Viene el verano con su coppertone libresco, viene florido de sol y tumbona, empedrado de pereza, pobre de músculo; viene con llamas en los píxels, comido por mil fiebres, bebido como veneno grato con el que ir soportando el mandoble cabrón de los días ahora que parece que la crisis no tiene pinta de flaquear y que los desvelos de la patria quedan en poco o quedan en nada. Porque el verano es un no-tiempo, una especie de limbo en el calendario en el que los periódicos vienen adelgazados de tragedia o la traen amplificada, pero juntita en una página, arracimada y estricta, no vaya a ser que el lector despierte de su siesta de fauno pobre o empobrecido o en vías de empobrecerse ya más severamente. Viene el verano con su panza lúbrica de gazpacho y de cañas con pincho, contando la historia del sol encabritando su hueste de dardos sobre la espalda de las turistas.
Viene el verano triste, en el fondo, con su elenco de mafiosos, aristócratas de lentejuelas en la conciencia y caravanas de jubilados, fichajes de relumbrón en el fútbol del kiosko, todos conjurados a escribir páginas gloriosas, muescas de visa y ginger ale en la tripa, que ahí es donde se esculpen los misterios de la carne, los vicios absolutos y los pecados frugales. El verano derrama en los paseos marítimos, que son como una enciclopedia orgánica del capitalismo y de sus daños colaterales, jóvenes aupados al éxito, sofisticados jóvenes con 3G en el bolsillo y cincuenta euros en la cartera, que lampan por encontrar el polvo de la noche en el servicio de un local de copas mientras en los altavoces se fragua la demolición de todos los cánones, la tenebrosa advocación del dios hortera de la evanescencia total.
Viene el verano escrito como una epifanía del despilfarro, anoréxico y cutre, que ya llegará el invierno con sus rigores y todos los maniquíes aquí sublimados se convertirán en obreros de sus vicios y madrugarán el odio y la esperanza de que el tiempo, el inexorable, cumple su cometido y los abandone en la playa del sur junto al chiringuito abastecido de huevos con bacon y jarras enormes de cerveza. El verano administra venenos gratos, la herrumbre dulce de la pereza, la desazón sobrellevable de no saber casi nunca en qué abandonar nuestro ocio exultante: si en la frívola exaltación del exceso o si en la rigurosa anuencia de la desidia.
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Addenda:
Viene con el país en llamas, a punto de reventar por algún hueco provinciano, arruinado y sin lírica. Cuando a un país le escamotean la lírica se sube por las paredes y el pueblo se amotina. Podemos robarle el pan y decirle imbécil mientras metemos mano en su alforja, pero lo que no podemos hacer es sangrarle las metáforas, decirle que el tiempo es una mecánica de fluidos, que la vida se muere a cada paso que damos. En verano es cuando el poeta escribe sus versos más rutilantes. El verano es la época propicia para la comunión del hombre con el cosmos. Y algunos, en el trance, se queman, se pierden, se entregan sin saberlo a un ritual antiquísimo del que nadie sale indemne. La vida es de la que nadie sale indemne.
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