29.7.09

Cierra la Luque, en Córdoba...


Cerrará en breve la librería Luque, en Córdoba. En cierto modo que cierre un librería no debería causar mayor conmoción que si le toca echar el cierre a una ferretería o a una tienda de todo a cien. El daño es el doméstico, el que obtura el salario de unas familias, pero detrás de ese cáncer económico está el moral, la evidencia de que no interesan los libros o que interesan muy tangencialmente y se compran en las grandes superficies junto a los tarritos de paté de oca y las pilas alcalinas para el mando a distancia de la play. Cierra la Luque después de noventa años vendiendo libros, que es una forma de vender felicidad. No cuesta mucho aceptar que la crisis haya convertido los templos de la cultura en locales vacíos, dispuestos a que un empresario envalentonado lo convierte en templo de otra cosa, no sé, vendiendo bragas o bisutería. Lo que duele del cierre de la Luque es que no podamos entrar otra vez a perdernos en sus anaqueles y buscar lo que sabíamos que no encontraríamos en casi ningún otro sitio. No acepto que los libros sean caros. Basta dividir las horas que empleamos en la travesía que ofrecen entre los euros del canje comercial. No sé a qué sale una página, pero sin duda menos que un minuto de un disco de éxitos del verano y muchísimo menos que un segundo de un politono. Acepto que cada uno invierta sus ahorros en donde quiera y me atribuyo mi parte de culpa porque tal vez pudiendo he comprado libros en tiendas gigantescas, de esas a las que no se les nota tanto la crisis y los libros se venden junto a cremas de afeitar y botellas de whisky barato. El cliente es soberano y puede convertir un negocio en un naufragio. Otras librerías también cayeron en Córdoba, pero ninguna con la solera de la Luque, ninguna con casi cien años, ninguna que haya educado a una buena parte de la sociedad cordobesa de dos siglos. Además en su escaparate y en sus nutridas estanterías vi publicado mi primer libro de poemas. Recuerdo que entraba en el local y lo veía allí expuesto, junto a otros libros de poetas de verdad, y salía de la librería entre la zozobra y la vergüenza, convertido en un pequeño héroe de las letras para mi estricto círculo de amigos y de familiares y en un nombre más, uno diminuto, en aquel santuario de belleza pura y asequible. Cosas que no van a suceder de nuevo.




27.7.09

El díficil arte de ser George Kaplan



El Gordo le está contando al Dandy (que es Thornhill y luego Kaplan y siempre Grant) que corra delante de la avioneta en el campo de trigo y el Dandy le está diciendo al Gordo que nadie como él es capaz de mover un traje de mil dólares con la muerte pisándole los talones.
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21.7.09

La bendita pereza del verano en el sur

A la felicidad se la confina a veces en habitaciones cerradas, en discos duros, en libros, en la nostalgia, que es una memoria sublimada, en la certidumbre de que cualquier tiempo pasado fue necesariamente mejor que éste tan problemático y febril, que diría el tango. Conviene recluir la felicidad en lugares frescos, en la sombra fabricada o en la sombra natural que da un aire acondicionado o un patio reservado, en donde transita el aire y trae noticias de que el mundo no es tan malo como cuentan en la CNN. En Córdoba, el verano es una cruz que algunos sobrellevan y otros no. Yo he tenido épocas en las que he pasado del sol y él, a la vista de que no ganaba la partida abierta, pasaba de mí. Ese combate no dejó rastro. Recuerdo veranos eternos en los que la hora de la siesta era una tortura si no eras capaz de cerrar los ojos y perderte en el limbo perfecto del sueño. Todavía hoy disfruto pensando en que estoy venciendo alguna especie de batalla cuando de pronto me duermo, después del almuerzo, y despierto más tarde con una idea fija e insobornable en la mente: he franqueado las horas terribles del día. Me habló hace unos días un buen amigo sobre la posibilidad de visitarme y de visitar, de camino, Córdoba, ciudad que sé que aprecia a pesar del escaso tiempo que la disfrutó en su primera estancia. Creo que fui tajante: no vengas, no te atreves, déjalo. Vendrá más adelante, no me cabe duda. El turista está hecho de otro material y está bien que no caiga en estos exabruptos de cordobés quejica: que venga, que visite la Mezquita, la Judería, que entre en los bares y se siente en las terrazas, que consuma y deje en caja el peaje de su atrevimiento. Pero la realidad dicta otra trama: el verano exhibe su vigorosa musculatura de animal enjaulado al que de pronto, en un descuido, se le ha dejado salir de su recinto. Está hablando el ciudadano experto, el que lleva una vida entera (o casi) capeando los rigores de la canícula, buscando refugios, aceptando que el cerebro trabaja a menos revoluciones y que la voluntad no se gobierna como solemos. De ahí la pereza, la bendita pereza del verano en el sur, esa falta de brío que algunos malinterpretan y usan después para formar arquetipos y vender temperamentos, formas de vida. Es el calor, es el verano, es la maquinaria infame del sudor quemando la piel. Y hoy, en mi pueblo, arde la calle, despeja a los intrusos y ni siquiera los nativos, los que conocen el percal, salen a comprobar los efectos de esa combustión predecible. Se esconden, se dan una tregua a pie de aire acondicionado o a resguardo, en un patio andaluz, bajo una parra, cerca de un botijo o de una lata de cerveza fría hasta el desmayo. En ese escenario volar entonces la imaginación, cerrar los ojos, dejarse conducir al invierno. Nunca se está contento con nada. Díganme que exagero. Ni siquiera esta pequeña columna personal está al gusto de quien escribe.

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20.7.09

El día de la luna



En lo que a mí respecta, en mi apero sentimental, la llegada del hombre a la luna tiene menos impotancia que la literatura alrededor de esa circunstancia que se ha ido creando desde el glorioso día de julio del 69. En cierto sentido, importa más el camino y la crónica posterior que el viaje en sí. He crecido escuchando episodios más o menos épicos sobre la colonización lunar y he dedicado muy poco tiempo a investigar en libros o en documentales sobre la planificación y la travesía. Me fascina más la luna que el hombre sublima y mira desde abajo, con reverencia, con algún tipo de ancestral respeto que está incrustado en nuestra memoria, en la memoria animal que compartimos y a la que no siempre tenemos acceso. Esta noche hace 40 años que el hombre (uno, da igual el nombre) puso el pie en la luna. Yo me quedo con la luna de Borges y con la luna que se asoma a la calle Bourbon, en Nueva Orleans. Me quedo con La luna del hereje, que es la página de un buen amigo. Me quedo (puestos a rebañar la dimensión iconográfica del asunto) con la cara oculta. Hay en ese lado escondido más literatura que en el lado visto. Suele pasar. No se me ocurre mejor homenaje a la efemérides que colocarme esta noche The dark side of the moon, el álbum antológico de Pink Floyd. No sé si es poca cosa o mucha. En el fondo me da lo mismo. La luna no sabe que es la luna como mi pie izquierdo desconoce que el derecho lo persigue. Hay en las cosas una voluntad de modestia. Incluso de anonimato. Me duele en el fondo del alma, allá en algún fondo que quede disponible, estas festividades un poco frívolas e innecesarias, pero que alimentan la épica. Sin épica, sin ese extra de aventura trascedente, moriríamos. Nos encontrarían en un rinconcito, perdidos en nosotros mismos, aburridos y tristes, sin nada que contar y nadie que tenga empeño en contar algo que suscite el asombro, la reverencia, esa fascinación que ejercen las hazañas del hombre. Uno puede ir a la luna.

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Harry Potter y el misterio del príncipe: Un cuento de hadas turbio


A menor densidad de trama, cuanta más pequeña es la dosis de intriga, mayor es la satisfacción del usuario accidental, el que no ha leído un solo libro, pero no se ha perdido un solo film. En cambio, el lector avezado, el que lleva en cuenta los tejemanejes más íntimos, las rocambolas argumentales de más fuste y los entresijos líricos de las novelas de J.K. Rowling, ese lector (conozco a algunos bien cercanos) sale defraudado, aceptando la grandiosidad del espectáculo y, al tiempo, su vacuidad, su fragilidad. David Yates, al que se le ha encomendado lidiar con este episodio de tránsito hacia el clímax final, propone la lectura más adulta posible del mito: turbia, conmovedoramente oscura, impecable en su factura técnica, convertida en un divertimento para toda la familia, que crece a medida que la turbiedad se impregna en los personajes y extrae de ellos las briznas de credibilidad que antes, en otras amables entregas, era impostura, desvelo de los guionistas para que la película crease los arquetipos facturables, los que luego en taquilla y en el merchandising engordan obscenamente las arcas de la productora.
Como no tengo por un fan de Harry Potter y sólo tuve la osadía de leer el primer libro, me abstengo de entrar en disquisiciones argumentales y esbozar alguna teoría sobre si el libro está bien contado o, más al contrario, se pierden detalles, se emborrona la esencia y todas esas cosas lúcidas que suelen decirse a la hora de comparar la materia libresca y la recluida en fotogramas. Yo disfruté de este Harry Potter como no he disfrutado de ninguno: quizá ese disfrute ilustre mi escaso afecto por la saga. En donde los lectores más exquisitos y exigentes han sacado las más afiladas garras, yo he me he batido casi en palmas, reconociendo el fascinante espectáculo servido, la perfección formal y hasta el gusto casi minimalista por el detalle. Yates se obstina (afortunadamente) en lo lúdico y prescinde de ser un operario más de la nómina de operarios que han conducido el crecimiento público del señorito Potter. Ahora que está talludito y que le explotan las hormonas a pie de varita, es cuando advertimos que han pasado los suficientes años como para los lectores imberbes, los que abrieron la esclusa de la lectura y ahora no paran de leer (bendita cosa y agradecimiento eterno a la Sra. Rowling y su jodido artefacto) también hayan crecido con él y sientan los mismos terremotos neuronales, la misma perturbación y hasta el mismo deconsuelo vital que siente el héroe de las gafitas y la cara de empollón que ha ocupado las taquillas (ahí va eso) de lo que llevamos de milenio.
Harry Potter y el misterio del príncipe es sombría, casi perversa, acreditando momentos de verdadero tenebrismo, es sombría, y casi perversa, pero adolece de un ritmo estable: se pierde en bagatelas románticas que igual no aportan nada al establecimiento de una intriga, pero hasta ese limbo en el metraje contiene el divertimento antes reseñado. Por primera vez hay un humor que no molesta a quien no lo comparte, entiéndaseme bien.
Me quedo con Jim Broadbent, el profesor loco, el histriónico mago de pócimas. La luminaria del talento a la hora de recabar gente muy apta para estos personajillos de cuento de hadas hace que uno disfrute razonablemente del viaje y entienda que ir en familia al cine, en comandita feliz, tiene a veces premios. Éste es uno. Mi hija no está de acuerdo, pero es que ella se sabe la trama de corrillo y ha visto defraudas todas sus altas expectativas...

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16.7.09

Piedras



I
La piedra, la historiada, la que se exhibe sin pudor, a espalda de las modas, la que rivaliza con el tiempo y lo convierte en una anécdota, en una sencilla y manejable estadística, la piedra, digo, aturde. Aturde y deslumbra, provoca una sensación parecida a la que se tiene cuando uno divisa el mar desde la playa o desde la cubierta de un barco, lejos de la costa. O la sensación que produce un paisaje o el cielo si se contemplan con toda la pureza de la que se disponga. En estos tiempos, la pureza sensitiva está herida por tsunamis terribles, por oleadas majestuosas de inmundicia mediática, pero cabe la posibilidad, caso de que se sienta el espectador accidental decididamente envalentonado y tenga conciencia de lo que va a ver, de que uno (insisto) vea la piedra con infinita reverencia y respeto. La piedra de la que escribo está en la Catedral de Salamanca (la vieja, también la nueva) y está en Ávila y en Segovia, que son las ciudades que he malvisto, por no disponer de más días e ir siempre con el agobio del viajero que no llega a serlo y casi entra en el saco infame del turista, que va a matacaballo, cuidando de no dejar atrás una iglesia de fuste, un palacio de relumbrón, que lo registra todo en una tarjeta de memoria de una cámara muy cara y que luego, más que disfrutar de lo vivido, con lo que la memoria fija y protege, disfruta de lo grabado en soportes digitales, ésos que luego pueden entretener cenas domésticas con los amigos. El turista y el viajero son dos perfiles distintos del que visita un lugar y lo pasea y lo intenta entender, pero eso es materia de otro día y hoy basta

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II
La piedra catedralicia, tutelada por los siglos, quemada por el tiempo y los excrementos de las palomas, la piedra rotunda y milenaria, invita como un buen libro a la reflexión y a la búsqueda de la belleza. Incita a encontrar después en esos mismos libros la historia que la piedra ha ido pacientemente reservando. En esa indagación, en parte detectivesca, se completa (con más o menos fortuna, con más o menos grado de conocimiento) la trama abierta en la pared, en la urdimbre fabulosa que la piedra teje con el espacio y el tiempo a beneficio de la posteridad, que es una cosa que empieza uno a entender después del espectáculo imponente de las catedrales. También, con gusto y con distanciamiento, se plantea uno el fervor, la religiosidad, esa espiritualidad visceral que conduce al hombre a edificar este desatino de belleza absoluta. Imagino que el creyente, el que se deja fascinar por el lado de la fe, verá con otros ojos esta manifestación de lo más acendradamente humano, pero también es posible la visión limpia de quien no ha sentido ese deslumbramiento del que suelo hablar con algunos amigos que lo vieron y lo llevan en su vida como una referencia y una guía. De hecho, no puede evitar pensar en ellos (en dos, al menos) cuando miraba la techumbre de la catedral de Salamanca y me perdía en el infinito dibujo de símbolos que pueblan esas paredes formidables.
Regresar después al sur, donde la calina devasta el temple y el tiempo funciona, a su modo, con otros parámetros. Habrá que volver, aunque sea para degustar piedra y luz, tabernas medievales, paseos monumentales...




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10.7.09

Off I go...

Brigada 21: Un thriller teatral


Se dice que es clásico lo que vence al tiempo. En el fondo es una manera un tanto descuidada de definir, pero acepto que esa simplificación conviene siempre y es el tiempo el que dicta las leyes y hace que el trabajo del artista (aquí William Wyler) prospere en el tiempo, se crezca, adquiera una dimensión nueva a cada revisionado o caiga en el olvido, envejezca con prontitud y la herrumbre afee las texturas, los bordes, la historia contada y la forma en que quisieron contárnosla. La historia aquí es sencilla y ni Wyler ni el portentoso guión de Philip Yordan y Robert Wyler emborronan esa exquisita trama con desarrollados alambicados, con extensiones inútiles. Brigada 21 es una obra de teatro en su origen y Wyler la trata como tal, la mima como si fuese teatro y filma con absoluto amor por los personajes que ocupan la comisaría del distrito 21. Y aquí, en esta disciplinada nómina de transeúntes y residentes, de gamberrillos de poca monta, cleptómanas con corazón de almíbar y detectives antológicos, es donde reside la belleza inmortal de la película y su perdurable vigencia.
Policias de Nueva York o Canción triste de Hill Street, dos formidables series televisivas, son ramificaciones de Brigada 21, apéndices iluminados por la misma querencia dramatúrgica. Uno no puede prescindir de esos dos referentes. Luego está el blanco y negro. Amo el blanco y negro. Empecé a ver cine en blanco y negro. Eso del color vino después como un añadido tal vez prescindible. El cine sentimental que me hizo crecer como espectador y como persona estaba filmado en blanco y negro. Y Brigada 21 tiene un blanco y negro perfecto.
Wyler es un genio: en un espacio tan pequeño parece mentira que una cámara pueda hacer tantas diabluras y contarnos con tanta locuacidad lo que las palabras no podrían. Wyler se agacha, se alza, se escora: se involucra en la historia al punto de que parece que su ojo, su mirada, fuese un personaje más y la historia precisase de su concurso para entenderla enteramente. A ver un Michael Bay en este cometido qué haría: sin portaviones que hundir, sin esa grandilocuencia impostada...Pero no nos desviemos y sigamos con Wyler.
Decía: Wyler es un genio. Eso ya lo sabía antes, pero anoche (viendo Brigada 21) me convencí de que lo es incluso cuando la historia que le dan es de un recorrido tan aparentemente corto. Lo meritorio es que Wyler, merced a un guión ya digo que formidable, en su sencillez, pero magnífico de verdad, hace un film espectacular y se guarda las suficientes cartas en la manga como para crear al final un clímax absoluto, una resolución de un dramatismo total, que obedece a los cánones griegos, a la visión desesperanzada de la vida y del oficio del policía que ha ido discurriendo por todo el metraje. Kirk Douglas hace una recreación vibrante del detective McLeod, que me recuerda al policia vengativo y cruel que Russell Crowe recrea en L.A. Confidential: el hombre íntegro, de moral insobornable, que se cree investido por algún designio inquebrantable, divino, que le impulsa a no ceder en ninguna circunstancia, a no conocer la misericordia ni el sencillo perdón humano. Y es este personaje sobre el que descansa todo el peso dramático de la historia. El resto del cásting está sobresaliente: alrededor del torturado protagonista transitan personajes antológicos con actores en estado de gracia. William Bendix (tan humano, tan lírico, tan cercano), Lee Grant (que se llevó un Óscar por su personaje de ladrona romántica y frágil) o Eleanor Parker, la esposa perfecta, el remanso de luz y de amor sobre la que después gira el imprevisto giro de la trama se guardan como arquetipos durables...
Otro indiscutible valor de Brigada 21 es su precocidad moral: plantea asuntos que son precisamente ahora, en este siglo XXI problemático y febril, cuando están llamando (desgraciadamente) la atención de los medios. Hablo del maltrato doméstico, de la violencia familiar, de la importancia de que la mujer llegue vírgen, casta, pura y angelical al matrimonio o la imposibilidad de vivir azotado por las tormentas interiores que laceran la alterada mente de algunos de los protagonistas de esta historia ejemplar y clásica...

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7.7.09

Un índice



Acabo de darme cuenta del ancho de mi blog. Cabe Borges y caben las tetas de Jayne Mansfield. Cabe el riff de Layla y los ojos de Peter Lorre. El blues de Robert Johnson antes de que un marido cornudo lo mandara al diablo, que estaba en un cruce de caminos cercano. Las gafas de pasta de Bill Evans mirando a su sobrina Debby. Las horteras de Miles Davis ensimismado en su sordina.El bigote imposible de Dalí. Los prismáticos de James Stewart. La astilla en el labio de Bogey. Los versos filipinos de Gil de Biedma. La luz afrutada de las tardes en la playa. Un bourbon con los amigos. Bill Evans ensimismado y triste. La cara de Jennifer Connelly. Los comentarios ajenos y las paridas propias. España, aparta mi de ese cáliz. Camisa blanca de mi esperanza. El toro de Osborne. El paseo marítimo de Fuengirola, en el que me perderé a principios de ferragosto. La noche de los girasoles. Scarlatti, que redescubri anoche. El parlamentarismo agreste de algunos políticos. Los piratas de Los Roques. Eric Clapton en Budokan. El molino de Martos con Antonio Sánchez Huertas. Las menudencias de lo cotidiano. La grandeza de los sueños. Un abrazo dividido en dos partes. Las grandes masas orquestales. Un hijo que pide ver un trailer de Spiderman en alta definición. Los cómics de la infancia. Mi Jabato. Mi Capitán Trueno. El lado oscuro de la fuerza. Los labios de Scarlett Johannsson. La pereza de las siestas en Córdoba. Las puertas de Lubitsch. La navidad con Capra. La pedagogía de todos los días. El café de las once y media. Los paseos al baile con Sara, que ya han desaparecido. Las letras de Prin' La Lá. Firth of Fifth en directo todas las veces que aguante el cuerpo. La obertura del loco en París, ustedes ya saben. El espejo de los sueños, el librito de versos que me publicaron a demasiado tierna e inexperta edad, ay. La escalera al cielo (Plant desgañitándose como suele) con la que hice la corte a mi mujer en Priego de Córdoba. La camisa a rayas de Pat Metheny en la Axerquía de Córdoba. Los cuentos de los océanos topográficos. Los sultanes del swing. La guerra de las galaxias. Los hijos del Capitán Grant. El patio sevillano de Don Antonio Machado. Harvey Keitel en Pulp Fiction. Las tetonas de Russ Meyer. Las clases de Luis Sánchez Corral, que ya no está. Las madrugadas viendo cine. Mi astronauta zurdo, de tirada escasa y satisfacciones infinitas. Los podcast de La rosa de los vientos. El sabueso de los Baskerville. Starsky y Hutch. La espuma de los días. El ocre de las noches. La voz de Billie Holiday. Los argumentos teológicos de Bertrand Russell. La gabardina inglesa de Antonio Linares Sánchez. Su memoria prodigiosa. Las "bacalaíllas" de Antonio Merino Morales. La novia de quince años. Los tebeos que me dejaba Belmonte en Fray Albino. El coño de la Bernarda. Los viajes de Gulliver. La ausencia de Maruja. El hombre elefante. Annabel Lee. La luna sobre la calle Bourbon. El vampiro de Düsseldorf. La pompa y la circunstancia. Los devaneos amorosos de Woody Allen. Todos los psiquiatras de Brooklyn. Las gregerías de Gómez de la Serna. Billy Wilder escribiendo guiones. Roland Garros. Wimbledon. Los suplementos dominicales de prensa. El pub Tempo en mayo de 1.991. Noches enormes con Lovecraft en San Fernando. El poema del ajedrez y el aleph. Los goles de Raúl. Las noches de escritura. El Nostromo en el espacio. Hal 9000. El coronel Kurtz en el Mekong. This is the end en boca de Morrison. La vida loca. Los sábados de lluvia en la Avenida de España. Ubrique. Mi primer colegio en Obejo. Mi ipod de 30 gigas. Belmondo en las calles de París. El descubrimiento del jazz en una navidad en casa de Katy. La serena anuencia de mi cuerpo. Los vinilos ganando polvo en un desván. Los artículos de Juan José Millás. Hilario Camacho. Triana. Joe Pass. Sade. Bohemian Rhapsody. Wonderful tonight. Let it be. In the air tonight. Shine on you crazy diamond. Walk out to winter. Your song. Round about midnight. La primera vez que vi Las uvas de la ira. El amor que mueve el sol y también las estrellas. Jimmie Hendrix. El sargento Pepper y sus locos seguidores. La vida de Brian. Que pueden empezar a ver ya antes de terminar de leer esta entrada de blog. Ripley de la mano de Highsmith. Los 39 escalones. Oldboy. Mi casa en la Plaza de los Caballos. Van Morrison dejándose la vida en las escenarios. Bob Dylan buscando la fe en una barra de bar. Mi amigo Maljamo, que me mostró algunas luces. El inglés de Frank Sinatra. " .. and my heart beats so that I could hardly speak..." . Sophisticated lady. Tubular bells. El canon de Pachelbel en sus tiempos. So what. One better day. Moondance. Little wing. Tombstone blues. Wyatt Earp contra los Clanton. Las visitas a la Antártida resucitada de mi amigo Álex. Desde un barco se ve un disparo. Mi abuela bonita. Sara leyendo bajo un flexo. La chica del bidón de gasolina y todo eso. El blues tocado en el aire que Antonio Linares ejecuta con oficio y feeling de cojones. Mi corazón tan abierto y tan perdido. Mi alma ardida. Los amantes perdidos y encontrados en Olvídate de mí. Todos los niños de Londres aman a Peter Pan. La ebriedad con su Jack Daniel's antes de que amanezca. La muerte de Jacko. El paseo marítimo de Fuengirola. Tokio blues. Ray Charles tocando Yesterday en blanco y negro. El noir, ah el noir. Los hermanos Marx. James Stewart montado a caballo. En este blog ancho y ampuloso cabe todo esto...
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5.7.09

We'll stand by you...


Los tuve a un par de metros durante hora y media. Hicieron rock sin adornos. Rock sin glamour, adictivo, ruidoso, lírico, explosivo, romántico. Chrissie Hynde se movió como un animal enjaulado en su jaula favorita. Ver a esta mujer de cerca y observar cómo se mueve y qué gestos hace es reconocer de golpe, comprimida, la historia del rock del siglo XX. Imagino que en los setenta harían justamente esto: rock de primer orden, limpio rock al que se le ha despojado de cualquier indicio de aristocracia. Esta señora no puede ser una diva del rock. Tal vez se lo tenga prohibido y treinta años después, algunos discos y cientos de conciertos a las espaldas, continúa haciendo su trabajo de la forma más honesta posible. Buenas canciones, honestidad a corazón lleno. Abrieron con Boots of chinese plastic y repasaron himnos absolutos de su carrera y (no demasiadas) algunas piezas de su Break up the concrete, la última entrega de esta estajanovista del rock, que se permite coquetear con el público, entregarle el micrófono a un espectador y decirle que pida lo que quiera. La elegida quiso que tocaran Precious. Y le dijo que lo harían más adelante. Un señor con una pinta de inglés antológica le regaló una flor. El Teatro de la Axerquía, en Córdoba, completo, coreó I'll stand by you y chilló como un adolescente intoxicado de entusiasmo puro cuando interpretaron Don't get me wrong. A mí me encadiló Thumbelina y una versión mastodóntica, volcánica y extensa de Middle of the road. Luego volvimos a casa cruzando el puente, sobre el río Guadalquivir, contando y recontando los momentos espléndidos y comprendiendo que habíamos asistido a una ceremonia admirable. La de los parroquianos en comunión con su pequeña diosa. Alcanzable, cercana, íntima. Ah, casi olvido que mi hija pilló una púa del guitarrista. Un souvenir en su recién abierto álbum de recortes mitómanos.
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1.7.09

Transformers 2, la venganza de los caídos: La peor película de la historia del cine


Al señor Bay le deberían prohibir empuñar una cámara o pagar para que otros la empuñen. No hago nada más que pensar en el estropicio que una película como Transformers 2 puede hacer en un cerebro sin pulir al que de pronto le colocan delante esta orgía visual, inofensiva, por supuesto, pero dañina en cuanto sublimación del universo estético al que la sociedad que estamos construyendo avanza inexorablemente. Porque lo que ha facturado este caballero es un negocio descomunal cuyo principio activo es una película, una que zarandea las hormonas del personal adolescente y engolosina el ojo pasivo, el fácilmente desbocable, hacia paraisos de una vacuidad moral absoluta y una contundencia plástica lastimosamente impecable. En ese sentido, el zorro Bay, el Anticristo, es un empresario mayúsculo: su jugada es imbatible porque empalma (entiéndaseme el verbo en su sentido más serio) un muy primario sentido del espectáculo (de sencilla digestión por el espectador hueco) con una voluminosa ración de sexo lánguido, inocente, vía Megan Fox, esa especie de actriz que rivaliza con los robots en tics mecánicos. Por eso insisto en la gamberrada cultural que supone Transformers 2: me imagino que la chiquillada entusiasta que ha jaleado las piruetas circenses de los protagonistas saldrá del encantamiento en cuanto la edad les abastezca de sesera y en algún imprevisto y desprevenido instante se acomoden en un cine y vean cine como Wilder manda, ustedes ya me entienden. Pero no tengo ninguna duda de que habrá descerbrados que sigan cómodamente instalados en ese limbo neuronal y pidan más. El chute, si es Bay quien lo expide, está asegurado. Me pongo a pensar ya en una tercera entrega en la que supriman la condición humana y ni el muy soso LaBeouf (qué le vio Spielberg) ni la muy tórrida y concupiscible Fox (que le viene el apellido pintiparado) concursen con sus planas interpretaciones. El guión, a lo visto en este segundo atropello, es secundario. Lo único consistente es lucir palmito y aturdir al consumidor con una sesión hipnótica de mamporros metalúrgicos. Y además, he aquí el verdadero colofón a esta apoteosis de la estulticia humana, se atreven a destrozar ruinas milenarias con desparpajo y glamour. No tienen perdón. No creo haberme expresado con claridad y voy a insistir otra vez: el señor Bay y sus mercenarios no tienen perdón. Al hacer cuentas, la industria del cine dirá que este terrorista visual ha hecho caja y devuelto a las salas a quienes se fugaron. Pues no sé yo si la exposición tiene antidoto. Por si acaso me pongo esta noche en mi DVD una de piratas, fíjense qué les digo. Ni siquiera Dreyer o Bergman o el muy sesudo Tarkosvki. Quiero la alegría simple de un espectáculo digno que no ofenda mi apetito de felicidad. Me quedo con Kraftwerk.

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