30.4.09

Diana Krall: Quiet nights




Al modo en que J.K. Rowling se echó a la espalda la noble tarea de meter en cintura lectora al desavisado público infantil y adolescente, abasteciendo de lectores futuros a la literatura seria, adulta, desafectada de encantamientos y demás pólvora fantástica, la señora Costello, también llamada Diana Krall, a la sazón, visitadora de festivales de jazz y niña bonita del prestigioso sello Verve, se está echando a la espalda, no dudo que preciosa, al oyente de jazz sin prejuicios, al también desavisado y ocasional escuchador de jazz, que probablemente incurrirá en el futuro en el pecado (esperemos) de olisquear el trabajo de otras damas del jazz de más tronío y empaque vocal (Betty Carter, Billie Holiday, Sarah Vaughan, Ella Fitzgerald, Dinah Washington, Carmen McRea, Abbey Lincoln, Dianna Reeves...) con las que pueda disfrutar verdaderamente de uno de las artes mayores del siglo XX. No habiendo un solo disco de la señora Costello al que quemar en la pira de los discos malos del jazz, tampoco encuentro ahora ninguno remarcable que colocar en el olimpo de las excelencias.
Quiet nights rebusca en la esencia brasileña, en Antonio Carlos Jobim, en esa sensualidad que se masca en las notas y que ha dado magistrales combos musicales entre el jazz y la samba o entre el jazz y la bossa nova. Pienso en Stan Getz, en Lee Ritenour, en Manhattan Transfer, en Frank Sinatra. Cuenta la Krall en su página que le embrujó Brasil y que el disco es una carta de amor a Elvis Costello, su esposo. ¿Y quiénes somos nosotros para molestarla con una reseña negativa? Porque Quiet nights rezuma oficio por sus ventilados y pasionales poros. El séquito de músicos es formidable; la selección (incluyendo Walk on by del aristocrático Burt Bacharach o How can you mend a broken heart, la lánguida rendición amorosa de los mejores Bee Gees) es portentosa... ¿Dónde, entonces, el desajuste? En su espíritu Rowling, en su potterización, en esa garantía de producto redondo, fantásticamente grabado, de exquisito gusto formal, en la certidumbre de que vamos a tener una experiencia necesaria para que nuestro aprendizaje del jazz no se extravíe en florituras, virtuosismos y otras zarandajas de gourmet.
Ideal para regalar en el día de la madre, justo ahora que mamá Krall ha alumbrado dos mellizos con gafas de pasta como papá, Quiet nights cubre el segmento de disco con pedigree con el que nos aseguramos ese punto de distinción que retrata a la perfección, más que al regalado, a quien gasta los cuartos en la prenda regalada, alegre portada incluída.
En lo demás, jazz funcional, standards ejecutados con absoluto dominio de los recursos estilísticos, pero carentes, ay, de alma. Potter con síncopa.

29.4.09

Depeche Mode: Songs of the universe


I
Depeche Mode, en adelante DM, han caído en el abismo: lo bordearon durante años, lo analizaron con metódico empeño desde arriba, como calculando el dibujo de la caída y la visión del impacto, lo engalanaron con pasajes épicos y le forjaron himnos en los que configuraban, a su modo, de vuelta de casi todo tras tres décadas de trayecto, el canon de la electrónica comercial, el referente absoluto para cualquier geniecillo del siglo XXI, iluminado y erudito, que quiere saber quién llevó los mandos del pop con botones en esos últimos treinta años. Y al final, digo bien, DM se lanzaron; acometieron la filigrana del salto y cometieron un hermoso suicidio. Un suicidio, cuando es pop, es siempre un suicidio de ida y vuelta por lo que lo muerto termina por dar una bocanada de aire y regresar a los vivos.
II
Songs of the universe es el resultado de la adicción a las giras o es el resultado de la quiebra financiera o es el combinado lisérgico de todas esas volutas de pasión mezcladas (pomposamente) con el oíble runrún de la caja registradora, que exige su peaje y pide a los mercenarios que la adoran un punto de desvergüenza, una relajación a nivel artístico y, a veces, una rendición a nivel de esfínter. DM no han vendido su alma al dios de los paraísos fiscales y tampoco han renunciado a lo que hizo de ellos el mejor grupo en su género, pero han sucumbido a la rutina, que es un pecado mayor, y han facturado un disco sin excesivo talento, que fascina, aburre y hasta desespera según el tramo que oigamos. El tratamiento seco, el trazo sucio y la tonada excesivamente industrial, me refiero al martillo sónico, empalagoso y terco al que habían recurrido en los últimos discos está presente en Songs of the universe; en todo caso, lo han endulzado, han regresado a los primeros ochenta (esa preciosidad llamada Peace) y ahora se dedican (porque ellos pueden) a practicar onanismo de salón, a practicar la autobiografía y vender un grandes éxitos con canciones nuevas. No han en el disco un solo tema, en cambio, que sobresalga mayúsculamente. No hay ningún Enjoy the silence, por ejemplo. Nada conmueve, nada aturde, nada nos deja en esa belleza insustancial de fragmentos épicos a la que con tanta facilidad acudían (benditos ellos) en el glorioso pasado. Loops, samplers, ecos, sintetizadores analógicos, material vintage remozado y al servicio de la particular cosmogonia de la banda, pero sin el glamour, abandonada, golosina para oyentes nuevos que descubrirán un disco portentoso, pero rescoldo para el gourmet, triste evidencia del paso inconmovible del tiempo. Se quedarán (me quedaré) con Wrong (fabuloso single, extrañamente) o con Little soul (con su pequeña orquesta funcionando como una banda sonora fílmica) o con la ya citada Peace. La perla, que dura minuto y pico, se llama Spacewalker y es un indisimulado homenaje a Jean Michel Jarre.

26.4.09

Uno, el bueno, es de James G. Ballard

Creo en la intimidad de los relojes.
En el prevención del dolor.
En la ebriedad de los abrazos.
En la verdad inaplazable y en la belleza de las mentiras.
En el swing de Benny Carter.
En el tacto de la arena.
En el blanco de una hoja antes del poema.
En el efecto curativo del amor.
En las jam sessions.
En las comidas compartidas con los amigos.
En las visitas inesperadas.
En mi disco duro.
En la obsesión.
En algunas legendarias series de 1.500.
En las manos de Bill Evans.
En los ojos de Bette Davis.
En la luz de los flexos.
En los ojos de Bette Davis.
En la luna en la calle Bourbon.
En los patios de recreo en las escuelas.
En los domingos cuando llueve al borde de una novela de intriga.
En la cruzada contra todos los tercos del mundo.
En los sonetos de Góngora.
En Tennessee Williams.
En el libre albedrío.
En mí en alguna breve y fortuita ocasión.
En los rascacielos de Manhattan.
En el bourbon amable de las noches.
En Kingpin.
En la lluvia ofrecida como un regalo.
En las palabras de los niños.
En el verbo promiscuo del sexo.
En la longevidad de la luz.
En los cajones.
En la educación y en las aulas.
En el progreso.
En la historia del Minotauro contada por Borges.
En los sueños y en lo que traemos luego cuando despertamos.
En los hoteles a pie de playa.
En mi abuela Luisa.
En los ojos azules de Paul Newman.
En las road movies.
En los riffs de los setenta.
En el choco de Punta Umbría.
En en la RKO.
En el olor de los libros.
En la soledad presentida en las calles.
En la letra de Your song.
En los músicos de jazz que te hablan al oído.
En George Bailey.
En las minutos que preceden al sueño.
En la alta definición.
En cebras que cruzan las nubes.
En la luz del flexo.
En el poder liberador de las metáforas.
En la independencia moral del hombre frente a la religión.
En la inspiración.
En la pereza infinita de algunas tardes de verano.
En la Rosa de los Vientos.
En el trabajo terco que sirve a los demás.
En Machado en Baza.
En las canciones de amor.
En los versos de Walt Whitman.
En la bodega de mi amigo Jesús.
En los cuentos de Saki.
En los podcasts.
En el cine negro.
En los cuentos breves.
En las calles de mi infancia.
En los viajes de fin de curso cuando tienes doce años.
En el poeta en Nueva York.
En el arrepentimiento.
En la certeza de que un mundo mejor siempre es posible, aunque sea mentira.
En la luna en la calle Bourbon.
En los cuerpos cuando jadean.
En las noches infinitas con un buen libro.
En el agua en un aljibe.
En las lágrimas.
En mi agenda de contactos en el hotmail.
En un café negro (o fueron cinco) compartido (hace años) con Antonio Sánchez.
En el Chelsea Hotel.
En los amores imposibles que terminan en tragedia.
En la dulce pereza de las siesta.
En la mansedumbre.En el desaliño que precede al orden.
En la imperfección.
En el león de la Metro.
En el desaliño.
En lo turbio.
En las nubes arriba en el cielo.
En la oscuridad de una sala de cine.
En la prosa de Fernando Savater.
En las estrellas del porno muertas.
En los endecasílabos.
En los niños.
En los árboles que tutelan un corazón.
En el desprecintado de un buen disco recién comprado.
En la bondad de la gente a pesar de que sea escasa y dure poco.
En la imaginación.
En lo retorcido.
En los diálogos de Woody Allen.
En el desorden razonable.
En la lujuria.
En las tetas de Roberta Pedon.
En los paseos marítimos.
En las barras de los bares.
En la fragilidad.
En la tortilla de Santos.
En los dedos de Michel Petrucciani.
En los escaparates reventones de libros.
En las ninfas de los ríos.
En las brújulas del alma.
En John Ford en Monument Valley.
En el vértigo que precede al numen.
En el instinto.
En Peter Parker en blanco y negro.
En la firmeza.
En los amigos que no vuelven.
En la duda.
En los prodigios del azar.
En el azar mismo.
En las estaciones de tren.
En la justicia.
En Dolores cantada por Hilario Camacho en un patio salesiano.
En la espuma de la cerveza.
En los amigos, en los que no están y en los que me buscan.
En la risa.
En el llanto.
En el bookcrossing, que he practicado poquísimo.
En la noche casi por encima de todo.
En el alto y luminoso idioma inglés de Shakespeare.
En Leonard Cohen adaptando a Lorca.
En Russ Meyer y en Kitten Natividad.
En el nudismo.
En las bibliotecas
En las rubias de Hitchcock.
En cuatro o cinco buenas películas españolas.
En la estatua del jardín botánico.
En los paraguas.
En los bancos de los parques.
En la espuma de la cerveza.
En el olor del whisky.
En las novelas gordas.
En el blues cuando se comparte bien ebrio.
En las revistas de informática.
En la flaqueza.
En la honradez.
En la épica.
En rapidshare.
En mediafire.
En el saxo catedralicio de Coleman Hawkins.
En las tribulaciones de Nabokov al inventar a Lolita.
En Gil de Biedma en las Filipinas.
En mi mujer y en mis hijos.
En el coro operístico de la rapsodia bohemia.
En mi ipod cuando va pletórico de blues.
En los muertos de Allan Poe.
En las bestias míticas de Lovecraft.
En la panza barroca de Lezama Lima.
En una Voll-Damn bien fría servida en un buen vaso.
En las calles del barrio de la Villa en Priego de Córdoba.
En la vuelta a casa por el judería en los ochenta.
En las vueltas del aire.
En la nieve limpia que cubre los coches en mi calle.
En la ciencia por encima de los salmos.
En el bendito gozo de abrazar otro cuerpo.
En el ajedrez.
En las calles de Londres, donde nunca he estado.
En las piscinas del verano.
En la melancolía.
En Peter Pan.
En Campanita.
En Billy Wilder.
En las ecuaciones de segundo grado.
En el rumor del invierno en la ventana.
En los sultanes del swing.
En la turbiedad moral de Humbert Humbert.
En el vals para Debbie.
En Billie Holiday.
En el insomnio de la sangre.
En la belleza de las heridas.
En James Cagney en la cima del mundo.
En la obediencia de los días.
En lo mágico cotidiano.
En el novicio temblor de sentirse amado.
En los excesos.
En el asombro.
En la modestia.
En los países que no salen en los mapas.
En los tigres.
En los laberintos y en los espejos.
En los astronautas.
En el vértigo.
En los abismos.
En la profanación de los altares.
En las catedrales.
En el diario minucioso del alma.
En lo inasible.
En la disidencia.
En la reflexión.
En esa leve comezón que anuncia el júbilo.
En la felicidad sencilla de un solo de trompeta.
En el pudor.
En todas las vidas improbables que no tengo.
En Thunder road tocado en directo.
En el río de Heráclito.
En los himnos sin letra.
En las resacas portentosas del goloso ayer.
En los poetas que escriben en servilletas de un bar.
En la ternura.
En las posadas a mitad de la noche.
En los regalos.
En los sábados por la noche.
En la poesía mística.
En el realismo sucio.
En las alucinaciones.
En el vuelo de la carne alegre.
En el ala festejando el azul.
En el frío.
En las rosas.
En las lagartijas en los muros.
En los trampolínes.
En las turbaciones.
En los preliminares.
En el oleaje.
En los jadeos.
En las distancias.
En los domingos vibrando en un kiosko.
En las fugas.
En el despilfarro.
En la pureza.
En la impureza.
En las imprecisiones.
En los jinetes, vastos y nocturnos.
En las palabras que arden en los diccionarios.
En los nombres.
En los goles de Zidane.
En la gloria de saberse póstumo.
En los íntimos avatares de la felicidad.
En la manga del tahúr.
En la blonda de la novia.
En las libaciones de la razón.
En las alucinaciones.
En los vampiros que pueblan mi adolescencia lectora.
En los próximos cinco minutos.
En la épica de los perdedores.
En remotos pájaros improvisados.
En las tramas de Hitchcock.
En los 39 escalones.
En los fuegos artificiales.
En el néctar libado a conciencia.
En Summertime.
En el confort de los trenes.
En los patios de Córdoba.
En Kafka.
En la soledad casi por encima de todas las cosas.
En las biografías de los héroes.
En la ciencia ficción.
En el Renacimiento.
En la cubierta del Potémkin.
En la anuencia del cuerpo.
En Grecia.
En los Viernes a las dos de la tarde.
En los palacios abandonados.
En el orden secreto de las cosas.
En el invisible andamiaje de las horas.
En la fuga y en el regreso.
En los discos prestados.
En caballos desbocados en un sueño.
En las sílabas del tiempo.
En la cordura.
En las tascas profundas de las que es casi imposible escapar.
En el cansancio.
En la mécanica celeste.
En las fuentes en el campo.
En la obscenidad.
En lo frívolo.
En la sangre.
En el cine de espías.
En los sábados en Córdoba con Rafael Roldán.
En las novelas de viajes en el tiempo.
En Yesterday.
En la voz de Freddie Mercury.
En las trincheras contra el fanatismo.
En los superhéroes de la Marvel.
En el escenario de un teatro.
En los asedios galantes.
En el pub Tempo y en sus cuadros de vaginas voladoras.
En la pompa y en la circunstancia.
En el pólen.
En el mar de noche.
En todas las barras de los bares.
En todas las migajas de pan en los caminos.
En todos los cuentos que se improvisan.
En todos los que creen con fervor en algo.
En las maletas.
En Henry Mancini.
En los apretones de mano.
En los prólogos brevísimos.
En mi colección de discos.
En mis películas.
En mis libros.
En el café que tomo en el trabajo a mitad de la jornada.
En los tejados.
En un hotel de Úbeda (hace poquitos años).
En un hostal de Sevilla (hace más).
En mis alumnos.
En las gacelas en un cuadro.
En las resacas.
En El Circo del Sol.
En la voz de German Coppini en sus buenos viejos tiempos.
En el jamón cortado como Dios manda.
En el discreto oficio de irse uno viviendo.
En Humphrey y en Sam.
En la cara perfecta de Ingrid Bergman.
En los secretos.
En Robert Siodmak.
En Annabel Lee.
En algunos palimpsestos.
En la caligrafía del deseo.
En el ayer.En el mañana.
En los misterios.En la fragilidad.
En Stan Getz filtrando bossa nova.
En Jimmi Hendrix tocando Purple haze.
En el cinemascope.
En Sunset Boulevard.
En la poesía como un arma cargada de belleza.
En el sur.
En el norte.
En la lluvia que cae en un patio de Cartago.
En los vicios.
En Oliver Twist.
En las enciclopedias.
En Katherine Hepburn y en Spencer Tracy.
En los cromos del Atleti.
En las gambas de Huelva.
En las sesiones doble.
En Nueva York y en Tokio.
En el corazón tan blando.
En el alambique formidable de los sueños.
En la pólvora.
En el fuego.
En Christopher Walken vestido de militar en Pulp Fiction.
En la ceniza.
En el punteo de Sultans of Swing en el Alchemy.
En la velocidad de las nubes.
En el festín de los ojos.
En los malabarismos de Burt Lancaster.
En la zozobra.
En la penumbra.
En Cary Grant haciendo comedia.
En la cara de mi mujer cuando me mira.
En las walkirias.
En los gnomos.
En Coppola sobre el Mékong.
En Jack Bauer.
En Charlie y su fábrica de chocolate.
En John Coltrane en el Village Vanguard.
En las volutas barrocas de Bach.
En un tren de algodón que anoche descarriló en mis sueños.
En la noche en las afueras.
En el libro que ahora estoy leyendo.
En el día de mañana.
En la bendita ilusión de que mañana será mejor día que hoy.
En mis padres.
En la debilidad.
En las mujeres fatales de los cincuenta.
En esta noche junto a mi amada.
En la farándula.
En el uso que Scorsese hace de los Rolling Stones en sus films.
En los libros que leen mis hijos cada noche.
En la lucidez.
En el principito.
En el cine por encima de casi todas las cosas.
En el azul.
En mi calvicie.
En la posibilidad de que alguien descubra cómo curar el cáncer.
En la felicidad de los míos.
En los espetos en los chiringuitos de Fuengirola.
En los pestiños.
En la inteligencia.
En las alfombras.
En la coda de Layla.
En las librerías de viejo.
En un Chesterfield de cuando en cuando.
En los grandes almacenes.
En las imprudencias.
En las algas.
En las paredes de Lubitsch.
En los cameos de Hitchcock.
En los vinilos de segunda mano comprados en La Corredera.
En Suzanne en un viejo pick up en casa de Marcelino.
En las hélices.
En Robert Louis Stevenson.
En la invención de Morel.
En las hadas.
En la Marvel.
En habitaciones alicatadas de libros.
En H.G. Wells.
En conversaciones por teléfono que duran mucho.
En la letra impresa, aunque sea el prospecto de un mucolítico.
En los buzones.
En el bikini.
En las terrazas de verano.
En la cercanía de un cuerpo a mitad de la noche.
En los primeros años de Genesis.
En las turbulencias del alma.
En la muerte absoluta del cuerpo.
En Van Morrison.
En algunos argumentos de Paul Auster.
En el inglés cristalino de Frank Sinatra.
En las polaroid.
En las películas de la Hammer.
En la historia de Olvídate de mí.
En el olor del azahar.
En los barrios antiguos de Córdoba.
En las mañanas de Domingo sin nada que hacer.
En los abrazos.
En los pubs ingleses.
En las playas al amanecer.
En el tacto del pelo.
En mis Bowers & Wilkins.
En los cuentos de tradición oral.
En las historias de fantasmas.
En Elvis.
En Wonderwall.
En todas las pin up girls.
En la versión en directo de Love of my life.
En el silencio.
En el ruido.
En los libros que me recomiendan quienes me conocen.
En este blo en el que me retrato a diario.
En algunos maestros que he tenido.

Original rescatado (ampliado) casi a voluntad popular.

23.4.09

Déjame entrar: Alquimia y fascinación


Descreer de los vampiros o de las hadas o de los fantasmas o de toda esa fauna admirable de entidades sobrenaturales que pueblan la literatura fantástica es una vía poco recomendable de vivir en la realidad: la realidad se deja invadir por estas criaturas, las tutela, las deja acechar en las sombras y, en algunas casos, permite que deambulen el frágil limbo que separa lo tangible de lo que no lo es. El escéptico pierde, en ese empeño racionalista, un placer absoluto, uno de esos que perviven a través de los años y conforma parte de su identidad cultural e incluso emocional, que consiste en la sencilla y francamente saludable posibilidad de fantasear, de recrear un mundo falso dentro del que irrevocablemente se nos manifiesta, de imponer una mentira al dañino, por previsible, por circunstancialmente rutinario, orbe de lo empírico, de lo reducible a cifra. Si todo lo reducimos a cifra, borramos tal vez la parte más genuinamente humana de nosotros mismos. La propia religión, en su textura más ancestral, basa su discurso en la vigencia de supersticiones y de metáforas. Así que tal vez el lector adulto de historias de vampiros fue antaño el lector nervioso, impresionable, cómplice del sobrecogimiento y del asombro hipernatural, de la mismas historias y lo que siente al leer las novelas de ahora sea el regreso de ese vértigo primitivo, la conciencia de que las turbulencias emocionales que guiaron su ingreso en el mundo adulto pueden volver a experimentarse con otro prisma, envueltas en otra indumentaria.
La carnalidad y el misticismo, el punto gótico y la artillería de tópicos no concurren en Déjame entrar. Tampoco encontrará el espectador cuerpos adolescentes que se comban al dictado de las hormonas. Indaga Alfredson, apoyado en el texto de John Ajvide Lindqvist de su propia novela, en materiales de más noble ascendencia y vuelca una sensibilidad ajena, a lo visto, al género con el menor número de aditamentos posibles: reduce el atrezzo a habitaciones vacías, y el paisaje lo desarma de todo brillo para entregarnos un atrezzo frío, desangelado, convertido en extensión misma de la frialdad y de la desubicación en la que viven los dos protagonistas, esos dos niños marcados por circunstancias muy particulares; ambos, en todo caso, entre la desolación y la ternura, zarandeados por una sociedad que no acepta la disidencia, testimoniando que los iguales, en la adversidad, se llaman y hasta recrean, en su intimidad despojada de afectaciones y de falsos protocolos adultos, una historia de amor prodigiosa, ágil, estupendamente bien contada y muy inteligentemente cerrada, una que no precisa alardes técnicos o textos impostados para contar lo que cuenta.
-


Desconectada del modo americano de hacer films de vampiros, Déjame entrar ilumina un campo de acción muy primitivamente europeo que nace en los albores del cine y adopta al vampiro como protagonista de algunas de sus más fiables muestras de talento. El Nosferatu de Murnau no tiene ninguna posibilidad de reconocerse en la crepuscular trama de la cinta sueca: la investigación que realizan Alfredson y Lindqvist es de rango moral, frágil y decepcionante en su vertiente infográfica, adscrita a la literatura y casi indie en su concepción minimalista, amateur, desmecanizada. La disciplina interior del film aspira a lo emotivo más que a lo espectacular: de hecho, no funciona como película de terror ni su construcción formal violenta la precisión narrativa. Manejando un lenguaje ameno, evitando el burdo engaño en que se podría haber convertido el film caso de que la productora hubiese metido excesiva mano en su política de captación de público. Déjame entrar parte de una muy vendida novela (que no he leído) que de seguro reverdecerá ventas con la irrupción en la cartelera de esta formidable cinta.


Es relevante que Crepúsculo, la hermana artísticamente empobrecida, el pariente lejanísimo que de pronto ha desprotegido la sobriedad mediática de Déjame entrar, esté siendo un éxito en taquilla. Conviene que los géneros se avituallen con productos tan marcadamente distintos. Uno, afiliado a una franquicia imparable, sometido a un merchandising a prueba de caos económico; la otra, la nuestra, deliberadamente otro tipo de educación cinematográfica, más en consonancia con la geografía, menos iluminada por la efervescente y superficial mirada del cine americano palomitero. Conste en algún acta que el lector improvise a renglón de lo leído, que el cine de palomitas merece toda la admiración que podamos entregarle: nadie se inicia en este noble arte entrando a saco, en ciertas edades, en materiales de mayor injerencia adulta. Crepúsculo, que no he visto, que no he leído, debe ser un producto noble, necesario para que la industria no pierda elasticidad, no se quede en un rescoldo intelectual de clientes sibaritas que no son capaces de encontrarle el encanto a las piruetas circenses de Steve Martin vestido de Papa. Juro que yo las busqué, que vi la gracieta en los gestos, pero no dudo que los usuarios con menor tallaje y de exigencias menores habrán disfrutado horrores.


p.d.:


Matt Reeves (Cloverfield) parece que ya está metido en faena haciendo la versión L.A. 2.0. Son temibles los dueños de la pasta...

21.4.09

El oficio de escribir

I
Abrigo la convicción de que el ser humano es, por naturaleza, bueno. Contra mi optimismo, batalla la Historia: se me enfrenta, me coloca delante episodios que combaten con fiereza esa confianza alegremente depositada. Creo firmemente que el hombre, así en abstracto, no es desleal ni tampoco rencoroso. No es violento salvo que las circunstancias le empujen. Y habida cuenta de las circunstancias en las que rema, sobre las que camina y en las que abruptamente le abandonaron, tal vez la violencia sea un signo distintivo de lo humano igual que lo es la superstición o el fervor religioso. Creo en el hombre porque es una forma sencilla de creer en mí mismo. Eso de creer es un asunto que siempre se me escapó. Nunca creí en exceso en nada salvo en las cosas irrelevantes. En ésas, paradójicamente, creo con arrebatadora pasión y defiendo mi derecho a perderme en ellas con la misma honestidad moral con la que otras se afilian al cristianismo o a cualquier otra convocatoria de fe. Sin desamparo, prendido a todos los vicios que catapultan mi ocio al infinito y más allá, trabajo sin descanso en la escritura.
II
Decía hoy Maruja Torres en una entrevista que leí en un periódico de provincias (el de la mía) que no entendía a quien vivía sin escribir. En realidad, descontextualizada, la frase parecería una especie de boutade de quien lo hace con desparpajo y ejerce el periodismo con brío, liberada de esclavitudes, de formalismos, de mesuras pacatas y de confianzas eternas. Ese exabrupto, esa salida del guión que a más de uno le parecerá eso, un capricho de la pequeña diosa de su columna en que se ha convertido Maruja Torres, lo subscribo. Un poeta y bloguero y artista siempre en ebullición, Luis Felipe Comendador, sostenía no hace mucho en su diario cibernaútico que se imponía la obligación de escribir para no perder algún norte, escribir como quien toca las teclas de un piano para hacer dedos y ver, sin entre todo ese barullo de notas que sobrevuelan y se pierden, sin sentido, caótica y servilmente, sale algún hallazgo, un milagro de la belleza que irrumpe por la obstinacion del trabajo y el arrullo de la inspiración. Algo parecido pasa con la escritura. Así que creo en el género humano y en la bendita ilusión de que algo formidable y hermoso y limpio late bajo la costra de la realidad. Porque la realidad exhibe, en ocasiones, costra, óxido terco que oculta la belleza de abajo. La hay: hay que escarbar, encontrarla, querer verla entre la turbamulta infame de distracciones que nos la apartan, que la escoran o (llanamente) la eliminan. Escribo (entonces) obstinadamente. Escribo sin reservas, disfrutando de la posibilidad de contar o de contarme qué sucede ahí afuera.

19.4.09

So what en mi cabeza...


A riesgo de convertir esta página en un desfile caprichoso de mis vicios, aunque pienso que nunca ha sido otra cosa salvo (tristemente) eso, un poco de Miles Davis para cerrar el día. Los días envilecen y las noches perturban: lo dice un amigo mío y no pienso llevarle la contraria. Hay días como carcoma y días en los que el sol es amarillo y el amor lo mueve. Eso lo escribió Dante, que jamás escuchó a Miles Davis. Eso es seguro. La Divina Comedia y Kind of blue caben en una maleta. El tozudo recurso de colocar un post sobre Kind of blue cuando no tengo nada que escribir sigue siendo válido. Ese disco merece que seamos tercos con su recuerdo.
Acaban de sacar (lo he descubierto hoy) una edición conmemorativa, doble, con un DVD y piezas de la grabación original que no fueron seleccionadas en su día. De momento, me conformo con irme a la cama con el CD en mi bendito Ipod. Sí, sé que los puristas prefieren el vinilo. Hoy no pienso rebajarme a esas frivolidades. So what suena en mi cabeza. La escucho cuando voy a comprar el pan o voy andando al trabajo o salgo de una librería o paseo por Lucena y de pronto noto la trompeta almohadillada de Miles Davis, el piano de Bill Evans o de Wynton Kelly (en un tema), el saxo colosal de John Coltrane o de Cannonball Adderley, el contrabajista Paul Chambers, el batería Jimmy Cobb. Juro que los oigo. Están en mi cabeza.
.

18.4.09

Marsé, las banderas, el cine y los premios...


I
Juan Marsé le ha dicho al oído a la nueva ministra de las descargas que "el problema del cine español no es la piratería sino la falta de talento" y eso en las cercanías de que la plana mayor de las letras se rinda a su hondura como narrador (por fin, por fin, díganlo muchas veces y se sentirán mejor esta noche) y le borden el galardón del Cervantes.
A Marsé lo leí mucho durante un tiempo: admiraba (lo hago todavía) su pasmosa facilidad para crear una voluntad de trascendencia universal en atrezzos muy reducidos. Supongo que los grandes escritores pueden transmitir las mismas sensaciones a sus paisanos que a cualquiera que lo lea en las mismas antípodas geográficas. Recuerdo al Pijoaparte de la imprescindible Últimas tardes con Teresa, fantaseando acerca de cómo harían el amor las niñas bien de la crema catalana y recuerdo la bendita luz de ese realismo sucio que miraba a la narrativa norteamericana (Hemingway, Faulkner, sobre todo) y tomaba copas con Jaime Gil de Biedma en el barrio chino cuando Franco vigilaba a los intelectuales y éstos, tutelando la revolución, disimulaban la ira en los cuentos, en las novelas.
En la entrevista que le hace Blanca Berasategui en el suplemento cultural de El Mundo se disculpa por su falta de entusiasmo en explicar lo que escribe: que él, como Faulkner, es un narrador. No se arredra cuando dice de los políticos que son ineficientes y que la jerarquía católica es belicosa; la derecha, impresentable y la izquierda, timorata, pero a los que nos gusta imaginar que detrás de casi todas las historias leídas hay una visual que espera que alguien la filme nos va a gustar enredarnos en las ideas que sobre cine y literatura da Marsé en la estupenda entrevista. Porque está fuera del ojo público y porque cuenta lo poco que cuenta con mucho desparpajo, Marsé no es del agrado casi nunca de las altas esferas de la administración. Es incómodo, se pliega muy escasamente a los protocolos (recuerden aquel Planeta en el que criticó la obra ganadora y dimitió del jurado) y no se afilia a ninguna política lingüística salvo la de potenciar todas las lenguas (la española, la catalana) y darles un marco real de actuación en su tierra. Lo mejor (casi, aparte de la cosa cinematográfica) es su clarividencia política, su visión limpia de las cosas, despojada de la turbia influencia de intereses que siempre mueven los políticos. Y además está el Pijoaparte y sus escapadas a la cama de Maruja y las motocicletas robadas.


"Cuando la clase política esgrime la lengua como si fuera una bandera, hay que salir corriendo. Es una señal de patriotismo que me asusta. Me acuerdo siempre de una escena de esa gran película de Hitchcock, Encadenados, cuando Ingrid Bergman le dice a Cary Grant
- No me interesa el patriotismo ni los patriotas. Llevan una bandera en una mano y con la otra van vaciando los bolsillos de la gente-"




II
Autorretrato de Juan Marsé


“Siempre pertrechado para irse al infierno en cualquier momento. El rostro magullado y recalentado acusa las rápidas y sucesivas estupefacciones sufridas a los largo del día, y algo en él se está desplomando con estrépito de himnos idiotas y banderas depravadas. Las facciones se traban, compulsivas, antes de desmoronarse. Se trata de un sujeto sospechoso de inapetencias diversas y como deslomado, desriñonado y despaldado. Ceñudo, maldiciente, tiene la pupila desarmada y descreída, escépticos los hombros, la nariz garbancera y un relámpago negro en el corazón de la memoria.
No ha tenido mucho gusto en haberse conocido, habría preferido pasar de largo de sí mismo, pero acepta resignado el saludo hipócrita del espejo y la broma pesada de la vida: al nacer se equivocó de país, de continente, de época, de oficio y probablemente de sexo. Hay en los ojos harapientos, arrimados a la nariz tumultuosa, una incurable nostalgia del payaso de circo que siempre quiso ser. Enmascararse, disfrazarse, camuflarse, ser otro. El Coyote de Las ánimas. El jorobado del cine Delicias. El vampiro del cine Rovira. El monstruo del cine Verdi. El fantasma del cine Roxy. Nostalgia de no haber sido alguno de ellos. Es fláccida la encanadura facial, quizá porque la larga ensoñación detrás de las máscaras imposibles, el aburrimiento y el alcohol y la luctosa telaraña franquista de casi cuarenta años abofetearon y abotargaron las mejillas y las ilusiones.
El tipo es bajo, desmañado, poco hablador, taciturno y burlón. No se considera un intelectual, y soporta mal que le traten como si lo fuera. Ama las tabernas y las papelerías de barrio y los flancos luminosos de los quioscos que exhiben tebeos y novelas baratas de aventuras. Las banderas le producen auténtico terror. Come ensaladas y escribe a mano. Y en un país en el que nadie dimite jamás, ni aún después de haber probado algunos políticos su ineptitud o su cinismo ante el pueblo, él solo piensa en dimitir de todo, incluso de esta página.
Pero no hay nada que le aburra tanto como hablar de sí mismo, así que basta. Vestido de diablo y ligero de equipaje -algunos discos, algunos libros (ninguno de Baltasar Porcel, por supuesto), algunas fotos- se va por fin al infierno. Abur”.

Señoras y Señores II. Barcelona, Tusquets Editores, 1988, págs, 173-174.

12.4.09

John Ford tenía Monument Valley en la cabeza...


John Ford tenía Monument Valley en la cabeza.

Yes, Curro...


Mi amigo Curro Linares adoraba las portadas de Yes. En el paseo marítimo de Fuengirola suele haber artistas eventuales que inventan dibujos con aerosoles que no desmerecen a la imaginación de esos discos antológicos. Pienso en Tolkien, en los hermanos Grimm, pero sobre todo recuerdo a mi amigo Curro, que se perdió en gintonics y en tabaco negro y en solos de guitarra fantasma mientras el tiempo le iba borrando el entusiasmo y le hacía irse muriendo sin estrépito. Además nadie como Curro cantaba a los Beatles. Absolutamente nadie.

En la cima del mundo


Ahora, muchos años después, pienso que White heat o Al rojo vivo en hispánica referencia fue la primera película que me hizo pensar en el cine como algo más que un entretenimiento adolescente. Debía tener diez o doce años y en casa la televisión era en blanco y en negro. La he vuelto a ver tres o cuatro veces, pero guardo el recuerdo de aquélla y la insistencia no ha cambiado las sensaciones primerizas del espectador asombrado, conmovido, convertido en un adicto desde que Jarrett hablara a su madre desde la cima del mundo...Quizá sea ésta mi primera película importante al modo en que algunos hurgan en la memoria para encontrar otras primeras veces en otros asuntos que no tengo ni una pequeña duda de que serán tan importantes como el que aquí traigo, pero en modo alguno más. Incluyan el éxtasis amatorio, al que no pienso rebajar ni un gramo de vértigo, o la visión pristina de Dios para quien haya tenido el gusto de haberla tenido. Es el cine, hermanos. Hemos topado con el mayor invento del mundo. Tenga felices sueños. Los míos los filma esta noche Raoul Walsh, qué quieren que les diga.

11.4.09

Borges en el patio de los naranjos, en Viernes Santo...

Los almuédanos de la mezquita llaman a la oración, pero el patio de los naranjos de Córdoba está tomado por devotos de la Vírgen de la Soledad , por sensibles fieles de la Buena Muerte y por afectados turistas que, ajenos al runrún teológico, toman imágenes de muchos píxels con sus cámaras de última generación: no les incumbe el tesoro bibliográfico, las historias de cada penitente y la literatura de los anales de la cofradía que porta los pasos; están engolosinados con la fascinación plástica, les está entrando por el ojo vivo, por el ojo cómplice, por el ojo limpio, la belleza, que no tiene ningún contrato con las ideologías. Ayer tarde y ayer noche estuve a pie muerto en ese patio, reclinando la mirada, buscando el asombro en la majestad de las figuras, recapacitando sobre la condición misma del arte y de la infinita capacidad humana para someter la verdad sobrenatural, la revelada por los miedos ancestrales y por los dioses primigenios a la verdad tecnológica, a la hipnosis nihilista de estos tiempos.
Si vivir desazona, si la vida es siempre un vaciamiento, la fe procura asideros firmes, no tengo ninguna duda: he visto muchos hombres y muchas mujeres llorar durante esta Semana Santa y no creo que ese desbordamiento de la emoción sea por cuestiones estrictamente religiosas. El que mira una figura de un Cristo o de una Vírgen está contemplando una película en la que discurren todas las metáforas que los apóstoles alumbraron para explicar la nueva fe: todo eso está registrado en el dolor de los cuerpos. El cristianismo se explica desde el dolor y en Semana Santa el dolor entrega su más sublime presencia, la que limpia toda incertidumbre y recaba adeptos, acólitos, fieles que consolidan el fervor y laicos o descreídos o incrédulos que aceptan la belleza sin más argumentos. No los hay. Anoche no los hubo: únicamente la noche en Córdoba, el patio de los naranjos de la Mezquita, el tránsito de palios y nazarenos hacia la oscuridad vigilada del templo árabe súbitamente convertido en claustro cristiano. Y el descreído que me bulle dentro no protesta, aunque algún amigo muy cercano me pregunte si de pronto estoy entrando en un lento pero firme proceso de conversión. La cofradía de la belleza no posee credo. Lo que sí me da una pequeña zozobra es pensar qué sentirá el crédulo, el que cree en la doctrina y comulga y conduce su vida por esa camino. Qué vivirá que yo me estoy perdiendo.
Borges, al que hace tiempo que no acudo en El espejo, era un escéptico, pero pidió incesantemente la revelación que le hiciera entrar por las puertas de la fe. Tal vez su literatura fue fruto de ese descreimiento, de ese desvalimiento que le facultaba para crear sus parábolas y forjar su cosmogonia. Anoche Borges hubiese disfrutado en el patio de los naranjos: sin ver, sin contemplar, escuchando, oliendo, imaginando el dolor en el gesto del Cristo en las alturas, la suprema agonía de la Vírgen, la saña del centurión Longino con su lanza, la música turbia y solemne que precede al ingreso de las imágenes en el templo...

10.4.09

El meme de Luis Felipe Comendador




La mujer de Lot anda estos días dejándose querer entre blogs. La sacó de su retiro milenario Luis Felipe Comendador y puso en danza un meme en su diario en el que provocaba a sus lectores para que hicieran unas letras sobre esa señora bíblica que, según cuenta, siempre le fascinó. Lector obediente, complacido, cómplice, le mando tres textos breves que no le incomodaron en exceso y que ahora están incluídos en un pequeño libro desmontable, obra de quienes aceptamos el reto, y que Luis ofrece en venta con fines exclusivamente solidarios.
Todo acerca del libro y cualquier otra consideración que el amable lector pueda tener sobre cómo conseguirlo, disfrutarlo y ser, de camino, solidario en el fin que Luis reclama puede hocicar su curiosidad en su página, http://diariodeunsavonarola.blogspot.com/2009/04/meme-produccion-digital.html, que escribo así, para que se vea bien y den ganas de clicar y meterse bien dentro. En la página de Luis está el meme y hay más cosas: todas buenas y dignas de cántico. Su dirección de correo está bien clara ahí, pero la dejo en este rincón para hacerlo todo más fácil y accesible felipe@lfediciones.com.
Aquí está el libro al completo, picable y bien visible. Abajo, extraído de esa entrada, mi pequeña colaboración.






8.4.09

Miles smiles...


No hay muchas fotografías en las que Miles Davis sonría. A lo leído, solía enfurruñarse con los fotógrafos que le exigían actitudes de modelo cuando él únicamente quería soplar su trompeta y meterse dentro. Son antológicas sus actuaciones del setenta en adelante: se replegaba sobre su instrumento, se escondía en una timidez altiva, cometía la imprudencia de ignorar al público y de contemplarse en el acto divino de crear la música que le justificaba. Miles Davis, en el fondo, no existía: sólo las texturas, los infinitos vuelos de las notas, el registro del don que le hacía sencillamente un extraterrestre, un tipo hortera en el vestir (no en esta foto de los cincuenta, imagino) que despreciaba a su audiencia y acometía la música como una bendición. Como John Coltrane, pero sin el ajuste tóxico. Y aquí sonríe, y eso es síntoma de que algo extraordinario, probablemente ajeno a la música y a sus exigencias, le bullía dentro.

7.4.09

Los abrazos rotos: Ciegos y falsos...





El autor, el que está fascinado por su poder telúrico y concibe la realidad como un material desde el que construir su obra, suele incurrir en ocasiones en el ombliguismo, en el bucle, en la ciega persecución de un ideal al que ya hace tiempo que no debería aspirar. Mi amigo K. me contó que los verdaderos creadores, los auténticos, deberían darse una fecha de cese creativo. Que todo lo que hacen después de esa fecha suicida es accesorio, inservible como evidencia del talento. A Almodóvar le ha hechizado Almodóvar y se ha inventado otro director que le imita en una especie de desdoble consentido y hasta alentado.
Los abrazos rotos es la cúspide de este bilocación artística. Nada chirría, todo se ajusta a la belleza cromática, al personalísimo universo de gestos y de maneras y (sobre todo) al alambique narrativo, a ese discurrir en lo dramático que investiga en las emociones y extrae con pasmosa facilidad quebrantos universales, roturas del alma que otros directores no saben ni que existen y que Almodóvar explicita con absoluto magisterio. Las historias se convierten en juguetes sofisticados donde predominan las máscaras y es desde esas máscaras por donde el director ofrece su generosa vitalidad. En cierto modo, uno sabe que lo que sucede en Los abrazos rotos es cine, esto es, un engaño ametrallado a 24 fotogramas por segundo, un vibrante puzzle de intensidades variables en donde el movimiento se matrimonia con el pensamiento y así el espectador elabora la novela de lo visto. Debajo de las películas de Almodóvar hay siempre una novela, una empeñada en reventar su trama en las últimas páginas. Aquí todo se precipita muy rápido. Aquí todo garantiza ya desde las primeras imágenes (un inserto de cine dentro del cine) que lo que estamos a punto de ver va a colmar el hambre de Almodóvar que todos secretamente creemos llevar dentro (o esa piensa Almodóvar y así satisface a su cómplice parroquia de adeptos), pero tal vez no colme el hambre de cine mayúsculo porque se ha preocupado tantísimo el director manchego de ser fiel a su doctrina que ha olvidado otros caminos, enfangando éste, convirtiendo Los abrazos rotos en un onanista (aunque brillante por momentos) ejercicio de reivindicación de sí mismo.
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Lo que pasa después, una vez que Almodóvar ha alfombrado de Almodóvar el set de rodaje, es que los personajes se abisman en Almodóvar. No salen con facilidad y algunos todavía están dentro: la trama es inferior al autor que la monta, el magnetismo y la autoría total del amo secuestra la libre danza de personajes y de actores que los representan de modo que podemos entender que a ojos de quien no ha visto una película de Almodóvar en su vida (no crean, hay gente y viven tan felices en su analfabetismo cinéfilo) se les antojen autómatas y que lo contado sea casi en todo momento una inverosímil ensoñación, una poco creíble bajada a los infiernos del desamor y de la destrucción personal a la que siempre aspiró a retratar en sus películas.
Los abrazos rotos zozobra en su desmesura: pudiendo ser perfecta cae de bruces por la ambición, por estirar en demasía las posibilidades dramáticos, los giros, los guiños, la metalingüística, poniéndonos semánticamente interesantes. Los desgarros sentimentales, para que sean creíbles, deben despojarse de artificios: el acúmulo barroco, la sintaxis forzada, la escritura alambicada de Almodóvar ahogan el film, abortan la transgresión (que es una condición fundamental del arte) y todo lo elevan a un metafísico punto creativo entre el cine de Douglas Sirk y el culebrón de Televisa en emisión de sobremesa para amas de casa hambrientas de lujuria sentimental.
K. me confiesa el momento prodigioso en el que Penélope Cruz, castigada en exceso con un personaje sencillamente incomprensible, mira el espejo mentido de la proyección en la que se rebela contra su protector y la autentifica y la convierte en estremecedor documento al doblarla ahí, literalmente, al borde mismo de la pantalla blanca sobre la que discurren los personajes que la cámara registra. Todos, al cabo, cuando nos filman, somos personajes. Almodóvar mima su cámara y olvida probablemente que la cámara ficcionaliza la realidad y la convierte en un teatro. O lo ha olvidado o se lo ha aprendido demasiado bien y no ha sabido encontrar el estado de gracia que permite rodar sin que se advierta la cámara.

Leonard Cohen en Londres...


Hubo un tiempo en que escuchaba Sister of mercy o Suzanne o Bird on a wire y entraba en una especie de melancolía sublime de la que era casi imposible extraerme salvo que el techo se viniera abajo o alguna rutina insoslayable me raptara de ese trance y me incorporara a la vida ordinaria, justo a la vida que no está jamás en la música de Leonard Cohen. Ahora acaba de salir este doble disco recopilatorio grabado en directo en Londres y estoy absolutamente hipnotizado. No he podido salir de su belleza ni puñetera falta que hace. Se me repiten, en eco, en gozoso eco sin cansancio, las letras y las guitarras limpias y los acordeones y hasta esos coros perfectos que el viejo poeta siempre supo buscarse. Está impecablemente grabado y las canciones elegidas con mimo, sin que nada falte y nada (prodigiosamente) sobre. Versiones largas. Texturas musicales idoneas. El bardo entregado a su feliz parroquia de iniciados. Luego está eso de que su última amante le ha sacado hasta la última perra de la cuenta de ahorros y que el hombre necesita de estos frívolos ejercicios monetarios para recuperar el vigor esquilmado. Se le perdona. El cancionero es el que sobrevuela la letra rosa y nos sobrecoge una vez más.

5.4.09

Obama no lleva megáfono...


Nixon fue rehén de un megáfono. El reglamento del político novel precisa de la amplificación acústica para que el mensaje llegue nítido y alcance la lejanía en la que las masas suelen apostarse de vez en cuando. Se ponen lejos por mera cuestión física (hay mucha gente, no quepo) o se ponen lejos por recelo o por no exhibir en demasía la filiación política. Yo nunca he ido a un mítin, pero he oído algunos en televisión y (salvo algunos detalles extraídos de la experiencia topográfica pura y dura) tengo muy claro qué se busca en ese baño de palabras a la vera de un púlpito desde donde el adoctrinador arenga o desde donde el arengador adoctrina. Da lo mismo. Lo importante es el megáfono. En la foto Nixon esgrime uno de un tamaño sencillamente imprudente, pero gracias a esas dimensiones hiperbólicas consiguió pisar la Casa Blanca. Si hubiese tenido uno dentro de esa noble edificio tal vez no hubiese salido con la cara agachada, escoltado por la infamia camino de la soledad del que todo lo ha perdido. El megáfono con el que Obama ha venido a Europa no es un megáfono clásico: es un micrófono inalámbrico del tamaño de una pulga de Ohio. Y las masas se arremolinan para memorizar los textos que declama. Hoy he visto a ZP y a Obama en televisión y he pensado en el valor que tienen al no conocerse de nada y bailar ya juntos delante de las cámaras y prometerse amistad duradera y quién sabe si alguna especie de amor internacional que haría palidecer las bravatas galantes de los marineros de la copla de Quintero, León y Quiroga.
Dijo Rajoy que sería presidente del Gobierno si lograba hablar con cada uno de sus posibles votantes: que ahí, en esa cercanía, lograría el triunfo. Y no sólo Rajoy o ZP: cualquier político que disponga de esa anomalía electoral que consiste en convencer puerta a puerta, en dar la cara sin ambages en la calle, en la realidad microscópica de un país, no en la macrorealidad, en la impostada sucesión de noticias que, bien hilvanadas, ensambladas con tino, dan una nación, ganaría las elecciones. El votante es un crédulo que se deja convencer con los verbos sencillos, con los gestos, con la hipótesis de que nadie va a engañarle. De ahí la importancia del megáfono. Por eso Obama, en lugar de megáfono, trae un botón pequeñito con una tecnología de Silicon Valley que hace llegar su voz a todos los altavoces del mundo. Hay un altavoz en cada casa. De eso se trata, al cabo: de que el discurso llegue a todos los hogares y así esté asegurado el perdón universal y sobrevuele ese nuevo depósito de confianza para continuar la brecha comenzada y entre todos ellos puedan salvar al mundo.

4.4.09

Libros para el pensamiento efervescente

Es mejor la incredulidad: da un extra de asombro desde el que es más fácil encarar el mundo y no perderse en su vértigo de timadores y de imbéciles. Luego está el crédulo, que no es peor persona ni tampoco más torpe o de entendederas menos lubricadas, pero que omite el cortejo intelectual y abraza sin pudor las metáforas y las parábolas, las historias del más allá que caen al más acá por obra y gracia de los mitos primordiales de la religión. Toda las bibliotecas del mundo tutelan millones de libros que zanjan o distancian o enredan o incluso frivolizan la injerencia de los mecanismos de la razón en la lógica simbólica de la fe, y no es posible en un post de sábado de sol, justo antes de tomar unas cañas con los amigos y charlar sobre fútbol o sobre la avalancha de procesiones y capirotes a la vuelta de mañana, pretender decir algo sentencioso, ocurrente o sencilla y llanamente atinado. Sale este escrito por haber descubierto (oh el azar) una colección libresca que promete ratos de entretenimiento y sano esparcimiento cognitivo. Bajo el llamativo título de ¡Vaya timo! Libros para crédulos, la editorial Laetoli lanza un muestrario de golosinas para el cerebro perezoso que, a lo visto, parecen amenas y no bajas en calorías intelectuales. Han puesto en danza libros que cuestionan el psicoanálisis, las abducciones, la parapsicología, la sábana santa, el yeti, los ovnis, el creacionismo o la religión. De eso precisamente, en estos días previos a la orgía mística de los sentidos, habla uno de ellos....


"Lo que en el timo de la religión resulta definitorio consiste en prometer y, por consiguiente, esperar, algo que es de toda evidencia contra natura, a saber: la negación de la muerte y la afirmación de una felicidad plena y sin fisuras. ¿Hay quien dé más y más barato? Por esta razón nuclear y fantástica, y por algunos de sus corolarios, al timo religioso le ha cabiodo el honor, en la historia de la humanidad, de ser el padre de los demás timos, y así el más pernicioso, pues su engaño descansa sobre el mito más irreal de todos cuantos se han generado en la mente humana: el mito de la existencia de almas y espíritus inmateriales como entes reales, y también de sus derivados, los dioses de los politeísmos, el Dios de los monoteísmos y también los espíritus de los panteísmos."



La religión ¡vaya timo! (Gonzalo Puente Ojea)

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La mujer en el cuadro


"Nunca olvidaré el fin de semana que murió Laura. Un sol de plata brillaba en mitad del cielo como un enorme y magnífico cristal. Ese fué el domingo más caluroso que recuerdo. Sentía que yo era el único ser humano caminando por Nueva York. En el momento de la muerte de Laura yo estaba solo. Yo, Waldo Lydecker, fuí la única persona que de verdad la conoció"


3.4.09

Obama flirtea con Europa...



Obama flirtea con Europa. En el simulacro galante recurre a la lisonja y se deja olisquear por las primeras damas de sus cómplices en rango. A diferencia de Mariano Rajoy se le nota suelto en el discurso, vehemente. Nuestros políticos carecen de vehemencia. Obama tiene a Sean Penn y a Susan Sarandon en la barbacoa del viernes en la Casa Blanca y ahí es donde registra los gestos y modula a antojo esa voz de actor de Broadway que el destino encalló en la política. Por lo demás Obama ha venido a la rancia y aristocrática Europa a financiar la resaca del Estado del Bienestar y a contarnos cómo los americanos van a devolver la confianza en el alma humana y cómo el G-20, ese conglomerado de mesías democráticos, engolados de sí mismos y completamente a salvo de la combustión de la fama, va a limpiar la imagen de los EEUU como inductor plenipotenciario de esta pandemia económica que empezó el 11 de Septiembre de aquel año infausto de aviones reventando cristales y ejércitos buscando la paz duradera en la arena de Irak, que quema todavía en la palma de la mano de los muertos.
Obama hace cuentas y le salen los números de la redención cósmica porque tiene un séquito de resucitadores entre el eje francoalemán y la gran muralla china o porque la mismísima reina madre de los hijos de la pérfida Albion ha reído sus gracietas en esos protocolos de alfombra carísima que los telediarios colocan de frontispicio de todos los muertos que vienen detrás como un cáncer. La mujer del ruso Medvedev dice estar orgullosa de su marido y del resto de maridos de todas las otras grandes damas que la oyen en el Royal Opera House de Londres. El problema no es tanto qué decir, que se pueden decir muchas cosas y de hecho se dicen: el asunto capital en estos hospitales del miedo es dónde decirlo y entonces es incontestable la impecable prestancia de la Casa de la Ópera Real o los jardínes victorianos en donde James Ivory se siente lírico y se siente como el grandísimo retratista que es. A lo mejor no habla mucho la mujer de Berlusconi, pero está el hombre Berlusconi para compensar ese déficit semántico de su señora. Y los que hablan hasta por las banderas quemadas son los antisistema, que han visto cómo su convocatoria ha sido silenciada por el sex-appeal de Obama, que ha subido esta noche a un púlpito y ha enseñado al mundo la poética del encantamiento, la imponente mecánica de su discurso inmarcesible. Los hombres y las mujeres a las que azota la crisis podrán ver a Obama como una especie de salvador salido del fondo de catálogo de la Universal o de la MGM, pero los que han ennegrecido el dinero y lo han escondido en miles de sótanos y en otros tantos paraísos fiscales están aterrados por la pericia mediática de este agraciado de la fotogenia que ha venido a Europa a flirtear con la cultura bimilenaria y con la familia real inglesa, que asiste estupefactísima a este baile de máscaras sin música en que se ha convertido la sociedad del capitalismo. Ellos vengan y ellos nos lo arreglen.

Ringo Superstar

En cierto modo el beatle Ringo Starr es el beatle más listo. No gana en talento a ningún otro e incluso tampoco gana en talento a muchos otros baterías de muchos otros grupos de inspiración infinitamente menor a la de los fabulosos Beatles, pero Ringo Starr, ahora que han pasado tantos años, sigue indemne, refugiado en su carisma sin carisma, completamente a salvo del cáncer de la fama, pero ufano de su sublime mediocridad y exento del patetismo inevitable al que abocaron sus vidas los otros tres genios, pero estoy dispuesto a comerme todas mis palabras y rebuscar entre los discos hasta dar con A day in the life, una de mis canciones favoritas de la banda, y disfrutar con la forma de golpear la batería (aquí casi a trompicones, casi sin tocarla) este tipo feo, cachondón, feliz en esa cara de bufón de pub a las dos de la mañana. Todavía hay algunos exégetas de la obra más grande del rock del siglo XX (llévenme la contraria) que se preguntan cómo ingresó en ese club tan exclusivo, qué ocurrencias tenía, cómo sostenía el inevitable juego de las comparaciones. Y además tenemos a Hitchcock dándole uno de los más divertido de los homenajes que yo haya visto. Dos iconos del siglo XX en una sola fotografía.