15.1.10

El taller de Francis Bacon






'I feel at home here in this chaos because chaos suggests images to me. And in any case I just love living in chaos'

Francis Bacon

I
Llevan unos días estas imágenes circulando por algunos canales de televisión. Incluso las he visto en unas cortinillas de ésas a las que los programadores se agarran para enlazar las cosas y dar la sensación de que asistimos a un fluido continuo, armónico y sin desgarros. Bacon es un personaje útil para entretener al espectador desavisado y al metido en faena, a quien no sabe si el tal Bacon es un actor en horas bajas o un excéntrico de la aristocracia del cotilleo que se ha dejado fotografiar en un zulo digno del mismo Diógenes. Y en parte Francis Bacon fue un algo de ambas: un actor en eternas horas bajas, comido por la apatía, consumido por las deudas, y también un excéntrico, un diletante, un pintor en casi constante estado de excitación creativa.
El taller de Francis Bacon de la calle Reece Mews era una obra más en el catálogo del artista. Ese acúmulo de materiales de desecho son, en algún extraño modo, una extensión del propio Bacon. Ese informe inventario de latas de pinturas, brochas, lienzos a medio acabar y cualquier pequeño accesorio del oficio. Bacon insistía en que esa desorden le inspiraba. Cuentan que un buen amigo le pidió que adecentara el taller habida cuenta de que un equipo de televisión iba a visitarlo y filmar un pequeño reportaje. Se negó en principio, pero le persuadió la suma de libras que iba a percibir por ese insignificante préstamo de tiempo. Lo que le atormentó días después es una absoluta falta de inspiración: era incapaz de dar dos brochazos buenos. Sólo recuperó el numen cuando el caos regresó, triunfal, al taller.
II
Ignoro los materiales que inducen a que un escritor se sienta enteramente a gusto en su trabajo: que note el aliento del estilo, la cercanía de una inspiración doméstica, íntima, cercana al dominio total de su creación. Si precisa una biblioteca a su alcance o si, por el contrario, lo que le eleva al grado óptimo de escritura es el silencio, un aislamiento mullido en donde perderse, encontrarse, dar con la palabra exacta sin que le estorbe la realidad. Mi amigo K. sostiene que al escritor le incomoda la realidad y me pide, cuando nos vemos, que deje de escribir si quiero vivir. En cierto modo, le doy la razón. Me siento identificado con el escritor ascético, empleado en su causa, conjurado a rendir el trabajo al que se entrega sin que le distraiga el mundo. Bacon, en su taller, en ese útero perfecto, encontraba el sentido de su obra, la flecha divina que ilumina el corazón y lo transforma en una dinamo sensible. El mejor sitio en el que escribo son las bibliotecas. A distancia, los bares. Hay mesas perfectas impecablemente rodeadas de ruido y perfumadas con el trasiego casi violento de gente arriba y abajo, buscando su sitio también en el mundo. Es ahí, en las bibliotecas, bien pertrechado de libros, rodeado de letras, donde la escritura fluye y uno siente que el tiempo no existe. Los bares, en el polo contrario, ofrecen una atalaya privilegiada de vida. Basta con que uno sepa aislarse. Yo sé.

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2 comentarios:

Casiano dijo...

Vaya coincidencia. Esta misma semana puse en mi blog una reflexión sobre Bacón, su estudio, la pintura y el ejercicio de la creación. Y hoy mismo me topo con el tuyo.
Lo llamaremos conexión creativa.
Un abrazo.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Busqué en tu blog tu reseña y ahí te he dejado unas letras, Casiano.