19.1.10

Del alma extraviada y feliz en el extravío...

Ojalá vivir en este mundo fuese un tránsito y luego hubiese otro. De verdad que lo deseo. Envidio a quienes sienten en el corazón esa certeza y desocupan esta vida en la confianza de que después de la muerte hay más. Ojalá la fe me llenase a espuertas el alma y me levantase cada mañana lleno de luz, tocado por la gracia de la vida eterna, en la privada creencia de que algún dios campechano y doméstico está al tanto de mis fatigas, cuida de mis faltas y se le ensancha el divino pecho cuando observa, desde su inmarcesible altura, que obro bien y hago felices a los demás en lo que buenamente puedo. Pero no es así y me levanto por la mañana sin dios, feliz en esa ausencia de divinidad, convencido de que la fe es un enamoramiento, un desvelo, un extravío de los sentidos, un flirteo serio entre la verdad del mundo y la oscuridad del alma. O viceversa. No lo sé. Me despierto así y así voy cubriendo los trechos de los días hasta que a la caída tardía de la noche me tumbo en la cama, razono mi lugar en el mundo y dejo que el aire me infle el pecho y note que cien sonetos de amor explotan dentro como una estrella de mil puntas a la que de pronto hubiésemos incorporado una de esas bombas con reloj a la que no podemos cortar los hilos. Llevo unos días pensando en esto de la fe y no he llegado a ninguna conclusión fiable. Tal vez sea mejor esta indeterminación. En la búsqueda, en la intriga del camino, las palabras son más dulces y las respuestas más lejanas. Estaría mal que ya lo supiésemos todo y todo lo tuviésemos claro del todo. Sería un mundo descarriado al que no le restaría ni un solo átomo de asombro que ofrecernos. Estos días he visto de cerca la muerte de dos personas conocidos y he vivido cómo las familias han conducido el dolor. Y he visto esto: que el dolor se deja conducir, se moldea, se convierte en un material fungible, íntimo, cercano. No sé yo cómo obraría cuando el azar, ese bicho cabrón, me prive de alguno de los míos, de la gente que amo. Probablemente, al no tener altar ante el que postrarme ni fe con la que valerme en la pena, me extraviaré en el dolor y tardaré más en aceptar la pérdida. Pero no hay remedio. Lo hablaba hoy con un amigo. No hay remedio. Nos vamos, nos morimos, nos perdemos en un viaje incierto. No sabemos qué hay afuera. Tampoco qué hay dentro. Nada de lo preocuparme. Cierro el blog y me retiro. Me dejo crucificar por esta apatía mía en los asuntos del espíritu. Y sigo razonando mi lugar en el mundo. A trompicones.

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4 comentarios:

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...

No estás solo en tu descreimiento.
Los curas están apartando a la gente de la fe. Y los que se quedan, pues allá ellos. Es verdad que en la muerte de los tuyos los que creen tienen más a donde agarrarse y que no se puede inventar los sentimientos. No es cosa de solucionar yo en unas linea en un comentario en un blog. Por cierto, vaya ritmo de escritura!!!! LLevas un post diario en este 2.010- ¿El tiempo, de dónde lo sacas? Ana

Pedro dijo...

Hace días que no te leía. Acabo de encontrar esta joyita. Efectivamente, "la fe es un enamoramiento, un desvelo, un extravío de los sentidos, un flirteo serio entre la verdad del mundo y la oscuridad del alma". Y la fe está llena de dudas, a diario.
Lo que sí te puedo asegurar es que si tú obras bien y haces felices a los demás en lo que puedes , estás más cerca de Dios de que lo que tú mismo te imaginas. Ánimo. Tú puedes, aunque no te lo propongas. (Como se dice ahora) "Sigue así, no cambies".
Un abrazo

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Claro que no estoy solo. Descreemos muchos y ahí andamos como podemos. Unos días con más ahinco que otros porque tampoco hay que ser terco en estos asuntos del alma, Ana. El tiempo lo saco de donde puedo. Siempre gustoso en esa búsqueda.

Pedro, qué decirte. Lo verdaderamente honesto es no tener nunca nada del todo claro en esta vida. Porque van saliendo cosas y entrando otras. La cuestión es adaptarse, negar, aceptar, discutir, saber. Y en eso estoy siempre abierto. Sigo (pues) así. Un abrazo grande, amigo