo sé, pero literatura, ganas de escribir, nada más. Disculpa mi franqueza, pero eso piensos.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Sigo estando alegre. Alegre en este caso por haber suscitado este pequeño diálogo en este sitio pequeño, amigos lectores. Sigan a su aire. Están en su casa.