31.10.09

Um fingidor


O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
Que chega a fingir que é dor
A dor que deveras sente.

E os que lêem o que escreve,
Na dor lida sentem bem,
Não as duas que ele teve,
Mas só a que eles não têm.

E assim nas calhas de roda
Gira, a entreter a razão,
Esse comboio de corda
Que se chama coração
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Traducción

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que en verdad siente.

Y los que leen lo que escribe
en el dolor leído sienten
no los dos que él ha tenido
sino el que ellos no sienten.

Y así en los raíles
gira, entreteniendo la razón,
ese tren de cuerda
que se llama corazón

Autopsicografía, Bernardo Soares (heterónimo)

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Huele a Arkham esta noche...



Álex me hizo pensar en Lovecraft. Busqué uno de los relatos que más me gustan (En la cripta) y me lo zampé en mi sillón de orejas. Después mi convalecencia (una vulgar gripe, un catarro provinciano, una demolición absoluta de la salud) hizo que encontrara una formidable página en la que venden (sí, no miento) perfume inspirado en los cuentos del maestro norteamericano. Imaginen una esencia de insectos triturados, dioses primigenios, moho del siglo XIX y baba de leproso. Quien tenga a bien acicalarse con esta quintaesencia de lo tétrico, visite The Black Phoenix Alchemy Lab Perfume y luego pásese por este rinconcito sano de la Red y cuente a los escépticos si de verdad huele a sótano. Un sótano en Arkham, claro. En fin, un heraldo de lo siniestro. Un regalo para sibaritas. Sólo cuesta quince dólares. Visa, American Express, Mastercard o lo que tengan a mano, y a ligar en Halloween. Estos tiempos de descreimiento moral merecen estos recursos librescos. Están a tiempo.

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29.10.09

La silla de Clifford Brown


Hasta hoy no sabía que había sillas de jazz. Las hay de velatorios y de cine de verano. De iglesia muy pobre y de fiesta de barrio. Cuando descubrí la foto en una de esas búsquedas caóticas que uno realiza cuando enciende el ordenador sin un propósito fijo, escuchaba a Clifford Brown. Así que una de ellas es suya. La silla de Clifford Brown. Las otras dos no tienen todavía dueño. ¿Miles Davis y Kenny Dorham?

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Halloween 2009


José Sánchez, obispo en Guadalajara, alerta sobre la inconveniencia de que Halloween desplace costumbres cristianas. Al obispo y a la comunidad católica le incomoda ese relativismo al que el Papa suele acudir cuando proclama la debacle moral de la sociedad. No hay tal hundimiento ni un cisma de atropellos pecaminosos se cierne sobre queienes, al hilo de la moda importada, lo practican, que suelen ser (en su amplia mayoría) infantes y adolescentes, hechizados por la iconografía de la fiesta pagana.
El desplazamiento es relativo. Lo que hay, en todo caso, es una razonable alarma de las parroquias al ver cómo la normativa tradicional en asuntos de culto está siendo (únicamente en parte) desplazada por estas devociones extranjeras y, por tanto, indignas. Dicen que Halloween no es una fiesta inocente. La cristiandad tampoco lo es. Ninguna religión, en el fondo, lo es. Todas edifican su doctrinario invocando la salvación de unas almas, juego que teatralizan durante la vida del feligrés hasta que, llegada su óbito, nada hay a lo que aferrarse para comprobar la veracidad de la promesa.
Nada hay de anormal en la proclama del prelado alcarreño. No batalla contra calabazas huecas (que antes fueron nabos y su deficiente cosecha en los Estados Unidos provocó su sustitución) ni contra esqueletos. El truco y trato es una insignificancia, una afrenta a los códigos morales cristianos que se queda en un ruido diminuto, en una nimiedad. A lo que se enfrenta la Conferencia Episcopal es al negocio puro y duro, a la universal receta del trueque, al tópico ése que decía que el cliente siempre tiene razón. En asuntos de mercado y en asunto de salvación de almas. La fe tiene también su clientelismo. El alma es tóxica. La vida es tóxica. Las religiones son paternalismos acérrimos, tutelas interesadas, metáforas adictivas, letra pequeña.

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28.10.09

Cánticos de taberna

"En alguna parte leí que un apretado tejido de infortunios labra la historia de los hombres". Se me quedó la frase en el fondo más irrenunciable de la memoria y ahí ha estado durante años y sin embargo no el autor. Recuerdo las veces, a modo de pedantería de taberna, bien alegre de cerveza, suelto el verbo y el ánimo, en que soltaba la frase de marras; recuerdo el ensayo, la rutina fonética, la envarada traída de las palabras como un pase de modelos de alta costura lingüística o como una exhibición de tronío erudito; recuerdo el elogio efusivo de los amigos, las risas que confirmaban la excepcional pertinencia de la cita. En ocasiones se teatraliza con lo hablado y luego el ritual adquiere plaza, se asienta en la costumbre y las palabras dejan de tenerun sentido tangible para convertirse en una especie de furioso latiguillo. Eliot lo dice mejor: "Tuvimos la experiencia pero perdimos el significado".
Viene todo esto a cuento de que Google, ese monstruo despejador de incógnitas, ese oráculo imbatible, resolvió la ecuación y dio un nombre a la cita: Adolfo Bioy Casares, La sierva ajena.. Anoche un correo de un buen amigo me refirió lo del apretado tejido de infortunios y que la trama ya tenía un nombre al que confiar el hallazgo. De lo que este amigo no hablaba en su correo, que se dedicaba básicamente a asuntos más pedestres (banda ancha, contratación de un espacio web...) era de los formidables ratos compartidos con el amigo Bioy a pie de barra, en el momento sublime en el que la lengua aletea dentro de la boca, toma altura, cae, se despeña, se levanta y regresa al aire lírico del lenguaje. Esa jácara nocturna de amigotes arracimados alrededor de una mesa, en un fondo de bar o en la intimidad de la casa de alguno, en cerrada vocación filológica, dando rienda suelta a las sencillas ganas de hablar. O no son tan sencillas. Sí que echo en falta al señor Bioy Casares, toda esa magia de prestidigitador impostado, que vacila por gusto, que está cómodo entre iguales y espera a ver quién suelta la parida más descacharrante. Aunque fuésemos todos unos auténticos cabestros y fuera de esa lindeza literaria ocupáramos la cháchara en lo habitual en estos casos, las proezas galantes, los goles del domingo y la áspera cantinela del trabajo cada lunes por la mañana. Seguimos, a pesar de los años, cayendo en las mismos vicios. Hace que no los practicamos. K. me contó que buscará un hueco en su agenda. A Juan le acabo de decir que voy a colgar este post y se pase y le eche un vistazo. Sé que, no gustándole, le hará ponerse sentimental.

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25.10.09

Saki bajo la lluvia

Best Books, The Atlantic Monthly, Jillian Tamaki

En invierno, embutido en un buen abrigo, suelo no olvidar echar algún libro de bolsillo junto a la funda de las gafas de sol o el movil. La certidumbre de ese libro, su presencia escondida, me hace confiar más alegremente en no aburrirme, en no dejar al gobierno del tedio los ratos en blanco que suelen ocuparnos en el trecho del día. Para cuando va uno más liviano de ropa he encontrado una solución feliz: uno de esos bolsos con varios departamentos que se cuelgan al hombro. He probado ya un par de modelos, que descansan en un cajón. El tercero es formidable. A su cobijo han estado Lovecraft, Neruda, Millás, Poe, Séneca, Lorca, Muñoz Molina o Savater desde que lo compré a principios de verano. Todos estos autores en estupendas ediciones transportable. Ahora llevo relatos de Saki, que es un escritor muy británico, que escribe de forma deliciosa lo más puramente británico y que me recomendó un amigo, ya ven, cuando hice el Servicio Militar en San Fernando, en Cádiz. Recuerdo haber leído a Saki bajo la lluvia, en una parada de autobús cerca del Ramón de Carranza. Era domingo y volvía al cuartel. Ahora las esperas las alivio con música. Entonces el entretenimiento, el mimo con que trataba esos ratos en blanco se lo encomendaba a la literatura. A falta de libro nunca me faltaba el periódico del día.
He leído en sitios exóticos. En metro no lo he hecho jamás. He disfrutado viendo en cine cómo la gente se aislaba de la gente (no sé yo si eso es recomendable del todo, pero en ocasiones sí sé que es totalmente necesario) leyendo en el metro. Hace poco estuve en Madrid y pude admirir esa circunstancia en directo. Había una japonesa leyendo un libro en japonés y una adolescente leyendo a Harry Potter. Ignoro qué parte de la pantagruélica aventura. Vi a un señor muy mayor que leía La razón. Quizá por ser muy mayor. Ver a un chico joven, afectadamente pulcro, peinado con raya imperial y levantando la cabeza a cada instante, como buscando a alguien, me hizo pensar en K., que suele hacer eso en las cafeterías, cuando hojea la prensa y dedica más tiempo a la concurrencia que a las noticias.
He leído en la sala de espera del médico el final de una aburrida novela de Murakami y también en esa misma sala he empezado un adictivo texto de Auster. En el autobús, en Córdoba, para fomentar la afición a la lectura, el Ayuntamiento dispuso colocar en los cristales poemas. En los transportes urbanos se recomienda siempre leer poesía porque es fácilmente interrumpible y te hace también sentirte transportado, pero sin levantarte del asiento, eso en el caso de que vayas sentado, cosa que no sucede en todos los casos.
He leído an Borges e casi cualquier sitio que el buen lector pueda imaginar. Hay lugares de Córdoba que me hacen pensar en el poema del ajedrez o en la historia de Funés el memorioso o en Emma Zunz o en Asterión. ("¿Lo creerás, Ariadna? El Minotauro apenas se defendió"). De hecho al pasar nuevamente por ellos regreso a esos personajes o recreo alguna línea de algún poema y el impulso natural es declamarla, airearla, convertir esa circunstancia estrictamente íntima (un libro, un sitio) en un acontecimiento público. Nunca tuve pudor ni me afectó la vergüenza de llamar la atención por la calle. En eso, en ese arrebato de lujuria libresca, menos todavía.
Como he terminado de leer a Saki, me levanto justo ahora, miro en las estanterías y coloco en mi mochililla un libro para mañana. ¿Memoria y deseo, la poesía de Vázquez Montalbán?

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Moon: ... Planet Earth is blue and there's nothing I can do...


Cosechadoras de gas en la cara oculta de la luna. Hay que ser hijo de David Bowie y haber visto en casa astronautas tomando café en la cocina para imaginar Moon y luego filmarla. O hay que haber visto cien veces 2.001, una odisea en el espacio o Blade Runner o Solaris o haberse leído las crónicas del Asimov más ameno. Major Tom andaba por allí. De resultas de esta alegre zarabanda de cosmonautas nace Duncan Jones, el director de Moon, su ópera prima, la mejor película de ciencia-ficción del siglo XXI. Philip K. Dick, que es el pater familias de todo este caos metafísico, sobrevuela una historia absorbente, que fascina por su limpieza narrativa y por desplegar un tipo de suspense al que no estabábamos acostumbrados desde que los replicantes comían arroz chino bajo la lluvia.
Resulta penoso (o resulta lógico) que la única vía que le queda a la filosofía en el cine siga siendo la ciencia-ficción. Moon escudriña de nuevo las preguntas fundamentales que se hace el ser humano. A algunas les da respuesta la religión; a otras, la ciencia. Entre la fe y la razón, hurgando en una y en otra, está Sam, que es un minero galáctico, una especie de eremita tecnológico al que han contratado para satisfacer las altas demandas de helio-3, la energía del futuro, la única posible, y que de pronto comienza a cuestionar la realidad. La de Moon sucede en un menos aséptico de lo esperado cubículo cósmico. En ella suceden más cosas que en muchas películas del género que recorren distancias siderales.
Aunque quizá lo verdaderamente importante en Moon es la denuncia de la absoluta falta de principios morales que gobierna esta sociedad en la que vivimos o en alguna otra cerniente. La ciencia-ficción es un género fantástico para contarnos las cosas que nos suceden por dentro en el paradójico atrezzo del universo, en ese espacio negro y puro, infinito, en el que el hombre tal vez habla consigo mismo y encuentra las respuestas con las que no da en la sórdida, impura y rutinaria Tierra.

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23.10.09

Si la cosa funciona: el formidable ocaso del genio


Una de las cosas más extraordinarias que provee el arte cinematográfico es aquélla en la que se nos da como creíble y hasta enteramente fiable lo que en la vida real nos parecería asunto fantástico, de escaso credito o abiertamente falso. Al cine le confiamos la gestión de esa porción de felicidad basada en la fantasía o basada en el cuestionamiento de la realidad. La otra circunstancia favorable que concurre estriba en la fascinación que ejerce el cine cuando se limita a contarnos, sin alambique épico, sin el concurso de la imaginación voladora, la vida real, la que nos ocupa a diario.
Woody Allen nos ha contado con absoluta maestría ese espacio doméstico, limpio de volutas infográficas, escrito con la veracidad del que escruta esa realidad y extrae de ella las historias de más sencilla literatura. Busquen en su imaginario cinéfilo y encuentren el ejemplo que mejor se acopla a lo aquí contado. No tardarán en dar con los necesarios. De hecho yo sigo pensando que Woody Allen, el mejor Woody Allen, al menos, cuenta siempre la misma historia, aunque se esmera en confundirnos al moverla de escenario o al introducir personajes aparentemente novedosos o desenlaces parcialmente inéditos. Todo, sin embargo, está escrito en el infalible cuaderno de trabajo de este genio incansables, fatigado ya en la vejez, que sabe cómo funciona el engaño del cine y rinde al exigente público (el suyo es de los más inteligentes que pueda haber) muy medidas raciones de realidad, entregada a manta, construída bajo la mala uva de su humor, que no es negro ni chabacano ni bebe de la actualidad para ir a la moda sino que se escribe con mimbres clásicos, con inbatibles argumentos universales. Dentro de cien años veremos con la misma satisfacción Si la cosa funciona, la última entrega en pantalla y, a lo visto, la mejor desde que cambió el modelo narrativo y las intenciones estéticos y filmó una de las mejores películas que yo haya visto recientemente y que es la menos suya de todas: hablo de la formidable, en todos los aspectos, Match point.
Ver una película de Woody Allen sigue entusiasmando. No existe abatimiento. La peregrina idea de salir insatisfecho no nos cohíbe y hacemos la cola. Las colas en el cine cuando proyectan una película de Woody Allen son colas de iguales. Gente cortada por la misma tijera cinéfila. Gente sana, en su mayor parte, que disfruta las piruetas verbales, los gestos, los trompicones de la palabra del genio neoyorkino. Hay en esa cola una íntima sensación de júbilo. Si un fan irredento de Michael Bay lee esto y concluye que también siente eso cuando asiste a su última gamberrada visual no tengo argumentos para contradecirlo. La fe en lo que uno cree carece de un prospecto leíble, llevable a término. A mí, que he hecho cola para algún Transfomer por obligación parental, me ha llamado la atención el griterío de la muchachada, la explosión de nervios agitándoles el pecho y desatándoles la lengua, pero no nos desviemos...
Si la cosa funciona no funciona. No al menos como quisiéramos. No basta que sea una rémora del trabajo de los ochenta. No es suficiente que Woody Allen haya retomado su lenta descripción de la ciudad de Nueva York y las neuras, frustaciones y subidones de vida (la vida en ocasiones asciende el torrente sanguíneo como una toxina, pero no nos damos cuenta) que sufren sus inquilinos. Si la cosa funciona no es el cine ejemplar de antaño. Habiendo momentos brillantes, sobran los rutinarios, y eso que puestos a ser exigente (ya lo hemos advertido) la filmografía de Woody Allen podría pecar de abusar de esos tics, de esas situaciones arquetípicas, resueltas con abundante carnaza semántica.
La historia del profesor de mecánica cuántica en su desvencijado, destartalado y gris apartamento del Nueva York más tosco y también desvencijado, destartalado y gris que ha filmado Woody Allen no es una historia nueva. La hemos visto antes. Muchas veces. La historia de la bruta chica de pueblo, mal hablada, inocente y buenetona, que llega a la gran ciudad para escapar del provincianismo que la oprime (aunque eso al principio ella nunca podría expresarlo así) ya ha sido contada (Poderosa Afrodita). Aquí no hay coro griego pero el protagonista nos habla, se excluye de la ficción y mira a la pantalla para hacer de la voz en off más carnal que pueda imaginarse.
Todo el paternalismo de Woody Allen converge aquí para demostrarnos que la vida puede ser maravillosa (una pena, al hilo de la frase de marras, la muerte del excéntrico periodista deporti vo Andrés Montes, yo la he sentido así, al menos) y que vivir siempre da un extra de entusiasmo, si la cosa funciona... El hombre que era lo suficientemente feo y lo suficientemente bajo como para triunfar por sí mismo se ha permitido también una excentricidad, se ha copiado a sí mismo y ha perdido en el tránsito una brizna de genio, pero juro que disfruté mucho con lo que ya traía de casa antes de entrar al cine. Sé lo que digo. Me daba lo mismo (o casi, no exageremos) que todo fuese un desastre enorme (desastre tipo Vicky Cristina Barcelona). No lo es en ese grado. Hay (insisto) talento, ocasiones aprovechadas para hacer cine del bueno, pero el genio está cansado, ha cogido sus frases y las ha reescrito, sin entregarse al más genuino oficio de escribir otras nuevas. Se lo excusamos. Además es el único cineasta del mundo que levanta a sus protagonistas a las cuatro de la mañana, los junta en la cocina y los pone a parlotear asuntos de una trascendencia absoluta, perfilada por un humor brutal y arroja a uno de ellos por la ventana con la terrible decisión de quitarse ya definitivamente del medio. Pero el infortunio se alía con ellos y su vida dura una película. Justo eso.
El cine, así abría esta reflexión de viernes noche, abre puertas donde antes había muros, jardínes donde eriales, burdeles donde altares o viceversa. Woody Allen es el único cineasta (vivo) que no abre ni cierra nada. Todo está ahí. Él se limita a contarlo de una forma que es suya. Woody Allen es su propio género. Bergman, su admirado Bergman, era también el suyo. Michael Bay, ay, lamentablemente está consiguiendo a pasos agigantados (y caros, vive Dios) el suyo en propiedad o en alquiler, según tercie el mercado.





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20.10.09

Ágora: El círculo impuro



I
Más que una película, Ágora es un estado de ánimo, una vía formidable para regresar a la filosofía, aunque sea en la barra de un bar y no se hable una sola palabra sobre cine. En ese sentido, Ágora no es una película o lo es al modo en que sucede como una película, pero Amenábar ha abandonado los dispositivos narrativos clásicos (que exhibió con robustez en Los otros, por ejemplo) y ha cargado las tintas en lo teológico, en esa filosofía de andar por casa, sencilla, alejada de sofismas y tautologías, más doméstica que otra cosa. ¿Qué tenemos? ¿Un peplum metafísico? ¿Un panfleto agnóstico? Probablemente Ágora funcione en ambos sentidos. En la rendición de una historia que puede seguirse sin involucrarse en exceso y en la historia que interesa por lo que significa y no tanto por lo que es. Ágora, en ese sentido, es la cinta más extracinematográfica que yo haya visto en los últimos tiempos.
II
Los cristianos, en Ágora, transforman la Biblioteca de Alejandría en un establo y después de quemar los libros. Un pueblo embrutecido y ágrafo conviene siempre a estos propósitos. Después queman también a los judíos, que son un gremio belicoso, incómodo, el único consciente del poder rebelador de la palabra.
III
Los cristianos de Amenábar son una suerte de facción bárbara de lo que no debe ser nunca una religión. El hecho de que el director se declare ateo (primero) y agnóstico (más tarde) podría hacer pensar que hay una intención condenatoria. Hay, no obstante, un pulso continuo entre la ciencia y la fe, entre el saber y la creencia.
IV
Los parabolanos, la milicia cristiana que ocupa las calles y se apresta al combate, están vestidos talibanamente. No parece un hecho casual. Se advierte, en todo caso, la mano del director. La turbamulta caótica que arrasa la Biblioteca y la reduce a un griterío de gallinas sirve únicamente para exhibir la grandeza de la violencia, su plasticidad, el hecho de que el cine (el peplum, John Ford, las cintas de aliento épico tipo El señor de los anillos) agranda su aliento épico con estos despliegues grandiosos. Amenábar abusa del plano cenital. En su extremo, acude incluso al plano cenital total, que consiste en algunas imágenes sobrecogedoras (Kubrick ahí de fondo como un animal sabio y fiero) del planeta Tierra visto desde el puro espacio exterior. Ágora es un tratado de astronomía razonable. Hay que darle derechos de autor a Manolo García y a Quimi Portet. Por la idea. Por el espíritu semántico del asunto.
V
Casi nada turba en Ágora. Mucho de lo visto aturde. Entre la turbación y el aturdimiento, aparte de la similitud fonética, hay un mundo. Las carencias emocionales ni siquiera son paliadas con belleza plástica. La hay a ratos: la hay a dentelladas. Sólo en momentos muy puntuales. Yo me quedo con el plano inverso: esa rotación de la cámara que deja al espectador (a mí, no voy más lejos) en el asombro al que luego nunca regresa.
VI
Si tenemos que elegir algo memorable en Ágora es la figura de la astrónoma Hypatia. Busca la verdad o busca la pureza del círculo, que luego deviene elipse y fractura del ombliguismo cósmico. El obispo Cirilo, que la denigra sin salirse de las Escrituras, remite al abad custodio de El nombre de la rosa. Durante parte de la historia pensé en el libro guardado, el que en la novela de Umberto Eco precipitaba la barbarie dentro del convento. Los libros en Ágora sufren. Ver un libro arder es ver morir al mundo. Ese mismo obispo ordena a sus mercenarios (qué son, al cabo) que cubran la cabeza de Hypatia justo en el momento en que va a ser ajusticiada. Al tufillo talibán de las hordas cristianas le podemos añadir sin pudor ético el burka. Cerrando círculos morales.
VII
Me contaron que en las iglesias de mi pueblo se pasó una advertencia por escrito que censuraba la asistencia al pase de la película en los cines. Juro que disfruté al oírlo. Sin gustarme en exceso, sin conceder yo que sea una gran película y que merezca la masiva presencia del público, me encantaría que arrarasa en pantalla. Aunque únicamente fuese por suscitar después alguna conversación a pie de barra de bar. La recomendación parroquial no tiene desperdicio intelectual.
VIII
Leo en la Red, en algún libro pillado a vuelaojo en la Biblioteca de mi pueblo, sin quemar, no crean, que la historia contada por Amenábar no es fiel a la auténtica. Por supuesto. Amenábar ha tirado de ficción. Ha escrito una historia sobre los fanatismos y ha conducido la narración por los caminos por donde se le podía sacar más partido comercial. Corren malos tiempos para los relativismos, dixit The Pope. Amenábar los sacraliza. Viva el relativismo. No está mal una pizca de ficción. Si guarda algún parecido con la realidad, mejor. Haría falta ahora una Ágora guionizada por César Vidal y dirigida por... (se me ocurren un par de directores, pero están de retiro, escamados de la supremacía progresista en la taquilla hispana)


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19.10.09

Miles está pensando en Dios



Miles está en pensando en Dios. A su manera, reza, aunque parece que esté descansando o incluso durmiendo. Quien habla solo hablará con Dios un día, escribió el poeta. A Miles se le puede oír hablar solo cada vez que se agarra a la trompeta. En directo era un punto huraño. En la intimidad religiosa, la gente suele serlo. Yo, que soy un descreído en esos asuntos de Dios, pienso que Miles entraba en una especie de trance y entonces no era posible ser un tipo sociable y exhibir la sonrisa enorme que su colega Armstrong ponía en su cara gorda de obrero negro. Miles está pensando en Dios y le está contando que ha encontrado el equilibrio cósmico en un solo, en un pulcro acabado de la melodía que el azar o la inspiración o el talento le regalaron la noche de antes. Debe ser estupendo creer en Dios así. Ser Miles Davis en la foto.



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Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus...


Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus todas esas veces hasta que el instrumento pasa por la cinta transportadora y el gordo iluminado se apoltrona en el asiento, cierra los ojos, piensa en Pannonica o en el Mississippi o en Carnegie Hall y echa una cabezadita cruzando el Atlántico.
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17.10.09

Y murió la caligrafía...


1.969. Brooklyn: estos niños estudian aritmética con avanzados métodos computerizados. En Andalucía, 40 años más tarde, los colegios entregan a su alumnado de Quinto y Sexto de Primaria net books, unos cacharros diminutos, fácilmente transportables, con Linux como sistema operativo, para que estudien el orden del mundo y entiendan su urdimbre y la fragilísima textura de sus ideas. Les dan ese equipaje digital y les niegan alimento espiritual. Les confían la sofisticada bandera del siglo XXI y no les explican la travesía de los años, el asombroso (por costoso, por doloroso) viaje que ha tenido que realizar la ciudadanía (la de Brooklyn, la de Tokyo y la de mi apartadito pueblo) para alcanzar esta excelencia didáctica. ¿Lo es en realidad? Si en 1.969 los alumnos de Brooklyn disponían de esas máquinas (miren ahora qué máquinas, pero piensen qué fueron entonces, cómo iluminaron la forma de enseñar de los profesores) y ahora desconocen dónde está Europa, qué ríos la atraviesan o qué idioma se habla en Brasil, por citar algunas pequeñas lagunas meramente enciclopédicas que suelen ilustrar algunas de las abundantes noticias sobre la analfabetización cultural del pueblo yankee... ¿sirvió para algo el derroche? ¿Dónde se produjo la fractura? ¿En dónde comenzará la nuestra? ¿Estaremos fabricando los mismos desvalidos alumnos, carentes de una formación sólida, escasamente interesados en la lectura, nada conscientes de la importancia de la educación y del esfuerzo en conseguirla, pero duchos en manejar bombas víricas en la red, expertos en la arquitectura del p2p y sobradamente preparados para hackear la centralita de la institución de turno y convertirla en un portal porno? Desvarío, déjenme desvariar. Es un pequeño lujo para esta tarde de sábado apática. Y encima me toca a mí, y bien contento que estoy, encenderlos, hacerlos útiles entre tizas y manuales clásicos, conseguir que congenien y gane, en la puja, el niño. Ah, también hay niñas, pero como es mi página y no soy nada correcto en políticas lingüísticas, me dejo llevar y escribo (como siempre) lo que me da la gana.
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Iluminado, perdido, callado



Tuve anoche el fogonazo intelectual que me abría de par en par las puertas del entendimiento absoluto. Iluminado como iba, razonaba los motivos del lobo y los del cordero; veía a la derecha rancia y la que, siéndolo en el fondo, esquiva el tópico y se adjudica el equilibrio, la sensatez o la piedra filosofal del temple; veía la tozuda pedagogía de la izquierda, temeraria en sus mecanismos de compensación social, conjurada a quemar las naves en plena travesía con tal de llegar a puerto y desembarcar, en igualdad de desembarco, a la tripulación; tenía en mi cabeza todas las palabras, y además diré que las palabras exactas, sin que faltara ni sobrara ninguna, que justificaban el aborto y tenía, a la diestra, nunca mejor dicho, las otras, las también maravillosamente exactas que justificaban su condena. Luego salí de copas con unos amigos y decidí contarles el milagro. A pie de barra, bebiendo decibelios y gin-tonics, perdidos en ese utero perfecto que es un pub en el que no cabe un alma, contentos de humo y de etanoles, propuse que nos recogiéramos temprano, descansáramos y así estuviéramos como Dios manda (Dios anda siempre en todas las resacas) para asistir mañana (por hoy) a la Manifestación provida de los que consideran que se la está atacando con estas leyes del Gobierno. Iluminado como iba, convencí a todos de que era inexcusable la asistencia, pancarta izada, conmovidos por la nobleza del propósito, en fin, ustedes ya saben. Recuerdo que salimos del pub dulcificados, puros, íntegros, conjurados a exhibir nuestra conversión a la moral que habíamos abandonado para ser unos desnortados, insensibles al dolor, parias de la ética, delincuentes emocionales, compinchados con quienes matan y encima lo rubrican al amparo de una ley.
La ingesta masiva de gin-tonics aliñados con una pizca de house o de trance (no sabe uno ya bien a esas horas del desquicio qué le están metiendo en el cerebro) me animó a desmontar el tinglado pastoral. Iluminado como iba, no resultó excesivamente difícil. Propuse que volviéramos al pub. A fin de cuentas, qué íbamos a hacer nosotros en la puerta de Alcalá mañana (por hoy). Ya están allí todos los ejércitos de la moral. ¿Y qué hacen? Pues abrir brecha entre la ciudadanía y desestimar toda opción ética que no se ajuste a la suya o apelar a la conciencia cristiana para no asesinar criaturas inocentes. Si tanto protegen la vida, les dije, si se oponen así al aborto, ¿por qué no divulgar en los colegios los usos de una profilaxis? Iluminado como iba, hurgué en la herida abierta. ¿Qué vida defiende la Iglesia cuando no fomenta el uso de preservativos y hasta el Papa Santo de Roma hace declaraciones que lo declaran inútil? ¿Todos los muertos que han oído y creído ese discurso y no usaron condón también estarán mañana en la plaza de Alcalá, queridos amigos? Muertos africanos y muertos iletrados, muertos universales que oyen la pedagogía católica y obedecen sin chistar. Y caen como moscas. Esos no estarán. La Iglesia, ya concluía, no defiende la vida: no toda la vida, al menos. Se obceca en legitimir un tipo de vida que se ajusta a la que siempre espera otra, en el cielo, a la conclusión fatal de ésta. En el negocio de las almas, todo importa. Con tal de que no decaiga la doctrina y los fieles adoctrinen a los suyos y así se perpetúe el mantra ético. Y aquí abortamos todos. Aquí todos flotamos. Además lo de mañana es un apaño para echar a Zapatero de la Moncloa. Todo está diseñado para eso. Para borrar del mapa al ateo de ZP y poner al mando de la plaza a los de siempre. Los que no incomodan en demasía. Los que se santifican al paso de los palios. No vamos, decidido. ¿De acuerdo?
Pero como el camino a casa era largo y no teníamos un puñetero euro para coger un taxi, las palabras fueron perdiéndose en el aire, confundiéndose con las palabras de las conversaciones cercanas. Nos despedimos donde siempre. Abrazos. Mañana nos vemos. Qué bonita que es la vida. Y hoy hemos pasado del tema. Ni por estar a favor ni por estar en contra. Simplemente no prestándole atención. Ya digo: ni por justificar la ausencia y dar argumentos a quien no quiere oírlos ni por razonar la asistencia y dar argumentos a quien no quiere oírlos. Huérfano de iluminación, levemente aturdido por los licores, he pensado que es mejor el silencio. Aunque siempre otorga el que calla.
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13.10.09

Juan de Mairena, y de Libros...


No sé si leen más libros que antes. Tampoco entiendo en demasía sobre el negocio editorial. Me encantan las librerías. He pasado horas deambulando entre sus estanterías. Mirando los lomos de los volúmenes. Oliendo la promesa del tiempo felizmente entregado a la felicidad. Hojeando/ojeando páginas. Comprando esa porción minúscula de júbilo y sintiendo en el corazón (que está ahí para esas cosas) la certeza redonda de un placer cercano.
Y ahí es donde uno agradece la existencia del heroico gremio de los libreros. De cómo batallan contra los elementos hostiles. De entre todas las cosas que el dinero puede comprar ninguna tan maravillosa como el libro. Ninguna tan duradera. La vida de quien vive entre libros tiene más horas de quien los ignora. El buen librero es el sacerdote de esa cofradía. Lo que vende es felicidad. Exactamento eso.
Viene todo esto a cuento de que mi amigo Pipo ha puesto en danza cibernética una página web. Hay mucha poesía dentro (Cosmopoética) y hay proyectos domésticos de libros íntimos, familiares. Por estar incluso está mi astronauta zurdo. Además es hasta bonita. Entren y busquen. Compren. Lean. Disfruten. En fin. Todas esas cosas que ya sabemos. Empieza pinchando en la imagen de arriba.

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12.10.09

Amenidades

La cultura sí está reñida con el espectáculo: lo dicen los puretas, los que no aceptan que Dan Brown esté a punto de vender un millón de libros por hora en todas las librerías del mundo. La cultura debe ser otra cosa, añaden. Pero yo he visto gente en el metro devorar los tochos de Millenium que, salvo en el muy discutido juicio de Vargas Llosa, no es literatura de seria A. Ni siquiera buena literatura sino un apaño mercantil beneficiado por una trama adictiva. Entonces las tramas adictivas no son parte de la cultura y quienes exhiben querencia por esos trucos de feria mediática son otra cosa, pero no lectores serios, los que se preocupan por enriquecerse y ganar en altura intelectual con cada frase que leen. Puede que la cultura no esté en Dan Brown, al fin y al cabo. Que ande más a la vera del reciente nobel de los suecos. Lo que ahora me viene a la cabeza es el metro de Madrid y ese montón de gente liada con la hacker Lisbeth Salander, ya ven. Gente aislada del mundo. Enchufada al libro, admirando el espectáculo narrativo, emboscada en esa frivolidad delincuente de quien no ha leído en su vida a la reciente nobel de Literatura, pero feliz y consciente de esa felicidad pasajera. Como todas.

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10.10.09

Amenábar y la mecánica celeste


La fe está llena de astrónomos. La ciencia misma está a expensas de que uno de sus operarios descubra accidentalmente o incluso adrede que Dios anda emboscado en una estrella enana o que la religión no es sólo un recetario de milagros y de confianzas ciegas en lo absoluto sino un manual de certezas, una especie de libro gordo y fiable en el que están las respuestas a todos los problemas y la salvaguarda de todas las alegrías que se mete el ser humano entre pecho y espalda desde que se levanta y pone el pie en el suelo hasta que los párpados ceden y cae en el limbo protector del sueño.
Lo que desconocemos es si el espacio exterior es laico. Tampoco si hay vida más allá de la nuestra, aunque la ciencia-ficción postula que lo de menos es que haya vida sino que encima sea inteligente. No entiendo yo ese empeño en buscar luces en la oscuridad, inteligencia en el negro infinito de ahí afuera, cuando aquí abajo, en este bloque de vecinos ancho y ajeno, vamos estrangulando la inteligencia a golpe de titular de prensa, tozudos y bárbaros. La vamos arrinconando, convirtiendo en un motivo de lucimiento gremial en lugar de un orgullo colectivo, uno de esos pequeños triunfos de la razón contra el fanatismo.
A Amenábar, que acaba de estrenar Ágora, le están linchando por haberse obcecado en revelar la militancia cristiana en esa barbarie. Ágora, que no he visto todavía, cuenta cómo las religiones (la cristiana en particular) abandona la palabra, que había sido su instrumento de persuasión, y cobra el arancel del miedo. Cómo el perseguido se hace perseguidor y cómo la sangre salpica el nacimiento de una moral que, en su fondo, la censura y condena. Pero Amenábar es un agnóstico o un ateo (cuenta en alguna entrevista que pasó por ambos estadios de la perplejidad metafísica) y además comulga con los progres de Prisa y del Estado del Bienestar zapaterista. ¿Qué hace un activista del relativismo con un Oscar de Hollywood? Pues ejercer de agnóstico y enseñar al mundo la trastienda de la fe que todavía lo gobierna. Algo así. Más o menos así funciona la crítica en la prensa hostil. Lo de menos es que Ágora sea buena o emocione. Lo relevante es que se posicione como otra nueva carga bélica de los descreídos de siempre. Los descreídos, ya saben, los que disfrutan viendo cómo el imperio de la fe se debilita después de dos milenios de autoridad.
La ciencia está llena de astrónomos insurgentes, gente empecinada a contradecir a obispos y apóstoles. Gente de malvivir que jalea a cineastas como Amenábar, otro artista de la guerra, uno de esos mercenarios de la izquierda, que leyó la Biblia (cuenta en estos días de entrevistas) y ya no necesitó más. Al menos la leyó. No hay enemigo más eficaz que el que se ha cambiado de bando.

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9.10.09

Sting: If on a winter's night...


Detrás de las estrellas del rock hay siempre un corazón contradictorio, que late más aprisa si lo sacude el folk o el jazz o la música sefardí o la hindú. Hay quien se obstina en afincarse en la excentricidad, en los vicios domésticos que no ilusionan a las compañías discográficas pero que indulta a quienes lo practican de la cárcel implacable de las ventas, de la necesidad de ajustar su modelo artístico a lo que el público espera, sin acometer la novedad de adentrarse por senderos diferentes. Todas estas frivolidades enteramente prescindibles se granjean el afecto del público novato y hacen que el curtido, el que compra discos de Jordi Savall, por poner un ejemplo que me encanta, o acude a conciertos de cámara o a certámenes de música folk, de jazz o de cualquier otro brote étnico, termina por mosquearse y considerar que el esfuerzo es baldío, cuando no estéril o más sinceramente dicho hortera.
Sting no es un hortera. No al menos el tipo de hortera que se mete en estas camisas de muchas varas sin saber qué se trae entre manos. Como está forrado se hace acompañar por personal competente. Como es un intelectual y ejerce de intelectual larga una ristra convicente de razones por las que este material le es tan propio como el rock con el que fundó The Police en aquellos estupendos finales de los setenta. Como Sting es un animal mediático y copa portadas y vende lo más grande, sabe que cualquier cosa que haga va a tener una repercusión mediática enorme. Da igual que sea un inventario de villancicos galeses (por ahí van estos tiros) que un carismático, atmosférico y altamente teatral tributo al músico clásico John Dowland (Songs from the laberynth).
La última incursión en esta vía de la heterodoxia es If on a winter's night..., un ejemplar trabajo que puede provocar reacciones tan encontradas como razonables. Todo depende del ánimo con que se aborde y de las ganas que tenga uno de dejarse conducir por esos terrenos frágiles en los que un villancico inglés del siglo XV, unas notas de Purcell o de Schubert pueden transportarnos al idílico templo de la excelencia. Puestos a sincerarnos, diré que el disco todavía me tiene en la incertidumbre de quien no tiene las cosas claras. Por un lado emociona y por otro harta. El cansancio que produce proviene del prejuicio de saber que Il Divo hace cosas similares: recopila material sensible, culto, de alturas y honduras incontestables y los traduce a gusto del consumidor neófito, el que no se pringa en buscar el original y no ha oído en su vida una hora entera de ese genio que fue Purcell. En eso, a nivel didáctico, en esas líneas educativas, el trabajo de Sting es admirable. No cae tan bajo como el combo de falsos malabaristas de la voz que son Il Divo. A mí me gustaría que las canciones de The King's singers fueran de dominio público y se viese la foto de estos genios a la entrada de la zona de discos de los grandes almacenes del ramo. Se ven otras cosas. Hay otros intereses. Se buscan otros mercados. El culto, el clásico, el que está manufacturado con absoluto rigor y se consagra a no pervertir el aliento que inspiró su creación, no está de moda. Sting insiste y usa su estampa universal (después del pelotazo de sacar a escena a su banda de toda la vida y recorrer el mundo y grabar un funcionarial disco doble en directo) para ganarse adeptos. No creo que busque únicamente ingresos. Pienso que de verdad es un embajador de lo suyo y se entrega con fruición a difundir un legado musical que considera perdido en discográficas minimalistas, exquisitas, limpias de plata y ricas en oro, ustedes ya me entienden.
Después de un par de buenas y pausadas escuchas (una en cascos, en mi bendito e irreemplazable Ipod y otra en mejores condiciones acústicas en mis adorados B&W) todavía (insisto) navego en una agradable duda. Hay arremetidas más poperas (Soul Cake, la canción más reconocible, la que más tarareable) y bajadas menos soportables a territorios menos transitados (There Is No Rose of Such Virtue, una de más difícil digestión), pero aunque únicamente fuese por los buenos ratos que el bueno de Sting me ha dado (Moon over Bourbon Street es la canción favorita entre las canciones favoritas de este cronista de sus vicios, junto a Bohemian Rhapsody (Queen) y Stairway to heaven (Led Zeppelin) se le excusan estas veleidades. Se deja uno llevar por la emoción de un trabajo muy bien hecho, que rezuma amor por lo que suena y en donde la pedagogía se mezcla tal vez muy forzadamente con las sencillas ganas de hacer música.

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1.10.09

Escarbando...



Cuando un pintor inicia un cuadro, y sobre la imprimación todavía fresca empieza a definir las primeras manchas y zonas de luz, parece que está... escarbando. Todo está allí, en la tabla. No hay más que sacarlo.




Uno no sabe nunca a qué atenerse. Si a la forma o al fondo. Se queda en esa tierra de nadie en la que las cosas suceden sin que podamos controlar el efecto que nos causan. Porque tal vez no causan efecto alguno o porque el efecto es tan enorme que no sabemos administrarlo y se acaban despeñando. Piensa que ha perdido miserablemente el tiempo o que lo ha ganado a costa de un esfuerzo gigantesco que ha consistido en mirar un cuadro y buscarle la luz en donde únicamente se exhiben sombras. Hay quien mira cuadros como quien busca a Dios en la oscuridad de un sueño. Quien entra en trance. Quien abre mucho los ojos y luego le cuesta aceptar que la realidad es infinitamente menos rica en detalles y hermosa que el cuadro al que se ha entregado. Uno entra en un museo con esa reverencia ante lo mágico con la que nos postramos ante una divinidad. Todos estos años de vigilia teológica han hecho que el lenguaje esté así de contaminado de sacralidad, qué quieren que les diga. Queremos describir las profundidades del alma y nos sale un arrebato místico, una retahíla de verbos nobles que han tenido roce sintáctico con adjetivos más nobles todavía. Y al igual que los tiranos del mundo siempre han buscado que sus mercenarios quemen los libros y conviertan la cultura en una utopía, también han procurado cerrar los museos, privar al público del arte, que es una extensión (la más hermosa sin duda) de la libertad. Por eso cuando a principios de septiembre pisé el Museo Reina Sofía, en Madrid, respiré hondo y pensé (sin confiar mi extravagancias a nadie) que un museo es como un templo y sólo necesitas fe para encontrar alguna divinidad en las formas y en el fondo, pero uno nunca sabe recorrer los pasillos, llevar un orden, estar el tiempo justo frente a cada cuadro, recuperarse de la visión de una obra para ingresar en la contemplación de otra.
El Reina Sofía no es un museo normal, aunque yo no entiendo de museos. Por eso quizá no me ha parecido normal. La idea que tengo de un museo no es el Reina Sofía. Es el Prado tal vez. Un museo, el que yo considero que quintaesencia las virtudes de lo que debe ser un museo, es un edificio invisible. Cuanto menos se advierte su presencia más explotarán los cuadros a los ojos. El museo perfecto es el que no interfiere con la obra que expone. Uno no sabe nunca a qué atenerse. Si al museo o si a las galerías que tutela. Si quedarse en Bacon o mirar al público que contempla el cuadro de Bacon. Reconocer el asombro. Descubrir que hay gestos universales ante la belleza o ante la decepción de la belleza. Sigo ignorando si el arte puede prescindir de la vida o, expresado de una forma más feliz, si la belleza es una categoría ajena a la consideraciones de quienes la observan. Sé, en mi muy escasa experiencia en grandes pinacotecas, que podemos encontrar a Dios en un cuadro de Francis Bacon igual que podemos perderlo en otro. Y sé que el placer conduce a la confusión. Una vez uno está instalado en ella, la travesía es más hermosa. Aturdido, se aprecia más. En volandas. Como izado. Sobrevenido de luz. Abierto. Cómplice. Todo allí. Sólo hay que buscarlo...



The Beatles in Hi-Fi



Siendo un fanático de muchas cosas, no lo soy de los Beatles. O lo soy a ratos y siempre sin señalarme en exceso. Eso de que todo el mundo piense en ti y piense, de pronto, en los Beatles estaría bien. Mejor que, por ejemplo, despertar en los demás el recuerdo de Paulo Coelho o de Jiménez Losantos. K. sostiene que somos esas pequeñas cosas: la rendición pública de una manera de pensar que se forja por la filiación a los mitos. Mis buenos amigos de siempre encuentran en mí hilos de Borges, trozos fragmentados de sus cuentos, versos de sus poemas. Todavía, treinta años después, pienso en mi amigo Chacón (nos llamábamos así, con el apellido, funcional y protocolariamente) y se me llena la cabeza de pósters de Bruce Lee. Si pienso en Raúl no puede evitar pensar en Frank Zappa. María me lleva a Benedetti. Antonio a Stephen King. Crees que entras en el alma de un amigo y estás entrando en la alfombra roja en Cannes o en la Real Academia de las Letras. Oyes a Charlie Parker y se te viene a la cabeza a Carlos, entusiasmado a pie de barra, contándote qué bendición es amar el jazz y saber que ese júbilo lo vamos a enterrar con nosotros.
Yo aún no he descubierto la razón por la que nadie me asocia con los Beatles. Bien pudieran. Entré en la música por ellos y sigo enganchado a ella, en buena parte, por ese ingreso formidable y por lo que todavía encuentro en las doscientos y poco canciones que inventaron. De hecho empecé a rondar la idea de dedicarme al inglés, como oficio, mareando la letra de Get Back o de Day Tripper. Así que esto de que ahora las compañías de la pasta aireen de nuevo el repertorio de los de Liverpool me parece fantástico. Importa escasamente que hayan remasterizado los originales y el sonido sea soberbio. Lo era incluso cuando podías apreciar la precariedad de los sistemas de grabación de entonces. Un tipo de excelencia que prescinde de la audiofilia y busca el corazón, la alegría sencilla de ser feliz durante tres minutos.







Eso es lo que Lennon, McCartney, Harrison y Starr impregnaron en el córtex sentimental de varias generaciones. Y ahora, en digital o como quieran llamarlo, ganará nuevos parroquianos, gente sensible que acepta el trance y lo disfruta como algo fundamental en sus vidas.

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