31.12.09
El último post del año... II
El último post del año...
I
Voy a entrar esta noche en el limbo de los sueños, bien contento de viandas y lamido de licores, escuchando un post de La Rosa de Los Vientos, sin Cebri, qué le vamos a hacer. Acabo de pensarlo y estoy encantado conmigo mismo por el atino nocturno. Buscaré alguna Zona Cero de interés y me perderé en la charla adictiva de mis amigos invisibles. Haré eso y me levantaré mañana ufano y promiscuo de buenos deseos para que el 2.009 entrante me releve de la pesadumbre de ver que el mundo va mal y que uno, en su doméstico empeño, poco o nada puede hacer para que las pandemias aligeren su rigor perverso. En ningún momento he pensado que desaparezcan. Y eso ya es evidencia del pesimismo que irremediablemente nos ocupa el sentido común y hasta nos arrebata el júbilo de ser felices siempre y de compartir la felicidad como uno sepa. No es posible. Así que mañana arrancaremos de nuevo la página. O pasado. Y contaremos lo que importa. Poca cosa. Migajas de lo real. Feliz 2.009, otra vez.
(31-12-2009)
II
Copio, pego. En todo de acuerdo. Todo discurrió según lo previsto. Júbilos y tristezas, entusiasmo y desencanto a partes casi iguales. Y embocamos el 2.010 esta noche. Me pido un podcast de los de siempre. Igual que el año pasado. Contento de viandas y licores, untado de mi yo más mío, ufano de no fatigar las calles en cotillones. La resaca siempre fue muy mala. Pásenlo en grande. Como mejor sepan y les dejen.
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30.12.09
2009 en 8 fotogramas....







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The box:: Nostalgia Sci-fi

La guerra fría creó un género dentro de un género en el cine mainstream: era el terror reformulado a partir de la realidad y no impostado, creado desde el gótico o sobrealimentado de fantasmas, vampiros y otras criaturas de la retorcida nómina de autores clásicos como Poe, Lovecraft o Maupassant. En cuanto la vida doméstica se tiñó de hongos nucleares, la máquina de hacer dinero del Gran Hollywood echó mano de la ciencia-ficción. Nos invadieron del espacio exterior y nos abdujeron: crearon zombis, clones, ejércitos de alienados que fatigaban las calles sin disimulo de su condición o que ocupaban puestos de importancia en la vida social y reclutaban feligreses a la causa cósmica. Un poco de todo esto está en el cuento publicado en Playboy en 1.970 por el maestro Richard Matheson (Botton, botton) y en menor medida, en un limbo pasablemente entretenido, en la película de Richard Kelly. Atrás quedó la estupenda Donnie Darko: sobrevalorada, mitificada, pero todavía fascinante.
The box es una invitación al miedo primario que cruzó sin rival que lo derribara el cine fantástico desde los últimos cincuenta (The man from Planet X, de Ulmer; El enigma de otro mundo, de Nyby y la antológica y fundacional La invasión de los ladrones de cuerpos, de Siegel, nada que ver con la versión de finales de los setenta del aséptico Philip Kaufman) y murió a principios de los ochenta, época de asesinos en serie, de descerebrados a los que la bendita naturaleza sólo les premió con el don natural de la extinción sistemática de sus iguales. The box crea todas esas insalubres atmósferas de terror extraterrestre, de conspiración sideral, y lo hace con un guión dúctil, fácilmente entendible, sin fisuras ni dobles lecturas. Lo que Kelly hace después es matrimoniar malamente las texturas del cine clásico del género y las exigencias del público contemporáneo, joven, con escasa erudición cinéfila, ávidos de emociones fuertes y reacios a dejarse la pasta en experimentos. Kelly, indeciso, planea entre estas dos clientelas y no acaba de contentar del todo a ninguna de las dos.
The box posee, no obstante, imágenes perfectas: zombis pegajosos que no aturden al espectador, pero que están muy estratégicamente colocados en diferentes partes de la trama; sugerentes planos que escamotean o exhiben sin pudor la terrible quemadura en la cara del extraño Sr. Steward, un metódico Frank Langella... Más preocupado de razonar o de interrogarnos sobre la naturaleza sobrenatural de la caja de marras, que sesga la vida de una persona al pulsar el botón rojo que la preside, Kelly desatiende el dilema moral, la historia interna de la pareja que, empujada por la necesidad de una vida mejor, decide entrar en la espiral de caos que representa la arcana caja. Lo que podría haber sido un fantástico thriller queda en un digerible ejercicio de nostalgia sci-fi. El que se pierde en las divagaciones metafísicas de la historia es el espectador, el paciente, el amante de la historias, que aquí flaquean, se esbozan, se estiran y terminan entrando en un peligroso territorio más cercano al ridículo que a la perplejidad.
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Audrey Justine Tautou

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28.12.09
Mingus, Carter, Chambers, Hayden y todos los demás...

"Toma un contrabajo, Mingus. Eres negro. Por mucho talento que poseas, nunca harás nada bueno en la música clásica. Si quieres tocar, tienes que tocar un instrumento negro. Jamás llegarás a golpear un violonchelo. Aprende pues, a golpear un contrabajo." Buddy Collette.

Charles Mingus es probablemente el mejor contrabajista que ha parido el jazz con permiso de Ron Carter, que será un Mingus de más amplio alcance (son otros tiempos) y ocupará en las enciclopedias del jazz un puesto ilustre a la altura de su ilustre maestro. Sí, claro, ahora alguien en plan purista, un forofo de los buenos, dirá qué me impide nombrar a Pettiford, a LaFaro, Hayden o a Chambers. Y no estoy dispuesto, en esa tesitura semántica, en ese dar nombres a vuelatecla, dar la impresión de ser dogmático. En lo que no me rebajo es en la cabecera primordial llamada Mingus.
El contrabajo, en el jazz, es un instrumento glorioso, pero el oído no lo reconoce con el mismo vigor sonoro con el que acepta la presencia de los metales o de un piano, pero cuando lo percibes, cuando entiendes qué te cuenta y con qué dulzura, lo buscas en cada disco de jazz que pillas, y en el aprendizaje lento y hermoso de los géneros y de los músicos hasta llegas a reconocer patrones, ejecutorias, cierto tipo de canon doméstico con el que te manejas y con el que, sobre todo, disfrutas.
Criado entre predicadores y negros con temperamento racial, Mingus descubre a Duke Ellington en la radio y aprende violonchelo y trombón. Ejecuta piezas clásicas, pero el jazz sanea mejor el alma, la desaturde del caos en el que vive la sociedad norteamericana en los convulsos treinta y los bélicos cuarenta. Luego viene el contrabajo, el piano, la dirección de sus big bands y el amor infinito hacia la música. Las refriegas racistas, el carácter violento que le caracterizó y el cansancio moral de vivir siempre en continua batalla (contra blancos extremistas, contra negros condescendientes, contra la dictadura terrible del dinero y contra el tiempo) le hicieron retirarse cuando estaba en la cúspìde absoluta del jazz. Lo hizo sin ruido, al modo en que su instrumento suena en el volcánico ejercicio del bebop o del free jazz o de la tercera vía a la que siempre se inclinó. Murió en Cuernavaca, en Méjico, en 1.979 y sus cenizas fueron esparcidas por el Gánges.

Recuerdo un disco (en vinilo, luego convenientemente grabado en una cinta de cassette TDK, qué tiempos) que me prestó un amigo. Era Mingus Ah Um, el disco infalible para descubrir el jazz. Treinta años más tarde de ese descubrimiento, año arriba o abajo, sigo escuchando con absoluta perplejidad. Me produce más emociones que entonces, me llena infinitamente más que en aquellos años de aprendiz elemental, precario y lleno todavía de muchísimos prejuicios. A nadie, salvo a mí, le gustaba el jazz. Tuve un amigo al que le intenté explicar las razones de mi idilio y sólo conseguí que ampliara un poco más la lista de extrañezas que me tenía adjudicadas. Además Ah Um sale el mismo año, en 1.959, que el fabuloso Kind of blue, el mejor disco de la historia del jazz a juicio de algunos fanáticos que le dedicamos a este género parte del alma. Y también Giant steps, obra inmortal de John Coltrane, o Time out, el mejor disco comercial del jazz firmado por Dave Brubeck y su inseparable Paul Desmond.
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El blog es un campo nudista
Anoche mi amigo K. me aconsejó que dejara el blog. Sostuvo la infame teoría que usaba el poeta Rainer María Rilke para su poesía y quién sabe si para su vida: eso de que todo a lo que se entregaba se hacía rico, quedando él pobre. Mi pobreza es circunstancial, en todo caso. La riqueza del blog, una amabilidad semántica de K., que me aprecia después de tantos años soportándonos y consultando el oráculo diario de la amistad por ver si encontramos algo nuevo. Contra pronóstico, el tiempo juega siempre a favor. Cuanto más días acumula el contador de entradas, ese chivato de las estadísticas que me dice que han ingresado en el blog más o menos transeúntes casuales que ayer y que alguno, oh fatum, ha permanecido en un post lo suficiente como para leerlo, más apego siento por la ocurrencia de inventar este rincón. Me puede pasar como a un buen amigo (bloguero, inevitablemente en este caso) que cerró el kiosko al sentirse abrumado por la necesidad de escribir. Como la bestia que precisa carne todos los días. Como la novia ninfómana que nunca tuvimos del todo.
A K. le confío mis cuitas porque se pringa: hay que premiar al tozudo, aunque lo que nos revele termine por molestarnos. Él escribe unas cositas sueltas en una moleskine doméstica que guarda en su chaquetón de invierno y que, en verano, olvida en casa y la desatiende casi por completo. Así no se pueden hacer las cosas, le suelto mientras apuramos un café en un bar. Llueve en Lucena obstinadamente. Literatura de Navidad, apuntes sentimentales a pie de cerrar un año muy bueno en muchas cosas y nefasto, por supuesto, en otras. Letras heridas por el frío tuteladas en el forro de tela de marca. Recuerdo cuando empecé a escribir: recuerdo sobre todo la distancia entre el pudor y el deseo de liberar algún tipo de dolor que me oprimía el pecho. Venció la liberación de toda posible toxina. El pudor no existe, K. El blog es un campo nudista, en ese sentido: una especie de territorio libre de abrigos en el que es posible mostrar todas las miserias de nuestra caligrafía y, quién sabe, algún posible brinco del genio creativo que todos llevamos dentro. Rilke murió paupérrimo y eso que la poesía no es un género al que se entreguen toneladas de material confesable. En un blog cabe de todo y caso de que tuviésemos todo el tiempo del mundo podríamos dedicarnos en exclusiva a facturar entradas y a contar el ritmo de la respiración de los pájaros que se posan en el alféizar de mi ventana, a renombrar la dicha. Esta tarde la dicha se llama Charlie Parker: Charlie Parker otra vez. Charlie Parker with Strings. No sé si ya estaba muy tocado, pero sopla como un ángel bendito.
Este Rilke dio con la frase favorita de K. O fue al revés. Nunca encuentra quien escribe mejor pasión que la retorcer las palabras y encontrar en el envés de ese agravio el zumo exacto de su significado. Ahí andamos. En la franquicia del tedio, en el júbilo, en la concurrencia divina de algunos azares que posibilitan que llame un amigo justo cuando más lo echábamos en falta o que la realidad no nos aturda en exceso. Suele hacerlo. Suele noquearnos a gusto con la certidumbre de que no podemos librarnos de ella. Volvemos, incautos, a la plaza de armas. A la disciplina de las horas. En esa disciplina estamos todos. Hoy, desgraciadamente, ha muerto la madre de un buen amigo y el día, que ya era gris y turbio, roto en lluvia, se me ha puesto imposible.
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27.12.09
Canción de amor
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Hey you, out there in the cold...(Revisited)

Tigres liberados.
Trincheras en bruma.
Relojes Mickey Mouse.
Nicotina en los dedos.
El padre ausente, segundo teniente del Octavo Batallón de los Fusileros Reales, Compañía C.
Una habitación de hotel.
Películas de guerra en blanco y negro en la televisión.
Los días más felices de nuestra vida.
Traed a los chicos a casa.
Madre está en el jardín echando una cabezadita mientras papá muere en el frente.
No necesitamos educación.
Ni sarcasmos en la clase.
Eres otro ladrillo en el muro.
No te sorprendas si el hielo se abre.
Madre cuidará a su hijito.
No va a a consentir que ninguna guarra se lo arrebate.
Papá ha volado sobre el océano dejando sólo una instantánea en el álbum familiar.
Hasta el viejo Rey Jorge ha mandado a mamá una nota.
Condolencias.
Sentidos pésames.
Un héroe que no va a regresar a llevar a Pink al parque y columpiarle en las mañanas de sábado del crudo invierno.
Adiós, cielo azul.
Las bombas reventaron los tímpanos y la esperanza.
Maestros de esposas psicópatas.
Mamá no te dejará volar, pero podría dejarte cantar.
Mamá te tendrá sano y fuerte.
Mamá, ya he empezado a construir el muro.
Soy una estrella del rock.
¿ Quieres ver la tele ?
¿ O conducir por una autopista vacía ?
No me dejes ahora.
Es uno de mis días malos.
No necesito drogas que me calmen.
Ni brazos que me rodeen.
Adiós, mundo cruel, cielo azul.
Inglaterra, mataste a tus hijos en nombre del deber.
Los gusanos se comieron su cerebro.
No dejaron nada.
Tal vez el fascista dormida.
El mesías del riff.
El líder de los alienados.
Todos necesitamos un héroe.
¿ Hay alguien afuera ?
Tengo un libro negro con mis poemas dentro.
Trece canales de mierda en la tele para poder elegir, pero cuando te llamo no hay nadie en casa. Tengo una cuchara de plata en una cadena.
Tengo un deseo urgente de volar, pero no sé dónde.
¿ Alguien se acuerda de Vera Lynn ?
Traed a los niños a casa.
No les dejéis solos.
Pink, puedo aliviar tu dolor.
Ponerte en marcha otra vez.
Dime dónde duele.
Tus labios se mueven, pero no oigo lo que dicen.
Estoy confortablemente insensible.
El espectáculo debe continuar.
Papá no va a volver.
Nadie te va a dar la mano en el parque.
Ya espero los gusanos.
El juicio de la madre patria y del Dios justo que todo lo ve y nada perdona.
El muro es ya demasiado alto.
Algunos niños recogen botellas en la calle.
Ladrillos en camiones de juguete.
Sueños que no fueron verdad.
Secretos abiertos.
En esa época el dolor es un bálsamo y uno quiere ingresar en él y salir y hacerse adulto. Luego no se puede volver atrás. No se regresa. Pero algunos símbolos permanecen idénticos y la historia de Pink y la música de ese fastuoso disco doble (en vinilo, por supuesto) me acompañará siempre. Déjenme esta noche ponerme sentimental. Estamos en Navidad.
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26.12.09
Aburrirse según Truffaut

Yo nunca me aburro. No puedo aburrirme porque leo periódicos, libros, veo la televisión. En mi mesa siempre hay un montón de libros. Por consiguiente, no puedo mostrar gente que se aburre, que no hace nada. Soy muy activo. Soy un activista. El reverso es que no sé divertirme, no sé tomar vacaciones, no sé estar sin hacer nada, no puedo pasar un día sin leer, sin escribir. Por tanto, mis personajes son también así; necesariamente, los personajes se parecen a su autor.
('L'Express', Paris, número 883, 20 de mayo, 1968)
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Una Olivetti Lettera 32

“It has never been serviced or cleaned other than blowing out the dust with a service station hose. ... I have typed on this typewriter every book I have written including three not published. Including all drafts and correspondence I would put this at about five million words over a period of 50 years.”
Tengo con Cormac McCarthy una cosa en común: usar esta Olivetti Lettera 32. La forma verbal exacta sería haber usado. La mía, mi espléndida y mítica Lettera, duró los años académicos, los entregados a rellenar formularios, a fusilar textos de la Historia de Roma o de la prosa de Benedetti, a esbozar poéticas que luego quedaron en pequeños arrebatos de lucidez amateur, de metáforas quemadas y de cuentos rutinarios sobre hadas y gente que acaba muriendo en grandes avenidas. Luego llegó el pc, el imperio del microsoft Word, ese amanuense idílico que suma las palabras, las computa, las organiza de forma cabal a beneficio del orden.
McCarthy escribió La carretera, que es su novela más reciente en mi cabeza, en esta Olivetti Lettera 32. La ha usado para mecanografiar más de una decena de novelas. El señor McCarthy, cuenta su esposa, la compró por 11 dólares allá por 1.958. Christie's maneja la cantidad de unos 20.000 dólares cuando la saque a subasta. Los fondos irán a alguna institución noble que le dé también noble fundamento. Hay gente de bolsillo mitómano que vampiriza estos objetos con pedigree: yo los miro embelesado, arrobado, convertido en un voyeur fantasioso que imagina la trama detrás, el escritor formulando su teoría del cosmos. Todos los escritores, a su modo, no hacen otra cosa. El objeto con el que producen esa suerte de prodigio merece atención, un lugar en una vitrina, un espacio en la memoria de quienes, embelesados, arrobados, los leemos.
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24.12.09
22.12.09
Desgracia: Poesía

Coetzee es un señor premio Nobel que tiene una novela llamada Desgracia y Malkovich es un señor gran actor que tiene una contundencia en pantalla a prueba de napalm. He visto muchas películas de Malkovich y he leído un único libro de Coetzee: Desgracia, precisamente. Lo extraño es que haya tardado tanto en sentarme delante de la pantalla y comprobar si Jacobs, un señor al que no conocía en absoluto, ha sabido plasmar en imágenes el universo de esa novela, que es punzante, duro, incómodo, glacial en tramos.
No sé si estos tres señores se han reunido en una habitación de hotel (con o sin sus representantes) y han hablado de cómo explicar los silencios de Lurie, el profesor amante de Lord Byron que discurre por la novela en plan vírico, contaminando, pisando, autosuficiente y pletórico en su vibrante posición de poder. Porque Desgracia (qué título tan espléndido, tan seco y espléndido) es un informe sobre la búsqueda de la identidad, sobre la autoridad que se ejerce contra los débiles (estamos en Sudáfrica, es el apartheid) y sobre la serena contemplación del propio declive. Hay una escena en Desgracia (la película) en donde Lurie pide perdón a los padres de la joven de la que ha abusado y lo hace con la misma convicción y desde la misma posición de poder (en esta ocasión ocupando el escalafón inferior, el servil, el inclinado) que antes había usado para conseguir sus propósitos lúbricos.
Desgracia habla también del deseo: lo cuenta David a su hija en uno de esos planos enormes de campos infinitos en los que los dos planean la vida o la desmontan, que viene a ser lo mismo. Lurie elucubra sobre la posibilidad de que no exista el deseo. Que esa voluntad íntima lo devasta todo, aunque en el ejercicio de la devastación el cuerpo y la mente (el alma, si se prefiere) disfrute y se sienta viva en extremo. Todo lo que en la novela de Coetzee es dureza léxica, intransigencia con los devaneos líricos, se continúa en la pantalla. Desgracia cuenta cosas importantes.
Mi amigo K. sostiene que las cuenta aburridamente: que es mejor involucrarse en el texto y no confiar los significados de las cosas a la menos concentrada exposición audiovisual. No estoy de acuerdo. Jacobs, al que hay que seguir la pista en adelante, recrea con formidable precisión (con devoción casi) el universo del libro. Malkovich está perfecto. No sabemos cómo ser John Malkovich, pero nos conformamos con verlo en pantalla. No hay gesto imperfecto, no hay impostura: vemos a Lurie en la piel de Malkovich, vemos cómo su impiedad se degrada a un estado casi infantil de las cosas, en cómo su inteligencia (ama a Byron, enseña Literatura, viste como un dandy y maneja las relaciones sociales como un carnicero maneja el trato con las bestias) va adaptándose al medio y en esa adaptación sale ganando el ser humano, uno que probablemente andaba agazapado, observando la realidad, recelando de ella, sintiendo que la hostilidad y el abuso son más hermosas que la docilidad y la pureza. Es eso: Lurie gana en pureza. Tal vez Coetzee nos esté contando que la única vía por la que el hombre puede ser amigo del hombre es la sencilla búsqueda de la pureza. No una pureza mística, que implique la separación de aquello que no se adecúa a su textura, a su dogma, sino una pureza natural, sentida, abierta. Pero K. se aburrió y salió del cine irritado, hastiado, convencido de que los libros buenos, los que manejan ideales nobles y se escriben con el corazón y también con la inteligencia, igual no deben traspasarse a la pantalla. No estoy de acuerdo. Viendo Desgracia pensé en la lectura que hice de libro hace no demasiado tiempo: el Lurie al que quieren retirar de la vida universitaria se ve en pantalla, se ve con absoluto desparpajo. Pocos personajes leídos han tenido después una imagen tan absolutamente hipnótica, tan verosímil y cercana al modelo narrado.
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21.12.09
La buena vida II
casa de zozobra
casa de sabotajes diminutos
dios aposta su báculo
en mi frente
me libera de quebrantos
me conduce al júbilo sencillo de encontrarme
permita entonces el buen dios que yo merezca
esta noche
cama
buen libro
música
- jazz a preferir, algo de swing si no es pedir en demasía -
en fin
moza concupiscible
algo interesada en tertulias
jaquetona y lúbrica sin caer en lo burdo
a la que convencer
sobre lo inofensivo de mis garras
( Algunos versos son de ahora; el poema de hacia finales de 1.990, Plaza de los Caballos, Priego de Córdoba)
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Warholized

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20.12.09
Avatar: ¿... entonces era una historia de amor?
En muy resumidas cuentas, Avatar es una metáfora sobre el poder y sobre cómo el poder, incluso el más devastador, no es capaz de someter al amor. Ya lo dijo Hilario Camacho: el peso del mundo es amor. El de este blockbuster es cabalmente moderno: la teoría de la alianza de las civilizaciones empastada con los poemas de Walt Whitman o, si el lector prefiere, el antiguo conflicto entre el verso y la lanza que movió a Jorge Manrique y construyó nuestros propio sedimento literario. Todo eso puesto en danza con la tecnología fílmica más apabullante. Cameron, todos esos años después, sigue siendo un maestro de la ciencia-ficción. Se le puede negar que no haya aprovechado el talento técnico con un más concentrado esfuerzo narrativo, pero aquí importa el envoltorio más que lo envuelto, se ve más talento y más voluntad de crear arte en la delirante escenografía que en la trama oculta tras el azul que lo envuelve todo. No hizo falta la versión en 3D: renuncie a ella teniéndola en la sala contigua. Preferí la carnalidad del cine sin ese extra al que no dudo que los muy voluntariosos aficionados a las novedades ópticas encontrarán deleitoso y adictivo.
Lo que Cameron hace con su guión (elemental, precario, sencillo como un verso de David Bisbal) es arremeter contra las naciones poderosas y abrir al mundo la verdad de la dignidad de las que no exhiben ni poseen poder alguno. El pobre, el aniquilable, el reducible a polvo con una firma en un tratado o un dedo pulsando un botón, es el invadido. Parece que el director hubiese querido contar las razones de la bestia. Antes siempre estuvo en el lado humano y vimos como los aliens se merendaban a la tropa de la teniente Ripley en varias fogosas y fantásticas entregas. En esta vuelta de tuerca hemos avanzado un peldaño en la narración de la guerra infinita que el hombre libra con sus fantasmas y hemos alcanzado el territorio de lo minúsculo, de los árboles que hablan y de los moradores de un bosque vivo al modo en que vive la idea en la cabeza del hombre o la metáfora en la limpia imaginación de un niño. Pero quien quiera lujo visual, desentiéndase de este embrollo en el que me he metido y déjese sencillamente atravesar por las imágenes. Las hay a espuertas y casi todas fascinan. Es posible que algunas estén huecas. No pienso llevar la contraria a quien considere Avatar como un timo monumental, caro y estupendamente vendido. Se trata de que el cuerpo te pille en un punto o en otro del segmento espiritual. El mío, mi segmento, estaba abierto y casi me enlazo con las criaturas del mismo modo en que ellas, en la película, se vinculan orgánicamente con la naturaleza, con las bestias que la pueblan, con los olores y con el color del viento. En un orden infinitamente menos trágico y más desafectado de violencia, podríamos asegurar que el propio Walt Disney habría comprado este guión sencillo, sí, pero útil para montar la maquinaria audiovisual, el fastuoso engranaje de colores, texturas, capas y paisajes que el ojo ve y cree, pero que la razón (invadida por la fantasía) no comparte. Igual se trata de eso: de querer ver Avatar con un ojo rígido.
La historia de amor del marine paralítico y la alienígena azul vence (al final) a la estrella de cinco puntas nucleares que el Estado (o el Poder o la Razón o el Dinero) usa para conseguir sus fines, a los que Cameron da una importancia menudita, como de mcguffin irrelevante. El más que extenso metraje se consume más rápido de lo que el crítico poco cómplice querría. De todas formas no acabo de entender que se airee la mentira de que aquí empieza una nueva forma de entender el cine. Incluso habiendo pasado un buen rato (sin exagerar, no crean) salí lampando por compensar el abuso new-age, el volcánico chute de efectos especiales, con alguna golosina en DVD escondido en mis estanterías. Renoir, Capra, Ford, Truffaut. Incluso una buene sesión de John Carpenter, al que estoy ahora echando muchísimo de menos. Les juro que por la noche me acomodé en mi sofá favorito y disfruté durante dos horas de El apartamento. Wilder puro. No había un solo efecto especial y la emoción me erizó una vez más la nuca, pero me dormí pensando en Pandora, en que no es mala esta fórmula palomitera de ganar adeptos entre la chiquellería ávida de emociones fuertes. Entran a ver Avatar en 2.009 y dentro de diez años desean ver Blade Runner en bluray. Yo me quedo con C.C. Baxter, pero no puede uno (o sí, no sé) estar toda la vida amando las mismas viejas canciones. ¿Puede, Álex? Es que al rever El apartamento (cuántas veces) me imaginé si a ti te pasaría lo mismo después de ver Avatar. Estoy con que sí.
addenda: no dejé de ver portadas de discos de Yes durante las dos horas largas de película. ¿Alguien las vio también?
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19.12.09
17.12.09
Haidar

Ignoro si una huelga de hambre es un indicio de la grandeza del ser humano. Sé que ese sucidio lento y programado alerta más que casi ninguna otra medida sobre la angustia y la impotencia de quien la ejerce. Sé también, en mis cortas miras en estos asuntos tan graves, de la convocatoria que posee una huelga de hambre: de cómo copa teletipos, aguza el ingenio de los tertulianos de la radio, roba minutos al ligamento de Pepe o a los trofeos del Barcelona y retrasa el bienestar de la sobremesa del público que, arrebujadito en el sillón de orejas, observa las noticias. Las noticias se ven con distancia, no vaya a ser que afecten en exceso. Luego, después de la exposición, regresa uno a su confort burgués o medioburgués o algoburgués. Eso pasa con las guerras, con las pandemias víricas y con las huelgas de hambre, que son instrumento para comprobar si todavía somos capaces de consternarnos o de conmovernos.
Entiendo que la jerifaltía eclesiástica esté abrumada por estos comportamientos paganos. Censuran que el suicida haga de su voluntad un dogma. El de ellos lo escribieron hace mucho tiempo y en estos tiempos no está en disposición de guiar ni de proclamar la bondad que propone. Esta trama sórdida o luminosa, según cuándo, que es la vida tiene un guión demasiado frágil como para entorpecer más todavía su travesía y su gozo. Por eso, más que por nada, descreo de la fe; por eso, pienso ahora, veo más negocio que espíritu y me indigna que se venda la salvación del alma y no se atienda en idéntico medida, con el mismo voluntariado de adeptos, su camino entre los vivos.
No entraré, por falta de tiempo, habrá días, o por agotamiento informativo, en la triste historia de Aminatou Haidar. Razono que ninguna tierra vale más que los pies que la pisan. O valen lo suficiente, qué corto de entendederas ando, como para que legiones de mártiires se pierdan en ella. Todo es fragmentario, provisional. Incluso el suelo, la patria, como se llama ese hosco, primitivo y problemático invento, tal vez no merezcan un precio tan alto. Otros lo pagaron con gusto y no faltará quien se arrime a esa causa en el cercano o lejano futuro. Haidar está en perfecta armonía con su alma. Ése es su derecho, inquebrantable derecho. Aunque termina sacrificándola. Aminatou renuncia a sí misma, a los suyos, en la admirable idea de que su brecha en el muro de la política podrá ser un faro, un símbolo. Una huelga de hambre deja un cadáver, un mártir, un exvoto, un nombre en la Historia, y también una brecha, un punto de acceso para que otros ganen en la batalla que algunos perdieron.
16.12.09
Moby Dick como fantasma

Moby Dick es un monumento teológico de primer orden, es una novela de aventuras y es un prodigio narrativo construido para redimir la conciencia de un hombre sometido a las pulsiones de muchos odios y al miedo a no merecer, por mor de esa inquina, el paraíso. Moby Dick es la respuesta a todos los salmos de la Bíblia y es también una exégesis del héroe que busca en la gran ballena blanca la redención de su causa, que es ( en el fondo ) la de un ser humano asustado, cobarde, amendrantado por las hordas del mal y consciente de su ineficacia para combatirlas.
Que la ballena (el Maligno) sea blanca es una de las más pertubadoras evidencias de la naturaleza multivalente del argumento: el hombre a la caza del Diablo, el hombre sustituyendo la cruz por un arpón y navegando, como un alucinado, los mares del Señor para destripar sus pecados y ofrecerlos en íntimo sacrificio. ¿Novela teológica cosida a un argumento de éxito entre adolescentes? Pues claro, he aquí el misterio supremo: que las vestiduras casi nunca informan sobre la carne que tapan y todos (según acudan) vayan siendo cumplidamente abastecidos de milagros. De eso, al final, se trata. El capitán Ahab acude a la trama como un loco erudito, una especie de talibán de los mares y termina comido de venganza, perdiendo la mesura.
Moby Dick, releído anoche a trozos, a dentelladas líricas que diría mi amigo K., fascina por su condición de entretenimiento adolescente, pero el desprevenido lector novicio, el que acude a la historia sin la contaminación enciclopédica, sin los lugares previsibles a los que le empuja el cine o las versiones en cómic o las adaptaciones hechas para el consumo y aprovechamiento escolar, se encuentra otra cosa. No es únicamente el odio de Ahab hacia la bestia que le mordió la pierna. Ahab reencarna el odio ciego, la naturaleza iracunda del ser humano, su terquedad en el mal, la tragedia como el único argumento posible. Incluso la tragedia por encima de la vida misma. Ismael, el narrador, en cambio, simboliza la ecuanimidad, el registro atropellado (sí) pero fiel de las causas y de los azares. Da, además, una clase magistral de zoología embutida en un divertimento épico, en un artefacto literario capaz de conducirnos (sin que sintamos la responsabilidad del contenido, sin aturdirnos en la densidad del trayecto) por los laberintos más sórdidos del alma humana. Como si fuese literatura rusa del diecinueve. Como si Chesterton mismo, aparcando al padre Brown, sometiese a su criterio cristiano la fórmula mágica de la novela de aventuras total y nos contase, a pie de chimenea victoriana, calzado con unas pantuflas de pelo grueso y fumando una pipa colosal, que la ballena, en realidad, era un fantasma. Que todo lo que Melville nos contó en su maravillosa novela era un episodio de fantasmas. Sin castillos. Sin voces.
Ahab, el colérico, el vengativo, es un fantasma también: no es de este mundo de vivos, está muerto, pasea su cojera por la cubierta del barco y entra en las tabernas para contar su desgracia y perderse en la bruma de los otros, pero no posee vida dentro, está vacío. Le corrompe la perversión porque su búsqueda de la ballena blanca tiene algo de retorcimiento, de saqueo de la razón a favor de la barbarie más elemental y, por tanto, primitiva.
Moby Dick habla también de Dios y después de un par de lecturas (una inapropiada, adolescente, incompleta y otra ya adulta y enriquecedora) todavía me pregunto cómo es posible que una novela de aventuras (así se vende, así se conoce) cargue un contenido filosófico de tanta altura.
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Ah, y la cita (una) que principia el libro:
"España... una gran ballena encallada en las orillas de Europa"
( Edmund Burke, en algún lugar )
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11.12.09
Jazz

Los músicos de jazz, incluso los que han logrado un óptimo estado de ensamblaje sonoro, van siempre por libre: realizan piruetas melódicas que amanazan el derribo absoluto de la pieza, crean ilusiones mentales en las que uno sabe con más o menos certeza de qué lugar partió pero desconoce enteramente al lugar al que le dirigen. En algunos casos hasta podemos encontrar piezas sin nexo con la realidad: limbos, estadios intermedios entre dos diferentes grados de belleza, el dominio de la creatividad sobre la rutina.
Un disco de jazz, bien escuchado, atendiendo a todas las capas de sonidos que ofrece, puede ser inagotable. He pensando que Kind of blue es el disco más inagotable del jazz, pero confieso que me mueven motivos que no pueden ser analizados sin que el que sufraga esa opinión salga seriamente perjudicado. No soy imparcial: se me nota la devoción, el espíritu de absoluta rendición ante el tamaño descomunal de la pasión que exhibo. Al modo en que el feligrés se ofrece al dios que lo observa en la homilía, la escucha del jazz es también una comunión, una a la que la razón no puede rebajarla al lenguaje que le es propio. Euforia: eso sentí esta mañana con Johnny Griffin acoplado a mis oídos yendo hacia el trabajo, avenida abajo, conectado al mundo y al tiempo desconectado pacíficamente de él. Sintiendo que The way you look tonight llenaba el alma novicia de la mañana y me conducía, por descontado que con júbilo, a mi destino diario. Y entré feliz como hacía tiempo que no entraba, manejando algunas certidumbres, desechando otras. En la posesión íntima de un secreto. En la maquinación hermosa de otros.
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9.12.09
Buscando a Conrad

El orden es una fatiga: lo escribió Espronceda, del que únicamente recuerdo los versos de los cañones a toda vela por el pupitre de mis once años. Santiago Auserón, menor en la nómina de autores de la literatura española pero más afín a mis vicios, dijo (en una memorable canción) que el orden aprendió del caos.
Siempre me obsesionó el orden, que es una dictadura para quien lo respeta. Ese orden al que aspiro no se deja que lo manosee. No soy un amante convincente: se escapa a mi control, se obstina en contrariarme, resiste que lo gobierne. El orden procura (lo sé) confort, habilita refugios, crea una intimidad limpia a la que acudir cuando afuera el vértigo (las horas son el vértigo) nos aturde. El orden es una condena también, una especie de enfermedad cultural en estos tiempos frágiles, volubles, vacíos, contagiados de stress. Al orden no se le combate nunca: el orden es un dios severísimo que pide tributos y no consiente disidencias. Y estos días de diciembre vivo en desorden, huído, incapaz de postrarme ante su cálido afecto y dejarme dirigir por su divina certeza. Recuerdo días bajo su protectorado, días simétricos, días de una formalidad espartana, cartesiana, lúcida y enteramente previsible.
Y es en ese rango de lo previsible en donde los deseos patinan o donde los hacemos patinar. Hay algo de premeditación en el caos. Hay más alegría en la búsqueda que en la certeza. Y el azar contribuye fantásticamente a engordar este desorden mío al que ya me voy acostumbrando y del que (a lo visto) no presento síntomas de curación. Oficio y vocación: el territorio de lo sublime o de lo mediocre no dependen de ese estado de las cosas al que llamamos orden. No, al menos, en el sentido en el que ese orden legisla la creatividad, la regula, la compartimenta y vigilia. El arte o los intentos domésticos y sencillos de acercarse a él precisan otros ámbitos. Trabajo junto con inspiración, que era lo que buscaba afanosamente Lorca.
Y hoy al entrar en la habitación en donde están los libros y los discos, me pareció que un poco de orden convenía. Encontrar a Conrad a la primera, que no fue posible. Ni a la segunda. Apareció (El corazón de las tinieblas) horas después un poco por azar y un poco por trabajo. Inspiración y terquedad como quería Lorca. Y pensé en la canción de Radio Futura y en la cita de Espronceda y en la necesidad de ordenar el desvarío, acotar el desmán y hacer más llevadera la vida dentro de esta habitación en la que escribo.
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8.12.09
El poeta en la casa de los poetas

Nunca he vuelto a escribir un diario salvo que consideremos el blog como uno, y no estoy en disposición, después de casi dos mil entradas durante casi tres años, de rebatir esa opción. Siempre imaginé esa rendición de la intimidad como un ejercicio vacío. El lector es el abono de lo que uno escribe. En esa época me leían María del Mar y Auxy y Antonio y Rafa. Escribí en un periódico local en donde tenía mi pequeña tribuna semanal (Diario Córdoba) y en su suplemento cultural (Cuadernos del Sur), pero esa forma de escribir era pública. Lo de los cuadernos era algo de una intimidad asombrosa, dolorosa casi. A Antonio y a Auxy, que veía casi todos los días, les envie cientos de cartas que sé que todavía conservan. Eso podía ser también una forma de diario. De lo que se trataba era de escribir por encima de cualquier otra consideración. Escribir cada día sin falta. Como quien pasea o deposita la basura en el contenedor. Muy curioso esto de la basura que me ha salido.
Viene esta pequeña reflexión de lunes sabático porque vi el pasado sábado a las puertas de la Casa del Libro (Gran Vía, Madrid) una imagen que me sorprendió y que no me abandonó durante el resto del día. En apariencia era un mendigo, un paria urbano, uno de esos desgraciados que se acogen a la beneficencia pública y se dejan morir en las aceras, entre cartones y tetrabriks de vino barato, tullidos o enfermos, desahuciados del glorioso Estado del Bienestar, de la Alianza de las Civilizaciones y de los anuncios del Corte Inglés. Y no descarto que comparta con ese gremio de desheredados alguna tara social. Lo que lo elevaba a un más alto status, el factor relevante que hacía que le prestases una mayor atención era que escribía poemas. Tenía a su vera, en el suelo, un buen taco de folios. Se apoyaba en una cómoda superficie en donde escribía y jamás, en el rato en el que lo observé, levantó la cabeza. Ajeno al vértigo de gente que sube y baja la Gran Vía, el poeta escribía.
Creo que estuve alrededor de una hora dentro de la librería (compré Una investigación filosófica, Philip Kerr, Anagrama) y apunté mentalmente un par de libros para una próxima compra. Al salir el poeta no había modificado el gesto. Producía versos. Quizá sea ése el término: producir. Al verlo allí, pensé en un ideal noble. En la escritura como un fin épico. En la poesía como un arte de una nobleza y de una altura a prueba de los rigores del otoño frío en las grandes ciudades y de la miseria económica que se intuía a la vista de su aspecto. Te ofrecía un poema a cambio de la voluntad. Eso de la voluntad es un mecanismo semántico, una especie de eufemismo. No me acerqué a él. Cosa de las prisas después de un buen rato de manoseo de libros en las estanterías y de algunas circunstancias más que no vienen al caso. Sé que no se me olvidará esa imagen entre la lírica y la miseria, que me afectó en demasía y me hizo repensar en un colectivo del que a menudo nos desentendemos y que nos alfombra los paseos por las grandes avenidas de las grandes ciudades y evidencian la muy frágil textura de la sociedad, el precario tapiz de sus conquistas y el lamentable pozo de sus fracasos. Y la escritura, como una forma de reivindicación de una existencia. Y el amor a las letras y el amor a los demás hasta en los momentos menos propicios a que el amor prospere y dure. Lo de mi lugar en el mundo, a pesar de los años de combativa pesquisa, sigue siendo una incógnita.
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4.12.09
PreKafka
Años entonces felices de sábados con trenka,
doce canicas en el bolsillo
y cromos adhesivos con la delantera del Atleti.
Trajo más tarde la vida
la turbia evidencia de su incierto propósito.
Años de amores imposibles
y el corazón siempre tan blando.
Años mestizos de un rubor sucio en las palabras.
Los días en su turbia versión de jaula consentida.
Luego vino Kafka, tan solemne y severo,
herrumbrando pétalos en el jardín.
Kafka, como un inmenso capitán de tristeza,
invisible y puro, escribiendo el texto de todas
mis más dulces jaquecas.
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Madrid

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3.12.09
"Vivía sola salvo para un gato sin dueño...."

Una de las caras más bonitas del mundo. O al menos, una de las caras más bonitas del mundo que nos venden para distraernos. En la distracción, en la evasión pura, se vive mejor. El cine da alimento para el espíritu al modo en que lo da la religión para quien se deja. Las imágenes nos lo dan todo hecho. Basta dejarse, engolosinarse despacito, caer en la cuenta de que el ojo está alegre y de que el alma aplaude el receso y por un momento la miseria y la fealdad del mundo aplaza su vara de mando. Entonces vemos a Audrey Hepburn y esa sencilla noticia de la belleza nos transporta a un paraíso también sencillo en el que no necesitamos otra voluntad que la sensibilidad, ese don que abandonamos y al que de vez en cuando acudimos cuando nos sentimos embrutecidos en exceso. A mí la cara de Audrey Hepburn me desembrutece. Me pasa con pocas caras del star-system del cine, que no es únicamente Hollywood. Anoche pensé en la cara agreste y casi violenta de Anna Magnani. En Bette Davis. Incluso en la belleza varonil, simétrica y preocupada de Katherine Hepburn. Pero yo hoy estoy feliz con la fotografía que ilustra la entrada. La encontré esta mañana en una de esas revisiones internaúticas que no sabes dónde van a acabar. La mía terminó en ella. La guardé con mimo en un rinconcito del disco duro y allí ha estado todo ese tiempo hasta que ahora, a salvo ya del stress del día (juro que lo hubo), he ido a buscarla. Ha sido como una pequeña y discreta cita. No ha sido en París ni en Tiffany's. Blake Edwards no nos rodó el feliz encuentro ni Henry Mancini lo musicó. Hubiese querido que Chet Baker nos tocara Moon River y que la cantara Frank Sinatra, pero incluso sin toda esta maravillosa gente (Edwards, Mancini, Baker, Sinatra) yo hubiese sido feliz hasta el desmayo. Por esa cara sin error. Admito correligionarios. Me dejo convencer para adularla juntos.
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Hormigas antiguas
1
Arde, alucinada, la tarde.
Bill Evans escribe un haiku
que desciñe el aire
y acuna el eco como un himno.
2
Y todo
- el café, la música
en el cenador, el verbo pautado-
para jadear
la noche en tus caderas.
3
Por favor, sedúceme esta noche.
No vengas con los libros de Pessoa bajo el brazo.
Los libros de Pessoa en noches como ésta
dan migraña.
4
Tan cerca está el invierno
que una avería a ras de pulso
oxida
esta noche
el frío
5
Obscenos años de oleaje y grumos.
6
No preguntar, no saber, no decir.
7
La inútil fuga, y tan frívola.
8
Tensado el arco del azar,
en el metal triángulo
la ponzoña.
Cómo evitar la diana, dónde esconder
la muerte tan estricta.
9
Tiene esta noche el amor una resaca,
un hijo
atrincherado en el vómito,
una vocación de cántico,
casi un blues.
10
Antes que incendio o antes que vértigo o fuga
el alma
fue cáliz, ala abundante, júbilo inmenso,un desmayo casi.
Qué galope se oye: silbo de poeta recién casado.
12
Estar solo es intimar con la muerte.
13
Los días precisan su obediencia.
El acatamiento de su discurso.
La anuencia de su herida.
14
La noche se arquea como tigre.
La sombra escribe la épica.
15
No es posible esperar mucho de un poema.
Un vértigo, a lo sumo.
Uno diminuto, en todo caso.
Uno del tamaño de una manzana.
16
La vida arde con fingido espanto.
17
Los años, tan propensos a mermarme.
18
La derrota es la que es hermosa.
Conspira en la sombra.
Fragua conjuras.
Urde secretos.
Arde sin fuego.
Procura esa exquisita belleza
que los años acaban
convirtiendo
en estilo.
19
Una urgencia me escala
el pulso.
Lagartija
invisible de las horas,
me nublas la sangre.
20
Desde la respiración
primera,
la luz es el único testigo
fiable del tiempo.
21
Este manso decir palabras.
22
Algunos grumos del poema conducen a Dios.
23
A la razón la cercan siempre alacranes y sombras.
24
Vasta y nocturna, copula la luz con las horas.
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2.12.09
Descampados

A mayor indagación en lo lingüístico, mayor escoramiento de lo etéreo. Un teólogo es un semiótico, una especie de detective de almas. La prosa del filósofo nunca persigue la verdad sino que la bordea, la falsea y la conduce - inextricablemente - a la loa sin disimulo, a cierta novela de carácter ejemplar que pretender guiar (más que entretener o formar o instruir) a sus lectores. Un teólogo sabe de antemano las conclusiones de su estudio. La fe, en voz de Russell, era la inteligencia sobornada, o chantajeada, no tengo la cita a mano. Aquí lo que anda sobrando es gente zafia, gente ruin, gente tosca, gente malvada, gente de mala fe, toda esa gente aburrida que sale a cenar, que va a un teatro, que sube unas escaleras mecánicas y saluda. Unos saludan más y otros menos, pero ninguno deja correr la ocasión de arrimar un buenos días, caballero, buenos días, señora, la familia bien, supongo, aunque luego les da igual que la hipoteca nos ahogue o tengamos el alma hecha trizas o el cerebro comido por el desencanto. Es curioso que haya familias enormes que no puedes meter en un convite o en un álbum de fotos porque acaban de bronca, pero que caben en la estricta orografía acústica de un saludo. En el de dos. Ahí cabe la infancia, los años compartidos en el patio de la escuela. Mi amigo J.M. no tiene que preguntarme si estoy casado o soltero, si llevo una empresa de caramelos sin azúcar o rebaño limosnas entre los amigos para pagarme tres o cuatro vicios infernales. Le basta traer a la conversación el sábado aquél en el que fuimos a un descampado, hicimos una candela y quemamos unos libros del Instituto. Latínes sobre todo a cambio: cosas que ahora no creo que hiciera, lo juro, pero que ahí están, en algún compartimento de mi memoria, que es ampulosa y sabe guardar pecadillos y grandes faltas. Tendremos sesenta años (pongo por caso) y me parará el tal J.M. en la calle en busca del detalle curioso, el dato simbólico que nos unirá para siempre. El delito o la falta o el pecado con el que nuestra vidas se entrelazaron en un todo compacto inseparable sin usar la fuerza.
La vida es siempre una cosa prestada llena de descampados y libros de instituto convertidos a ceniza. La vida es una cosa oxidable, ya lo dicen los científicos. La gente ruin, la gente zafia, la gene tosca, toda esa gente escasamente educada que toma café en los bares, asiste a misa o no pisa una iglesia en su vida, lleva a sus hijos a la escuela y luego trabaja abnegadamente hasta que cae derrumbado en el sofá para ver el partido de Champions de los Miércoles en el plus tiene un corazón, un alma sensible, pero los años amputan la ilusión y ácidos terribles queman las buenas intenciones. Gente con exceso de vocabulario que gobierna países y monta conferencias de prensa para contar al mundo su idea del mundo (Schopenhauer dixit). La gente con vara de mando y un sinfónico amor propio a prueba de corrupciones, de extracciones de capital ajeno o de la prebenda infame de los trajes caros.
Ahora me tomo un café antes de poner el pie en el día. Yo soy el ruin, el mezquino, el zafio, el tosco, el invadido por todos los cánceres. Yo seré el aburrido, el amigo del júbilo a ráfagas, el amante feliz, el concurrido inventario de todas las palabras que me han enseñado y que, fatigosamente, hilvano en cuentitos, en entretenimientos de miércoles mientras afuera el mundo mata y se muere, sueña y olvida, pero nada estraga en exceso. Nada perdura. La vida puede confundirse con un único y vago avistamiento de un barco. El naúfrago contempla la lentitud sentenciosa de la quilla, que se hunde, advierte la morosa lejanía de las velas, pero no acierta a conmover el azar y la espuma quebrada engulle la esperanza. La vida es esa visión nítida del descalabro sentimental. La vida es ese milagro de ver cómo, incluso en la tragedia, podemos razonar la tragedia. Darle sintagmas, verbos copulativos, conjunciones, todo ese alambicado andamiaje lingüístico que nos hace humanos, conscientes, al abrigo de nuestros decisiones y cabalmente responsables de todos los actos que ejecutamos para alcanzar la felicidad, aunque sea en un descampado. Literatura, querido lector, literatura, al cabo. Ni eso siquiera. Palabras turbias. Palabras en vértigo. El abrazo partido de los años.
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