30.11.09

Mapas + El vacío bien ocupado

Mapas
Cree uno que no ha hecho otra cosa que escribir un mismo repetido texto. Que en cada poema, en cada verso suelto, en los cuentos y hasta en los posts de esta carcelaria página está ese texto abierto, roto, deshilachado, convertido en un puzzle monstruoso en cuyo fondo especular está un yo también abierto y roto y deshilachado. Y al modo en que uno no ve lo que le circunda por estar encima en exceso y precisa de una altura para apreciar la cartografía escondida, así estas páginas mías, los textos que manuscribo o que tecleo y luego guardo en el editor del blog o en el disco duro, son esas partes fragmentadas. Lo que ahora barrunto es si la vida no será igualmente un texto, un palimpsesto, un mural de piezas que vamos dejando aquí y allí en la travesía de los días y que alguien, desde fuera, en la altura, lee con corrección y hasta entiende.

El vacío bien ocupado
Tengo propensión a un tipo de pereza muy peculiar que es en conjunto idéntica a todos los demás tipos de pereza pero que se entretiene, en su útero interno, en su fondo primario, en inventar, en fabular con qué entretener el tiempo una vez que la pereza desaparezca y regrese la actividad. Muchas de las cosas que proyecto en esas horas de limpio cansancio luego no conducen a ningún sitio. Son ideas para escribir o lugares a los que ir o amigos a los que visitar. Todo en plan caótico. Todo rezumando fiebre. Todo, lamentablemente, abocado al fracaso. Mi amigo K., pendiente en lo que puede de lo que me pasa, me cuenta que él sufre un tipo de pereza bien distinta. Deja la mente en blanco o en gris o en un color así muy vago que despierte poco interés en quien lo vea desde fuera. Una vez que ha adquirido esa tibieza cromática se embarca en la búsqueda del vacío perfecto. No pensar. No decir. No hacer. Me jura que lo consigue nada más proponérselo. En minutos. Yo lo he intentado hoy mismo, después del almuerzo. Me he sentado en un butacón y he cerrado los ojos. Ha faltado poquísimo para caer en el sueño conciliador. La mente en blanco, en gris, pero por la vía directa. Sin retórica. Sin la mística de los libros leídos.

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29.11.09

Más circo



Mientras algunos sostengan que en el ordenamiento jurídico cabe un concepto tan ligado a un credo religioso como es el pecado, la guerra religiosa que tenemos en las calles no va a tener fin. En realidad no está tanto en las calles como en algunos medios de comunicación, que la alientan a sabiendas de que esa trifulca milenaria (creer o no creer, atizar al cura o defenderlo) da caja. Al final todo es un asunto monetario. Lo de hoy incluso: ese Barcelona-Real Madrid con la bandera de la política enarbolada en los titulares y con la ya inevitable sensación de que esto del fútbol no deja de ser un negocio. A los astros recién llegados a la disciplina merengue no les puede caber en la cabeza la noble historia de rivalidad entre los dos clubs durante casi un siglo. Les entra la plata por la boca, los anuncios en la camiseta y las portadas en los periódicos deportivos que se venden en las gasolineras y se leen en el café. Es como mezclar el pecado con el delito. La fe no se debe mezclar con las leyes. El dinero nunca con el corazón. En España la historia de nuestros conflictos proviene en muchas ocasiones de esa falta de respeto por lo ajeno. Ese olisquear en la casa del vecino buscando indicios de pecado o de sanción. Veo a diario cómo unos descalifican a otros por abrazar una opción que no sea la suya. Lo advierto con tanta frecuencia que ya no me sorprende. Hasta incluso me dejo llevar en esas conversaciones y no tengo el coraje de salirme, exhibiendo así mi disconformidad con lo que se habla. A lo que no entro, por falta de tiempo tal vez, por interés en extenderme en conflictos innecesarios, es en la batalla dialéctica total. Simplemente no me involucro. Preferiría no hacerlo, decía Melville en boca de su estimado Bartleby. Es pereza mental: la pereza que llevada a su extremo nos separa y nos conduce directamente al cuartel en donde nos escuchan nuestros iguales. Por eso hay peñas del Real Madrid y Cofradías del Espíritu Fervoroso de Jesús, asociaciones de amigos de los toros y clubs de fans de Rouco Varela. En esos atriles es donde nos enfebrecemos y donde soltamos espuma verbal por la boca. En Londres hay una plaza en la que oradores espontáneos sacan a discusión sus opiniones. En Salamanca, en la época dorada de la Universidad Pública, había un aula de Oratoria. Habiéndola perdido, no disponiendo de esa escuela en nuestros días, nos refugiamos en la descalificación. Hoy, comprando el periódico, he visto a dos amigos (supongo) insultándose de lo lindo. Todo muy naïf. Palabras fuertes pronunciadas con la inflexión de voz que las rebaja y hace que el que las escucha no se las toma en serio del todo. Los del Madrid es que sois... Los culés estáis... Eso, en otro orden de cosas, lo contemplamos luego en el Parlamento. La élite política carece de temple: no asistió a ninguna clase de Oratoria. Tampoco recibieron, en los más de los casos, instrucciones sobre cómo hablar con la oposición. Saber oír. Esperar. Hablar. Pensar. Nada comparado con la posibilidad de que Cristiano Ronaldo o Messi hoy metan un gol por la escuadra desde mitad del campo o driblen a media defensa y metan la pelota en las mallas. Eso sí que anima a un país. Me imagino mañana los titulares, las charlas en los bares, los minutos en la televisión. España paralizada. La cinética de los despreocupados. Será eso del pan y del circo. Hoy toca, por si no lo saben, sesión intensa de circo. Habrá que ir buscando dónde verlo. Circo en vena.
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28.11.09

Paranormal activity : Experimento (frustrante)



Al cine de terror le cargan siempre la responsabilidad de hurgar en las vanguardias. No sé si un género del todo menor al modo en que lo es la comedia a la hora de recibir premios, pero suele venir precedido de un entusiasmo mediático excesivo que, en ocasiones, responde a las expectativas creadas aunque suele diluírse en verborrea de marquesina lujosa, en el puro deseo de hacer lícita caja y llenar salas con adolescentes sin recorrido cultural y absortos en la travesía del miedo. Dicen los que saben, a lo que yo he leído, que el miedo es la emoción más humana. Incluso por encima del afecto o del ya más sublime y poético amor. En esas cuentas, en ese ejercicio de dar siempre al público lo que quiere, los que mandan en el cine, los que ponen el dinero, se ponen como locos cuando un novato, un rookie sin miedo al descalabro, les pone sobre la mesa un presupuesto corto, un casting anónimo y la confianza ciega en el vértigo viral de las redes sociales. El antiguo boca a boca, en estos tiempos de alfabetización digital, se llama Facebook o Tuenti o cosas así. Como Monstruoso, aunque sin su vistosa tarjeta de visita, Actividad paranormal se beneficia de una descomunal maquinaria de propaganda puesta al servicio de un endeble dispositivo literario francamente beneficiado de los nuevos lenguajes de los mass-media. Lo que ofrece Oren Peli, el orfebre de esta especie de docudrama con espasmos, es un cóctel que matrimonia con sorprendente eficacia los mecanismos del miedo ancestral cobijado en lo más profundo del corazón humano y el inevitable morbo de creernos una especie de voyeurs distinguidos con una mirilla ampulosa desde la que vemos el día a día de la pareja protagonista, omitiendo cualquier referencia física al ente que los atormenta o eludiendo excesivos golpes de efecto, borrando de cuajo truculencias, involucrándonos en un sencillo, a veces exasperante, relato. Casera hasta el desmayo, no engaña a nadie: la empatía que sentimos hacia las víctimas del terror no descansa hasta su abrupto final. El mérito, tal vez el único, es ése: despertarnos la curiosidad, chuparnos la película en absoluta entrega, preguntarnos si en verdad no haría falta un extra de mimo en los planos, un punto profesional que, vista la recaudación a nivel mundial, se ve que huelga. Y puestos a decir si la experiencia ha valido o no la pena habiendo tanto cine que ver y escaseando el tiempo como escasea, pues digamos que no. Que no merece que ninguna crítica, por estricta que sea, se cebe en ella, aunque tampoco se vea lógica alguna en los halagos oídos, en esa retahíla ya cansina de frases rimbombantes con las que engolosinan nuestro alma concupiscente (ávida de miedos, cómplice de sobresaltos) terminando por acudir a la sala y contemplar (ay) el experimento.

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27.11.09

America I


JFK en Elm Street, Elvis en Sun Records, máquinas tragaperras, el revólver de Bronco Billy, Highway 61, Nixon en televisión, la noche de la iguana, el precio del poder, suicidios brevísimos en un motel de Utah, Edward G. Robinson mirando un cuadro, Shane de vuelta al miedo, Ford Knox, el puzzle de las barras y estrellas, la ley seca, el blues del delta, los riffs pantanosos de Alvin Lee, la becaria golosa, el traje impecable de Cary Grant, los versos malditos de Jim Morrison, Edgar Allan Poe en un callejón de Boston, George Bailey en un puente en blanco y negro en navidad, la prima voluptuosa de Jerry Lee Lewis, B.B. King tocando en las cárceles, una niña pide una hamburguesa infinita, un tarado enciende una sierra mecánica, la vía láctea en la calle 42, Ginger y Fred en una melodía de Cole Porter, Bonnie y Clyde apartando cadáveres, Iwo Jima, las horas muertes en el corredor de Alcatraz, Harry el Sucio, Johnny Guitar, Cagney en la cima del mundo, Lolita bebiendo coca-cola, Woody Allen deconstruyendo la prosa enfermiza de Kierkeegard, la cabeza cortada de Jane Mansfield, John Holmes abriendo boquetes, John Ford filmando Monument Valley, Obama en Estocolmo, Bruce Springsteen corriendo, Atticus Finch de primoroso blanco como un quijote, Los Beatles bajando de un avión, los fantasmas del Mekong, los francotiradores, la calle Bourbon, Kim Novak enloqueciendo a James Stewart, un negro vendiendo el alma en un cruce de caminos, In the mood, el tío Sam recolectando valientes, Jimi Hendrix en Woodstock, un tocho de Stephen King, Humbert Humbert en moteles con su nínfula, hojas de hierba, Annabel Lee, máquinas de follar, King Kong en Nueva York, Oz, Juro que jamás volveré a pasar hambre, el camarote de los hermanos Marx, el hongo atómico, el banjo, las carreteras comarcales, la Creedence, welcome to the Hotel California, la única sesión de fotos de Robert Johnson, Las uvas de la ira, la alfombra roja del Teatro Kodak, el edificio Dakota, las gafas de pasta de Woody Allen, los restaurantes italianos en las películas de Scorsese, Jack Nicholson con un hacha en la mano, Pat Garrett y Billy the Kid, Billy Joel en el estadio de los yankees, Paul Newman comiéndose cincuenta huevos, puentes sobre aguas turbulentas, Viva Las Vegas, Frank Sinatra en Columbia grabando Stormy weather, la mafia, los indios tirándole flechas a un tren, Peter Parker, la cosa del pantano, Seinfeld, Coca-Cola, My darling Clementine, el león de la Metro, el bendito jazz, Steve McQueen, Popeye, Sunset Boulevard, Give peace a chance...

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26.11.09

Esta bicicleta vietnamita...


este suicidio brevísimo que exige apurar los días y fatigar las noches
este simulacro galante de palabras que se abren y palabras que se cierran
esta orfandad atroz que mira desde el fondo del vaso
esta memoria alerta que se deja incendiar y me incendia
este hermoso escándalo de lagartijas trepando al sueño
esta inacabada obra de lágrimas sorprendidas en un rapto
este goce más hondo que no sabemos nombrar nunca
esta quietud crédula que conforme a sí misma se engalana y sacrifica
este desnudo sin sombra de cuarenta años precipitándose en un verso
esta pequeña evidencia de tragedia que anuncia mi carne cada vez que el deseo la codicia
esta savia dulcísima de adolescencia sin desmayo
este rumor que se agazapa en las sílabas del tiempo
esta voluntad de huésped incómodo que pide prorrogar la estancia
este ghetto digital que no se sacia jamás
este ala que festeja vuelo
este blues con sudor en el verbo
este lento derribar pétalos
esta ausencia que acato sin más y me aturde
esta ebriedad absoluta de temblor ardiendo en el sexo
este esplendor súbitamente abismado en mis recuerdos
esta blonda de luz que vibra en el pecho
esta infancia sin enigmas que todavía canta y me escucha
este misterio más dentro
esta levedad caída desde muy arriba que ha hecho un roto en el folio
esta quieta celebración de la lujuria frente a un cuerpo al que sembrar de tedio
esta alquimia perfecta de espejos que embriagan la luz y la convierten en días
este dios en desorden
este imposible reloj que me mide
este vals con acuse de recibo que en el aire va resbalando como un hijo muerto
este mapa de sombras
este ardor con el que cierro un miércoles
este cómputo infame de abrazos partidos
esta gracia voluble
este armazón de mentiras
este anuncio de cierre
esta bicicleta vietnamita que me escolta al sueño
esta vigilia teológica
esta dulce penumbra sin dios
este espejo de los sueños esclavo
este lupanar de sombras
este parlamento de tarados
esta agujero sin motivo
este pie en el cuello que me nombra
esta gracia sublime de mentirnos
este azul de arriba como un endecasílabo
este pecho mío que me explota

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25.11.09

El emperador de los afectos polares


Consiste la crónica de la rutina diaria en incursiones en lo insólito que condimentan la vida y la sacan del tedio, que en estos tiempos de zozobras morales, relativismos papales y empujones laborales (ayer, ay qué horror, vi un desagradable y poco educativo episodio de este tipo) ya es bastante. Dios siempre está ahí para demostrarnos que bien pudiera no estar. La novela desmembrada del día a día tiene aquí su prontuario de maravillas, su fabuloso vademécum de prodigios a modo de placebos, útiles siempre para despejar la mente y pensar, hacia adentro, que no todo está perdido todavía.
Vamos a hablar ahora de los pingüinos gay, por ejemplo. Hoy los citaron en la radio, pero la noticia no es nueva. Estos animalitos tan Disney, tan cómplices de la ternura ajena, no salen del armario: salen del frigorífico. El chiste no es mío, claro. Luego está Rock Hudson, ese maromo de planta impecable, como de dandy rústico y escasamente cultivado en alejandrinos y pintura del siglo XVII, que tuvo engañados a nuestros padres durante varios decenios para, al final, destaparse bujarrón, lo cual no es bueno ni malo, pero debió pasarlas putas el hombre con ese ramillete de damiselas escotadas y concupiscentes que Douglas Sirk (sobre todo) le ponía en los melodramas de la época para revolcones sentimentales, mayormente.
Y cada uno se monta la cosa amatoria a su aire. Algún arcano diseño genético proveyó para cada especie su corralito y no consintió que criaturas distintas se abrazaran en jubilosa coyunda, pero he aquí que el rebaño tiene individuos de sentimentalidad díscola, aunque ellos contemplen la ajena como la verdaderamente extraña. La inconmovible unidad familiar, alimentada durante siglos por poetas, cronistas de juegos florales y boticarios de iglesia en domingo, ha caído en sospechoso picado y no parece, a la luz de las nuevas políticas de Estado, que la cosa vaya a remontar airoso vuelo. Ya lo dijo anoche un comiquito televisivo de éxito: Yo no estoy en contra del matrimonio gay, yo estoy en contra del matrimonio. Que para hacerse la puñeta - añadió- qué más da el sexo de los contrincantes.
Y ahora si me disculpan, cierro el blog, me coloco la chaqueta, me abrigo un poco (el tiempo va dando ya síntomas de que es ortodoxo y no contraviene su rutina milenaria de frío en noviembre) y tiro al trabajo, que habrá que cumplir y hacer el oficio al que ha dedicado uno sus desvelos y preocupaciones a mayor gloria de la sociedad y de esa cosa que dicen que se llama amor propio. El mío (hoy, inexplicablemente) está por las nubes. No creo que dure dos calles. En cuanto me dé cuenta, entro en el editor del blog y borro esta entrada. Que ustedes almuercen bien.

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24.11.09

Primera plana: Dejad paso al guionista...





En cierto modo, Primera plana, muy precariamente resumido, es una película de Billy Wilder, y en ella se dan cita, también muy esquemáticamente planteadas, los leivmotivs del autor, sus particulares intereses en el cine, su manera de ver la vida. Así que Primera plana contiene sentencias formidables, ironía, sarcasmo, mala leche de la buena (no burda, no cazurra), diálogos vertiginosos, personajes con una hondura dramática y una bis cómica a prueba de espectadores adormilados.
El cine de Wilder es cine de palabras, cine de autor enamorado del diálogo como baza absoluta para enganchar a quien deja que le roben dos horas de su atención para asistir a una historia que le sucede a otras personas. ¿Qué es el cine, sino esto? ¿2012 es cine? ¿Luna nueva es cine, este tipo de cine?
Las palabras de Wilder las pronuncias psiquiatras tarados, sheriffs corruptos, periodistas gacetilleros de pacotilla, alcaldes patrocinados por una marca de salchichas y pobres de espíritu que no soportan la injusticia más o menos irremediable de este mundo, pero también las palabras de Wilder son pronunciadas por putas (oficio que nunca sale mal parado en las película del maestro austríaco), profesionales del periodismo como la copa de un sequoia, oficinistas con un corazón catedralicio y pobres de espíritu que van apartando la mierda de la vida y sacan el morro para encontrar, en el aire viciado por el hedor, un punto de honestidad, de aromas y de belleza.
A diferencia de la película de Howard Hawks que da pie a ésta (Luna nueva, 1940, no confudir con la simple cinta de vampiros dulces), Primera plana vive en libertad, se escribe en libertad y se filma sin el corsé homicida de los filtros de la censura de la época. Wilder enfatiza proverbialmente las corruptelas del poder. Hawks hace un film más dinámica: Wilder, en los setenta, cuarenta años más tarde, firma una obra más finamente irónica, con un calado de comedia más virulento porque el humor de Wilder hace daño cuando se escucha concentrado. Es un humor caústico: un humor ácido y corrosivo.
Como quiera que Wilder fue periodista en sus años mozos en Viena, sabe de qué va la cosa y Primera plana, al hilo de esta suerte de acontecimiento vivido, se convierte en un monumento formidable a la libertad de expresión, a la nobleza del arte del periodismo y a su dignidad como oficio indispensable en los últimos ( al menos ) dos siglos, sin contar el que corre.El propio argumento es una sátira minuciosa, metódica en su simplicidad, pero contundente en la extensión de campo que alcanza.
Walter Burns (Walter Matthau) es el director de un periódico de tirada doble y plantilla abundante, pero escasa en talento porque, a lo visto, tendrá que recurrir a su periodista estrella Hildy Johnson (Jack Lemmon) para cubrir el ajusticiamiento de un asesino en el presidio local. Todo se lía cuando Johnson anuncia, teatralmente, con una jocosidad inteligente y manifiestamente contemporánea, que abandona el trabajo por casarse con una concertista de Filadelfia y ganarse la vida como publicista. Despotrica contra el periodismo, conviene que la prensa sólo da lectura para un rato y que el periódico termina como envoltorio de unas raspas de arenque en un cubo de basura. Walter Burns trata, por todos los medios posibles, arteros casi todos, recuperar a su hombre para la noticia, devolverlo al oficio, evitar que se case, mayormente.
Hasta aquí advertimos el guión convencional, la parte comercial, avenible a las convenciones y a los gags habituales, pero debajo, a ras de metáfora, late ( poderoso, sublime ) el desparpajo con el que Wilder retrata la función del periodista como notario de la realidad, así también muy manidamente expresado. Gran parte de lo que vemos únicamente acaece en el departamento de prensa del presidio. Desde su ventana, luego rota, se ve el cadalso. Los periodistas que allí beben, juegan a las cartas y hablan de frivolidades y de correrías antiguas no tienen escrúpulos, no tienen honestidad, no tienen dificultad en modificar la realidad a su gusto y a mayor gloria del titular pomposo y grandilocuente: vendedor. El alcalde y el sheriff son ninguneados y son una baza enorme en el guión de Diamond y el propio Wilder, sobre una obra de teatro pequeña de Hetch. Los dos son degradados, convertidos en escoria que capea ( como puede ) al poderoso gremio de la prensa ( de la seria, que la hay ) para que no aireen sus veleidades, sus pecados jurídicamente punibles. Luego está el Eggelhoffer, el psiquiatra que entrevista al reo Williams: uno de los mejores secundarios de Wilder, sin margen de duda.
Rico en su perfil caricaturizado, reducido a hiperbólico remedo de Freud, al que también Wilder ridiculiza. Se cuenta que el propio Freud conoció al Wilder periodista en su Viena natal y que no tuvieron, que digamos, buena sintonía."La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad", reza el slogan del Examiner, el periódico de marras. Cine y nada más que cine, añado yo.
Dios, en voz de Trueba, fue asesinado por el cine moderno, el cine menos semántico, el cine comido por la fiebre de la tecnología.En el cielo en el que no creo estará tomando notas sobre las turbiedades de los ángeles.
Malos tiempos para la lírica, cantaban en los gloriosos ochenta Golpes Bajos.
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23.11.09

El último tango en París: La mantequilla nihilista



Lo que le ha pasado a El último tango en París no tiene parangón razonable en cualquier otra película de cine de calidad: han prevalecido algunas imágenes en nuestra memoria colectiva y se han borrado el resto. Ha quedado el ascensor donde los amantes se ponen de un lúbrico vitaminado. Ha quedado el pubis muy negro e hirsuto de Jeanne (María Schneider), su cuerpo menudo, sus piernas cortas, su cara de niña y sus tetas grandes. Ha quedado la humillación de la mantequilla. Ha quedado el apartamento soleado, su soledad sudada y su vacío descarnado. Lo que se ha perdido es una simbología, el espíritu de la utopía, su literatura. Se ha perdido el trasfondo de sus personajes: la locura de su existencia, la belleza triste de las historias que, al hilo del encuentro de los amantes, van componiendo el retrato de un mundo en decadencia, ridiculizado por Bertolucci en la figura del director amateur, el cineasta pedante-novio de Jeanne, que representa aquello que el propio Bertolucci odiaba: el cine baboso, pedante y realista de la época. ¿Alguien ha pensado en Goddard? El compromiso político de Bernardo Bertolucci se viste del eco del Mayo francés, de sus revueltas estudiantiles, de la inocencia culta y solidaria de sus jóvenes liberados. Eran tiempos en los que la cultura era manejada, quizá por primera vez en el siglo XX, como arma y las palabras eran arrojadas como balas. Lo que hace Paul ( un alucinante Marlon Brando ) es hablar: su tormento interior es verbalizado, comunicado sin pudor a la niña-amante que ha encontrado y que comparte con él la soledad, el anonimato, como si fuesen fantasmas.El último tango en París es cine auténtico, aunque no sé exactamente qué quiere decir esto: quizá sea auténtico porque no ofrece respuestas sino que abre interrogantes. Así es la vida, de cualquier forma. Paul es un atormentado, un ser destrozado ( ha enviudado; su esposa se ha suicidado, y no quiere construir un mundo nuevo ) y un alma en pena continua, que no necesita redimirse, pero que lampa por encontrar a alguien con quien dejarse morir, a quien confiar su letanía más íntima. Alguien que grita: "puto Dios". Y entonces es cuando aparece el sexo y es en su gramática de sudor y de silencios en donde Paul y Jeanne consiguen una comunicación plena. Eros y Tanatos, la vida y la muerte bordadas en el sexo, como decía Serrat en la copla de su Curro el Palmo, la eterna historia del bien y del mal, de la luz y de su reverso, no necesaramente tenebroso: esto es lo que se esconde debajo de la ropa de los amantes, en el suelo del apartamento parisino, con luz del sol invadiendo la pantalla.Asombra que los años no hayan restado un ápice de contundencia a este film: se ha sobrepuesto a su mensaje, aunque tiene todas las papaletas para perderse porque es, muy fundamentalmente, un film preciso de una época precisa y se entiende que los espectadores que lo vieron en su estreno alojaran un asombro mayor, una reverencia más profunda, un amor más visceral por la expereincia que supone su visionado.




"Puto Dios", dice Paul debajo de un puente mientras un tren pasa. Paul no quiere saber nada del pasado de su amante casual. No hay nombres. No hay historia. Hay epidermis. Hay un revolcón que ha dado suficientes quebraderos de cabeza a los reprimidos y a la censura imperante como para tener este film como cabecera del pecado, con la imagen voluptuosa de Jeanne en la bañera, enjabonado por el hierático Paul, quemada por una tarde invernal tristísima y hermosa. No escandaliza como entonces, gracias a ese Dios de debajo del puente que Paul insultaba, pero deja un poso de angustia, de escozor en el alma, que es donde más escuecen todas las cosas.Palabras mayores de filósofos de mesa camilla como nihilismo o existencialismo para una sencilla remembranza de una película de erotismo dramático o de drama erótico, pero el sexo es el vehículo para que estos personajes toquen el cielo o toquen fondo y acaban en la gloria o en el infierno. Importa poco. París, no obstante, teniendo muchas películas, tiene a ésta como una bandera firme de su aureola de romantiscismo decadente. Capítulo necesariamente aparte es el arco de influencia social que la película produjo en su época: yo todavía sigo fascinado por el patetismo garrulo y provinciano de aquellos españolitos en perpetua erección (Franco había echado inhibidores de la líbido en los pantanos que iba inaugurando) que iban al sur de Francia para ver un coño y unas tetas, con perdón por el rebaje semántico, por demás, utilísimo. Y encima hablaban en francés.
Éstos de ahora son tiempos distintos y otros son los patetismos, provincianos o no, que nos pueblan, pero aquél era paradigmático de una situación pollítica vergonzante, oscurantista. Parece, en todo caso, que el retraso va siendo ya souvenir de nuestra Historia y todo son en estos días de aperturismo en lo social y de bonanza moral galardones para el talente liberal de nuestro Gobierno. Hora era. Tiempo habrá en un futuro probablemente no lejano de evaluar si corrimos mucho o si en la carrera perdimos algo valioso. Luego es muy difícil echarnos atrás, reandar el camino y aguzar la vista para ver qué perdimos. Esto es una sencilla crítica de cine, un apunte sobre el pasado, no una editorial furibunda sobre el progreso y sus vicios en la editorial de un periódico con mucha tirada.





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21.11.09

Ondean banderas piratas...

El mundo que estamos construyendo está gobernado por piratas de Somalia, está timoneado por funcionarios corruptos, está sermoneado por clérigos insensatos y se dirige, salvo que el ruido del apocalipsis nos despierte, al abismo de Helm, al agujero negro de los cuentos sin héroes, al silencio perfecto en el que la inteligencia hizo sus últimos alardes de estilo. Los alegres filibusteros de los mares índicos no difieren en exceso de algunos filibusteros de aquí. Ve uno quizá algún rasgo diferenciador en el dominio del lenguaje y en la exuberancia de gestos de unos y de otros. Mientras el corsario de allí se basta con acometer el abordaje por las bravas, a golpe de kalashnikov, el de aquí exhibe un muestrario amplio de registros semánticos. El pirata moderno, el estudiado, es a lo visto aficionado a las letras, culto con apreciaciones, razonablemente ducho en oratoria y de una formidable capacidad para sobrevivir entre gabinetes de crisis, discos duros reventones de querellas y una manada de parias a las puertas de sus despachos, pidiendo pan. Circo ya tienen. En estos tiempos el circo no da la talla de antes. El circo es ahora el mundo entero. Cuentan que hay más imputables en el PSOE que en el PP, pese a la rutina mediática y al Gürtel y a la guerra popular en Madrid.
Abrimos la televisión y asistimos al espectáculo espeluznante de la desdicha humana. Nada hay bueno. Lo malo vende. Lo sabía Shakespeare. Lo saben ahora los raperos de la Gran Suburbia. A la carpa le hemos construido ya tantas trampas que ni los propios montadores pueden evitar caer en ellas. Ahora que ya teníamos el concepto de pirata bien reformulado, ajustado a los deseos de la SGAE, salen estos arribistas del cuerno de África y nos marean el diccionario. La política es una ciencia inexacta. La escribe gente falible. La ejecutan funcionarios temerosos de que los votos vuelen a casa del vecino. Nos hemos envilecido con esto de traer a casa a los pescadores presos. No es que el Gobierno haya caido bajo ni que haya actuado rastreramente. No entro en lo que no alcanzo a entender del todo. Sí que asisto a una función barata de pasables actores. Ni siquiera encandilan con sus puyas, con sus mandobles semánticos. Aburren, aturden, desesperan. Creo que todo se deja manejar por el recorrido informativo. Lo que se lee, lo que se oye y lo que se escribe es lo que existe. Todo lo demás no merece atención alguna.
He leído hoy que lo del rescate de los pescadores españoles ha sido más un reality que un secuestro (David Torres, El Mundo). En realidad todo es reality: todo se desprecinta para ser expuesto. Lo empaquetan en un sótano oscuro, en un sórdido lupanar de informaciones interesadas. Y de ahí al aire, al gozoso aire cómplice de la banda ancha o del prime time televisivo o de la columna en los diarios o de la palabra montada en hertzios. Eso parece. Una obra de teatro. Una del tamaño del mundo. Vamos tirando. Hoy vuelve la Liga. Eso aclara un poco las ideas. O las enturbia del todo.
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20.11.09

Alida en Viena


Fue la novia de Harry Lime alejándose del cementerio en la bruma nostálgica de la cítara de Anton Karas, pero pudo haberse dejado amar por Holly Martins. Entre la tristeza sin aristas de Martins y la navaja encendida de Lime. Por las calles de Viena. En blanco y negro. En una mañana muy lluviosa de navidad en Córdoba, vi por primera vez a Alida Valli, y también fue la última, paradójicamente. Luego he visto algunas películas en las que esta dama italiana del cine ponía su rostro enigmático, duro, hermoso como un adjetivo en la nieve (Senso, El proceso Paradine, El grito) pero nunca tuve esa sensación de plenitud óptica absoluta. Anoche, ojeando una revista de cine, apareció esta fotografía. Contaban que había muerto. Entonces busqué El tercer hombre. No la vi entera. La tengo completa en la cabeza. Busqué el final. La cítara. El cementerio. Joseph Cotten, el novelista de serie B, el derrotado. Alida. Era muy hermosa.

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18.11.09

Bukowski / Pound



Salvadas las distancias, las intenciones estéticas e incluso el compromiso cultural, Ezra Pound me hace siempre pensar en Charles Bukowski. Sobre todo Pound ya anciano, vencido por los años, solicitándole al tiempo, al implacable, una bula, la concesión de un aplazamiento. El poeta, en esa edad ya reveladoramente provecta, se siente una especie de dios del mundo que ha ido registrando en sus versos. Al igual que un novelista necesita el vértigo de los años, su fiebre y su lanza, para crear su obra, el poeta también se alarga y adquiere relevancia mitológica cuando sabe envejecer y entender las heridas de las horas, el vaciamiento del alma que antes se dedicó con paciencia y con rigor y con pasión a ir llenando de belleza y de inteligencia. Los guerreros, al final, estamos solos, dijo en una entrevista. La suya fue una poética contra la usura, contra el mercado del dinero, que es más terrible que todos los sueños perversos de los dictadores. A diferencia de Bukowski, que vivió la feliz vida de quien se deja llevar absolutamente por sus vicios y acepta que esos vicios le retiren de ella, Pound fue un prisionero de su pensamiento y habitó cárceles y fue torturado y rebajado al grado mínimo de humanidad. Dentro de la jaula, Pound concibió su idea del mundo. Bukowski fatigó barras de bar, alternó con putas y jamás fue hecho prisionero por las palabras que dijo. Lo apresaron por calavera, por vividor, por mujeriego, por borracho. Los dos fueron, no obstante, honrados en lo suyo. La poesía es un arte mayor. Tal vez el más grande. El que con más precisión hurga en lo invisible, en lo que no está y, sin embargo, mueve el mundo y mueve el sol y también las estrellas, como quería Dante.

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17.11.09

La señora Danvers, Jimi Hendrix y una asiática preñada


“Last night I dreamt I went to Manderley again”





Cuando Alfred Hitchcock ideó Rebeca, David O. Selznick, el Rey Midas de Hollywood, tenía una ciudad ardiendo en su cabeza. Tenía Atlanta quemada y Clark Gable yendo y viniendo a caballo por entre las cenizas de su matrimonio. Lo que el viento se llevó, rodada al tiempo que Rebeca, hizo que Hitchcock hiciese y deshiciese a antojo y convirtiese la historia de la segunda señora de Winter, más que la primera, ahogada, furiosamente revivida por el ama de llaves Danvers, en un relato personal, conducido bajo la gótica y brumosa atmósfera del cine inglés del maestro. Recuerdo haber visto Rebeca en una sesión matinal de la Escuela de Magisterio de Córdoba. Recuerdo también el estado de shock después del pase. La cara de la señora Danvers me persiguió durante días. La veía en los libros de Pedagogía y en la cola del supermercado. Me la encontraba en la panadería de mi calle, a mi vera, guardando escrupulosa cola. Con los años, por encima de la estupenda historia de Daphne du Marier y del pulso formidable de Hitchcock, Rebeca sigue siendo la señora Danvers, su rostro sacado del centro mismo del infierno y traído a la tierra para envenener mis sueños.


Si era o no lesbiana la estricta y retorcida ama de llaves de Manderley me importaba escasamente. Me bastaba el gesto incendiario, el rictus principiando el mal, todo el odio y todo el amor que es posible encerrar en el alma de una persona y que la conduce al desvarío, al desmán puro.

-Guardo su ropa interior aquí, la hicieron para ella las monjas del convento de Santa Clara. Yo la espera siempre, por tarde que fuese. A veces, ella y el señor llegaban de madrugada. Al desvestirse me hablaba de la fiesta a la que había asistido. Conocía a personas importantes y todo el mundo la quería. Al terminar el baño iba al dormitorio y se dirigía al tocador. ¿Ha tocado el cepillo, verdad? Así está mejor, tal y como ella lo dejaba. Vamos Deni, el cabello, me decía. Y entonces yo le cepillaba el pelo durante 20 minutos. Y luego decía, buenas noches Deni y se metía en la cama. Yo misma bordé para ella esta bolsa y está siempre aquí. ¿Ha visto algo más delicado? Mire como se ve mi mano. Nadie pensaría que hace tanto tiempo que se fue. A veces, cuando voy por el pasillo, creo que la estoy oyendo tras de mi, con sus suaves pasos, no podía confundirlos. No sólo aquí dentro, sino en toda la casa. Casi los oigo ahora. ¿Cree que los muertos nos observan?

-No, no lo creo-

-Me pregunto, si no vuelve aquí, a Manderline, y los contempla a ustedes juntos. ¿Está cansada? ¿Por qué no se queda un rato y descansa? Escuche el mar. Es tranquilizante. Escúchelo. Escúchelo. Escuche el mar.




Diabólica hasta el desmayo, la señora Danvers (una magnífica Judith Anderson) gana la partida a todos sus compañeros de reparto, incluyendo un poco excedido todavía Laurence Olivier y una excelente Joan Fontaine. Quemada como más tarde Norman Bates, sacrificada por amor, entregada al fuego balsámico, la señora Danvers ocupó durante algunos meses la pared de la salita de mi primer piso de soltero en 1.991. Soltero cafre, si me permiten, moderadamente sentimental con mis cosas, amancebado justo a tiempo, pletórico, razonablemente perverso en sus vicios y consciente de la escasa duración de los placeres incluso (ay) cuando éstos se suceden sin descanso, atropellando la serena visión de su efecto, conduciendo al paciente de su alocada fiebre a un casi continuo estado de ebriedad estética. Así amé yo Rebeca. Así permití que su influjo soliviantase la limpia pared de esa casa. No tengo muy claro de dónde salió la fotografía de marras (la de Judith Anderson y Joan Fontaine desgarradas que aparece justo debajo de los títulos de crédito que ilustran este enfermizo post). Sin embargo sí que alcanzo a recordar un póster de un frenético Jimi Hendrix a su lado (Monterrey, Woodstock, en fin) y otro de una asiática embarazada, el pelo muy oscuro y peinado con saña hacia atrás, presumiendo de barriga. de tetas como bombonas de butano y de pezones negros y duros como carbón del Bierzo. Esas fotografías escoltaron mi ingreso en la vida laboral y asistieron con silenciado asombro al desfile de compañeros de farra que dejaban el pudor y el tedio en la puerta y comprendían que el amor y la belleza y la inteligencia estaban en el fondo de una botella de Jim Bean o de una larguísima conversación a muchas bandas sobre el carpe diem y todos sus hijos bastardos. Eran mis veinte y muy pocos años, así que todo se puede excusar. Desaparecieron, supongo. Fueron sustituidas por otras. Al dejar la coqueta casa de alquiler(Plaza de los Caballos, Priego de Córdoba) me prometí llenar las paredes de iconos en cualquier piso al fuese. Lo cumplí a medias. Ninguna fotografía como la de la señora Danvers. Ningún recuerdo tan imborrable.





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15.11.09

Servido el veneno, abierto el verso...


Charles Baudelaire no creía en el azar. Tampoco en la cogorza imbécil de quienes no buscaban en la ebriedad un instrumento para descerrajar los usos de la belleza, la rutina implacable de sus signos. Sin freno, ni espuela ni brida, cabalgó el éter formidable de los iluminados y cortejó el abismo como casi ningún otro poeta. Después le han seguido muchos, pero él tiene el muy relevante mérito de haberse sacrificado por amor al arte. Servido el veneno, abierto el verso.

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10.11.09

Entender a Coltrane



Bono (U2): Estaba en lo alto del Grand Hotel de Chicago [de gira en 1987] escuchando A Love Supreme y aprendiendo la lección de toda una vida. Momentos antes había estado viendo cómo unos telepredicadores rehacían a Dios según su propia imagen: pequeños, insignificantes y codiciosos. La religión se ha vuelto el enemigo de Dios, pensé… la religión es lo que quedó cuando Dios, como Elvis, se fue de casa. Desde los primeros recuerdos que guardo de mi vida, siempre he sabido que el mundo está girando en la dirección contraria al amor y que yo también estoy atrapado en eso. Hay tanta maldad en este mundo… pero la belleza es nuestro premio de consolación… la belleza de la voz aflautada de Coltrane, sus susurros, su astucia, su sexualidad maliciosa, su alabanza a la creación. Y de esta manera empecé a entender a Coltrane. Pulsé el botón de repeat y me quedé despierto escuchando a un hombre enfrentándose a Dios con el don de su música.



Caso de que uno escuche A love supreme sin la interferencia de la cultura, sin haber leido que Dios estaba detrás del saxofonista, guiándole, apartando lo irrelevante y conduciendo la música hacia ese estado central del bienestar en el que uno lo ve todo y lo ve con reverencia y pudor, el disco de John Coltrane es un amasijo hermoso de sonidos. La palabra amasijo está devaluada, pero conviene en ocasiones para evitar el merodeo semántico y definir qué es el jazz. Después de haber escuchado miles de discos y de haber dedicado una parte sustancial de mi ocio al jazz, yo no sé qué es. Imagino que lo mueve la fe al igual que es también la fe la que conduce al feligrés a la parroquia. Por eso Coltrane es un sacerdote y Bono, en su sentida reflexión, lo sitúa justo en el altar, derramando sabiduría para quien quiera escuchar. Una vez que ahuyentamos la religión, queda Dios o queda el jazz contenido en un salmo.
John Coltrane murió a los cuarenta años. Hizo discos de reveladores títulos místicos. Y se fue hasta las trancas de heroína y de pastillas. Ebrio de Dios y de química.


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8.11.09

The Village Vanguard, 178 7th Ave S Nueva York, NY 10014, USA




Hubo un tiempo en que estar a la vanguardia del pueblo consistía en tocar jazz. El Village Vanguard de Nueva York abrió sus puertas en febrero de 1.935. Pronto llevará setenta y cinco años tutelando esa dinastía épica de músicos conjurados, ebrios de genio, inspirados por el numen secreto de la belleza. No una belleza cualquiera sino una que, al tiempo que desprendía luz y causaba asombro, batallaba contra quienes, tercos, ignorantes, censuraban aquella música hecha por negros o por blancos pervertidos por negros. Hubiese estado bien estar sentado en uno de sus salones y ver a Bill Evans tocar Waltz for Debby. Son cosas que no podrán pasar ya nunca. Y aunque sea una excentricidad de domingo tristón de otoño recién caído, me duele.

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Travelling man

6.11.09

No cabremos

No veo a Paul R. Ehrlich, un biólogo de poblaciones, uno de esos intelectuales de universidad que poseen un discurso provocador y se buscan enemigos y amigos a partes iguales, en una manifestación provida de las que suelen ocupar las avenidas madrileñas cada vez que la Conferencia Episcopal moviliza a su parroquia y ametralla consignas contra el progreso, que es uno de sus enemigos declarados. No veo a este hombre enaborlando pancartas a favor de la vida. Y no es que este demógrafo inglés, que acaba de recibir un premio de Ecología de la Generalitat catalana, sea un insensible, un bruto, un criminal ni nada de esa guisa. Su discurso es razonablemente práctico. Dice el buen hombre que la bomba demográfica va a reventar las expectativas de bienestar en el planeta Tierra. Que somos demasiados. Que estamos agotando las reservas. Que el agua escasea y va a escasear más todavía. Que población y consumo van de la mano y hasta entra en lo posible que terminen en conflicto y el consumo, que es la madre de todas las teóricas madres, exigirá su peaje y nos mandará a todos a la Edad Media o al Apocalipsis del que algunos hablan pero al que visten de teología o de divinidad cuando es más terreno que un olivo. De lo que habla este doctor ya anciano es la de la irresponsabilidad de traer al mundo a más de dos hijos. Aduce que los políticos no saben de demografía o no se buscan asesores que les hagan saber.
Seremos 9.000 millones de bocas en 2.050. A esa fecha yo estaré muerto. No veré el caos. Me perderé el colapso global. Como no soy un ecologista excéntrico, no expongo mi decepción con sólidos argumentos de conciencia. Mi alarma es estética. Incluso moral. Me pregunto en qué desquiciado juego se permite el ingreso de todos los jugadores. Caigo en la cuenta de que la batalla es más profunda de lo que parece. Mientras uno se alistan en las milicias de la vida como un don sagrado, otros borramos los adjetivos y cuidamos de que estemos bien o de que estemos mejor los que ya andamos por aquí. No somos pocos. Lo irresponsable (no lo digo sólo yo, no lo defiende únicamente mi particular manera de ver las cosas) es que los países en franco progreso o los que llevan ya decenios en esa bondad democrática, los alfabetizados, los que disponen de un rango cultural mayor, tengan gremios que censuren toda profilaxis, que criminalicen a quienes piensan qué vidas van a traer al mundo.
Tampoco sé si es simplemente una de esas batallas entre intelectuales. El humanista contra el ecologista. El católico contra el descreído. Desde Malthus han caído muchas teorías, pero todas convergen en un mismo lugar, uno patético, mirado con detalle. Se resume a aceptar que la casa común no tiene suficiente espacio para sus inquilinos. Es una verdad incontrovertible. No hay dispositivo racional que la contradiga. Esto va a reventar y quizá sea necesario sentar en una mesa a quienes pueden evitarlo y no dejarles que se levanten hasta que haya algún tipo de consenso.
En términos médicos, la metástasis es ya inevitable. El cáncer está ahí. El símil es del propio Ehrlich. El Vaticano se opone frontalmente a que algún tipo de planificación sea alentada por los gobiernos sensibles. Vendrán los hijos que quiera Dios. Con lo sencillo que es separar sexualidad y procreación y educar a las generaciones futuras con vistas a que no pierdan el tiempo en nubes místicas. A lo mejor es un buen paso convencernos del todo de que vivimos en un país laico. Convencernos de que el mundo, puestos a ser estrictos, necesita laicos. Tampoco muchos. Vaya que no quepan.

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4.11.09

George Kaplan cumple 50 años



No hay muchos personajes como George Kaplan en la historia del cine. Puestos a ser estrictos, minuciosos, a manejar enciclopedias o hurgar con vocación entomóloga en la sacrosanta imdb, George Kaplan es una especie única. Interesa que está en un armario de una habitación de hotel en una de las mejores películas de esa historia del cine. No siendo estrictos ni minuciosos, Con la muerte en los talones, que ahora cumple cincuenta vigorosos años, es una de esas excepcionales películas que concita el asombro de todas las generaciones que asisten a su proyección. Y ahora me doy el gustazo de buscarla, airearme de gusto puro y limpio y saber que esta noche, a más tarder, me dedico un par de horas de absoluto disfrute. Si la tienen a mano, no se priven. Brinden por Kaplan. Un par de entregas ligeras de Jim Bean vestirá la ocasión. No se merece menos.



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Un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo...


Con algunos muertos uno no puede rebajarse a la apatía. Aunque nunca paseara con ellos las avenidas y los parques y en ninguna feliz ocasión le invitaran a café en una barra de bar, los siente propios, cercanos, muertos íntimos a los que no afecta la rutina de las horas ni se dejan contaminar por el gris de los días. Viven en un limbo perfecto. En vida y también en la muerte. Habitan el corazón, que entiende en ocasiones más de imposturas y de belleza que de cosas tangibles con las que edificamos la parte menos hermosa de la vida. Siempre pensé que la vida está en lo que no se ve, en lo que no se cuenta, en todo aquello que nos ocupa enteramente pero que no es apreciable desde fuera a simple vista, sin el concurso extremo de la sensibilidad. Y José Luís López Vázquez nos enseñó a ser sensibles, a vivir más deleitosamente esa vida de mentira que existe en el corazón y que no se deja contaminar por la rutina de las horas. Se fue como tantos y se quedará igual que ellos. Lúcidamente conservado en la memoria. Protegido en cientos de películas a las que uno puede regresar y no dejar que el asombro se pierda como sucede tantas veces.

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