Cree uno que no ha hecho otra cosa que escribir un mismo repetido texto. Que en cada poema, en cada verso suelto, en los cuentos y hasta en los posts de esta carcelaria página está ese texto abierto, roto, deshilachado, convertido en un puzzle monstruoso en cuyo fondo especular está un yo también abierto y roto y deshilachado. Y al modo en que uno no ve lo que le circunda por estar encima en exceso y precisa de una altura para apreciar la cartografía escondida, así estas páginas mías, los textos que manuscribo o que tecleo y luego guardo en el editor del blog o en el disco duro, son esas partes fragmentadas. Lo que ahora barrunto es si la vida no será igualmente un texto, un palimpsesto, un mural de piezas que vamos dejando aquí y allí en la travesía de los días y que alguien, desde fuera, en la altura, lee con corrección y hasta entiende.
El vacío bien ocupado
Tengo propensión a un tipo de pereza muy peculiar que es en conjunto idéntica a todos los demás tipos de pereza pero que se entretiene, en su útero interno, en su fondo primario, en inventar, en fabular con qué entretener el tiempo una vez que la pereza desaparezca y regrese la actividad. Muchas de las cosas que proyecto en esas horas de limpio cansancio luego no conducen a ningún sitio. Son ideas para escribir o lugares a los que ir o amigos a los que visitar. Todo en plan caótico. Todo rezumando fiebre. Todo, lamentablemente, abocado al fracaso. Mi amigo K., pendiente en lo que puede de lo que me pasa, me cuenta que él sufre un tipo de pereza bien distinta. Deja la mente en blanco o en gris o en un color así muy vago que despierte poco interés en quien lo vea desde fuera. Una vez que ha adquirido esa tibieza cromática se embarca en la búsqueda del vacío perfecto. No pensar. No decir. No hacer. Me jura que lo consigue nada más proponérselo. En minutos. Yo lo he intentado hoy mismo, después del almuerzo. Me he sentado en un butacón y he cerrado los ojos. Ha faltado poquísimo para caer en el sueño conciliador. La mente en blanco, en gris, pero por la vía directa. Sin retórica. Sin la mística de los libros leídos.
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