30.11.09

Mapas + El vacío bien ocupado

Mapas
Cree uno que no ha hecho otra cosa que escribir un mismo repetido texto. Que en cada poema, en cada verso suelto, en los cuentos y hasta en los posts de esta carcelaria página está ese texto abierto, roto, deshilachado, convertido en un puzzle monstruoso en cuyo fondo especular está un yo también abierto y roto y deshilachado. Y al modo en que uno no ve lo que le circunda por estar encima en exceso y precisa de una altura para apreciar la cartografía escondida, así estas páginas mías, los textos que manuscribo o que tecleo y luego guardo en el editor del blog o en el disco duro, son esas partes fragmentadas. Lo que ahora barrunto es si la vida no será igualmente un texto, un palimpsesto, un mural de piezas que vamos dejando aquí y allí en la travesía de los días y que alguien, desde fuera, en la altura, lee con corrección y hasta entiende.

El vacío bien ocupado
Tengo propensión a un tipo de pereza muy peculiar que es en conjunto idéntica a todos los demás tipos de pereza pero que se entretiene, en su útero interno, en su fondo primario, en inventar, en fabular con qué entretener el tiempo una vez que la pereza desaparezca y regrese la actividad. Muchas de las cosas que proyecto en esas horas de limpio cansancio luego no conducen a ningún sitio. Son ideas para escribir o lugares a los que ir o amigos a los que visitar. Todo en plan caótico. Todo rezumando fiebre. Todo, lamentablemente, abocado al fracaso. Mi amigo K., pendiente en lo que puede de lo que me pasa, me cuenta que él sufre un tipo de pereza bien distinta. Deja la mente en blanco o en gris o en un color así muy vago que despierte poco interés en quien lo vea desde fuera. Una vez que ha adquirido esa tibieza cromática se embarca en la búsqueda del vacío perfecto. No pensar. No decir. No hacer. Me jura que lo consigue nada más proponérselo. En minutos. Yo lo he intentado hoy mismo, después del almuerzo. Me he sentado en un butacón y he cerrado los ojos. Ha faltado poquísimo para caer en el sueño conciliador. La mente en blanco, en gris, pero por la vía directa. Sin retórica. Sin la mística de los libros leídos.

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29.11.09

Más circo



Mientras algunos sostengan que en el ordenamiento jurídico cabe un concepto tan ligado a un credo religioso como es el pecado, la guerra religiosa que tenemos en las calles no va a tener fin. En realidad no está tanto en las calles como en algunos medios de comunicación, que la alientan a sabiendas de que esa trifulca milenaria (creer o no creer, atizar al cura o defenderlo) da caja. Al final todo es un asunto monetario. Lo de hoy incluso: ese Barcelona-Real Madrid con la bandera de la política enarbolada en los titulares y con la ya inevitable sensación de que esto del fútbol no deja de ser un negocio. A los astros recién llegados a la disciplina merengue no les puede caber en la cabeza la noble historia de rivalidad entre los dos clubs durante casi un siglo. Les entra la plata por la boca, los anuncios en la camiseta y las portadas en los periódicos deportivos que se venden en las gasolineras y se leen en el café. Es como mezclar el pecado con el delito. La fe no se debe mezclar con las leyes. El dinero nunca con el corazón. En España la historia de nuestros conflictos proviene en muchas ocasiones de esa falta de respeto por lo ajeno. Ese olisquear en la casa del vecino buscando indicios de pecado o de sanción. Veo a diario cómo unos descalifican a otros por abrazar una opción que no sea la suya. Lo advierto con tanta frecuencia que ya no me sorprende. Hasta incluso me dejo llevar en esas conversaciones y no tengo el coraje de salirme, exhibiendo así mi disconformidad con lo que se habla. A lo que no entro, por falta de tiempo tal vez, por interés en extenderme en conflictos innecesarios, es en la batalla dialéctica total. Simplemente no me involucro. Preferiría no hacerlo, decía Melville en boca de su estimado Bartleby. Es pereza mental: la pereza que llevada a su extremo nos separa y nos conduce directamente al cuartel en donde nos escuchan nuestros iguales. Por eso hay peñas del Real Madrid y Cofradías del Espíritu Fervoroso de Jesús, asociaciones de amigos de los toros y clubs de fans de Rouco Varela. En esos atriles es donde nos enfebrecemos y donde soltamos espuma verbal por la boca. En Londres hay una plaza en la que oradores espontáneos sacan a discusión sus opiniones. En Salamanca, en la época dorada de la Universidad Pública, había un aula de Oratoria. Habiéndola perdido, no disponiendo de esa escuela en nuestros días, nos refugiamos en la descalificación. Hoy, comprando el periódico, he visto a dos amigos (supongo) insultándose de lo lindo. Todo muy naïf. Palabras fuertes pronunciadas con la inflexión de voz que las rebaja y hace que el que las escucha no se las toma en serio del todo. Los del Madrid es que sois... Los culés estáis... Eso, en otro orden de cosas, lo contemplamos luego en el Parlamento. La élite política carece de temple: no asistió a ninguna clase de Oratoria. Tampoco recibieron, en los más de los casos, instrucciones sobre cómo hablar con la oposición. Saber oír. Esperar. Hablar. Pensar. Nada comparado con la posibilidad de que Cristiano Ronaldo o Messi hoy metan un gol por la escuadra desde mitad del campo o driblen a media defensa y metan la pelota en las mallas. Eso sí que anima a un país. Me imagino mañana los titulares, las charlas en los bares, los minutos en la televisión. España paralizada. La cinética de los despreocupados. Será eso del pan y del circo. Hoy toca, por si no lo saben, sesión intensa de circo. Habrá que ir buscando dónde verlo. Circo en vena.
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28.11.09

Paranormal activity : Experimento (frustrante)



Al cine de terror le cargan siempre la responsabilidad de hurgar en las vanguardias. No sé si un género del todo menor al modo en que lo es la comedia a la hora de recibir premios, pero suele venir precedido de un entusiasmo mediático excesivo que, en ocasiones, responde a las expectativas creadas aunque suele diluírse en verborrea de marquesina lujosa, en el puro deseo de hacer lícita caja y llenar salas con adolescentes sin recorrido cultural y absortos en la travesía del miedo. Dicen los que saben, a lo que yo he leído, que el miedo es la emoción más humana. Incluso por encima del afecto o del ya más sublime y poético amor. En esas cuentas, en ese ejercicio de dar siempre al público lo que quiere, los que mandan en el cine, los que ponen el dinero, se ponen como locos cuando un novato, un rookie sin miedo al descalabro, les pone sobre la mesa un presupuesto corto, un casting anónimo y la confianza ciega en el vértigo viral de las redes sociales. El antiguo boca a boca, en estos tiempos de alfabetización digital, se llama Facebook o Tuenti o cosas así. Como Monstruoso, aunque sin su vistosa tarjeta de visita, Actividad paranormal se beneficia de una descomunal maquinaria de propaganda puesta al servicio de un endeble dispositivo literario francamente beneficiado de los nuevos lenguajes de los mass-media. Lo que ofrece Oren Peli, el orfebre de esta especie de docudrama con espasmos, es un cóctel que matrimonia con sorprendente eficacia los mecanismos del miedo ancestral cobijado en lo más profundo del corazón humano y el inevitable morbo de creernos una especie de voyeurs distinguidos con una mirilla ampulosa desde la que vemos el día a día de la pareja protagonista, omitiendo cualquier referencia física al ente que los atormenta o eludiendo excesivos golpes de efecto, borrando de cuajo truculencias, involucrándonos en un sencillo, a veces exasperante, relato. Casera hasta el desmayo, no engaña a nadie: la empatía que sentimos hacia las víctimas del terror no descansa hasta su abrupto final. El mérito, tal vez el único, es ése: despertarnos la curiosidad, chuparnos la película en absoluta entrega, preguntarnos si en verdad no haría falta un extra de mimo en los planos, un punto profesional que, vista la recaudación a nivel mundial, se ve que huelga. Y puestos a decir si la experiencia ha valido o no la pena habiendo tanto cine que ver y escaseando el tiempo como escasea, pues digamos que no. Que no merece que ninguna crítica, por estricta que sea, se cebe en ella, aunque tampoco se vea lógica alguna en los halagos oídos, en esa retahíla ya cansina de frases rimbombantes con las que engolosinan nuestro alma concupiscente (ávida de miedos, cómplice de sobresaltos) terminando por acudir a la sala y contemplar (ay) el experimento.

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27.11.09

America I


JFK en Elm Street, Elvis en Sun Records, máquinas tragaperras, el revólver de Bronco Billy, Highway 61, Nixon en televisión, la noche de la iguana, el precio del poder, suicidios brevísimos en un motel de Utah, Edward G. Robinson mirando un cuadro, Shane de vuelta al miedo, Ford Knox, el puzzle de las barras y estrellas, la ley seca, el blues del delta, los riffs pantanosos de Alvin Lee, la becaria golosa, el traje impecable de Cary Grant, los versos malditos de Jim Morrison, Edgar Allan Poe en un callejón de Boston, George Bailey en un puente en blanco y negro en navidad, la prima voluptuosa de Jerry Lee Lewis, B.B. King tocando en las cárceles, una niña pide una hamburguesa infinita, un tarado enciende una sierra mecánica, la vía láctea en la calle 42, Ginger y Fred en una melodía de Cole Porter, Bonnie y Clyde apartando cadáveres, Iwo Jima, las horas muertes en el corredor de Alcatraz, Harry el Sucio, Johnny Guitar, Cagney en la cima del mundo, Lolita bebiendo coca-cola, Woody Allen deconstruyendo la prosa enfermiza de Kierkeegard, la cabeza cortada de Jane Mansfield, John Holmes abriendo boquetes, John Ford filmando Monument Valley, Obama en Estocolmo, Bruce Springsteen corriendo, Atticus Finch de primoroso blanco como un quijote, Los Beatles bajando de un avión, los fantasmas del Mekong, los francotiradores, la calle Bourbon, Kim Novak enloqueciendo a James Stewart, un negro vendiendo el alma en un cruce de caminos, In the mood, el tío Sam recolectando valientes, Jimi Hendrix en Woodstock, un tocho de Stephen King, Humbert Humbert en moteles con su nínfula, hojas de hierba, Annabel Lee, máquinas de follar, King Kong en Nueva York, Oz, Juro que jamás volveré a pasar hambre, el camarote de los hermanos Marx, el hongo atómico, el banjo, las carreteras comarcales, la Creedence, welcome to the Hotel California, la única sesión de fotos de Robert Johnson, Las uvas de la ira, la alfombra roja del Teatro Kodak, el edificio Dakota, las gafas de pasta de Woody Allen, los restaurantes italianos en las películas de Scorsese, Jack Nicholson con un hacha en la mano, Pat Garrett y Billy the Kid, Billy Joel en el estadio de los yankees, Paul Newman comiéndose cincuenta huevos, puentes sobre aguas turbulentas, Viva Las Vegas, Frank Sinatra en Columbia grabando Stormy weather, la mafia, los indios tirándole flechas a un tren, Peter Parker, la cosa del pantano, Seinfeld, Coca-Cola, My darling Clementine, el león de la Metro, el bendito jazz, Steve McQueen, Popeye, Sunset Boulevard, Give peace a chance...

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26.11.09

bonus track en alphaville

milton en alphaville el poeta todavía esnifa adjetivos hilos de ternura a ras de sístole toda la alegre construcción de la felicidad durante años entregados a la escritura largos cabellos el sótano está encendido suena bossa nova filtrada imagino la madre misma del poeta cincuenta años largos enferma de tedio no sabe leer no puede leer los prodigios de las letras la causa la desconocemos el tiempo es un jesucristo con sordina el tiempo es un jesucristo con sordina necesito un demiurgo un crack en mística un hombre con una corbata beige con una corbata gris todas las corbatas estropean la alegría lo hemos visto juntos oh mi amor la delicia de mirar amanecer juntos la fria inerte dulce sucumbida clave de amor en el parapeto de la cultura hemos oído la misma canción las veces suficientes la primera vez en parís la segunda en las favelas era diciembre calculado nos queríamos de forma sencilla comprábamos periódicos leíamos en las terrazar al sol tomábamos café el chico del café era sordomudo inteligente no obstante leía ladrillos decúbito el hombre lee en donde puede he visto gente leer en el metro versos del corán haikus prosa cabreada del tiempo dow jones big fun hemos liquidado el miedo lo hemos escondido en un endecasílabo la mampara es el jazz nos escondemos detrás mujer tu cuerpo es un desagüe en donde me voy arranca el tour de amor la ipé de mi corazón es volandera la ipé de mi corazón la saco a pasear tiene el paseo luna y el perrito de chejov nos mira en un relato tradicional ruso todo lo ruso es agradable al oído el idioma es de una sonancia que no te revienta el pecho no me leas a nietzsche en vernáculo no me digas que miras el abismo y el abismo te mira a ti porque no tengo tiempo esta noche el exiliado el extravagante el asunto principal la historia de la vida el leiv motiv los fab four en la pared baudelaire en la pared la chica asiática muy preñada con pezones como dedales de costurera tuerta me gusta el junk mail porque leo ahí la novela de la existencia no tengo un tren de vida de algodón sin delincuentes la ciudad era nocturno gas pubs pizza a las cinco de la mañana resaca margarita hombre no tengas cuidado me dejas en la puerta que yo subo solo me pongo un charlie parker me pongo un stan getz amor con la posibilidad de arrumbarlo después en un epílogo decimonónico esta noche europa paris londres madrid el personaje perfecto en la ciudad ideal pegamos tropezones hasta navidad en la tesis más fiable la república de las palabras no representa un peligro salvo que seas un subversivo un tipo de esos de la derecha carpetovetónica no me vengas con panfletos me dan migraña los panfletos se quita solo el temor a que la cultura nos termine induciendo al suicidio tío sam está ahí afuera me duele el alma la bestia políglota avanza por las calles recorre avenidas no tengas miedo me has entendido no vayas a demostrar que el miedo te ha cogido bien el miedo es una aventura lírica la soledad es un agujero enorme la pereza es un concierto de keith jarrett en osaka visto esta noche samsung cuarenta pulgadas europa acoge un puñado exquisito de poetas del jazz no crean no viene bill evans el genio se quedó en sus toxinas el timonel escora dulcemente la memoria tengo ancho un párpado me adormece la tarde olvídate de la derrota la grúa pasta tu voz extrae la palabra el oído glauco el estremecido punto en el que la voz suministra su inventario de cautelas importa el alma comparo mi dicho con un eco me miento me invento un mundo se ofrecen dioses para tutelar mi ingreso en un cielo cinemascope en vísperas el lance nunca sucede el pensamiento dilata el trance el cuerpo de la cortesana livia dulce acaba de cumplir cincuenta ya no acuden amantes indagas averiguas que el amor subsiste todo coronado agua herrumbrada en todo caso polen eco rizo del bello pubis ya en declive como en una película de gloria swanson fuera morir entonces hermoso únicamente hermoso es sólo es plumaje el pájaro toma altura perdura esto el pájaro perdura el desencanto trenzado el menos doloroso si anidan pájaros en el pecho dulce quebranto tus dedos naves mi amor te amo qué hermoso es ver desfilar la tropa arengan en una tribuna los viejos caciques las estrellas al aire el júbilo la patria los dioses propicios la cosecha de muertos con la voz cedida con la voz hundida con la voz destrozada por el peso del verbo cainita el verbo púgil el verbo ampuloso en donde existe un paraíso lo mismo que kavafis cabafis kavaphis cavaphis pide que el camino sea largo alguien jadea un pétalo junio esconde savia trinos que confunden alta advocación del santo loor compartir la gloria el dulcísimo eco donado en la noche cómplice en esencia el astronauta aunque zurdo evita el trato campechano no está hecho para eso es de otras miras concretas volúmenes que modulan el silencio zubin el peso de la orquesta flaquea así hablo zaratustra así hubo un afán y después del afán hubo una panorámica del afán el galán el tiroteo esto es cine los arquetipos estipulan conductas una literatura escribo porque tengo los dedos limpios verosímil orquesta radio skanton la pluma el tiempo es un sinfín de silbos próximos oh nido contribuye el músculo a adecentar el alma la mano del azote divino el onanismo convertido en arte como quería de quincey con el asesinato como premisa válida como baluarte se desvanece el barco en la distancia se pierde pues en la distancia todo se deja manejar mejor por la fábula en fuga todos los niños de londres aman a peter pan todos los niños de londres aman a peter pan el formidable en balde se diga moneda salud amor te escribo precipitadamente este galope enfurecido este galope sucede como lluvia este galope finalmente desemboca en poema en viena urdida por los nazis unas frases que arden un viento que asiste al actor en su papel principal súbitamente héroe ardor más bien el material disperso es la memoria el hilo el punctum el verso armónico despojado de retórica en la geometría participan los amateurs en la memoria flipa un payaso el rito sin usura por favor sedúceme esta noche si puedes ven sedúceme esta noche esta noche calma sobre todo esta soledad de amantes no vengas con los libros de kafka bajo el brazo dan migraña ya lo escribí con tal de perderme por todos mis sentidos la voz se astilla la verdad es que muero veladamente por mis poros abiertos rechaza la batalla el fondo sin astros el cuerdo contra el boxeador sonado el verso final todo así la decadencia latina del amante apresado en el rockefeller center mientras afuera la banda toca gypsy woman varias veces black magic woman varias veces stairway to the stars varias veces summertime varias veces en la tempestad brinca dios muda el inverno su vocación de pestillo eso es lo que ocurre señor gómez la voz se astilla funda el amor trozos de amor repartidos por los trozos antiguos como salmo se invoca se venera se salva el que reza el apestado es el ateo el descreído ay me he perdido en los mítines del alma en contra de sí misma tiendes la mano la mano buena la malo de la mano mala es que tiene vicios de mano libre y entonces escribe a su antojo key obituario escena manzana perdida en el cesto de una vírgen de teruel recién traída a casa por un lejano primo entendido en macroeconomía el mercado la crisis el topo el animal oscuro el animal oculto el bestiario de intenciones que no acaban de imponer un orden el caos es el orden que se cansó de repetir un verso en bourbon street contra la voluntad de un elegido algún precio ha de pagarse aunque sea por vivir tan a lo precario toda esta iluminación este irse en cada gesto en cada sílaba desde el musgo hasta la rosa la de milton vibrar en el sueño morir hay que ir muriendo el beso último el astro numen la nave como un rito se zafa del oleaje nadie oye la proa cascada el alma rota dios sin aviso sólo el timonel siente un ardor un peso el naufragio inminente soledad entonces tan lírica

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Esta bicicleta vietnamita...


este suicidio brevísimo que exige apurar los días y fatigar las noches
este simulacro galante de palabras que se abren y palabras que se cierran
esta orfandad atroz que mira desde el fondo del vaso
esta memoria alerta que se deja incendiar y me incendia
este hermoso escándalo de lagartijas trepando al sueño
esta inacabada obra de lágrimas sorprendidas en un rapto
este goce más hondo que no sabemos nombrar nunca
esta quietud crédula que conforme a sí misma se engalana y sacrifica
este desnudo sin sombra de cuarenta años precipitándose en un verso
esta pequeña evidencia de tragedia que anuncia mi carne cada vez que el deseo la codicia
esta savia dulcísima de adolescencia sin desmayo
este rumor que se agazapa en las sílabas del tiempo
esta voluntad de huésped incómodo que pide prorrogar la estancia
este ghetto digital que no se sacia jamás
este ala que festeja vuelo
este blues con sudor en el verbo
este lento derribar pétalos
esta ausencia que acato sin más y me aturde
esta ebriedad absoluta de temblor ardiendo en el sexo
este esplendor súbitamente abismado en mis recuerdos
esta blonda de luz que vibra en el pecho
esta infancia sin enigmas que todavía canta y me escucha
este misterio más dentro
esta levedad caída desde muy arriba que ha hecho un roto en el folio
esta quieta celebración de la lujuria frente a un cuerpo al que sembrar de tedio
esta alquimia perfecta de espejos que embriagan la luz y la convierten en días
este dios en desorden
este imposible reloj que me mide
este vals con acuse de recibo que en el aire va resbalando como un hijo muerto
este mapa de sombras
este ardor con el que cierro un miércoles
este cómputo infame de abrazos partidos
esta gracia voluble
este armazón de mentiras
este anuncio de cierre
esta bicicleta vietnamita que me escolta al sueño
esta vigilia teológica
esta dulce penumbra sin dios
este espejo de los sueños esclavo
este lupanar de sombras
este parlamento de tarados
esta agujero sin motivo
este pie en el cuello que me nombra
esta gracia sublime de mentirnos
este azul de arriba como un endecasílabo
este pecho mío que me explota

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25.11.09

El emperador de los afectos polares


Consiste la crónica de la rutina diaria en incursiones en lo insólito que condimentan la vida y la sacan del tedio, que en estos tiempos de zozobras morales, relativismos papales y empujones laborales (ayer, ay qué horror, vi un desagradable y poco educativo episodio de este tipo) ya es bastante. Dios siempre está ahí para demostrarnos que bien pudiera no estar. La novela desmembrada del día a día tiene aquí su prontuario de maravillas, su fabuloso vademécum de prodigios a modo de placebos, útiles siempre para despejar la mente y pensar, hacia adentro, que no todo está perdido todavía.
Vamos a hablar ahora de los pingüinos gay, por ejemplo. Hoy los citaron en la radio, pero la noticia no es nueva. Estos animalitos tan Disney, tan cómplices de la ternura ajena, no salen del armario: salen del frigorífico. El chiste no es mío, claro. Luego está Rock Hudson, ese maromo de planta impecable, como de dandy rústico y escasamente cultivado en alejandrinos y pintura del siglo XVII, que tuvo engañados a nuestros padres durante varios decenios para, al final, destaparse bujarrón, lo cual no es bueno ni malo, pero debió pasarlas putas el hombre con ese ramillete de damiselas escotadas y concupiscentes que Douglas Sirk (sobre todo) le ponía en los melodramas de la época para revolcones sentimentales, mayormente.
Y cada uno se monta la cosa amatoria a su aire. Algún arcano diseño genético proveyó para cada especie su corralito y no consintió que criaturas distintas se abrazaran en jubilosa coyunda, pero he aquí que el rebaño tiene individuos de sentimentalidad díscola, aunque ellos contemplen la ajena como la verdaderamente extraña. La inconmovible unidad familiar, alimentada durante siglos por poetas, cronistas de juegos florales y boticarios de iglesia en domingo, ha caído en sospechoso picado y no parece, a la luz de las nuevas políticas de Estado, que la cosa vaya a remontar airoso vuelo. Ya lo dijo anoche un comiquito televisivo de éxito: Yo no estoy en contra del matrimonio gay, yo estoy en contra del matrimonio. Que para hacerse la puñeta - añadió- qué más da el sexo de los contrincantes.
Y ahora si me disculpan, cierro el blog, me coloco la chaqueta, me abrigo un poco (el tiempo va dando ya síntomas de que es ortodoxo y no contraviene su rutina milenaria de frío en noviembre) y tiro al trabajo, que habrá que cumplir y hacer el oficio al que ha dedicado uno sus desvelos y preocupaciones a mayor gloria de la sociedad y de esa cosa que dicen que se llama amor propio. El mío (hoy, inexplicablemente) está por las nubes. No creo que dure dos calles. En cuanto me dé cuenta, entro en el editor del blog y borro esta entrada. Que ustedes almuercen bien.

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24.11.09

Primera plana: Dejad paso al guionista...





En cierto modo, Primera plana, muy precariamente resumido, es una película de Billy Wilder, y en ella se dan cita, también muy esquemáticamente planteadas, los leivmotivs del autor, sus particulares intereses en el cine, su manera de ver la vida. Así que Primera plana contiene sentencias formidables, ironía, sarcasmo, mala leche de la buena (no burda, no cazurra), diálogos vertiginosos, personajes con una hondura dramática y una bis cómica a prueba de espectadores adormilados.
El cine de Wilder es cine de palabras, cine de autor enamorado del diálogo como baza absoluta para enganchar a quien deja que le roben dos horas de su atención para asistir a una historia que le sucede a otras personas. ¿Qué es el cine, sino esto? ¿2012 es cine? ¿Luna nueva es cine, este tipo de cine?
Las palabras de Wilder las pronuncias psiquiatras tarados, sheriffs corruptos, periodistas gacetilleros de pacotilla, alcaldes patrocinados por una marca de salchichas y pobres de espíritu que no soportan la injusticia más o menos irremediable de este mundo, pero también las palabras de Wilder son pronunciadas por putas (oficio que nunca sale mal parado en las película del maestro austríaco), profesionales del periodismo como la copa de un sequoia, oficinistas con un corazón catedralicio y pobres de espíritu que van apartando la mierda de la vida y sacan el morro para encontrar, en el aire viciado por el hedor, un punto de honestidad, de aromas y de belleza.
A diferencia de la película de Howard Hawks que da pie a ésta (Luna nueva, 1940, no confudir con la simple cinta de vampiros dulces), Primera plana vive en libertad, se escribe en libertad y se filma sin el corsé homicida de los filtros de la censura de la época. Wilder enfatiza proverbialmente las corruptelas del poder. Hawks hace un film más dinámica: Wilder, en los setenta, cuarenta años más tarde, firma una obra más finamente irónica, con un calado de comedia más virulento porque el humor de Wilder hace daño cuando se escucha concentrado. Es un humor caústico: un humor ácido y corrosivo.
Como quiera que Wilder fue periodista en sus años mozos en Viena, sabe de qué va la cosa y Primera plana, al hilo de esta suerte de acontecimiento vivido, se convierte en un monumento formidable a la libertad de expresión, a la nobleza del arte del periodismo y a su dignidad como oficio indispensable en los últimos ( al menos ) dos siglos, sin contar el que corre.El propio argumento es una sátira minuciosa, metódica en su simplicidad, pero contundente en la extensión de campo que alcanza.
Walter Burns (Walter Matthau) es el director de un periódico de tirada doble y plantilla abundante, pero escasa en talento porque, a lo visto, tendrá que recurrir a su periodista estrella Hildy Johnson (Jack Lemmon) para cubrir el ajusticiamiento de un asesino en el presidio local. Todo se lía cuando Johnson anuncia, teatralmente, con una jocosidad inteligente y manifiestamente contemporánea, que abandona el trabajo por casarse con una concertista de Filadelfia y ganarse la vida como publicista. Despotrica contra el periodismo, conviene que la prensa sólo da lectura para un rato y que el periódico termina como envoltorio de unas raspas de arenque en un cubo de basura. Walter Burns trata, por todos los medios posibles, arteros casi todos, recuperar a su hombre para la noticia, devolverlo al oficio, evitar que se case, mayormente.
Hasta aquí advertimos el guión convencional, la parte comercial, avenible a las convenciones y a los gags habituales, pero debajo, a ras de metáfora, late ( poderoso, sublime ) el desparpajo con el que Wilder retrata la función del periodista como notario de la realidad, así también muy manidamente expresado. Gran parte de lo que vemos únicamente acaece en el departamento de prensa del presidio. Desde su ventana, luego rota, se ve el cadalso. Los periodistas que allí beben, juegan a las cartas y hablan de frivolidades y de correrías antiguas no tienen escrúpulos, no tienen honestidad, no tienen dificultad en modificar la realidad a su gusto y a mayor gloria del titular pomposo y grandilocuente: vendedor. El alcalde y el sheriff son ninguneados y son una baza enorme en el guión de Diamond y el propio Wilder, sobre una obra de teatro pequeña de Hetch. Los dos son degradados, convertidos en escoria que capea ( como puede ) al poderoso gremio de la prensa ( de la seria, que la hay ) para que no aireen sus veleidades, sus pecados jurídicamente punibles. Luego está el Eggelhoffer, el psiquiatra que entrevista al reo Williams: uno de los mejores secundarios de Wilder, sin margen de duda.
Rico en su perfil caricaturizado, reducido a hiperbólico remedo de Freud, al que también Wilder ridiculiza. Se cuenta que el propio Freud conoció al Wilder periodista en su Viena natal y que no tuvieron, que digamos, buena sintonía."La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad", reza el slogan del Examiner, el periódico de marras. Cine y nada más que cine, añado yo.
Dios, en voz de Trueba, fue asesinado por el cine moderno, el cine menos semántico, el cine comido por la fiebre de la tecnología.En el cielo en el que no creo estará tomando notas sobre las turbiedades de los ángeles.
Malos tiempos para la lírica, cantaban en los gloriosos ochenta Golpes Bajos.
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23.11.09

El último tango en París: La mantequilla nihilista



Lo que le ha pasado a El último tango en París no tiene parangón razonable en cualquier otra película de cine de calidad: han prevalecido algunas imágenes en nuestra memoria colectiva y se han borrado el resto. Ha quedado el ascensor donde los amantes se ponen de un lúbrico vitaminado. Ha quedado el pubis muy negro e hirsuto de Jeanne (María Schneider), su cuerpo menudo, sus piernas cortas, su cara de niña y sus tetas grandes. Ha quedado la humillación de la mantequilla. Ha quedado el apartamento soleado, su soledad sudada y su vacío descarnado. Lo que se ha perdido es una simbología, el espíritu de la utopía, su literatura. Se ha perdido el trasfondo de sus personajes: la locura de su existencia, la belleza triste de las historias que, al hilo del encuentro de los amantes, van componiendo el retrato de un mundo en decadencia, ridiculizado por Bertolucci en la figura del director amateur, el cineasta pedante-novio de Jeanne, que representa aquello que el propio Bertolucci odiaba: el cine baboso, pedante y realista de la época. ¿Alguien ha pensado en Goddard? El compromiso político de Bernardo Bertolucci se viste del eco del Mayo francés, de sus revueltas estudiantiles, de la inocencia culta y solidaria de sus jóvenes liberados. Eran tiempos en los que la cultura era manejada, quizá por primera vez en el siglo XX, como arma y las palabras eran arrojadas como balas. Lo que hace Paul ( un alucinante Marlon Brando ) es hablar: su tormento interior es verbalizado, comunicado sin pudor a la niña-amante que ha encontrado y que comparte con él la soledad, el anonimato, como si fuesen fantasmas.El último tango en París es cine auténtico, aunque no sé exactamente qué quiere decir esto: quizá sea auténtico porque no ofrece respuestas sino que abre interrogantes. Así es la vida, de cualquier forma. Paul es un atormentado, un ser destrozado ( ha enviudado; su esposa se ha suicidado, y no quiere construir un mundo nuevo ) y un alma en pena continua, que no necesita redimirse, pero que lampa por encontrar a alguien con quien dejarse morir, a quien confiar su letanía más íntima. Alguien que grita: "puto Dios". Y entonces es cuando aparece el sexo y es en su gramática de sudor y de silencios en donde Paul y Jeanne consiguen una comunicación plena. Eros y Tanatos, la vida y la muerte bordadas en el sexo, como decía Serrat en la copla de su Curro el Palmo, la eterna historia del bien y del mal, de la luz y de su reverso, no necesaramente tenebroso: esto es lo que se esconde debajo de la ropa de los amantes, en el suelo del apartamento parisino, con luz del sol invadiendo la pantalla.Asombra que los años no hayan restado un ápice de contundencia a este film: se ha sobrepuesto a su mensaje, aunque tiene todas las papaletas para perderse porque es, muy fundamentalmente, un film preciso de una época precisa y se entiende que los espectadores que lo vieron en su estreno alojaran un asombro mayor, una reverencia más profunda, un amor más visceral por la expereincia que supone su visionado.




"Puto Dios", dice Paul debajo de un puente mientras un tren pasa. Paul no quiere saber nada del pasado de su amante casual. No hay nombres. No hay historia. Hay epidermis. Hay un revolcón que ha dado suficientes quebraderos de cabeza a los reprimidos y a la censura imperante como para tener este film como cabecera del pecado, con la imagen voluptuosa de Jeanne en la bañera, enjabonado por el hierático Paul, quemada por una tarde invernal tristísima y hermosa. No escandaliza como entonces, gracias a ese Dios de debajo del puente que Paul insultaba, pero deja un poso de angustia, de escozor en el alma, que es donde más escuecen todas las cosas.Palabras mayores de filósofos de mesa camilla como nihilismo o existencialismo para una sencilla remembranza de una película de erotismo dramático o de drama erótico, pero el sexo es el vehículo para que estos personajes toquen el cielo o toquen fondo y acaban en la gloria o en el infierno. Importa poco. París, no obstante, teniendo muchas películas, tiene a ésta como una bandera firme de su aureola de romantiscismo decadente. Capítulo necesariamente aparte es el arco de influencia social que la película produjo en su época: yo todavía sigo fascinado por el patetismo garrulo y provinciano de aquellos españolitos en perpetua erección (Franco había echado inhibidores de la líbido en los pantanos que iba inaugurando) que iban al sur de Francia para ver un coño y unas tetas, con perdón por el rebaje semántico, por demás, utilísimo. Y encima hablaban en francés.
Éstos de ahora son tiempos distintos y otros son los patetismos, provincianos o no, que nos pueblan, pero aquél era paradigmático de una situación pollítica vergonzante, oscurantista. Parece, en todo caso, que el retraso va siendo ya souvenir de nuestra Historia y todo son en estos días de aperturismo en lo social y de bonanza moral galardones para el talente liberal de nuestro Gobierno. Hora era. Tiempo habrá en un futuro probablemente no lejano de evaluar si corrimos mucho o si en la carrera perdimos algo valioso. Luego es muy difícil echarnos atrás, reandar el camino y aguzar la vista para ver qué perdimos. Esto es una sencilla crítica de cine, un apunte sobre el pasado, no una editorial furibunda sobre el progreso y sus vicios en la editorial de un periódico con mucha tirada.





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La vida de los otros


La vida da las previsibles raciones de espanto. Da también la impresión de que se cuida en no excederse, en no permitir que todo decline y muera sin antes haber revelado la fascinación, el asombro, algún entusiasmo necesario que justifique el tránsito por los días y por las noches y anuncie, en letra bien legible, la rara joya que nos va ofreciendo para distraernos del hosco desenlace, del súbito sueño que, ominoso, estalla.

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21.11.09

Ondean banderas piratas...

El mundo que estamos construyendo está gobernado por piratas de Somalia, está timoneado por funcionarios corruptos, está sermoneado por clérigos insensatos y se dirige, salvo que el ruido del apocalipsis nos despierte, al abismo de Helm, al agujero negro de los cuentos sin héroes, al silencio perfecto en el que la inteligencia hizo sus últimos alardes de estilo. Los alegres filibusteros de los mares índicos no difieren en exceso de algunos filibusteros de aquí. Ve uno quizá algún rasgo diferenciador en el dominio del lenguaje y en la exuberancia de gestos de unos y de otros. Mientras el corsario de allí se basta con acometer el abordaje por las bravas, a golpe de kalashnikov, el de aquí exhibe un muestrario amplio de registros semánticos. El pirata moderno, el estudiado, es a lo visto aficionado a las letras, culto con apreciaciones, razonablemente ducho en oratoria y de una formidable capacidad para sobrevivir entre gabinetes de crisis, discos duros reventones de querellas y una manada de parias a las puertas de sus despachos, pidiendo pan. Circo ya tienen. En estos tiempos el circo no da la talla de antes. El circo es ahora el mundo entero. Cuentan que hay más imputables en el PSOE que en el PP, pese a la rutina mediática y al Gürtel y a la guerra popular en Madrid.
Abrimos la televisión y asistimos al espectáculo espeluznante de la desdicha humana. Nada hay bueno. Lo malo vende. Lo sabía Shakespeare. Lo saben ahora los raperos de la Gran Suburbia. A la carpa le hemos construido ya tantas trampas que ni los propios montadores pueden evitar caer en ellas. Ahora que ya teníamos el concepto de pirata bien reformulado, ajustado a los deseos de la SGAE, salen estos arribistas del cuerno de África y nos marean el diccionario. La política es una ciencia inexacta. La escribe gente falible. La ejecutan funcionarios temerosos de que los votos vuelen a casa del vecino. Nos hemos envilecido con esto de traer a casa a los pescadores presos. No es que el Gobierno haya caido bajo ni que haya actuado rastreramente. No entro en lo que no alcanzo a entender del todo. Sí que asisto a una función barata de pasables actores. Ni siquiera encandilan con sus puyas, con sus mandobles semánticos. Aburren, aturden, desesperan. Creo que todo se deja manejar por el recorrido informativo. Lo que se lee, lo que se oye y lo que se escribe es lo que existe. Todo lo demás no merece atención alguna.
He leído hoy que lo del rescate de los pescadores españoles ha sido más un reality que un secuestro (David Torres, El Mundo). En realidad todo es reality: todo se desprecinta para ser expuesto. Lo empaquetan en un sótano oscuro, en un sórdido lupanar de informaciones interesadas. Y de ahí al aire, al gozoso aire cómplice de la banda ancha o del prime time televisivo o de la columna en los diarios o de la palabra montada en hertzios. Eso parece. Una obra de teatro. Una del tamaño del mundo. Vamos tirando. Hoy vuelve la Liga. Eso aclara un poco las ideas. O las enturbia del todo.
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20.11.09

Alida en Viena


Fue la novia de Harry Lime alejándose del cementerio en la bruma nostálgica de la cítara de Anton Karas, pero pudo haberse dejado amar por Holly Martins. Entre la tristeza sin aristas de Martins y la navaja encendida de Lime. Por las calles de Viena. En blanco y negro. En una mañana muy lluviosa de navidad en Córdoba, vi por primera vez a Alida Valli, y también fue la última, paradójicamente. Luego he visto algunas películas en las que esta dama italiana del cine ponía su rostro enigmático, duro, hermoso como un adjetivo en la nieve (Senso, El proceso Paradine, El grito) pero nunca tuve esa sensación de plenitud óptica absoluta. Anoche, ojeando una revista de cine, apareció esta fotografía. Contaban que había muerto. Entonces busqué El tercer hombre. No la vi entera. La tengo completa en la cabeza. Busqué el final. La cítara. El cementerio. Joseph Cotten, el novelista de serie B, el derrotado. Alida. Era muy hermosa.

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19.11.09

Palabras de amor

(para mi niña sioux)

partir de cero, insistir en la servidumbre del alma, acometer el aprendizaje del vuelo del pájaro, desordenar el trance sublime de querernos y volverlo a colocar en su secreto sitio de espuma y de besos absolutos, ser impúdico en lo preciso, que no se note que somos frágiles, clausurar la alegría únicamente para encerrarnos en otra, educar el cuerpo para que no se pierda un solo festín, alborotar el corazón con la risa de los niños, evocar la infancia leyendo unos versos, vivir iluminado por la obediencia de unos cuantos muy íntimos vicios, recibir con perplejidad los dones del mundo, examinarlos, ceremoniosamente besarlos y luego arrumbarlos al fondo del alma, donde la memoria hace su libro perfecto de rimas, acudir a la cita diaria del amor sin estrépito ni ruido, perdernos en la felicidad sencilla de los libros, derrumbarnos al final del día con la certeza de haber hecho feliz a alguien, adorar los dioses justos o no adorar ninguno y rezarnos a nosotros mismos cada noche, beber el tiempo, paladear las horas, saborear los minutos, saber ser dignos en la derrota, buscar a los amigos y dejar que nos busquen, arder ante la belleza, invocar al numen de la cordura mientras que no abandonemos del todo unos gramos de desatino y aguardar la muerte juntos, el uno confiada y jubilosamente en el otro, como quien en el sueño de pronto es invadido por un ejército de sombras

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18.11.09

Bukowski / Pound



Salvadas las distancias, las intenciones estéticas e incluso el compromiso cultural, Ezra Pound me hace siempre pensar en Charles Bukowski. Sobre todo Pound ya anciano, vencido por los años, solicitándole al tiempo, al implacable, una bula, la concesión de un aplazamiento. El poeta, en esa edad ya reveladoramente provecta, se siente una especie de dios del mundo que ha ido registrando en sus versos. Al igual que un novelista necesita el vértigo de los años, su fiebre y su lanza, para crear su obra, el poeta también se alarga y adquiere relevancia mitológica cuando sabe envejecer y entender las heridas de las horas, el vaciamiento del alma que antes se dedicó con paciencia y con rigor y con pasión a ir llenando de belleza y de inteligencia. Los guerreros, al final, estamos solos, dijo en una entrevista. La suya fue una poética contra la usura, contra el mercado del dinero, que es más terrible que todos los sueños perversos de los dictadores. A diferencia de Bukowski, que vivió la feliz vida de quien se deja llevar absolutamente por sus vicios y acepta que esos vicios le retiren de ella, Pound fue un prisionero de su pensamiento y habitó cárceles y fue torturado y rebajado al grado mínimo de humanidad. Dentro de la jaula, Pound concibió su idea del mundo. Bukowski fatigó barras de bar, alternó con putas y jamás fue hecho prisionero por las palabras que dijo. Lo apresaron por calavera, por vividor, por mujeriego, por borracho. Los dos fueron, no obstante, honrados en lo suyo. La poesía es un arte mayor. Tal vez el más grande. El que con más precisión hurga en lo invisible, en lo que no está y, sin embargo, mueve el mundo y mueve el sol y también las estrellas, como quería Dante.

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17.11.09

La señora Danvers, Jimi Hendrix y una asiática preñada


“Last night I dreamt I went to Manderley again”





Cuando Alfred Hitchcock ideó Rebeca, David O. Selznick, el Rey Midas de Hollywood, tenía una ciudad ardiendo en su cabeza. Tenía Atlanta quemada y Clark Gable yendo y viniendo a caballo por entre las cenizas de su matrimonio. Lo que el viento se llevó, rodada al tiempo que Rebeca, hizo que Hitchcock hiciese y deshiciese a antojo y convirtiese la historia de la segunda señora de Winter, más que la primera, ahogada, furiosamente revivida por el ama de llaves Danvers, en un relato personal, conducido bajo la gótica y brumosa atmósfera del cine inglés del maestro. Recuerdo haber visto Rebeca en una sesión matinal de la Escuela de Magisterio de Córdoba. Recuerdo también el estado de shock después del pase. La cara de la señora Danvers me persiguió durante días. La veía en los libros de Pedagogía y en la cola del supermercado. Me la encontraba en la panadería de mi calle, a mi vera, guardando escrupulosa cola. Con los años, por encima de la estupenda historia de Daphne du Marier y del pulso formidable de Hitchcock, Rebeca sigue siendo la señora Danvers, su rostro sacado del centro mismo del infierno y traído a la tierra para envenener mis sueños.


Si era o no lesbiana la estricta y retorcida ama de llaves de Manderley me importaba escasamente. Me bastaba el gesto incendiario, el rictus principiando el mal, todo el odio y todo el amor que es posible encerrar en el alma de una persona y que la conduce al desvarío, al desmán puro.

-Guardo su ropa interior aquí, la hicieron para ella las monjas del convento de Santa Clara. Yo la espera siempre, por tarde que fuese. A veces, ella y el señor llegaban de madrugada. Al desvestirse me hablaba de la fiesta a la que había asistido. Conocía a personas importantes y todo el mundo la quería. Al terminar el baño iba al dormitorio y se dirigía al tocador. ¿Ha tocado el cepillo, verdad? Así está mejor, tal y como ella lo dejaba. Vamos Deni, el cabello, me decía. Y entonces yo le cepillaba el pelo durante 20 minutos. Y luego decía, buenas noches Deni y se metía en la cama. Yo misma bordé para ella esta bolsa y está siempre aquí. ¿Ha visto algo más delicado? Mire como se ve mi mano. Nadie pensaría que hace tanto tiempo que se fue. A veces, cuando voy por el pasillo, creo que la estoy oyendo tras de mi, con sus suaves pasos, no podía confundirlos. No sólo aquí dentro, sino en toda la casa. Casi los oigo ahora. ¿Cree que los muertos nos observan?

-No, no lo creo-

-Me pregunto, si no vuelve aquí, a Manderline, y los contempla a ustedes juntos. ¿Está cansada? ¿Por qué no se queda un rato y descansa? Escuche el mar. Es tranquilizante. Escúchelo. Escúchelo. Escuche el mar.




Diabólica hasta el desmayo, la señora Danvers (una magnífica Judith Anderson) gana la partida a todos sus compañeros de reparto, incluyendo un poco excedido todavía Laurence Olivier y una excelente Joan Fontaine. Quemada como más tarde Norman Bates, sacrificada por amor, entregada al fuego balsámico, la señora Danvers ocupó durante algunos meses la pared de la salita de mi primer piso de soltero en 1.991. Soltero cafre, si me permiten, moderadamente sentimental con mis cosas, amancebado justo a tiempo, pletórico, razonablemente perverso en sus vicios y consciente de la escasa duración de los placeres incluso (ay) cuando éstos se suceden sin descanso, atropellando la serena visión de su efecto, conduciendo al paciente de su alocada fiebre a un casi continuo estado de ebriedad estética. Así amé yo Rebeca. Así permití que su influjo soliviantase la limpia pared de esa casa. No tengo muy claro de dónde salió la fotografía de marras (la de Judith Anderson y Joan Fontaine desgarradas que aparece justo debajo de los títulos de crédito que ilustran este enfermizo post). Sin embargo sí que alcanzo a recordar un póster de un frenético Jimi Hendrix a su lado (Monterrey, Woodstock, en fin) y otro de una asiática embarazada, el pelo muy oscuro y peinado con saña hacia atrás, presumiendo de barriga. de tetas como bombonas de butano y de pezones negros y duros como carbón del Bierzo. Esas fotografías escoltaron mi ingreso en la vida laboral y asistieron con silenciado asombro al desfile de compañeros de farra que dejaban el pudor y el tedio en la puerta y comprendían que el amor y la belleza y la inteligencia estaban en el fondo de una botella de Jim Bean o de una larguísima conversación a muchas bandas sobre el carpe diem y todos sus hijos bastardos. Eran mis veinte y muy pocos años, así que todo se puede excusar. Desaparecieron, supongo. Fueron sustituidas por otras. Al dejar la coqueta casa de alquiler(Plaza de los Caballos, Priego de Córdoba) me prometí llenar las paredes de iconos en cualquier piso al fuese. Lo cumplí a medias. Ninguna fotografía como la de la señora Danvers. Ningún recuerdo tan imborrable.





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15.11.09

Servido el veneno, abierto el verso...


Charles Baudelaire no creía en el azar. Tampoco en la cogorza imbécil de quienes no buscaban en la ebriedad un instrumento para descerrajar los usos de la belleza, la rutina implacable de sus signos. Sin freno, ni espuela ni brida, cabalgó el éter formidable de los iluminados y cortejó el abismo como casi ningún otro poeta. Después le han seguido muchos, pero él tiene el muy relevante mérito de haberse sacrificado por amor al arte. Servido el veneno, abierto el verso.

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Mi mejor lector


Cuento entre mis aficiones la de no permitirme perder ninguna. Retorcer la materia misma de la semántica no garantiza otra cosa que la posible salida de líquidos internos del meollo de la palabra. Estrujen un adjetivo y verán cómo sale otro igual que de la panza de John Hurt salía un alien. El lenguaje tiene estas cosas: cree uno que lo tiene dominado y de pronto un adjetivo se resiste o sale díscolo o se pone a roznar como un asno o a balar como una oveja y entonces no tenemos esa certidumbre de saber con qué andamos trabajando. Las palabras son, en este caso, piezas sensibles que no se dejan manosear por cualquiera. Una de esas aficiones que me gusta mantener es la de la curiosidad semántica. No hay mejor libro que un diccionario. Puestos a dejar que se nos desboque la imaginación, podemos asegurar que dentro de un diccionario, ni siquiera del mejor ni del más premiado, están todos los demás libros. Está Lolita, Lo-li-ta, la pieza maestra de Vladimir Nabokov. Están las obras completas de William Blake, que era un visionario metido en letrista de copla de la época. Yo sudo fe y sudo fe a espuertas cada vez que me despeño en la hoja en blanco. Juro que sudo una fe del tamaño de la fe del señor Rouco Varela hacia quien le guía en esta avenida de pesares. No le va a la zaga. Yo no pierdo mi religión al modo en que lo hacía Michael Stipe en aquella gloriosa canción: la arrimo a diario a mis intereses. Testarudo e iluminado, me erijo mercader de mi propios vicios. Y aquí me ven, regateándoles minutos de su atención. Pidiendo lectores. Buscando en el limbo la cosecha de almas que justifiquen este dislate. Porque lo es, no crean. Uno que satisface y disguta en casi idéntica medida. No se escribe para los demás, lo sé, pero quizá en esa sencilla norma esté la felicidad y no en el tormento de escribir para explicarse uno el mundo y, en la travesía de las palabras, ver si alguien pica y cae en la cuenta de que el mundo es como lo acabamos de prefigurar. Con lo que me cuesta darme placer cada vez que invento algo como para preocuparme de dar placer a los demás. K., que ha escrito también lo suyo, lo dejó cuando descubrió que su mejor lector se aburría. No teniéndolo lejos ni llevándose excesivamente mal con él, tal vez hizo lo mejor que entonces podía. A día de hoy, algunos años más tarde, no se arrepiente. Por lo menos dice que no se arrepiente. Sólo lamento que no entre en este blog y haga algún comentario al pie.

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14.11.09

Libros olvidados


Existe la creencia de que los libros que aborrecemos en la adolescencia son libros que amamos en la edad adulta. No ha sido así en mi caso, en la mayoría de los casos. Lamento que La tía Tula, Ana Karerina o La regenta no engrandezcan con su noble literatura mi estatura como lector. Deshice mis reticencias y probé a descubrir el placer que manuales y profesores me vendían como si fuese oro y yo aparantese mendigarlo. No hubo forma. Caiga sobre mí el cielo y me aplaste, reduciendo mi cuerpo a polvo y que el polvo lo esparza el viento sobre toda la faz de la tierra, que diría algún rapsoda clásico inspirado por mi vergüenza.
Sí que disfruté leyendo Moby Dick, la novela monumental de Herman Melville. Nadie me la recomendó. Llegué a ella gracias a Gregory Peck y a la película de John Huston. Fue una de esas noches épicas de la 2 en la que uno podía vencer al tiempo con sus mismas armas y salir de la batalla ennoblecido, jubilosamente triunfal y hasta mejor persona. Nadie me vendió Moby Dick, aunque recuerde todavía el instante preciso de la compra en una librería de Córdoba que ahora (signo de los tiempos) está ocupada por una enorme tienda de zapatos.
Se bastó John Ford para enviarme al libro y quedé varado en la zozobra del agua encrespada por las acometidas furiosas de la gran ballena blanca que perturbó ya para siempre el alma del capitán Ahab. No siempre fue el bendito cine el que me transportó a los libros en esa edad delicada en la que uno no conoce todavía los placeres de las letras ni se esfuerza en allanar ese obstáculo. Me encantaría recordar cómo fue la primera vez que reconocí la voz de Jim Hawkins y de Long John Silver, esa primera y asombrosa ocasión en la que Robinson Crusoe medita sobre la fugacidad de la vida y sobre el abandono de todas las militancias y servidumbres que esa vida exige o cómo el Capitán Nemo negaba al hombre y se negaba a sí mismo con su Nautilus por las procelosas soledades del mar. La lista es inabarcable: Peter Pan, Dick Turpin, Willy Fogg, Ricardo Corazón de León, Hércules Poirot, Frodo, Sherlock Holmes.
Temo, en cierto modo, volver a abrir La vuelta al mundo en 80 días o, mejor, dentro del maestro Verne, Viaje al centro de la Tierra (mi favorito entre los favoritos). Cada libro es otro libro cada vez que lo leemos. Cada lector es otro lector en cada lectura. Nadie vuelve dos veces a las aguas del mismo río. Ni el río ni uno mismo somos los mismos.
Lo sabía Heráclito. Y Borges, claro. No me imagino mi yo lector sin el concurso de Borges y La casa de Asterión o el poema del ajedrez o Las ruinas circulares, y agradezco que el azar o la desgracia hubiesen puesto sobre mi mesita de noche alguno de esos monumentos de la palabra como parte indisoluble de alguna nota en alguna asignatura. Algo falla en el sistema educativo y en el fomento de la lectura en el alumno. En mí el edificio de la motivación se vino abajo con estrépito y me dejó afectado hasta que el rumor de algunos nombres ya dichos (Stevenson, Lovecraft, Poe, Cortázar, Melville, Verne, Nabokov, García Márquez, Faulkner) me empujó a un laberinto en el que todavía, pasmado, asombrado, sobrecogido, iluminado, deambulo.
Quiero proteger el recuerdo de Jasón y los argonautas, que me hizo amar el cine. Temo perder la fascinación del primer western, pero ya he perdido irremisiblemente las caras, la aventura, la épica de aquella novicia película de indios y de vaqueros que amenizó (y cómo) tardes gigantescas de mesa camilla y brasero en casa de mis padres. Tenía tal vez diez años. Algo más tal vez. El blanco y negro puro de una televisión Telefunken (me acuerdo de su chasis, de sus botones grandes y robustos) me regaló un ciclo de Buñuel mejicano en la 2, un repaso al melodrama de Douglas Sirk y Mis Terrores Favoritos, una serie antológica, magistral del ínclito Narciso Ibáñez Serrador. Es cosa de ir a hemeroteca (google puro) y ver cuándo fueron programadas esas sesiones de alegría en forma de cine.
La memoria tutela esos recuerdos y los aleja del ingrato vértigo de los años. Mi infancia fue una suerte de viaje fantástico que me liberó del aburrimiento. Como carezco de hermanos, mi ocio requería de estas precisas compensaciones. Recuerdo fines de semana batallando con los tigres de Mompracén o contemplando las excursiones a tierras infieles del Capitán Trueno o de mi adorado Jabato.
Esa labor callada de la fantasía quizá modeló al inquieto lector de ahora. Por eso no es recomendable, aunque sí posible, lamentablemente posible, vender la isla del tesoro a quien no necesita comprarla. Ya la buscará. Lo único ciertamente triste es que la encuentre tarde y no sepa cómo latía el corazón de Jim cuando se escondía en el tonel de manzanas.
Hay gente que no ha pisado esa senda en su vida. Ninguna buena historia les atrapó cuando tenían diez años y el mundo era todavía una isla con un tesoro dentro. El lado contrario a la imaginación es la ciencia, esa búsqueda metódica de la verdad y de los mecanismos que sustancian el modo en que la verdad o la certeza ordena el universo y gestiona el natural periplo de sus criaturas.
La ciencia no indaga para engrosar el capítulo de preguntas que nos hacemos de continuo: indaga para formular respuestas a unas pocas. La fantasía fatiga ese mismo camino, pero desoye la razón y la cordura y prefiere la incertidumbre, el asombro puro.
Lo que está muy visto no asombra. El cuento mágico da una dimensión laica del mundo. Blasfema. El cuento de naturaleza mágica informa de la tragedia de la vida con artimañas hermosas. Sabemos que la princesa muere o descubrimos la traición del héroe, pero ninguna de esos avatares escandalosos para nuestra mente inocente nos traumatiza. Advertimos dentro de la trama las razones de la barbarie y terminamos creyendo en ella y admitiendo su concurso en el devenir de la historia. No ocurre así con la vida, a la que no perdonamos que tenga caducidad y que aleje de nosotros a quienes queremos.
La literatura o el cine o la música, disciplinas de la misma categoría (¿La belleza, tal vez ?), contribuyen a normalizar nuestra orfandad espiritual. Quienes encuentran respuestas lo que de verdad van buscando son enigmas. La belleza es un añadido no necesariamente relevante. El creador es un demiurgo, un dios pequeñito y caprichoso, rudimentario y juguetón. La religión no deja de ser literatura. La religión es otro formulario fantástico de asideros espirituales para sobrellevar el absurdo de la muerte. A ese absurdo la religión le coloca la chapita de la salvación y nos hace firmar un contrato tácito con la esperanza, con la fe y con toda la maquinaria fabulosa de la palabrería celestial, que acaba negando los horrores de la vida y levantando un mullido edificio de mentiras o, al menos, de verdades insostenibles. Las religiones reclutan su ejército fiel de novelistas, que vienen a ser los prosistas del credo. Estos apóstoles no hacen otra cosa distinta a la que hizo Julio Verne o Robert Louis Stevenson o William Shakespeare: forjar héroes, inventar mundos, contar gestas, izar la divisa de la palabra como único instrumento de la verdad. Quien domestica el verbo, gobierna el mundo. Eso lo sabían todos los profetas y apresuraron su paso por los caminos para que todos escucharan la Voz y a ella entregasen su alma. Siendo muy reduccionista, acudiendo a un pensamiento muy primario, se me ocurre que a lo mejor debiéramos crear en los alumnos la necesidad del mito, esa vocación insobornable por querer saber más y conocer más historias al modo del peligroso sultán de Las mil y una noches y su imaginativa Sherezade. Y puede ser que si cubrimos esa necesidad el mundo sea mejor, gire mejor y termine siendo un lugar más agradable y la vida en sus dominios una actividad menos fanática, pero esto lo digo a pie de teclado, consciente de que soy, en el fondo, crédulo, bobo y un punto nostálgico.

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13.11.09

Saki al completo



El a menudo desapasionado ejercicio de la reseña literaria que los periódicos ahombran a sus vistosos sueltos culturales consiente licencias que, a la larga, aun concebidos en el escorzo y en los prejuicios, benefician al lector. Tuve la suerte de conocer así a un escritor de asuntos de humor, que no son muchos, la verdad. Hablo de Saki, Hector Hugh Monro. El cronista encargado de valorar un volumen de cuentos del maestro inglés no debía ser muy amigo de la narrativa hiriente, descreída y confortablemente alojada en el socarrón humor británico. Lo cierto es que no sólo se empleaba a gusto en apalizar la calidad literaria del autor sino que, de camino, invocaba a los dioses de la estética, del buen gusto y de la formalidad, sea esto lo que quiera ser, para crear en el lector casual - yo lo era, vírgen de Saki todavía, a pesar de habérmelo presentado confidencialmente un compañero de armas en el TEAR de San Fernando - las certezas suficientes como para no abrir un libro suyo en la vida. Demos gracias al Señor, caso de que nos conceda la certeza de su existencia, por la fe de estos reseñistas apasionados. Algunos ganan adeptos cuando adulan hasta el desmayo y otros los ganan cuando se obstinan, salvajemente, en lo contrario, cuando despotrican hirientemente y nos hacen preguntarnos si haremos bien en no investigar por nuestra cuenta y criterio.




He aquí la pandora de la crítica: su arbitraria caterva de lúcidos estiletes y de torpes peones, aunque todos contribuyen a que el usuario de la obra artística tenga exacta noción de lo que a otros les ha parecido lo que está a punto de conocer. Tengo el capricho de suponer que este crítico poco sakiano todavía profesa el amor a la prosa furibunda y se dedica, a beneficio de soldada, a despotricar contra quienes, a su juicio, carecen de las bondades que él considera inexcusables en cualquier manifestación del intelecto humano. Tengo también la idea de que si este buen hombre de pronto se topase con este modesto escrito, tímidamente hospedado en un blog que no lee casi nadie y escrito por un alguien que no aspira, en esto de las letras, a nada en especial, podría reconocerse y contestarme que mi prosa no obvia la puñalada trapera, el absentismo en las ideas razonables y cierta condición subjetiva que me iguala a él. Yo sería, a efectos judiciales, víctima de mis propias consideraciones estéticas. Es posible que sea así, pero acabo de leer (ya casi podemos decir releer) unos cuentos de Saki tan asombrosos (Alpha Decay, Barcelona, 2.005) que no concibo saña tan atroz y, sobre todo, tratándose de un señor abalconado sobre un público tan amplio (el periódico era de tirada nacional) y disponiendo de un púlpito tan elevado. Si yo aquí me dedico a rajar de la última película de Terry Gillian voy a condicionar la asistencia de tan escaso margen de espectadores que no vale la pena ni centrarnos en esa razonamieno. Igual que si ahora me entrego a informar a mi pequeño grupo de amigos sobre la irrelevancia de la poesía de Luis Alberto de Cuenca o la música de Javier Ruibal. Todos somos, razonadamente, críticos, voceros de nuestras sensaciones. Algunos despliegan la imaginería verbal y el tino preciso para engolosinar a un considerable número de fieles lectores. Su labor doctrinal puede incluso ser tomada como auténtica labor literaria al punto de que algunos de esos críticos formidables podrían despertar la injerencia de otros críticos de relevancia y alcance menor, siempre incendiariamente dispuestos a rebajar el tono mayestático y casi litúrgico de lo que exponen aunque sólo sea por ocupar el sitio que éstos desalojen. Este ingrato oficio - uno del siglo XX, refirió Cabrera Infante - contiene las trazas de pedantería y de impostada erudición que otros oficios "de letras" no poseen: el crítico parece en ciertas ocasiones por encima del objeto del que escribe, objeto al que se ha dedicado a rebajar lo suficiente como para que nadie albergue duda alguna acerca de la verdadera motivación de su escritura. Y cuando el autor reseñado es inevitablemente sagrado (qué digo yo, Montaigne, Shakespeare, Borges, Cervantes, Dickens) se las ingenia para que su alarde de epítetos no sólo glose sus excelencias sino también las suyas, convenientemente esparcidas. Unas veces llaman mucho la atención. Otras, a gusto del cronista, se disimulan con eficacia.
Tal vez la crítica tenga resortes ocultos, dispositivos secretos que activan una parte de nuestro cerebro de forma ya indeleble. Quiso el autor de la demolición de Saki preservar en su texto una finísima llamada a la reflexión: "Esto es lo que yo opino, querido lector, pero ahí está el libro y tiene usted perfecta voluntad de arrimarse a sus páginas y coincidir conmigo o, caso contrario, diferir alborozadamente."

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Extraña fruta





Al alma, cuando la asedian, le da por convertir la necesidad en virtud. El artista atrincherado en su decadencia rinde más. Mi amigo K. sostiene que al arte se accede desde el dolor. Imagino a Billie Holiday cantando en el Royal Albert Hall en Londres. Creo que no la sobrecogería el marco imponente, la suntuosa sofisticación victoriana, todo ese selecto y estirado público de la City poco acostumbrado al swing, esa fiebre negra que causa furor en la otra orilla. Billie iba a lo suyo. Se estaba mejor ahí arriba, mirando desde esa cima, altiva, imponente, que en el Reformatorio de Mujeres o en alguna apestosa clínica de desintoxicación o en la cárcel, acusada de tenencia y consumo de estupefacientes. En cualquier sitio mejor que encerrada. Mejor en el Carnegie Hall. En la calle 52. En algún tugurio de comarcal. En la barra de un bar. En la cama de algún músico recién llegado a la orquesta. Cada uno elige la forma de irse de esta vida. Algunos se dejan llevar y sobrellevan como pueden que sea el azar o el cansancio de los años los que les aparten. Otros se empecinan el elegir las armas del duelo. Prefieren excederse, confirmar eso de que vivir es siempre algo accidental y gris. El alma sensible confirma todos los pronósticos más extremistas. Al alma arponeada por los vicios más grandiosos se le fuga el numen, se pierde más aceleradamente, termina arrumbada en un callejón, expuesto el cuerpo que la cobija como un fardo andrajoso. Como Poe. Como Baudelaire. Como todos los grandes poetas y los grandes músicos que sacrificaron el equilibrio (qué importa el equilibrio) para pasearse como funambulistas por el alambre resbaladizo de las horas.
Billie Holiday, caída en pura desgracia, graba en 1.958 con esa pinta de absoluto abandono. Fondona, rebajada físicamente, moriría un año más tarde, mermada en registros, quemada por dentro y por fuera, entre la indigencia y el fatalismo. Billie Holiday, en estas fotografías, es la dama venida a menos, sí, pero exhibe una nobleza visible. La he visto en Chavela Vargas. No en Amy Winehouse, que es un parto mediático de este siglo ávido de divas y que tiene que hurgar hasta que topa con un ramalazo (uno diminuto) de genio. Billie Holiday era la gran señora del jazz, con permiso de Ella Fitzgerald. Su vida, sin embargo, se distanció de lo que hubiese querido la abnegada parroquia de adictos a su voz quebradísima, frágil, elocuente en donde la elocuencia narra cosas y las narra hinchadas de dramatismo y de verdad. En la voz de Billie Holiday hay mucha verdad. Está el destrozo de un pueblo, el negro, el suyo, y está el blues o el jazz o ambos como expresión de ese sentir.

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11.11.09

Escribir

Encontré un par de buenas razones para no volver a escribir nunca más. Como al irlas diciendo por la calle, conforme las pensaba, me resultaron más literarias que argumentativas, cogí el bloc de notas del móvil y las registré en su memoria. Agitado, cuidando de no tropezar y evitando en lo posible llevarme por delante algún transeúnte descuidado, entré en un bar y me pedí un café. Encendí un cigarrillo. No fumo, pero me encanta el alambique del humo en el aire, sobre los adjetivos, creciendo como un ectoplasma lírico. De pronto comprendí que el par de buenas razones para dejar de escribir que me asaltaron minutos antes merecían un texto más extenso. Hay que ser considerado con los lectores. Los lectores son como transeúntes descuidados, pero tengo alguno que me pregunta si sigo escribiendo o si tengo esa novela aplazada ya en la mesa y con todos los hilos juntos y esmeradamente expuestos. Lo de no volver a escribir nunca más no es un capricho. Siempre pensé que esto de escribir tenía un plazo. Que nada ganaba en la travesía. Se cree uno mejor lector que escritor. Incluso mejor comprador de libros que lector propiamente. Se van llenando las estanterías y no se tiene tiempo para leer. Y cuando alguno se encuentra se activa el resorte de la escritura y dejamos el libro en el sofá o en la mesita y manuscribimos las dos paridas recién alumbradas. Palabras que no cuentan casi nada. Las palabras que cuentan cosas las dicen otros. Uno debe aceptar que la literatura es un oficio muy arriesgado del que no se sale sin daño. Yo mismo he comprobado con los años cómo lo poco o lo mucho que he escrito me ha afectado en mi vida diaria. Días enteros dedicados a contar historias. A juntar versos. El colmo de la creencia de que uno está verdaderamente haciendo algo perdurable es escribir en un blog y ver a diario las visitas. Pensar que hay gente ahí afuera que hurga en las palabras y les busca los pliegues y los agujeros. Todo es muy provisional. Hace tres años no tenía blog y mañana es probable que deje de tenerlo. Ni siquiera guardo un backup de lo que escribo. Un backup, fíjense. Vas andando por la calle y de repente razonas que las dos mil entradas del blog (van por ahí, qué desvarío) están en un nudo digital o en un servidor 2.0. No tengo ni idea de dónde están mis palabras. Tampoco sé dónde andan justo antes de que me las apropie. Todo es muy complicado y el sueño me está venciendo. Cerramos el miércoles. Nada reseñable en la blogocosa tonight. Ancho me viene un párpado.

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10.11.09

Entender a Coltrane



Bono (U2): Estaba en lo alto del Grand Hotel de Chicago [de gira en 1987] escuchando A Love Supreme y aprendiendo la lección de toda una vida. Momentos antes había estado viendo cómo unos telepredicadores rehacían a Dios según su propia imagen: pequeños, insignificantes y codiciosos. La religión se ha vuelto el enemigo de Dios, pensé… la religión es lo que quedó cuando Dios, como Elvis, se fue de casa. Desde los primeros recuerdos que guardo de mi vida, siempre he sabido que el mundo está girando en la dirección contraria al amor y que yo también estoy atrapado en eso. Hay tanta maldad en este mundo… pero la belleza es nuestro premio de consolación… la belleza de la voz aflautada de Coltrane, sus susurros, su astucia, su sexualidad maliciosa, su alabanza a la creación. Y de esta manera empecé a entender a Coltrane. Pulsé el botón de repeat y me quedé despierto escuchando a un hombre enfrentándose a Dios con el don de su música.



Caso de que uno escuche A love supreme sin la interferencia de la cultura, sin haber leido que Dios estaba detrás del saxofonista, guiándole, apartando lo irrelevante y conduciendo la música hacia ese estado central del bienestar en el que uno lo ve todo y lo ve con reverencia y pudor, el disco de John Coltrane es un amasijo hermoso de sonidos. La palabra amasijo está devaluada, pero conviene en ocasiones para evitar el merodeo semántico y definir qué es el jazz. Después de haber escuchado miles de discos y de haber dedicado una parte sustancial de mi ocio al jazz, yo no sé qué es. Imagino que lo mueve la fe al igual que es también la fe la que conduce al feligrés a la parroquia. Por eso Coltrane es un sacerdote y Bono, en su sentida reflexión, lo sitúa justo en el altar, derramando sabiduría para quien quiera escuchar. Una vez que ahuyentamos la religión, queda Dios o queda el jazz contenido en un salmo.
John Coltrane murió a los cuarenta años. Hizo discos de reveladores títulos místicos. Y se fue hasta las trancas de heroína y de pastillas. Ebrio de Dios y de química.


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8.11.09

The Village Vanguard, 178 7th Ave S Nueva York, NY 10014, USA




Hubo un tiempo en que estar a la vanguardia del pueblo consistía en tocar jazz. El Village Vanguard de Nueva York abrió sus puertas en febrero de 1.935. Pronto llevará setenta y cinco años tutelando esa dinastía épica de músicos conjurados, ebrios de genio, inspirados por el numen secreto de la belleza. No una belleza cualquiera sino una que, al tiempo que desprendía luz y causaba asombro, batallaba contra quienes, tercos, ignorantes, censuraban aquella música hecha por negros o por blancos pervertidos por negros. Hubiese estado bien estar sentado en uno de sus salones y ver a Bill Evans tocar Waltz for Debby. Son cosas que no podrán pasar ya nunca. Y aunque sea una excentricidad de domingo tristón de otoño recién caído, me duele.

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Travelling man

7.11.09

Las tijeras de Charles Simic

La realidad contiene trazas de ficción. En la oscuridad la Historia hace sonar las tijeras de modo que al abrirse la luz nunca extraña ver un cuerpo desmembrado, una pierna recién amputada o un par de dedos sueltos. Simic hace una poesía negrísima que parece un cuento de Lewis Carroll pasado por la turmix de la CNN. Cuando se hace de noche la realidad contiene más trazas de ficción todavía. Y si uno lee las páginas de esa Historia pareciera que toda entera ha transcurrido en tinieblas con unas tijeras campando a sus anchas, abriendo surcos en la carne limpia, alfombrando con sangre los nobles campos de la luz sencilla de los buenos sentimientos. No hay día en que no piense en este poema de Simic (Juguetes aterradores/Frightening toys) y en las tijeras del azar escribiendo la editorial de los tiempos.
Simic, que es un irónico o un metafísico de a pie o un escéptico metido a lírico, hace una poesía deslumbrante. Una de esas poéticas que convienen en tiempos convulsos. En realidad es el poeta más útil que he leído recientemente. Eso contando con aquéllo de que la poesía es siempre un arma cargada de muchas cosas y ahí entra cada uno para investirlas con los dones que se precisen para que no pierda comba en la administración de la realidad, pero no puedo evitar la imagen purísima, incluso en su tosco principio de tragedia, de las tijeras en mitad de la noche.

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6.11.09

No cabremos

No veo a Paul R. Ehrlich, un biólogo de poblaciones, uno de esos intelectuales de universidad que poseen un discurso provocador y se buscan enemigos y amigos a partes iguales, en una manifestación provida de las que suelen ocupar las avenidas madrileñas cada vez que la Conferencia Episcopal moviliza a su parroquia y ametralla consignas contra el progreso, que es uno de sus enemigos declarados. No veo a este hombre enaborlando pancartas a favor de la vida. Y no es que este demógrafo inglés, que acaba de recibir un premio de Ecología de la Generalitat catalana, sea un insensible, un bruto, un criminal ni nada de esa guisa. Su discurso es razonablemente práctico. Dice el buen hombre que la bomba demográfica va a reventar las expectativas de bienestar en el planeta Tierra. Que somos demasiados. Que estamos agotando las reservas. Que el agua escasea y va a escasear más todavía. Que población y consumo van de la mano y hasta entra en lo posible que terminen en conflicto y el consumo, que es la madre de todas las teóricas madres, exigirá su peaje y nos mandará a todos a la Edad Media o al Apocalipsis del que algunos hablan pero al que visten de teología o de divinidad cuando es más terreno que un olivo. De lo que habla este doctor ya anciano es la de la irresponsabilidad de traer al mundo a más de dos hijos. Aduce que los políticos no saben de demografía o no se buscan asesores que les hagan saber.
Seremos 9.000 millones de bocas en 2.050. A esa fecha yo estaré muerto. No veré el caos. Me perderé el colapso global. Como no soy un ecologista excéntrico, no expongo mi decepción con sólidos argumentos de conciencia. Mi alarma es estética. Incluso moral. Me pregunto en qué desquiciado juego se permite el ingreso de todos los jugadores. Caigo en la cuenta de que la batalla es más profunda de lo que parece. Mientras uno se alistan en las milicias de la vida como un don sagrado, otros borramos los adjetivos y cuidamos de que estemos bien o de que estemos mejor los que ya andamos por aquí. No somos pocos. Lo irresponsable (no lo digo sólo yo, no lo defiende únicamente mi particular manera de ver las cosas) es que los países en franco progreso o los que llevan ya decenios en esa bondad democrática, los alfabetizados, los que disponen de un rango cultural mayor, tengan gremios que censuren toda profilaxis, que criminalicen a quienes piensan qué vidas van a traer al mundo.
Tampoco sé si es simplemente una de esas batallas entre intelectuales. El humanista contra el ecologista. El católico contra el descreído. Desde Malthus han caído muchas teorías, pero todas convergen en un mismo lugar, uno patético, mirado con detalle. Se resume a aceptar que la casa común no tiene suficiente espacio para sus inquilinos. Es una verdad incontrovertible. No hay dispositivo racional que la contradiga. Esto va a reventar y quizá sea necesario sentar en una mesa a quienes pueden evitarlo y no dejarles que se levanten hasta que haya algún tipo de consenso.
En términos médicos, la metástasis es ya inevitable. El cáncer está ahí. El símil es del propio Ehrlich. El Vaticano se opone frontalmente a que algún tipo de planificación sea alentada por los gobiernos sensibles. Vendrán los hijos que quiera Dios. Con lo sencillo que es separar sexualidad y procreación y educar a las generaciones futuras con vistas a que no pierdan el tiempo en nubes místicas. A lo mejor es un buen paso convencernos del todo de que vivimos en un país laico. Convencernos de que el mundo, puestos a ser estrictos, necesita laicos. Tampoco muchos. Vaya que no quepan.

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4.11.09

George Kaplan cumple 50 años



No hay muchos personajes como George Kaplan en la historia del cine. Puestos a ser estrictos, minuciosos, a manejar enciclopedias o hurgar con vocación entomóloga en la sacrosanta imdb, George Kaplan es una especie única. Interesa que está en un armario de una habitación de hotel en una de las mejores películas de esa historia del cine. No siendo estrictos ni minuciosos, Con la muerte en los talones, que ahora cumple cincuenta vigorosos años, es una de esas excepcionales películas que concita el asombro de todas las generaciones que asisten a su proyección. Y ahora me doy el gustazo de buscarla, airearme de gusto puro y limpio y saber que esta noche, a más tarder, me dedico un par de horas de absoluto disfrute. Si la tienen a mano, no se priven. Brinden por Kaplan. Un par de entregas ligeras de Jim Bean vestirá la ocasión. No se merece menos.



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