31.8.09

Sigmund Spielberg



Esta versión de Steven Spielberg que le da un aire a Sigmund Freud ilustró mis años mozos de Universidad. La ilustración luego devino hartazgo y ahora me están ocupando un buen sitio en la estantería los textos, aunque (mirando las portadas, recuperando frases sueltas en páginas al azar) me vienen a la memoria ratos formidables de estudios compartidos con amigos con los que aún hoy cuento. Y mirando la foto no sé si es un montaje de Photoshop en el que un manitas de las teclas ha envejecido a Spielberg o es que entre ambos personajes del siglo XX cabalga un vínculo que los biógrafos no han visto todavía. Me quedo con Steven y dejo en la estantería a Sigmund. Prefiero Hook, incluso mala, que la mejor edición de La interpretación de los sueños. Si me oyeran mis profesores de Psicología me darían enteramente la razón. ¿Quién me quita la razón? ¿Es que este Sigmund Freud no es Steven Spielberg? Pero de verdad de la buena...

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30.8.09

El obispo de Almería, Lutero y AC/DC


Adolfo González, obispo de Almería, sanciona la Nueva Ley de Libertad Religiosa: le molesta que la elección religiosa sea libre y sentencia que no podemos comparar la fe cristiana con otras. Añade que su significado histórico la distancia de las demás y, en esa distancia, las reduce a mero instrumento de las modas, a capricho de quienes al amparo de sus creencias se afilian a corrientes espirituales de nuevo cuño, sazonadas Dios sabe con qué aliños, reducida a la metáfora visionaria o a la alucinación mediática de cualquier iluminado. Está el hombre en su derecho a sancionar lo que le venga en gana al igual que el creyente puede elegir la sustancia de su credo sin tener que abonarse a la ortodoxia, representada por la Iglesia (una de ellas, aunque la más relevante en la sociedad) a la que el señor González ha consagrado la salvación de su falible alma. A la fe, en este siglo XXI, la zarandean tempestades imprevistas: vivir en la mística de una vida interior trascendente no es patrimonio exclusivo de quienes precisan de una liturgia y de un fervor bíblico; es más: se podría hasta prescindir de la didáctica ecuménica y cumplir a rajatabla alguno de los mandatos de fuste de las tablas de Moisés. Lo que alarma de las palabras del primado almeriense es que ningunee a los otros. La otredad, en materia de raza o de clases, ha sido pasto de fanáticos que han inventado guerras para imponer su catecismo sobre el catecismo ajeno, por lo general falso, equivocado, manipulado.
No pienso como Lutero, que creía que “si hay un infierno, Roma está construida sobre él”. Es que no hay infierno. En esto es en donde marran los que se aferran a algún tipo de creencia religiosa: al modo en que los partidos se atrincheran y luchan unos contra otros, las religiones se conjuran para cercenar la relevancia de las que amenazan la primacía que se han ganado a golpe de Historia. Lutero creía en la existencia de un infierno: igual que AC/DC. Lutero, que era un adelantado, creó el mercado espiritual moderno al formular una alternativa razonable al monopolio de la fe. Y cada funcionario de su empresa, en el caso de que en verdad comprenda el alcance de su condición soldadesca, debe defenderla ante la competencia: criticar las estrategias que la rebajan, exhibir el rocoso fundamento que ha permitido su longeva vigencia y promulgar entre su feligresía las leyes a las que atenerse, aunque se enfrenten con las leyes que los gobiernos de turno, izquierda o derecha, no hay en perspectiva casi diferencia notable, escriben. El desacato, si es ungido por la fe, no es desobediencia: es objeción. Uno puede objetar casi a cualquier cosa: le basta que lo refrenden un puñado de obispos. Eso de diferenciar el pecado del delito es una minucia argumental, concluyen los objetores. Todo es pecado. El delito, a la luz de sus focos, es un capricho de los gobernantes. Y hasta puede que algunos sean ateos. Lutero y AC/DC compartían bando, pero no lo sabían.


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28.8.09

La pintura infinita: Hopper vs. Banksy



En 1.942 Edward Hopper pinta Nighthawks. En 2.007 Bansky reconstruye el cuadro y despeja la incógnita formulada por el maestro norteamericano al agregar al hooligan, exhibiendo sin pudor sus infames boxers de la Union Jack, al descerebrado, fofo y probablemente ebrio, el que rompe la mansedumbre de Hopper, sus personajes tranquilos, perdidos en la noche, refugiados en la quintaesencia plástica del bar americano, con grandes cristaleras que ofrecen su confort al transeúnte. Los diners, esos establecimientos que abren durante toda la noche y tutelan, sin franquear la intimidad de la soledad de cada uno, el insomnio de los clientes, esa costumbre cinematográfica que consiste en ignorar el decurso de las horas alrededor de un gintonic como decía Piano man, la hermosa canción de Billy Joel.
En el cuadro de Hopper hay una historia que el pintor se resiste a contar. Su incompetencia narrativa es la capacidad de fabulación del que mira el cuadro. Por eso Bansky, un revolucionario urbano, una especie de emperador subversivo que saca el museo a la calle, rehace la pintura de Hopper y le coloca el personaje ausente. En cierto modo los tiempos en los que vivimos prefieren cuadros ya resueltos. Como el de Banksy. Claro que también podemos continuar el guión abierto por el graffitero inglés y elaborar otro cuadro, otro fotograma, hasta completar una película que empieza, a lo visto, en 1.942, cuando a Hopper se le ocurre abandonar en la noche a cuatro halcones (hawk en inglés) y someterlos al rutinario despiece moral de la oscuridad, a su inflexible disección de las emociones. Y si arriba, en el cuadro primigenio, todo está por decir, insinuándose cualquier camino a partir de cualquier elemento integrado en la pintura, en la obra posterior, en la de Banksy, el hooligan descifra la ecuación y alerta sobre la posibilidad de que dentro del diner alguien pueda incomodarle. No sé, tal vez le molesta la paz convertida en estampa o el silencio únicamente roto por un jukebox en el que suenen las hermanas Andrews. O quizá está tan borracho que ha confudido la cristalera del bar con un espejo en el que se le devuelva, íntegra, sin amplificar ni menguar, su decadencia.



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27.8.09

Watchmen IV

La soledad del relojero cuántico




Dios mueve al jugador,
y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?

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Jorge Luis Borges,
Poema del ajedrez






I
En el fondo Watchmen habla de Dios y descree de que exista. El mundo, en Watchmen, en su sociedad justicialista y épica, somatizada por el caos prenuclear y la amoralidad de la comida basura y de la mediocridad estética, es un reloj sin relojero. El mundo es también un lugar en el que ya no hay inocentes y donde la corrección política, su limpieza administrativa, ha provocado la floración de una serie de ciudadanos que se arrogan el derecho a impartir justicia y a defender cierto tipo de moral. El héroe de los cómics proviene justamente de aquí, de este caldo de cultivo cómplice en el que todo se ajusta a la decencia del individuo contra las tropelías del Estado. En el libro de Moore y Gibbons todo este hilo político se amplifica y alcanza categoría de ensayo sobre la fractura del equilibrio entre las naciones y del fin de los tiempos como metáfora del fin de esa inocencia. El propio fin de la historia es un canto hermoso a esa fraternidad en la que ya nadie se molesta en incordiar a nadie porque todos comparten el dolor y la miseria de saberse frágiles y vulnerables. Watchmen narra la muerte de los superhéroes. Dios no existe o es un nihilista del carajo que anda perdido en sus nubes y contempla el desquiciamiento del mundo que creó y al que ahora se permite el lujo intelectual de ignorar. Dios es el relojero cuántico. El Dr. Manhattan, el mensajero casual, el que intenta razonar los mecanismos de los tornillos y termina en el ascetismo total, eremita puro, como una Santa Teresa de Jesús cuántica, encerrada en el castillo interior del rojo suelo de Marte.

II
quis custodiet ipsos custodes?
Who watches the watchmen?
¿Quién vigila a los vigilantes?
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Juvenal sanciona en sus Sátiras los vicios de la ciudad de Roma. De su obra nace el título del cómic. Los motivos que movieron al poeta latino son muy similares a los que alientan a Moore y a Gibbons. A la pregunta sobre quién vigila a los que vigilan le antecede una historia de mujeres en la Roma clásica y lo que Juvenal se cuestiona es el grado de fiabilidad de los hombres que las custodian. Si éstos son falibles y caen en la desgracia de permitir, a su beneficio, que la moral femenina sea laxa y mudable, ¿cómo podemos estar seguros de nada? En el politizado siglo XX, en plena guerra fría, a remolque de los superhéroes del cómic Marvel o DC, Watchmen revisa esa fiablidad, ese estado de las cosas en el que la custodia de la moralidad ha sido puesta en entredicho y de cómo la ciudadanía se envalentona y crea gremios de caballeros andantes que enmiendan lo que debería ser corregido por el Estado, que es el verdadero infractor. El profascismo que a veces juguetea en la conciencia cívica de los personajes es la llamada de alarma que los autores activan para ilustrar ese naufragio (el mismo que advertimos en la historia paralela de los piratas, sobre la que luego volveré) o esa orfandad. Una huelga de policías, desposeídos de su oficio, y la masiva reacción de los ciudadanos hace que el Estado promulgue e l "Acta de Keene", que prohíbe las actividades anticriminales de los superhéroes y la inmediata disolución de cualquier atisbo de regeneración de su particular mitología. Es la Administración, con sus políticos y sus comerciantes, que está francamente asustada ante la posibilidad de que su credibilidad mengüe aún más de lo que ya lo ha hecho y el pueblo se alce en contra de sus normas.

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III
Moore y Gibbons desactivan la forma tradicional de leer cómics y obligan al lector perezoso (como define Eco) a estar alerta, a ser cómplice de una serie de recursos narrativos, plásticos y hasta eruditos para abarcar todos los significados (que son múltiples) de la historia. De entrada intercalan abundantes intermedios en prosa (que bucean en subtramas, en los perfiles psicológicos de los protagonistas e incluso en recortes de prensa, en material adyacente que acaba ensamblándose en el texto principal) y crean una historia paralela, simétrica en muchos aspectos, formidablemente engarzada a la principal y que anticipa (en cierto sentido) el trasfondo metáforico de aquélla. La historia de los piratas, que es a la que me refiero, es una perla mayor dentro de la perla gigantesca que es Watchmen. El atrevimiento formal es irrenunciable: Moore y Gibbons actualizan el género del cómic y crean un territorio nuevo o, al menos, jamás relacionado con el hecho físico y cultural de los cómics durante el siglo XX. Por eso, para venderlo con más trampa comercial o para convencer a los reacios o a los descreídos en las funciones del cómic adulto, se acuñó el marchamo culturalista "novela gráfica". Y efectivamente Watchmen es una novela, una que renuncia a la palabra como único vehículo de transmisión de información y se abastece (en paralelo, como un poema al que de pronto encontramos la música perfecta) de imágenes. Ése es el hallazgo que este lector tímido y fascinado ha considerado más revelador: cómo el concepto formato es secundario y cualquier historia, incluso la más compleja y relevante, puede ser contada de otra manera.



IV
En Watchmen hay varios géneros que se imbrican sin destrozo visible, y ya es dificil. La historia de Rorschach es cine negro de primera magnitud, pero la del Dr. Manhattan es ciencia-ficción pura, quizá la más fácilmente canjeable por las historias clásicas de la Marvel que arrasaron durante la Guerra Fría y que todavía hoy, juzgadas y edificadas bajo otros criterios, ocupan las estanterías de las librerías (los cómics ya no se venden en kioskos, ay) y las carteleras de los megacines. La diferencia fundamental del Dr. Manhattan con otros héroes de su guisa (Superman es el más significativo) es que los autores le han investido con un espíritu atormentado que va, conforme la historia avanza, aligerándose en dramatismo hasta que a mediados de la trama el héroe asume su condición cósmica, su indiferencia hacia lo más acendradamente humano. Ahí se produce la primera y más escalofriante ruptura con la escritura tradicional: tenemos un héroe semióticamente completo, uno que está fascinado por el mundo de lo invisible, por la cartografía del átomo, y que se deslinda (dolorosamente tal vez) de lo sensible, de aquéllo en lo que como hombre ha sido educado. Anestesiado a la emoción, huérfano de vida estética, el Dr. Manhattan contempla la creación de algún Dios caprichosamente ausente al que él mira casi de igual a igual. Ambos son relojeros y el mundo es el reloj que ha perdido la causa de su funcionamiento.


V
No hay casi ninguna trama desatendida en Watchmen. A pesar de su alambicada restitución gráfica, de su complejidad argumental y de la abundancia de recursos plásticos a los que los autores acuden para contar la historia como ellos desean que sea contada, cuando podía haber sido despachada de forma más chabacana o displicente, Watchmen es un prodigio de contención dramática. Los doce episodios, las cuatrocientas páginas, no tienen ni una sola viñeta o ni una sola línea redundante o sencillamente superflua. Todo se ajusta a un guión magistral repleto de magistrales personajes. Incluso la forzada conveniencia de llevar a Nueva York a un monstruo casi lovecraftiano con final apocalíptico incluido me parece admirable. Lo que arrancó siendo una pesquisa detectivesca (quién mató al Comediante) termina convertido en una reflexión sobre la redención de los superhéroes y, en última instancia, en un estudio (uno lúdico e hipnótico, nada de un sufrido tocho de ensayo vertido por algún egregio intelectual del ramo) sobre los fascismos y la facilidad con la que pueden surgir en la sociedad en la que vivimos. Tampoco se deshacen Moore y Gibbons de cierta subtrama sexual, aspectos nítidamente eróticos, en contraposición a la actitud pacata y censora del cómic anterior. No hay ingenuidad en Watchmen: los seres que lo habitan discurren por los mismos caminos por los que discurrimos los que habitamos la vida real.
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VI
Yo tengo muy claro el porqué de los enmascarados: nacen en las postrimerías de los alegres años 20, que luego devienen en los tormentosos (rouring) treinta. El periodo de entreguerras crea entre la población americana un ilusorio estado de felicidad fácilmente desmontable. Nace el jazz, nace el hampa y nace la literatura pulp: de esa triada de iconos culturales surge un nuevo tipo de ciudadano, que prefiere fantasear con un encapuchado que reparte mandobles que preocuparse en exceso de la ruina que se avecina y que el Gobierno, la prensa y hasta los corrillos frívolos de los bares no paran de insinuar. Eso de que el Gobierno alardee de la existencia de un mundo enfermo, abocado a la guerra, frágil y visceralmente dividido en dos bandos no es nada nuevo. La industria armamentística siempre fue un aliado necesario de la industria del miedo, que es la que normalmente se edifica para mantener a la población a raya y perpetuar el Poder. Por eso nace Superman en los vertiginosos años treinta. En Watchmen se explica formidablemente el declive de los superhéroes hacia los años cincuenta. Incluso los Minutemen, que fue el germen de esa escuela de ciudadanos concienciados y comprometidos con cercenar la violencia desde la violencia, terminan por desaparecer cuando los mafiosos se organizan y abandonan las calles para delinquir desde un despacho, encorbatados, extendiendo su área de influencia y su compra de voluntades a los despachos municipales y convirtiendo el crimen en una actividad más lucrativa que nunca, pero también más invisible. ¿Qué hace un superhéroe cuando el malhechor no está a su alcance? Se sofistica o se va: eso hace. Y los Minutemen se disuelven: los anula la misma sociedad y el modo en que la industria del crimen se ha hecho aristocracia y actúa como lo hacen los aristócratas, sin exhibiciones vulgares, yendo al grano, metiendo la mano en el cesto sin la presencia física de la propia mano. El enmascarado que reinventa o reformula la Marvel Comics Group ignora esta trastienda administrativa: sus malvados son también portadores de superpoderes y sólo bajo esa premisa existe el cómic de acción a partir de los años cincuenta. Todos los entrañables personajes que Stan Lee crea están pensados para combatir criminales de ficción, adversarios de mentira. El mundo de los Minutemen, en Watchmen, es tangible y el delito que hay combatir es también tangible, diseccionable. No hay ciencia-ficción. Cuando el Dr. Manhattan entra en escena en Watchmen, el lector imagina que va a entrar en el túnel del tiempo y va a volver a disfrutar del cómic de antaño, con el que creció, y no es así. No lo es en modo alguna. No hay escenas de acción pura en la historia de Moore: todo se deja llevar por iniciativas literarias y no por impactos visuales, tan queridos por el cine y por la posterior industria cinematográfica. El Capitán Metrópolis convoca a los nuevos héroes en Watchmen para mancomunarse y hasta escriturar unos estatutos: luego el proyecto sale rana. Egos enormes que Moore se encarga de dibujar (psicológicamente, no a plumilla, ésa es la labor de Gibbons) a beneficio de la profundidad dramática de la historia. Los nuevos Minutemen combate a los homosexuales y a los drogadictos, a los mafiosos y a las putas: no hay desviación de la ortodoxia americana, escrita a sangre y fuego en tono imperialista total, que ellos no conjuren a base de mamporros. En el 59 muere Jon Osterman y nace el Dr. Manhattan o Capitán Átomo en la historia previa de la Charlton Comics en la que se basa (parcialmente) la historia de Watchmen. Con la irrupción de este megahéroe los Estados Unidos se blindan contra sus enemigos: hasta Nixon (narigudo y horrendo a lo Cyrano de Bergerac en la versión fílmica de Snyder) es abducido por el poder omnímodo de Manhattan, que él solito gana la guerra de Vietnam, aunque a él le importen muy poco las bajas o las motivaciones últimas del conflicto. A mediados de los ochenta, cuando arranca el libro y el film, no es Vietnam: es Afganistán. Los rusos hocican sus tanques en la frontera y se dispara el terror termonuclear mundial.
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VII
He pensado que el verdadero trasunto de la historia de Watchmen es el tiempo. Incluso la semántica lo confirma: Minutemen son los Hombres-Minuto y Watchmen, aparte de significar Vigilantes en inglés, es también Hombres-Reloj. No sé si soy un hacha en esto de encontrar mensajes ocultos, pero es particularmente relevante a la hora de comprender la historia. El tiempo es de lo que estamos hechos. Jon Osterman, el hijo del relojero, se convierte en Relojero Máximo, en una especie de Súper Relojero que observa a pie de campo, en directo, como un pequeño dios, los engranajes más sutiles del Universo. Moore saca a la palestra a Einstein: un tipo ha descubierto que el tiempo es relativo, le dice a Jon su padre, así que dejo mi trabajo, ha dejado de tener sentido. Jon Osterman es más tarde un aplicado físico cuántico y luego, por obra y gracia del sempiterno azar que convierte a Peter Parker en araña humana y a Bruce Banner en coloso musculado y sin cerebro, en un superhombre. El propio Dr. Manhattan deserta de toda vínculo con lo humano y abandona a su raza a su suerte: la suya está en otra galaxia, en algún remoto confín en el que poder abstraerse sin que nada pueda remotamente distraerlo. Los dioses tienen estas cosas: necesitan una habitación cerrada, vacía, inexpugnable desde la que comprender y comprenderse. Quizá por eso, por la propuesta tan hermética, yo soy agnóstico y no me interesa en absoluto la fe cristiana ni su monumental edificio representado por la Iglesia Vaticana. Pero volvamos al tiempo: hablar del tiempo es hablar de Filosofía. Tenía yo un profesor que resumía la Historia del Pensamiento Filosófico en la búsqueda sistemática de un motivo que alentara la existencia del Tiempo. Todo se reduce a entender su movimiento, lo ajena que es su inercia a nuestras humanas peripecias. En Marte, en ese también imposible rincón, el Dr. Manhattan intenta convencer a su novia (sí, todavía hay reductos de hombre en el corazón de la divinidad) sobre la imposibilidad de razonar sobre lo humano: es más difícil entender a una mujer que a un submarino atómico. En eso puede compartir algunos flecos del argumentario.
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VIII
Hay muchas ecuaciones sin despejar en Watchmen. A la propuesta de que todo está orientado a la redención del héroe o a la revelación de los nuevos fascimos que podrían desequilibrar algún tipo de equilibrio geopolítico está una que yo considero primordial: el empeño de Moore en contarnos la infancia de sus creaciones. Todos los personajes, salvo El Comediante, curiosamente, tienen una biografía a la que podemos agarrarnos para intentar justificar su comportamiento. La más entrañable, la que más se adhiere al temperamento irascible y justicialista que luego advertimos en la trama, es la que corresponde a Walter Kovacks, alias Rorschach, uno de mis personajes favoritas y, casi sin duda, uno de los mejor escritos. Sólo se inclina a la figura de Eddie Blake, El Comediante, cuerdo, cínico, loco. Él representa su concepto de héroe, el que no se arruga ante la adversidad, el amoral con principios, el que más entiende cómo funciona la sociedad y se entrega con más arrebatado entusiasmo a corregir sus desviaciones, aunque ese afán censor contraiga las obligaciones colaterales de matar inocentes o de exhibir a la vista de los demás un marcado carácter crapula, violenta o abiertamente criminal. Su asesinato es el que abre la historia y el que lleva una especie de hilo tenue pero consistente y duro que acaba por llevarnos al conciliador (en cierto modo ) final. El Comediante da una especial consistencia a la trama, pero ningún personaje se la resta. Incluso el primer Búho Nocturno, voluntariamente jubilado de la acción, confortablemente dedicado a la reparación de automóviles, como hizo su padre, instalado en un desvencijado, aunque hogareño, piso sobre el taller en el que trabaja y tozudamente conjurado a escribir unas memorias (Under the hood, mál traducido aquí Bajo la máscara) que ilustren al desprevenido y al ya versado sobre las aventuras de sus amigos enmascarados. O en encaperuzados, si es que nos vale el palabro...
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IX
Gibbons, y más escoradamente Moore, sostienen que Watchmen no puede ser llevado al cine. La muy alambicada forma de narrar su historia y la plasticidad de las viñetas, su imbricación, el hecho de que el ojo pueda detenerse en un detalle y volver a uno anterior en un instante, hace que una película, por muy fiel que sea al modelo original, sea deficitaria. Watchmen, el film de Snyder, lo es, pero de un modo paradójico. No te emociona porque le falta la calidez del libro: toda la trama está fastuosamente vertida a imágenes. Uno podría ir encontrando sutiles y indisimuladas operaciones de copia y pega por todo el metraje. Sus guionistas han oído las revueltas populares, han leído las pancartas ficticias en las que los frikis puros, los fanáticos de la obra, los hooligans mentales que han disfrutado hasta el paroxismo intelectual y estético con el cómic y han decidido, previo confirmación de la productora, que lo mejor era fusilar el texto y llevarlo lo más fielmente a la pantalla. Esa fidelidad es artificial. Para ver Watchmen como está en el libro ya tenemos el libro. Yo no voy a un concierto de Bruce Springsteen para oir Thunder road como la toca en el legendario Born to run: yo quiero que la modifique, que extraiga su alma y la reconvierta en otra cosa. Quizá por eso a mí me encanta el jazz: porque es el género de la alquimia pura, porque un música de jazz nunca repite una melodía, siempre hay una intención de pervertir la textura previa, el dibujo de las notas.
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X
El suicidio de Snyder queda es un rasguño estilístico: sale bienparado, no ofende al ejército de adeptos y de adictos, no incomoda a los novatos, que ignoran el entramado narrativo del libro y desconocen (igualmente) la ausencia casi completo de guiños comerciales para que el producto (es un producto comercial pese a quien pese, se considere por donde se considere) venda y venda bien y amortice el capital entregado a cuenta. Así que hay dos formas de enfrentarse a Watchmen. La estrictamente comercial, refrendada por un film muy entretenida, incomprensiblemente largo pero ameno, reverencialmente limpio y respetuoso con la letra del texto y, sobre todo, reventón de escenas excelentemente resueltas, que de lejos remiten a la forma en que Gibbons, qué dibujante es, engarza una viñeta con otra hasta hacer discurrir todas ellas con una ternura casi insoportable. Así que Snyder es un tipo honrado, supongo que lector empedernido de cómics (ahí está Sin City y 300) que se impuso la titánica tarea de ser el primero (e imagino que el último) en filmar la alucinación postindustrial de Moore. Lógicamente hay huecos, lugares sin rellenar, espacios en donde falta carne y abunda el hueso: no está el kioskero, un personaje fundamental en el romanticismo de Watchmen, que lo hay; no está el lector de cómics a pie de kiosko, el negro con gafas, Bernard también, que lee a trompicones o relee porque no acaba de entender del todo una historia de piratas que termina respirando el mismo aire que la realidad en la que vive e ingresa como una historia simétrica que no conviene desatender. Snyder o sus guionistas fallan en lo previsible, así que es excusable: los personajes del film abundan en detalles, es cierto, pero están lejos de parecerse a los mismos personajes dibujados por Gibbons en el cómic. El Comediante está casi ausente. El Dr. Manhattan, que recaba mucho público adolescente, ávido de sensaciones fuertes y escenas a lo Marvel, está parcialmente reflejado: falta el aliento metafísico, la complejidad de su oratoria pseudocósmica, casi new age, fundamento de todo lo que sucede a su alrededor. Fascina cómo Snyder despacha en los minutos iniciales el preámbulo necesario para que el resto de la historia entre sin dolor. Los títulos de crédito son maravillosos: cómo se las ingenia para hacernos entrar en materia, cómo maneja el color, las formas, las texturas, los tiempos, todo conducente a enfrantarnos con el contexto sociopolítico sobre el que se construye la paranoia de los watchmen: su certidumbre de que los buenos tiempos murieron y éstos de ahora son farragosos y conspiran para eliminar toda posible injerencia de superhéroes. Esa idea, encomendada al fabulario del cómic, sale robustecida. Hay más páginas, hay tiempo, hay un entusiasmo que decae en el film. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, ese decaimiento es excusable: Snyder es un titán, un coloso, un atrevido con cantidades masivas de respeto, uno que perpetra un acercamiento, no es otra cosa, a la monumental historia de Moore y Gibbons. Cierto es que obvia el episodio bucanero y que elimina pasajes trascendentes (la eliminación del primer Búho, la vida alrededor del kiosko de Bernie incluyendo la injerencia positiva del ya citado cómic de piratas) . Si de algo pudiera servir este film es para mandar a todo posible espectador al libro. Eso ya sería un éxito. Olvidémonos de los actores, que cumplen funcionarialmente, aunque destaque Patrick Wilson (el Búho) y el siempre excelente Jackie Earle Haley como Kovacs alías Rorschach. Todo lo demás es ganas de buscarle tres pies al gato. Tripodología pura. Es una buena película, sin más, una que te hace pensar qué hay detrás. Ojalá el espectador ocasional desee una ración más esmerada de espanto cósmico y ojalá también que el lector experto (no yo, un recién aterrizado) no sea excesivamente exigente y no condene a Watchmen, la película.

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26.8.09

Watchmen III


En cierto modo crecí con los cómics y aprendí a leer enroscado en las aventuras de Peter Parker o de Bruce Banner. Digo a leer y disfrutar de la lectura. Recuerdo cómo me apenó que las entregas semanales de Spiderman, en rutilante blanco y negro, versión Lee/Romita Sr. Debió ser hacia 1.977 cuando alguien decidió que el color festejaba más las piruetas circense de nuestro amigo el hombre araña en su caza de malhechores. Esa traición no disminuyó mi interés en exceso, pero comprendí que los mitos que uno va creando están en manos de comerciantes y que la maquinaria del negocio puede modificar los ritos del usuario, su altar privado, ese fervor tan parecido al religioso. Peter Parker en color, en blasfemo color. Muchos años después regresé al mundo del trepamuros vía mi hijo, que abrió los ojos hasta el desmayo con la primera de las películas de Sam Raimi. Y al tiempo, a medida que los blockbusters veraniegos iban sacando de inventario DC o Marvel las aventuras de todos los demás superhéroes, mi infancia iba regresando sin esfuerzo, recuperando a los 4 fantásticos, a Dark Devil o a La Masa: nostalgia pura en salas de cine, primero, y en DVD después. No sé si he sido un buen lector de cómics. Probablemente quede en un prudente término medio. Me conquistó después el libro, la novela, la poesía, otro tipo de literatura. Todo depende de las circustancias que te vayan rodeando y a mi me faltó un pandilla de frikis del cómics, los típicos amigos que discuten a pie de barra de bar, ya bien talluditos, con novia, casados o acendradamente solteros, las tropelías de los malvados de turnos y las hazañas de los superhéroes. A mí me fascinaban Kingpin, que nunca derrotó a Spiderman, pero llenaban las viñetas y alimentaba la imaginación de un niño sin hermanos, ávido de entretenimientos privados, deseoso de que un mundo paralelo a éste pudiera convertirse en refugio en casos de necesidad. Luego descubrí que no hacía falta que la realidad fuese pobre y flaca y triste. Incluso cuando la alfombra el júbilo siempre hay un hueco para abrir un cómic. Ayer terminé de leer el tocho de Watchmen. Nada más terminar me metí las dos horas largas del film de Snyder. No tengo ahora ánimo para la reflexión. Hay asuntos que no merecen que se diseccionen. No, al menos, inmediatamente. Hoy he disfrutado divagando con un amigo por teléfono sobre la metafísica del Dr. Manhattan y la amoralidad de El Comediante. En cuanto me desaturda, me explayo.

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24.8.09

Extraña fruta...


Cantar a Billie Holiday llevando sangre marfileña y sefardí en la sangre da discos como éste. Contamos entonces con la idea de que la sangre de uno dicta tonos de voz y afinidades estéticas. Contamos también con que a Billie Holiday la puede interpretar una de esas nuevas divas del jazz que nacen en Japón o en Alemania. Como si la voz de la señora del jazz, con permiso de Ella Fitzgerald, pudiese exportarse, embutirla en un recipiente distinto del que estuvo contenida y olvidar la dureza de la negritud, el canto desquiciado de un pueblo que cantaba o tocaba o bailaba para el pasado o para el futuro, pero no para el presente, que era una estación hostil en la que el pueblo negro, el silenciado, el vapuleado, el almaherido, malvivía a la espera de un paraíso, de un palacio en las profundidades de su corazón. Por eso me parece a mí que no se puede cantar en negro cuando te corren por la sangre otros colores. Y por supuesto no se puede cantar en negro si eres blanco aunque seas Joe Cocker en uno de sus arrebatos setenteros, no el Joe Cocker de ahora, comprado por las multinacionales, expuesto a las modas, viviendo del rédito infinito de su perfil más hondo. Puedes cantar a Billie Holiday, dedicarle un disco, sencillos tributos, aunque te llames Madeleine Peyroux y los críticos escriban que las voces tienen similitudes. Y al escuchar el disco de Laïka Fatien por segundo o tercera vez entiendo que no echo en falta el dramatismo existencial de Strange fruit, cuya cruda letra no entendía Billie al principio y que fue modificando conforme la metáfora oculta iba surgiendo a cada nueva interpretación. Eso, en el fondo, tiene el blues o el jazz cantado, que evita la dicción limpia o la exigencia de otros géneros (pienso ahora en el pop almibarado o melodiosa al estilo de Carole King o de Barbra Streisand) y hurga más adentro, buscando el espíritu, trazando líneas desde la epidermis hasta el territorio sagrado donde está el llanto y donde está la risa. Porque en el blues o en el jazz hay llanto y hay risa y las hay a capricho de quien ofrece su alma a quien escucha. Fatien no pretende cantar como Billie Holiday ni el oyente avezado o el neófito desea escuchar a Billie Holiday en la voz de Fatien, pero pensamos inevitablemente en las circunstancias en las que existió esa voz y cómo se fue perdiendo, ahogándose, diluyendo la parte orgánica en la parte orgánica, sobreviviendo y vendiendo el talento para abastecer el peaje de sus vicios. Quizá el ingenio y la inspiración, aparte de provenir del trabajo, acudan por la vía de la experiencia y haga falta tener sesenta años para escribir una buena novela y tan sólo veinte para pergeñar un relato decente. El tiempo es el que dicta las normas. En todo caso, escuchando Misery, este tributo (uno más) a la genial Billie Holiday, uno piensa en el numen, en la secreta chispa que ilumina a los genios. Y a pesar de ser un disco formidable y de que suene hondo y sincero, le falta esa chispa, ese extra de dramatismo y de vida cantada que Billie Holiday poseyó como seguramente ninguna otra cantante en la historia. Y admiro a Peyroux y a Fatien en el nuevo panorama del jazz o del soft jazz o como quieran llamarlo, pero vuelvo insistentemente, cada vez que oigo un tributo, al original, al trabajo del que procede esta aproximación, este digno (al cabo) sucedáneo.


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23.8.09

El valor del rostro

Hay autores que acomodan su gestualidad y sus facciones a la naturaleza de la obra que realizan. O es al revés: la obra discurre por los territorios que dictan esos gestos y esa cara. La cultura popular dice que la cara es el espejo del alma. También oí una vez que los perros se parecen a sus amos. Que hasta las casas, en su decoración, en la forma en que disponemos su mobiliario y la fisonomía de los objetos con los que las poblamos exhiben esa afinidad con sus propietarios.
Por ejemplo, Quentin Tarantino no podría hacer otra cosa que la que hace. Su cara de enfant terrible conduce a que sus films sean retorcidos paisajes de su muy particular concepto del entretenimiento audiovisual. Ese retorcimiento se aprecia a pie de foto: Tarantino siempre aparece desquiciado o en trance de desquicie. Woody Allen cumple este recetario improvisado sobre la sintonía entre el rostro y el corazón, por decirlo de alguna forma: las gafas de pasta, la cartografía hilarante del rostro. Incluso su voz y la que le imponen aquí en el doblaje cooperan para cerrar este improvisado bosquejo. Después de Allen y Tarantino he pensado en Peter Lorre, en Charles Laughton y en Willem Dafoe. Pero la sacudida cerebral, el hallazgo absoluto en esto de que la cara sea el espejo del alma o, dicho de otra forma, el alma moldee la cara y la ajuste a su capricho según el criterio de sus filias y sus fobias, de sus vicios y de sus rutinas, es la cara artesanal, totémica, esquizofrénica y desconcertante de Howard Phillips Lovecraft.




Lovecraft nunca dejó de pensar que la vida era algo espantoso y que entre sus costuras crecía el mal y emponzoñaba el aire y luego los pulmones y el cerebro. Quizá se afilió al tenebrismo y a la fantasía gótica. Su prodigiosa imaginación estaba abonada al desencanto así que no hubo en su prosa balbuceos líricos, campos de rosas para siempre y amores imposibles que se quiebran a la orilla del mar. El espanto y la velocidad con la que el espanto se propaga fue el tema monocorde del amigo Howard. El realismo minucioso de sus relatos le abrió todas las puertas posibles y legiones de seguidores (seguidores más que lectores) se abrazaron a la causa del terror cósmico y de las abominaciones innombrables. Lo atávico, lo primigenio, lo indescriptiblemente soterrado en alguna prehistoria sobre la nada podemos saber pero que todo lo encierra a modo de raíz única de todas las civilizaciones posteriores: ése fue el susurro que Lovecraft recibió y del que se hizo sacerdote máximo. La liturgia requiere soledad, abandono, casi una especie de desdén por todo lo mundano y una felicidad malsana al coquetear, aunque sea semánticamente, con lo prohibido, con toda esa costra infame de seres retorcidos que se arrastran, babean y poseen la voluntad de quienes advierten su presencia. Pero todo eso está en su rostro, en la petrea adquisición de ese hieratismo, en la certidumbre de que los monstruos están debajo y que el rostro está en tensión para que no flanqueen los obstáculos que el autor ha ido inventando para que la ficción no se entrometa en exceso en la vida y acabe por malograrla. De hecho los monstruos salieron de sus guaridas y el rostro del escritor se fragmentó. Por eso escribía: para conducir de nuevo al rebaño a su refugio.

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22.8.09

Watchmen


Álex me advirtió que el verano tal vez no fuese buena estación para entrar de lleno en Watchmen. Qué alegría más enorme desoír su consejo. Estoy fascinado, bloqueado, concentrado en una historia adictiva que me retrotrae (qué verbo más feísimo) a una época en la que leía cómics a diario, pero Watchmen no es un cómic. Leo en la contraportada que es una "novela gráfica". Pues muy bien. Las categorías y los estatutos semánticos a veces sólo aislan la musica que vamos a escuchar, la película que vamos a contemplar o el libro que vamos a leer. Watchmen es una novela. Una cuya trama no desmerece a otras a las que el común de los críticos de la ortodoxia rinde tributo y eleva a cánones tipo Bloom y zarandajas de suplemento dominical de esa guisa. Y disfruto pensando en el regreso al libro como a veces he disfrutado (sólo a veces) cuando uno tiene que dejar una novela para ir al supermercado, al trabajo o al médico porque le duele la tripa. Después del atracón gráfico iré directamente a la versión cinematográfica, de la que sé muy poco y a la que he intentado no prestar atención por bien de una lectura limpia del cómic. Y ahora, si me disculpan, cierro el blog, me sirvo una cerveza muy fría (otra para ti, Álex, ya sabes) y me cuelo en la historia otra vez.

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21.8.09

Blondas de verano Nuestro hombre en Génova...

La mosca cojonera de este ferragosto bubónico es el espía, al que aliñan con algunos extras en plan cinemascope para que el respetable público babee de gusto cuando el presentador del telediario le mire fijamente a los ojos y vomite la ración diaria de espantos. Es el espia figura literaria de mucho fuste y alcance narrativo con el que se puede hacer tochos tipo Millenium o mastodónticas tramas a lo Le Carre. Al espía, en la Historia de la Literatura, le va más el desplazamiento largo, los episodios. Los autores de más relumbrón prefieren la novela al cuento. En la vida pública pasa exactamente lo mismo. Un Caso Gürtel o similar asegura tiradas enormes de la prensa canibal. Un traje a lo Camps, que no es espionaje textil pero se arrima a este concepto turbio de política zarrapastrosa y vodevilesca, es carnaza para los tertulianos despiertos que ven en las facturas invisibles o en las comparecencias del acusado material para llenar columnas. Además está el verano, que no es estación propicia para los scoops.
El verano se deja manosear por cualquier noticia: importa zarandear el hastío sestero, la pereza connatural a la calina. Las tramas conspiranoicas entran bien en las maletas que nos llevamos de vacaciones: se llevan bien con los polos de marca y el Coppertone. Y uno saca en la barra del bar, en el chiringuito o en el paseo marítimo de los chismes que la política es un asco. A partir de ahí, barra libre para despotricar, que es un deporte sano como pocos. Estamos en verano. A falta de pelotazos yankis en el cine, que ha habido pocos y ciertamente malos, qué mejor que un poquito de ficción política, entreverada de espías y de aturdidos lectores, que no saben dónde entra el bloque publicitario. Igual hasta sale Lisbeth Salander, ustedes ya saben, y jaquea el disco duro del Estado. Eso sí que mola. Todo es un cuento. Bien contado, mal contado, pero cuento.

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19.8.09

Chet


I
Hasta que no cumplió veinte años Chesney Baker jamás había oído jazz o, al menos, nunca en directo. El deslumbramiento le hizo abandonar su pereza natural para nada que implicara un hábito, una responsabilidad, y frecuentó a los músicos que habían alumbrado ese prodigio en su persona. De talentoso oído, a juicio de sus profesores del instituto, se inclinó por la trompeta. Antes de ser Chet Baker, estuvo en la milicia, de la que huyó alegando problemas psiquiátricos. Antes de ser Chet Baker, vio a Charlie Parker, ya próximo a morir, y concertó una cita para que el genio del saxo le apadrinara. Parker era el héroe de las jam sessions a las que acudía con el candor de la inocencia y la audacia de quien sabía tener algo bueno dentro. Me pregunto si alguien registró ese encuentro. Lo que sabemos es que Parker lo contrató para una gira por la Costa Oeste que llegó incluso hasta Canadá. Sabemos también gracias a los biógrafos de The Bird que el jazzman consolidado quedó prendado por la versatilidad y sensibilidad del jazzman novato. El aspecto de galán de Hollywood no matrimoniaba con la ausencia de glamour de muchos de los artistas más respetados de la escena del jazz. No podemos poner en una balanza a Oscar Peterson, a Thelonius Monk o a Art Blakey con la prestancia de Chet.
Gerry Mulligan se lo arrebató a Charlie Parker para su banda. Chet tiene ya 23 años y Gerry es la puerta al jazz remunerado, a las salas abarrotadas y a las sesiones discográficas. No en vano el saxofonista blanco había tocado con Miles Davis y con Gil Evans. Ahí fue cuando Chet guardó en la memoria su amor por el swing, el género que le había abierto las puertas de ese nuevo mundo musical, para ingresar en el jazz sofisticado y revolucionario del también joven Davis. A finales de 1.953 Gerry Mulligan es arrestado por tenencia de drogas. Chet no tardó en fijar el modelo Mulligan en su ideario de jazzman atormentado, lírico, entregado a las bondades de la vida del artista. Downbeat, la cabecera en la crítica del jazz en la decada de los cincuenta, le proclamó mejor trompetista. A partir de este encumbramiento, Chet se hace el politoxicómano que fue hasta su muerte. La lenidad de la justicia europea en asunto de drogas, comparada a los Estados Unidos, y el atractivo de tocar en el viejo continente lleva al música a recorrer durante unos años un puñado de países. Que se sepa, España no era foco de ningún corriente jazzística entonces. Distinto caso es Francia, primero, e Italia o Alemania, después. De regreso a América, Chet perdió los dientes. La historia oficial (la que yo he leído en más ocasiones) es la que pone frente a su boca a unos traficantes que querían cobrar por el material entregado. Otra coloca al marido despechado. Ambas son posibles. Chet tuvo que recomenzar: tenía que adquirir una técnica nueva para soplar en la trompeta. Nunca tocó igual, pero la voz seguía sonando extraordinariamente romántica. Nadie jamás ha cantado como Chet Baker. Ha habido quien ha cantado mejor. Podría escribir aquí decenas de voces del jazz que dejan a Chet en un decente segundo plano, pero su sonoridad era reconocible, personalísima.
Quien ha oído una vez a Chet Baker cantar The thrill is gone o la soberbia My funny Valentine ya no lo olvida nunca. La voz se queda registrada en el cerebro y el rescate sentimental la devuelve íntegra, como si tuviéramos el disco en la bandeja del reproductor o (ay) un viaje en el tiempo nos hubiese transportado a algún concierto en vivo. Muy limitada en recursos, su voz era de una textura bellísima, casi un lamento, más cercano a ciertas divas del jazz más lánguido (y no es un menosprecio) que al rudo vibrato de Johnny Hartman o el juguetón scat de Dizzy Gillespie, por citar a colegas de la época. Su promiscuidad tóxica le hizo fatigar submundos que en ningún momento rozaron su línea melódica, su infatigable amor por el jazz. Al contrario que muchos artistas que se convierte en drogadictos y vuelcan su tormento a sus creaciones, Chet Baker mantuvo hasta su muerte una coherente línea de trabajo y nunca abandonó sus standards, su inclinación por los tonos dulces del jazz incluso cuando arremetía sofisticadas y elaboradas improvisaciones más experimentales.
El arranque de los sesenta lo encuentra en un presidio en Italia. Las idas y venidas a Europa, donde grabó muchísimos discos con un repertorio sorprendente de jóvenes músicos daneses, suecos, italianos o polacos, entretienen su declive, que parece definitivo en 1.970. Durante cuatro años, Chet no existe. Ha desaparecido. En 1.974 regresa con Gerry Mulligan, su viejo amigo, y Stan Getz en el Carnegie Hall. En 1.988 se cayó en extrañas circunstancias de la ventana de su habitación de hotel, en Amsterdam.
II
La primera vez que yo vi a Chet Baker fue en una portada de un disco cuyo título no recuerdo. Estaba distraídamente apoyado sobre un piano. Parecía un gentleman, un personaje buscado para adornar una portada, nunca el artista, jamás el genio detrás de la boquilla de la trompeta. La primera que lo oí fue en unas sesiones estupendas que el entrañable Cifu programaba en su Radio Nacional de España. Yo cogía cintas de cassette (recuerdo: TDK, Basf, Scotch) y me afanaba por registrar en tan frágil soporte (el mejor entonces, el más romántico aun hoy) las canciones seleccionadas. Cuando pude, compré los primeros discos. Otro recuerdo que tutelo con mimo fue un concierto que la segunda cadena de TVE (ahora convertida en otra cosa, infectada de anuncios, comprometida por el albur canalla de estos tiempos de vértigo y liquidación) dio en una tórrida noche de verano. Era en color y el trompetista tenía calado un sombrero tejano. Su rostro describía los estragos de su crápula existencia. Me impactó aquel rostro deformado, visiblemente roto por el dolor y por la experiencia. Esta noche (otra vez, no es la primera de esta forma) estoy escuchando una de esas cintas magnetofónicas. Suena ahora la inmortal Milestones, melodía (por cierto) que abría y cerraba la radio del jazz del amigo Cifu. Qué tiempos.



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18.8.09

Hitchcock en el confesionario



Papá Hitchcock fue un buen atormentado: sólo hay que ver la letra pequeña, el fotograma discreto y oculto, con la que manuscribía todas sus ensoñaciones plásticas y morales. En el trance que le ocupa (la foto es de Avedon) prefiguro que no sobrevuela el tormento habitual: la clarividencia racional frente a la sugestión cristiana, la Biblia frente al Daily Telegraph, la cruz en el altar frente al dolorosísimo tirón hormonal que causa una buena rubia en un plató. Todo eso queda fuera de la instantánea: papá Hitchcock no está rezando; tampoco entona labios adentro una plegaria. Yo creo, mirando a fondo, echándole un rato a husmear en la trastienda de la luz y en los pliegues del rostro, que está pidiendo perdón al timorato, al pacato, al triste de luces que no ve ,entre la morralla psicológica, las fugas, los claroscuros y las intrigas antológicas, el dolor cristiano de este hombre, su carga moral, ese limbo de lo humano en el que el artista explota como una estrella de veinte puntas. Le está diciendo:
Mire usted, señor espectador, es verdad que en mis películas he puesto al inocente frente a las cuerdas de la justicia, que he escondido monstruos en sótanos, que he intentado desbocar su corazón hasta hacerle pedir basta, pero yo en el fondo soy un atormentado, un teólogo al que le fascinaban los misterios del thriller moderno, un hombre a caballo entre Chesterton y Sherlock Holmes o entre la Highsmith y George Kaplan, aquel hombre invisible que jamás arrugaba sus trajes
. Así que deje usted que me excuse, entornando los ojos, juntando las manos, apretando el corazón mientras lata un puñado de maligna sangre.

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17.8.09

Pura sensiblería

Recuerdo haber oído de madrugada, atrincherado entre libros de Pedagogía, vasos de café y luz febril de flexo, New York City serenade, una canción de Springsteen del 73, cuando todavía no había registrado los himnos que hoy llenan estadios y su cara de boxeador novato no ocupaba la cartelería del star system. Recuerdo su piano catedralicio, ese crescendo que luego Howard Shore usó (sin empeño plagiatorio, imaginamos) en la banda sonora de la espléndida (lo es, años después) El silencio de los corderos. Hay canciones que no se pueden substraer del lugar en las que uno las escuchó por primera vez. Pasa lo mismo con ciertos libros: uno piensa inmediatamente en quién le habló de ellos o qué escaparate le hizo pararse y detener la mirada en la portada golosa, en el título, en la caricia de promesas insinuadas en sus páginas. La canción de Springsteen, la serenata a Nueva York, la escuché en casa de mi amigo Rafa Roldán, en San Cayetano, en la Córdoba que ya no paseo como antaño, ni que conozco como ciudadano antiguo de sus calles.
Se escapan así las cosas, se fuga la brizna de sentimiento puro con el que descubrimos la genialidad de una canción, el arrebato sublime de su melodía, que se hospeda quizá para siempre en el corazón. Y hoy al volver al disco de Springsteen caí en la existencia de aquellos años de Universidad y me sentí hospitalario con mis recuerdos y los dejé fluir hacia el territorio mítico de la nostalgia. Estaban Antonio, Rafa, María del Mar, Auxy y el piano catedralicio de la serenata a Nueva York inyectando sencilla melancolía a ese capítulo de la memoria. Salvo alguna deserción, tengo todavía a quienes me quisieron entonces y me alegra infinitamente (lo sé) que veinticinco años después, de alguna forma no despachable en palabras sin caer en la cursilería, me siguen apreciando todavía. Y uno es feliz en esos deslumbres, qué quieren que les cuente.
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Who faster?




No tengo en casa ni un solo libro de Biomecánica y es posible que no lo tenga en la vida. Tampoco hay ninguno de Fisiología. De épica hay cientos. Uno puede encontrarla en gestas diminutas que no levantan pasiones en los titulares y que pasan desapercibidas para el público. Yo creo que Usain Bolt no corre para la grada: lo hace porque no sabe hacer otra cosa mejor que ésta. Hemingway, del que ahora leo cuentos, no valdría para un bufete de abogados. Insisto en el hilo técnico: un abogado no escribiría como Hemingway. Así que la proeza de anoche en Berlín es, en el fondo, la venganza de la Historia: uno, a cuenta de las historias que no le han contado pero que ha leído con interés, entrevé la figura de Hitler y la sombra veloz de Jesse Owens. Y la locura continúa décadas después: el negro derrota a todos los blancos. Es más: no había anoche en Berlín un solo blanco en los tacos. Negritud y músculo libre, la derrota de los límites previstos en la biomecánica. Que otros glosen la naturaleza mítica de esa rebaja del crono: yo no tengo argumentos con los que ocupar los renglones. Me quedo con la plástica y con esa certidumbre de que el hombre es un ser sublime, privilegiado, que se crece a capricho de la terquedad de su empeño y que mejora con el tiempo, cosa que a la vista de cómo vamos tirando pudiera parecer una tomadura de pelo. El Jueves toca final de 200 metros. No se la pierdan: por la épica, por darle al Führer un corte de mangas étnico.

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15.8.09

Jesus, he knows me...


La de plegarias atendidas que debieron sentir estos pesos pesados de la cultura americana del siglo XX. Quizá ninguna exenta de tributos pecuniarios. Al tipo de la izquierda le bastó susurrar el dolor del pueblo llano con su voz profunda, entonar himnos de redención y convertir su cancionero en una especie de recetario popular para curar las heridas del alma. Nadie mejor que él para aplicarse su propia medicina.
Johnny Cash fue un tipo difícil al que el azar le bendijo con la gracia de saber cantar para los convictos y meterse en su dolor y hacerlo suyo. Eso no es fácil: cuando uno es una estrella del pop o del rock se adivina una capa de dramatismo impostado y otra, más abajo, de impostura controlada, financiada o supervisada o patrocinada por los que gobiernan los hilos del show business, que debieron frotarse las manos al descubrir que podían construir un idolo de masas con mimbres populares, con historias de la calle, con la sencilla rendición de su provincianismo, de su épica anónima.
Johnny Cash llevó el country y el folk a las listas de éxitos en donde triunfaba el rock y el pop y sacó del ghetto gremial, de las praderas íntimas y de los desvencijados caminos vecinales que se esconden de las grandes autopistas y tutelan el verdadero espíritu americano, el que no lastiman las multinacionales ni el advenimiento de la decadencia, instalada en las ciudades populases, en sus avenidas sobrecrecidas de decadencia y de venenoso progreso. A Johnny Cash, el de la izquierda, no le tembló la moral cuando se dejó querer por los vicios capitalinos y se entregó sin ambages al destrozo físico a base de drogas y de alcohol. Tal vez vio en sueños que ese descenso
al infierno podría inspirarle más y hacerle cantar con más aplomo, demostrando en cada sílaba (sólo él sabía hacer eso) el peso de su experiencia, la rica retahíla de dolores que habían socavado su hombría profunda, su tristeza inteligente y bien explotada.
El tipo de la izquierda es el reverendo Billy Graham, un iluminado de los caminos que alfombran el cancionero de Cash. Uno de esos tipos que cree haber visto a Jesús y haber recibido el mensaje de sus labios directamente a su oído interno, el que está más cercano al alma, uno de esos mesías de la América profunda que vieron en el mensaje de la fe la vía para escribir ceros en su cartilla de ahorros. Elevó el sermón apocalíptico a la categoría de arte y asesoró a varios presidentes de los Estados Unidos. Siendo un mozo libre de pecado y limpio de temores bíblicos, fue obligado por su padre a ingerir cerveza hasta que la vomitara. Así se forjan personalidades duras, hombres conjurados a vencer las veleidades del alma sin otro sostén que un libro de libros y un voz que les dicta pasajes sublimes de la historia universal de la salvación eterna.
En los Estados Unidos de América pasan estas y otras cosas: un reverendo se granjea el favor del pueblo y rige los destinos de un país de modo que hasta los presidentes lo buscan, le piden consejo y terminan por asistir a todos los sermones que esos iluminados recitan ora presos de una sacudida mística, no seré yo quién ponga en duda los vericuetos fisiológicos de la fe, ora agarrados a un deseo irrefrenable de ganar pasta gansa y manifestar al mundo el mensaje recibido en privado, en orgía doméstica.
Cash y Graham son dos iconos indiscutibles. A mí me habrían encantado compartir con ellos una mesa de bar. El abstemio Graham y el ebrio Cash compartiendo el texto íntegro de su misión en el mundo. Los dos tenían una: el trovador investido de la gracia de la comunicación total con su feligresía, vendiendo discos, llenando auditorios, prisiones, creando una imagen nítida de un american hero, el self-made man que se aprivisionó de cordura y leyó la palabra de Dios, vestida de country, insuflada de aliento testamentario, contando a cielo raso, en iglesias, en tugurios de comarcal, historias sencillas que llegaban al corazón primitivo, no tocado.
Graham prescindía del vozarrón lírico de su amigo Cash: se bastaba con manejar una sintaxis engolada. La fe, la que nos venden en esa visión simplista de los medios, se maneja con un cierto tipo de vocabulario, que prende con extrema facilidad el entusiasmo popular. Graham, a pie de barra, con el amigo Cash, debía explayarse, a golpe de whisky, fumando, dejando marchar las horas bajo la vigilancia de algún dios caprichoso y rudimentario, embutido en un traje de barra y de estrellas, supervisor sublime de la creación mitológica de un país.
Graham tiene su web a pleno pulmón: ahí están las plegarias atendidas y las que faltan por cumplimentar. Están los diarios del líder espiritual y el peaje del trance metafísico: abone usted unos dólares y su conversión se producirá con más fluído empeño. La evangelización del descarriado precisa de estas aportaciones. Cash también tiene su página en la red, y te planta en las narices, nada más abrirla, un epitafio, un hermoso trabajo de los diseñadores que demuestra a las claras la raíz nítidamente religiosa del trabajo de este hombre, su filiación final, el destino al que encauza su travesía vital, pero a mí, lector ocasional de biografías, atento escuchador de los susurros que las biografías cuentan a quien presta oído, me fascina esa foto en la que los dos hombres miran con cansado desafío al fotógrafo. Me fascina, sobre todo, esa cruzada emocional a la que se entregan sin desmayo, el recitado bíblico en actos multitudinarios, la gentil ayuda para recabar fondos, la novela misma de la salvación de sus conjuradas almas. Nada nuevo: nada que no conozcamos aquí, en esta lejanía, pero en España la fe no escribe en el Billboard o en los 40 principales y los reverendos, salvo chabacanos y aturdidos por el ruido mediático, no se prestan al comercio puro, a la cobranza de los parroquianos por vías excesivamente heterodoxas. ¿O sí?
Tampoco tenemos un trovador como Johnny Cash. Grahams debe haber a manta, aunque se visten con otros ropajes y actúan con otro playback.

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14.8.09

El dolor carece de metafísica


Para lo que no se está preparado es para el dolor: el extremo te aturde, te avisa de la distancia que existe entre el la vida y lo que la acosa, y esa distancia es infinitesimal: el dolor es un festejo del mal y un tara inútil con la que certificamos nuestra naturaleza falible, ínfima, imperfecta, y tal vez sea mejor que nos gobierne toda esa fragilidad física porque el dolor carece de metafísica. Es un trallazo, una bomba de relojería alojada en los bucles del alma o en las blondas abismales del puñetero ADN.
En la forma en la que uno afronta el dolor se muestra mucho de lo que somos. El dolor es un paisaje que el cuerpo inventa para desheredarnos del entusiasmo razonable de vivir. El dolor, contrariamente a lo que pueda pensarse, a pesar de tener vínculos científicamente probados, no tiene nada que ver con la muerte. Se puede morir uno dulce y mansamente sin que una sola brizna de dolor se acuertele en el cuerpo saliente. Y nos educan para temer a la muerte, pero no hay una pedagogía del dolor.
Las religiones incluso lo avalan como tratamiento contra los excesos mundanos. Ya sabemos que la fe es un potente afrodisíaco mental, una pastilla de gozo puro que espanta la bestia políglota que nos revienta por dentro. Hoy pensé en todo esto mientras que el dolor se hospedaba , soberbio, una pizca cabrón, en mi riñón y me contaba historias antiguas, transmitidas cromosómicamente, desde la fiebre primera de los tiempos hasta esta madrugada infame, inútil, qué quieren que les cuente, en la que he sido huésped incómodo de las Urgencias de un Hospital y en donde he comprobado, una vez que el dolor remitió por obra de la bendita química ,que estamos preparados para atrinchernos contra el dolor, pero no para salir de la tierra sucia de sudor y barro y hocicarnos contra él, enseñándole quién es el que manda en casa. El otro dolor, el moral, ése está más al día, nos invade con más frecuencia, se instala sin estruendo en el chasis, en el alma, en ese desprevenido refugio en el que somos limpios y nobles y razonablemente buenos. Y ahí estoy, extenuado, asustado, confiado en que el dolor se aburra y huya como sepa sin que el rencor o el peso de la costumbre le fuerce el regreso y me vuelva a desocupar de mis vicios, tirándome de cabeza, en mitad de la noche, por esas carreteras de la Junta de Andalucía, buscando analgésicos. Básicamente analgésicos.

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9.8.09

Atlas



Hay obsesiones que las dicta la razón y otras que provienen más directamente de la parte que con más fiereza se enfrenta a ella. Entrado como estoy en kilos, fondón en escorzo, en plano cenital y mirado desde el dedo gordo del pie, quizá debiera pedirle asilo estético a este ejemplar único de hombre reconvertido que se exhibe en la playa, atrincherado en los réditos de su jefatura excedente, lejos del vértigo monclovita y de los tejemanejes viscerales de la calle Génova. Debiera, insisto, en practicar tablas de gimnasia que conviertan mi estómago, blando y orográficamente convulso, en una perfecta plancha de acero. A lo mejor con los años cedo al instinto puro y duro de la especie y me reinvento entre abdominales y otras desviaciones de la pereza atlética a la que ahora tan triunfalmente dedico mi ocio. En ese caso no dudo que pondré en mi moleskine mental la estampa heroica del amigo José María, que todavía tiene tiempo para conferenciar allende los mares, perfeccionar su dominio del inglés (si eso puede ser posible) y esperar agazapado a que las circunstancias dentro del partido exijan el regreso de su más cuidado icono a la vista de que los oficiantes que ahora litigan por conseguir la confianza del pueblo no cuajan y se pierden en trifulcas de patio de vecindonas, en conspiraciones de novela de Le Carré, en todo ese barbecho político que espera al sembrador genial que lo haga florecer y estallar de luz a imagen y semejanza de quienes antaño lo elevaron al esplendor máximo. Y ahí estamos, agazapados, despachando a pie de playa los asuntos propios de la casta, ejerciendo de faro de la moralidad en Occidente. Yo, a distancia, observo, mido mis fuerzas, recapacito, conservo la templanza y confirmo mi absoluta fe en mis limitaciones. Es que me hicieron de otra pasta y no me educaron para otra cosa que la muy tímida y corta que soy.

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Todo va bien

Mantengo escasas convicciones en materia política porque la vida civil enseña a descreer de que un mundo mejor es posible y que podemos erradicar o al menos paliar las pandemias que lo desangran. Las últimas de esas convicciones caen sin estrépito y uno se malconvence de que el ser humano es un animal chusco en el fondo, que atina esporádicamente y exhibe altura moral y estética, aunque sean briznas, episodios sueltos de una novela cuyo desenlace es siempre terrible y alfombra de muertos los títulos de crédito. La política va dejando de ser un instrumento de lo razonable y de lo mesurado, de lo atenido a justicia y a equidad y se va enfangando de cuchilladas a traición y de mercenarios titulados, limpios de sospecha pero capaces de aliviar su tedio burocrático y su promesa de servidumbre social a beneficio de caja, la propia, que termina siendo uno de esos pozos sin fondo que ilustran los cuentos que abastecen de miedo atávico a los niños impresionados por la oscuridad. En política la oscuridad es el destino, aunque haya nobles obreros que empeñen hasta el alma por asear la cara al oficio y se obcequen en cumplir (sin más) la normativa y la confianza depositada en las urnas. En verano, la política nunca sale indultada: la atrofian más, la enturbian, la convierten en un sainete lamentable, en un ópera bufa, en un apaño resultón y hueco. Nada hay en la prensa política que llame a la ilusión, pero tal vez la ilusión no sea un componente intrínseco a la función política y aquí sólo se alegra y refocila el que recibe una prebenda, le arreglan las farolas de su calle o confía en que sigan las cosas como están porque incluso en tiempos de crisis puede seguir pagando la factura del plus y la banda ancha, las vacaciones en Torremolinos o el convite en la comunión de sus hijos. Quizá por todo esto algunos políticos alcancen en carisma y en glamour a ciertas estrellas del espectáculo. Por eso, aunque acepto que es un argumento muy liviano y simplista, Obama prende el corazón de una ciudadanía diezmada por los truhanes, hecha a que le malogren las esperanzas que brotan grácilmente de los programas electorales, convencida de que el gremio de los que gobiernan no está casi nunca a la altura de las circunstancias y, por último, consciente hasta el desmayo de que la culpa de esta tibieza en lo público nace precisamente en lo público, en la apatía de una sociedad acelerada, negada al entusiasmo, débil a la hora de envalentonarse y plantarle cara al vaciamiento progresivo del Estado del Bienestar, sea esto lo que sea, que yo no acabé nunca de entender cómo es posible que el despilfarro conviva con la precariedad o incluso con la pobreza más antológica y nadie se lleva, por lo menos, las manos a la cabeza y ponga freno al desmán. Cuando nadie me refiero al político sensible, al que le dimos instrumentos para vencer estas disfunciones del sistema, pero ay, ese político está más ocupadísimo en poner o en probar que hay micrófonos ocultos, cámaras chivatas, espías estivales que distraen del quebranto verdaderamente relevante: la miseria, la anuencia de que un poco de miseria es inevitable y de que un poco de despilfarro conviene para que la vida parezca que va de puta madre. Está uno un poquito harto y todavía hay fondo que llenar y más hartura que exhibir.
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6.8.09

Bill ficha por la Marvel



La prensa, en verano, viene flaquita, pero siempre hay titulares magros, frases antológicas, fotografías que te incomodan la digestión o hacen que no puedes descabezar el sueño después de una paellita en el chiringuito de la playa. Descubrimos que hay un mercado para la transacción de fluidos corporales entre famosetes y un ejército de operarios a pie de fornicio para extraer el documento gráfico explicativo. Se trata, en el fondo, de compensar el ferragosto informativo con la morralla frivolona que engolosina la parte más gris del cerebro, ésa en la que acumulamos el óxido de la realidad, la cochambre, el moho, todo eso que atenta contra el buen gusto pero que engorda la líbido y evita que caigamos en pensamientos de mayor hondura metafísica. Leemos, por ejemplo, que Kim Jong-il, el reyezuelo norcoreano, ha liberado a dos periodistas norteamericanas presas en su país merced a la injerencia mediática de Bill Clinton, que es el marido de la secretaria de Estado del Gobierno de Obama.
Clinton es un señor fotogénico, curtido en los entresijos de la diplomacia, que igual sirve para asistir a un concierto de Bruce Springsteen y cantar Thunder road tocado por la mística de su emotiva letra que blandir las barras y estrellas de su patria y entrar con toda elegancia en la misma entraña de la bestia y rescatar a dos conciudadanas sin verter una sola gota de sangre. El indulto descabeza al monstruo nuclear durante, al menos, un par de horas y exhibe la musculatura política de Obama, aunque la Casa Blanca se haya explayado en desmentir que el Presidente haya terciado en el asunto. Nunca entendemos las maniobras de estos paladínes de la política. Personalmente, no entiendo la política: entiendo algunos fragmentos, la trama deshilachada, las huellas que la política va dejando en la arena, pero no el peso que la crea. A mí Clinton siempre me cayó estupendamente. Y en esa ignorancia mía de la alta política, la empatía surge a nivel doméstico, a caballo entre las acometidas de saxo en pequeños clubs, entre amigos y todo eso, y la iconografía de la histórica mamada que la becaria le practicó a beneficio de columnistas desprejuiciados.
Clinton, en Corea, es un héroe de la cruzada humanitaria que Barack Obama está realizando urbi et orbe. A ver si le da al hombre por dejarse caer por el País Vasco y convence al colectivo etarra sobre la incoveniencia de insistir en el tiro en la nuca y en la bomba lapa debajo de los coches oficiales. El tirón mediático tiene esas cosas: hasta el más infame de los terroristas puede tener, debajo del blindaje emocional, un corazón que late, uno capaz de interrumpir la ira y bombear ternura, no sé, la que despierta Clinton cuando se pasea por las trincheras de todos los conflictos y abre su recetario de gestos, de frases. Esa sutil vara de mando debe exportarse a todos los confínes del mundo.
Gente como Clinton perfuma el verano de épica. Al caer la tarde, en las piscinas de los apartamentos costeros, las consuegras leídas, las que se levantan revisando la prensa y oyen por la noche las tertulias más enjundiosas, hablan maravillas de Bill, el campeador, le perdonan la infidelidad conyugal y concluyen felizmente la cháchara regalando al aire cómplice (suele pasar que en las piscinas uno lo oye todo si presta un poquito de atención) bendiciones a este caballero cabal, delfín de las causas nobles. Yo, por mi parte, me levanto de la toalla y me zambullo en la piscina, me hago unos largos (un par, no crean, no da la cosa para alardes ni tiene sentido mentir en este rinconcito de amigos) y me seco al sol sabiendo que los superhéroes de la Marvel, en estos tiempos de zozobra digital y caos analógico, tocan el saxo y en lugar de enfundarse mallas de colorínes exhiben trajes de Armani, muy caros, eso sí, aunque tal vez con la factura justificada, vaya a ser que también en las Américas tengamos un Camps desprevenido, inocentón, ignorante, burdo en sus pocos alcances, sin la cohorte de incondicionales que jalean el desliz textil, pero nuestros políticos, incluso los mejor vestidos, no se aprestan a estas cruzadas valerosas y echan agosto como pueden, capeando la crisis, inventando ventiladores, convidando a tinto de verano a quienes les piden cuentas. ZP, el reformador del reino, babea, alucina, se imagina en estas aventuras extremas de la diplomacia, se ve ahí, junto al líder pequeñito de esa franja del terror, contándole la teoría de la alianza de las civilizaciones, que es uno de esos relatos en los que se faja como Dios en sus nubes y levanta pasiones entre la feligresía progre. Démosle tiempo y unas mallas.
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