31.5.09

I'm not in love...

Me acompañó durante años y no podría decir que no ha estado conmigo durante los demás en que no la sentí tan cerca, pero hoy, una de esas casualidades, una de esas rendijas por las que azar nos coloca un caramelo masticable, he vuelto a oirla y he pensado que es una canción muy hermosa y que me hace recordar muchísimas cosas. Es el post sentimental del sábado por la noche. Duerman bien, mis amigos.

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You may say I'm a dreamer...

No poseer otro cielo que el propio cuerpo. Otra religión que la vida. Sin apenas deseo de saber qué herida atroz nos destroza adentro. Y que se jodan todas las metafísicas.

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29.5.09

El tiempo del lobo



Este hombre no está enfermo: nada en su aspecto, en la corrección de sus facciones, en la serena travesía de la edad que representa, informa que padezca algún mal o que por dentro la enfermedad le está corroyendo. Sin embargo, nadie como él para retratar la enfermedad moral, la turbia evidencia de que la violencia no sólo engendra violencia sino que no permite ninguna otra construcción intelectual que la amenace. Y nos ignora como espectadores y se engrandece. Ha llegado el tiempo del lobo.
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El espejo de los sueños


Hay versos precoces que luego sonrojan al poeta hecho. Versos de una sonancia ampulosa, versos altos y versos rotundos. Versos escritos para protegernos del mundo y para merecer mansamente el amor, que suele ir ya abandonando su óxido en las sílabas. Años más tarde, cuando desempolvamos esos versos precoces, lo que aireamos siempre es la inocencia, el pudor recién manumitido de su refugio y ahí están, refulgiendo, los primeros besos, el eco sórdidos, las palabras reclutadas para ganar una cita o para rozar un muslo. Es el libro que escribimos para Gloria o para Ana. Amores adolescentes, pubescentes, hirientes. Amores inmortales fijados en el papel del árbol del corazón más puro. Versos sin hondura. Secretos. Ripio en endecasílabos. Una cosa plana y roma donde el sexo huele a sangre recién izada y el poema queda como en una especie de alfombra mullida en la que todo huele a almíbar. Todo luego lo herrumbra golosamente el olvido. El sexo deviene cabriola mecánica. El verano es la estación más propicia para castigarnos el hígado. Pero aquí están, encontrados hoy, registrando el trastero, todos los versos precoces, todo el sonrojo, el pudor, el espejo con todos los sueños sin quebrar. O como alguien escribió sobre un libro de poesía que publiqué en 1.985, temprano en edad, verde en todo. Y todavía agradezco en el alma a Paco Gálvez y a José Luis Amaro los desvelos y el mimo.

"Una forma de coronar los dieciocho años puede publicar un libro de poesía. Máxime cuando ese libro apunta ya, en sus aciertos y naturales carencias, lo que genuinamente posee de valioso una tan principiante edad: una visión del hecho poético no contaminada culturalmente, una epifanía de una voz que trata de consituirse como propia.
El espejo de los sueños, primer libro del poeta cordobés Emilio Calvo de Mora, denota lo esencial de todo primer libro que se aparte de unas pautas obviamente sentimentales, un estrenar las palabras en su poética expresión, hilvanadas en su caso por un lenguaje contenido, capaz de dar formas, en breves y sentenciosos poemas, a un mundo dispar de emociones y vivencias, que nutren lo que llamaríamos el corpus poético de un jovena autor"
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Inocencia suma
A los relojes,
devotos servidores del tiempo,
el hombre dio vida:
signo inequívoco de su inocencia.
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Adoración
Vencedor el tiempo ya,
no queda sino verlo actuar
sobre los que, aún,
desperados,
lo adoran.
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Sentencia
De todo hay tiempo en la vida.
Hasta de morir a deshora.
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Todo era soledad
Signos, fronteras,
álgebra irresoluble
en una palacio de complejas formas,
vida, en suma,
símbolos vigentes, el poder dormido,
ineficaz perfección en la soledad.
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El Espejo de los Sueños fue publicado por Antorcha de Paja con la colaboración de la Delegación de Cultura del Excmo. Ayuntamiento de Córdoba.
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28.5.09

La disciplina de la vergüenza

Los caminos del Señor son inescrutables: el cardenal prefecto de la Congregación por el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Antonio Cañizares, consternado por la conducta deshonesta de sus colegas irlandeses, sostiene que la pederestia y los abusos, siendo graves, atentando contra los principales morales más hondos, no lo son tanto como el crimen que supone el aborto. Esa costumbre de la curia de pedir perdón se está convirtiendo en una actividad de alto rendimiento mediático. Pero a este cronista de sus vicios, de temperamento hartible en cuestiones de fe, le sigue pareciendo de maravilla la belleza semántica de los ministerios eclesiásticos y me voy repitiendo, cabeza adentro, mientras comparo el aborto con lo sucedido en los colegios irlandeses, Congregación por el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos... Congregación por el Culto...





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Pan, circo y goles...

I
Anoche, justo después de que el Barcelona barriese del césped al Manchester y se coronase como el mejor equipo del mundo, ZP era entrevistado por José Ramón de la Morena en la SER. Dejando de lado los júbilos y los arrebatos místicos de un culé confeso, Zapatero arrancó por metafísica y colgó en las ondas algunas ideas que deberían ser convenientemente empaquetadas, no vaya a ser que se desparramen y terminen extraviadas. No queremos eso. Vino a decir que la crisis que nos azota precisa de celebraciones de esta hondura pagana: que el ciudadano al que devasta el paro y la precariedad en el bolsillo se resarce con los triunfos del deporte. Que en foros internacionales se habla de la España de Nadal y del fútbol, lo cual, dicho sea de paso, le llenaba de exultante orgullo. También yo me siento español cuando Nadal le hace un drive a Federer o cuando Iniesta se la cuela a Cech en Stamford Bridge. Volvemos entonces al sobado argumento, clásico ya entre los argumentos lenitivos de toda crisis que se precie, del pan y del circo. A falta de pan, dosis generosas de circo. Y más en Roma, por supuesto. De hecho la falta de recursos narrativos fue rutinariamente solventada con continuas referencias a la Roma clásica, trufada de gladiadores, convertida en la épica máxima del valor y del honor. La guerra mismamente. Hasta Andrea Boccelli, que no es santo de ninguna de mis abundantes devociones, cantó como los mismos ángeles la melodía de Gladiator, la película de Ridley Scott. Y no es que debamos encerrarnos en ningún sótano a resguardo de la alegría ni la crisis económica deba exigir el tributo de la austeridad más espartana, pero tal vez el que administra la cosa pública, el guía investido por el pueblo para conducirnos hacia el Maná plenipotenciario, no debería exhibirse tan ufanamente.
Parte ZP de la base de que el carácter hispano se alista con más entusiasmo en la sencilla alegría que en la retorcida tristeza. La felicidad, al menos la felicidad instantánea, la que nos agita el pecho y nos encabrita el pulso, no mira a nadie: desconoce la miseria que la rodea, no atiende a llantos y se desentiende de estadísticas. Y la SER confirmaba estos excesos con los micrófonos de ambiente repartidos estratégicamente por toda la sacrosanta geografía española. Y creánselo: en Lucena, mi pueblo del Sur, en mi calle de barrio, cláxons y banderas agitaron el aire. Los bares reventaban de culés. Las aceras eran blaugranas. Importó muy escasamente que estemos en recesión: Pujol, Iniesta y compañía habían demostrado la virilidad absoluta de nuestro deporte rey frente a los fieros soldados de la pérfida Albion. Mañana (por hoy) se descolgarán las insignias y volverá la rutina de los teletipos, el desafiante dibujo de la realidad, que es una extensión a veces incómoda de nuestros deseos. Pan y circo a tutiplén, pan culé, pan con tomate y jamón. Luego está el también desafiante Catalonia is not Spain, que se pudo leer en una generosa tela colgada en el Olímpico de Roma.
II
Me parece admirable ese tipo sencillo y huidizo, de aspecto culto y maneras invariablemente elegantes que se llama Guardiola. Me alegra muy especialmente el triunfo de los suyos porque a él le pilla en medio. Anoche se le vio andar por el estadio cuando todo el mundo estaba castigándose el hígado y brincando en la noche terrestre. Guardiola fatigaba el césped como hablando solo. El que habla sola verá a Dios un día, decía el poeta. No sé yo qué inquietudes religiosas moverán al Guardiola persona, no al personaje mediático. Anoche me pareció majestuoso. Él era el emperador que ve la escena de la batalla y razona los motivos de su júbilo.
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27.5.09

Viejos amigos, citas de Chesterton y alas de mariposa

Pascual, mi amigo Pascual, se sabía de memoria montones de citas. Hablo de esas citas que salían en las páginas centrales del Muy Interesante. A fuerza de acumularlas, de soltarlas vengan o no a cuento, convencido de estar deslumbrándonos y a veces hasta conseguía hacernos parpadear de puro asombro, Pascual pasó de ser el amigo bobo de los sábados, el que no abría el pico por temor a partírselo, a convertirse en el amigo inspirado, en el amigo imprescindible, el que fascinaba por su erudición y por su vasto dominio de las relaciones sociales. Todo lo que está muy visto ya no se asombra. Esa cita no la dijo él, pero yo se la pongo a un poema de Vicente Aleixandre. Lo que sí sucedió en aquellos años, no crean, un par de buenos veranos en Córdoba, es que Pascual agotó al personal. Terminamos aborreciendo a Isaac Asimov. Nos daba ganas de vomitar oír hablar de Cátulo y le teníamos especial inquina a Chesterton, que es un literato gordo, a decir de Pascual, que no paró de escribir cosas sublimes. Llegamos a pensar que la egregia nómina de plumas de la alta literatura podían haberse dedicado a otra cosa si esa renuncia o ese olvido hubiese contribuído, aunque fuese mínimamente, a rebajar sus ínfulas de crack de la cultura.
Pascual, por extenderse quizá, por llegar más allá incluso, abandonó de la noche a la mañana al amigo Chesterton: dejó de iluminar nuestra ignorancia tan súbitamente que hasta creímos que debíamos rogarle (sin excesivo pelotilleo) que no cejase en el empeño. Esas cosas pasan: es la rutina. Uno se acostumbra al ruido como puede llegar a sentirse cómodo chupando candados. Pasó (digo) de Chesterton al director de fotografía de Blade Runner. Cambió letras por fotogramas. Y tan feliz. No tituteaba al rebuscar en su google interno al guionista de Mogambo o la canción que cantaba Doris Day en aquella película de Hitchcock a la que ahora no sé yo encontrarle título. Como ninguna de esas meritorias conquistas del intelecto le hacían ganar encanto entre las féminas de la pandilla, regresó Pascual al Pascual de siempre y ahí, en la bobería de antaño, en el gris muchacho de pelo lacio caído sobre los ojos como una maldición, se quedó plantado hasta que los paseos de a diez pasaron a ser paseos de dos. La muerte natural de toda pandilla empieza cuando el disc jockey de las fiestas pone los lentos y Peaches and Herb tocan Reunited. And it feels so good... Así de mezquina y de ruín es la red de los afectos. Así cambiamos las partidas de cartas y los limpios sentimientos insobornables por los arrumacos en la fila siete y por los besos largos como un gintonic bien servido.
Hace poco vi a Pascual. Han pasado sus buenos veinte años. Y ya sabemos que veinte años no es nada, pero el peso del mundo se mide en días y en noches y Pascual, a fuerza de vivir o de no vivir absolutamente nada, sigue igual que entonces. Tiene algunas canas, cómo no. Se ha dejado una patética perilla que le hace parecer uno de esos bajista grunge. No dudo que se los conoce a todos. De Pearl Jam a Nirvana pasando por mis más afínes Soundgarden. Crecimos Pascual y yo juntos o se puede decir que mientras nos conocimos y tratamos el cuerpo y el alma fueron creciendo hasta hoy. Compartimos muchas cosas y probablemente sea ese cuerpo sólido y fácilmente rescatable de cosas compartidas lo que hizo que charláramos quince minutos, a pie de calle, sin la voluntad de franquear la puerta del bar que teníamos a la espalda y celebrar el reencuentro, veinte años no es nada, con un café. Es curioso cómo no se acaban de olvidar las cosas más irrelevantes, las que menos se dejan contaminar por el olvido. No he olvidado su memoria prodigiosa, pero no crean, en ese rato de cháchara urbana, entre cláxons y amenaza de una lluvia que no acabó de cuajar, Pascual no hizo exhibición alguna de sus más gloriosos recursos. No me dijo quién produjo My blueberry nights, aunque yo sabía en todo momento que bastaba un momento mío de distracción, una bajada de defensas, para que el Pascual perfecto, el alma de las reuniones, el google andante, el genio del Trivial Pursuit, me machacara con la pronunciación exacta del nombre de marras. Y además, el muy cabronazo, tenía un inglés buenísimo. Sí, yo me casé, le dije. Tengo dos hijos. No recuerdo cómo terció el tono o el interés de la conversación, pero no me confesó nada de su vida sentimental. Para mí que todavía vive con su madre y tiene aquel viejo radicassette Sanyo en su dormitorio, en la mesita de noche. Le encantaba Pumares. Como a todos.
Pascual, a su manera, era un tipo excepcional, un inadaptado o un fracasado que agota algunos ases en la manga. Como un tahúr sin encanto. Lo que ahora recuerdo con absoluta nitidez es cómo se le abrían los ojos cuando declamaba versos de Lorca o la forma en que pronunciaba el nombre de aquel dramaturgo ruso cuyo nombre también he condenado al olvido. Qué le vamos a hacer. Sin Kierkeegard ni Olivia de Havilland, Pascual es un pobre hombre. Hay muchos en el mundo a los que les robas un par de ases en esa manga y se vienen abajo. Y por lo menos tienen ases y tienen manga en donde guardarlos: otros no exhiben ni una cosa ni otra y van arrastradamente hacia su ocaso, casándose, teniendo hijos, llevándolos al colegio, pagando la hipoteca y viajando a Torremolinos en Agosto para pillar un kilos y contar luego lo formidable que es la vida, pero no brillan en nada y no tenemos nada especialmente destacable por lo que rescatarlos del limbo de los amigos perdidos. Ojalá no me lo encuentre más. Me aturde: me deja fuera de juego. Temo en todo instante que me abrume con datos. Y eso que detrás de él, en una hipotética lista de ganadores del Trivial, siempre quedaba yo. Por el cine, no crean. En lo tocante a las disciplinas científicas nunca pasé de la mediocridad. Y hasta caí, en ocasiones, en el ridículo. Por no saber, no sé ni cuántas alas tiene un lepidóptero. Y qué coño es un lepidóptero, Pascual.

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26.5.09

Las piezas que terminan encajando dentro de la cabeza


Mi amigo Antonio Sánchez me acaba de contar por teléfono que Apocalypto le ha cambiado la vida. Él, entusiasta por conducto genético, espléndido en sus vicios, suele dejarse caer de vez en cuando con arrebatos místicos y los años me han enseñado a apreciarlos y a entender, por debajo de la cuerda narrativa, la tela moral, el lado del ánimo en el que anda. Yo no hubiese escogido Apocalypto, aunque me gustó y disfruté con ese thriller maya como los niños disfrutan con las correrías de sus héroes de animación.
En eso de que la vida de uno cambie por ver una película se admiten discrepancias. Conozco a quien le parece una pérdida de absoluta de tiempo apalancarse en una butaca y soportar dos horas de historias ajenas por muy bien editadas, fotografiadas o contadas que estén. En ese sentido, puestos a que algo externo te cambie la vida, yo prefiero un buen libro. Los libros dejan un poso más durable y son, al correr de la experiencia, asideros más fiables. También en esto se admiten discrepancias: se admiten en todo porque nada hay que sea de una manera sin que pueda, dependiendo de quien mire, ser de otra. En lo de las discrepancias mi amigo Antonio no me contrariará: lleva en danza más tiempo que yo y sabe del argumento de la película de la que hablamos más que yo, y no piensen en Apocalypto.
Lo que asombra es que el cine aturda de ese modo. Hace mucho tiempo, tal vez demasiado, que una película no me deja en esa zozobra en la que ahora transita Antonio. Podría nombrar muchas que lo hicieron, pero no son éstos buenos tiempos para la lírica, y no piensen que hablo de cine ni tampoco de libros. Hace falta una brizna de deslumbramiento para seguir en la brecha: ese aporte de belleza o de inteligencia o de pura y perfecta armonía que a veces nos da el cine o la literatura hay que mimarlo y buscar, entre los signos externos, el que indica el camino a través del cual uno accede a esas golosinas del espíritu. Me encantó el júbilo de Antonio: me hizo repensar la función del arte en nuestras precarias y simples vidas. Porque vivimos a lo pobre, sin salirnos en exceso del guión que se nos entregó, cumpliendo como podemos la trama prevista, ejecutando a nuestro modo la tarea que se nos encomendó. Y cuando nos sentamos en una butaca y Mel Gibson o Michael Haneke o Samuel Fuller o John Ford, qué sé yo, nos regalan una historia, a veces se produce ese milagro que consiste en entender el mundo y en entendernos dentro de su extraña maquinaria. Ayer tarde, hablando con mi amigo Antonio, pensé en todo esto y ahora, a punto de abrir el miércoles en el que Barcelona va a hacer de Apocalypto particular de muchos, escribo para que no se me olvide y para que todo encaje. Al menos dentro de mi cabeza. Le ten go que preguntar a K. si le ha gustado mi post.


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Ah, y John Wayne...




Todas las películas del Oeste son deliberadamente la misma película. La convención de guionistas de películas del Oeste, reunida en el desierto de Almería a comienzos del siglo XXI, se aburre mortalmente. Está todo escrito, señores. No hay nada nuevo bajo el sol. Lo meritorio fue el primer y luminoso congreso. Lo celebraron en Dodge City en una noche estrellada en la que corrió el bourbon y el póker se llevó a la tumba a un par de rufianes. Polvo. Armónicas junto a la hoguera a mitad de la noche. Café hirviendo. Botellas de whisky. Cartas sobre la mesa. Los indios. La fulana del jefe. Los duelos. El tren hocicando su vértigo en el horizonte vírgen y perfecto. El borracho. El traidor. El sheriff. El cacique. El vaquero. La hija del ranchero. Winchesters. Cabelleras arrancadas de cuajo. La estrella en la solapa. Justicieros. Balas perdidas. El saloon. El piano aporreado. El cactus. La puerta doble que se abre. Las vacas. La cárcel. La Biblia. El Fuerte. El Colt. El séptimo de Caballería. Las caravanas. La tierra fértil. La promesa de un mundo nuevo. Los tiroteos. Las recompensas. Sillas de montar. Caballos que abrevan. El honor. La venganza. Los burdeles. Reses. Tumbas en el desierto. Bailes de gala. Espadas en el cinturón. Botas altas. Raíces profundas. Toro Sentado. Sólo ante el peligro. Río Rojo. Centauros del desierto. México. Rostros pálidos. Ox-Bow. El imperio de la ley. Yo que tú no lo haría, forastero. Linchamientos. El árbol del ahorcado. Encrucijadas de odio. Pasión de los fuertes. Doc Holliday. Liberty Valance. El porche y un hombre sentado sobre las dos patas de una silla y las botas apoyadas en el poste. El bueno, el feo y el malo. Bailando con lobos. William Manny. Pat Garrett y Billy the Kid. Dos hombres y un destino. El hombre de Laramie. Hasta que llegó su hora. Grupo salvaje. La diligencia. Johnny Guitar. Ah, y se me olvidaba John Wayne.

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25.5.09

When you're smiling...


I
Aquí tenemos el torcido capricho de quien al acercar el oído a una lata de 33 cl. de Coca-Cola cree escuchar al mismísimo John Fitzgerald Kennedy en una arenga de campaña. En estos tiempos de crisis conviene la extravagancia: el extravagante contribuye a desalojar el rigor, la tristeza, la tensión a media espalda, toda esa rutina de teletipos que vomitan penurias y te convierten en espectador de una tragedia. Y pensábamos que la vida era siempre otra cosa, K. Tú ves la cara de Louis Armstrong cada vez que oyes una trompeta: las ves nítidamente, la cara sudorosa y grande, forzando una sonrisa crítica, que parece querer salirse de la epidermis y contagiar el aire y hacerte a ti también sonreir. When you're smiling, the whole world smiles with you... Es la sonrisa que esconde el cansancio de la raza, los años en las plantaciones, el blues metalúrgico y primigenio: un sonido limpio de trompeta esconde todos los sonidos de trompeta del mundo. Eres un panteísta, un socarrón: todos somos Charlton Heston al conducir una cuádriga. Sospechas que hay un hilo invisible y sutilísimo de información que el género humano va delegando en quienes le preceden desde el hipotético Adán al Obama alephiano.
II
La memoria tiene cierto coraje poético: alivia el tedio, sofoca el hervor excesivo de tantos días iguales, hace verosímil la travesía de la noche y nos regala el azar, que es una pastillita para distraernos de lo verdaderamente esencial. La memoria es un veneno, K. Nos lo administramos sin entusiasmo, pero sin descanso: un veneno grato que nos aturde, un veneno infinito (en el fondo) que nos anestesia. Se trata de anestesiarnos. No es posible vivir sin una dosis de anestesia diaria. Así que sonríe, K., ponle una sonrisa al día y escribe en tu diario que hemos llegado hoy a algún tipo de felicidad. No lo dudemos eso nunca.

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24.5.09

Bocados de realidad

La moral carece de patrones objetivos por eso existe la ministra Aído y existe César Vidal: esa ausencia de una referencia objetiva, claramente cuantificable, de fácil acomodo a un canon a partir del cual podamos convivir en armonía sin tirarnos a la cabeza los trastos del lenguaje, es la que hace que los diarios se vendan y el mundo siga girando. En el fondo, Dios asiste al espectáculo en el que sus criaturas, cada vez más cultas, cada vez más civilizadas, legislan sobre lo que parece imposible que pueda haber legislación alguna que satisfaga a todos, pero es que no hay ley que guste a todos por lo que la ministra Aído y César Vidal dan tablas en este ajedrez metafísico. Mientras tanto, a la espera de que antropólogos, neurólogos, teólogos, tertulianos de la COPE, de la SER y demás invitados a este festín semántico se pongan razonablemente de acuerdo, nos entretemos con otros trozos de la realidad. A cuentas del entretenimiento, en nombre de Dios o amparados en la salvaguarda de ese bien común llamado Democracia se pueden cometer los más infames y cruentos actos. Los diarios nos revelan los nombres de los villanos: curas en Irlanda, talibanes en los desiertos, terroristas de diverso pelaje en pisos-franco en París o en Talavera de la Reina. Nos dan rostros, nos crean la vagamente sostenible idea de que formamos parte de la película que nos están vendiendo y tal vez no podamos intervenir en la trama ni nuestra opinión sobre su desarrollo o sobre su desenlace vaya a ser sometida a algún tipo de consideración. Los argumentos de la vida, la que se obstinan en gobernar los administradores de la cosa pública y sobre la que los mortales viandantes legítimamente opinamos, quizá fluyan por sí solos al modo en que el tiempo fluye muy a pesar de que nos parezca bien o mal su tránsito. Todo hombre es un teólogo, lo dijo un teólogo, y todos llevamos una ministra Aído en el corazón, un periodista Vidal. Y no formamos parte, en modo alguno, del cásting de esta película. Aquí ponemos un graffiti, unas palabras para conducir la tarde del domingo sin relajaciones excesivas del amodorrado (hoy) cerebro.

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23.5.09

Una aclaración técnica en El espejo de los sueños

El Espejo de los Sueños, construído con Blogspot, venía dando problemas técnicos últimamente. La página, al ir cargándose, dejaba un mensaje que venía a decir que Internet Explorer no podía abrir el sitio y que se cancelaba la operación. Al parecer, el problema no es únicamente mío y los foros, y los hay a cientos, proponen multitud de soluciones domésticas. Como la mayoría quedan fuera de mis cortos alcances informáticos, he tomado la más sencilla y que, al parecer, da buenos resultados para que la página, en el navegador Explorer, da igual qué versión, finalmente cargue y pueda ser leída sin incomodo. Consiste en coger el gadget en el que se muestran los seguidores de la página y colocarle abajo del todo, en el sótano mismo del Espejo: sé que no está bonito. Los amigos que han decidido conceder al Espejo ese pequeño privilegio no merecen lugar tan escondido, pero es la única manera, en lo que a mí respecta y en mis entenderas, de que todo siga como hasta hace bien poco. Yo, por mi parte, he cancelado todo tipo de relación técnica con el navegador de Microsoft (versión 7 u 8, la más reciente) y he confiado mis excursiones cibernaúticas al más fiable y, a lo visto, menos problemático Firefox. En elllo andamos. Y encantado con el cambio. Pido sinceras disculpas a los (hasta ahora) 16 amables lectores a los que he enviado al subsuelo. Los rescataré algún día.
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The International: Dinero en la sombra: El nuevo thriller


Siempre hubo tramas, conspiraciones, intereses en la sombra, los argumentos torcidos de quienes están por encima de gobiernos y manejan con absoluta discreción, con sublime desparpajo, los hilos del mundo, pero el peso del mundo ya no es el amor, como cantaba Hilario Camacho, que en la gloria misma esté: el mundo pesa por las deudas que contraen sus inquilinos. Eso lo saben los bancos y sobre esa construcción moral planifican su cartera de inversiones, su mezquina (en ocasiones) injerencia en la rutina doméstica del moroso de turno. Morosos, a ver quién se salva, somos todos: lo tenebroso es hacer morosa a la sociedad entera. Ahí arranca este turbio film, en una Europa que se parece cada vez más a los paraísos fiscales de los setenta y que oscila entre la fantástica herencia cultural del pasado y el tecnificado, gris y usurero horizonte que se abre en el futuro. Tom Tykwer cartografía el mal y lo escenifica en oficinas hi-tech, en un atrezzo frío, de confortables sillones y pantallas. Atrás queda la hipnótica y minimalista Corre, Lola, corre o el ampuloso ejercicio de cine barroco, desacertado por excesivo, que fue El perfume. El señor Tykwer ha presentado credenciales para convertirse en el próximo director de cualquier entrega de Bourne o del eterno Bond.
La banca mundial tiene sus ideólogos, gente entre la ruindad y la mística, que como los buenos jugadores de ajedrez preveen el devenir de la partida y hacen recuento de las bajas antes de que el rey deponga su altivo porte y caiga sobre el tablero. El mundo, visto como un tablero, evita que los jugadores tengan algo parecido a la moral. La investigación, expuesta a modo de thriller trepidante por momentos, que exhibe The international es modélica si bien puede imputársele cierto abandono de lo estrictamente emocional: los jugadores de esta partida la viven tan a tope que no poseemos de ellos otros datos de interés que los propios que la misma partida emana. Nada grave para desbaratar la idea de que estamos ante una película notable, formidablemente narrada, apenas lastrada por material accesible, por la cuota mainstream a la que el cine made in Hollywood, destinado a hacer caja, se debe. Y brilla como una estrella crepuscular ese actor llamado Armin Mueller-Stahl, que está últimamente, a gozo nuestro, en todas partes. Brilla sin aturdir, ocupa con muy breves gestos toda la escena y recrea con pasmoso magisterio la decadencia del ser humano, su declive, la anuencia de que la vida no vale nada si en su forja se han abandonado los ideales, la creencia de que algo bueno podemos hacer para alcanzar eso tan remotamente accesible que llamamos felicidad.

22.5.09

With a little help from my friends: Un sábado, hace 40 años, Cocker, en Woodstock...







16 de Agosto de 1.969, Sábado: Joe Cocker en Woodstock no se afina la voz ni tiene conciencia alguna de que la espléndida versión del muy todavía reciente éxito de The Beatles With a little help from my friends que va a realizar va a superar en el caché infinito de las versiones a todas las que vengan y, por supuesto, a la impecable toma en estudio de los propios creadores. Luego, como casi todo en este volátil negocio del rock, la garganta de Cocker se aburguesó y ahora, cuarenta años más tarde, el maestro graba discos como el que escribe una columna a diario en un periodiquito de provincias. Se cubre con músicos expertos, recorre el mismo sublime listado de canciones inmortales y emociona cuando acomete You are so beautiful, una de las melodías más bonitas y turbadoras que este cronista de sus vicios ha oído jamás. Los tiempos exigen estos peajes: cuarenta años no son nada y la gema de los Beatles, retomada en el siglo XXI, en conciertos Visa Oro, en pequeños estadios de arquitectura coqueta y sofisticados sistema de luz y de sonido, continúa provocando, erizando al personal la médula más íntima, esté donde esté y la hayan machado lo que cada uno haya consentido. Cocker en los sesenta, en Woodstock, subido de alcohol, empapado de éteres varios, está escalando peldaños hacia el olimpo. En la actualidad le debemos respeto infinito por haber transitado caminos que nos han despejado la gris textura de los días hacia la luz limpia y durable de ese olimpo al que escaló en las últimas salvajes notas de With a little help from my friends, una noche de Sábado, en Woodstock. Yo tenía 3 años.


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Simpatía por los Stones...


Benditos sean los que han oído en directo Sympathy for the devil y han chillado mientras Jagger y Richards, proverbialmente ellos dos, aunque siempre más gente y las luces y la sensación de plenitud absoluta embutiendo el conjunto en un traje perfecto, nos meten en la historia misma del rock and roll del siglo XX. Chillar mientras estos trovadores modernos reformulan la acometida del diablo en las avenidas de neón de la pletórica sociedad del Bienestar no desacredita al descerebrado que no se comede ni se cohíbe ni se plantea racionalizar un acto tan místico como escuchar un concierto de los Rollings y luego poder contarlo con todo tipo de extras emocionales. Tengo justo frente a mí Shine a light, el no del todo complaciente concierto que Scorsese tuvo el capricho de grabar y que Digital Plus emitió en primorosa HD hace pocos días. Entiendo el subidón místico de varias generaciones a pie de escenario al contemplarlos: importa escasemente que el repertorio no sea el idóneo, importa todavía menos que estén ahí por la pasta y porque problablemente ignoren el procedimiento que los despresuriza y devuelve a la superficie, a la rutina mundana en la que nunca (creo) anduvieron.
Los Rolling Stones están todavía en el abismo: nos permiten acercanos, nos dan una ración de rock y de blues, de country o de funk facilón: a todos esos finos palos alcanzan sobre un escenario. No sé si es, como dicen, la mejor máquina de rock, la más engrasada y de mejor comportamiento. Un Robert Plant con la cabeza limpia de divismo y un Jimmi Page con la inspiración hirviéndole los dedos darían un espectáculo similar y repertorio no les falta. Benditos entonces los que han oído en directo Stairway to heaven y luego han podido repensar cada nota y regresar al momento de absoluta rendición a la belleza y al aturdimiento emocional cada vez que la memoria ha permitido el trance, pero hay que haber estado allí. Yo no he visto ninguna de esas piezas en directo. Es probable que el azar me haga feligrés de alguna de estas religiones privadas.


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21.5.09

Política

Hay quien va para poeta y quien lleva un astronauta adentro. Los más, el grueso de la ciudadanía, colaboramos en el sostenimiento del tejido laboral con más prosaico empeño y nuestros oficios exhiben épicas de bajo rendimiento, perfiles de muy inferior glamour. El triste y gris desempeño de un funcionario de Hacienda no rivaliza con las proezas del periodista freelance que embarca en primera clase en un crucero con el firme propósito de abrir el portátil a la caída de la tarde y en cubierta, mecido por el céfiro y oyendo la respiración agitada de las olas al romper con el acero en la quilla, escribir la crónica del placer, el festín del verbo enredado con el coppertone de las jovencitas y el vago olor del bourbon de marca rompiendo, a dentelladas, el generoso hielo servido en algún historiado vaso de boca ancha. No es lo mismo, por mucho que el abnegado, profesional y presuntamente vocacional funcionario se esmere en el balance de sus cuentas y se entusiasme con la belleza sutilísima de un arqueo perfecto. Pienso esto a propósito de la clase política y no sé en qué categoría encuadrarla: si en la de la textura gris del informe oficinesco, timbrado y rancio o en el arcoiris absoluto de quien escribe poemas y hasta se gana la vida con los versos o el que pilota un coche de Fórmula 1 y anuncia colonias cara y seguros a todo riesgo. Yo jamás quise ejercer el trabajo al que me entregue con mayor o menor fortuna: quise ser taxista, quise ser payaso, quise ser novelista.
A K. le parece espléndido quien se consagra al ejercicio noble de la política. A pesar de los estragos, muy sinceramente explicado, K. sostiene que los políticos son, con diferencia, los que más se desgastan, los que más pierden, los que acaban renunciando a más cosas y, encima, en beneficio de los demás. Yo soy el administrado y el político es quien me administra. Yo soy el gobernado. Yo soy el triste traído y llevado y en modo alguno tengo entre mis horizontes laborales perspectiva alguna de escalafonar en la política. Mi medro es nulo. Enseño inglés en una escuela pública y escribo en mi blog. Escucho a John Coltrane en My favourite things. Leo a Ángel González y a Robert Louis Stevenson. Voy al cine con mi mujer y me alquilo los viernes algo para el fin de semana. Escribo en mi blog sin obligaciones ni exigencias. Me acuesto revisando qué ha ido bien en el día y qué puede mejorarse para el próximo, pero me da un escalofrío pensar en la política como un generoso acto de entrega personal. Afortunadamente hay gente que no piensa como yo. Tengo incluso, en la lejanía, un amigo que se inclinó por el negociado de la cultura y de la educación en su pueblito y ahí anda, perdido de todos, perdido de mí y ufano de su gesta, supongo. Yo no tengo valía para esos menesteres. Me falta mano izquierda. La derecha la reservo para manuscribir poemas y firmar en el supermecado cuando entrego la tarjeta si me pilla sin dinero en la cartera. Creo firmemente en la clase política, aunque motivos no me faltan para descreer igual que descreo de la clase seglar y de todos los politiquillos que a distancia se huelen falsos y arribistas, profanando el sagrado altar de la administración de esta sociedad que se orienta al bienestar y que termina, la mayoría de las veces, hocicando en la miseria. Va este post por todos los políticos del mundo. Los cercanos, los lejanos, los que se levantan con más preocupaciones que yo y se acuestan, quién sabe, ufanos de su empeño, como mi amigo, como K., que todavía tiene muy claro eso de que la democracia y los poderes del Estado son más importantes que todos las piedras que algunos les lanzan a capricho, por ver si el descrédito hace mella en el chasis de las instituciones y terminan hundiéndose.

20.5.09

Ficciones absolutas

Lo que los físicos llaman, con razón, orden, no es más que una medida compensatoria a nuestra incapacidad física para contemplarlo todo de una forma global. Por eso el poeta ha creado la ficción absoluta.

Francisco León

18.5.09

Soy un guiñapo

Ando últimamente tacaño en metafísicas. Me aturde la tos y me vuelca en los pulmones un saco de pólenes cabrones que incendian la razón y me dejan blando, desarmado, desplomado, desvanecido en mí mismo como un fardo gordo al que no le importase dejarse caer, en el hipotético caso de que los fardos gordos vienieran con conciencia de fardo, lo cual es un regate a la tos y un punto a favor del regreso de las metafísicas. La tos, digo. La tos y el quebranto a mitad del pecho como un metal pesado, marzaliano, desafinando la voz y lo que la voz dice. Adentro, a ras de pulmón, soy una piltrafa: silbo vulnerado, verso calamitoso en un poema infame, fatalmente el resto ardido de la única autoridad que conozco en la materia que soy, pero ahora, en este instante de lunes extraño, me inclino a pensar que la tos, el deterioro general, los daños colaterales de las gramíneas y de las briznas de olivo que danzan y danzan, son algún raro precio que he de pagar por vivir como quien vive siempre a cuestas de un defecto y termina por pulirlo y convertirle en un estilo. Así que yo he cultivado mi tos y la he convertido en la extrema evidencia de que soy un individuo sensible, qué creían, sensible al punto de emocionarse con un adjetivo bien colocado en un verso. Hoy mismo me he pillado a medio turbar (no me turbé del todo porque llegaba la hora de ir al colegio y hay que llegar con el tino cabal y la voluntad enhiesta) cuando entre el café y la salida de casa, en un libro de poemas de Benedetti (Saturaciones y terapias), he descubierto la felicidad absoluta encerrada en el lenguaje. Un lenguaje sencillo, como el que hacía Mario Benedetti, sin prisas, sin estridencias, capaz de emocionar con los mínimos elementos posibles. Y de qué manera. Entonces es cuando hay que salir a la calle y respirar el mundo y sus pólenes y dejarse crucificar por el viento, aunque después te quedes guiñapo, roto, hundido en la miseria física de quien no puede ni toser sin que la cabeza le reviente en mil estrellas y los ojos le lloren, más que nada por el agotamiento muscular y la carencia total de fe en que esto termine en los días previstos por mi médico de cabecera.
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Terapia
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Para no sucumbir
ante la tentación
del precipio
el mejor tratamiento
es el fornicio.
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Todo está lejos: En la muerte (esta noche) de Mario Benedetti


Todo son modos de decir y todo está lejos. Él mismo empieza a estarlo. Yo mismo. Lo remoto, a veces, se aproxima. La muerte nos ha pillado prevenidos, pero no ha dejado de ser una punzada en el corazón. Algunos libros de las estanterías, unos más que otros, se acercarán a los de Mario Benedetti y les consolarán. Les dirán que los hizo un buen poeta y probablemente, sólo había que ver su cara y hurgar un poquito en lo contado, una buena persona, pero a mí me gustaban sobre todo sus cuentos. Que no haga ya ninguno más no me va a hacer sentir peor.

14.5.09

The shark in the Met


I
Vivimos en un mundo imperfecto en donde un tiburón muerto conservado en formol, obra del hortera Hirst, vale seis millones de euros y lo visitan dos mil personas diarias. El mercado, que es en el fondo una bestía políglota, crea la necesidad del tiburón muerto conservado en formol, ridículamente reducido a distracción burguesa, crea la certidumbre transcultural de que in tiburón muerto conservado en formol responda a algún tipo de belleza a la que podamos fijar un texto y crear un patrón.
II
Vivimos en un mundo imperfecto en donde Cristiano Ronaldo, que es un excelente jugador de play station, ocupa cuatro minutos de televisión al día, y en donde Tomás Segovia, un excelente poeta de la luz, no pasa de ser un objeto de consumo mediático que úcanicamente ofrece un feedback sentimental (hermoso, luminoso, emocional) sólo al alcance de unos cuantos elegidos.
III
Vivimos en un mundo imperfecto en el que el líder (es un decir) de la Oposición (otro) dice que la bancada socialista no sabe leer en el incomparable (y ya digital) marco del Estado de la Nación. Tengo muy claro que la política puede ser un juego de iletrados: alfabetizar tampoco garantiza una gestión imparcial, limpia, productiva y moderna de lo público.
Rajoy, faltón a oído de zetapé, cree que la izquierda es todavía una camarilla de domingueros con ínfulas sindicales o viceversa, que confabulan entre cuñas de tortilla de patatas, libros de Sartre y Bakunin y botas de regio vino de la tierra sobre el fin de la opresión franquista y Zapatero, gurú de sus cosas, emperador de los parias del mundo, azote de accionistas de la Cope, cree que la derecha es todavía una mala zarabanda de caciques con virgencita en la billetera, gomina en el pelo y fe ciega en el poder de los líderes naturales que la naturaleza va entregando a su santo capricho y que Dios, allá en su sacrosanta morada, dispuso.
IV
Vivimos en un mundo imperfecto, uno que abraza, en ocasiones, la máxima romana del pan y del circo: anoche el pueblo llano, aunque nunca entendí muy bien eso de llano, descendió al centro mismo de la catarsis y vibró (esto de vibrar en casi todos los casos es ya un reclamo semántico quemado, un bucle léxico/tóxico) con once tíos pegándole patadas a un balón. Y juro que yo también disfruté, comido como estoy de heptamínicos y con un sueño atrasado de una semana, con el espectáculo. Pan, circo, Dios, mundo: el tiburón abasteciendo de milagros al pueblo llano.
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13.5.09

Darwinadas


I
Sostenía Darwin que la Biblia de Jesús era un campo minado de metáforas, con el peligro que la diversificación simbólica trae a los lerdos y a los iluminados. Del Antiguo Testamento escribió que era una doctrina de bárbaros. Nietzsche (Ecce Homo) escribió que el alma inmortal fue "inventada para despreciar el cuerpo, enfermarlo..". K, que lee a Onfray y descarga podcasts de una Asociación de Ateos para oír de noche, tumbado en su cama, inspirado por esa quietud absoluta, suelta a veces que la Bíblia es un enorme error tipográfico. Banalizar la fe no siempre es un ejercicio conveniente: no únicamente por la cinética topológica ni por el inventario de prodigios que la devoción ha manuscrito en la piel de la Historia, pero son éstos tiempos de desafectos y el creyente se está convirtiendo en ciudadano a pasos agigantados. No se entiende la sociedad con Dios y tal vez tampoco sin él. Ahí andamos los unos y los otros: manejando las cartas de la razón y de los flecos formidables de la fe.
II
«No debemos pasar por alto la probabilidad de que la introducción constante de la creencia en Dios en las mentes de los niños produzca ese efecto tan fuerte y, tal vez, heredado en su cerebro cuando todavía no está plenamente desarrollado, de modo que deshacerse de su creencia en Dios les resultaría tan difícil como para un mono desprenderse de su temor y odio instintivos a las serpientes».


Charles Darwin, Autobiografía


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12.5.09

Ese chico triste y solitario...

La capilla ardiente del músico y compositor Antonio Vega, fallecido hoy, martes 12 de mayo, quedará instalada mañana, miércoles 13 de mayo, a partir de las 13:00 horas, en la sede madrileña de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), C/Fernando VI, 4 - Metro Alonso Martínez, de la que formaba parte desde 1980. Autores, seguidores y amigos podrán rendirle homenaje y darle su último adiós en la Casa de los Autores hasta el jueves 14 de mayo, cuando sus restos mortales serán trasladados al Cementerio de la Almudena para su incineración, pero Antonio Vega no ha muerto, aunque el poeta que cantaba o el cantante que escribía poemas no esté ya entre nosotros, los vivos, los que buscamos un hueco en la rutina del martes para escribir una condolencia íntima y preparar un disco de Nacha Pop con el que recordarlo esta tarde. Una décima de segundo (qué joya del pop...) vale para el tributo. Si yo creyese en la otra vida, pensaría que está en el cielo (como Curro El Palmo, al que le puso voz por obra de Serrat) cantando La chica de ayer a algún desavisado que no la oyó nunca...

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11.5.09

Vidas pensadas



Para quien, a ratos, sin propósito, frecuenta estaciones de tren o de autobús existe una costumbre que consiste en imaginar las vidas de quienes parten o de los que llegan, pero a mí me satisface más fabular en el hilo narrativo de quienes están, en las vidas de los que no se van ni tampoco vienen, las historias personales de los transeúntes. Nada absolutamente sabemos de ellas y en esa certeza es en donde consolamos nuestro tedio y quizá donde ellos, a pie de andén, consuelan el suyo fabulando sobre nosotros. Autor y actor al tiempo, dios y su criatura, figuras que ocupan un escenario al modo en que en la ciudad los edificios y los árboles y los jardínes ocupan cabalmente su lugar, aunque sepamos que el tiempo los retirará, arrumbándolos al olvido. Nuestra memoria está hecha de piezas canjeables. Somos también piezas en la memoria de los demás. Invisiblemente somos dispersos fragmentos de una realidad que no abarcamos, minuciosos objetos que se desplazan a diario por las mismas rigurosas avenidas y que de cuando en cuando extravían la rutina y entran en una estación de autobús o de tren para contemplar las vidas de los otros y fabular.
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8.5.09

X-Men Orígenes: Lobezno: Alta traición Full HD


Viendo X-Men Orígenes: Lobezno, es decir, spin-off, precuela, capítulo cero o inversión narrativa de la saga de los mutantes que la Marvel alumbró en su época dorada, uno no sabe muy bien qué pensar o quizá se trata precisamente de pensar bien poco. En eso de no pensar hay que considerar que quizá lo que interesa sea ver mucho: a poco desgaste del intelecto, muchas flexiones del iris. Y tampoco hay tenemos suerte. X-Men Bla Bla Bla es insulsa y ni siquiera la artillería óptica nos hace olvidar lo descuidada que es su trama y el poco brío que Gavin Hood ha empleado en filmar una historia que (imagino) no acaba de creerse y que, en consecuencia, tampoco permite que creamos nosotros, los incrédulos, los que acudimos al cine (yo con mi hijo a ver si me daban una sorpresa y salía batmanizado una vez más) para disfrutar del espectáculo de la pirotecnica visual. Admitimos incluso que el guión sea enclenque y consentimos que la trama (caso de que la haya) se diluya cuando el presupuesto hace triunfal acto de presencia y los efectos especiales nos aturden. Yo lo que quiero es eso: que me aturdan. Y juro por la Visa Oro de Stan Lee que salí disminuído, derrotado, convencido de que una oportunidad preciosa se había perdido irremediablemente. Además, por más que busqué, y juro que busqué, no vi el habitual destrozo moral de los protagonistas, el hundimiento del héroe, la debacle pura y dura antes del regreso épico. Y X-Men Bla Bla Bla 2.0 es la parte más endeble de la fantástica maquinaria de explotación comercial del producto llamado Lobezno, incluyendo videojuegos en todas las plataformas y los muñequitos del menú infantil en el McKing de siempre. Estarán los jefes del asunto (Hugh Jackman en persona pone parte de la pasta del bicho) frotándose las manos pensando en el momento en que la industria termine de empaquetar los BluRay de marras. Qué alegría., Qué despitote. Qué Full HD.
No vi (insisto, no tengo otra cosa qué hacer ahora mismo) rastros semióticos, huellas de Shakespeare, palimpsestos borgianos, toda esa retahíla metalingüística con la que la crítica moderna abastece de literatura plasta las revistas serias de cine, caso de que haya todavía alguna en circulación y el personal no se haya percatado de que la verdad no está ahí afuera, sino aquí bien dentro, en la burrosfera ésta en la que unos cuantos lunáticos con verborrea nos explayamos en las tardes de mayo. Ya se sabe: cuando el demonio no tiene nada que hacer con el rabo mata moscas...

7.5.09

Cosas serias

Antes, la Metafísica era una rama de la filosofía o una extremidad verbal de la teología o una disciplina de sesudos y aburridos planes de estudio universitarios. Incluso, a fuerza de buscarle el costado racional al asunto, la Metafísica podría ser todo eso juntamente, pero en modo alguno lo metafísico era un divertimento de barra de bar, un argumento doméstico, a menos que los contertulios estuvieran contentos de ron y se les hubera afiebrado el lado místico del cerebro. Sin embargo, la crisis ha convertido al personal civil, al que normalmente le preocupa lo mundano, la carestía de la vida y ese hilo de cosas, en filósofos eventuales, en senequistas, en kantianos, en aristotélicos o en cartesianos. Da igual que se hable de fútbol o de la fiebre A mejicana: al final, por obra y milagro de las penurias del bolsillo, terminamos describiendo el alma, que es la parte metafísica del bolsillo de cada uno. De ahí a poner a parir a Zapatero hay un par de sintagmas y tres o cuatro verbos copulativos. Entonces es cuando miramos con lupa cristiana lo genuinamente laico y viceversa. Va a ser verdad lo que decía Chesterton (creo): Todo hombre es un teólogo frustrado. Y un seleccionador fútbol, añado yo. Me pido la metafísica (con minúscula esta vez) como rama de la literatura fantástica. Eso es de Borges. Por ahí andamos hoy lunes: entre Kafka, Chesterton, Borges y Kant. Buena gente.

Kafka da jaqueca


Me lo dijo anoche K. en el tercer gintonic: Leer es una actividad de riesgo. Algunos escritores son más declaradamente perniciosos que otros. A mí, en particular, Kafka me sigue produciendo jaqueca. Ningún escritor, salvo los muy sencillos y de recursos muy limitados, carece de efectos secundarios. He visto almas en desquicio tras consumir generosas raciones de literatura rusa del diecinueve. Ya sabes, Tolstoi, Dostoievski, Chéjov, todos esos. He visto cómo Baudelaire ha malogrado el candor y la inocencia de amigos educados en principios y valores nobles. No se puedeer Las flores del mal, digo leerlo de verdad, sin salir magullado por dentro. Y donde digo Baudelaire pongo Miller o Pessoa o Canetti o incluso Gil de Biedma, del que el otro día escribías algo en tu página, Emilio. El escritor, incluso el más ortodoxo, el que más y mejor se arrima al patrón clásico, es un activista, una especie de propagandista al servicio de su insufrible y quién sabe si reprobable ego. El escritor extremo es un conjurado, un terrorista invisible, la clase de terrorista melancólico que hace detonar su material a distancia, bien refugiado, bien lejos, y crea en quienes lo leen la zozobra moral, el desamparo vital que él mismo, descorazonado, posee. No conozco a nadie que escriba desde un estado absoluto de felicidad. Cuando uno es feliz, la escritura es un obstáculo, una rémora. Escribir, a la larga, siempre es una agresión al lector, salvo que consideremos la obra de esos escritores de verbo cándido que únicamente merodean las cuestiones y rozan la costra de la forma sin hocicar como deben en el interior enfebrecido. Porque la realidad, amigo mío, está enquistada y la literatura es el único modo de preservar el juicio. Tal vez escribir sea la única actividad verdaderamente ética en estos tiempos. Y leer, ya te digo, una actividad de riesgo. Claro que ahora vamos a servirnos el cuarto gintonic y a lo mejor me desdigo y dedico la lucidez de la noche a contarte cómo me sentí cuando Iniesta, en el minuto 93 clavó la pelota lejos del alcance de ese portero de la segunda guerra mundial, Cech, ¿no se llama así?. En algún libro alguien lo habrá explicado esto mejor que yo.

3.5.09

Libros

Me alimentan los libros. Me curan. Me abastecen de júbilo. Me reconfortan. Me alejan del frío. Me procuran la certeza de que nunca voy a estar solo o de que nunca voy a sentir ese sentimiento del que algunas veces he oído hablar o he leído algo y que consiste en aburrirse. Creo que no me he aburrido en mi vida. He pasado la barrera muy psicológica (como casi todas) de los cuarenta y he conocido situaciones donde tal vez el aburrimiento haya encontrado alguna puerta secreta por la que colarse e inocularme su tanda vírica, su ejército de moléculas malvadas, pero he logrado salir victorioso. La culpa de ese pírrica, aunque en mi reconcentrada alma, dondequiera que ésta pueda encontrarse y tenga encomendada la empresa que le haya sido encomendada, victoria la tienen los libros. Y no sólo los libros. La tienen los discos y las películas. No acudo al recetario ecológico en el que el tozudo buscador de emociones sale al campo y pasea vías verdes y retoza el ojo encaramado a un risco desde donde el paisaje es una exuberancia incontestable de belleza pura y epifánica. Tampoco, en esta ocasión, plegado todo al propósito laudatorio de mis vicios, caigo en la cuenta de que uno tiene amigos y tiene familia y es capaz de cubrir casi cualquier inconveniente sentimental con lo que buenamente te dan y con el amor indiscutido que te ofrecen. De hecho tengo también, puestos a tener certezas, la que se basa en la disposición absoluta de esos bienes humanos (qué mal me expreso hoy) para elevar la cumbre de cualquier día. Los días, ya lo sabemos, son en ocasiones cumbres que hay que escalar. Duerme uno por la noche en esa trabajada cima y se levanta por algún inargumentable trabajo del azar o de las fuerzas telúricas que gobiernan los sueños abajo, en la limpia superficie desde la que volvemos a afrontar la subida. Prescindo de todo eso y me acurruco en la cultura, en la belleza que da el conocimiento, en la suprema verdad o la suprema diversión que se agazapa, como milagro privado y perfecto, en las páginas de un libro, en los fotogramas de una película o en los pasajes sonoros de una canción. Me pierdo entonces en la fabulosa compañía de quienes inventaron un mundo que completara el mío. De eso, al fin y al cabo, se trata y en ese cometido es en donde la literatura justifica enteramente su presencia. Y razono, y mira si hay asuntos de difícil razonamiento, con toda la potencia de mis sentidos, conmovido, asombrado, convencido de que la felicidad está siempre ahí, a mano, al alcance de quien se obstina en encontrarla, que puedo uno perderse en esos paraísos, alejarse de la realidad, reformar una existencia discreta y convertirla en algo épico, en algo susceptible de ensancharnos el pecho y oxigenarnos la mente y conducirnos por la aventura fascinante del conocimiento o de la belleza o de la extrema conjunción posible, ese matrimonio perfecto en el que se ensamblan todos los recursos del talento y crean una criatura exquisita, absolutamente extraordinaria. Esa cosa, tal vez, sea el Arte. Hagan paso a un libro, vayan al cine, desprecinten (es un decir) un buen disco. Hagan todo lo posible por dejarse llevar por lo que otros crearon para ocupar esos momentos en los que el tedio o el desencanto o la rutina gangrenan los sentidos. El colmo es que busquemos esas golosinas para la mente sin que ni el tedio ni el desencanto ni la jodida rutina hayan hecho blasfemo acto de presencia. Quizá ahí, en esa voluntad formidable, resida (es una opinión) la felicidad más egoísta de todas.

2.5.09

Fútbol

Es probable que tan sólo fuese un partido de fútbol, pero siempre hay algo debajo. Hoy algunas certidumbres exclusivamente deportivas: la evidencia de que el Barcelona está en otro nivel, la conclusión de que la suerte o la fe o la garra son materia caduca, y está la celebración total del espectáculo, que es lo que esta noche han entregado, a modo de festín óptico, estos dos equipos grandiosos. Uno (al cierre) más grandioso que otro. Imperial. Incomoda el resultado, por los colores que le tiran a uno, pero agrada (y mucho) todo lo demás.

Bob Dylan: Together through life


Abran paso al Dylan renacido, el viejo rockero de 68 años, el poeta de los moteles baratos y de los intelectuales de izquierda, el que fue a ver al Papa, el que escribió la banda sonora de los parias del mundo y narró el desgarro generacional, el que tras 46 discos en el mercado sigue insistiendo en narrarlo, el hombre indefiniblemente lírico, maestro de maestros y eterno aspirante al nobel de Literatura, abran paso, dejen que nos abrume con esta zarabanda de cantinelas de taberna, salpimentada de acordeones (David Hidalgo, Los Lobos), salsa tex-mex y un inventario rutilante, confortable, lúdico y asequible hasta el desmayo de sonidos fronterizos, más en deuda con el folclore de los vecinos del sur que de los compatriotas del delta. Sólo hay que dejarse llevar por la tonada de This dream of you o por el torrencial espasmo de It's all good, la mejor canción del álbum, que lo cierra y remite sin rubor a ZZ Top.
Dylan ya no merodea el lado tormentoso de la vida: ahora precipita júbilo soluble, entrega entusiasmo, ritmos bailables y factura una obra intemporal, menos circunstancial y alimenticia de lo que sus fans más estrictos esperaban. En 1.997 sacó Time out of mind, el trabajo con el que volvió a ser considerado por la crítica. Algunos años después el maestro sigue en racha, jugando sus cartas con el talento de quien lleva más de cuatro décadas gobernando algún país remoto alojado en el corazón del hombre.
Por eso Together through life emociona, conduce a un territorio mítico, cinematográfico. Por eso hay que darle paso, quitarse el eventual sombrero, rendirle tributo.

1.5.09

Instalación libresca






Cosmopoética, Córdoba, Abril 2.008
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Esto ilustra, únicamente en parte, una (como siempre) charla telefónica con mi amigo Jose Antonio. En cuanto regrese a la burrosfera, a la que ha decidido dar un descanso técnico, me contará qué le parecen estas instalaciones. Se llaman instalaciones.